viernes, 7 de septiembre de 2012

Transtornos de conducta y violencia en adolescentes en conflicto con la ley. Miguel Oliveros Donohue (1), Ricardo Ramirez Bustamante (2)

Por largo tiempo se consideró que los adolescentes estaban libres de problemas y tenían la mejor expresión de salud, pero en las últimas décadas ha surgido una preocupación creciente por el consumo, cada vez a más temprana edad de alcohol, drogas, incremento de accidentes y muertes, además de violencia interpersonal, hechos que han alarmado al público (1).
El individuo (niño/adolescente) posee un sistema biopsico- social con determinadas características físicas y temperamentales que lo diferencian de otros individuos, desempeña roles y actividades, tienen diversas relaciones interpersonales entre las que se subrayan las figuras parentales, la vinculación con la madre y su medio ambiente. Las variaciones del comportamiento dependen de una adaptación saludable a las condiciones del entorno, o a desviaciones patológicas por un ambiente o entorno hostil y negativo (2).

En el mundo moderno hay millones de niños y adolescentes que sufren y mueren a causa de explotación, violencia, guerras, abandono y todas las formas de abuso y discriminación. La prostitución, el narcotráfico, la explotación física o sexual y el secuestro, al igual que la explotación económica de niños y adolescentes en sus peores formas, son una realidad cotidiana en todas las regiones del mundo, mientras que la violencia doméstica y la violencia sexual contra mujeres y niños continúa siendo un problema grave, que tendrá repercusiones en la salud mental de niños y adolescentes (3).

El fenómeno de la violencia en los centros urbanos es entendido como un problema de base bio-psicosocio-cultural, que comprende las más variadas formas de agresión, con efecto multiplicador y expansivo que no solo afecta a las víctimas sino a la sociedad en pleno, por lo que es motivo de preocupación (2). En estudios de violencia en varones adolescentes, se ha encontrado asociación significativa con el diagnóstico de trastornos de conducta y consumo de tabaco, marihuana, cocaína y sedantes. En las mujeres adolescentes se asoció la violencia a depresión moderada, distimia, trastornos de conducta desafiante, antecedentes de consumo de tabaco y acoso sexual (4,5).

Las fuerzas de socialización que históricamente han nutrido el desarrollo del niño, especialmente en la familia, necesitan ser vistas en conjunto con las prácticas en la escuela y comunidad, para darle soporte a la familia en su misión de velar por el normal crecimiento y desarrollo de ellos (6,7). Para el tipo de población estudiada, los casos más severos han estado expuestos a una socialización primaria en un entorno donde sus parientes más cercanos son personas antisociales (presos, vendedores de droga, miembros de bandas, prostitutas, drogadictos, entre otros).

Los problemas de conducta se manifiestan de diversas maneras y en diferentes entornos, llámense hogar, escuela, comunidad. En general, el desarrollo infantil normal es bastante armónico, existiendo un paralelismo en las diversas áreas del desarrollo, que permiten que el niño o adolescente se adapte fácilmente a las exigencias de su medio ambiente y que su conducta sea en general, relativamente predecible. Pero, existe un grupo relativamente importante de la población infantil en quienes este desarrollo armónico no se da, lo que determina estilos cognitivos y conductuales diferentes.

Los factores de riesgo pueden motivar cambios en esta etapa de la vida, al participar ellos en actividades que pueden comprometer su salud física y mental. En la práctica, se ve que muchas de estas conductas son de carácter exploratorio por influencia de sus pares o del entorno en que viven (8).

La adolescencia como etapa en formación marca algunas modalidades de socialización, algunas de ellas con un valor límite, así el consumo de drogas sin dependencia, la adhesión a grupos juveniles cerrados y estilos de vida que son expresión de una búsqueda de identidad necesitan ser consideradas con un necesario criterio de diagnóstico diferencial. La conducta de riesgo del adolescente se ha convertido en un problema de Salud Pública en nuestro país, como le da sustento el 13% de embarazos, la existencia de alrededor de 1,500 jóvenes privados de libertad en Centros Juveniles y la elevada cifra de niños y adolescentes que dejan las aulas o repiten anualmente (613,000 según UNICEF). Se ha introducido en la nomenclatura judicial el término “adolescentes en conflicto con la ley” para referirse a aquellos adolescentes que violen la ley penal.

jueves, 30 de agosto de 2012

El constructo psicopatia en la infancia y la adolescencia: del trastorno de conducta a la personalidad antisocial. Estrella Romero. Universidad de Santiago de Compostela


La psicopatía  en adultos es un campo de trabajo altamente  desarrollado, y en las últimas décadas se ha avanzado en el análisis del concepto, la medida y la etiología del trastorno. 
Sin embargo, se sabe poco sobre sus antecedentes evolutivos y  no existe mucho acuerdo sobre cómo identificar a los niños en alto riesgo. En este trabajo se revisan las principales lineas de investigación sobre el constructo psicopatía  en la infancia y la adolescencia. Nos detenemos especialmente en las propuestas de Lynam (que atribuye un papel  especial a la conjunción entre hiperactividad y problemas de conducta) y Frick (que extiende el modelo bifactorial de Hare a la infancia y la adolescencia). Se presentan las líneas de evidencia disponibles, se discuten sus puntos mas críticos y se sugieren posibles vias de investigación.
Palabras clave: psicopatia, trastorno antisocial de la personalidad, trastorno de conducta, niños, adolescentes.

The study ofpsychopathy in adults is a well developedfield, and in recent  decades  there  have  been  advances in conceptualization,  measurement, and etiolology of the disorder. However the developmental  antecedents are not well known and there is no agreement regarding the identification  of  high-risk children. This study reviews the  main  lines of research on psychopathy in childhood and adolescence. Special attention is paid  to the proposals of Lynam (who attributes particular  importance to the co-occurrence of hyperactivity and conduct disorder) and Frick (who extends Hare's bifactorial model to childhood and adolescence). We re- view  the lines  of  evidence available, discuss  critica1 points and suggest further lines of investigation.
Key words:  Psychopathy, antisocial personality  disorder, conduct disorder, children, adolescents.

Sin duda la psicopatía es un constructo de gran relevancia clínica y criminológica. Los estudios epidemiológicos muestran que una gran proporción de los delitos es cometida por una minoría de delincuentes persistentes (Farrington, Ohlin y Wilson, 1986) y se estima que los  psicópatas pueden  constituir una buena parte de esa minoría. En las últimas décadas, numerosos estudios han relacionado a la psicopatia con indicadores de una carrera  criminal cronificada y  severa: la psicopatía se ha relacionado con una mayor tasa de delitos y una mayor versatilidad (Hare, McPherson y Forth, 1988), mayores cifras de reincidencia (Salekin, Rogers y Sewell, 1996), de crimenes violentos (Hart, 1998) y de agresiones sexuales graves (Barbaree, Seto, Serin, Amos y Preston, 1994), asi como una pobre respuesta al tratamiento (Losel, 1998).

Pese a su relevancia, la psicopatía se ha mostrado como un concepto problemático, con una historia larga y un tanto complicada. En términos breves, se han venido identificando dos grandes tradiciones en el análisis de la psicopatía (véase Aluja, 1989; Luengo y Carrillo, 1995). Una de ellas, que emana de la tradición y la practica clínica, hace hincapié en un perfil de personalidad particular, en el que se aglutinan características tales como la falta de empatía, las dificultades para la planificación, los déficits afectivos, el egocentrismo o la falta de remordimientos. Esta tradición estaría bien representada por los  escritos, hoy clásicos, de Cleckley (1941) y es recogida, en parte, por los criterios de la personalidad disocial de la C I E -10  (OMS, 1992). La otra tradición, que parte del movimiento neo-kraepeliano en psicodiagnóstico, emana de la Universidad de Washington  y muestra  una  caracterización básicamente conductual del  trastorno. Como señalan Hart y Hare (1997), uno de sus supuestos es que la evaluación deberia centrarse en comportamientos públicamente observables, puesto que los clinicos difícilmente podran hacer una evaluación fiable de características personales o afectivas. Esta tradición queda bien reflejada en las Últimas versiones del DSM. A diferencia de lo que ocurria en el DSM-I y, sobre todo en el DSM-II,  las características de personalidad carecen de protagonismo en el llamado trastorno  antisocial de la personalidad indicadores de una  conducta antisocial continuada son los que pasan  a ser el centro de atención, de modo que se obtiene una descripción que, efectivamente, parece alcanzar buenos niveles de consistencia interjueces, pero que, a juicio de muchos, desvirtúa la noción  clínica, original, de la psicopatía (Harpur, Hart y Hare, 1993). Aunque en el DSM-111-R y en el DSM-IV se han introducido ciertos cambios y se intentó, en parte, incluir descriptores personales, el resultado no parece haber dejado satisfechos a los clinicos (véase Hare, 1998; Widiger et al.,1996) y el peso fundamental del diagnóstico sigue recayendo en una historia de conducta antisocial reiterada.

Las discusiones sobre la problemática conceptual de la psicopatía han persistido en las Últimas décadas (recientemente, Millon y Davis, 1998, identificaban hasta 10 variantes del trastorno). Sin embargo, se debe destacar que, en los últimos años, una concepción que ha venido generando cierto consenso, y en la que confluyen tanto los aspectos personales como los conductuales, es la propuesta por Hare (Hare, 1980; Hare, Hart y Harpur, 1991; Harpur, Hare y Hakstian, 1989). Casi al mismo tiempo que aparecían los criterios del DSM-III, Hare desarrolla un sistema alternativo para la evaluación de la psicopatia en las poblaciones de delincuentes institucionalizados: el PCL  (Psychopathy Checklist), que ha de ser aplicado por un  observador experto, el cual ha de basar sus conclusiones en una entrevista semiestructurada y en la revisión del historial del caso. La última versión de este instrumento (el PCL-R) consta de 20 items, que han de ser puntuados en una escala de 3 puntos (O,1,2), en función del grado en que cada ítem se aplica al individuo; en general, se toma una puntuación de 30 como criterio para el diagnóstico de psicopatia. La mayoría de las investigaciones con este instrumento han definido una estructura de dos factores, que captarían, respectivamente, los aspectos de personalidad y de conducta del constructo psicopatía (véase, por ejemplo, Moltó, Poy y Tormbia, 2000). El Factor 1 estaría definido por características como el egocentrismo, la falta de sinceridad, la insensibilidad y la falta de remordimiento, y describiría la configuración personal que en la tradición clínica caracteriza al psicópata. El Factor 2 recoge los aspectos del constructo relacionados con la conducta desviada y con un estilo de vida crónicamente inestable y antisocial. Hay evidencia de la validez discriminante de estos factores. Asi, el Factor 1 tiene una relación más alta con los criterios de Cleckley y con medidas autoinformadas de ansiedad, empatia (correlación negativa), narcisismo y dorninancia (correlación positiva). El Factor 2, sin embargo, estaria mis relacionado con el diagnóstico TAP del DsM y,  con signo negativo, con otras variables como el estatus socioeconómico, el nivel educativo o la inteligencia(1). Ambos factores están correlacionados entre si (con indices en torno a 50 ), si bien es posible obtener una alta puntuación en un factor y baja en el otro.
Esto se correspondería con el hecho de que, como había señalado el propio Cleckley, no todos los psicópatas definidos por los criterios tradicionales responden al diagnóstico de TAP, ni todos los individuos con TAP podrian considerarse psicópatas. De hecho, se ha encontrado que, en las poblaciones de delincuentes institucionalizados, las tasas del TAP se sitúan en torno al 75%; las tasas de psicopatía definidas por el PCL en estas poblaciones se sitúan en torno al 30% (Hart y  Hare, 1989) y se han encontrado incluso cifras menores (véase Hare, 1991).

viernes, 24 de agosto de 2012

Los comportamientos antisociales tienen un componente genético Nuevos estudios analizan el papel del ADN y del entorno en el castigo físico, la violación, el acoso y el cociente intelectual. Yaiza Martínez.


¿Qué papel juegan la genética y el entorno en el desarrollo de los comportamientos antisociales y criminales? Aunque la respuesta no está clara y aún queda mucho por investigar y comprender, los resultados de varios estudios recientes dentro del campo de la investigación biosocial sugieren que existiría un condicionamiento genético que predispone a desarrollar la agresividad o la tendencia al acoso, entre otras actitudes. En estas investigaciones se hace patente asimismo la importancia de la combinación de genética y ambiente, como potenciadora de cualquier tipo de comportamiento. 
¿Qué papel juegan la genética y el entorno en el desarrollo de los comportamientos antisociales y criminales? La respuesta no está clara y aún queda mucho por investigar y comprender. En el año 2002, el psicólogo de la University of Southern California (USC) de Estados Unidos, Adrian Reine, especializado en los mecanismos cerebrales que predisponen a estos comportamientos, señalaba ya en un artículo aparecido en PubMed, la necesidad de profundizar en el conocimiento de la combinación de los factores sociales y biológicos que influyen en las actitudes violentas.
Los estudios de Reine y de otros científicos se enmarcarían en el campo de la investigación biosocial, un método multidisciplinal de análisis de los comportamientos antisociales y criminales, que incluye aspectos de la genética del comportamiento, de la neurociencia, de la biología evolutiva y de la psicología del desarrollo. Además, esta metodología incorpora diversas técnicas analíticas.
En definitiva, aunque durante siglos los especialistas han señalado el papel que los factores biológicos juegan en la formación del comportamiento humano, la incorporación de las ciencias biológicas al estudio de los comportamientos criminales es aún una práctica reciente, en continuo desarrollo.

La genética y el efecto del maltrato

En este campo es en el que trabaja Brian Boutwell profesor del College of Criminal Justice de la Sam Houston State University (SHSU) de Estados Unidos. Boutwell es además psicólogo y criminólogo, y está especializado en la genética del comportamiento y en el estudio de la influencia del entorno y de los factores genéticos en el comportamiento antisocial.
Según publica la SHSU en un comunicado, en sus últimos estudios, Boutwell ha examinado el castigo físico, la violación, el acoso y el cociente intelectual.

viernes, 17 de agosto de 2012

Psicópatas criminales versus psicópatas integrados: un análisis psicológico-forense, legal y criminológico. Pozueco Romero, José Manuel 1*


Resumen 
La Jurisprudencia española se encuentra frecuentemente ante dictámenes periciales en los que  aparecen términos como psicópata, trastorno antisocial de la personalidad, personalidad psicopática, psicópata desalmado, psicopatía epileptoide, sociopatía, etc. De esta forma, no es infrecuente que los juristas (magistrados, jueces,  fiscales, abogados) se hallen desorientados ante tanta terminología que, pese a todo, en absoluto se constituyen en sinónimos. La Doctrina, por su parte, disiente de la visión tradicionalmente ya asentada en la Jurisprudencia de que los psicópatas sean sujetos inimputables. Muchos penalistas conocen bien los textos y estudios psicológicos y psiquiátricos que al respecto existen, y en ellos suelen basarse para establecer ciertas diferencias que aparentemente son sutiles. Una de las controversias más prolongadas es si los términos trastorno antisocial de la personalidad y psicopatía son la misma entidad. La controversia se polemiza aún más por el hecho de contemplar la existencia y diferencia de los denominados psicópatas integrados con respecto a los psicópatas criminales. En esta revisión se pretende ahondar en y remarcar esas sutiles diferencias, ya que se ha demostrado reiteradamente que ambas entidades diagnósticas, si bien comparten algunos rasgos en común, no son el mismo concepto ni comportan las mismas consecuencias. 
Palabras claves:  Criminología, doctrina, jurisprudencia, PCL-R, penología, psicopatía, sociopatía, trastorno antisocial de la personalidad. 
Abstract 
Spanish jurisprudence is frequently faced with the fact that in some expert reports appear terms like psychopath, antisocial Personality disorder, psychopathic personality, cruel psychopath, epileptoid psychopathy, sociopathy, etcetera. In this way, it’s not infrequent that jurists (magistrates, judges, public prosecutors, lawyers)  became disorientated with so much terminology which, despite all, they are nothing at all about synonym terms. Doctrine, on the  other hand, dissents from the traditionally point maintained by the Jurisprudence that psychopaths are non-attributed individuals. Many penologists know very good psychological  and psychiatric manuals and research studies on subject, and they are usually based on them to make some differences which apparently are fines. One of the controversies more extended is if the terms antisocial personality disorder and psychopathy are the same category. The polemic controversy goes further by the fact of contemplating the existence and difference of the socalled “successful” psychopaths compared with criminal psychopaths. In this review, it’s pretended to go deeply into and emphasize those fine differences, now that it’s been proved repeatedly that both diagnosis categories, if it’s  of course true that they share some common features, they are neither the same concept nor involve the same consequences. 
Keywords:  Antisocial personality disorder, criminology, doctrine, jurisprudence, PCL-R, 
penology, psychopathy, sociopathy.

1. Introducción

Exceptuando aquellos períodos del Medievo en los que se creía que la psicopatía y cualquier  otra conducta y personalidad  anormales eran bien de origen demoníaco, bien de corte estrictamente hereditarista-biologicista-fisionomista-antropométrico, el resto de enfoques  teórico-investigadores han arrojado sobrada luz que, a día de hoy, y tras más de 200 años de  historia amarga y controvertida sobre el término, nos permiten haber llegado a un consenso  generalizado entre los estudiosos de la psicopatía tanto desde el punto de vista clínico-forense y  como desde el punto de vista criminológico. 
La posición legalista mantenida tanto por la Jurisprudencia como por la Doctrina es,  particularmente en España, muy confusa, quizás debido, en parte, al disenso entre ciertos  sectores científicos que no parecen ponerse de acuerdo al respecto, quizás debido a la no  familiaridad de los juristas ni con el argot psicológico-psiquiátrico ni con los grandes avances  científicos y la innumerable cantidad de investigaciones que hasta la fecha de hoy se han venido  realizando al respecto desde diversas disciplinas. 
Centrándonos en la concreta legislación española, el tratamiento jurisprudencial, penológico  y penitenciario que ha venido recibiendo el constructo de psicopatía es poco más o menos que 
una mera disputa terminológica de opiniones y disquisiciones intelectuales fundamentadas en 
argumentos legalistas pero no empíricos, todo lo cual ha ido en detrimento del normal  procesamiento judicial de muchos psicópatas al considerar en éstos alguna especie de eximentes  y/o atenuantes que realmente no se aprecian desde el punto de vista psicológico y criminológico. 
A pesar de esto, el avance empírico en el estudio de la psicopatía es imparable. 
En la presente revisión se realiza, en primer lugar, un recorrido histórico sobre el concepto  de psicopatía desde las principales ciencias sociales (Sociología, Criminología y Derecho) y de la  salud mental (Psicología, Psiquiatría y Medicina). A continuación, exponemos la criminalidad  de los psicópatas, especificando los delitos más frecuentes en los que estos sujetos están  involucrados. Posteriormente, se realiza un análisis sobre la posición jurídico-penal que han  venido teniendo los psicópatas en nuestro sistema legal desde antaño hasta la actualidad. 
Finalmente, el estudio de algunas de las sentencias más relevantes de nuestro Tribunal Supremo  nos ayudará a obtener una visión más global de la situación controversial en torno a este  concepto. 

2. Las ciencias sociales y de la salud mental ante los psicópatas

En 1996, el doctor ROBERT D. HARE escribió un artículo de revisión titulado Psychopathy: 
A clinical construct whose time has come (Psicopatía: Un constructo clínico para los tiempos  que vienen) que fue publicado en la prestigiosa revista Criminal Justice and Behavior. Sin duda  alguna, este artículo de revisión puso magistralmente de manifiesto la situación actual en la que  se encontraba la psicopatía, tanto a nivel teórico como a nivel de investigación. Se trata de uno  de los artículos más citados de entre los innumerables trabajos que ha publicado HARE y el cual  ha servido de referencia para los diversos investigadores de todo el mundo, ya que incluso ha  servido de base para la elaboración de posteriores artículos de revisión y capítulos de libro. 
Recientemente, en otro espléndido artículo de revisión español que vuelve a rememorar el  del doctor HARE (1996a), se ha puesto de manifiesto una realidad psicosocial que es la que nos 
interesa traer aquí a colación: «la psicopatía es una de las entidades clínicas más controvertidas,  y ello se debe a diversos elementos de confusión que se sitúan en dos planos distintos: el  conceptual y el terminológico» (TORRUBIA y CUQUERELLA, 2008, p. 26). 

Las fuentes históricas que nos pueden traer a la memoria ejemplos de psicópatas pueden ser  tantas como especulativa sea la imaginación de cada historiador. Sin embargo, y a pesar de que  podemos encontrar incluso referencias bíblicas e históricas de algunos personajes que más o  menos emulan al psicópata (MOLTÓ y POY, 1997), lo cierto es que la psicopatía no comenzó a  tomar forma como un constructo clínico con entidad  propia hasta principios de 1940, fundamentalmente con la influyente obra del psiquiatra norteamericano HERVEY MILTON  CLECKLEY: The Mask of Sanity (La Máscara de la Cordura). 

jueves, 9 de agosto de 2012

LA HUELLA DEL MALTRATO Y LA VIOLENCIA INFANTIL. Cecilia Frías

Al igual que en todas las sociedades, en Bolivia se ha visto diferentes tipos de discriminación sobre lo más débiles, los niños. Hoy esta discriminación es entendida como maltrato infantil, trata de evitarse y penalizarse, gracias a la evolución del pensamiento de la sociedad vigente y de las normas jurídicas que en ella se implantaron.

LA VIOLENCIA INFANTIL: UNA REALIDAD OSCURA… 

El maltrato infantil debe solucionarse, a través de los intentos de superación de sus causas sociales reales, tales como el avasallamiento de la pobreza, del estado de guerra y de la impunidad. El concepto de maltrato infantil no se restringe sólo a la violencia física, sino que es mucho más amplio: “Hay modalidades de discriminación sutil, que están relacionadas con la sobreprotección y que no tienen relación con la violencia física o el amedrentamiento psicológico. La sobreprotección impide que los niños sean estimulados de acuerdo a sus capacidades y les imposibilita atender a sus propias necesidades. El maltrato tiene que ver también con acciones u omisiones que provocan un trastorno en su desarrollo, ya sea en lo físico, lo psicológico y/o lo social. La violencia y el maltrato infantil constituyen un fenómeno muy complejo, que involucra a toda la sociedad. La clave para prevenirlos es establecer propuestas o estrategias para reemplazar modalidades interactivas violentas, donde el diálogo sea el vehículo para resolver diferencias y problemas.

RESULTA INTERESANTE… 
Para comprender a un adulto que reacciona violentamente, hay que hacer un recorrido por su vida, que seguramente estará signada por una serie de episodios con privaciones importantes. “Si observamos qué sucede con un niño con carencias emocionales, veremos que inexorablemente influyen en los mecanismos de adaptación durante el proceso de socialización. El niño o adolescente que proviene de un medio que resulta nocivo para él, tendrá poca capacidad para responder a situaciones nuevas y tendrá dificultades en el aprendizaje, adolecerá de trastornos de conducta y en su capacidad empática y solidaria. El niño o adolescente se va a aislar o va a tener actitudes violentas. Si no se lo aborda de manera adecuada, se termina fabricando a un niño o adolescente violento y finalmente, a un adulto violento. Si bien es cierto que la violencia familiar existe en los niveles sociales medios y altos, la pobreza, la indigencia y el hacinamiento dan lugar a que se generen modelos violentos mucho más fácilmente.

lunes, 6 de agosto de 2012

TRASTORNO DE CONDUCTA: ETIOLOGÍA : FACTORES FAMILIARES, AMBIENTALES Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN. Joaquín Díaz Atienza



Los factores ambientales son considerados como determinantes en la presentación y mantenimiento de los trastornos de conducta, aunque en un contexto de interacción entre vulnerabilidad genética y ambiente. En este capítulo consideramos como factores ambientales los que hacen referencia tanto  al ambiente familiar como  a los sociales en general.
A pesar de su importancia, no son considerados como específicos de los trastornos de conducta ya que han sido relacionados de forma significativa con otros trastornos paidopsiquiátricos. Sin embargo, presentan un peso muy importante desde una perspectiva preventiva.

FACTORES LIGADOS AL CONTEXTO FAMILIAR.

Se exponen los problemas de salud mental de los padres, la separación y/o divorcio, la exposición a la violencia intrafamiliar, el embarazo precoz, el tipo de acogimiento, el tipo de vínculo, las pautas educativas y los factores psicosociales, en general.
1. Trastornos psiquiátricos en los padres.
Revisaremos la presencia de trastornos de conducta en el padre, la madre y la pareja, así como la depresión post-parto en la madre y la presencia de toxicomanías y alcoholismo en alguno de los padres.

1.1. Trastornos de personalidad y dependencia a drogas en los padres.
Las diferentes investigaciones evidencian de forma consistente la asociación entre problemas de conducta en los niños y la de personalidad antisocial en  el padre. En las investigaciones de Tremblay y cols (2004) encontramos que el 35 al 46% de los niños con diagnóstico de trastornos de conducta van a presentar antecedentes de conducta antisocial en  el padre frente al 6-17% en controles.  En esta misma línea se manifestaron las investigaciones de Moss y cols (2001) en las que los autores afirmaron que el riesgo se multiplicaba por 13 cuando se daban esta circunstancia.
En cuanto a estos antecedentes en las madres, Tremblay y cols (2004) afirman que, a pesar de ser uno de los aspectos menos estudiados, la presencia de conducta antisocial en las madres de niños con edades anteriores a su entrada en la secundaria originaría un mayor número de conductas agresivas en sus hijos. Esta frecuencia sería aún mayor si, al hecho de la conducta antisocial, han sido madres a una edad precoz. Por tanto, la presencia de conductas antisociales y embarazos precoces incrementaría aún más el riesgo de los trastornos de conducta en los hijos.
Respecto al consumo de drogas, y especial, la alcohol-dependencia, en los padres se ha considerado como el mayor riesgo para padecer trastornos de conducta en los hijos.
Incluso incrementan el riesgo de padecer, igualmente, alcohol-dependencia (Clark y cols,2004).
Hoy se admite que la presencia de trastornos de conducta, tanto en el padre como en la madre, incrementa significativamente el riesgo en los hijos. Otro aspecto se refiere a que, según algunos estudios (Ehrensaft y cols, 2003), la presencia de toxicomanías, en especial la alcohol-dependencia, en la madre no tendrían efecto sobre la presentación de trastornos de conducta en los hijos.

1.2. La depresión post-parto.
Las investigaciones que relacionan la depresión post-parto como factor de riesgo presentan, la mayoría de ellos, la ventaja metodológica de que suelen ser longitudinales.
De otra parte, su prevalencia supone un problema psiquiátrico importante ya que, según los estudios realizados, la sitúan en el 10 al 15 %. Se cree que el riesgo estaría relacionado con el tipo de interacción  entre la madre con depresión post-parto y su hijo, ya que originaría una merma  en las capacidades del niño, a largo plazo, para regular sus emociones (Kim-Cohen y cols, 2005). También se ha argumentado que las razones serían la incapacidad de la madre para responder de forma contingente y con sensibilidad frente a las demandas del niño.
Hay y cols (2003) realizaron un estudio sobre 122 familias inglesas. Encontraron que la violencia de los niños a los 11 años estaba asociada a la presencia de depresión postparto, independientemente de episodios depresivos durante el embarazo, episodios depresivos posteriores y otras características familiares como la cohesión, comportamiento antisocial de los padres y variables de tipo socioeconómico. Los niños más violentos eran aquellos en donde la madre había presentado un cuadro depresivo después de los tres meses de vida del niño. La afectación se daría tanto en las niñas como en los niños.
El tratamiento de la depresión en la madre, si bien da resultados positivos sobre la depresión, éstos no se traducen en una mejora de la interacción madre-hijo. Igualmente, la presencia de un temperamento difícil en el niño puede desencadenar una depresión en la madre (Murray y cols, 1996).
En un estudio longitudinal realizado por Morrel y Murray (2003) en donde pasaron un test que evaluaba la regulación emocional de niños de 9 meses y su posterior evaluación a los 5 y 8 años, pusieron de manifiesto que una mala regulación emocional (distrés e irritabilidad) a la edad de nueve meses correlacionaba posteriormente con la presencia de un trastorno de conducta. Este riesgo se manifestó solo en los niños y no en las niñas. Igualmente puso de manifiesto el vínculo entre la expresión emocional negativa en la madre y la conducta agresiva en los hijos.
Aunque se admite, en general, la influencia negativa de la depresión post-parto sobre la conducta posterior del hijo, no todos los estudios confirman esta circunstancia. Así tenemos que para Kurstjens y Wolke (2001) solo supondría un factor de riesgo si la depresión es crónica , solo en los niños y no en la niñas y si presentan riesgo añadidos neonatales o la familia está expuesta a otros riesgos.

miércoles, 1 de agosto de 2012

La Psicopatía y su Repercusión Criminológica: Un modelo Comprehensivo de la Dinámica de Personalidad Psicopática.José Manuel Muñoz Vicente Tribunal Superior de Justicia. Madrid, España



Resumen.
El trastorno psicopático de personalidad o psicopatía, a pesar de sus controversias en el contexto clínico ha resultado de enorme interés en el ámbito de la psicopatología criminal y forense al mostrarse tras la evidencia científica acumulada como un factor predictor de primera magnitud de la conducta trasgresora de la normativa social y legal. En el presente trabajo se propone un modelo comprehensivo de la dinámica de personalidad psicopática desde una perspectiva psicopatológica como paso previo y necesario para facilitar su análisis criminológico. Palabras clave: dinámica de personalidad, psicopatía, repercusión criminológica.

Abstract. The Psychopathic personality disorder or Psychopathy, regardless their controversies in the clinical context, results of a crucial interest in the criminal and forensic psychopathology context, due to the proven scientific accumulated evidence, like a first magnitude predictor factor of the transgresor misconduct of legal and social rules. In the present study it is proposed a comprehensive model of the psychopathic personality’s dynamic from the psychopathology perspective as a prior and required step to facilitate its criminological analysis. Keywords: criminological impact, personality dynamics, psychopathy.

“Algo no va bien en nuestro tiempo cuando seguimos inmersos en discusiones bizantinas. Personas normales, desde luego, no lo son: entienden la diferencia entre el bien y el mal, pero disfrutan haciendo el mal, viven para hacer el mal, y eso no es muy normal que digamos. Algo tendremos que hacer también desde el punto de vista legal, ¿no les parece?” (José Sanmartin, Prólogo al libro de J. M. Pozuelo: Psicópatas integrados).

Introducción.

El constructo “psicopatía” hace referencia a un síndrome clínico (aunque a día de hoy no esté recogido en las clasificaciones internacionales de los desordenes mentales –APA y OMS–), es decir, a un conjunto de signos y síntomas psicopatológicos relacionados (Hare, 2003). Como se desarrollará en el presente artículo, la conformación de la personalidad psicopática tiene alta probabilidad de vulnerar la normativa social y por tanto, de entrar en colisión con el Sistema de Justicia, de ahí su interés criminológico y forense (Monaham, 2006). Por tanto, este trabajo se enmarca dentro del área de investigación de la Psicología Criminal y más concretamente de las aportaciones de la Psicopatología Criminal y Forense como campo de conocimiento encargado de abordar la criminodinamia y delictogénesis de los Trastornos Mentales y su repercusión legal.

La Psicología Criminal o Psicología de la Delincuencia es una subárea dentro del ámbito disciplinar de la Psicología Jurídica, cuyos hallazgos empíricos también han sido aplicados a la Criminología. En la actualidad existe consenso dentro de la comunidad psicológica española en considerar a la Psicología Jurídica un campo consolidado de actuación profesional del psicólogo (Tortosa, Civera, Fariña y Alfaro, 2008; Ovejero, 2009; Clemente, 2010).
La Psicología Criminal, a partir de los métodos y los conocimientos generales de la Psicología, desarrolla investigaciones y genera conocimientos específicos en relación a la explicación de la conducta criminal. Su interés investigador ha versado especialmente: 1) explicación de la conducta delictiva; 2) estudios sobre carreras delictivas; 3) prevención y tratamiento; y 4) predicción del riesgo de violencia y/o reincidencia delictiva (Redondo y Andrés-Pueyo, 2007).

Desde el enfoque criminológico de las actividades rutinarias (Cohen y Felson, 1979) se considera que se necesitan tres elementos para que se produzca un acto delictivo: un individuo motivado a cometerlo; una víctima (objeto o persona) que le atrae y que se encuentra a su alcance, y una percepción de vulnerabilidad de la misma (alta probabilidad de éxito y baja probabilidad de ser capturado). En definitiva, la comisión de un hecho ilícito es función de la interacción entre una personalidad vulnerable al delito y una situación propicia (oportunidad delictiva) (Redondo, 2008).

El recurso a la psicopatología como motivación de la conducta delincuencial ha estado ligado principalmente a la explicación de delitos con alto contenido violento, provocando históricamente la estigmatización del enfermo mental. La sociedad atribuye a estos sujetos una elevada peligrosidad (delitos imprevisibles, con elevado contenido violento y bizarro en su comisión y que provocan una enorme alarma social). La investigación empírica al respecto ha demostrado sin embargo, que la enfermedad mental grave (referida principalmente a trastornos de corte psicótico) explica un pequeño porcentaje de la criminalidad violenta. Las descompensaciones criminales de estos enfermos suelen ir ligadas a una falta de adherencia al tratamiento (ausencia de conciencia de enfermedad, efectos secundarios de los psicofármacos y síntomas negativos de los casos residuales), el consumo de tóxicos (como estrategia de enfrentamiento ante el malestar experimentado por su sintomatología) y el escaso apoyo social (Esbec, 2006).

miércoles, 25 de julio de 2012

Actualización en Adolescencia Antisocial: Su Perfil. Presentación Académica. Carlos Espinoza Jara



-actos que suponen quebrantamiento de la ley.
-todos los estudios demuestran que la gran mayoría de delitos no llegan a tribunales.
-muchos adolescentes que cometen delitos que podrían ser procesados nunca figuran en las estadísticas criminales.
-profesionales clínicos Psicólogos y Psiquiatras tienden a  referirse a categorías diagnósticas como”trastorno hostil/desafiante, trastorno de conducta y trastorno de personalidad antisocial” (DSM IV). Están lejos de ser sinónimo de delito.
-mucho de estos adolescentes que son objeto no muestran deterioro social y disfunción psicológica (la medida puede causarla).
-esta claro que la conducta antisocial o infractora comienza durante la niñez antes que pueda ser procesado.
-nos referiremos al periodo entre los 10 y 18 años.
- en los últimos 20 años ha habido un considerable aumento en el conocimiento empírico relativo a la naturaleza de la delincuencia, sus causas, los factores que influyen en la perpetuación en la vida adulta y su prevención y tratamiento.
-las teorías del delito basadas en la idea de una sola serie unificadora de factores causales han caído en descrédito, cada vez se presta mayor atención a los orígenes de las diferencias individuales (factores de riesgo y protectores).
-la psicología la psiquiatría, la sociología y la criminología han contribuido con un notable avance en el conocimiento del problema.
-cuando son muy jóvenes (niños o pre adolescentes) que posteriormente desarrollan repetidas actividades antisociales tienden a ser superactivos, de conductas indisciplinadas, hostiles, y tienen dificultad para llevarse bien con los demás niños.
-tienden a ser impulsivos y a estar deseosos de buscar experiencias nuevas y excitantes.
-tienen mas inclinación que los demás a mostrar sentimientos de infelicidad, a tener dificultad con la lectura y consumir drogas ilegales.
-cuando estos rasgos persisten al final de la adolescencia y en la edad adulta temprana adoptan a menudo la forma de excesos, historia laboral irregular, dificultades en las relaciones familiares y sociales, tendencias contraer deudas, responden  a la frustración con violencia.
-biología y conducta, ha habido un avance científico en desechar el viejo esquema que sostenía  que lo biológico determinaba la conducta, hoy en día se trabaja con una compleja interacción de doble dirección entre psiquis y soma.
-los procesos del pensamiento y las emociones y las tendencias de la conducta no aparecen fuera del cuerpo.
-cuando alguien se siente preocupado y asustado esto ira acompañado de aumento de pulsaciones, la sudoración y la segregación de determinadas hormonas.
-la transferencia de los efectos de las experiencias se puede realizar a través de estilos de pensamiento o procesamientos cognitivos o conceptos del yo, pero de alguna manera u otra habrá en el sustrato biológico alguna alteración.
-si se elevan artificialmente de una u otra manera las hormonas sexuales masculinas, esto tendrá efecto mensurables en ciertas conductas como el dominio.
-durante la adolescencia temprana, los pensamientos de los jóvenes tienden a hacerse más abstractos, multidimensionales, auto reflexivos y concientes de sí mismo, con una mejor comprensión de los conceptos relativos.

jueves, 19 de julio de 2012

ADOLESCENCIA Y COMPORTAMIENTO ANTISOCIAL Óscar Herrero, Francisco Ordóñez de la Rosa, Aránzazu Salas Ballesteros y Roberto Colom. Universidad Autónoma de Madrid



Lykken (2000) propuso un modelo para explicar la conducta antisocial basado en las dificultades de temperamento y el proceso de socialización. Los rasgos temperamentales que consideró básicos fueron la ausencia de miedo, la búsqueda de sensaciones y la impulsividad. Las diferencias individuales en estos rasgos interactuarían con los factores del contexto que contribuyen a la socialización. Las personalidades antisociales puntuarían más alto en ausencia de miedo, búsqueda de sensaciones e impulsividad. El presente estudio evalúa a 186 reclusos y 354 adolescentes. No se observan diferencias significativas entre reclusos y adolescentes en búsqueda de sensaciones y ausencia de miedo, pero los adolescentes puntúan más alto en impulsividad. Estos resultados contradicen la propuesta de Lykken. Sin embargo, este resultado adverso puede ser re-interpretado desde una perspectiva alternativa.

Adolescence and antisocial behavior. Lykken (2000) proposed a model to understand antisocial behavior. The model considers the interaction between temperament difficulties and the socialization process. The temperament traits are fearlessness, sensation seeking, and impulsivity. Individual differences in those traits interact with contextual factors germane to socialization. The antisocial personalities must score higher on fearlessness, sensation seeking, and impulsivity. The present study assesses 186 imprisoned and 354 adolescents. No significant differences were found between imprisoned and adolescents neither in sensation seeking or fearlessness. Moreover, adolescents scored higher on impulsivity. The results are not in line with Lykken’s prediction. However, this adverse finding could have an alternative explanation.

Lykken (2000) propuso un modelo para explicar el desarrollo de las personalidades antisociales. Según este autor, hay dos caminos para desarrollar un comportamiento antisocial. Uno de ellos es estar expuesto a una socialización deficiente como consecuencia de una práctica familiar negligente. Este primer camino podría conducir a que el individuo se convirtiese en un sociópata. Por otra parte, una persona que expresase desde su nacimiento un nivel elevado de una serie de rasgos temperamentales podría ser insensible a un esfuerzo socializador normal y crecer sin desarrollar una conciencia. En este caso la persona podría convertirse en un psicópata. Los rasgos temperamentales propuestos por Lykken son la búsqueda de sensaciones, la impulsividad y la ausencia de miedo. Tanto en el caso de la sociopatía como en el de la psicopatía, las personas mostrarían una vulnerabilidad al comportamiento antisocial, pero no se podría hablar de una situación determinista e inamovible. Temperamento y socialización son dos factores relacionados.

Basándose en Gray (1987), Lykken (2000) propone que las personas con alta vulnerabilidad a la psicopatía nacerían con un bajo Sistema Inhibidor de la Conducta (BIS) o con un Sistema Activador de la Conducta muy potente (BAS). El primer caso daría lugar a un muy bajo miedo que podría derivar en una psicopatía primaria, mientras que el segundo conllevaría una alta impulsividad que podría derivar en una psicopatía secundaria.
Existe evidencia experimental sobre la hipótesis del bajo miedo. Hare, Frazelle y Cox (1978) encontraron diferencias en la actividad cardíaca y electrodérmica de psicópatas y no psicópatas durante una cuenta atrás al final de la cual oían un ruido de alta intensidad. Los psicópatas tenían mayor aceleración cardíaca y menor actividad electrodérmica que los no psicópatas. Se ha encontrado también en psicópatas menor nivel de sobresalto (medido mediante reflejo parpebral) cuando se presenta un tono alto durante la visión de imágenes emocionalmente negativas como un cuerpo humano mutilado (Patrick, Bradley y Lang, 1993; Levenston, Patrick, Bradley y Lang, 2000) o mientras se imaginan situaciones que deben evocar miedo (Patrick, Cuthbert y Lang, 1993).

lunes, 16 de julio de 2012

HIPERACTIVIDAD Y TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD (Niños-Adolescentes). SOBRE LA HIPERACTIVIDAD* Alberto Lasa Zulueta**




INTRODUCCIÓN
En el momento actual la hiperactividad del niño se ha convertido en un “síndrome” o, aún más, en una “enfermedad” de moda, particularmente en la psiquiatría anglosajona, de cultura sanitaria y medios asistenciales muy diferentes a los nuestros. Pese a ello está siendo importada y descrita por ciertos medios, de prensa y también científicos de nuestro país, como si se tratara de una situación clínica de descubrimiento y tratamiento reciente. Se trata sin embargo de un concepto de larga y controvertida historia que conviene repasar con algún detalle para no incurrir en un reduccionismo excesivo que puede conducir a decisiones clínicas y terapéuticas excesivamente simplificadoras. Por sorprendente que pueda parecer, sobre todo a quienes ya hemos conocido hace décadas el mismo fenómeno, (en los años setenta ya con la hiperactividad y entonces y posteriormente con conceptos también controvertidos como el de disfunción cerebral mínima o el de dislexia) asistimos a la reactivación y promoción, con un interesado etiquetaje de “nuevo descubrimiento científico”, de hechos clínicos sobradamente conocidos y de propuestas terapéuticas ensayadas desde hace mucho tiempo.
Una vez más, se trata de encajar hechos clínicos complejos en un viejo y estrecho paradigma, resucitado por la actual orientación psiquiátrica denominada “neo-kraepeliniana”, que tiende al ideal decimonónico del llamado “modelo médico”: “una causa, una enfermedad, un tratamiento”. Ideas que resurgen con el auge de la psiquiatría biológica y de sus investigaciones y descubrimientos, e influenciadas también por el generoso, e interesado, mecenazgo de una industria farmacéutica de extraordinario poder económico y mediatico, y de gran influencia en los medios de opinión y expresión científicos y universitarios. Autores poco sospechosos de ignorar los hechos biológicos han resaltado que, en las tendencias actuales, “las afirmaciones sobrepasan considerablemente las pruebas” (RUTTER, 2000). Un experto observador y protagonista de la psiquiatría americana (EISENBERG, 1986), lo ha resumido en pocas palabras: “el punto de vista “sin cerebro” ha sido sustituido por otro punto de vista  “sin mente” igualmente estrecho y limitado”.
El debate científico enfrenta a autores, inicial y fundamentalmente norteamericanos, que defienden la existencia de una entidad clínica diferenciada y con una etiopatogenia orgánica determinada, denominada “Trastorno de hiperactividad-déficit de atención”, con otros, fundamentalmente europeos pero también norteamericanos, que no están de acuerdo en atribuirle el carácter de una categoría diagnóstica específica porque juzgan que se trata de una agrupación sintomática, tradicionalmente denominada “inestabilidad psicomotriz”, sin ninguna relación etiopatológica determinable con lesión o disfunción cerebral precisa alguna, y dependiente de múltiples factores etiopatogénicos, no solo biológico-temperamentales, sino también psicológicos y psicopatológicos, familiares y socio-educativos.

ACERCA DE DOS MODELOS DE (IN)COMPRENSIÓN POSIBLES.

Indudablemente existen diferentes maneras de situarse frente a los hechos clínicos y a las diferentes opciones de tratarlos. La formación recibida y la experiencia de cada cual, así como el lugar de trabajo y los contactos profesionales y recursos terapéuticos que permite y ofrece, son seguramente, tanto por su riqueza como por sus carencias, los factores más determinantes del estilo de comprensión clínica y respuesta terapéutica de cada profesional. Al tratarse de fenómenos experienciales, interactivos y, en cierto modo, azarosos, condicionan diversos estilos y etapas en cada profesional.
Sin embargo, se pueden tratar de agrupar, y seguramente afirmar que, todas las modalidades de actividad profesional oscilan entre dos polos o modelos de comprensión que, a su vez, condicionan supuestos etiopatogénicos y, en consecuencia, opciones terapéuticas diferentes. Que ambas puedan ser integradas o, por el contrario esgrimidas como argumentos recíprocamente excluyentes dependerá de la formación, experiencia y elasticidad de cada (equipo) profesional. Pero además condicionará la colaboración o descalificación entre profesionales que emiten diagnósticos, orientaciones terapéuticas y opiniones diferentes, conllevando, en caso de desacuerdo, además del riesgo del descrédito de la objetividad de nuestros criterios diagnósticos, cierto desconcierto, sufrimiento y hasta desconfianza de los pacientes y sus familias.
La hiperactividad es un síndrome clínico en el que las repercusiones de todo lo expuesto resultan particularmente manifiestas. Frente a ella la actitud, es decir la predisposición, del profesional puede ser distinta, predominando una actitud de reflexión e intento de comprensión de los fenómenos latentes que subyacen al comportamiento hiperactivo, o, en el otro polo, el interés por la observación, descripción objetiva y cuantificación del fenómeno manifiesto más visible. Obviamente la prioridad elegida condicionará una posición “de espera” (y de apertura a la aparición de eventualidades psicopatológicas acompañantes o determinantes) o “de confirmación” (de un diagnóstico claro a confirmar o a evidenciar). La comprensión y reflexión estará centrada en el funcionamiento mental y en sus mecanismos repetitivos de orden psicopatológico en el primer caso, y en el segundo en la descripción y objetivación de síntomas “cuantificables”, por ejemplo a través de cuestionarios, a los que ingenua o interesadamente se atribuye un valor de “prueba diagnóstica”.
Esta actitudes se plasman en dos tipos de actividad en la exploración clínica, que buscará un diálogo abierto a la indagación en el primero, y una observación destinada a completar y cerrar una recopilación de datos objetivables en el otro.
Ambos tipos, de predisposición y de actividad exploratoria, van unidos a que el objeto de estudio al que apuntan es diferente. La  comprensión del funcionamiento mental se interesa por la articulación de los síntomas con mecanismos psíquicos, conscientes e inconscientes, y en particular por la persistencia repetitiva y limitante de algunos de ellos, así como por su psicogénesis, relacionada con mecanismos de interiorización e identificación y por tanto influenciada, tanto en su origen como en su mantenimiento, por la interacción con personas significativas del entorno. El conjunto interactivo constituido por: la persistencia limitante de ciertos mecanismos mentales defensivos y constitutivos; los conflictos, intrapsíquicos y con el entorno, que conllevan un particular sufrimiento emocional y afectivo; los problemas relacionales consecuentes y repetitivos; constituirán los ejes que permitan confirmar la consolidación estable y predominante de un tipo de funcionamiento estructurado y permanente, que configura un tipo de diag-nóstico, el diagnóstico estructural  y con ello delimitar si se trata, o no, de algo calificable de psicopatológico. En contraste, si el objeto a estudiar es la  conducta observable y la detección de los síntomas en sí mismos, esta adición, sumario y catalogación, método que ha sistematizado con el éxito consabido el sistema de clasificación americano (DSM en sus diferentes versiones) facilitará un diagnóstico sintomático fundamentalmente.

domingo, 15 de julio de 2012

TRASTORNO DE CONDUCTA: ETIOLOGÍA : FACTORES OBSTÉTRICO-PERINATALES. Joaquín Díaz Atienza



Son numerosas las investigaciones que han intentado ponderar su relación con los diversos problemas paidopsiquiátricos. En lo que respecta a los problemas de conducta, es posible que la exposición a las complicaciones obstétrico-perinatales sea un factor de riesgo que favorecería la vulnerabilidad con una relativa inespecificidad, siendo probablemente la interacción con otros factores de riesgo, como los factores genéticos, lo que determinaría la expresión y tipo de trastorno paidopsiquiátrico.
A continuación exponemos la posible asociaciónn entre las variaciones estacionales, las complicaciones obstétricas, la exposición a sustancias tóxicas durante el embarazo, la prematuridad y el bajo peso al nacimiento, así como los traumatismos cerebrales precoces en la presentación de los trastornos de conducta (TC).

VARIACIONES ESTACIONALES.

Es histórico el planteamiento de relacionar las variaciones estacionales como factor de riesgo  e n la presentación de los diversos trastornos paidopsiquiátricos. Sin embargo, hasta la fecha, no se ha podido demostrar suficientemente su peso como factor de riesgo. La hipótesis en la que se justifica sería la exposición a agentes infecciosos estacionales, carencias nutricionales estacionales durante el embarazo, la exposición del feto o del recién nacido a agentes infecciosos o tóxicos cuya concentración depende de
la estación del año, factores térmicos, influencia del fotoperiodo y factores hormonales estacionales (Torrey y cols. 1997).

COMPLICACIONES OBSTÉTRICAS.

Se ha sugerido que las complicaciones obstétricas originarían daños neurológicos que actuarían como factores facilitadores de futuros TC, aunque hasta hace escasamente poco tiempo no se encontró una relación clara. Sin embargo, trabajos más recientes (Allen y cols, 1998) han demostrado la existencia de una cierta asociación. Estos investigadores recogieron información de las madres en cuanto al embarazo y el parto.
Controlaron otros factores como las relaciones familiares, la prematuridad, el consumo de tabaco materno, demostrando que las complicaciones obstétricas se encontraban significativamente asociadas con la presentación de conductas perturbadoras con agresividad y conductas antisociales. Las complicaciones obstétricas encontradas fueron: los trastornos emocionales de la madre durante el embarazo, la asfixia neonatal como un muy importante factor de riesgo para los TC.
En un anterior estudio longitudinal, Raine y cols. (1997)  estudiaron la asociación entre complicaciones obstétricas y la presentación posterior de psicopatología en una muestra de 4269 recién nacidos. Las variables recogidas fueron la situación socioeconómica, las características mentales de la madre, así como la presencia del rechazo materno, entre otras. Ninguna de las variables evaluadas aisladamente se asoció significativamente. El rechazo materno, conjuntamente con alguna complicación obstétrica o considerada aisladamente, se asoció significativamente con futuros actos violentos. Se entendió por rechazo materno el intento de aborto, el abandono del niño. Igualmente se asociaron como predictores de TC las condiciones socioeconómicas desfavorables.
Debido a los resultados expuestos anteriormente, Hill (2002) propone un Modelo Biospsicosocial de Vulnerabilidad: las complicaciones en el momento del nacimiento podrían originar una cierta vulnerabilidad susceptible de incrementar el riesgo con la conjunción de otros factores como pueden ser los factores psicosociales. Esto es muy importante en el contexto de  los factores ante y perinatales que se encuentra con
frecuencia en el origen de diferentes riesgos estrechamente asociados. En este sentido las complicaciones obstétricas se encuentran con frecuencia asociadas a una edad maternal precoz, a condiciones económicas desfavorables  y al uso de sustancias psicoactivas durante el embarazo. De otra parte los TC en la madre son un factor de riesgo para la maternidad precoz que, a su vez, incrementan el riesgo de TC en los hijos.
También las complicaciones obstétricas y las condiciones económicas desfavorables han sido evaluadas como un riesgo para la parición de conductas agresivas en la infancia y la adolescencia. En lo que respecta a un ambiente familiar hostil, conjuntamente con los problemas perinatales como la pre-eclampsia, el prolapso del cordón umbilical, un trabajo de parto prolongado o inducido, se han relacionado con la aparición de comportamientos violentos entre los 6 y 17 años.

lunes, 9 de julio de 2012

AGRESIVIDAD, AGRESIÓN Y VIOLENCIA. Fabiola Muñoz Vivas.Capitulo 2.TESIS DOCTORAL. FACULTAD DE PSICOLOGÍA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE, MADRID, 2000


Delimitación de los Conceptos de Agresividad y Agresión.
Definir Agresividad y Agresión es una ardua tarea que han intentado científicos de diferentes disciplinas (Etólogos como K. Lorenz, 1966; Juristas como Aroneanu, 1958; Psiquiatras como D. Lagache, 1960; Sociólogos como Felson, 1978; y Psicólogos como Dollard y Miller, 1939; Buss, 1961; Bandura, 1973; Van Rillaer, 1978; Tedeschi, 1983, entre otros).
Con el término Agresividad suele hacerse referencia a la tendencia o disposición inicial que da lugar a la posterior agresión. En este sentido, Van Rillaer (1978, p.23) la define como “disposición dirigida a defenderse o afirmarse frente a alguien o algo “. Por otra parte, Lagache (1960) la conceptualiza como “una disposición indispensable para que la personalidad pueda educarse, y más ampliamente, para que el individuo adopte su sitio en el medio social y responda a los desafias que la realidad le impone “. En otra dirección, Buss (1961, p.l98) la define simplemente como “costumbre de atacar” y Berkowitz (1996, pA3) afirma que la agresividad hace referencia a la “disposición relativamente persistente a ser agresivo en diversas situaciones diferentes.
Las definiciones anteriores tienen en común la idea de que la Agresividad es una disposición, pero no hay acuerdo respecto a la valencia positiva o negativa de dicha tendencia, que como tal es algo que está latente y puede no ponerse nunca en acción, o decidir de una manera consciente y responsable sus vías de expresión. Así se puede afirmar que la agresividad es una capacidad que tienen la mayoría de las personas pero que a diferencia del “instinto” que demanda satisfacción, ésta sólo es una posibilidad que puede utilizarse o no (Allport, 1953; Montagu, 1978; Van Rillaer, 1978; Berkowitz, 1996).
Algo similar sucede con la palabra Agresión; utilizada para designar el acto en sí, la conducta externamente observable. Con frecuencia se postula implícita o explícitamente que la “la Agresividad es a la Agresión, lo que la disposición es al acto” (Lagache, 1960, p.lOO). La controversia surge cuando se intenta delimitar los comportamientos que se pueden calificar como actos agresivos, teniendo en cuenta que la agresión tiene muchos significados y que se puede ser agresivo tanto de forma activa (por ejemplo: amenazando, insultando, pegando o, matando), como de forma pasiva (por ejemplo, realizando las siguientes conductas de forma intencional: ignorar, negar una ayuda, impedir el acceso a determinados recursos, excluir). Es decir, no se puede aislar fácilmente la agresión y su motivación de las otras formas de comportamiento; además, “un mismo comportamiento manJiestamente agresivo —por ejemplo matar a alguien puede signficar intenciones muy dWerentes: vengarse, eliminar un rival, compensar unos sentimientos de inferioridad, protegerse.... Incluso cuando el resultado “objetivo” es idéntico, los procesos psíquicos son distintos, según los individuos y las circunstancias. No resulta, pues, fácil dar una definición clara de los términos agresión y agresividad” (Van Rillaer, 1978, p.2 1).

Agresividad y Agresión en el Lenguaje Coloquial.

Etimológicamente Agredir tiene sus raíces en el Latín aggredi, que se descompone en los radicales ad gradi (gradus = ‘taso” y ad = “hacia’), que significa avanzar, dar un paso hacia delante. Probablemente “agredir” adquirió el sentido de atacar al comprobarse que el avance siempre solía ser el inicio de un ataque o contienda (Fromm, 1987).
La palabra agresión se puede encontrar en las lenguas románicas a partir del Siglo XIV, mientras que la utilización del término agresividad es más reciente. Por ejemplo, en lengua castellana se registra el uso del término agresión a partir de 1.502, y el de agresividad sólo en la primera década de este siglo. Este último se incorpora al Diccionario de la Real Academia a partir de la decimosexta edición en 1939 (Van Rillaer, 1978). En la actualidad se puede encontrar las siguientes definiciones en la vigesimoprimera edición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (1997):
Agresión: 1. “Acto de acometer a alguno para matarlo, herirlo o hacerle daño, especialmente sin justificación”. 2. “Acto contrario al derecho de otro”. 3. “Ataque armado de una nación contra otra, con violación del derecho”.
Agresivo/a: 1. “Dicese de la persona o animal que obra o tiende a obrar con agresividad”. 2. “Propenso a faltar al respeto a ofender o a provocar a los demás”. 3. “Que implica provocación o ataque.
Agresor/a: 1. “Que comete agresión”. 2. “Se dice de la persona que viola o quebranta el derecho de otra”. 3. “Aplicase a la persona que da motivo a una querella o riña, injuriando, amenazando, desafiando o provocando a otra de cualquier manera.
Agresividad: Acometividad.
Acometividad: 1. “Propensión a acometer, atacar, embestir”. 2. “Brío, pujanza, decisión para emprender una cosa y arrostrar sus dificultades”.
Como se ve, en el Diccionario se recoge la idea tanto de la agresión activa como de la pasiva, pero hace mayor énfasis en la activa. También se hace referencia a la agresión como un problema que puede darse a niveles muy diferentes: individual (de la persona consigo misma), interpersonal (de unas personas con otras) e intergrupal (de unos grupos o naciones contra otros). Además se aprecia claramente la bipolaridad del término agresividad que hace referencia tanto a una conducta negativa de atacar, hacer daño a otro, como a una conducta positiva de autoafirmación, coraje y toma de decisiones, que contribuye a crear confusiones e imprecisiones en el lenguaje cotidiano.

Definición de Conducta Agresiva en la Investigación Científica.

Cada vez son más los investigadores que definen la agresión en función de la motivación de hacer daño a otros. Ejemplo de ello son las siguientes definiciones:
• “Comportamiento que intenta herir o dañar a alguien” (Sears, Maccoby y Levin, 1957).
• “Acto el cual ofende o irrita a otrapersona” (Eron y Huesmann, 1987).
• “Motivación para causar daño” (Feshbach, 1970; BjÉSrkqvist y Niemelá, 1992).
• “Conducta que intenta hacer daño a otra persona o a su sustituto” (Caprara y otros, 1994).
• “Algún tipo de conducta, tanto fisica como simbólica, que se ejecuta con la intención de herir a alguien” (Berkowitz, 1996).

domingo, 1 de julio de 2012

EVALUACIÓN Y MEDIDA DE LA AGRESIÓN, LA AGRESIVIDAD Y LA VIOLENCIA.* Antonio Andrés-Pueyo(1) , Meritxell Pérez Ramírez, David Gallardo Pujol y Carlos García Forero Centro de trabajo: Universidad de Barcelona (Facultad de Psicología, Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico).


1.1.- Introducción.
La preocupación por controlar y reducir los comportamientos agresivos y la violencia ha  llevado a un reciente desarrollo de nuevos estudios empíricos y formulación de modelos  teóricos sobre la agresión, la violencia y sus consecuencias (Anderson y Bushman,  2002; Krug, 2002). La intervención en contextos clínicos y de salud mental, tanto en  adultos como en niños, escolares, laborales, familiares, jurídicos y asistenciales, cada uno de ellos con sus formas especiales de agresión y violencia (bulliyng, mobbing, violéncia de género y familiar…) requieren soluciones eficaces en la eliminación de las conductas violentas. Para conseguirlo la evaluación y medida precisa de éstos fenómenos es imprescindible. Paradójicamente la disponibilidad de técnicas de evaluación de la agresión y la violencia es muy limitada (Bobes et al. 2003) y además poco específica (Andres-Pueyo y Redondo, 2007). Por este motivo es frecuente la utilización inadecuada de instrumentos de evaluación y medida diseñados para evaluar la ira, la hostilidad, la impulsividad, el auto-control y otros similares, en vez de instrumentos específicos para evaluar la agresividad y la violencia. Todavía hoy no se dispone de un repertorio variado de instrumentos de evaluación de la agresión y la violencia (2) que tengan un suficiente nivel de adecuación temática, calidad y eficiencia, diseñados  para esta finalidad y con las garantías propias de las técnicas psicométricas modernas. En este trabajo presentaremos, de forma panorámica,  la realidad actual en cuanto a los instrumentos de medida de la agresión y la agresividad, desarrollados desde el final de la II Guerra Mundial y especialmente en las dos últimas décadas. Nos centraremos en presentar las técnicas e instrumentos para la evaluación de la agresión y la agresividad en adultos sin ocuparnos de la evaluación en niños y adolescentes.

En este trabajo no se abordará la evaluación de la violencia porque en el momento  actual ésta sufre un desarrollo exponencial (piénsese solamente en la problemática de la violencia de género) y requeriría una extensión de la que no disponemos en este capítulo y, además, desvirtuaría el objetivo del mismo. Hay que añadir que este campo profesional todavía necesita una estabilización de las iniciativas que permita descartar y conservar aquello que es útil de lo que no lo es.
Las técnicas de evaluación de la violencia, muchas de ellas de muy reciente propuesta,  se han desarrollado en torno a tipos específicos de violencia entre los que el suicidio, la violencia familiar, de pareja o de género, la violencia escolar y la violencia laboral son las más importantes. Estas técnicas tienen una especial predilección por la descripción de hechos, actos y comportamientos violentos que buscan delimitar la frecuencia y gravedad de los mismos antes que realizar estimaciones de peligrosidad o diagnósticas.
Recientemente se han desarrollado, en este contexto, técnicas de predicción del riesgo de violencia que son de enorme utilidad en contextos forenses, clínicos, penitenciarios y de asistencia social (Andres-Pueyo y Redondo, 2007).

1.2.- Agresión, Agresividad, Violencia y otros fenómenos relacionados.

La necesidad de medir, cuantificar, evaluar y valorar la agresión y la agresividad requieren un punto de partida donde las definiciones de ambos constructos queden bien planteadas a nivel ontológico y operacional. Esto aún no está bien resuelto porque se confunden con demasiada frecuencia estos constructos con otros tales como la ira, la hostilidad o la propia violencia. Para evaluar la agresión y la agresividad se utilizan instrumentos que se ocupan de otros constructos como son la  “hostilidad” o “ira” y a veces simplemente la “impulsividad” que no son idénticos entre sí, a pesar de la evidente relación que tienen en determinadas ocasiones como puede ser la “agresión impulsiva” o la conducta violenta que sucede en una crisis del “Trastorno explosivo intermitente”. Estas confusiones llevan a utilizaciones inadecuadas de procedimientos de evaluación de la agresión y el resto de conceptos. Aclararemos primero este particular de importancia para el resto del capítulo.
La agresión hace referencia a cualquier comportamiento dirigido hacia otra persona u objeto que se realiza con la intención de producirle lesiones, daño o sufrimiento. El agresor considera que su conducta producirá daños en la víctima y que ésta intentará evitarlos (Berkowitz, 1993; Anderson y Bushman, 2002).  La no-intencionalidad, los daños incidentales, como consecuencia de una conducta no dirigida a hacerlos o la aceptación del daño por la victima no son propios de los comportamientos agresivos.