martes, 17 de junio de 2014

APLICACIONES DE LOS PRINCIPIOS DEL APRENDIZAJE SOCIAL. ALGUNOS PROGRAMAS DE TRATAMIENTO Y PREVENCIÓN DE LA DELINCUENCIA. Ronald L. Akers, Catedrático de Criminología y Sociología, Universidad de Florida

1. Introducción 

El objetivo principal de este artículo es facilitar algunos ejemplos de los  programas existentes en los Estados Unidos de América, diseñados para el tratamiento o la prevención de la delincuencia, que están basados en los principios y procesos cognitivos/conductivos comprendidos en la teoría del aprendizaje social como explicación del delito, la delincuencia y la desviación, o bien reflejan los mencionados principios y procesos. Mis compañeros y yo hemos realizado una amplia investigación y  hemos aportado numerosos trabajos sobre la teoría del aprendizaje social a lo largo de un gran número de años (véase Akers, 1973; 1998; Akers et al., 1979; Akers y Jensen, 2003; Sellers y Akers, 2006). En las ediciones tercera y cuarta de Criminological Theories (Akers, 2000; Akers y Sellers, 2004), he incluido aplicaciones de todas las teorías criminológicas principales (incluida la del aprendizaje social) al control, a la justicia, al tratamiento y a la prevención. He escrito en otros lugares sobre las cuestiones relacionadas con la teoría y práctica sociológica en Criminología (Akers, 2005). En este capítulo, me remito a estos trabajos anteriores. Asumo que los especialistas y los estudiantes españoles de Criminología y Sociología están al corriente de la teoría del aprendizaje social (1).

2. Relación entre la teoría y la práctica.

Durante mucho tiempo, he alegado que el más importante de los diversos criterios científicos para la evaluación de las teorías criminológicas (de todas las teorías científicas) es su validez empírica –la medida en que una explicación del delito y la desviación es coherente con los hechos conocidos del delito y viene apoyada por datos empíricos derivados de pruebas directas  de sus proposiciones (Akers, 1994; Akers y Sellers, 2004). Otro criterio importante para la evaluación de la teoría es la aplicación práctica a los problemas del delito y la delincuencia. Conocer y explicar la conducta delictiva es importante de por sí, pero desde que comenzaron a establecerse las ciencias sociales también se ha reconocido que es importante poner el conocimiento empírico y teórico al servicio de los objetivos de la sociedad de paliar o resolver problemas sociales. Por tanto, es razonable preguntar lo  útil que puede resultar una teoría criminológica a la hora de proporcionar pautas, comprensión o directrices para los concretos programas y políticas. ¿Proporciona la teoría principios que puedan utilizarse en la política, los procedimientos, el tratamiento, la terapia, la corrección o la reforma por parte de organizaciones o entidades públicas, gubernamentales o privadas? ¿Qué directrices pueden obtenerse de la teoría  para controlar, prevenir o modificar la conducta delictiva? Estas preguntas pueden formularse respecto a las acciones que se llevan a cabo en los sistemas de control social formal (justicia criminal y juvenil). Estas mismas preguntas pueden también formularse respecto al control social informal que puede ser acometido por los padres, los colegios, las iglesias, los compañeros y los grupos y organizaciones de vecinos/comunitarios para aumentar la conformidad y prevenir, modificar o controlar la conducta delictiva y desviada. Enseñar actitudes positivas y prosociales a los niños, supervisarlos correctamente, realizar un seguimiento de su conducta y sus amigos y aplicar una disciplina firme pero coherente en caso de mala conducta son consejos prácticos y de sentido común que pueden darse a los padres y cuidadores. Tales prácticas, junto a  los programas que proporcionan recursos comunitarios a los padres para asistir a clases y sesiones de asesoramiento que mejoren sus técnicas para educar a sus hijos, poseen una justificación teórica no sólo en el aprendizaje social, sino en la vinculación social que plantean otras teorías (Hawkins et al., 1999; Reid et al., 2002; Brown et al., 2005). 

Todos los esfuerzos, ya sean de carácter formal o informal, que tratan de prevenir, disuadir, disminuir o «hacer alguna otra cosa» sobre la delincuencia, el delito, el abuso de las drogas, la violencia y otras formas de conducta antisocial y desviada se refieren de algún modo, reconocido o no, a las teorías sobre las causas, factores o procesos que producen tal conducta. 

Las principales teorías criminológicas tienen implicaciones respecto a la política y la práctica de la justicia criminal, y desde luego han sido utilizadas en éstas. Todas las terapias, programas de tratamiento, regímenes carcelarios, políticas policiales o prácticas de justicia criminal están basados, ya sea explícita o implícitamente, en alguna explicación de naturaleza humana en general o de conducta delictiva en particular (Akers y Sellers, 2004: 11). 

Una buena teoría es aquella que se ha probado que es empíricamente válida. De modo similar, una buena práctica es aquella que se ha probado que es empíricamente efectiva. Una teoría empíricamente válida puede proporcionar directrices significativas para el desarrollo de programas de acción  con sentido y eficaces, y éstos a su vez pueden facilitar una comprensión teórica, así como sugerir modificaciones de la propia teoría en virtud de lo que funcione o no  en la práctica. Pero las teorías no pueden probarse directamente en virtud del éxito que tengan las políticas y los programas. Esto se debe en parte al hecho de que un programa o una política están basados no sólo en consideraciones objetivas e instrumentales, sino también en consideraciones políticas y filosóficas expresivas, subjetivas y cargadas de valoraciones (o en, como lo denomina Braithwaite, 2002, «teoría normativa»). Por  supuesto, los programas con un fuerte contenido moral o normativo (como los programas basados en la justicia restaurativa y en la fe, Braithwaite, 2002; Cullen et al., 2001), cuyo objetivo es modificar la conducta, también están basados en una o más teorías acerca de dicha conducta. 

Sin embargo, creo que la aplicación de una gran cantidad de programas tiene una conexión poco precisa y no articulada con una teoría con sentido. Por supuesto, no se pretende ni puede esperarse que los programas aplicados sean teóricamente puros. No le conceden mucha importancia al hecho de adherirse a los principios de una única teoría. 
Con buen sentido, los programas aplicados tratan de descubrir qué funciona, y para tal fin se apoyan en las aportaciones de una mezcla de diferentes teorías y de conocimientos y presentimientos basados en el sentido común. Por tanto, suele ser difícil determinar cuál es exactamente la teoría o teorías en que se basa un programa o decidir qué conclusiones pueden alcanzarse sobre una teoría en particular en caso de apreciarse que un programa sea un éxito o un fracaso. 

La relación entre la teoría y la práctica también está afectada por el hecho de que determinadas prácticas y programas, aunque pueda mostrarse que en teoría tienen sentido y existe una elevada posibilidad de que sean eficaces a la hora de combatir el delito y la delincuencia, no deberían y no pueden llevarse a la práctica porque violan valores y creencias básicas de imparcialidad, justicia y derechos humanos. Deben preocuparnos al máximo las dimensiones éticas de la intervención en las vidas de las personas para modificar su conducta cuando no se les haya adjudicado legalmente haber hecho algo malo. En este sentido, el movimiento de identificación y prevención temprana incluye fundamentalmente los intentos de intervenir en las vidas de las personas antes de que cometan actos ilegales, o al menos con carácter previo, antes de que se detecten dichos actos por el sistema de justicia criminal. Por esta razón, desde un punto de vista ético se prefieren programas «universales» que proporcionen servicios u oportunidades a personas, familias, vecindarios, colegios o comunidades (con o sin una evaluación del riesgo general o específico de desviación en dicha población) sin identificar a personas específicas que se crea que hayan cometido algún delito o se considere que se encuentran en una situación de riesgo. Los programas y políticas aplicados hacen frente a los problemas políticos, económicos, éticos, morales y prácticos de la implantación, participación y recopilación de información. Así, pueden tener éxito o fracasar por razones que no tengan nada que ver con lo buena que sea la teoría con la que los diseñadores puedan haber identificado el programa. Sin embargo, al igual que la teoría puede proporcionarnos algunas directrices respecto a los programas aplicados, tales programas pueden a su vez informarnos sobre los puntos fuertes y débiles de la teoría, indicar en qué puntos la teoría puede precisar modificación y proporcionarnos una mayor o menor confianza en la verdad de una teoría y en lo útil que puede resultar. (Para un comentario más detallado sobre estas cuestiones, véase Akers, 2005). 

No voy a tratar de realizar una revisión global de las aplicaciones de la teoría y de la efectividad de los programas aplicados, ni de todos los modos posibles y existentes en que la teoría del aprendizaje social puede ser de ayuda para los programas aplicados. Más bien voy a concentrarme en describir algunas aplicaciones de los principios cognitivos/conductivos de la teoría del  aprendizaje social a los programas de tratamiento/prevención de la delincuencia que han sido llevados a cabo por dos organizaciones conocidas en Estados Unidos. No quiero decir que únicamente en Estados Unidos se encuentren teorías con sentido sobre el delito y la desviación o bien buenos programas aplicados relacionados con dichas teorías. Existen diferencias sociales y culturales obvias entre las sociedades, relacionadas tanto con la teoría como con la práctica. Sin embargo, deberían aplicarse interculturalmente, al menos en cierta medida, unos principios teóricos con sentido y unos buenos programas de intervención. 

Así, la investigación muestra que la teoría del aprendizaje social tiene validez empírica (aunque quizá moderada en alguna medida por el contexto social) en diferentes países (Kandel y Adler, 1982; Otero López et  al., 1989; Junger-Tas, 1992; Bruinsma, 1992; Zhang y Messner, 1995; Kim y Koto 2000; Hwang y Akers, 2003; Wang y Jensen, 2003). Parece ser que las teorías criminológicas generales tienen una cierta relevancia en España (véase Serrano Maíllo, 2006), al igual que sucede en Estados Unidos. En España, la relación entre drogas y delincuencia y las variables que se ha descubierto que las predicen parece ser similar a la existente en Estados Unidos (véase Otero López, 1997). Por otra parte, las cuestiones del entorno, contexto y recursos a la hora de implantar los programas de prevención/educación y otros programas aplicados son similares ya se trate de España, Estados Unidos o de otros lugares (véase Valderrama et al., 2006). Reconozco las diferencias interculturales y las dificultades de explicación relacionadas con dichas diferencias, pero creo que las lecciones que hemos aprendido de la experiencia estadounidense pueden tener una cierta significación para los esfuerzos por explicar y combatir el delito y la desviación en otras sociedades. 

3. Breve perspectiva general de los principios del aprendizaje social 

El aprendizaje social es una teoría  general socio-psicológica que ofrece una explicación sobre la adquisición, el mantenimiento y la modificación de la conducta delictiva y desviada. La misma adopta factores sociales, no sociales y culturales que intervienen tanto para motivar y controlar la conducta delictiva, como para fomentar y socavar la conformidad. Los principios de aprendizaje social de la teoría no se limitan a explicar la conducta novedosa, «...sino que  constituyen principios fundamentales de actuación [que explican]... la adquisición, el mantenimiento y la modificación de la conducta humana» (Andrews y Bonta, 1998: 150). Responden tanto a la pregunta de por qué las personas violan las normas como  a la pregunta de por qué no las violan, incorporando tanto los factores y variables que facilitan el delito y la delincuencia como los que lo contrarrestan o previenen. Su proposición básica consiste en que un mismo proceso de aprendizaje produce tanto una  conducta conforme como una conducta desviada. La probabilidad de una conducta delictiva o conforme es una función del balance de estas influencias de riesgo y protectoras sobre la conducta, y no sólo las operativas en una historia individual de aprendizaje, sino también las que funcionan en un determinado momento, en una situación dada, y las que prevén una conducta futura en el contexto de la estructura social,  la interacción y la oportunidad. La diferencia reside en la dirección del proceso en que funcionan los mecanismos y variables de aprendizaje. En muy escasas ocasiones se trata de un proceso disyuntivo. Más bien se trata de un balance de las influencias ejercidas sobre la conducta. Dicho balance suele dar muestras de una determinada estabilidad a lo largo del tiempo, pero puede volverse inestable y cambiar con el tiempo o las circunstancias (Akers, 1998). 

lunes, 2 de junio de 2014

Predictores de la conducta antisocial juvenil: un modelo ecológico (1). Martha Frías-Armenta; Amelia Eréndida López-Escobar; Sylvia Guadalupe Díaz-Méndez Universidad de Sonora, México.

RESUMEN

Este estudio pone a prueba un modelo ecológico como marco teórico explicativo de la antisocialidad juvenil. 204 jóvenes mexicanos que cursaban la educación secundaria o preparatoria contestaron un cuestionario con preguntas acerca de la violencia intrafamiliar, su conducta antisocial, la ingesta de alcohol de sus madres, los problemas de conducta escolar, algunas características del ambiente familiar, escolar y del barrio y las actitudes acerca de la violencia. Los datos fueron analizados a través de un modelo estructural en el cual las variables investigadas constituyeron factores e índices que representaban a los niveles de la teoría ecológica. Los resultados mostraron que el microsistema tuvo un efecto directo en la conducta antisocial de los menores, el exosistema mostró un efecto también directo en el microsistema y por lo tanto uno indirecto en la conducta antisocial de los menores, y el macrosistema tuvo un efecto directo en el exosistema y uno indirecto en la antisocialidad de los jóvenes. Lo anterior parece respaldar el modelo ecológico, como explicación coherente de la conducta antisocial en los menores.

Palabras clave: conducta antisocial, jóvenes, modelo ecológico, ecuaciones estructurales.

ABSTRACT

The aim of this research was to test an ecological model as explanation of juvenile delinquency. 204 Mexican students of junior and high school answered a questionnaire containing questions about family violence, antisocial behavior, child abuse, mother and father alcohol consumption, as well as some family, school, and neighborhood environmental characteristics. Observed variables constituted factors and indexes that represented the ecological theory. Structural equation modeling was used to analyze data. Results showed that the microsystem had a direct effect on antisocial behavior of youths, the exosystem had also a direct effect on the microsystem and an indirect effect on antisocial behavior, while the macrosystem had a direct effect on the exosystem and an indirect effect on antisocial behavior. These results seem to support the ecological model as an appropriate explanation of juvenile antisocial behavior.

Key words: antisocial behavior, juveniles, ecological model, structural equations.

La delincuencia juvenil y las conductas antisociales en menores son problemas complejos que atraen la atención de la sociedad por sus manifestaciones cada vez más frecuentes y violentas. En México fueron arrestados 58,720 menores en el año de 1997 y 56,448 en 1998 (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, INEGI, 1998). Estos indicadores representan únicamente los de los menores que fueron internados en los centros de atención por algún delito grave, pero el número de menores denunciados por alguna infracción es mucho mayor que el de los internados (únicamente entre el 10% al 15% son internados). Por ejemplo en la ciudad de Hermosillo, en el estado norteño de Sonora, de 300 denuncias que se recibieron en la policía en el mes de enero del 2000, únicamente 50 fueron turnadas al Consejo Tutelar para Menores. De éstos únicamente 31 fueron detenidos; el resto de los menores fue amonestado o fueron entregados en custodia familiar. Esto demuestra que los datos del INEGI no constituyen una aproximación real a la magnitud del problema, ya que la institución procesa únicamente la información proveniente de los menores que fueron arrestados o detenidos en algún Consejo o tribunal.

De acuerdo con las estadísticas del gobierno, en el estado de Sonora en 1996 se arrestaron 14, 355 jóvenes entre los 11 y los 18 años, quienes fueron consignados en los tribunales para menores. Estos representan el 6% de la población total de jóvenes en esa entidad (Gobierno del Estado de Sonora, 1998). En el año de 1997 se atendieron 13,833 menores en las delegaciones y/o representaciones del Consejo Tutelar para Menores (Gobierno del Estado de Sonora, 1998). En cuanto a la atención externa, se dio servicio a 22,491 menores en 1997 (Gobierno del Estado de Sonora, 1998). En total fueron atendidos 36,321 menores, los que conforman el 15% de la población total de éstos. Los datos no consideran a los menores que fueron denunciados y entregados a sus padres después de recibir una amonestación, quienes constituyen la mayor parte de los jóvenes infractores. Lo anterior mostraría que un gran porcentaje de la población juvenil (quizá entre el 15% y el 30%) en México se involucra en actividades criminales y esto constituye una preocupación que requiere la comprensión de los determinantes de la antisocialidad juvenil.

Teorías explicativas

Diversas teorías se han cuestionado el origen de la violencia en los humanos. Los filósofos y los investigadores debaten acerca de la naturaleza "noble" o "salvaje" de las personas (Freud, 1930; Lorenz, 1966). Freud y otros psicoanalistas aseguran que la agresión es el producto de un primitivo y poderoso deseo por la muerte al cual ellos llaman Tánatos. Lorenz (1966) argumenta que la violencia es instintiva. Sin embargo, los estudios científicos actuales reportan que las causas de la violencia son múltiples y éstas incluyen factores biológicos, fisiológicos, conductuales, sociales, económicos y políticos (American Psychological Association's Comission on Youth Violence, 1993; National Research Council, 1993; Ollendick, 1996).

Lerner y Galambos (1998) plantean que, de manera consistente con las condiciones individuales y las contextuales, existen factores centrales básicos en la génesis y en el desarrollo de las conductas de riesgo de la criminalidad, sobre las cuales se puede trabajar en prevención. Estos comprenden tres factores individuales y tres contextuales: 1) la edad (la iniciación temprana en una conducta de riesgo en la adolescencia); 2) las expectativas respecto de la escuela y de las calificaciones escolares; 3) conducta(s) general(es), tales como acciones inapropiadas; 4) observar influencias antisociales, ya que muchas veces más allá de los factores individuales los factores contextuales son los que conducen a la generación de conductas de riesgo; 5) las influencias de los padres, particularmente sus estilos autoritarios o permisivos; y 6) las influencias del vecindario.

El modelo ecológico

Bronfenbrenner (1987) propone una perspectiva ecológica del desarrollo de la conducta humana. Esta perspectiva concibe al ambiente ecológico como un conjunto de estructuras seriadas y estructuradas en diferentes niveles, en donde cada uno de esos niveles contiene al otro. Bronfenbrenner denomina a esos niveles el microsistema, el mesosistema, el exosistema y el macrosistema. El microsistema constituye el nivel más inmediato en el que se desarrolla el individuo (usualmente la familia); el mesosistema comprende las interrelaciones de dos o más entornos en los que la persona en desarrollo participa activamente; al exosistema lo integran contextos más amplios que no incluyen a la persona como sujeto activo; finalmente, al macrosistema lo configuran la cultura y la subcultura en la que se desenvuelve la persona y todos los individuos de su sociedad. Bronfenbrenner (1987) argumenta que la capacidad de formación de un sistema depende de la existencia de las interconexiones sociales entre ese sistema y otros. Todos los niveles del modelo ecológico propuesto dependen unos de otros y, por lo tanto, se requiere de una participación conjunta de los diferentes contextos y de una comunicación entre ellos.

Bronfenbrenner y Ceci (1994) han modificado su teoría original y plantean una nueva concepción del desarrollo humano en su teoría bio-ecológica. Dentro de esta teoría, el desarrollo es concebido como un fenómeno de continuidad y cambio de las características bio-psicológicas de los seres humanos, tanto de los grupos como de los individuos. El elemento crítico de este modelo es la experiencia que incluye no sólo las propiedades objetivas sino también las que son subjetivamente experimentadas por las personas que viven en ese ambiente. Bronfenbrenner y Ceci (1994) argumentan que, en el transcurso de la vida, el desarrollo toma lugar a través de procesos cada vez más complejos en un activo organismo bio-psicológico. Por lo tanto el desarrollo es un proceso que deriva de las características de las personas (incluyendo las genéticas) y del ambiente, tanto el inmediato como el remoto y dentro de una continuidad de cambios que ocurren en éste a través del tiempo. El modelo teórico es referido como un modelo Proceso-Persona-Contexto-Tiempo (PPCT).

Belsky (1980) retomó el modelo original de Bronfenbrenner y lo aplicó al abuso infantil. En la aplicación de Belsky, la familia representaba al microsistema; y el autor argumentaba que en este nivel más interno del modelo se localiza el entorno más inmediato y reducido al que tiene acceso el individuo. El microsistema refiere las relaciones más próximas de la persona y la familia, es el escenario que conforma este contexto inmediato. Éste puede funcionar como un contexto efectivo y positivo de desarrollo humano o puede desempeñar un papel destructivo o disruptor de este desarrollo (Bronfenbrenner, 1987). El mundo de trabajo, el vecindario, las relaciones sociales informales y los servicios constiturían al exosistema, y los valores culturales y los sistemas de creencias se incorporarían en el macrosistema. Como lo mencionábamos, para Belsky (1980) el exosistema es el segundo nivel y está compuesto por la comunidad más próxima después del grupo familiar. Ésta incluye las instituciones mediadoras entre los niveles de la cultura y el individual: la escuela, la iglesia, los medios de comunicación, las instituciones recreativas y los organismos de seguridad. La escuela constituye un lugar preponderante en el ambiente de los jóvenes; ellos permanecen una gran parte de su tiempo en este lugar, el que contribuye a su desarrollo intelectual, emocional y social. El macrosistema comprende el ambiente ecológico que abarca mucho más allá de la situación inmediata que afecta a la persona. Es el contexto más amplio y remite a las formas de organización social, los sistemas de creencias y los estilos de vida que prevalecen en una cultura o subcultura (Belsky, 1980; Bronfenbrenner, 1987). En este nivel se considera que la persona se ve afectada profundamente por hechos en los que la persona ni siquiera está presente. La integración en la sociedad es parte de la aculturación de los individuos a las instituciones convencionales, las normas y las costumbres (Angenent & Man, 1996).

Emery y Laumann-Billings (1998) utilizaron el modelo ecológico para analizar las causas y las consecuencias de las relaciones familiares abusivas y establecieron a la familia como el contexto más inmediato. El contexto ecológico más amplio lo constituyeron las cualidades de la comunidad en las que está inmersa la familia, tales como la pobreza, la ausencia de servicios, la violencia, la desorganización social, la carencia de identidad dentro de sus miembros, y la falta de cohesión en ella. Por su parte, el contexto sociocultural estuvo formado por los valores y las creencias culturales.

En el presente estudio retomamos el modelo ecológico aplicado por Belsky (1980) al abuso infantil. En este modelo, Belsky propone los mismos sistemas que Bronfenbrenner, pero los define de manera diferente. Segun Belsky (1980) las relaciones dentro de la familia constituyen el vínculo más próximo y el sistema más inmediato en el que se desenvuelven los niños, al que denomina microsistema. El barrio y la escuela son contextos importantes para los menores, pero constituyen otro nivel de interacción, al cual llama el exosistema y por último, Belsky considera que la cultura constituye el macrosistema.

lunes, 19 de mayo de 2014

Predicción de riesgo de reincidencia en agresores sexuales. Meritxell Pérez Ramírez, Santiago Redondo Illescas, Marian Martínez García,Carlos García Forero y Antonio Andrés Pueyo. Universidad de Barcelona.

La evaluación del riesgo de conducta violenta es un campo emergente en la actual Psicología de la Delincuencia. A partir de la investigación sobre carreras criminales y predictores de riesgo, durante los últimos años se han desarrollado diferentes escalas de evaluación del riesgo de violencia. Uno de estos instrumentos es el Sexual Violence Risk Assessment-20 (SVR-20), traducido y adaptado al español en el Grupo de Estudios Avanzados en Violencia de la Universidad de Barcelona. El objetivo de este estudio es evaluar la capacidad del SVR-20 para predecir la reincidencia sexual en una muestra española de delincuentes sexuales. 
Para ello se ha aplicado el SVR-20 de forma retrospectiva a un grupo de 163 agresores sexuales ya excarcelados. La capacidad discriminativa del instrumento ha sido evaluada a través del modelo de regresión logística. Se obtuvo un porcentaje de clasificaciones correctas de los sujetos no reincidentes del 79,9% y de los sujetos reincidentes del 70,8%. La curva ROC obtenida muestra una buena capacidad discriminativa del SVR-20 con un valor de área bajo la curva (AUC) de 0.83. La principal conclusión de este estudio es que el SVR-20 es un instrumento de utilidad para mejorar los pronósticos de riesgo de violencia sexual.

Recidivism risk assessment in sex offenders. Violent behaviour risk assessment is one of the most relevant research areas in current Psychology of Crime. Various scales for violence risk assessment have recently been developed from research about crime careers and risk factors. One of these instruments is the Sexual Violence Risk Assessment-20 (SVR-20), translated and adapted to Spanish by the Group of Advanced Studies in Violence of the University of Barcelona. The goal of this study is to verify the predictive capacity of the SVR-20 to predict sexual violence recidivism in a Spanish sample of sexual offender inmates. The method used was a retrospective study based in 163 sexual offender files and a 4-year time lag. The data were analysed with the logistic regression technique. Of the sample, 79.9% non recidivist individuals were correctly classified, and 70.8% recidivist individuals. The ROC curve obtained for the model shows a very good discriminant capacity for the SVR-20, with a 0.83 AUC value. The main onclusion of this study is that the Spanish adaptation of SVR-20 is a good instrument to predict the risk of sexual violence.

En nuestra sociedad actual la violencia en general, y la violencia sexual en particular, son problemáticas de gran relevancia que inquietan a los ciudadanos y a los poderes públicos (La Fond, 2005). Ante una creciente alarma social, agravada a menudo por los medios de comunicación, tanto los responsables de las instituciones, como los expertos interesados en este ámbito, buscan medios para prevenir las conductas violentas. A pesar de que los delincuentes sexuales presentan una tasa baja de reincidencia oficial (que internacionalmente se sitúa en un 20%), la atención pública que suscitan sus delitos ha derivado en la búsqueda de soluciones legislativas, en ocasiones drásticas, para afrontar el problema de la violencia sexual y su reincidencia (Mercado y Ogloff, 2007).

En el ámbito aplicado, la predicción del riesgo de violencia constituye en la actualidad un reto para las instituciones de justicia (Lalumière y Quinsey, 1996; Quinsey, Lalumière, Rice, y Harris, 1995). Los mejores resultados en la predicción suelen obtenerse mediante una combinación de variables psicológicas y comportamentales, y no sólo a partir del uso exclusivo del juicio clínico experto o bien de variables actuariales, como pueden ser la edad de los sujetos, su nivel educativo, el barrio en el que viven, etc. (Rodríguez, López, y Andrés Pueyo, 2002). Por otro lado, diversos estudios han relacionado ciertos factores de personalidad y los delitos violentos (Ortiz-Tallo, Fierro, Blanca, Cardenal, y Sánchez, 2006; Sobral, Luengo, Gómez-Fraguela, Romero, y Villar, 2007), entre los que destacarían impulsividad, ausencia de miedo o búsqueda de sensaciones (Herrero y Colom, 2006). 

Recientemente, para superar algunos de los inconvenientes de sistemas de predicción tanto puramente clínicos como puramente actuariales, se han desarrollado sistemas basados en el juicio profesional estructurado. Éstos evalúan el riesgo en base a unas directrices explícitas basadas en investigaciones empíricas. La ventaja de este método de predicción es que resulta sistemático pero a la vez suficientemente flexible para permitir una adecuada aplicación práctica (Douglas, Cox, y Webster, 1999).

Un procedimiento de evaluación específico basado en el juicio profesional estructurado es el Sexual Violence Risk-20 (SVR-20) (Boer, Hart, Kropp, y Webster, 1997). El SVR-20, como se abreviará a partir de ahora, es un protocolo diseñado para la evaluación del riesgo de violencia sexual de delincuentes sexuales adultos.

Esta guía de valoración del riesgo fue desarrollada considerando las investigaciones empíricas y la práctica clínica de los expertos en el ámbito de los factores de riesgo de violencia sexual. Es necesario clarificar el significado que se confiere en este trabajo a los términos factores de riesgo e ítem para evitar interpretaciones confusas de los mismos. La expresión «factores de riesgo» se emplea en la investigación sobre carreras criminales para hacer referencia aquellos elementos y variables personales o sociales cuya presencia hace más probable el mantenimiento de la actividad delictiva de un sujeto o, de otra manera, incrementa su riesgo delictivo.

Con este mismo significado se utilizará «factor de riesgo» en este trabajo. Por su lado, el término «ítem» se empleará en referencia a una unidad de información sobre el sujeto y sus circunstancias personales o sociales, que puede ser valorada como presente, parcialmente presente o ausente. Dichas unidades de información (o sea,los ítems) se basan en la investigación sobre factores de riesgo.

Así, cada ítem del SVR-20 valora información sobre el individuo que puede ser un factor de riesgo para su conducta futura. Pero, en ningún caso, el uso de la expresión factor de riesgo debe identificarse con el significado más habitual del término factor en Psicología. En el SVR-20, la evaluación del riesgo se realiza por un experto forense a partir de la valoración de una lista estandarizada de factores de riesgo que permite finalmente adoptar un juicio de riesgo global.

Los profesionales forenses que trabajan con delincuentes sexuales al servicio de los tribunales o en las prisiones se enfrentan a una presión creciente para que evalúen con precisión los niveles de riesgo y muestren un proceso de toma de decisión lo más trans-
parente posible (Craig, Beech, y Browne, 2006). Un delincuente sexual que se valore como sujeto de alto riesgo requerirá un control y una supervisión comunitaria mucho más estrictos que un sujeto que se considere de bajo riesgo de reincidencia sexual. Por este motivo, una buena predicción de la reincidencia sexual es necesaria tanto para evitar futuras víctimas como para reducir el coste institucional de estos sujetos y, como consecuencia, maximizar los recursos disponibles en la atención a individuos que realmente lo requieran. 

Actualmente, en España no se utilizan de manera sistemática y generalizada instrumentos de predicción del riesgo de reincidencia sexual que, como el SVR-20, podrían resultar de la máxima utilidad. Por este motivo, esta investigación puede tener relevancia científica y práctica en cuanto que constituye un primer intento de validación empírica en España de un instrumento de utilidad para los técnicos que trabajan en la predicción del riesgo de agresión sexual. En concreto, el objetivo de este estudio es aplicar el SVR-20 de manera retrospectiva a una muestra de agresores sexuales, excarcelados de una prisión española, con la finalidad de evaluar la capacidad predictiva de este instrumento para anticipar la posi-
ble reincidencia sexual.

Específicamente, la valoración mediante el SVR-20 de cada sujeto de la muestra, a partir de la información documental disponible sobre el mismo, ha permitido estimar en cada caso si este instrumento habría predicho correctamente a los reincidentes sexuales. Para ello, el riesgo de reincidencia pronosticada por el instrumento ha sido contrastado con la reincidencia empírica observada.

Método

Participantes

Los sujetos que forman parte de esta investigación provienen del conjunto de la población de agresores sexuales que cumplieron condena en el Centro Penitenciario Brians de Barcelona desde su inauguración en mayo de 1991 hasta diciembre del 2002. A partir de esta población se seleccionó, para este estudio, una muestra de 163 sujetos varones, de los cuales 95 eran agresores sexuales de mujeres adultas (violadores) y 58 habían abusado de menores. El criterio de selección consistió en que los expedientes de los sujetos dispusieran de la máxima información posible, y, en todo caso, de la información suficiente, a los efectos de cumplimentar los ítems del SVR-20.

La edad de los sujetos oscilaba entre 27 y 68 años (Media=44.41, DT= 9.29). En relación con el nivel académico, el 72,4% tenían estudios primarios, un 12,9% estudios secundarios y un 7,4% estudios superiores. Con referencia al estado civil, el 47,2% de los sujetos eran solteros, un 34,4% estaban casados y un 17,8% separados. Estos valores no resultaron distintos atendida la variable tipo de delito sexual cometido (violación o abuso de menores). 

viernes, 2 de mayo de 2014

Propiedades psicométricas de la Escala de Conducta Antisocial y Delictiva en adolescentes. José M. Andreu* y María E. Peña. Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico I. Universidad Complutense de Madrid

Resumen: 
El presente trabajo tiene como objetivo evaluar la calidad métrica de una escala construida para medir la conducta antisocial en adolescentes. Para ello, se analizó una muestra compuesta por 640 participantes de ambos sexos, con edades comprendidas entre los 12 y los 18 años de edad, a los que se les aplicó el instrumento. Todos los participantes en el estudio procedían de diferentes centros educativos de la Comunidad de Madrid y participaron en el presente estudio de forma confidencial y anónima. Los resultados obtenidos apoyan la estructura unidimensional de la escala a través de un factor de segundo orden. En relación con su consistencia interna, el coeficiente de fiabilidad obtenido fue satisfactorio, así como la validez convergente que se examinó a través de diferentes medidas de agresión. Se discuten las implicaciones de las propiedades psicométricas examinadas en este estudio y su utilidad para evaluar la conducta antisocial en adolescentes.
Palabras clave: Conducta antisocial, validez de constructo, fiabilidad, adolescentes.

Title: Psychometrical properties of the Antisocial and Criminal Behavior Scale in adolescents.
Abstract: The present study focuses on the metric quality of a scale designed for measuring antisocial behavior. The scale was applied to a sample composed by 640 adolescents of both sexes with an age range between 12 and 18 years old. All participants in the study belonged to schools from the Community of Madrid and their participation in the research was completely confidential and anonymous. The application of the confirma-tory factor analysis showed a onedimensional structure composed by a general dimension of antisocial behavior. The internal consistency showed by the scale was broadly satisfactory. Implications of results concerning the factor structure and construct validity of the scale in adolescents are dis-cussed.
Key words: Antisocial behavior, construct validity, reliability, adolescents.

Introducción
La conducta antisocial incluye actos que claramente infringen las reglas sociales y se dirigen contra los demás (Stoff, Breiling y Maser, 1997). Este tipo de conductas constituyen un conglomerado de acciones que acarrean graves consecuencias a la sociedad, dado que los jóvenes y adolescentes que se comportan antisocialmente agreden, roban y quebrantan las más elementales normas y códigos de una sociedad (Burt y Donnellan, 2009; Kazdin y Buela-Casal, 2002; Peña y Graña, 2006; Renda, Vassallo y Edwards, 2011).
Además de sus graves consecuencias inmediatas, las previsiones a lo largo del tiempo reflejan que los adolescentes antisociales, cuando se convierten en adultos, siguen presentando estos comportamientos, así como otros tan problemáticos como el consumo de sustancias y la desadaptación laboral, familiar e interpersonal (Kazdin y Buela-Casal, 2002). Precisamente, la mayor variedad y frecuencia de aparición precoz de conductas antisociales predice la persistencia de conductas antisociales más graves en la edad adulta, incluido el abuso de alcohol y drogas (Muñoz-Rivas, Graña, Peña y Andreu, 2002).

A pesar de su incuestionable relevancia teórica y práctica, no existe hasta el momento suficiente consenso sobre la conceptualización de la conducta antisocial, dado que es un constructo complejo y su uso en la investigación es frecuentemente ambiguo ya que, en no pocas ocasiones, se emplea haciendo alusión a diferentes conductas sin una clara delimi-tación terminológica (Rutter, Giller y Hagell, 2000). En general, la conducta antisocial hace referencia a una diversidad de actos que generan daño en los demás, frecuentemente en forma de agresión, o que violan las normas sociales y los derechos de los demás (Burt y Donnellan, 2009; Peña y Graña, 2006). Sin embargo, el que una conducta se conceptualice como antisocial también está en función del juicio o valoración social acerca de la gravedad de los actos cometidos y de su alejamiento de las pautas normativas en una sociedad en concreto (Kazdin y Buela-Casal, 2002). En esta valoración intervienen multitud de factores tales como la edad del me-nor, su sexo, la clase social y otras circunstancias socio-contextuales (Pahlavan y Andreu, 2009; Romero, Sobral y Luengo, 1999; Vázquez, 2003).

Claro está que un elemento central de este tipo de conductas es que constituyen acciones que son ejercidas contra la integridad de los demás, vulneran las normas sociales y jurídicas vigentes y reflejan un grado de severidad, frecuencia e intensidad que las hacen cualitativamente diferentes del resto de conductas problemáticas o desadaptativas que aparecen a lo largo de la infancia y adolescencia (Garaigordobil, 2005). Las conductas antisociales, dado que incluyen una amplia gama de conductas tales como agresión y violencia, hurtos, vandalismo, piromanía, mentiras, absentismo escolar, huidas de casa y abuso de alcohol y drogas, son susceptibles de ser agrupadas mediante un continuo que iría desde las menos graves, o también denominadas conductas problemáticas, a las de mayor gravedad que llegarían a la conducta delictiva y/o criminal (Loeber y Stouthamer-Loeber, 1998).

En cuanto a la red nomológica de este constructo, su estudio también resulta complejo ya que la distinta expresión de la conducta antisocial varía en función de la generación o cohorte de pertenencia (Calvete y Orue, 2010; Lahey y Waldman, 2003; Peña, 2010), del género (Calvete, 2008; La-hey y Waldman, 2003; Lahey et al., 2000; Rescorla, Achenbach, Ivanova, Dumenci y Almqvist, 2007) y de otros facto-res socioculturales y económicos (Peña, Andreu, Graña,Pahlavan y Ramírez, 2008; Sobral et al., 2000), además de estar estrechamente ligada a otros comportamientos de riesgo como el abuso de drogas (Muñoz-Rivas, Graña y Cruzado, 2000). En este sentido, el análisis de las distintas dimensiones de este constructo tendría implicaciones teórico-prácticas de especial relevancia ya que posibilitaría, por un lado, desarrollar instrumentos de evaluación más precisos en el diagnóstico de estas conductas y, por otro, identificar los factores de riesgo que específicamente están asociados a cada una de las formas de expresión de la conducta antisocial (Burt, 2009; Garaigordobil, 2005; Sobral, Romero, Luengo y Marzoa, 2000).

A pesar de estas limitaciones, parece existir al menos cierto consenso en relación con las distintas dimensiones que integran la conducta antisocial y que abarcarían desde las conductas predelictivas, agresión y ruptura de normas sociales hasta el abuso de alcohol y drogas (Burt y Donnellan, 2010; Cho, Martin, Conger y Widaman, 2010; Loeber y Stouthamer-Loeber, 1998; Peña, 2011). Todas estas conductas no se presentan de forma independiente durante la infancia y la adolescencia sino que estarían fuertemente asociadas entre sí, configurando agrupaciones o constelaciones de comportamientos problemáticos (Kazdin y Buela-Casal, 2002; Rutter et al., 2000). Estos comportamientos problemáticos compartirían un conjunto de factores de riesgo que acabarían por configurar, bajo un factor general unidimensional, un estilo de vida antisocial en el joven y adolescente (Jessor, 1984, 1993; Peña, Andreu y Graña, 2009).

En cuanto a los instrumentos de evaluación que han sido diseñados en nuestro país para evaluar este amplio rango de conductas (p. ej., Luengo, Carrillo, Otero y Romero, 1994; Martorell y Silva, 1993; Seisdedos, 1988), destacar que permiten una evaluación unidimensional de la conducta antisocial y presentan, por lo general, adecuadas propiedades psicométricas. No obstante, dado que estos instrumentos no han sido revisados durante los últimos años, algunos de sus ítems resultan claramente obsoletos en nuestros días. Es por esto, por lo que se justificaría la construcción de una escala que incorporase ítems de comportamiento antisocial presentes en la actualidad en los adolescentes de nuestro país.
Por tanto, la principal finalidad del presente trabajo fue construir una escala que incorporase ítems de comportamiento antisocial presentes en los adolescentes de nuestros días. Un segundo objetivo consistió en analizar su validez de constructo mediante estrategias de análisis factorial confirmatorio, comprobando la invarianza de la estructura factorial de la escala en el grupo de hombres y mujeres, así como su validez convergente a través del estudio de su asociación con otras variables con la que cabría esperar que estuviera relacionada. En tercer lugar, se pretendió proporcionar datos sobre su fiabilidad (consistencia interna).

viernes, 14 de febrero de 2014

FACTORES DE RIESGO Y DE PROTECCIÓN DE LA CONDUCTA ANTISOCIAL. MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR Mª Elena de la Peña Fernández (Extracto)

Introducción
En el presente capítulo se va a mostrar cómo la conducta antisocial puede verse desencadenada por multitud de factores, subrayándose, así, su multicausalidad. Cuando se estudia un fenómeno tan complejo y envuelto en una fuerte polémica conceptual, una de las estrategias más eficaces para comprenderlo consiste en conceptualizar sus determinantes, más que como causas, como factores de riesgo.
Para Berkowitz (1996), un factor de riesgo es una condición que aumenta la probabilidad de la ocurrencia de acciones agresivas aunque no de forma invariable. Loeber (1990), por otra parte, conceptualiza estos factores como eventos que ocurren con anterioridad al inicio del problema y que predicen el resultado posterior, incrementando la probabilidad de su ocurrencia por encima de los índices básicos de la población. Esta perspectiva es la que, a juicio de Berkowitz (1996), debería adoptarse al considerar todas las condiciones que pueden promover la conducta antisocial y delictiva en jóvenes y adolescentes.

Cuando se introduce el concepto de factor de riesgo suelen realizarse una serie de aclaraciones. En primer lugar, se dice que el concepto de factor de riesgo es “probabilístico”, no determinista. El que un individuo presente factores de riesgo no implica que necesariamente vaya a desarrollar conductas problemáticas; significa únicamente que, si lo comparamos con un individuo sin esos factores, tendrá una mayor probabilidad de llegar a implicarse en esas conductas. En relación con esta idea, es necesario matizar que los factores de riesgo no llegan a tener el estatus de “causas”, es decir, son elementos predictores, pero no implican una causación directa y lineal. Por otra parte, es necesario también tener en cuenta que, hoy por hoy, ningún factor de riesgo por sí solo permite predecir adecuadamente la conducta problema. Se tiende a admitir que estos factores actúan en interrelación; las distintas variables interactúan, se modulan y se influyen entre sí. Precisamente una de las dificultades con las que se encuentra la investigación sobre este tema hace referencia a cómo se articulan entre sí las distintas variables. Se conocen muchas variables predictoras de la conducta problema y, sin embargo, se sabe relativamente poco de cómo se ordenan y se relacionan esos factores entre sí (Luengo et al., 2002).

Así, cabe suponer que diferentes factores de riesgo tienen distintos mecanismos de influencia sobre la conducta. Algunos de ellos quizás ejerzan sus efectos de un modo relativamente directo, sin mediadores: si los amigos refuerzan positivamente las conductas antisociales, el individuo podrá tener más probabilidades de llevarlas a cabo, quizás sin necesidad de ningún otro proceso intermedio. En otros casos, sin embargo, la influencia puede ser indirecta: un clima familiar deteriorado puede no incidir directamente sobre la actividad desviada, pero pueden dar lugar a que el adolescente pase más tiempo fuera de casa y tenga una mayor probabilidad de contactos con amigos problemáticos; éste sería el factor con efecto “próximo” o directo sobre la conducta desviada. En otras ocasiones, la influencia de los factores de riesgo puede ser “condicional”, es decir, pueden actuar haciendo que el sujeto sea más vulnerable a otros factores. Una baja asertividad, por ejemplo, podría facilitar la conducta antisocial no porque en sí misma induzca a ella, sino porque la baja asertividad puede hacer al sujeto más vulnerable a la influencia de los amigos.
Bien es cierto que no se pueden hacer simplificaciones con respecto a los factores específicos que codeterminan la conducta antisocial. Su complejidad, así como los distintos niveles de su influencia (biológicos, psicológicos, sociales y jurídicos), unidos a la heterogeneidad conceptual de los comportamientos antisociales, excluyen respuestas simples.

No obstante, se puede decir mucho sobre las influencias que sitúan a jóvenes y adolescentes en riesgo de emitir conductas desviadas y de los posibles mecanismos en los que operan muchas de estas influencias. La cuestión de más interés es conocer quién es más propenso a convertirse en antisocial y cuáles son los factores que conducen a tal situación.
Asimismo, pensar en términos de probabilidad sobre las condiciones que pueden potenciar la conducta violenta es útil en muchos ámbitos de la vida, incluyendo las ciencias naturales, la educación y las ciencias sociales. Para tomar una decisión en cualquiera de estas áreas es necesario considerar la probabilidad de que cierto hecho se produzca o no, y en base al conocimiento e información disponibles, estimar la probabilidad (grande, moderada o pequeña) de que el suceso se produzca realmente. De este modo, la revisión de los factores que en este capítulo se exponen permitirá hacer estimaciones razonables o afirmaciones de probabilidad sobre las condiciones que promueven la conducta antisocial.
El objetivo principal de este capítulo es, por tanto, identificar los factores que colocan a los individuos bajo riesgo de comportamiento antisocial. Este riesgo hace fundamentalmente referencia al incremento de la probabilidad de la conducta sobre los índices básicos de la población (Kazdin y Buela-Casal, 2002).

Se ha de tener en cuenta que, además de hablar de factores de riesgo de las conductas antisociales, que hacen referencia a aquellas características individuales y/o ambientales que aumentan la probabilidad de la aparición de dichas conductas o un mantenimiento de las mismas; existen los factores de protección. Un factor de protección es una característica individual que inhibe, reduce o atenúa la probabilidad del ejercicio y mantenimiento de las conductas antisociales. En este sentido, los factores de riesgo y de protección no son más que los extremos de un continuo y que un mismo factor será protector o de riesgo según el extremo de la escala en que esté situado. Así, por ejemplo, el rasgo impulsividad puede ser un factor de riesgo de conductas antisociales cuando tiene un valor elevado en los individuos, mientras que sería un factor de protección cuando su valor es muy bajo. La presencia o ausencia de los mismos no es una garantía de la presencia o ausencia de conductas antisociales respectivamente. Asimismo, a mayor número de factores de riesgo habrá mayor probabilidad de que aumente la probabilidad de aparición de conductas antisociales.

Clasificación de los factores de riesgo

Los factores de riesgo no son entidades que actúen aisladamente determinando unívocamente unas conductas sino que al interrelacionarse, predicen tendencias generales de actuación. Esto conduce a que la exposición de los principales factores de riesgo para el ejercicio de conductas antisociales se realice atendiendo a dos grandes grupos: 1) factores ambientales y/o contextuales y, 2) factores individuales. Asimismo, los factores individuales se subdividen, a su vez, en: a) mediadores biológicos y factores bioquímicos, b) factores biológico-evolutivos, c) factores psicológicos y, d) factores de socialización (familiares, grupo de iguales y escolares).

Factores ambientales y/o contextuales

La sociedad constituye el marco general donde cohabitan tanto los individuos como los grupos. Los medios de comunicación de masas, las diferencias entre zonas, el desempleo, la pobreza y una situación social desfavorecida, así como las propias variaciones étnicas, son claros factores de riesgo de cara a cometer comportamientos desadaptados y antisociales 

Los medios de comunicación de masas

Aunque en algunos momentos se ha supuesto que contemplar imágenes violentas podría incluso reducir las conductas agresivas (la llamada hipótesis de la “catársis”, Lorenz, 1966), lo cierto es que se dispone en la actualidad de una amplia evidencia sobre el efecto contrario (Bushman y Anderson, 2001; Donnerstein, 2004; Huesmann, Moise y Podolski, 1997; Huesmann, Moise, Podolski y Eron, 2003; Meyers, 2003; Wheeler, 1993).

En 1975, la comunicación especial de Rothenberg sobre el “Efecto de la Violencia Televisada en Niños y Jóvenes” alertó a la comunidad sobre los efectos perniciosos de la visión de la violencia televisiva en el normal desarrollo del niño al incrementar tanto los niveles de agresividad física como la conducta antisocial. Esta comunicación, al igual que otras procedentes de organizaciones profesionales como la Academia Americana de Pediatría o la APA (Asociación de Psicología Americana) que llegaban a similares conclusiones, estaba fundamentada en los resultados obtenidos por la Comisión Nacional sobre las “Causas y Prevención de la Violencia” (Baker y Ball, 1969) y en el Informe sobre “Televisión y Desarrollo: El Impacto de la Violencia Televisada” (Surgeon General’s Scientific Advisory Committee on Television and Social Behavior, 1972). Con posterioridad, estos resultados fueron reforzados por el informe del Instituto Nacional de Salud Mental: “Televisión y conducta: Diez años de progreso científico e implicaciones para los ochenta” (Pearl, Bouthilet y Lazar, 1982) en el que, de nuevo, se exponía un amplio consenso desde la literatura científica acerca de que la exposición a la violencia televisiva incrementaba la agresividad física exhibida por niños y adolescentes (Brandon, 1996).

Es por ello que se ha hecho necesario regular legalmente cuales deben ser los programas, contenidos y horarios de emisión de la programación infantil. Para ello, la Ley 25/1994, del 12 de Julio, incorpora al ordenamiento jurídico español, la Directiva de la Unión Europea de 1989 sobre la coordinación de disposiciones legales, reglamentarias y administrativas de los Estados miembros, relativas al ejercicio de actividades de radiodifusión televisiva, siendo el artículo 17 de dicha ley, el que se refiere expresamente a la protección de los menores frente a la programación (Vázquez, 2003).

De esta forma, el estudio científico de los efectos perniciosos de la observación de la violencia en la televisión fue desarrollándose hasta quedar conceptualizado hoy en día como un importante factor de riesgo del comportamiento agresivo (Donnerstein, 2004). Entendiendo éste como un conjunto de condiciones presentes en el individuo o en el ambiente que producen un aumento en la probabilidad de desarrollar un determinado problema como es, en este caso, la conducta violenta (Donnerstein, 1998; Drewer, Hawkins, Catalano y Neckerman, 1995; Huesmann et al., 2003; Lefkowitz, Eron, Walder y Huesmann, 1977; Meyers, 2003); llegando a conformarse lo que hoy en día se denomina la Teoría del Efecto Causal entre la visión de la violencia televisiva y la conducta agresiva. Aunque no hay suficiente evidencia empírica que la apoye (Freedman, 1984; Lynn, Hampson y Agahi, 1989), según Björkqvist (1986), la mayor parte de ésta parece estar a favor de la Teoría del Aprendizaje Social que postula que la observación de imágenes violentas provoca un incremento de la conducta agresiva debido a un proceso de aprendizaje por condicionamiento instrumental vicario (Bandura, 1973).

Del Barrio (2004b) señala que para explicar la acción de la televisión sobre la aparición de la agresión se recurre a varias teorías: 1) identificación, mediante aprendizaje vicario, 2) desensibilización, inhibiendo la respuesta de desagrado innata hacia la agresión y, 3) las condiciones personales, temporales, familiares y ambientales en las que el niño ve la televisión. Así, los mecanismos psicológicos a través de los cuales la observación de violencia televisada puede llegar a facilitar la expresión de la conducta agresiva o antisocial, implican el aprendizaje, por parte de los jóvenes, de que determinados tipos de agresión o violencia están justificados o son más aceptados bajo determinadas circunstancias, legitimando así la agresión a través de la violencia observada en los medios de comunicación (Watt y Krull, 1977). La exposición a la violencia incrementaría, por tanto, el nivel de tolerancia, enseñando a los niños observadores a elevar el nivel de la conducta agresiva considerada como “aceptable” (Donnerstein, Slaby y Eron, 1994; Drabman, Thomas y Jarvie, 1977; Huesmann y Miller, 1994; Huesmann, et al., 1997; Huesmann et al., 2003; Livingstone, 1996; Meyers, 2003; Molitor y Hirsch, 1994; Schneider, 1994) hasta llegar a relacionarse con la aparición de comportamientos altamente violentos, como puede ser el homicidio (Bushman y Anderson, 2001; Heide, 2004; Wheeler, 1993).

Entre la gran cantidad de factores que han sido analizados en diversas investigaciones con objeto de determinar los efectos de la observación de la televisión violenta en el comportamiento agresivo, caben destacar el carácter justificado o injustificado de ésta (Andreu, Madroño, Zamora y Ramírez, 1996; Berkowitz y Powers, 1979; Peña, Andreu y Muñoz-Rivas., 1999), la visión de la violencia recompensada o castigada y la presencia de armas (Paik y Comstock, 1994), la identificación personal con la agresión y sus consecuencias (Rowe y Herstand, 1986), las actitudes y creencias normativas hacia la agresión interpersonal y la visión de la lencia televisada (Huesmann, Eron, Czilli y Maxwell, 1996; Walker y Morley, 1991), la identificación personal con los personajes agresivos (Huesmann et al., 1984, 2003), las atribuciones y la evaluación moral de los perpetradores de la violencia (Rule y Ferguson, 1986) y la valoración de la agresión observada; especialmente relevante cuando definimos el límite entre la agresión aceptada y la agresión censurable (Mustonen y Pulkkinen, 1993). Asimismo, como ya señaló Gunter (1985), el contexto moral del comportamiento debe ser un factor más a considerar ya que es un importante mediador en la percepción de la conducta antisocial.

Un trabajo reciente llevado a cabo por Huesmann et al. (2003) muestra que los niños que ven televisión violenta tienen una conducta más agresiva 15 años más tarde en comparación al grupo control, afectando más a los hombres que a las mujeres y a los niños más que a los adolescentes o a los adultos. Meyers (2003) encuentra resultados en la misma dirección, añadiendo cómo la agresión futura correlaciona más fuertemente con aquellos sujetos que previamente tenían altos niveles de agresión. En la misma investigación se encuentra que la educación paterna y el éxito escolar son las variables que presentan una mayor correlación negativa con la agresión y con ver televisión violenta, tanto en niños como en niñas, pudiendo ser consideradas como los factores de protección más importantes para estas variables.
 Entre las últimas investigaciones sobre el tema, se ha encontrado otro efecto indeseable de la violencia televisiva, hasta ahora menos estudiado, como es la influencia que tiene en sujetos que no son agresivos. Parece ser que la visión de escenas violentas incrementa en ellos el miedo a ser víctima y temor a ser agredido en el mundo real y, este miedo, les puede llegar a convertir en objetivos de la agresión de compañeros agresivos o violentos (Del Barrio, 2004b; Donnerstein, 2004).

viernes, 31 de enero de 2014

Trastornos de personalidad en padres de adolescentes violentos con diagnóstico de trastorno negativista desafiante y trastorno disocial.Quiroga, Susana(1); Cryan, Glenda (2)

Personality disorders in parents of violent adolescents diagnosed with oppositional defiant disorder and conduct disorder

Resumen
Uno de los principales objetivos del Proyecto UBACyT P049 2008-2010 es realizar la investigación de las funciones parentales de los padres y/o adultos responsables de adolescentes con conductas antisociales y autodestructivas. Esto implica realizar un diagnóstico que incluya el aspecto sintomatológico y el estructural de la personalidad de estos adultos así como también su capacidad de cambio psíquico a través del análisis de proceso y de resultados de los Grupos de Terapia Focalizada para Padres- GTFP que se realizan en forma paralela a los grupos de adolescentes.
En este trabajo se focaliza en el diagnóstico de la organización de la personalidad de los padres de adolescentes violentos con diagnóstico de Trastorno Negativista Desafiante y Trastorno Disocial. Para ello se aplicó el Inventario de Organización de la Personalidad- IPO (Clarkin, J.; Foelsch, P. y Kernberg, O., 2001; Adaptación argentina: Quiroga, 2003) a una muestra de 60 padres (52 madres y 8 padres) de adolescentes tempranos violentos.
Los resultados preliminares muestran que la mayoría de los padres presentan puntajes superiores al punto de corte establecido en la población no clínica en las tres escalas primarias del IPO (Defensas Primitivas, Difusión de Identidad y Prueba de Realidad).

Palabras clave: Diagnóstico estructural; Trastornos de la Personalidad; Padres de adolescentes violentos; Ambiente familiar

Abstract
One of the main objectives of the UBACyT P049 2008-2010 Project is to carry out the research on the parental functions of the parents and/or adults who are responsible for adolescents with antisocial or self-destructive behaviour. This implies carrying out a diagnosis which comprises the symptomatologic and structural aspect of these adults' personality as well as their capacity of psychic change through process and outcome analysis of the Focused Therapy Group for Parents -FTGP- which are done in parallel with the adolescent groups.
This study focuses on the diagnosis of the personality organization of the parents of violent adolescents who have been diagnosed with a Oppositional Defiant Disorder and a Conduct Disorder. The Inventory of Personality Organization - IPO (Clarkin, J.; Foelsch, P. y Kernberg, O., 2001; Argentine Adaptation: Quiroga, 2003) was used with a sample of 60 parents (52 mothers and 8 fathers) of early violent adolescents.
The preliminary results show that most of the parents get scores which are higher that the cut-off point established in the non-clinical population in the first three primary IPO scales (Primitive Defenses, Identity Diffusion and Reality Testing).

Key words: Structural diagnosis; Personality Disorders; Parents of violent adolescents; Family environment

1. Introducción
En el Programa de Psicología Clínica para Adolescentes, Sede Regional Sur, UBA (Directora: Prof. Dra. Susana E. Quiroga) se asisten a adolecentes tempranos, medios y tardíos con conductas antisociales y autodestructivas. Las características de este tipo de adolescentes y el contexto psicosocial en el que se desarrollan hacen que los adolescentes y sus familias estén expuestos a situaciones de alta vulnerabilidad y riesgo. Estas características incluyen reiterados traumas infantiles, desamparo psíquico y físico, migraciones, cambios de estructura familiar, desaparición o muerte dudosa de los progenitores en un contexto de delincuencia, consumo y tráfico de drogas, pudiendo ser víctimas de abuso físico y sexual (Quiroga y Cryan, 2004, 2005 b; Quiroga, Emborg, González, Pérez Caputo, y Fernández, 2002; Quiroga, Nievas, Domínguez, González, Emborg, et.al, 2003, Quiroga, Nievas, Maceira, González y Dominguez, 2005).

A partir de los resultados obtenidos en los sucesivos estudios epidemiológicos (Quiroga y Cryan, 2004, 2005 b, c), se realizó un replanteo del abordaje de esta población tanto en el ámbito de la evaluación como en el del tratamiento (Quiroga y Levy, 2000, Quiroga, Emborg, Fernández, et.al., 2002, Quiroga, Piccini, et.al, 2003, Quiroga, Nievas, et.al, 2003), lo cual implicó la incorporación de nuevas técnicas (Quiroga y Cryan, 2004, 2008 c), entre las que se incluye el dispositivo Grupos de Terapia Focalizada-GTF.
El dispositivo diagnóstico-terapéutico Grupos de Terapia Focalizada- GTF (Quiroga, Paradiso, Cryan, et.al., 2003, 2004, 2006) es previo al inicio de un Grupo de Terapia de Largo Plazo- GTLP. Su creación en el año 1998 surgió a partir de la detección de uno de los momentos de alto riesgo de deserción: el inicio del tratamiento. Esto se debe fundamentalmente a las dificultades de estos pacientes y sus familias para establecer vínculos estables, asumir las funciones parentales y desconocer las consecuencias futuras de sus patologías (Quiroga, González, Pérez Caputo, 2003, 2004).

El desarrollo de los Grupos de Terapia Focalizada- GTF se enmarca dentro de tres programaciones UBACyT. En el Proyecto UBACyT 2001-2003 P056: "Detección del Patrón de Interacción Familiar-grupal y Prevención de Conducta Antisocial y Autodestructiva en Adolescentes" el acento se focalizó en la creación y desarrollo del dispositivo GTF, con objetivos y técnicas predeterminadas que permitiera profundizar el diagnóstico familiar y grupal del adolescente y su familia, y con ello, detectar el patrón de interacción familiar-grupal de los adolescentes y sus padres. En el segundo proyecto UBACyT 2004-2007 P069: "Análisis de Proceso y de Resultados de Terapia Grupal Focalizada de Corto Plazo para Adolescentes con Conducta Antisocial y Autodestructiva", uno de los objetivos principales consistió en determinar la eficacia terapéutica de este dispositivo GTF para adolescentes a través de la realización de análisis de resultados y de proceso terapéutico (Quiroga y Cryan, 2005b, 2006, 2007c, 2007 d, 2008 a, 2008 c; Quiroga, Paradiso, Cryan, et.al., 2003, 2004, 2006).
En el proyecto actual UBACyT P049: "Análisis de Proceso y de Resultados de Terapia Grupal Focalizada de Corto Plazo para Adolescentes con Conducta Antisocial y Autodestructiva y sus Padres" nos propusimos apuntar específicamente a la investigación de las funciones parentales, a través del análisis de proceso y de resultados de los Grupos de Terapia Focalizada para Padres- GTFP, que se realizan en forma paralela a los grupos de adolescentes con conductas antisociales y autodestructivas.

En este punto, es interesante considerar que en el dispositivo GTFP una de las primeras dificultades es la conformación de los grupos, ya que la misma se realiza de acuerdo al diagnóstico de sus hijos. En el caso de los adolescentes violentos, a partir del diagnóstico de Trastorno Negativista Desafiante y Trastorno Disocial se conforman los grupos paralelos de padres. Desde el punto de vista del DSMIV se plantea que el patrón familiar de estos adolescentes incluye trastornos psicopatológicos severos, tales como Trastorno Antisocial de Personalidad, depresiones graves, tendencia a la dependencia del alcohol, trastornos del estado de animo y/o esquizofrenia. Es por elllo, que consideramos de fundamental importancia profundizar en el diagnóstico estructural de los padres para poder delimitar las intervenciones adecuadas y prevenir o disminuir la futura aparición de trastornos más graves de sus hijos.
En este trabajo se pondrá el acento en el análisis estructural de la personalidad de los padres de estos adolescentes. Previo a ello, y con el objeto de lograr una comprensión más integral del problema, se presentará en forma breve la caracterización psicodinámica de los pacientes y su ambiente familiar.

viernes, 17 de enero de 2014

Adolescentes con conducta antisocial y autodestructiva: estudio epidemiológico y nuevas técnicas terapéuticas. Quiroga, Susana1; Cryan, Glenda2

Resumen
El proceso de continuidad y de vínculo que va desde la adolescencia temprana hasta el final de la adolescencia tardía ha recibido poca atención en población no clínica y prácticamente una falta de atención en las poblaciones de alto riesgo.
En el Programa de Psicología Clínica para Adolescentes, Sede Regional Sur-UBA, se realizan actividades de Prevención, Asistencia e Investigación para adolescentes que presentan alta vulnerabilidad psíquica y somática relacionada con el medio familiar y socioeconómico en el que viven.
Los estudios epidemiológicos realizados en la población consultante señalaron una alta prevalencia de ideaciones e intentos suicidas, Alexitimia y Sucesos de Vida Traumáticos así como una desestimación del riesgo que conduce a conductas de pasaje al acto. Por otra parte, se identificaron tres momentos de Deserción, para lo cual se desarrollaron nuevas técnicas de abordaje terapéutico, entre ellas: Grupo de Encuadre Vincular y Representacional (GEVR) y Grupo de Terapia Focalizada (GTF).

Palabras Clave: Adolescencia; Conductas antisociales y autodestructivas; Estudio epidemiológico; Nuevas técnicas terapéuticas.

Abstract
The continuity and bonding process that stretches from early adolescence to the end of adolescence has been paid little attention in non-clinical populations and has almost been neglected in high-risk populations.
In the Clinical Psychology Programme for Adolescents of the Buenos Aires University, Prevention, Assistance and Research activities are carried out for adolescents with high psychic and somatic vulnerability related to their family constellation and the socio-economic environment where they live.
The epidemiological studies done on the consulting population have shown high prevalence of ideations and suicide attempts, Alexithymia and Traumatic Life Events as well as an underestimation of the risk which leads to acting-out behaviours. Besides, three moments of Drop-outs were detected, that was why new therapeutic techniques were developed such as the Bond and Representation Framework Group (BRFG) and the Focused Therapy Group (FTG).

Key words: Adolescence; Antisocial and self-destructive behaviour; Epidemiological study; New therapeutic techniques.

1) Introducción

En contraste con la cantidad de investigaciones que examinan predictores y resultados del vínculo madre-niño, el proceso de continuidad y de vínculo que va desde la adolescencia temprana hasta el final de la adolescencia tardía ha recibido poca atención en población no clínica y prácticamente una falta de atención en las poblaciones de alto riesgo.
En los últimos años se ha acumulado evidencia que vincula la calidad de las experiencias familiares con la aparición de trastornos de la personalidad en la vida adulta. Esta evidencia, resumida por Links (1990), muestra que sucesivos autores ligaron la patología Borderline de personalidad con el ambiente familiar. Kernberg (1987) postuló que esta patología era producto de carencias en el desarrollo en la etapa previa a la etapa de separación-individuación y a la constancia de objeto. Stone (1993) agregó la importancia de experiencias traumáticas tales como el abuso físico y sexual infantil, la carencia o inestabilidad de figuras parentales y reiteradas pérdidas de contexto. Gunderson (1980), por su parte, estudió la importancia de la psicopatología de los padres en la génesis de la personalidad de sus hijos. Múltiples estudios posteriores han corroborado las hipótesis de estos autores.

2) Programa de Psicología Clínica para Adolescentes, Sede Regional Sur - Avellaneda.

El Programa de Psicología Clínica para Adolescentes (Directora: Prof. Dra. Susana Quiroga), funciona en la Sede Regional Sur- Avellaneda de la UBA. Los pacientes atendidos en dicho programa transcurren su desarrollo envueltos en reiterados traumas infantiles, desamparo psíquico y físico, migraciones, cambios de estructura familiar, desaparición o muerte dudosa de los progenitores y conviven en un contexto de delincuencia, consumo y tráfico de drogas, pudiendo ser víctimas de abuso físico y sexual.
Los estudios epidemiológicos realizados en el Proyecto UBACYT (P056) 001 -003: "Detección del patrón de interacción familiar-grupal y prevención de conducta antisocial y autodestructiva en adolescentes" pusieron en evidencia que la noción de apuntalamiento (Kaes, 977, 991 ) en esta población adolescente se ha desestrucutrado. El concepto de apuntalamiento, dice el autor, es múltiple ya que proviene de la función paterna y materna así como también del grupo y de la cultura. El desmantelamiento de la red de apuntalamiento por los efectos del contexto social dentro del cual conviven estos adolescentes mostró el desapuntalamiento grupal y comunitario tanto en población escolar de la zona como en los pacientes consultantes al Programa.
Estos pacientes se caracterizan, desde el punto de vista intersubjetivo, ya sea por un déficit en los vínculos, puesto de manifiesto en apatía, abulia y/o desinterés por el otro (Kaes, 1991 ), o por la predominancia de vínculos de odio (Kernberg, 1989), manifestados en el rechazo sistemático y descalificación hacia la persona del terapeuta y de sus pares en el grupo. Desde el punto de vista intrasubjetivo, se observa un déficit en la construcción de la trama representacional por la intensidad y la cualidad de situaciones vitales traumáticas acaecidas en la infancia y en la realidad familiar actual. En este punto se hace necesario diferenciar la realidad como potencialmente traumatogénica de la noción de trauma como injuria psíquica que puede producirse o no frente a los eventos fácticos externos de carácter disrup-tivo (Benyakar, M., 2003 ). La reiteración de situaciones amenazantes y disruptivas trae aparejado lo que se conoce como trauma acumulativo (Masud Khan, 1974) o vivenciar traumático; situación intrapsíquica presente en la mayoría de nuestros pacientes: limitación de la capacidad elaborativa del psiquismo y desmantelamiento de la subjetividad.

3) Resultados epidemiológicos de la población consultante al Programa de Psicología clínica para Adolescentes

A continuación describiremos los resultados presentados en sucesivos Congresos y Jornadas nacionales e internacionales en relación con los objetivos epidemiológicos propuestos en el Proyecto UBACYT-P056.
En este estudio de la población consultante realizado entre 2000 y 2002 , se encontraron los siguientes datos:

•Prevalencia de ideaciones e intentos suicidas: en el estudio de Motivos de Consulta de adolescentes de 13 a 24 años de ambos sexos (Quiroga, S; Piccini, M., et.al, 2003 ), se advierte que esta población ha tenido un 25% de ideación suicida y un 17% ha llevado a cabo el intento. En la adolescencia temprana y media un 26% ha tenido ideación suicida y en la adolescencia tardía un 13%. En cambio se advierte la relación inversa en el intento suicida, ya que sólo el 14% de los adolescentes tempranos, el 18% de los medios y el 33 % de los tardíos ha llevado a cabo el intento. Considerando el sexo, el 20% de las mujeres y el 32 % de los varones ha tenido ideaciones suicidas. Contrariamente, el 25% de las mujeres y sólo el 5% de los varones ha llevado a cabo el intento. En cuanto a la comorbilidad de las consultas, se observó que la violencia familiar se asocia con la ideación suicida en un 43 % y con el intento suicida en un 40%. Los trastornos de la alimentación se asocian en un 30% con ideación suicida y en un 48% con el intento. En tercer lugar, el abuso sexual se asocia con ideación en un 19% y con intento en un 15%. Por último, la violencia externalizada del adolescente se asocia en un 19% con ideación y en un 11 % con el intento suicida.

Prevalencia de Alexitimia: La alexitimia se define como la dificultad para verbalizar afectos y sensaciones corporales surgidos frente a acontecimientos traumáticos. Esta incapacidad de ligar afectos y palabras privilegia los actos de riesgo frente a la expresión de lo emocional aumentando así la vulnerabilidad psicosocial de esta población (Krystal, H, 1988; Sifneos, P.,1973 ). En este estudio se encontró que el 72 % de los adolescentes presenta alexitimia y probable alexitimia (Quiroga, S; Levy, M. 2000). En relación con el sexo se encontró mayor porcentaje de alexitimia en mujeres (43 %) que en varones (33 %). Un 39% de adolescentes tempranos, 28% de adolescentes medios y 41 % de adolescentes tardíos presenta alexitimia, resultado muy significativo comparado con estudios realizados en población no clínica de adolescentes tardíos: 16%. (Quiroga, S., Zukerfeld, R., Zonis, R., 1998).