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miércoles, 30 de septiembre de 2015

TERAPIA COGNITIVO-CONDUCTUAL PARA EL COMPORTAMIENTO ANTISOCIAL DE JÓVENES EN TRATAMIENTO RESIDENCIAL. Armelius B-Å, Andreassen TH


RESUMEN

Antecedentes

La terapia cognitivo-conductual (TCC) parece ser efectiva en el tratamiento del comportamiento antisocial tanto en adolescentes como en adultos. El tratamiento del comportamiento antisocial de jóvenes en ámbitos residenciales es un desafío debido a que con frecuencia implica problemas de conducta más graves y se realiza en ámbitos cerrados. En general, la motivación para el cambio es baja y existe una posibilidad reducida de abordar el mantenimiento de los cambios de conducta después del alta.
Objetivos
Investigar la efectividad de la TCC en la reducción de la recurrencia de adolescentes asignados a ámbitos residenciales seguros o no seguros. Un objetivo secundario fue observar si las intervenciones que se centran particularmente en las necesidades criminogénicas son más efectivas que aquellas intervenciones con un enfoque más general en las cogniciones y en el comportamiento.
Estrategia de búsqueda
Se hicieron búsquedas en varias bases de datos, incluyendo: CENTRAL 2005 (número 2), MEDLINE 1966 hasta mayo 2005, Sociological Abstracts 1963 hasta mayo 2005, ERIC 1966 hasta noviembre 2004, Dissertation Abstracts International 1960 hasta 2005. Se estableció contacto con expertos en el campo, en relación con la búsqueda actual.
Criterios de selección
Se incluyeron ensayos controlados aleatorios y estudios con grupos de comparación no aleatorios. Los participantes eran jóvenes de entre 12 y 22 años asignados a un ámbito residencial por motivos de comportamiento antisocial.
Recopilación y análisis de datos
Dos revisores de forma independiente revisaron 93 títulos y resúmenes; se recuperaron 35 informes en versiones completas y se extrajeron los datos de 12 ensayos elegibles para su inclusión, que se ingresaron en RevMan. Se resumieron los resultados con un modelo de efectos aleatorios debido a la heterogeneidad significativa entre todos los estudios incluidos. Se informaron los resultados a los seis, 12 y 24 meses posteriores al tratamiento y se presentaron en forma de gráfico (diagramas de bosque [forest plots]). En este estudio se utilizaron odds ratios, se realizaron análisis del tipo de intención de tratar (intention to treat) y se imputaron los abandonos de forma proporcional. Se ponderaron las estimaciones agrupadas con los métodos de varianzas inversas y se utilizaron intervalos de confianza del 95%.
Resultados principales
Los resultados del seguimiento de 12 meses demuestran que aunque los estudios únicos en general no presentan efectos significativos, los resultados de los datos agrupados revelan una significación evidente a favor de la TCC en comparación con el tratamiento estándar con un odds ratio de 0,69. En general, la reducción de la recurrencia es aproximadamente del 10%. No existen pruebas de efectos después de seis o 24 meses o cuando se compara la TCC con tratamientos alternativos.
Conclusiones de los autores
La TCC parece ser un poco más efectiva que el tratamiento estándar para jóvenes en ámbitos residenciales. Los efectos se observan aproximadamente un año después del alta pero no existen pruebas de efectos a más largo plazo o de que la TCC sea algo mejor que los tratamientos alternativos.
Esta revisión debería citarse como:
Armelius B-Å, Andreassen TH Terapia cognitivo-conductual para el comportamiento antisocial de jóvenes en tratamiento residencial (Revisión Cochrane traducida). En: La Biblioteca Cochrane Plus, 2008 Número 4. Oxford: Update Software Ltd. Disponible en: http://www.update-software.com. (Traducida de The Cochrane Library, 2008 Issue 3. Chichester, UK: John Wiley & Sons, Ltd.).


RESUMEN EN TÉRMINOS SENCILLOS
Los resultados de 12 estudios, cinco ECA y siete EC no aleatorios que incluyeron un grupo de control, realizados en los EE.UU., Canadá y Gran Bretaña sugieren que la Terapia cognitivo-conductual (TCC) en ámbitos residenciales es más efectiva que el tratamiento estándar para reducir el comportamiento delictivo en adolescentes a los 12 meses después de la salida de la institución. Los resultados son consistentes en todos los estudios aunque los mismos varían en cuanto a la calidad. No existen pruebas de que los resultados de la TCC sean mejores que los de los tratamientos alternativos, es decir, los tratamientos que no sean la TCC.

ANTECEDENTES
Comportamiento antisocial de jóvenes 
El concepto "comportamiento antisocial" se puede utilizar para designar un tipo de comportamiento que incluye la violencia hacia las personas o los animales, la destrucción de la propiedad, el engaño, el robo y la trasgresión de reglas importantes. El comportamiento antisocial surgió como un problema importante de inquietud para el sistema legal, el público, los investigadores y los médicos en muchos países. Muchos otros términos como trasgresor, delincuente o trastorno de la conducta se utilizan con frecuencia para describir a la persona o al comportamiento. Para esta revisión se utilizó el concepto "comportamiento antisocial" para describir a los derivados del sistema legal en el caso de los jóvenes que cometieron un delito grave o que violaron la ley al menos en una ocasión. El comportamiento antisocial puede resultar en daño a otras personas o a la propiedad. Los costos para los jóvenes, las familias y la sociedad pueden ser altos tanto en términos de daño físico y emocional como también de dinero. Se realizó una investigación considerable del comportamiento antisocial de jóvenes en los pasados veinte años, que amplió, profundizó y especificó el conocimiento del comportamiento antisocial de jóvenes (Elliot 1998Loeber 1998Tolan 1994Rutter 1998). La delincuencia grave se caracteriza por actitudes antisociales, valores, creencias y estados emocionales cognitivos y patrones de la personalidad como autocontrol débil o inquietud y agresión (Cottle 2001Simourd 1994Heilbrun 2000Andrews 1990). Con frecuencia la precede el comportamiento antisocial en la niñez temprana y se correlaciona de forma significativa con amigos antisociales y con el aislamiento de otros que no son delincuentes, problemas con los padres en las áreas de los afectos/cariño y monitorización/disciplina, niveles bajos de logros en la escuela o en el trabajo, poca participación en la recreación no delictiva y en actividades recreativas y abuso de sustancias. (Simourd 1994Henggeler 1996Andrews 1998Andrews 2006). También se pueden utilizar todas estas características para predecir el comportamiento antisocial en el futuro. En cualquier cohorte de nacimiento, la incidencia y prevalencia del comportamiento antisocial alcanza su punto máximo durante la adolescencia (Lipsey 1998). Un gran porcentaje de adolescentes presenta alguna clase de comportamiento antisocial, que con frecuencia no se considera un delito grave. Sólo del 5 al 10% de los jóvenes que demuestran comportamiento antisocial continúan con un comportamiento antisocial en la edad adulta (Moffitt 1993Patterson 1993). En realidad, sólo aproximadamente el 5% de todos los niños exhiben un patrón temprano, persistente y extremo de comportamiento antisocial. Sin embargo, este grupo pequeño representa del 50% al 60% de todos los delitos cometidos por jóvenes (Howell 1995Tremblay 1999;Stattin 1991Loeber 1997Loeber 1998Loeber 2000). Moffitt (Moffitt 1993) hallaron que el 86% de los niños con diagnóstico de trastornos de la conducta a los siete años, aún exhibían dichos comportamientos a los 15 años. Es probable que este grupo pueda recibir alguna forma de tratamiento residencial durante su adolescencia. Es razonable esperar una tasa de recurrencia de alrededor del 45% para este grupo de adolescentes y los tratamientos efectivos pueden reducir esta tasa en aproximadamente el 8% (Genovés 2006)).
Intervenciones

Se utilizaron varios enfoques para abordar el problema del comportamiento antisocial, que varían desde el arresto como castigo hasta el tratamiento en ámbitos correccionales, el tratamiento residencial y una variedad de tratamientos bajo condiciones de atención abierta como la terapia multisistémica (MST) (Henggeler 1996) con un enfoque sólido en la familia en su contexto social y la Terapia Familiar Funcional (Sexton 1999) con mayor enfoque en el funcionamiento de la familia misma. Aunque los tratamientos basados en el hogar como la MST (Littell 2005) y la TFF pueden parecer más efectivos que los tratamientos residenciales (Lipsey 2001) a veces es necesario asignar al joven a un ámbito residencial fuera del hogar. En general, dicha residencia es alguna clase de institución que permite la aplicación de restricciones y de control del comportamiento. Los tratamientos residenciales se pueden caracterizar como seguros o no seguros si se tiene en cuenta el grado de control impuesto en el comportamiento del joven a través de puertas cerradas, vallas, etc. La asignación junto a pares con conducta desviada también puede tener efectos negativos que superan las mejorías obtenidas de cualquier tratamiento en cuanto a resultados adversos para los jóvenes (Dishion 2006). Por consiguiente, es importante estudiar las formas de abordar los tratamientos que producen resultados positivos en ámbitos residenciales. Históricamente, se han observado formas variadas de abordar el tratamiento del comportamiento antisocial en jóvenes, en general con resultados deficientes. Sin embargo, durante los últimos 20 años, varias revisiones sugieren que las intervenciones basadas en la terapia cognitivo-conductual (TCC) pueden producir medidas de resultados positivas (Garrett 1985Izzo 1990Lipsey 1992Antonowicz 1994Redondo 1999Dowden 2000Lipsey 2001;Landenberger 2005Genovés 2006). La TCC consiste en una variedad de intervenciones designadas a cambiar las cogniciones y el comportamiento. La idea básica en la TCC es que los pensamientos, las imágenes y las actitudes se relacionan íntimamente con la forma en que nos comportamos. En consecuencia, es necesario dirigir las intervenciones hacia aspectos cognitivos y conductuales del comportamiento delictivo y no predominantemente hacia la conducta como es el caso de los programas de la terapia conductual o hacia los pensamientos como en los programas de orientación psicodinámica. Con frecuencia, varias técnicas diferentes como el entrenamiento en destrezas sociales, el razonamiento moral, el manejo de la agresión, etc., se combinan para formar un programa de tratamiento integral que aborde varios de los factores que contribuyen al comportamiento antisocial. Los ejemplos prototípicos de los programas de la TCC integral para delincuentes incluyen el Entrenamiento para el Reemplazo de la Agresión (Goldstein 1987), el Programa de Razonamiento y Rehabilitación (Ross 1985), y la Terapia para el Reconocimiento de Valores Morales (Little 1988)). Estos programas estructurados incluyen manuales de entrenamiento para el desarrollo gradual de las destrezas sociales y del pensamiento moral que ayudarán a la persona a funcionar de forma prosocial.
Existen algunas pruebas que sugieren que los programas de tratamiento que tienen como objetivo el cambio del comportamiento antisocial necesitan concentrarse en variables importantes como la calidad de la implementación del tratamiento y el nivel de riesgo de los jóvenes (Andrews 2006Landenberger 2005). A fin de lograr una efectividad máxima, los programas también pueden necesitar centrarse en los indicadores de pronóstico del comportamiento antisocial, a veces llamados necesidades criminogénicas (Andrews 1990;Andrews 2006Dowden 2000Cameron 2004). Dichas necesidades criminogénicas, en especial el pensamiento criminológico y las actitudes y valores antisociales son típicos no sólo de la persona sino también de su ámbito social (Henggeler 1989Mulvay 1993Tolan 1994)). Los programas residenciales pueden presentar dificultad para mantener y generalizar los cambios en el comportamiento, si los pares, la familia y la escuela no se pueden incluir directamente en los programas de tratamiento. Para la terapia cognitivo-conductual, es importante que el tratamiento incluya la oportunidad de ensayar destrezas y conductas nuevas en los ámbitos en los que naturalmente ocurren, es decir, en la vida social del hogar. Por consiguiente, no puede precisarse si se pueden obtener efectos perdurables con los tratamientos en los que se ha asignado a la persona en contra de su voluntad y en los que existen contactos muy limitados con su ámbito habitual.
La necesidad de una revisión sistemática

Hasta la fecha, las revisiones metanalíticas sugieren que la TCC es el método de tratamiento de elección para los jóvenes antisociales pero dichas revisiones dependen en gran medida de los estudios realizados en una combinación de ámbitos abiertos y seguros o residenciales (Lipsey 1992Lipsey 1998Lipsey 1999Izzo 1990Andrews 1990Dowden 1999Dowden 2000), e incluyen una combinación de delincuentes adolescentes y adultos, con grados diferentes de comportamientos problemáticos (Redondo 1999Dowden 2000Lipsey 2001). Algunos de los metanálisis utilizaron definiciones amplias de la TCC (Wilson 2000), que incluyen los métodos de la terapia conductual (por ej., economía con fichas, contratos de contingencias, etc.) mientras que otros metanálisis adoptaron una definición relativamente restringida que requiere que las intervenciones se centren principalmente en el cambio cognitivo (Lipsey 2001). A partir de las pruebas de la investigación, la efectividad de la TCC en ámbitos residenciales para jóvenes permanece incierta. De las pocas revisiones que se centran únicamente en el tratamiento residencial o institucional (Garrett 1985Redondo 1997Redondo 1999;Genovés 2006) sólo dos (Garrett 1985Genovés 2006) se restringieron a jóvenes. La revisión de Garrett 1985 incluyó los estudios hasta 1983 y no presentó un enfoque específico de la TCC. La revisión de Genovés 2006 incluyó los estudios entre 1970 y 2003 y sólo incluyó instituciones seguras. La revisión de Lipsey 2001 es el único estudio con un enfoque específico en la TCC pero esta revisión incluyó delincuentes jóvenes y adultos en ámbitos institucionales y no institucionales. Se restringió la revisión a los estudios con diseños experimentales o cuasiexperimentales sólidos y sólo se localizaron 14 estudios primarios que cumplieron los criterios de elegibilidad. Se hallaron resultados más prometedores para los delincuentes juveniles en los programas de demostración que establecieron los investigadores y que se aplicaron a los delincuentes en libertad provisional o en libertad vigilada, es decir, a delincuentes no encarcelados. No se hallaron estudios de investigación de los programas de gran aceptación que utilizaran la TCC con delincuentes juveniles y que cumplieran los estándares metodológicos de la revisión. Debido a que las pruebas parecen apuntar a resultados menos favorables para los jóvenes antisociales que reciben tratamiento en instituciones que en el caso de la atención abierta (Lipsey 1992Izzo 1990Andrews 1990), es probable que la atención abierta sea la opción preferida cada vez que resulte posible. Sin embargo, dado que es más probable que prevalezca la necesidad del tratamiento residencial, es importante explorar los posibles efectos de las intervenciones de la TCC dentro de dichos ámbitos, en los que probablemente se administra el tratamiento para los casos más graves bajo las condiciones más severas.

OBJETIVOS
Determinar la efectividad de la TCC en ámbitos residenciales para la reducción de la conducta delictiva y de otros comportamientos antisociales de jóvenes. Un objetivo secundario fue la determinación con respecto a si un enfoque en las necesidades criminogénicas dentro de los programas con TCC se asocia con mejores medidas de resultados.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre la Muerte: el Duelo Infantil y el Suicidio Juvenil. Ander Fleming-Holland Rutherford (1). Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. México

Resumen

En este capítulo se examinan las teorías de la muerte y el dolor tanático desde hace cincuenta años hasta el presente, y considera las necesidades especiales del duelo infantil. Se enfatiza la necesidad de explicar la muerte de manera honesta y congruente al nivel del desarrollo de cada niño. El suicidio en los jóvenes se considera del contexto familiar, y se sugieren ciertos lineamientos para que padres de familia prevengan el suicidio en jóvenes. Se concluye que el duelo es un estado natural y necesario después de sufrir una pérdida, y como psicoterapeutas y miembros de la comunidad se debe dejar que se exprese sin minimizarlo ni suprimirlo.
Descriptores: muerte, duelo, suicidio juvenil, niñez, adolescencia.

Abstract

Theories on death and grieving for the last fi fty years are examined as well as the special needs of childhood grieving. The necessity of explaining death honestly and appropriately to the developmental level of each child is emphasized. Teenage suicide is considered in the context of the family, and suggestions are offered for parents to prevent teenage suicide. The author concludes that grieving is a natural and necessary process after suffering a loss, and that psychotherapists as well as the community should allow its expression without minimizing it.
Key words: death, grieving, teenage suicide, childhood, adolescence.


Consideraciones teóricas sobre la muerte y el dolor tanático. 

Si pretendes soportar la vida, adáptate a la muerte. SIGMUND FREUD

Morir es la condición humana y la reflexión referente a la muerte existe en todas las culturas. Desde el comienzo de la historia escrita, la realización de la fi nitud de la vida ha sido una fuerza poderosa e influyente sobre el hombre. Varios filósofos distinguidos, desde las épocas remotas de la civilización, han señalado que una de las características que más distinguen a la raza humana de otras especies es su capacidad de entender los conceptos de un futuro e, inevitablemente, de una muerte personal. 

Pero desde el siglo XVII, el pensamiento filosófico occidental cambió su enfoque desde el campo teológico hacia el campo científico, dando un nuevo énfasis a la maestría científica de la naturaleza, en vez de una maestría espiritual de la persona sobre sí mismo (Toynbee, 1968). 
Una consecuencia mayor de este cambio tan radical fue un empobrecimiento de las creencias espirituales profundas, sostén filosófico y religioso que ayudaba al hombre a trascender su muerte personal. El concepto de muerte llegó a ser más impermeable hasta que se formó una barrera, en vez de un portón y empezaron los tabúes “civilizados” acerca de los procesos de la muerte y del duelo. La muerte y sus concomitantes se aislaron descontaminados, esterilizados de sus cualidades ritualísticas vivenciales, y sólo así fueron permitidos para entrar a la empeñosa sociedad humana que existía al comienzo de la era despersonalizada de la tecnología.

Las consecuencias sociales de esta dominación filosófica del modelo mecanicista del ser humano,basado en los escritos de Hobbes y Locke aún antes de Descartes (Russell, 1961/2000), han sido un aumento de la fragmentación de la familia y del barrio, lo que los antropólogos nombran grupos de “parentesco”, es decir, homogéneos y constantes. Estos valores tradicionales proveían los soportes emocionales y sociales para amortiguar el impacto de la muerte cuando se interponía en la vida. Con la erosión de estos sostenes, el ser humano empezó a distanciarse de la muerte. Abrigado en el misterio y el silencio, sus cualidades desconocidas aumentaron hasta que la muerte personal llegó a ser provincia del profesionista, campo del técnico y terreno cercado con prohibiciones (Kübler-Ross, 1969).

Esta repugnancia cultural por la muerte siguió hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando el positivismo lógico empezó a ser derrotado bajo las influencias humanísticas y existencialistas que empezaron a florecer en Europa después de la guerra. 

Las dos décadas sucesivas se caracterizaron con la introducción de cursos y talleres sobre la muerte y el  proceso de morir en varias universidades y escuelas profesionales europeas y norteamericanas. A la vez, varios académicos como Kastenbaum y Costa (1977) y Kübler-Ross (1969, 1982), entre otros, empezaron a publicar sobre el tema de la muerte. Hoy en día existen revistas profesionales como Omega, Death Studies y el Journal of Thanatology, y varias asociaciones dedicadas específicamente a este tema. 

Aquí cabría hacer una pregunta: ¿Cuáles descubrimientos empíricos y percepciones psicológicas han resultado de estos trabajos y grupos tanatológicos en las últimas cinco décadas?

Primero que nada, que la muerte es un fenómeno de todas las estaciones de la vida humana. Esto quiere decir que su fuerza directiva está presente en todos nosotros: sanos y enfermos, jóvenes y viejos. No es un tema solamente apropiado a los soldados, moribundos, ancianos o suicidas. Es un ingrediente importante de la vida a través de toda la vida. Así, no beneficiamos a los niños cuando intentamos protegerlos de la experiencia de la muerte de un ser querido. Al contrario, impedimos su desarrollo emocional. Estamos descubriendo que los niños son más capaces de soportar la tensión asociada con la muerte que la tensión asociada con el misterio y el abandono implicados en el resultante vacío silencioso.

En segundo lugar, que el miedo a la muerte puede ser una ocurrencia del segundo orden, refl ejando el desplazamiento de una ansiedad de separación; ésta es la posición ortodoxa tradicional del psicoanálisis. Investigaciones con pacientes moribundos geriátricos y psicóticos han indicado que lo opuesto va más al grano; la aprehensión y el miedo referente a la muerte y al proceso de morir pueden por sí mismo producir síntomas psíquicos tales como depresión, miedos exagerados de pérdida, fobias, síntomas físicos tales como insomnio y manifestaciones psicosomáticas e incluso psicóticas (Whal, 1959).

El miedo tanático no suele ser una variable unidimensional, unipolar y unitaria; presenta varios componentes tales como la pérdida de identidad, la soledad o el miedo de “irse al infierno”.Así, las connotaciones negativas de la muerte suelen ser asociadas con sentimientos de desarraigo y el tener que enfrentar lo “desconocido” sin la maestría adecuada. Estos sentimientos, al parecer, son más importantes que los de no haber vivido suficientemente o de que la familia sufriría. Suele ser que la actitud hacia la muerte ya no refl eja la posibilidad de expiación y salvación consecuente sino aislamiento y pérdida del self (Feifel y Branscomb, 1973; García-Alandete y Gallego-Pérez, 2003; Berti y Scheider-Berti, 2003).

La muerte humana opera simultáneamente entre varios niveles de realidad o significancia, cada uno de los cuales puede funcionar con autonomía. Por ejemplo, existen discrepancias entre los mecanismos conscientes e inconscientes de la muerte. Mientras el miedo tanático al nivel consciente no se destaca verbalmente, al nivel de la fantasía se presenta como una ambivalencia en las imágenes manifestadas, y suele ser totalmente negativo (la “negación”) a nivel inconsciente. Este balance contradictorio de aceptación y evitación de la muerte personal parece servir a necesidades poderosas de adaptación. 

Estos hallazgos indican la necesidad de no aceptar evidencias superficiales del grado de miedo tanático como se afirman conscientemente, dado que existen evidencias contradictorias en otros niveles (Feifel, 1977). Del mismo modo a cómo se enfrenta una enfermedad grave, la amenaza de la muerte varía mucho entre culturas y situaciones. Por ejemplo, los pacientes geriátricos difieren significativamente de los pacientes con cáncer o con problemas cardíacos en la manera en que manejan situaciones tensionales como competencia, discordia, pérdidas económicas o del empleo, y el proceso de hacer decisiones en general. En contraste con mucha de la literatura clínica tradicional, la cual insiste en que los mecanismos de adaptación utilizados para enfrentar la amenaza de la muerte son los mismos mecanismos, aunque intensificados, que el individuo utiliza en situaciones personales en su vida cotidiana, las investigaciones de Feifel han demostrado repetidamente que las estrategias utilizadas para enfrentar a la muerte reflejan modificaciones significativas en la configuración de los mecanismos tradicionales (Feifel y Nagy, 1986; Feifel y Stack, 1989).

¿Varían estos mecanismos desde la niñez hasta la madurez? El nivel de desarrollo cognoscitivo de los niños implica que hay una aproximación diferente a la muerte y al dolor tanático en ellos.

jueves, 2 de octubre de 2014

Adolescentes latinoamericanos, aculturación y conducta antisocial. Jorge Sobral Fernández, José Antonio Gómez-Fraguela, Ángeles Luengo, Estrella Romero y Paula Villar Universidad de Santiago de Compostela

El principal objetivo de este estudio es analizar si los estilos de aculturación de Integración, Separación, Asimilación y Marginación propuestos en el modelo de Berry pueden ser replicados en una muestra de adolescentes inmigrantes latinoamericanos que viven en España y examinar la relación de esas estrategias con el nivel de conducta antisocial y abuso de alcohol. Para ello se ha analizado una muestra de 750 adolescentes inmigrantes latinoamericanos escolarizados en diferentes centros de Galicia y Madrid. Los resultados obtenidos confirman la existencia de las cuatro estrategias de aculturación, siendo la integración la más utilizada y la marginación la que menos. En cuanto a la relación de esos estilos con la conducta antisocial y el consumo de alcohol, se observa que es el grupo de adolescentes latinoamericanos que optan por la estrategia de separación los que presentan mayores conductas antisociales y, contrariamente a lo esperado, es el grupo de marginación el que se asocia con menores actos antisociales.

Latin-American adolescents, acculturation and antisocial behavior. The main purposes of this study are: a) To determine whether the acculturation styles proposed by Berry’s model (integration, separation, assimilation and marginalization) can be replicated in a sample of Latin-American immigrant adolescents living in Spain; b) to examine the relationships between acculturation styles and both antisocial behavior and involvement with alcohol. For these purposes, data were collected in a sample of 750 Latin-American immigrants in a number of schools in Galicia and Madrid. Results confi rm the existence of the four acculturation strategies, with integration and marginalization as the most and least used, respectively. With respect to the relationships of these styles with antisocial behavior and alcohol use, it was found that adolescents who use the separation strategy show the highest levels of antisocial behavior; conversely, and contrary to expectations, the marginalization group had the lowest levels of antisocial involvement.

La inmigración es un fenómeno global en las interconectadas sociedades de nuestros días. Su magnitud es tal que implica a cientos de millones de personas en un amplio número de países (Informe Population Report, 2002, de la ONU) y muchos indicadores apuntan que continuará creciendo en un futuro próximo. Grandes multitudes de individuos están y estarán contribuyendo a constituir sociedades cada vez más interculturales, al tiempo que experimentan necesariamente el llamado proceso de «aculturación». Este concepto es un clásico dentro de las ciencias sociales desde que Redfi eld, Linton y Herskovits en 1936 lo propusieran para referirse a los cambios culturales resultantes del contacto directo e intenso entre individuos o grupos con distintas culturas. Desde entonces ha sido ampliamente empleado dentro de las ciencias sociales para referirse a los cambios producidos en colectivos tan diversos como los turistas, los refugiados políticos, los inmigrantes, etc. (Rudmin, 2003; Ward, Bochner y Furnham, 2001).

En el ámbito psicológico, la aculturación se ha convertido en un concepto central para el análisis del fenómeno migratorio. Tanto es así que uno de los modelos psicológicos más ampliamente difundidos, y que probablemente haya generado más investigación sobre la población inmigrante, se centra en este concepto y las estrategias que los individuos adoptan para enfrentarse a tal proceso. Nos estamos refiriendo al modelo de Berry (Berry, 1997; Berry,
Phinney, Sam y Vedder, 2006). Esta aproximación se fundamenta en el balance resultante del supuesto choque entre la cultura de procedencia y la de acogida. Los estudios realizados desde esta perspectiva suelen diferenciar las siguientes «estrategias de aculturación »: 
a) Integración (caracterizada por actitudes positivas hacia ambos contextos culturales, el de origen y el de acogida). El inmigrante parece esforzarse por «normativizarse» en su nuevo entorno, mostrando una disposición actitudinal positiva hacia los inputs que de él proceden; al tiempo que no reniega ni renuncia a las señas de identidad de su contexto de procedencia); 
b) Asimilación (aceptación y predisposición actitudinal positiva hacia el nuevo entorno cultural, acompañada de rechazo, desprecio y/o olvido de las características del de origen); 
c) Separación (cuando se constata un disgusto y/o rechazo ante el entorno de acogida y se acompaña de una cierta exaltación/idealización de la cultura de origen. Podría ser entendido como un patrón reactivo predominantemente «nostálgico»); y, por último, 
d) Marginación (estrategia en la que predominan actitudes negativas hacia ambos entornos culturales).

Estos diferentes estilos de afrontar la experiencia de aculturación han sido puestos en relación con numerosos dominios, tanto del ámbito de la «normalidad» como de la «desviación». En este último destacan aquellos trabajos que han relacionado el proceso de aculturación con dos contextos específi cos: por una parte, el de la conducta antisocial y/o delictiva, y, por otra, el de la psicopatología y sus trastornos. Este ámbito psicopatológico ha sido conectado con la experiencia de la inmigración a través del concepto de «estrés aculturativo» (Bhugra, 2004; Collazos, Qureshi, Antonin y Tomás-Sábado, 2008), en la búsqueda de clarifi car las confusas, y frecuentemente contradictorias, evidencias empíricas disponibles sobre la relación entre la experiencia migratoria y la prevalencia de ciertos trastornos mentales (depresión, ansiedad, esquizofrenia, etc.).

Por lo que se refiere a la conducta transgresora, Gómez-Fraguela, Sobral, Luengo, Romero y Villar (2009), en un estudio realizado con 2.400 adolescentes españoles y latinoamericanos, residentes en Galicia y Madrid, han encontrado menores niveles de conducta antisocial entre inmigrantes que entre nacionales, con la excepción de una mayor tendencia de los primeros a recurrir a la agresión interpersonal en situaciones conflictivas.
En relación a las estrategias de aculturación mencionadas, estudios realizados con adultos han encontrado una relación relativamente consistente entre inmigración y delincuencia en aquellos que se enfrentan a la experiencia aculturativa con el estilo de «Marginación » (desprecio por la cultura de origen y por la de acogida; Berry, 1997; Coatsworth, Maldonado, Molina, Pantin y Szapocnik, 2005). Es necesario recordar que la mayor parte de estos estudios se ha realizado en contextos en los que la necesidad de aprender un nuevo idioma juega un rol fundamental en el desarrollo del proceso de aculturación, convirtiéndose la relación con el idioma en muchos estudios en el principal criterio para determinar la estrategia
de aculturación de un individuo (Marsiglia, Kulis, Wagstaff, Elek y Dran, 2005; Rogler, Cortes y Malgady, 1991; Zarza y Prados, 2007). Así, el obstáculo idiomático es esgrimido con frecuencia como el dominio de aculturación que más fuertemente se relaciona con las dificultades de adaptación de los inmigrantes (Kang, 2006).

En escasas ocasiones se ha analizado este fenómeno en contextos en los que la lengua de la sociedad de origen y de acogida coinciden. También conviene resaltar la escasez de estudios insertos en este marco conceptual realizados con adolescentes. Se ha dedicado mucho esfuerzo a analizar los efectos del choque migratorio-cultural en adultos, y mucho menos en sus hijos. Es muy probable que la experiencia aculturativa tenga matices peculiares en una etapa evolutiva como la adolescencia, donde al estrés asociado con esta etapa vital —transición de la infancia a la adultez— y al incremento de conflictos en el ámbito familiar habría que considerar también el estrés asociado a la transición desde la cultura de origen a la de acogida. Así, parece importante indagar no sólo sobre la aculturación misma de adolescentes en contextos donde no está presente el problema idiomático, sino también sobre la relación de los distintos estilos de afrontamiento de esa experiencia con el nivel de ajuste psicosocial de los menores.

En este trabajo pretendemos: a) comprobar si los estilos de aculturación propuestos por Berry et al. (2006) se producen en adolescentes inmigrantes latinoamericanos en España; b) analizar la prevalencia de los distintos estilos de aculturación en esta población; y c) relacionar las estrategias de aculturación de los inmigrantes latinoamericanos adolescentes con sus niveles de inadaptación analizados a través de la implicación en distintos tipos de conductas antisociales y el consumo de alcohol.

Método
Participantes

La muestra del estudio fue recogida en distintos centros públicos de ESO de las comunidades autónomas de Galicia y Madrid. En Galicia se seleccionaron los 21 centros en los que había mayor número de inmigrantes escolarizados de entre todos los centros de la Comunidad (se revisaron para ello los datos estadísticos proporcionados por la Consellería de Educación de la Xunta de Galicia). En la Comunidad de Madrid se recogieron datos en nueve centros de tres localidades en las que la presencia de inmigrantes latinoamericanos era muy numerosa. Para este estudio sólo se han considerado aquellos casos en los que, tanto los adolescentes como sus padres y madres, habían nacido en algún país latinoamericano. La muestra final del estudio estuvo compuesta por 750 adolescentes procedentes de 15 países. Los colectivos más numerosos procedían de Ecuador (35% de la muestra) y Colombia (20,5%), seguidos ya a gran distancia por estudiantes procedentes de la República Dominicana (7,5%), Argentina (7,1%), Perú (6,7%), Bolivia (5,9%) y Uruguay (5,2%).
De los 750 casos seleccionados, doscientos setenta y tres estudiaban en los distintos centros educativos de Galicia y los 477 restantes procedían de los centros de Madrid. El 53,4% fueron varones y el 46,6% mujeres, siendo su edad media de 14,3 años (con un rango de edad que oscilaba entre los 11 y los 17 años).

Instrumentos
Para categorizar a los adolescentes inmigrantes según la estrategia de aculturación dominante, utilizamos una versión modifi cada del Cuestionario de Implicación Cultural (BIQ), elaborado por Szapocznik, Kurtines y Fernández (1980). Este autoinforme indaga acerca del grado en que las personas aprecian y disfrutan con toda una serie de aspectos propios de las culturas de origen y acogida (costumbres, músicas, actividades de ocio, medios de comunicación, tradiciones familiares, etc.). La versión original estaba formada por dos subescalas de 21 ítems cada una (atracción por la cultura de origen; atracción por la cultura de acogida). Para este estudio eliminamos aquellos ítems que hacían referencia a cuestiones lingüísticas, utilizando una versión de 15 elementos en cada escala. Los adolescentes debían contestar a esas cuestiones en una escala de cinco alternativas (nada, poco, algo, bastante y mucho). La consistencia interna para las dos escalas fue elevada (α= ,91 para la vinculación con el país de origen y α= ,92 para la vinculación con el país de acogida).
También analizamos el grado en que los adolescentes se identifcaban como españoles o como personas de su país de origen, para lo cual les preguntamos cuánto sentían que tenían en común con un español y cuánto con alguien de su país de origen. La escala de respuestas incluía cinco alternativas (nada, casi nada, poco, bastante y mucho).

Consideramos también el tipo de personas con las que se relacionaban los adolescentes. Les preguntamos sobre la cantidad de amigos que habían nacido en España (ninguno, casi ninguno, algunos, la mitad y todos o casi todos), por el tipo de amigos con los que se relacionaban más frecuentemente en el colegio y fuera de él y por el tipo de personas que solían visitar su hogar. Las alternativas de respuestas en estos casos también se presentaron en una escala de cinco puntos (exclusivamente de otro país, la mayoría de otro país, mitad y mitad, la mayoría españoles, exclusivamente españoles). Con estas cuatro preguntas creamos un índice global sobre la cantidad de amigos españoles. La consistencia interna de esta puntuación fue elevada (α= ,78).
Por último, aplicamos también la Escala de Actitudes hacia la Aculturación (Berry et al., 2006) al efecto de validar los conglomerados de aculturación generados. Esta escala está compuesta por 20 ítems referidos a distintos aspectos de la cultura del país de origen y del de acogida (tradiciones, actividades sociales, amigos, etc.) que se agrupan en cuatro escalas para evaluar las distintas actitudes propuestas por los autores: asimilación, integración, separación y marginación.

Para evaluar la conducta antisocial se utilizó una versión reducida del Cuestionario de Conducta Antisocial (CCA; Luengo, Otero, Romero, Gómez-Fraguela y Tavares-Filho, 1999). En este instrumento se pregunta acerca de la frecuencia con que, en los
últimos 12 meses, han realizado diversas conductas transgresoras que implican: a) agresiones interpersonales (p.ej., promover peleas con otros); b) vandalismo (p.ej., destrucción intencionada de mobiliario urbano); c) conductas antinormativas (p.ej., pasar la noche fuera de casa sin permiso); d) hurtos (p.ej., en tiendas); y e) problemas relacionados con drogas (p.ej., participar en actos ilegales para conseguir droga y/o trafi car con ella). Las alternativas de respuesta incluyen 4 opciones (nunca, pocas veces - de 1 a 5 veces, bastantes veces - de 5 a 10 o con frecuencia - 10 veces o más).

Finalmente, a partir de cuestionarios empleados en investigaciones previas (Gómez-Fraguela, Fernández, Luengo y Romero, 2008) se seleccionaron una serie de ítems específi cos dirigidos a evaluar el nivel de consumo de alcohol. Concretamente se les preguntó por la frecuencia de consumo en los últimos 30 días (debían responder en una escala con seis alternativas: nunca, una o dos veces, de 3 a 5 veces, de 6 a 10 veces, entre 11 y 20, y 20 o más), por el número de consumiciones que solían tomar cuando bebían y el número de borracheras en el último año.

Procedimiento

La investigación fue presentada a los equipos directivos de los centros educativos seleccionados para explicarles la fi nalidad del estudio y solicitar su colaboración. Todos los centros contactados se mostraron dispuestos a colaborar. Después de solicitar el consentimiento paterno para la participación de los adolescentes en la investigación, se invitó a participar a todos los estudiantes escolarizados en el centro (nativos e inmigrantes). La aplicación de las pruebas se realizó de forma colectiva dentro de las aulas y en el horario escolar durante una sesión de 60 minutos. Las pruebas fueron aplicadas por miembros del equipo de investigación que en todo momento garantizaron el anonimato de las respuestas y la voluntariedad en la participación.

Análisis de datos
Para agrupar a los inmigrantes en función de la estrategia de aculturación adoptada se realizó un análisis de conglomerados (método de Kmedias). Para realizar el análisis se utilizaron las puntuaciones típicas obtenidas en el BIQ, el grado en que se identifcaban como españoles o como personas de su país de origen y el tipo de amigos con los que se relacionaban (Hair, Anderson, Tatham y Black, 1999). Sobre los grupos resultantes se realizaron distintos análisis de varianza para validar los grupos creados y para comprobar si existían diferencias en su nivel de conducta antisocial y el consumo de alcohol. Para todos los análisis estadísticos se utilizó el paquete estadístico SPSS.15.1.

martes, 17 de junio de 2014

APLICACIONES DE LOS PRINCIPIOS DEL APRENDIZAJE SOCIAL. ALGUNOS PROGRAMAS DE TRATAMIENTO Y PREVENCIÓN DE LA DELINCUENCIA. Ronald L. Akers, Catedrático de Criminología y Sociología, Universidad de Florida

1. Introducción 

El objetivo principal de este artículo es facilitar algunos ejemplos de los  programas existentes en los Estados Unidos de América, diseñados para el tratamiento o la prevención de la delincuencia, que están basados en los principios y procesos cognitivos/conductivos comprendidos en la teoría del aprendizaje social como explicación del delito, la delincuencia y la desviación, o bien reflejan los mencionados principios y procesos. Mis compañeros y yo hemos realizado una amplia investigación y  hemos aportado numerosos trabajos sobre la teoría del aprendizaje social a lo largo de un gran número de años (véase Akers, 1973; 1998; Akers et al., 1979; Akers y Jensen, 2003; Sellers y Akers, 2006). En las ediciones tercera y cuarta de Criminological Theories (Akers, 2000; Akers y Sellers, 2004), he incluido aplicaciones de todas las teorías criminológicas principales (incluida la del aprendizaje social) al control, a la justicia, al tratamiento y a la prevención. He escrito en otros lugares sobre las cuestiones relacionadas con la teoría y práctica sociológica en Criminología (Akers, 2005). En este capítulo, me remito a estos trabajos anteriores. Asumo que los especialistas y los estudiantes españoles de Criminología y Sociología están al corriente de la teoría del aprendizaje social (1).

2. Relación entre la teoría y la práctica.

Durante mucho tiempo, he alegado que el más importante de los diversos criterios científicos para la evaluación de las teorías criminológicas (de todas las teorías científicas) es su validez empírica –la medida en que una explicación del delito y la desviación es coherente con los hechos conocidos del delito y viene apoyada por datos empíricos derivados de pruebas directas  de sus proposiciones (Akers, 1994; Akers y Sellers, 2004). Otro criterio importante para la evaluación de la teoría es la aplicación práctica a los problemas del delito y la delincuencia. Conocer y explicar la conducta delictiva es importante de por sí, pero desde que comenzaron a establecerse las ciencias sociales también se ha reconocido que es importante poner el conocimiento empírico y teórico al servicio de los objetivos de la sociedad de paliar o resolver problemas sociales. Por tanto, es razonable preguntar lo  útil que puede resultar una teoría criminológica a la hora de proporcionar pautas, comprensión o directrices para los concretos programas y políticas. ¿Proporciona la teoría principios que puedan utilizarse en la política, los procedimientos, el tratamiento, la terapia, la corrección o la reforma por parte de organizaciones o entidades públicas, gubernamentales o privadas? ¿Qué directrices pueden obtenerse de la teoría  para controlar, prevenir o modificar la conducta delictiva? Estas preguntas pueden formularse respecto a las acciones que se llevan a cabo en los sistemas de control social formal (justicia criminal y juvenil). Estas mismas preguntas pueden también formularse respecto al control social informal que puede ser acometido por los padres, los colegios, las iglesias, los compañeros y los grupos y organizaciones de vecinos/comunitarios para aumentar la conformidad y prevenir, modificar o controlar la conducta delictiva y desviada. Enseñar actitudes positivas y prosociales a los niños, supervisarlos correctamente, realizar un seguimiento de su conducta y sus amigos y aplicar una disciplina firme pero coherente en caso de mala conducta son consejos prácticos y de sentido común que pueden darse a los padres y cuidadores. Tales prácticas, junto a  los programas que proporcionan recursos comunitarios a los padres para asistir a clases y sesiones de asesoramiento que mejoren sus técnicas para educar a sus hijos, poseen una justificación teórica no sólo en el aprendizaje social, sino en la vinculación social que plantean otras teorías (Hawkins et al., 1999; Reid et al., 2002; Brown et al., 2005). 

Todos los esfuerzos, ya sean de carácter formal o informal, que tratan de prevenir, disuadir, disminuir o «hacer alguna otra cosa» sobre la delincuencia, el delito, el abuso de las drogas, la violencia y otras formas de conducta antisocial y desviada se refieren de algún modo, reconocido o no, a las teorías sobre las causas, factores o procesos que producen tal conducta. 

Las principales teorías criminológicas tienen implicaciones respecto a la política y la práctica de la justicia criminal, y desde luego han sido utilizadas en éstas. Todas las terapias, programas de tratamiento, regímenes carcelarios, políticas policiales o prácticas de justicia criminal están basados, ya sea explícita o implícitamente, en alguna explicación de naturaleza humana en general o de conducta delictiva en particular (Akers y Sellers, 2004: 11). 

Una buena teoría es aquella que se ha probado que es empíricamente válida. De modo similar, una buena práctica es aquella que se ha probado que es empíricamente efectiva. Una teoría empíricamente válida puede proporcionar directrices significativas para el desarrollo de programas de acción  con sentido y eficaces, y éstos a su vez pueden facilitar una comprensión teórica, así como sugerir modificaciones de la propia teoría en virtud de lo que funcione o no  en la práctica. Pero las teorías no pueden probarse directamente en virtud del éxito que tengan las políticas y los programas. Esto se debe en parte al hecho de que un programa o una política están basados no sólo en consideraciones objetivas e instrumentales, sino también en consideraciones políticas y filosóficas expresivas, subjetivas y cargadas de valoraciones (o en, como lo denomina Braithwaite, 2002, «teoría normativa»). Por  supuesto, los programas con un fuerte contenido moral o normativo (como los programas basados en la justicia restaurativa y en la fe, Braithwaite, 2002; Cullen et al., 2001), cuyo objetivo es modificar la conducta, también están basados en una o más teorías acerca de dicha conducta. 

Sin embargo, creo que la aplicación de una gran cantidad de programas tiene una conexión poco precisa y no articulada con una teoría con sentido. Por supuesto, no se pretende ni puede esperarse que los programas aplicados sean teóricamente puros. No le conceden mucha importancia al hecho de adherirse a los principios de una única teoría. 
Con buen sentido, los programas aplicados tratan de descubrir qué funciona, y para tal fin se apoyan en las aportaciones de una mezcla de diferentes teorías y de conocimientos y presentimientos basados en el sentido común. Por tanto, suele ser difícil determinar cuál es exactamente la teoría o teorías en que se basa un programa o decidir qué conclusiones pueden alcanzarse sobre una teoría en particular en caso de apreciarse que un programa sea un éxito o un fracaso. 

La relación entre la teoría y la práctica también está afectada por el hecho de que determinadas prácticas y programas, aunque pueda mostrarse que en teoría tienen sentido y existe una elevada posibilidad de que sean eficaces a la hora de combatir el delito y la delincuencia, no deberían y no pueden llevarse a la práctica porque violan valores y creencias básicas de imparcialidad, justicia y derechos humanos. Deben preocuparnos al máximo las dimensiones éticas de la intervención en las vidas de las personas para modificar su conducta cuando no se les haya adjudicado legalmente haber hecho algo malo. En este sentido, el movimiento de identificación y prevención temprana incluye fundamentalmente los intentos de intervenir en las vidas de las personas antes de que cometan actos ilegales, o al menos con carácter previo, antes de que se detecten dichos actos por el sistema de justicia criminal. Por esta razón, desde un punto de vista ético se prefieren programas «universales» que proporcionen servicios u oportunidades a personas, familias, vecindarios, colegios o comunidades (con o sin una evaluación del riesgo general o específico de desviación en dicha población) sin identificar a personas específicas que se crea que hayan cometido algún delito o se considere que se encuentran en una situación de riesgo. Los programas y políticas aplicados hacen frente a los problemas políticos, económicos, éticos, morales y prácticos de la implantación, participación y recopilación de información. Así, pueden tener éxito o fracasar por razones que no tengan nada que ver con lo buena que sea la teoría con la que los diseñadores puedan haber identificado el programa. Sin embargo, al igual que la teoría puede proporcionarnos algunas directrices respecto a los programas aplicados, tales programas pueden a su vez informarnos sobre los puntos fuertes y débiles de la teoría, indicar en qué puntos la teoría puede precisar modificación y proporcionarnos una mayor o menor confianza en la verdad de una teoría y en lo útil que puede resultar. (Para un comentario más detallado sobre estas cuestiones, véase Akers, 2005). 

No voy a tratar de realizar una revisión global de las aplicaciones de la teoría y de la efectividad de los programas aplicados, ni de todos los modos posibles y existentes en que la teoría del aprendizaje social puede ser de ayuda para los programas aplicados. Más bien voy a concentrarme en describir algunas aplicaciones de los principios cognitivos/conductivos de la teoría del  aprendizaje social a los programas de tratamiento/prevención de la delincuencia que han sido llevados a cabo por dos organizaciones conocidas en Estados Unidos. No quiero decir que únicamente en Estados Unidos se encuentren teorías con sentido sobre el delito y la desviación o bien buenos programas aplicados relacionados con dichas teorías. Existen diferencias sociales y culturales obvias entre las sociedades, relacionadas tanto con la teoría como con la práctica. Sin embargo, deberían aplicarse interculturalmente, al menos en cierta medida, unos principios teóricos con sentido y unos buenos programas de intervención. 

Así, la investigación muestra que la teoría del aprendizaje social tiene validez empírica (aunque quizá moderada en alguna medida por el contexto social) en diferentes países (Kandel y Adler, 1982; Otero López et  al., 1989; Junger-Tas, 1992; Bruinsma, 1992; Zhang y Messner, 1995; Kim y Koto 2000; Hwang y Akers, 2003; Wang y Jensen, 2003). Parece ser que las teorías criminológicas generales tienen una cierta relevancia en España (véase Serrano Maíllo, 2006), al igual que sucede en Estados Unidos. En España, la relación entre drogas y delincuencia y las variables que se ha descubierto que las predicen parece ser similar a la existente en Estados Unidos (véase Otero López, 1997). Por otra parte, las cuestiones del entorno, contexto y recursos a la hora de implantar los programas de prevención/educación y otros programas aplicados son similares ya se trate de España, Estados Unidos o de otros lugares (véase Valderrama et al., 2006). Reconozco las diferencias interculturales y las dificultades de explicación relacionadas con dichas diferencias, pero creo que las lecciones que hemos aprendido de la experiencia estadounidense pueden tener una cierta significación para los esfuerzos por explicar y combatir el delito y la desviación en otras sociedades. 

3. Breve perspectiva general de los principios del aprendizaje social 

El aprendizaje social es una teoría  general socio-psicológica que ofrece una explicación sobre la adquisición, el mantenimiento y la modificación de la conducta delictiva y desviada. La misma adopta factores sociales, no sociales y culturales que intervienen tanto para motivar y controlar la conducta delictiva, como para fomentar y socavar la conformidad. Los principios de aprendizaje social de la teoría no se limitan a explicar la conducta novedosa, «...sino que  constituyen principios fundamentales de actuación [que explican]... la adquisición, el mantenimiento y la modificación de la conducta humana» (Andrews y Bonta, 1998: 150). Responden tanto a la pregunta de por qué las personas violan las normas como  a la pregunta de por qué no las violan, incorporando tanto los factores y variables que facilitan el delito y la delincuencia como los que lo contrarrestan o previenen. Su proposición básica consiste en que un mismo proceso de aprendizaje produce tanto una  conducta conforme como una conducta desviada. La probabilidad de una conducta delictiva o conforme es una función del balance de estas influencias de riesgo y protectoras sobre la conducta, y no sólo las operativas en una historia individual de aprendizaje, sino también las que funcionan en un determinado momento, en una situación dada, y las que prevén una conducta futura en el contexto de la estructura social,  la interacción y la oportunidad. La diferencia reside en la dirección del proceso en que funcionan los mecanismos y variables de aprendizaje. En muy escasas ocasiones se trata de un proceso disyuntivo. Más bien se trata de un balance de las influencias ejercidas sobre la conducta. Dicho balance suele dar muestras de una determinada estabilidad a lo largo del tiempo, pero puede volverse inestable y cambiar con el tiempo o las circunstancias (Akers, 1998).