viernes, 19 de octubre de 2012

LA VIOLENCIA EN LA ADOLESCENCIA: UNA RESPUESTA ANTE LA AMENAZA DE LA IDENTIDAD*. Philippe Jeammet**

Violencia: “cualidad de lo actúa con fuerza” nos dice el diccionario Littré. Por esta razón, la vida es violencia que procede de transformaciones permanentes de la materia. La violencia sería entonces consustancial a lo existente y el universo procedería de ella si creemos la teoría del “big bang inicial”. Ella toma sin embargo una forma particular en los seres vivos que los conduce a una lucha permanente por la defensa del territorio, la supervivencia del individuo y de la especie, que se expresa de manera espectacular por la destrucción o la sumisión de unos ante los otros.
Pero es en el hombre en quien la violencia adquiere su dimensión más trágica por el hecho mismo de la conciencia que tiene de ella y por que la hace objeto a la vez de una represión sin igual, por las prohibiciones que pesan sobre ella, y de una extensión sin límite, también sin equivalente.
El clínico está evidentemente confrontado a las expresiones de la violencia. Éstas no son nuevas, pero tienen una intensidad particular hoy en día debido probablemente a la complejidad de la vida social, a la explosión de los medios de comunicación, y a la mayor libertad de expresión que autoriza una sociedad liberal.
La violencia de los jóvenes, en efecto, ha llegado a ser desde algunas décadas un problema de salud pública, aún cuando estos jóvenes son más a menudo víctimas que autores de ella. Pero el carácter a menudo espectacular de esta violencia juvenil, su ausencia de motivaciones claras, la gratuidad aparente de muchos de estos gestos, sin beneficio para el interesado, no pueden más que aumentar la preocupación y el desasosiego de los adultos.
Nuestra práctica clínica con adolescentes y adultos jóvenes, particularmente en el marco del hospital de día, donde pueden ser seguidos a largo plazo, nos ha llevado a considerar la violencia como un mecanismo primario de autodefensa de un sujeto que se siente amenazado en sus límites y en lo que constituye a sus ojos el fundamento de su identidad, y hasta de su existencia. El núcleo de la violencia nos parece que reside en este proceso de desubjetivización, de negación del sujeto, de sus pertenencias, de sus deseos y aspiraciones
propias, sentido como una amenaza para el sujeto violento y sufrido por el sujeto violentado que se ve, en réplica, tratado como un objeto bajo dominio. 
Siempre que su narcisismo está en cuestión, el sujeto de defiende por un movimiento de inversión en espejo que le hace actuar como lo que él teme sufrir. El comportamiento violento busca compensar la amenaza sobre el Yo y su desfallecimiento posible imponiendo su dominio sobre el objeto desestabilizador. Éste puede situarse en la realidad externa pero también a nivel interno por la emergencia de deseos sentidos como una amenaza para el Yo. Es toda una clínica de la violencia la que se declina así según las modalidades del ejercicio de esta tentativa de dominio sobre el objeto desestabilizador.
La reactividad al sentimiento de amenaza, procedente tanto de los objetos externos como de los objetos internos y de los deseos, será tanto más grande cuanto más frágil sea el Yo y más grande su inseguridad.

Desarrollaremos la tesis de que existe así una relación dialéctica entre la violencia y la inseguridad interna generando un sentimiento de vulnerabilidad del Yo, de amenaza sobre sus
límites y su identidad, una dependencia acrecentada de la realidad perceptiva externa para reasegurarse en ausencia de recursos internos accesibles y, en compensación una necesidad de reaseguramiento y de defensa del Yo mediante conductas de dominio sobre el otro y sobre sí mismo.

LA VIOLENCIA COMO DEFENSA DE UNA IDENTIDAD AMENAZADA

Aún si algunas violencias son fácilmente objetivables, es el sujeto, ya sea actor, víctima o simple espectador, quien tiene, a fin de cuentas, que reconocer lo que es violento frente a lo que no lo es y las apreciaciones pueden ser sensiblemente diferentes. Es sentido como violento lo que violenta al sujeto, bien sea porque ejerce esa violencia, o porque la sufra o se identifique con aquel que sufre o ejerce esa misma violencia.
La dimensión subjetiva es determinante. Esta referencia a la vivencia del sujeto, ya sea la vivencia sentida de lo experimentado o la que dicta su comportamiento, nos servirá de hilo conductor en la investigación del sentido de la violencia y de su lugar en la economía psíquica. Esto nos conduce a formular la hipótesis de que lo vivido refleja como un espejo lo que experimenta, sin que sea necesariamente consciente de ello, aquel que actúa con violencia y que la violencia representa una defensa contra la amenaza sobre la identidad.
La violencia está en efecto, caracterizada por un sentimiento de “desubjetivización” por aquel que la sufre. El sujeto que la sufre debe borrarse o incluso desaparecer como sujeto completo y por lo menos someterse a la voluntad del sujeto violento. Éste puede ser un objetivo a alcanzar mediante la puesta en escena del comportamiento violento o puede ser considerado como presente de antemano. Es el campo infinito de las violencias escondidas o al menos sin violencias manifiestas, el del desprecio, donde no se trata de destruir al otro físicamente, donde la ausencia de toda consideración por lo que el otro piensa, siente, desea, equivale a su negación global como sujeto.
Este efecto de desubjetivización puede manifestarse aún mas sutilmente sin agresividad manifiesta. Así algunas proposiciones amorosas pueden ser sentidas como una violencia en la medida en que no es tenido en cuenta el deseo propio del sujeto, que además es considerado como un objeto en el sentido material del término, que no tiene ningún interés aparte de estar al servicio del deseo del otro. Este efecto de desubjetivización es también aquel descrito como efecto del discurso paradójico. Sin embargo, lo que se siente como violencia comporta siempre esta dimensión de negación del yo que se traduce en aquel que es objeto de ella por ese sentimiento de que él ya no es considerado como sujeto.

viernes, 12 de octubre de 2012

Trastorno Disocial (Antisocial). Monikke's blog


Se caracteriza por un patrón de comportamiento repetitivo y persistente en el que se violan los derechos básicos de otras personas o normas sociales importantes. Los criterios que lo definen se agrupan en torno a 4 comportamientos:

     -    Agresión a personas o animales.
     -    Destrucción de la propiedad
     -    Fraudulencia o robo.
     -    Violación grave de las normas.

 Tiene un comienzo tardío cuando empieza después de los 10 años. Hay una heterogeneidad en el comienzo y en la forma de llevar a cabo conductas delictivas. Hay cantidad de criterios para poner en orden esta heterogeneidad. Una clasificación los divide en:

Grupo infrasocializado o solitario: más violentos o agresivos. Comienzo temprano.
Categoría grupal o socializada: en grupos. Comienzo adolescente.
Se trata de clasificar estas conductas en presencia o no de psicopatía. Actúan en solitario, son más violentos o más severos. Implica a niños o adolescentes con rasgos o estilos de comportamiento con conductas psicopáticas. Puede ser un tipo constitutivo o más anclado en la biología.

 PREVALENCIA

Es un trastorno frecuente. Las tasas de población general se sitúan entre el 1-10%. En población clínica se reducen. Las tasas varían a través de grupos de edad. Suben o se incrementan en fase adolescente.

En relación al género, los chicos presentan trastornos de conducta más frecuentemente que las chicas. Este dato está moderado por la edad. Razón niño-niña: 4/1. En adolescentes razón chico/chica: 2/1.

En escolares, entre el 5 y el 20% de escolares manifiestan el trastorno. Los más severos se reducen al 2-4%. En adolescentes las tasas son más altas que en el caso de los niños.

El dato que apunta a que las tasas de prevalencia cambian con la edad ha desarrollado diferentes vías o trayectorias evolutivas del trastorno:

- Trayectoria con comienzo temprano: antes de los 10 años. Se inicia tempranamente en la vida del sujeto. Va aumentando en severidad a lo largo del desarrollo.

Los niños entre 3 y 7 años presentan síntomas de conducta que tienen que ver con el trastorno negativista desafiante (desafío, oposición). A lo largo del desarrollo, cada vez es más severo o se desarrolla en conductas más severas.
Entre los 7 y los 10 años aparecen conductas agresivas o delictivas.
Entre los 11 y los 13 años manifiestan conductas antisociales severas (robos, violación de normas, allanamiento de morada, truhanería).
Estudios longitudinales identifican diferentes características adicionales, como el hecho de que los tipos de conducta que manifiestan tempranamente no cambian, sino que sobre esos se añaden los nuevos. Se produce un proceso de conservación o mantenimiento. Los factores asociados al nivel etiológico son muy amplios.

viernes, 5 de octubre de 2012

Aportaciones psicológicas a la predicción de la conducta violenta: reflexiones y estado de la cuestión A. Andrés Pueyo y S. Redondo Illescas. Departamento de Personalidad - Universidad de Barcelona. Grupo de Estudios Avanzados en Violencia-(GEAV)



1.- La violencia: simplemente un comportamiento o algo más complejo.

El siglo XX se recordará como un siglo marcado por la violencia nos dice Nelson Mandela en la presentación del documento “Violencia y salud en el siglo XX” dirigido por la OMS (Krug, 2002). A continuación afirma que “las dimensiones de la violencia ejercida en el siglo XX alcanzan desde la intimidad de la familia a las relaciones internacionales” lo que hace de este fenómeno algo más que un problema de naturaleza ética o jurídica y debemos contemplarlo con otra mentalidad para que su tratamiento en el siglo XXI sea más exitoso. Uno de los cambios más interesantes, especialmente en clave profesional para los psicólogos, es el enfoque de la salud para la consideración de la violencia. El cambio del planteamiento de la consideración jurídico/penal a la consideración de la salud/bienestar implica un nuevo enfoque de la violencia, pasar de la política del castigo/corrección al de la prevención/predicción. Ya en 1996 la OMS consideró que la violencia, por su extensión y consecuencias en la salud y el bienestar de las personas, debe entenderse como un problema de salud pública. Según este planteamiento podemos afirmar que la violencia es: “Previsible”  y  “Predecible”. El camino para la actuación profesional está abierto.

Gro Harlem Burtland (directora general OMS en 2002) afirma que la violencia está presente en la vida de numerosas personas en todo el mundo y nos afecta a todos en algún sentido y concluye que: “Cuando la violencia es persistente la salud está siempre muy afectada”. En 1996, con motivo de la 49 Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud, reunida en Bruselas, se adoptó la resolución  WHA49.25 donde se afirmaba que la violencia “es el mayor y más creciente problema de salud pública en el mundo moderno”. En esta resolución se consideraba la importancia que han adquirido los diferentes tipos de violencia, por sus consecuencias, en la salud publica en todos los países, tanto desarrollados como no desarrollados. Además en aquella resolución se  recogía, explícitamente,  las recomendaciones de la Conferencia Internacional sobre el Desarrollo y la Población (El Cairo, 1994) y de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Pekín, 1995) que reclamaban una atención urgente sobre el tema de la violencia en aspectos variados como la violencia de género, contra los niños, las minorías, etc...

Este interés de la OMS por la violencia refleja la importancia que este fenómeno ha adquirido en las sociedades modernas y converge con el tradicional interés que la criminología y el derecho han tenido por el mismo.  La violencia no es patrimonio exclusivo de las sociedades en las que predomina el bienestar social y la libertad individual ya que en la mayoría de sociedades humanas aparecen comportamientos violentos de mayor o menor gravedad y duración. Pero es bien cierto que muchos pensadores habían pronosticado una desaparición gradual de la violencia en la medida en que las sociedades avanzan en la distribución más equitativa de los recursos y el acceso mayoritario a un estado de bienestar y libertad individual. Una paradoja de este hecho es, por ejemplo, la sociedad  norteamericana que siendo como es una de las mas avanzadas en cuanto a los derechos y libertades individuales, es a su vez  una de las más violentas a nivel mundial.

La violencia hoy ya no es solamente un problema moral o ético, que lo es, ni tan siquiera penal o jurídico, si no que se está convirtiendo en un problema de salud pública, en un elemento de consecuencias comparables a las epidemias de naturaleza infecciosa o a los sucesos naturales devastadores. En este contexto parece que las medidas de  control de la violencia, de castigo de los agresores, de reparación de las víctimas se han de complementar con las de prevención, educación y como no de predicción. Muchos de los términos que ya se emplean en los estudios de violencia provienen de campos adyacentes cómo la epidemiología y  la salud pública. En este contexto situaremos el problema de la predicción del comportamiento violento y el rol profesional que los psicólogos deben tener en esta tarea.
Hay numerosos términos que se consideran sinónimos de la violencia y que se utilizan de forma habitual y en cierto modo confusa. Así por ejemplo hablamos de agresión, fanatismo, delincuencia, daño, abuso, etc.... al referirnos a la violencia y especialmente esta afirmación es cierta en el campo de la psicología.

La violencia no es una conducta, ni una emoción, ni una respuesta simple, ni tan siquiera una forma de actuar, de pensar o de sentir. La violencia es más que una conducta. Según la OMS la violencia consiste en el  uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones (Krug, 2002).

Contrasta esta definición con la de Webster, Douglas, Eaves y Hart, 1997, autores del HCR-20 (como veremos uno de los instrumentos más utilizados en la predicción de la conducta violenta), la violencia es: “comportamiento que puede causar daño a los demás, un comportamiento que puede generar miedo a otras personas”. El acto violento no se define solamente por las consecuencias que genera sino que los actos violentos lo son en sí mismos; así, disparar una pistola en el medio de un numeroso grupo de personas, aunque no haya víctimas, es un acto violento.

Una consecuencia que refleja la complejidad del fenómeno de la violencia es el hecho de que no hay un único indicador que podamos utilizar como medida de la violencia. De hecho los estudiosos y expertos del tema que quieren analizarlo de forma cuantitativa utilizan índices tales como: número de detenciones, años de condena, número y variedad de los delitos y agresiones, tipos de agresión, etc... un efecto de esta situación es que los parámetros estadísticos de la violencia son siempre imprecisos y discutidos.

Naturalmente a los psicólogos nos interesa en primer lugar la conducta o comportamiento violento pero también las llamadas actitudes violentas, las emociones violentas, los trastornos mentales que se asocian a la violencia, las consecuencias sobre las personas víctimas de la violencia, etc... Es decir no nos interesan todos los aspectos del fenómeno de la violencia, sino aquellos aspectos de ésta que implican a los individuos, también a grupos humanos, en tanto que agentes del comportamiento violento o víctimas de la violencia.

viernes, 28 de septiembre de 2012

ADOLESCENTES EN EL LÍMITE Y VIOLENCIA FAMILIAR: ENTRE LA PSICOPATOLOGÍA Y LA DELINCUENCIA*. Ricardo Fandiño Pascual **,Raquel Gude Saíñas ***

RESUMEN
Durante los años 2007 y 2008 se desarrolló un trabajo de  investigación acerca de la relación entre psicopatología de la  adolescencia, delito, y medio familiar, tomando como muestra  los usuarios del C.A.E. Montefiz, único Centro Terapéutico para  menores de Reforma existente en Galicia. La gravedad de los cuadros psicopatológicos atendidos, la transversalidad de las  problemáticas a todos los niveles socio-económicos, y la alta  prevalencia de los conflictos familiares son algunas de las conclusiones derivadas de este estudio.  Palabras clave: Psicopatología, adolescencia, familia, delito, institución.
ABSTRACT
An investigation work regarding the relationship between psychopathology of adolescence, crime and familiar environment  has been developed during 2007 and 2008. For this investigation,  the inmates of C.A.E. Montefiz, the unique Therapeutic Juvenile  Correctional Centre that there exist in Galicia, were taken as  samples. The seriousness of the psychopathologic frames  observed, the problems at every socio-economic level, and the  kength of the familiar confl icts are some of the conclusions derived from this investigation. Keywords: psychopathology, adolescence, family, offence,  institution.

El trabajo de investigación fue realizado con el apoyo económico de la Beca Siota concedida por el Colegio Oficial de  Psicólogos de Galicia. Para su realización nos basamos en el  trabajo que realiza todo el equipo del Centro de Atención Específica Montefiz, perteneciente a la red de Centros de la Dirección  Xeral de Benestar Social de la Xunta de Galicia, y gestionado  por la Fundación Internacional O’Belén. Contamos también, con  el soporte teórico y clínico del Seminario de Formación del Instituto Wilhelm Reich – Galicia, con sede en Ourense.

INVESTIGACIÓN

OBJETIVOS
–  Establecimiento del perfil de los menores usuarios de un Centro Terapéutico para Menores de Reforma.
–  Evolución de dicho perfil en el tiempo y previsiones de futuro. Relación entre cuadros psicopatológicos, tipologías delictivas y características familiares.
–  Establecer líneas de investigación que nos aproximen a la problemática de la adolescencia en la actualidad.

MUESTRA
–  La Muestra 1 o Muestra histórica: Usuarios que tuvieron tratamiento terapéutico en el C.A.E. Montefiz, desde su apertura, en junio de 2001 hasta diciembre de 2008. Esta muestra cuenta con 109 sujetos.
–  La Muestra 2 o Muestra Reducida: Jóvenes ingresados desde enero de 2007 hasta diciembre de 2008, con los que hemos podido utilizar un mismo protocolo de evaluación. Esta muestra es de 38 sujetos.

VARIABLES
– Edad (entre 14 y 18 o + años).
– Género.
– Perfi l psicopatológico.
°Funcionamento cognitivo:
·Atención-Concentración, Memoria de trabajo, Funciones ejecutivas, Función visoespaciales, Coeficiente Intelectual.
°Rasgos de personalidad
·  Escalas clínicas: depresión, histeria, paranoia, esquizofrenia
·  Escalas de contenido: ansiedad, depresión, baja autoestima, problemas familiares
–  Tipo de familia (ausente, monoparental, estruturada, reestruturada, adopción).
–  Nivel socioeconómico (alto, medio-alto, medio, medio-bajo, bajo).
– Tipo de delito.

INSTRUMENTOS DE EVALUACIÓN
Valoración Cognitiva
– WISC-R
– WAIS III
– Figura de Rey
– Stroop
– WSCT
Valoración Personalidad
– MMPI-A
Otros Instrumentos
–  Informes previos al ingreso en el Centro.
–  Entrevistas clínicas al menor.
–  Entrevista Familiar Diagnóstica.
–  Coordinación y Supervisión
Equipo Clínico/Educadores.
– Reuniones Clínicas
Nivel Socioeconómico
–  “Escala simplifi cada de Barratt (BSMSS)”

Familia

En la comparativa de la tipología de delito según el tipo de familia destacamos como dato más significativo, cómo en los casos de adopción ingresados en el centro es claramente la violencia familiar el delito que desencadena la medida judicial.

Delito/Diagnóstico

La comparativa de delito motivo de ingreso, con diagnóstico del menor, permite ver que las personas con trastornos de personalidad tienden a cometer más delitos relacionados con descontrol de impulsos (violencia familiar y agresiones), aquellos con trastorno del comportamento cometen más delitos que tienen que ver con la disocialidad (robos), y los trastornos psicóticos se centran de forma significativa en la problemática intrafamiliar.

Diagnóstico

En la comparativa de los porcentajes de diagnóstico entre la muestra 1 y la muestra 2, observamos una evolución en el perfil de los usuarios del Centro Terapéutico, hacia una mayor presencia de la psicosis, en sus diversas formas, como diagnóstico principal. Es también patente que los trastornos de personalidad son la patología más presente tanto a nivel nivel histórico como en la actualidad del centro.

Tipo de Familia

En cuanto al tipo de familia de los menores ingresados en el Centro Terapéutico, en la comparativa entre la muestra histórica, y aquella que da cuenta de los dos últimos años, se observa una evolución en la que se agudiza aún más la presencia de familias de tipo monoparental, fundamentalmente a causa de separación o divorcio. También destacan el significativo incremento de ingresos de jóvenes adoptados, y el descenso de los jóvenes tutelados, aunque este último dato puede explicarse a través de decisiones de tipo administrativo.

Tipo de delito

En cuanto al tipo de delito, motivo de ingreso en el Centro, destacaríamos la clara evolución hacia un significativo incremento de la violencia familiar que llega a ser el desencadenante de la mitad de los internamiento en Centro Terapéutico durante los últimos dos años.

Nivel Socio-económico

En cuanto al nivel socio-económico, en la comparativa entre la muestra histórica, y aquella que da cuenta de los dos últimos años, la evolución parece ser hacia un mayor porcentaje de internamientos de menores que provienen de familias de nivel socio-económico medio. La tendencia es a que las familias no provengan de un contexto marginal, sino a que se trate de familias socialmente bien adaptados pero internamento disfuncionales.

DISCUSIÓN: “ADOLESCENTES EN EL LÍMITE: ENTRE LA PSICOPATOLOGÍA Y LA DELINCUENCIA”.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Actualización en el tratamiento farmacológico de los trastornos del comportamiento de la adolescencia. O. Herreros*, F. Sánchez**, Belén Rubio*** y R. Gracia**** .

Introducción
Los trastornos del comportamiento constituyen, como grupo, el diagnóstico más frecuente en Psiquiatría Infanto-Juvenil, caracterizados por la presencia crónica de una gran variedad de conductas antisociales repetitivas, y de inicio más temprano en niños que en niñas (hacia los 7 años para los primeros frente a los 13 para las segundas). Su prevalencia se estima entre el 4 y el 9%, siendo además 5 veces más frecuente en varones (Offord y cols., 1987).
Las conductas características son diversas (agresividad, robos, incendios, fugas, mentiras), y con frecuencia se asocian con hiperactividad, impulsividad, dificultades cognitivas y de aprendizaje y habilidades sociales pobres. Si bien estas conductas, en menor intensidad, pueden verse como parte del desarrollo normal de niños y adolescentes, su severidad, frecuencia y cronicidad las hacen marcadamente diferentes en las poblaciones clínicas. Cuestiones como la psicopatología presente en los padres, la genética, el ambiente y otros factores psicosociales y, por supuesto, el propio temperamento, juegan un papel relevante en su génesis (Kazdin, 1995).

En relación con su diagnóstico, el DSM-IV-TR establece distinciones entre el Trastorno Oposicionista Desafiante (TOD) y el Trastorno de Conducta (TC) (APA, 2002). El TOD consiste en un patrón de conducta negativista, hostil y desafiante de al menos 6 meses de duración con comportamientos presentes tales como encolerizarse, discutir con adultos y desafiarles activamente, molestar deliberadamente a otras personas, acusar a otros de errores o faltas propias, ser colérico y rencoroso, etc., debiendo descartarse para su diagnóstico otras causas y que tales comportamientos sean normales dentro de la edad y el nivel de desarrollo del niño. Por otra parte, el TC presenta un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que se violan los derechos básicos de otras personas o normas sociales importantes propias de la edad (agresión a personas y animales, destrucción de la propiedad, fraudulencia o robo, violaciones graves de normas), debiendo especificarse la gravedad y el momento de inicio (infancia o adolescencia). Así, el TOD representa una variante más temprana en su aparición y menos grave del TC.

Por otra parte, la CIE-10 (OMS, 2000) establece los Trastornos Disociales (TD) como categoría única, definiéndolos como trastornos caracterizados por una forma persistente y reiterada de comportamiento disocial, agresivo o retador. Los contempla como desviaciones más graves que la simple «maldad» infantil o rebeldía adolescente, implicando un patrón de comportamiento duradero con manifestaciones como peleas o intimidaciones, crueldad hacia otras personas y animales, destrucción grave de pertenencias ajenas, incendio, robo, mentiras reiteradas, faltas a la escuela y fugas, rabietas frecuentes y graves y desobediencia.
El TOD del DSM-IV correspondería aquí a una subcategoría de los TD, el Trastorno Disocial Desafiante y Oposicionista, caracterizado por conductas marcadamente desafiantes y desobedientes y comportamientos disruptivos sin actos de delincuencia o formas más agresivas del Trastorno Disocial. Además, incluye en los Trastornos Hipercinéticos el diagnóstico de Trastorno Hipercinético Disocial, evitando así la multiplicación de diagnósticos en este trastorno, tan frecuente en la clínica y tan frecuentemente asociado a los Trastornos Disociales.

Las diferencias individuales en relación con la agresividad son casi tan estables en el tiempo como las diferencias en la inteligencia (Olweus, 1979), por lo que la presencia de trastornos del comportamiento en la infancia y de delincuencia en la adolescencia predicen un patrón persistente de violencia en la edad adulta (Pulkkinen, 1987). Ello supone que este grupo clínico es un grupo de alto riesgo evolutivo, debiendo por ello prestarse especial atención a su tratamiento.
Otro hecho especialmente importante es la frecuente presencia de comorbilidad. Los trastornos del comportamiento (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, Trastorno Oposicionista Desafiante, Trastorno de Conducta) suelen presentarse juntos (Verhulst y Koot, 1995), lo que ha llevado a algunos autores a plantear, dado su notable solapamiento, que el Trastorno de Conducta y el TOD no son entidades diferentes (Schachar y Wachsmuth, 1990). Por otra parte, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) se presenta junto con el Trastorno de Conducta en hasta un 45-70% de los casos (Ferguson y cols., 1991). Los trastornos ansiosos y la depresión son también diagnósticos comórbidos frecuentes (en un 30-50% de los casos –Zoccolillo y cols., 1992-), así como trastornos del eje II como el trastorno borderline de la personalidad, el retraso mental y los trastornos del desarrollo (Steiner y cols., 1997). Por ello, en la evaluación de este tipo de trastornos es preciso ir más allá de las simples conductas disruptivas para estudiar e identificar factores ambientales y trastornos neurológicos y psiquiátricos subyacentes y potencialmente tratables que puedan estar contribuyendo a la existencia de dichas conductas (Gérardin y cols., 2002).
En general se admite que no existen tratamientos únicos efectivos frente a los trastornos del comportamiento en la infancia y la adolescencia, y que la farmacoterapia no constituye la primera línea de tratamiento (Kazdin, 2000). Las intervenciones deben planificarse como multimodales, dirigidas a cada una de las áreas disfuncionales y diseñadas teniendo en cuenta el contexto del paciente, incluyendo siempre técnicas conductuales e intervenciones psicosociales. De entre éstas, se han identificado tres como potencialmente eficaces: el entrenamiento de padres en manejo de conductas (dirigido a modificar las interacciones padres-hijo en el hogar), el entrenamiento en habilidades cognitivas de resolución de problemas (centrado en los procesos cognitivos asociados a la conducta social), y la terapia multisistémica (centrada en el individuo y los sistemas familiar y extrafamiliar como vía para reducir los síntomas y promocionar las conductas sociales).

viernes, 7 de septiembre de 2012

Transtornos de conducta y violencia en adolescentes en conflicto con la ley. Miguel Oliveros Donohue (1), Ricardo Ramirez Bustamante (2)

Por largo tiempo se consideró que los adolescentes estaban libres de problemas y tenían la mejor expresión de salud, pero en las últimas décadas ha surgido una preocupación creciente por el consumo, cada vez a más temprana edad de alcohol, drogas, incremento de accidentes y muertes, además de violencia interpersonal, hechos que han alarmado al público (1).
El individuo (niño/adolescente) posee un sistema biopsico- social con determinadas características físicas y temperamentales que lo diferencian de otros individuos, desempeña roles y actividades, tienen diversas relaciones interpersonales entre las que se subrayan las figuras parentales, la vinculación con la madre y su medio ambiente. Las variaciones del comportamiento dependen de una adaptación saludable a las condiciones del entorno, o a desviaciones patológicas por un ambiente o entorno hostil y negativo (2).

En el mundo moderno hay millones de niños y adolescentes que sufren y mueren a causa de explotación, violencia, guerras, abandono y todas las formas de abuso y discriminación. La prostitución, el narcotráfico, la explotación física o sexual y el secuestro, al igual que la explotación económica de niños y adolescentes en sus peores formas, son una realidad cotidiana en todas las regiones del mundo, mientras que la violencia doméstica y la violencia sexual contra mujeres y niños continúa siendo un problema grave, que tendrá repercusiones en la salud mental de niños y adolescentes (3).

El fenómeno de la violencia en los centros urbanos es entendido como un problema de base bio-psicosocio-cultural, que comprende las más variadas formas de agresión, con efecto multiplicador y expansivo que no solo afecta a las víctimas sino a la sociedad en pleno, por lo que es motivo de preocupación (2). En estudios de violencia en varones adolescentes, se ha encontrado asociación significativa con el diagnóstico de trastornos de conducta y consumo de tabaco, marihuana, cocaína y sedantes. En las mujeres adolescentes se asoció la violencia a depresión moderada, distimia, trastornos de conducta desafiante, antecedentes de consumo de tabaco y acoso sexual (4,5).

Las fuerzas de socialización que históricamente han nutrido el desarrollo del niño, especialmente en la familia, necesitan ser vistas en conjunto con las prácticas en la escuela y comunidad, para darle soporte a la familia en su misión de velar por el normal crecimiento y desarrollo de ellos (6,7). Para el tipo de población estudiada, los casos más severos han estado expuestos a una socialización primaria en un entorno donde sus parientes más cercanos son personas antisociales (presos, vendedores de droga, miembros de bandas, prostitutas, drogadictos, entre otros).

Los problemas de conducta se manifiestan de diversas maneras y en diferentes entornos, llámense hogar, escuela, comunidad. En general, el desarrollo infantil normal es bastante armónico, existiendo un paralelismo en las diversas áreas del desarrollo, que permiten que el niño o adolescente se adapte fácilmente a las exigencias de su medio ambiente y que su conducta sea en general, relativamente predecible. Pero, existe un grupo relativamente importante de la población infantil en quienes este desarrollo armónico no se da, lo que determina estilos cognitivos y conductuales diferentes.

Los factores de riesgo pueden motivar cambios en esta etapa de la vida, al participar ellos en actividades que pueden comprometer su salud física y mental. En la práctica, se ve que muchas de estas conductas son de carácter exploratorio por influencia de sus pares o del entorno en que viven (8).

La adolescencia como etapa en formación marca algunas modalidades de socialización, algunas de ellas con un valor límite, así el consumo de drogas sin dependencia, la adhesión a grupos juveniles cerrados y estilos de vida que son expresión de una búsqueda de identidad necesitan ser consideradas con un necesario criterio de diagnóstico diferencial. La conducta de riesgo del adolescente se ha convertido en un problema de Salud Pública en nuestro país, como le da sustento el 13% de embarazos, la existencia de alrededor de 1,500 jóvenes privados de libertad en Centros Juveniles y la elevada cifra de niños y adolescentes que dejan las aulas o repiten anualmente (613,000 según UNICEF). Se ha introducido en la nomenclatura judicial el término “adolescentes en conflicto con la ley” para referirse a aquellos adolescentes que violen la ley penal.

jueves, 30 de agosto de 2012

El constructo psicopatia en la infancia y la adolescencia: del trastorno de conducta a la personalidad antisocial. Estrella Romero. Universidad de Santiago de Compostela


La psicopatía  en adultos es un campo de trabajo altamente  desarrollado, y en las últimas décadas se ha avanzado en el análisis del concepto, la medida y la etiología del trastorno. 
Sin embargo, se sabe poco sobre sus antecedentes evolutivos y  no existe mucho acuerdo sobre cómo identificar a los niños en alto riesgo. En este trabajo se revisan las principales lineas de investigación sobre el constructo psicopatía  en la infancia y la adolescencia. Nos detenemos especialmente en las propuestas de Lynam (que atribuye un papel  especial a la conjunción entre hiperactividad y problemas de conducta) y Frick (que extiende el modelo bifactorial de Hare a la infancia y la adolescencia). Se presentan las líneas de evidencia disponibles, se discuten sus puntos mas críticos y se sugieren posibles vias de investigación.
Palabras clave: psicopatia, trastorno antisocial de la personalidad, trastorno de conducta, niños, adolescentes.

The study ofpsychopathy in adults is a well developedfield, and in recent  decades  there  have  been  advances in conceptualization,  measurement, and etiolology of the disorder. However the developmental  antecedents are not well known and there is no agreement regarding the identification  of  high-risk children. This study reviews the  main  lines of research on psychopathy in childhood and adolescence. Special attention is paid  to the proposals of Lynam (who attributes particular  importance to the co-occurrence of hyperactivity and conduct disorder) and Frick (who extends Hare's bifactorial model to childhood and adolescence). We re- view  the lines  of  evidence available, discuss  critica1 points and suggest further lines of investigation.
Key words:  Psychopathy, antisocial personality  disorder, conduct disorder, children, adolescents.

Sin duda la psicopatía es un constructo de gran relevancia clínica y criminológica. Los estudios epidemiológicos muestran que una gran proporción de los delitos es cometida por una minoría de delincuentes persistentes (Farrington, Ohlin y Wilson, 1986) y se estima que los  psicópatas pueden  constituir una buena parte de esa minoría. En las últimas décadas, numerosos estudios han relacionado a la psicopatia con indicadores de una carrera  criminal cronificada y  severa: la psicopatía se ha relacionado con una mayor tasa de delitos y una mayor versatilidad (Hare, McPherson y Forth, 1988), mayores cifras de reincidencia (Salekin, Rogers y Sewell, 1996), de crimenes violentos (Hart, 1998) y de agresiones sexuales graves (Barbaree, Seto, Serin, Amos y Preston, 1994), asi como una pobre respuesta al tratamiento (Losel, 1998).

Pese a su relevancia, la psicopatía se ha mostrado como un concepto problemático, con una historia larga y un tanto complicada. En términos breves, se han venido identificando dos grandes tradiciones en el análisis de la psicopatía (véase Aluja, 1989; Luengo y Carrillo, 1995). Una de ellas, que emana de la tradición y la practica clínica, hace hincapié en un perfil de personalidad particular, en el que se aglutinan características tales como la falta de empatía, las dificultades para la planificación, los déficits afectivos, el egocentrismo o la falta de remordimientos. Esta tradición estaría bien representada por los  escritos, hoy clásicos, de Cleckley (1941) y es recogida, en parte, por los criterios de la personalidad disocial de la C I E -10  (OMS, 1992). La otra tradición, que parte del movimiento neo-kraepeliano en psicodiagnóstico, emana de la Universidad de Washington  y muestra  una  caracterización básicamente conductual del  trastorno. Como señalan Hart y Hare (1997), uno de sus supuestos es que la evaluación deberia centrarse en comportamientos públicamente observables, puesto que los clinicos difícilmente podran hacer una evaluación fiable de características personales o afectivas. Esta tradición queda bien reflejada en las Últimas versiones del DSM. A diferencia de lo que ocurria en el DSM-I y, sobre todo en el DSM-II,  las características de personalidad carecen de protagonismo en el llamado trastorno  antisocial de la personalidad indicadores de una  conducta antisocial continuada son los que pasan  a ser el centro de atención, de modo que se obtiene una descripción que, efectivamente, parece alcanzar buenos niveles de consistencia interjueces, pero que, a juicio de muchos, desvirtúa la noción  clínica, original, de la psicopatía (Harpur, Hart y Hare, 1993). Aunque en el DSM-111-R y en el DSM-IV se han introducido ciertos cambios y se intentó, en parte, incluir descriptores personales, el resultado no parece haber dejado satisfechos a los clinicos (véase Hare, 1998; Widiger et al.,1996) y el peso fundamental del diagnóstico sigue recayendo en una historia de conducta antisocial reiterada.

Las discusiones sobre la problemática conceptual de la psicopatía han persistido en las Últimas décadas (recientemente, Millon y Davis, 1998, identificaban hasta 10 variantes del trastorno). Sin embargo, se debe destacar que, en los últimos años, una concepción que ha venido generando cierto consenso, y en la que confluyen tanto los aspectos personales como los conductuales, es la propuesta por Hare (Hare, 1980; Hare, Hart y Harpur, 1991; Harpur, Hare y Hakstian, 1989). Casi al mismo tiempo que aparecían los criterios del DSM-III, Hare desarrolla un sistema alternativo para la evaluación de la psicopatia en las poblaciones de delincuentes institucionalizados: el PCL  (Psychopathy Checklist), que ha de ser aplicado por un  observador experto, el cual ha de basar sus conclusiones en una entrevista semiestructurada y en la revisión del historial del caso. La última versión de este instrumento (el PCL-R) consta de 20 items, que han de ser puntuados en una escala de 3 puntos (O,1,2), en función del grado en que cada ítem se aplica al individuo; en general, se toma una puntuación de 30 como criterio para el diagnóstico de psicopatia. La mayoría de las investigaciones con este instrumento han definido una estructura de dos factores, que captarían, respectivamente, los aspectos de personalidad y de conducta del constructo psicopatía (véase, por ejemplo, Moltó, Poy y Tormbia, 2000). El Factor 1 estaría definido por características como el egocentrismo, la falta de sinceridad, la insensibilidad y la falta de remordimiento, y describiría la configuración personal que en la tradición clínica caracteriza al psicópata. El Factor 2 recoge los aspectos del constructo relacionados con la conducta desviada y con un estilo de vida crónicamente inestable y antisocial. Hay evidencia de la validez discriminante de estos factores. Asi, el Factor 1 tiene una relación más alta con los criterios de Cleckley y con medidas autoinformadas de ansiedad, empatia (correlación negativa), narcisismo y dorninancia (correlación positiva). El Factor 2, sin embargo, estaria mis relacionado con el diagnóstico TAP del DsM y,  con signo negativo, con otras variables como el estatus socioeconómico, el nivel educativo o la inteligencia(1). Ambos factores están correlacionados entre si (con indices en torno a 50 ), si bien es posible obtener una alta puntuación en un factor y baja en el otro.
Esto se correspondería con el hecho de que, como había señalado el propio Cleckley, no todos los psicópatas definidos por los criterios tradicionales responden al diagnóstico de TAP, ni todos los individuos con TAP podrian considerarse psicópatas. De hecho, se ha encontrado que, en las poblaciones de delincuentes institucionalizados, las tasas del TAP se sitúan en torno al 75%; las tasas de psicopatía definidas por el PCL en estas poblaciones se sitúan en torno al 30% (Hart y  Hare, 1989) y se han encontrado incluso cifras menores (véase Hare, 1991).

viernes, 24 de agosto de 2012

Los comportamientos antisociales tienen un componente genético Nuevos estudios analizan el papel del ADN y del entorno en el castigo físico, la violación, el acoso y el cociente intelectual. Yaiza Martínez.


¿Qué papel juegan la genética y el entorno en el desarrollo de los comportamientos antisociales y criminales? Aunque la respuesta no está clara y aún queda mucho por investigar y comprender, los resultados de varios estudios recientes dentro del campo de la investigación biosocial sugieren que existiría un condicionamiento genético que predispone a desarrollar la agresividad o la tendencia al acoso, entre otras actitudes. En estas investigaciones se hace patente asimismo la importancia de la combinación de genética y ambiente, como potenciadora de cualquier tipo de comportamiento. 
¿Qué papel juegan la genética y el entorno en el desarrollo de los comportamientos antisociales y criminales? La respuesta no está clara y aún queda mucho por investigar y comprender. En el año 2002, el psicólogo de la University of Southern California (USC) de Estados Unidos, Adrian Reine, especializado en los mecanismos cerebrales que predisponen a estos comportamientos, señalaba ya en un artículo aparecido en PubMed, la necesidad de profundizar en el conocimiento de la combinación de los factores sociales y biológicos que influyen en las actitudes violentas.
Los estudios de Reine y de otros científicos se enmarcarían en el campo de la investigación biosocial, un método multidisciplinal de análisis de los comportamientos antisociales y criminales, que incluye aspectos de la genética del comportamiento, de la neurociencia, de la biología evolutiva y de la psicología del desarrollo. Además, esta metodología incorpora diversas técnicas analíticas.
En definitiva, aunque durante siglos los especialistas han señalado el papel que los factores biológicos juegan en la formación del comportamiento humano, la incorporación de las ciencias biológicas al estudio de los comportamientos criminales es aún una práctica reciente, en continuo desarrollo.

La genética y el efecto del maltrato

En este campo es en el que trabaja Brian Boutwell profesor del College of Criminal Justice de la Sam Houston State University (SHSU) de Estados Unidos. Boutwell es además psicólogo y criminólogo, y está especializado en la genética del comportamiento y en el estudio de la influencia del entorno y de los factores genéticos en el comportamiento antisocial.
Según publica la SHSU en un comunicado, en sus últimos estudios, Boutwell ha examinado el castigo físico, la violación, el acoso y el cociente intelectual.

viernes, 17 de agosto de 2012

Psicópatas criminales versus psicópatas integrados: un análisis psicológico-forense, legal y criminológico. Pozueco Romero, José Manuel 1*


Resumen 
La Jurisprudencia española se encuentra frecuentemente ante dictámenes periciales en los que  aparecen términos como psicópata, trastorno antisocial de la personalidad, personalidad psicopática, psicópata desalmado, psicopatía epileptoide, sociopatía, etc. De esta forma, no es infrecuente que los juristas (magistrados, jueces,  fiscales, abogados) se hallen desorientados ante tanta terminología que, pese a todo, en absoluto se constituyen en sinónimos. La Doctrina, por su parte, disiente de la visión tradicionalmente ya asentada en la Jurisprudencia de que los psicópatas sean sujetos inimputables. Muchos penalistas conocen bien los textos y estudios psicológicos y psiquiátricos que al respecto existen, y en ellos suelen basarse para establecer ciertas diferencias que aparentemente son sutiles. Una de las controversias más prolongadas es si los términos trastorno antisocial de la personalidad y psicopatía son la misma entidad. La controversia se polemiza aún más por el hecho de contemplar la existencia y diferencia de los denominados psicópatas integrados con respecto a los psicópatas criminales. En esta revisión se pretende ahondar en y remarcar esas sutiles diferencias, ya que se ha demostrado reiteradamente que ambas entidades diagnósticas, si bien comparten algunos rasgos en común, no son el mismo concepto ni comportan las mismas consecuencias. 
Palabras claves:  Criminología, doctrina, jurisprudencia, PCL-R, penología, psicopatía, sociopatía, trastorno antisocial de la personalidad. 
Abstract 
Spanish jurisprudence is frequently faced with the fact that in some expert reports appear terms like psychopath, antisocial Personality disorder, psychopathic personality, cruel psychopath, epileptoid psychopathy, sociopathy, etcetera. In this way, it’s not infrequent that jurists (magistrates, judges, public prosecutors, lawyers)  became disorientated with so much terminology which, despite all, they are nothing at all about synonym terms. Doctrine, on the  other hand, dissents from the traditionally point maintained by the Jurisprudence that psychopaths are non-attributed individuals. Many penologists know very good psychological  and psychiatric manuals and research studies on subject, and they are usually based on them to make some differences which apparently are fines. One of the controversies more extended is if the terms antisocial personality disorder and psychopathy are the same category. The polemic controversy goes further by the fact of contemplating the existence and difference of the socalled “successful” psychopaths compared with criminal psychopaths. In this review, it’s pretended to go deeply into and emphasize those fine differences, now that it’s been proved repeatedly that both diagnosis categories, if it’s  of course true that they share some common features, they are neither the same concept nor involve the same consequences. 
Keywords:  Antisocial personality disorder, criminology, doctrine, jurisprudence, PCL-R, 
penology, psychopathy, sociopathy.

1. Introducción

Exceptuando aquellos períodos del Medievo en los que se creía que la psicopatía y cualquier  otra conducta y personalidad  anormales eran bien de origen demoníaco, bien de corte estrictamente hereditarista-biologicista-fisionomista-antropométrico, el resto de enfoques  teórico-investigadores han arrojado sobrada luz que, a día de hoy, y tras más de 200 años de  historia amarga y controvertida sobre el término, nos permiten haber llegado a un consenso  generalizado entre los estudiosos de la psicopatía tanto desde el punto de vista clínico-forense y  como desde el punto de vista criminológico. 
La posición legalista mantenida tanto por la Jurisprudencia como por la Doctrina es,  particularmente en España, muy confusa, quizás debido, en parte, al disenso entre ciertos  sectores científicos que no parecen ponerse de acuerdo al respecto, quizás debido a la no  familiaridad de los juristas ni con el argot psicológico-psiquiátrico ni con los grandes avances  científicos y la innumerable cantidad de investigaciones que hasta la fecha de hoy se han venido  realizando al respecto desde diversas disciplinas. 
Centrándonos en la concreta legislación española, el tratamiento jurisprudencial, penológico  y penitenciario que ha venido recibiendo el constructo de psicopatía es poco más o menos que 
una mera disputa terminológica de opiniones y disquisiciones intelectuales fundamentadas en 
argumentos legalistas pero no empíricos, todo lo cual ha ido en detrimento del normal  procesamiento judicial de muchos psicópatas al considerar en éstos alguna especie de eximentes  y/o atenuantes que realmente no se aprecian desde el punto de vista psicológico y criminológico. 
A pesar de esto, el avance empírico en el estudio de la psicopatía es imparable. 
En la presente revisión se realiza, en primer lugar, un recorrido histórico sobre el concepto  de psicopatía desde las principales ciencias sociales (Sociología, Criminología y Derecho) y de la  salud mental (Psicología, Psiquiatría y Medicina). A continuación, exponemos la criminalidad  de los psicópatas, especificando los delitos más frecuentes en los que estos sujetos están  involucrados. Posteriormente, se realiza un análisis sobre la posición jurídico-penal que han  venido teniendo los psicópatas en nuestro sistema legal desde antaño hasta la actualidad. 
Finalmente, el estudio de algunas de las sentencias más relevantes de nuestro Tribunal Supremo  nos ayudará a obtener una visión más global de la situación controversial en torno a este  concepto. 

2. Las ciencias sociales y de la salud mental ante los psicópatas

En 1996, el doctor ROBERT D. HARE escribió un artículo de revisión titulado Psychopathy: 
A clinical construct whose time has come (Psicopatía: Un constructo clínico para los tiempos  que vienen) que fue publicado en la prestigiosa revista Criminal Justice and Behavior. Sin duda  alguna, este artículo de revisión puso magistralmente de manifiesto la situación actual en la que  se encontraba la psicopatía, tanto a nivel teórico como a nivel de investigación. Se trata de uno  de los artículos más citados de entre los innumerables trabajos que ha publicado HARE y el cual  ha servido de referencia para los diversos investigadores de todo el mundo, ya que incluso ha  servido de base para la elaboración de posteriores artículos de revisión y capítulos de libro. 
Recientemente, en otro espléndido artículo de revisión español que vuelve a rememorar el  del doctor HARE (1996a), se ha puesto de manifiesto una realidad psicosocial que es la que nos 
interesa traer aquí a colación: «la psicopatía es una de las entidades clínicas más controvertidas,  y ello se debe a diversos elementos de confusión que se sitúan en dos planos distintos: el  conceptual y el terminológico» (TORRUBIA y CUQUERELLA, 2008, p. 26). 

Las fuentes históricas que nos pueden traer a la memoria ejemplos de psicópatas pueden ser  tantas como especulativa sea la imaginación de cada historiador. Sin embargo, y a pesar de que  podemos encontrar incluso referencias bíblicas e históricas de algunos personajes que más o  menos emulan al psicópata (MOLTÓ y POY, 1997), lo cierto es que la psicopatía no comenzó a  tomar forma como un constructo clínico con entidad  propia hasta principios de 1940, fundamentalmente con la influyente obra del psiquiatra norteamericano HERVEY MILTON  CLECKLEY: The Mask of Sanity (La Máscara de la Cordura). 

jueves, 9 de agosto de 2012

LA HUELLA DEL MALTRATO Y LA VIOLENCIA INFANTIL. Cecilia Frías

Al igual que en todas las sociedades, en Bolivia se ha visto diferentes tipos de discriminación sobre lo más débiles, los niños. Hoy esta discriminación es entendida como maltrato infantil, trata de evitarse y penalizarse, gracias a la evolución del pensamiento de la sociedad vigente y de las normas jurídicas que en ella se implantaron.

LA VIOLENCIA INFANTIL: UNA REALIDAD OSCURA… 

El maltrato infantil debe solucionarse, a través de los intentos de superación de sus causas sociales reales, tales como el avasallamiento de la pobreza, del estado de guerra y de la impunidad. El concepto de maltrato infantil no se restringe sólo a la violencia física, sino que es mucho más amplio: “Hay modalidades de discriminación sutil, que están relacionadas con la sobreprotección y que no tienen relación con la violencia física o el amedrentamiento psicológico. La sobreprotección impide que los niños sean estimulados de acuerdo a sus capacidades y les imposibilita atender a sus propias necesidades. El maltrato tiene que ver también con acciones u omisiones que provocan un trastorno en su desarrollo, ya sea en lo físico, lo psicológico y/o lo social. La violencia y el maltrato infantil constituyen un fenómeno muy complejo, que involucra a toda la sociedad. La clave para prevenirlos es establecer propuestas o estrategias para reemplazar modalidades interactivas violentas, donde el diálogo sea el vehículo para resolver diferencias y problemas.

RESULTA INTERESANTE… 
Para comprender a un adulto que reacciona violentamente, hay que hacer un recorrido por su vida, que seguramente estará signada por una serie de episodios con privaciones importantes. “Si observamos qué sucede con un niño con carencias emocionales, veremos que inexorablemente influyen en los mecanismos de adaptación durante el proceso de socialización. El niño o adolescente que proviene de un medio que resulta nocivo para él, tendrá poca capacidad para responder a situaciones nuevas y tendrá dificultades en el aprendizaje, adolecerá de trastornos de conducta y en su capacidad empática y solidaria. El niño o adolescente se va a aislar o va a tener actitudes violentas. Si no se lo aborda de manera adecuada, se termina fabricando a un niño o adolescente violento y finalmente, a un adulto violento. Si bien es cierto que la violencia familiar existe en los niveles sociales medios y altos, la pobreza, la indigencia y el hacinamiento dan lugar a que se generen modelos violentos mucho más fácilmente.