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La violencia: simplemente un comportamiento o algo más complejo.
El
siglo XX se recordará como un siglo marcado por la violencia nos dice Nelson
Mandela en la presentación del documento “Violencia y salud en el siglo XX”
dirigido por la OMS (Krug, 2002). A continuación afirma que “las dimensiones de
la violencia ejercida en el siglo XX alcanzan desde la intimidad de la familia
a las relaciones internacionales” lo que hace de este fenómeno algo más que un
problema de naturaleza ética o jurídica y debemos contemplarlo con otra
mentalidad para que su tratamiento en el siglo XXI sea más exitoso. Uno de los
cambios más interesantes, especialmente en clave profesional para los
psicólogos, es el enfoque de la salud para la consideración de la violencia. El
cambio del planteamiento de la consideración jurídico/penal a la consideración
de la salud/bienestar implica un nuevo enfoque de la violencia, pasar de la
política del castigo/corrección al de la prevención/predicción. Ya en 1996 la
OMS consideró que la violencia, por su extensión y consecuencias en la salud y
el bienestar de las personas, debe entenderse como un problema de salud
pública. Según este planteamiento podemos afirmar que la violencia es:
“Previsible” y “Predecible”. El camino para la actuación
profesional está abierto.
Gro
Harlem Burtland (directora general OMS en 2002) afirma que la violencia está
presente en la vida de numerosas personas en todo el mundo y nos afecta a todos
en algún sentido y concluye que: “Cuando la violencia es persistente la salud
está siempre muy afectada”. En 1996, con motivo de la 49 Asamblea General de la
Organización Mundial de la Salud, reunida en Bruselas, se adoptó la
resolución WHA49.25 donde se afirmaba que
la violencia “es el mayor y más creciente problema de salud pública en el mundo
moderno”. En esta resolución se consideraba la importancia que han adquirido
los diferentes tipos de violencia, por sus consecuencias, en la salud publica
en todos los países, tanto desarrollados como no desarrollados. Además en
aquella resolución se recogía,
explícitamente, las recomendaciones de
la Conferencia Internacional sobre el Desarrollo y la Población (El Cairo,
1994) y de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Pekín, 1995) que
reclamaban una atención urgente sobre el tema de la violencia en aspectos
variados como la violencia de género, contra los niños, las minorías, etc...
Este
interés de la OMS por la violencia refleja la importancia que este fenómeno ha
adquirido en las sociedades modernas y converge con el tradicional interés que
la criminología y el derecho han tenido por el mismo. La violencia no es patrimonio exclusivo de
las sociedades en las que predomina el bienestar social y la libertad individual
ya que en la mayoría de sociedades humanas aparecen comportamientos violentos
de mayor o menor gravedad y duración. Pero es bien cierto que muchos pensadores
habían pronosticado una desaparición gradual de la violencia en la medida en
que las sociedades avanzan en la distribución más equitativa de los recursos y
el acceso mayoritario a un estado de bienestar y libertad individual. Una
paradoja de este hecho es, por ejemplo, la sociedad norteamericana que siendo como es una de las
mas avanzadas en cuanto a los derechos y libertades individuales, es a su
vez una de las más violentas a nivel
mundial.
La
violencia hoy ya no es solamente un problema moral o ético, que lo es, ni tan
siquiera penal o jurídico, si no que se está convirtiendo en un problema de
salud pública, en un elemento de consecuencias comparables a las epidemias de
naturaleza infecciosa o a los sucesos naturales devastadores. En este contexto
parece que las medidas de control de la
violencia, de castigo de los agresores, de reparación de las víctimas se han de
complementar con las de prevención, educación y como no de predicción. Muchos
de los términos que ya se emplean en los estudios de violencia provienen de
campos adyacentes cómo la epidemiología y
la salud pública. En este contexto situaremos el problema de la
predicción del comportamiento violento y el rol profesional que los psicólogos
deben tener en esta tarea.
Hay
numerosos términos que se consideran sinónimos de la violencia y que se
utilizan de forma habitual y en cierto modo confusa. Así por ejemplo hablamos
de agresión, fanatismo, delincuencia, daño, abuso, etc.... al referirnos a la
violencia y especialmente esta afirmación es cierta en el campo de la
psicología.
La
violencia no es una conducta, ni una emoción, ni una respuesta simple, ni tan
siquiera una forma de actuar, de pensar o de sentir. La violencia es más que
una conducta. Según la OMS la violencia consiste en el uso deliberado de la fuerza física o el
poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o
un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar
lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones
(Krug, 2002).
Contrasta
esta definición con la de Webster, Douglas, Eaves y Hart, 1997, autores del
HCR-20 (como veremos uno de los instrumentos más utilizados en la predicción de
la conducta violenta), la violencia es: “comportamiento que puede causar daño a
los demás, un comportamiento que puede generar miedo a otras personas”. El acto
violento no se define solamente por las consecuencias que genera sino que los
actos violentos lo son en sí mismos; así, disparar una pistola en el medio de
un numeroso grupo de personas, aunque no haya víctimas, es un acto violento.
Una
consecuencia que refleja la complejidad del fenómeno de la violencia es el
hecho de que no hay un único indicador que podamos utilizar como medida de la
violencia. De hecho los estudiosos y expertos del tema que quieren analizarlo
de forma cuantitativa utilizan índices tales como: número de detenciones, años
de condena, número y variedad de los delitos y agresiones, tipos de agresión,
etc... un efecto de esta situación es que los parámetros estadísticos de la
violencia son siempre imprecisos y discutidos.
Naturalmente
a los psicólogos nos interesa en primer lugar la conducta o comportamiento
violento pero también las llamadas actitudes violentas, las emociones
violentas, los trastornos mentales que se asocian a la violencia, las
consecuencias sobre las personas víctimas de la violencia, etc... Es decir no
nos interesan todos los aspectos del fenómeno de la violencia, sino aquellos
aspectos de ésta que implican a los individuos, también a grupos humanos, en
tanto que agentes del comportamiento violento o víctimas de la violencia.
