Introducción
En los últimos años estamos observando un incremento gradual en la investigación acerca de los trastornos del comportamiento en la infancia y la adolescencia. Tema controvertido cuando la infancia se presenta como una dulce etapa del desarrollo humano, donde la idealización somete a la razón y oculta la evidencia. El sujeto infantil emerge como un sujeto capaz de agredir. Esta afirmación hace que grupos de investigadores hayan decidido profundizar en las características del niño y adolescente que agreden, cómo se llega a tener este tipo de comportamientos agresivos y a profundizar en las diferentes formas y maneras de presentarse la agresión en estas etapas de la vida.
El niñ@ como agresor
En el año 1999 la Academia de Ciencias Médicas de Asturias organizó bajo mi dirección el primer curso socio-sanitario sobre «Violencia familiar», siendo de las primeras acreditaciones realizadas por la Comisión de Formación de Postgrado del Ministerio de Sanidad y Consumo con 3,5 créditos. En dicho curso el Fiscal Jefe de Menores de la Audiencia Provincial de Oviedo, el Sr. Valero, expuso con rigor los datos de su propia Memoria anual donde constaba, por primera vez de forma oficial, los malos tratos inflingidos por menores y que habían sido denunciados por sus figuras parentales. Eran pocos, apenas una veintena durante cinco años, pero aportaban una información inicial: solamente en un caso se refería a lo que denominamos como bullying, dos casos más por agresiones físicas a pares, otros dos casos por posibles abusos sexuales dirigidos a chicas de su entorno escolar, el resto era de violencia dirigida hacia las figuras parentales o tutores en forma de amenazas reiteradas, agresiones físicas, hurtos importantes.
En el informe del CGPJ sobre violencia familiar publicado en el mes de septiembre de 2003, la violencia de los chic@s hacia sus tutores representaba el 14% de los delitos de violencia familiar, ésta se realiza por menores de 18 años y la violencia se dirige de forma prioritaria a la figura materna en el 85,7% de los casos.
Aunque la forma de presentar la agresión los chic@s es diversa existen unas líneas básicas en la forma de presentación y los sujetos hacia los que va dirigida dicha agresividad que especificamos, a modo de resumen, en la tabla I.
1. Aproximación cuantitativa: Sensu strictum no existen datos epidemiológicos, más allá de los aportados como casos registrados en las dependencias judiciales, que han sido expresados con anterioridad. No obstante sí que existen datos que cualifican la agresividad y su expresión en la infancia y la adolescencia.
En un reciente estudio realizado por el Departamento de Antropología de la Universidad de Valencia, dirigido por la Profra. Pérez, se constata que los jóvenes que pasan más tiempo ante la pequeña pantalla tienen una mayor predisposición a presentar ellos mismos comportamientos violentos, así como en sus actitudes y creencias, pero de forma simultánea son chic@s que se sienten menos felices.
En ese estudio se constata que al menos uno de cada cinco chic@s les atraen las escenas violentas, definidas como «aparecen personas a las que se hace daño», el porcentaje se eleva
Tabla I El niñ@ como agresor
• 1. Hacia los pares:
– 1.1. Acoso o bullying
– 1.2. Abuso sexual
– 1.3. Actos criminales
• 2. Hacia las figuras parentales:
– 2.1. Amenazas e intimidación
– 2.2. Violencia física
– 2.3. Actos criminales
• 3. Hacia otras figuras de autoridad (profesores, profesionales de la salud):
– 3.1. Amenazas e intimidación
– 3.2. Violencia física
– 3.3. Actos criminales
hasta el 44,8% en la aceptación de la pelea entre rivales para conseguir un fin. Frente a estas imágenes violentas son las chicas (88,5%) y los menores de 11 años ( 84%) quienes muestran un mayor rechazo, pese a que no disfrutan con la violencia el 77% de esos 2000 chic@s entrevistados. Cuanto más ven la TV más les agrada la violencia, 28% de los que rondan las 2 horas de TV en días escolares, frente al 16% de los que la ven menos de una hora. También son los chic@s del primer grupo los que prefieren que los personajes de las series «no sean blandos» y «sepan imponerse a los demás», abogando por esta opción uno de cada dos chic@s, queriendo ser tan fuertes como los protagonistas o poseer sus mismas habilidades para pelear. En uno de cada cuatro les gustaría tener sus armas y en uno de cada tres «poseer la fortaleza de sus puños».
En oposición a estos datos los chic@s que ven menos TV valoran que los personajes muestren buenos sentimientos y que los protagonistas se preocupen por los demás. En otro trabajo encargado por el Consejo de RTVE el 38,7% de los chic@s que ven poco la TV les resulta «desagradable» las escenas violentas, mientras que desciende al 20% cuando son chic@s que ven más de 2 horas la TV.
Con estos datos no es de extrañar que, según la media de los trabajos descriptivos por encuesta a escolares tanto nacionales como internacionales, entre el 3-8% de los chic@s son objeto de abuso de poder por parte de sus compañeros de clase casi cada día, siendo el 2-15% el de los chic@s que admiten llevar a cabo este tipo de conductas hacia sus compañer@s. Si el abuso de poder es con una frecuencia menor o por temporadas, las cifras podrían elevarse, según estos mismos estudios, hasta casi el 30%.
2. Factores psicosociales favorecedores de comportamientos violentos en la infancia y la adolescencia: Se sabe que el comportamiento es una resultante final de factores genéticos, de factores del desarrollo individual, de factores familiares, de factores de aprendizaje y de factores sociales, también de la interacción entre los factores de vulnerabilidad y riesgo con la presencia y acción de los factores protectores. No obstante vamos a sistematizar en este apartado algunos elementos comprensivos desarrollados desde la perspectiva de la adquisición y consolidación de comportamientos y actitudes agresivas.
El clima de violencia social y educativa actual tiene un impacto mayor que en otras épocas posiblemente porque se extienda con más facilidad, entre otros factores por la incidencia de los medios de comunicación sobre el problema, tanto en la divulgación de actos violentos como en la generación de violencia. Otro factor estudiado es la presión de la sociedad de consumo, donde las necesidades económicas para la adquisición de bienes de consumo son crecientes, lo que estimula un incremento de la delegación cada vez mayor en la transmisión de valores educativos por parte de las figuras parentales en otras figuras sustitutas.
En este contexto es preciso señalar la extensión de la violencia por parte de la infancia y la adolescencia como un hecho constatable y que debe ser considerado. Pero también los límites y el proceso educativo, a distintos niveles, ha sufrido un movimiento pendular, pasando de forma brusca de métodos represivos y autoritarios a métodos permisivos y con límites poco precisos, cuando no contradictorios e inconsistentes.






