jueves, 9 de febrero de 2017

Estilos de apego en un grupo de jóvenes con rasgos antisociales y psicopáticos. José Carlos Celedón Rivero.María Elena Cogollo. Massiel Miranda Yánez.Universidad Cooperativa de Colombia.2016

RESUMEN 
El artículo de investigación(*) describe los estilos de apegos en un grupo de jóvenes con rasgos antisociales y psicopáticos. Los participantes fueron 100 jóvenes del Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescente de Montería, con edades comprendidas entre los 15 y 18 años (Media 16, 25, DT 2, 8). El diseño metodológico se basó en un enfoque cuantitativo tipo descriptivo. Los Instrumento de medición fueron el Psychopathy Checklist: Youth Versión. PCL: YV y la Escala de Apego Romántico y no Romántico. Los resultados coinciden, al igual que la base teórica revisada, en que la privación en el área afectiva desde la niñez puede ser un indicador influyente en el desarrollo de una personalidad psicopática o antisocial. 
Palabras clave: Estilo de apego, jóvenes, rasgos antisociales, rasgos psicopáticos y delincuencia. 

(*) Artículo derivado de la investigación: Estilos de apego en relación a un grupo de jóvenes con rasgos antisociales y psicopáticos en Montería (Córdoba), el cual fue financiado por COLCIENCIAS en la convocatoria 617 del 2013, semilleros de investigación.

ABSTRACT Attachment styles in a group of young people with antisocial and psychopathic traits The research paper describes the types of attachments in a group of young people with antisocial and psychopathic traits. The participants were 100 young Penal Responsibility System for Adolescents in Monteria, aged between 15 and 18 years (mean 16, 25, DT 2, 8). The study design was based on a descriptive quantitative approach. The measuring instrument were the Psychopathy Checklist: Youth Version. PCL: YV and scale Romantic and no romantic attachment. The results are consistent, as the theoretical basis revised where deprivation in the affective area since childhood may be an indicator influential in the development of a psychopathic or antisocial personality. 
Keywords: attachment style, young, antisocial traits, psychopathic traits and crime.

RESUMO
Estilos de anexo em um grupo de jovens com traços anti-sociais e psicópatas O trabalho de pesquisa descreve os tipos de anexos em um grupo de jovens com traços anti-sociais e psicopatas. 

Os participantes foram 100 jovens Sistema de Responsabilidade Penal para Adolescentes em Monteria, com idade entre 15 e 18 anos (média de 16, 25, DT 2, 8). O desenho do estudo foi baseado em uma abordagem quantitativa descritiva. O instrumento de medição foram o Psychopathy Checklist: Versão Juventude. PCL: YV e escala Romântico e nenhum apego romântico. Os resultados são consistentes, como a base teórica revista quando a privação na área afetiva desde a infância pode ser um indicador influente no desenvolvimento de uma personalidade psicopática ou anti-social. 
Palavras-chave: estilo do acessório e traços anti-sociais, traços jovens, psicopatas e crime.

1. Introducción 

La delincuencia juvenil es un fenómeno muy representativo desde el siglo pasado, uno de los problemas criminológicos que crece cada día más, es una de las acciones socialmente negativas que va a lo contrario fijado por la ley y las buenas costumbres creadas y aceptadas por la sociedad. La delincuencia juvenil es de ámbito mundial, se extiende desde los rincones más alejados de la ciudad industrializada hasta los suburbios de las grandes ciudades, desde las familias ricas o acomodadas hasta las más pobres, es un problema que se da en todas las capas sociales y en cualquier rincón de nuestra civilización (Quiñones, 2008). La delincuencia o conducta antisocial del adolescente puede presentarse como un desafío que la actual sociedad debe afrontar y contener con consistencia y perseverancia. 

El punto de partida para poder comprender la particularidad de las conductas antisociales y psicopáticas remite al origen del desarrollo emocional del sujeto con sus figuras significativas. Winnicott (1991) en el niño con conducta antisocial se aísla tanto de la familia y de la escuela, busca en la sociedad lo que en su familia y la escuela no consigue, el vínculo de seguridad; por tanto el desarrollo emocional en las primeras etapas de desarrollo en el niño delincuente esta mediatizada por el contacto social, que muchas veces esas relaciones sociales pueden incidir en la personalidad hasta lograr potencializar aún más la conducta delincuencial. Por lo tanto para Winnicott (1991) es necesario que los padres mantengan un control sobre los hijos y que la función de cuidador debe estar enmarcada en un ejercicio de autoridad, cariño y seguridad. 

En muchos jóvenes delincuentes al no tener vínculos con las características nombradas, se configura en el joven su propia normatividad, carencia de afectividad e inseguridades que pueden potencializar rasgos propios de una psicopatía o de personalidad antisocial. Por otra parte, algunos estudios han tratado de hacer una aproximación entre el estilo de apego y los rasgos antisociales y psicopáticos, (García, Arango, Correa, Pérez, Agudelo, Mejía, Casals, López, Patiño, y Palacio, 2008) han concluido que las características familiares, sociales y demográficas representan factores de riesgo para la psicopatía, lo que permite establecer un hallazgo en relación a las teorías del apego. 

De igual forma Sánchez (2010) estableció el posible nexo que puede existir entre el accionar del psicópata y la preexistencia de experiencias de apego sufridas por éste en su propia infancia, como factor coadyuvante de su conducta delictiva. A demás que los jóvenes con rasgos psicopáticos han desplegado un estilo de apego de tipo inseguro con sus primeras figuran significativas, por ende la separación ritual de los primeros vínculos con el objeto de amor conllevan a que tengan dificultades en las relaciones interpersonales y afectivos profundos. A sí mismo, (Sarmiento, Puhl, Izcurdia, Siderakis y Oteyza, 2010) analizaron y describieron la relación de las conductas transgresoras en adolescentes, en donde existen severas deficiencias en el vínculo de apego con estas conductas transgresoras. 

Por lo tanto, existen una correlación significativa entre la agresividad, el retraimiento y los estilos de apego evitativo y ansioso. Por el contrario (Astudillo, Gonzáles, Navarrete y Soto, 2012) encontraron una correlación indirecta entre el nivel de psicopatía y el apego, en donde más elevado sea el nivel de psicopatía menor percepción de sobreprotección de la figura materna. Diferente a lo hallado por Cabrera y Gallardo (2013) en donde encontraron una correlación positiva y significativa entre altos niveles de psicopatía y baja percepción de sobreprotección materna. 

Según Granado (2013) considera que muchos jóvenes en acogimiento residencial han padecido traumas crónicos durante su infancia y presentan altas probabilidades de haber desarrollado trastornos del apego. De igual forma opinan Amar y Berdugo (2006) cuando afirman que los niños víctimas de la violencia activa perciben mayor inaceptación por parte de sus cuidadores principales, hechos que se relaciona con una marcada búsqueda de reafirmación de su valía en otras figuras, sean estos sus amigos u otros adultos. 

En consonancia a lo anterior, Carreras (2008) menciona que la presencia de desamparo como predisponente de la agresión en los jóvenes delincuentes, es una expresión de necesidades primarias de dependencia, red social pequeña que no responde ante situaciones críticas y negación de esta precariedad. Como lo señala (Mirón, Luengo, Sobral y Otero, 1988) el apego del hijo hacia los padres y el conflicto familiar, aparecen para discriminar entre delincuentes y no delincuentes, asociándose un alto nivel de apego/bajo nivel de conflicto con no delincuencia, y un bajo nivel de apego/alto nivel de conflicto con delincuencia. En ese orden de idea (Partridge, Ewing y Chandler, 1987) consideraron que el rechazo generalmente de la madre, es un factor que incide en la inhibición del apego y surgen las dificultades afectivas en los jóvenes con rasgos psicopáticos. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

META-ANÁLISIS DE LA REINCIDENCIA CRIMINAL EN MENORES: ESTUDIO DE LA INVESTIGACIÓN ESPAÑOLA. ELENA ORTEGA CAMPOS y JUAN GARCÍA GARCÍA* Universidad de Almería (España) MARTHA FRÍAS ARMENTA Universidad de Sonora (México) 2014.

Resumen:

La legislación vigente en España ha supuesto un cambio en el perfil del menor que llega a los Juzgados de Menores. El propósito de este trabajo es analizar la reincidencia delictiva de menores infractores en España utilizando metodología meta-analítica, estimando la tasa de reincidencia delictiva de los menores infractores según los estudios publicados. La búsqueda bibliográfica ha permitido identificar un total de 27 trabajos que han posibilitado la estimación de 45 índices de tamaño del efecto independientes. Entre los resultados, cabe destacar que las variables relación con iguales disociales, violencia en el delito base, porcentaje de varones en el estudio, haber sufrido maltrato físico y consumo de tóxicos por familiares del menor están relacionadas con una tasa mayor de reincidencia. 
Palabras clave: adolescente, ilegal, felonía, transgresión, infracción.

Abstract:

The current legislation in Spain has changed the criminal profi le of youths in the Juvenile Justice System. Th is change is expected to aff ect the degree of delinquent recidivism. Th erefore, the aim of this study was to determine the recidivism rate of juvenile off enders according to published investigations, as well as to conduct a meta-analysis on recidivism in Spain. Th e literature review identifi ed a total of 27 studies that enabled the calculation of 45 eff ect sizes. Results showed that the variables´ relationship with antisocial peers, violence in base off ense, percentage of males in the study, physical abuse and substance abuse of families are related to recidivism. 
Keywords: adolescent, illegal, felony, transgression, infraction

La justicia juvenil española se rige por la Ley Orgánica de Responsabilidad Penal de Menores (lo 5/2000), entrada en vigor en el año 2001. Según esta ley, se exigirá responsabilidad penal a los menores que cometan algún hecho delictivo tipificado en el Código Penal Español si en el momento de la comisión tenían entre 14 y 18 años. Esta responsabilidad viene dada por la imposición de una serie de medidas que se pueden clasificar en dos grandes categorías: unas de medio abierto (libertad vigilada, prestación en beneficios a la comunidad, tratamiento ambulatorio, etc.) y otras de internamiento (abierto, cerrado, semiabierto y terapéutico), contemplándose también la mediación intra y extrajudicial. Desde el inicio de su puesta en marcha, esta ley ha provocado el interés de los investigadores por conocer el perfil del menor infractor en el ámbito de esta nueva legislación, así como el estudio de la reincidencia (Capdevila, Ferrer, y Luque, 2005; Fernández, Bartolomé, Rechea, y Megías, 2009; Rechea y Fernández, 2000). 

La importancia del fenómeno de la delincuencia juvenil, incluyendo la reincidencia, requiere disponer de datos cuantitativos actualizados y comparables que permitan conocer de un modo fiable el estado de la cuestión y la verdadera dimensión del problema (Diario Ofi cial de la Unión Europea, 2006), considerando la medida de la reincidencia delictiva un indicador global y sistémico de la efectividad del paso del menor por el sistema de justicia juvenil. 

Los primeros años de implantación de la lo 5/2000 no fueron prolíficos para la investigación, dado que en ese momento convivían en los recursos de justicia juvenil menores que eran juzgados por leyes diferentes. Una vez transcurridos los primeros años de la nueva ley, en los que los operadores jurídicos tuvieron tiempo de adaptarse a los cambios, comenzaron a realizarse estudios de investigación en justicia juvenil en España (Capdevila, Ferrer, Coloma, Mutilva, y Arronis, 2011; García, Ortega, y De la Fuente, 2010; García, Ortega y Zaldívar, 2010). La mayor consolidación en la realización de estudios sobre reincidencia delictiva de menores infractores ha tenido lugar en Cataluña, donde desde 2005 se realizan estudios anuales sobre la reincidencia de los menores que terminan una medida educativa (Capdevilla et al., 2005, 2011, 2012; Capdevila, Bramis, y Ferrer, 2009; Capdevila, Ferrer, Blanch, Cañamares, Arronis, y Castell, 2010; Capdevila, Marteache, y Ferrer, 2008; Corbalán y Moreno, 2011; Marteache, Capdevilla, y Ferrer, 2008). En menor medida, se han realizado estudios en el País Vasco (Ocáriz y San Juan, 2006; San Juan y Ocáriz, 2009, 2010), en Asturias (Bravo, Sierra, y Del Valle, 2009) y en Andalucía (García, Zaldívar, De la Fuente, Ortega, y Sáinz-Cantero, 2012). 

Entre los intereses de los investigadores está identificar las variables asociadas a la reincidencia de la conducta delictiva, identificando factores de riesgo y protección y sin perder de vista que la delincuencia puede ser el resultado de la interacción de estos factores (Dekovic y Prinzie, 2008; Prinzie, Hoeve, y Stams, 2008). Los factores de riesgo son aquellos factores que aumentan las probabilidades de ocurrencia del comportamiento delictivo, mientras que los factores de protección están asociados con una menor probabilidad (Van der Put, Van der Laan, Stams, Dekovic, y Hoeve, 2011). Por otro lado, los factores de riesgo y protección han sido definidos como estáticos o dinámicos, siendo considerados factores estáticos aquellos aspectos no modifi cables (e.g. la edad en el primer hecho delictivo cometido), mientras que los factores dinámicos se consideran modificables (e.g. iguales del menor) (Andrews y Bonta, 2010). Incluso, recientemente, algunos autores apuntan la existencia de una tercera categoría: los factores parcialmente modifi cables (Redondo, Martínez, y Andrés, 2011). 

Una manera de recopilar el conocimiento generado sobre la influencia de estos factores en la reincidencia juvenil son los estudios meta-analíticos realizados en los últimos años con el fi n de determinar qué variables o factores —y en qué medida— afectan a la reincidencia juvenil (Cottle, Lee, y Heilbrun, 2001; Garrido, Anyela, y Sánchez-Meca, 2006; Katsiyannis, Zhang, Barrett, y Flaska, 2004; Latimer, 2001; Lipsey y Wilson, 1998; Loeber y Dishion, 1983; Redondo, Sánchez-Meca, y Garrido, 2002; Simourd y Andrews, 1994). Estos meta-análisis han favorecido la recopilación y homogeneización de la información existente. Así, se ha puesto de manifiesto que variables como el ausentismo escolar (Loeber y Dishion, 1983), las difi cultades educativas (Simourd y Andrews, 1994), los problemas de conducta (Cottle et al., 2001; Loeber y Dishion, 1983; Simourd y Andrews, 1994), los antecedentes penales familiares (Loeber y Dishion, 1983), la relación con iguales disociales (Cottle et al., 2001; Simourd y Andrews, 1994), los problemas de relación padres-hijos (Simourd y Andrews, 1994), la edad en el primer delito (Cottle et al., 2001; Katsiyannis et al., 2004), la edad del primer contacto con la ley (Cottle et al., 2001), la patología no severa (Cottle et al., 2001), el uso efi caz del tiempo libre (Cottle et al., 2001) y los problemas familiares (Cottle et al., 2001) están relacionadas con la reincidencia. 

En España hay una escasa tradición investigadora que utilice metodología meta-analítica en el ámbito de la reincidencia delictiva en menores. Se han publicado sólo dos estudios preliminares a este trabajo de investigación (García, Ortega, y De la Fuente, 2010; Ortega, García, De la Fuente, y Zaldívar, 2012) los cuales han centrado su análisis en un conjunto de leyes diferentes, tomando como referencia estudios cuyas muestras procedían de franjas de edad variables. 

Dado que el número de publicaciones en España se ha incrementado en los últimos años, se considera necesaria la realización de un meta-análisis sobre la reincidencia delictiva en menores infractores bajo la premisa de la evaluación de una misma legislación que ha configurado el actual sistema de justicia juvenil español. 

El propósito de este trabajo es estimar la reincidencia delictiva de menores infractores en España utilizando la metodología meta-analítica. Debido a que no existe ninguna base de datos pública que aglutine la información de la reincidencia en justicia juvenil en España, es necesario acercarse a su conocimiento a partir del análisis conjunto de los informes y las investigaciones publicadas. Así, la tasa de reincidencia se convierte en un indicador sistémico del efecto que el sistema de justicia juvenil tiene sobre el menor infractor. Por lo que, en términos globales, una mayor reincidencia implicaría una menor efectividad del sistema y, por el contrario, una menor reincidencia implicaría una mayor efectividad del sistema de justicia juvenil. 

La hipótesis de partida del estudio indica que, en conjunto, habrá una tasa de reincidencia inferior a 50% y, por tanto, se espera un menor número de reincidentes que de no reincidentes, y de esta manera, cierta efectividad del sistema. No obstante, esa intervención no será suficiente para explicar la heterogeneidad asociada al efecto encontrado, por lo que habrá que formular una serie de variables moduladoras extraídas de los estudios analizados, que estarán asociadas a la variabilidad de los efectos encontrados. Estas variables se formularán tanto en el plano metodológico como sustantivo (factores de riesgo y protección). 

MÉTODO

 Búsqueda bibliográfica 

Los criterios utilizados para poder incluir los estudios en el meta-análisis son los siguientes: a) informar sobre menores infractores que hayan delinquido según la lo 5/2000 en España; b) informar sobre datos de menores infractores recogidos en los Juzgados de Menores de España y/o en las Delegaciones de Justicia de las Comunidades Autónomas y/o Provincias españolas; y c) informar del porcentaje o nú- mero de menores que han reincidido y/o que no han vuelto a reincidir. Entendiendo por reincidencia una nueva entrada del menor en el sistema de justicia juvenil, una vez que previamente ha sido juzgado en una causa anterior (delito base). 

miércoles, 11 de enero de 2017

Comportamiento perturbador en la adolescencia y su relación con el temperamento y los estilos de afrontamiento. Ferràn Viñas Poch, Mònica González Carrasco, Yolanda García Moren, María Claustre Jane Ballabriga y Ferràn Casas Aznar. Universidad de Girona .Universidad Autónoma de Barcelona

Partiendo de la clasificación del DSM-IV TR que aglutina, bajo la etiqueta de trastornos del comportamiento perturbador, el trastorno de conducta antisocial y el trastorno negativista desafiante, se ha realizado un estudio con dos objetivos: a) conocer las diferencias en la sintomatología del trastorno del comportamiento perturbador durante la adolescencia en función del género, la edad y la ubicación del centro escolar; y b) analizar las relaciones entre las variables temperamentales y de afrontamiento con las dimensiones psicopatológicas de conducta antisocial y negativista desafiante. Se ha administrado el YI-4, el EATQ-R y la ACS a una muestra de 1.240 adolescentes de edades comprendidas entre los 11 y 17 años. Los resultados obtenidos ponen de manifiesto que los chicos realizan un mayor número de conductas antisociales que las chicas, no observándose diferencias según la ubicación del centro escolar. En el caso de la sintomatología negativista desafiante, se observan diferencias según el grupo de edad, siendo a la edad de 13 a 14 años cuando se presenta una mayor sintomatología. Los datos indican una correlación positiva de ambas dimensiones psicopatológicas con surgencia y afrontamiento no productivo y negativa con control voluntario y afrontamiento productivo.
Disruptive behavior in adolescence and its relationship with temperament and coping styles. Employing the DSM-IV TR classifi cation, which classifi es both antisocial behavior disorder and oppositional defi ant disorder under the label of disruptive behavior disorder, a study was conducted with two aims: a) to determine the symptomatological differences of disruptive behavior disorder in adolescence depending on gender, age and school location, and b) to analyse the relationships between temperament, coping and the psychopathological dimensions of antisocial and oppositional defi ant behavior. The YI-4, EATQ-R and ACS were administered to a sample of 1,240 adolescents between 11 and 17 years of age. The results show that boys display a greater number of antisocial behaviors than girls. No differences in school location were observed. In the oppositional defi ant symptoms, there were differences according to age group, with 13 to 14 years being an age when there is a greater symptomatology. The data indicate a positive correlation with psychopathological dimensions of both surgency and non-productive coping and a negative correlation with effortful control and productive coping.

Bajo la denominación de “Trastorno por déficit de atención y del comportamiento perturbador”, el DSM-IV-TR (American Psychiatric Association, 2000) incluye el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad, el trastorno disocial y el Trastorno Negativista Desafiante, quedando estas dos últimas entidades nosológicas agrupadas bajo la etiqueta o denominación de trastornos del comportamiento perturbador. El trastorno del comportamiento perturbardor es uno de los trastornos juveniles más frecuentes en salud mental (Loeber, Burke, Lahey, Winters y Zera, 2000), siendo de gran interés su investigación por las graves alteraciones que causa en las familias, la escuela y la comunidad (Frick, Strauss, Lahey y Christ, 1993; Frick et al., 1993) y por el riesgo que existe, entre otros, de futura criminalidad, delincuencia y abuso de sustancias (Burke, Loeber y Birmaher, 2002). 

Esta investigación se centra en el estudio de los factores de riesgo funcionales para el desarrollo del comportamiento perturbador (Burke et al., 2002) y, más concretamente, del temperamento, junto con las estilos de afrontamiento, como correlatos de la sintomatología del trastorno del comportamiento perturbador, así como del género, la edad y la ubicación del centro escolar, como factores de riesgo sociodemográficos.
Existe un gran número de estudios que indican que los niños que presentan problemas de conducta tienen dificultades para regular sus emociones (Frick y Morris, 2004). Esta dificultad viene explicada, entre otros aspectos, por el temperamento y en concreto por la autorregulación, que ha sido definida por Rothbart y Bates (1998) como los procesos neuronales y conductuales que actúan para modular la reactividad emocional subyacente. De base constitucional, la autorregulación emerge a lo largo del desarrollo  temprano (Rothbart y Bates, 1998) y permite controlar las reacciones ante el estrés, mantener focalizada la atención e interpretar tanto los estados mentales propios como los de los otros (Fonagy y Target, 2002). 

Una de las principales formas de autorregulación es el control voluntario, que se defi ne como la efi ciencia de la atención ejecutiva e incluye la capacidad para inhibir una respuesta dominante y/o activar una respuesta subdominante para planificar o detectar errores (Rothbart y Bates, 2006), siendo a la vez un elemento central en el estudio de la psicología del desarrollo y la psicopatología (Rothbart y Rueda, 2005). Además de los sistemas relacionados con el control voluntario, la conducta social también puede venir regulada por la reactividad emocional, como el miedo o la frustración. Miedo y control voluntario estarían relacionados con la regulación de la conducta social (Rothbart, Ahadi y Evans, 2000) ya que, como se ha constatado, el miedo, como rasgo temperamental, predice la empatía, el sentimiento de culpabilidad y una menor conducta agresiva (Rothbart, 2007). Consecuentemente, se puede plantear que la vulnerabilidad a la conducta antisocial puede venir determinada por una combinación de altos niveles de frustración y bajos niveles de control voluntario (Muris y Ollendick, 2005) y miedo. 

Si bien diversos estudios se han centrado en documentar la relación entre temperamento y trastornos de conducta, pocos se han centrado en el análisis de los procesos a través de los cuales el temperamento puede incrementar el riesgo de desarrollar un trastorno de conducta (Frick y Morris, 2004). Es necesario, por tanto, profundizar más en el estudio de la relación entre temperamento y sintomatología del trastorno del comportamiento perturbador. En este sentido, contemplar la aportación de los estilos de afrontamiento en dicha relación puede ayudar a clarifi car dicho nexo. 

Como señalan Sorlie y Sexton (2001), la aproximación contemporánea más emergente en la investigación del afrontamiento se centra precisamente en el estudio del afrontamiento dentro de los modelos generales estructurales de los rasgos de personalidad, ya que la selección de una determinada respuesta de afrontamiento puede estar influenciada por dichos rasgos (Fickova, 2001) y el temperamento (Derryberry, Reed y Pilkenton-Taylor, 2003). Más concretamente, con relación al temperamento, el afrontamiento está relacionado tanto con la reactividad emocional como con la autorregulación (Compas, Connor-Smith, Saltzman, Thomsen y Wadsworth, 2001), y en lo que respecta a la patogénesis de los trastornos mentales, temperamento y afrontamiento pueden interactuar incrementando o disminuyendo el riesgo de desarrollar problemas de salud mental (De Boo y Spiering, 2010). 

Finalmente, otro punto a considerar es la influencia de los factores sociodemográficos en la presentación de los trastornos de conducta. Es conocida la mayor prevalencia en chicos, superando a las chicas tanto en frecuencia como en la severidad de los síntomas (Moffi tt, Caspi, Rutter y Silva, 2001). No obstante, en los últimos años se ha observado un incremento de las chicas que reciben tratamiento por problemas de conducta (Putallaz y Bierman, 2004; Moffi tt y Scott, 2008), siendo, junto con el posible efecto que pueda tener la zona de residencia y el grupo de edad, variables que requieren de mayor investigación. Con relación a la zona de residencia y la edad, algunos estudios señalan una mayor presencia de problemas de conducta en zonas urbanas en comparación con las rurales (Offord et al., 1987; Kroes et al., 2001) y un incremento de los trastornos de conducta durante la adolescencia (Moffi tt y Scott, 2008). 

Partiendo del modelo de Rothbart sobre el temperamento y de la relación existente entre temperamento y afrontamiento, se plantean dos objetivos pare este estudio: a) conocer las diferencias en la sintomatología del trastorno del comportamiento perturbador durante la adolescencia en función del género, la edad y la ubicación del centro escolar; y b) analizar las relaciones entre las variables temperamentales y de afrontamiento con las dimensiones psicopatológicas de conducta antisocial y negativista desafiante. 

jueves, 5 de enero de 2017

5 recomendaciones para tratar con el psicópata que todos tenemos cerca trabajamos o estamos en pareja con ellos.


El periodista Eric Barker, autor del libro Barking Up the Wrong Tree, señala en su columna para la revista Time que uno se puede encontrar con un psicópata más a menudo de lo que piensa. En su análisis para la prestigiosa revista, Barker dice que es común tropezarse con personas que no tienen conciencia o empatía por el otro.


Él los nombra como "psicópatas subclínicos". Es decir, "no son tan malos como para ir a la cárcel, pero bastantes malos para hacer tu vida horrible".
Se trata de personas que cumplen con los requisitos de la psicopatía, pero que no se involucran en conductas delictivas. Se caracterizan por la falta de sinceridad, incapacidad para establecer relaciones afectivas, ausencia de culpa, frialdad emocional y gran capacidad para manipular a los demás.

Los psicópatas ven el mundo con bastante claridad. Tal vez demasiada. Como explica Ronald Schouten, profesor de psiquiatría de la Facultad de Medicina de Harvard, no dejan que la conciencia o la empatía se entrometa en su camino, debido a que no poseen ninguno de los dos.

Para ellos, los demás son meros objetos, y actúan siempre en su propio beneficio, ya que son personas muy egoístas. Sus marcas de identidad son el engaño, la mentira y el desprecio por el otro.  Pero para lograr lo que quieren poseen un gran encanto superficial y un marcado egocentrismo.

Entonces, ¿cómo hacemos para que sean mejores personas con los otros? Al parecer, tratarlos con empatía no los hace más empáticos, señala Barker. Simplemente les enseña a fingir mejor. Ellos ven esta ayuda como "terminar la escuela".

Robert D. Hare, doctor en psicología e investigador de renombre en el campo de la psicología criminal y profesor emérito de la University of British Columbia, dice: "Estos individuos son tan egocéntricos, insensibles, y manipuladores como el psicópata criminal promedio; sin embargo, su inteligencia, los antecedentes familiares, las habilidades sociales y las circunstancias les permiten construir una fachada de normalidad y para conseguir lo que quieren con relativa impunidad".

¿Cómo consiguen lo que quieren?  Hare dice que uno puede encontrarse con un psicópata subclínico en la vida amorosa o en su lugar de trabajo. ¿Cómo se salen con la suya? Conocen las debilidades y las defensas de los que los rodean. Saben como arrastrar a otros para conseguir lo que quieren.

Si invaden tu vida personal lo hacen gracias a encantadores engaños. Ellos escuchan para pretender compartir cualidades. 
¿El objetivo? Soy como tú. No es muy diferente en la oficina. 
Llegan a conocer a todo el mundo y utilizan la empatía falsa para causar una buena primera impresión y rápidamente averiguar quién tiene el poder.

¿Cómo recomiendan tratar con ellos los expertos?

1) No juegues sus juegos
Si deseas tratar con ellos tiene que saber que nunca podrás jugar sus juegos. Son mejores en esto que de lo que tú eres. Lo han hecho antes.

La psicóloga de Harvard Martha Stout advierte podrías pensar que "estás siendo un héroe, pero en realidad está cayendo en una emboscada".

2) Aceptar que algunas personas son malas noticias
Es mejor creer que todas las personas tienen algo bueno. O que cada persona puede ser "arreglada". Mejor no intentarlo. No se los puede cambiar. Sí lo intenta, puede aprender cuáles son sus vulnerabilidades. Hacer frente a sus debilidades antes de que otros las exploten.

3) Preste atención a las acciones, no a las palabras
No hagas caso a las excusas, son todas mentiras. No hagas caso a lo que dicen que van a hacer. Sólo está muy atento a lo que hacen. Stout recomienda el uso de la "regla de tres" (contar hasta tres posibles "errores de buena fe"). Al cuarto, ya estamos hablando de un comportamiento manipulador.

4) Construir su reputación y las relaciones
Los psicópatas en el trabajo siempre están reclutando personas de confianza para cuando los rumores sobre su comportamiento sombrío comienza a circular. También van a aprovechar estas relaciones para difundir desinformación y mentiras sobre cualquiera que se interponga en su camino, o represente una amenaza.
Así que asegúrese de construir sus propios vínculos y mantener una reputación de un gran trabajador. De esta forma, cuando presente una queja, será oído.
En la vida personal, los amigos a menudo pueden ser de gran ayuda. Cuando varios confidentes advierten que él/ella no es bueno, es mejor escuchar.

5) Acuerdos
Los psicópatas de la vida cotidiana tiene personalidades agresivas. Ellos quieren ganar. Al negociar, intente proponer tantos escenarios como sea posible. Hacer esto es muy importante y requiere creatividad y una mentalidad particular. Es una herramienta de empoderamiento personal muy eficaz.
Lo más importante que hay que recordar es la necesidad de detener a este tipo de relaciones tóxicas en nuestra  vida … No renunciar a la relación con las personas sólo porque se topó con una muy mala.

jueves, 29 de diciembre de 2016

CONTEXTO FAMILIAR Y DESARROLLO PSICOLÓGICO DURANTE LA ADOLESCENCIA. Alfredo Oliva Delgado y Águeda Parra Jiménez. Universidad de Sevilla

1. Las relaciones familiares y sus cambios durante la adolescencia

Las primeras concepciones surgidas en torno al periodo de la adolescencia, tanto en el campo de la psicología como en la filosofía o la literatura, contribuyeron a dibujar una imagen dramática y negativa de esta etapa evolutiva, en la que los problemas emocionales y conductuales, y los conflictos familiares ocupaban un lugar preferente. Autores como Stanley Hall, Anna Freud o Eric Erikson apoyaron claramente la idea de que una adolescencia turbulenta y complicada era una característica normativa y deseable en el desarrollo humano, y se conviertieron en los principales defensores de la línea que suele denominarse Storm and Stress en recuerdo del movimiento literario del Romanticismo Alemán Sturm und Drung. La obra de Goethe “Las penas del joven Werther”, que puede considerarse la quintaesencia de esta corriente literaria, presenta la imagen de un adolescente atormentado y sufriente que termina poniendo fin a sus tristezas mediante el suicidio. Durante las últimas décadas, esta visión pesimista fue puesta en entredicho por diversos autores (Coleman, 1980; Eccles, Midgley, Wigfield, Buchanan, Reuman, Flanagan y Maciver,1993; Steinberg y Levine, 1997), que encontraron una menor incidencia de problemas emocionales y conductuales durante la adolescencia que lo apuntado por Hall o Freud. Sin embargo, a pesar del rechazo por parte de los investigadores, la concepción Storm and Stress ha seguido teniendo vigencia entre la población general, como lo muestran algunos trabajos centrados en el estudio de las ideas y esterotipos sobre la adolescencia (Buchanan y Holmbeck, 1998; Casco, 2003; Casco y Oliva, 2003).

En los últimos años ha venido acumulándose una cantidad importante de datos empíricos que también han cuestionado esa imagen tan optimista de la adolescencia. Como ha planteado Arnett (1999), la concepción del storm and stress precisa ser reformulada a partir de los conocimientos evolutivos actuales. Aunque no pueda mantenerse la imagen de dificultades generalizadas, sí hay suficiente evidencia acerca de una importante incidencia de problemas relacionados con tres áreas: los conflictos con los padres (Laursen, Coy y Collins, 1998; Steinberg y Morris, 2001), la inestabilidad emocional (Buchanan, Eccles y Becker, 1992; Larson y Richards, 1994), y las conductas de riesgo (Arnett, 1992). Por lo tanto, aunque no podemos afirmar que vuelva a tener vigencia la concepción del storm and stress, los resultados de la investigación distan mucho de ofrecer una imagen idílica de esta transición evolutiva. Como tendremos ocasión de exponer más adelante, las relaciones familiares van a experimentar algunos cambios importantes durante la adolescencia, con un aumento de los conflictos y discusiones entre padres e hijos que en muchos casos romperán la armonía que hasta ese momento había reinado en el hogar.

La familia, al igual que todos los sistemas abiertos, está sometida a procesos de cambio y estabilidad que pueden ser comprendidos mejor si se tienen en cuenta los principios de la Dinámica de Sistemas comentados en el capítulo 3. A lo largo de la infancia, los procesos bidireccionales que tienen lugar en el contexto familiar han ido determinando unas estructuras o estilos relacionales entre los miembros de la familia, que se habrán hecho cada vez más estables, sobre todo mediante los mecanismos de retroalimentación negativa. El sistema familiar, aunque contiene otros subsistemas, representa una unidad de análisis, y para comprender mejor la dinámica de las relaciones que se establecen en su interior habrá que analizar en primer lugar los cambios o procesos biológicos, emocionales y cognitivos que ocurren a nivel intrapersonal, tanto en el niño o la niña que llega a la adolescencia como en sus padres. A su vez, será necesario atender a aquellos procesos interpersonales (patrones de comunicación, distanciamiento emocional) que tienen lugar, ya que como ha señalado Lewis (1995; 1997), las estructuras afectivo-cognitivas del adolescente y de sus padres son subsistemas que interactúan y que se autoorganizan en interacciones diádicas. Por último, es inevitable considerar que tanto los procesos intrapersonales como los interpersonales tienen lugar en un determinado contexto socio-cultural que deber ser tenido en cuenta si queremos comprender los cambios o transformaciones en la relación entre los padres y el adolescente (Bronfrenbrenner, 1979; Granic, Dishion y Hollenstein, 2003).

Cambios en el adolescente: Sin duda el cambio más llamativo asociado a la pubertad tiene que ver con la maduración física y sexual, que afectará a la forma en que los adolescentes se ven a sí mismos y a cómo son vistos y tratados por los demás. El aumento en la producción de hormonas sexuales asociado a la pubertad va a tener una repercusión importante sobre las áreas emocional y conductual. Por una parte, vamos a encontrar una influencia de los cambios hormonales sobre el estado de ánimo y el humor del adolescente, aunque esta relación no es tan evidente como sugiere el estereotipo popular (Brooks-Gunn, Graber y Paikoff, 1994) y suele limitarse a la adolescencia temprana, que es cuando las fluctuaciones en los niveles hormonales parecen influir de forma más directa sobre la irritabilidad y agresión en los varones y sobre los estados depresivos en las chicas (Buchanan, Maccoby y  Dornbusch, 1992; Steinberg y Silk, 2002), lo que sin duda afectará a las relaciones que  establecen con sus padres. También está clara la relación entre el incremento en las hormonas sexuales y el surgimiento del deseo y la actividad sexual (McClintock y Herdt, 1996), lo que puede llevar a que los padres se empiecen a preocupar más por las salidas y las relaciones sociales de sus hijos, y modifiquen la forma de tratarlos. Es probable que aumenten las restricciones en un momento en que sus hijos buscan más libertad, lo que supondrá una mayor incidencia de disputas y conflictos familiares.  Merece la pena destacar que esta relación entre los cambios puberales y las relaciones familiares es bidireccional, ya que algunos estudios han revelado que la pubertad ocurre antes en chicas que tienen un contexto familiar menos cohesionado y más conflictivo, probablemente porque el estrés influye sobre las secreciones hormonales. También la presencia de un padre no biológico parece acelerar la menarquía como consecuencia de la exposición de la chica a las feromonas secretadas por un varón con quien no guarda relación biológica (Ellis y Garber, 2000; Ellis McFadyen-Ketchum, Dodge, Pettit y Bates, 1999; Graber, Brooks-Gunn y Warren, 1995).

lunes, 19 de diciembre de 2016

Ansiedad y depresión adolescente: un inquietante drama en ascenso. Revista Time

Los jóvenes de hoy -que transitan o transitaron su infancia, pubertad y adolescencia en los primeros años del milenio- tienen la reputación de ser "más frágiles", menos resistentes a ciertas emociones y de vivir más abrumados por la vida que sus padres. Sin embargo, numerosos especialistas señalaron que este panorama es el resultado de un momento emocional angustiante que muchos jóvenes atraviesan actualmente. 

La ansiedad y la depresión en niños y adolescentes han ido en aumento desde 2012, después de varios años de aparente estabilidad, como un fenómeno que afecta a toda una generación sin distinción de edad, género o clase social.

Se aíslan, se recluyen dentro de sus identidades ficticias en las redes sociales, o simplemente aparentan estar bien y, por dentro, sufren por la presión que sienten respecto a sus notas, su futuro, su aspecto físico o sus relaciones con una pareja, amigos y familia. En casos más extremos, algunos jóvenes incluso se autoinfligen heridas superficiales como una manifestación secreta y compulsiva del tormento que sufren.

La autolesión, que es para muchos adolescentes un escape momentáneo de la ansiedad contra la que luchan constantemente, es quizás el síntoma más inquietante de un problema psicológico más amplio: una "epidemia" de angustia y depresión que impacta y afecta directamente a la generación de los adolescentes de principios del siglo XXI.

Tan creciente y alarmante es la preocupación por esta realidad que la revista TIME dedicó su última portada al tema. Según indican en su artículo, sólo en Estados Unidos en 2015, alrededor de 3 millones de adolescentes entre 12 y 17 años tuvieron al menos un episodio depresivo grave en el último año, según el Departamento de Salud y Servicios Humanos nacional. 

Más de 2 millones reportaron experimentar una depresión que perjudica su vida diaria y alrededor del 30 por ciento de las niñas y el 20 por ciento de los niños tuvieron algún tipo de trastorno de ansiedad. Mientras que las niñas parecen más propensas a caer en este comportamiento, los niños no son inmunes: hasta el 30 y el 40 por ciento de los que alguna vez se autoflagelaron son varones.

Lo que preocupa a los expertos en primer lugar es que, de este número, sólo el 20 por ciento de los jóvenes con un trastorno de ansiedad diagnosticable reciben tratamiento y que, por otro lado, también es difícil cuantificar los comportamientos relacionados con la depresión y la ansiedad con actitudes suicidas y autolesiones, porque estos son especialmente secretos y muchas veces son difíciles de detectar para el propio círculo íntimo del joven. Por este motivo, el desafío para ellos es encontrar la manera de ayudarlos a través de la comprensión del contexto donde surge este drama.

Todos los estudios en este sentido destacan que quienes sufren de estos trastornos son la generación que creció luego del atentado a las Torres Gemelas, criados en una época de gran inseguridad económica, donde el terrorismo y los episodios violentos son moneda corriente y donde, en medio de un mundo en completo caos, fueron testigos de cómo la tecnología y los medios sociales transformaron la sociedad.

"Si el objetivo era crear un entorno realmente angustioso, lo hemos logrado", dijo Janis Whitlock, directora de un programa de investigación de la Universidad de Cornell sobre la autoflagelación y la recuperación. Si bien muchos adjudican este trastorno a los padres, los dilemas de crianza del nuevo tiempo y el estrés que produce en los jóvenes el sistema educativo actual, Whitlock señaló que no cree que esas sean las causas de esta epidemia. "Es que los jóvenes están dentro de un caldero de estímulos del que no pueden, no quieren o no saben cómo alejarse", señaló.

Todos los expertos parecen coincidir en que ser un adolescente hoy en día es tener un "trabajo a tiempo completo" que incluye el esfuerzo escolar, la gestión de una identidad social virtual en redes sociales (que podría ser especialmente estresante y angustiante) y preocuparse por su carrera, el cambio climático, el sexismo, el racismo y lo que sea que la sociedad les imponga. Es la generación que casi en su totalidad no puede escapar de sus problemas en absoluto.

Es difícil para muchos adultos comprender cuánto de la vida emocional de los adolescentes se vive dentro de las pequeñas pantallas de sus teléfonos. Sin embargo, un informe especial de la CNN en 2015 llevado a cabo con investigadores de la Universidad de California y la Universidad de Texas examinó el uso de redes sociales en más de 200 jóvenes de 13 años de edad y descubrió que "no hay una línea clara para los jóvenes que divida el mundo real y el mundo en línea". Esta hiperconectividad que ahora se extiende por todas partes los sobreexpone a los jóvenes y los sumerge en un mundo donde no saben cómo comportarse correctamente, donde la imagen que desean dar los limita y los presiona.

Otro de los componentes que juegan un rol fundamental en esta problemática, según los expertos, es el sistema educativo. La persecución de calificaciones específicas, la necesidad de "ser alguien" y hacer carrera transfirió la presión que antes ponían los padres sobre los hijos a una presión autoimpuesta por los adolescentes. "La competitividad y la falta de claridad acerca de adónde van las cosas económicamente han creado una sensación de estrés real en los jóvenes", señaló Víctor Schwartz, miembro de la Fundación Jed, una organización sin fines de lucro estadounidense que trabaja con colegios y universidades en programas y servicios de salud mental. Mientras tanto, la evidencia existente sugiere que la ansiedad provocada por las presiones de la escuela y la tecnología está afectando a los niños más pequeños y más jóvenes.

Muchos críticos de los métodos de crianza actuales señalaron que los niños de hoy están "sobre-supervisados" pero, sin embargo, los adolescentes pueden estar en la misma habitación que sus padres y estar también, gracias a sus teléfonos, sumergidos en un enredo emocional doloroso que expresan por las redes sociales. Sin que nadie lo note, los jóvenes pueden estar viendo la vida de otras personas en Instagram mientras desean en secreto ser algo que no son o pueden estar inmersos en una discusión sobre el suicidio con gente en la otra punta del planeta.

En el estudio de la cadena CNN, los investigadores descubrieron que incluso cuando los padres hacen todo lo posible para controlar el Instagram de sus hijos, Twitter y Facebook, lo más probable es que sean incapaces de reconocer los desaires sutiles y las exclusiones sociales que están causando dolor a sus niños.

La "adicción" al autoflagelo

Para algunos padres que descubren que su hijo estuvo severamente deprimido sin que ellos lo notaran o que llegó a lastimarse a sí mismo, el descubrimiento viene cargado de muchas culpas. El auto-flagelo no es universal entre los niños con depresión y ansiedad, pero sí parece ser el síntoma más visible de las dificultades de salud mental de esta generación.

Un estudio del Hospital de Niños de Seattle hizo un seguimiento a las personas que utilizan hashtags en Instagram para hablar de autolesión y descubrió un aumento espectacular de su uso en los últimos dos años. Los expertos recibieron 1,7 millones de resultados de búsqueda para "#selfharmmm" en 2014 y en 2015 el número fue de más de 2,4 millones.

El estudio académico de este comportamiento es incipiente, pero los investigadores están desarrollando una comprensión más profunda de cómo el dolor físico puede aliviar el dolor psicológico de algunas personas que lo practican. Ese conocimiento puede ayudar a los expertos a entender mejor por qué puede ser difícil para algunas personas dejar de autoflagelarse una vez que empiezan.

Muchos creen incluso que hay un componente cultural en esa práctica. A partir de finales de 1990, el cuerpo se convirtió en una especie de cartelera para la autoexpresión, por ejemplo con los tatuajes y los piercings.

Algunos de los tratamientos para las autolesiones son similares a los de la adicción, sobre todo en el enfoque en la identificación de los problemas psicológicos que están causando la ansiedad y la depresión en el primer lugar y luego la enseñanza de otras formas saludables de lidiar con ellos.

Fadi Haddad, un psiquiatra que trabaja en el servicio de urgencias de psiquiatría para adolescentes en el Hospital Bellevue en Nueva York, dice que el mejor consejo para los padres que se enteran de que sus hijos están deprimidos o se hacen daño a sí mismos, la mejor respuesta primero es validar sus sentimientos. "No se enoje, ni intente castigarlos. Dígale 'Siento mucho que tengas este dolor. Estoy acá para vos'".

Este reconocimiento directo de sus luchas quita cualquier prejuicio, lo cual es crítico ya que las cuestiones de salud mental están todavía muy estigmatizadas. Ningún adolescente quiere ser visto como defectuoso o vulnerable y, para los padres, la idea de que su hijo se debilite por la depresión o ansiedad puede sentirse como un fracaso de su parte.

jueves, 15 de diciembre de 2016

PREDICCIÓN Y PREVENCIÓN DE LA DELINCUENCIA JUVENIL SEGÚN LAS TEORÍAS DEL DESARROLLO SOCIAL (SOCIAL DEVELOPMENT THEORIES). Carlos Vásquez González*

RESUMEN 
Las teorías del desarrollo social mantienen que el comportamiento de los jóvenes se encuentra muy influenciado por los vínculos que desarrollan con los grupos sociales más importantes en sus vidas (familia, escuela, grupo de amigos y comunidad), dependiendo de estos vínculos su futuro comportamiento (prosocial o antisocial). Este modelo teórico pretende averiguar cómo los factores de riesgo y los factores protectores interactúan e influyen en las diferentes etapas del proceso evolutivo de los jóvenes, para alcanzar un desarrollo social o antisocial. Una pronta intervención que reduzca los factores de riesgo e incremente los factores protectores con los niños y su entorno reducirá no sólo comportamientos y conductas antisociales asociadas a la delincuencia, sino también la propia delincuencia juvenil.

CRIMINOLOGÍA - DELINCUENCIA JUVENIL - PREVENCIÓN

I. INTRODUCCIÓN 

En la infancia y adolescencia, resulta habitual que comportamientos antisociales e incluso delictivos se correspondan con una conducta normal del niño y adolescente, formando parte del proceso de crecimiento, aprendizaje y desarrollo social de los mismos. La mayor parte de esta delincuencia es de carácter leve, episódica y no suele dejar posteriores efectos negativos (Huizinga, Loeber, Thornberry y Cothern, 2000; Vázquez, 2003). Ahora bien, una minoría de esos niños y adolescentes, generalmente autores de delitos más graves y frecuentes, tienen más posibilidades de convertirse en delincuentes habituales que los que comienzan a edades más tardías (Farrington, 1997; Howell, 1997; Wasserman, Miller y Cothern, 2000; Loeber y Farrington, 2000; Burns, Howell et al., 2003). Tras observarse en varias investigaciones(1) que la mayoría de los delincuentes crónicos, de carrera o multirreincidentes empezaron su actividad criminal a edades tempranas (la infancia y adolescencia), se ha prestado una mayor atención a los déficits del desarrollo de la personalidad y a los vínculos sociales formados durante la infancia, como precursores de una posterior conducta antisocial y delictiva. 

Esta es a grandes rasgos la premisa de la que parten las teorías del desarrollo social (social development theories) para implantar estrategias preventivas de la delincuencia. Por otro lado, la falta de efectos positivos de las intervenciones preventivas realizadas con delincuentes adultos justifica los intentos de prevenir comportamientos delictivos llevados a cabo con niños, antes de que se conviertan en delincuentes, sobre todo si tenemos en cuenta que en esa etapa ofrecen una mayor facilidad para modificar sus comportamientos y unos efectos a más largo plazo que las intervenciones llevadas a cabo con adultos y jóvenes (Tremblay y Craig, 1995; Burns, Howell et al., 2003). 

II. MARCO TEÓRICO 

Este modelo de prevención se sustenta principalmente bajo las premisas de la denominada Development Criminology,(2) quizás el modelo teórico más apropiado para estudiar la delincuencia juvenil y la criminalidad adulta (Howell, 1997), ya que en primer lugar hace hincapié en el proceso de desarrollo social y psicológico en la infancia y adolescencia (según los postulados de la psicología evolutiva),(3) para explicar a continuación la evolución de la delincuencia juvenil hacia la criminalidad adulta. Según los partidarios de estas teorías, el comportamiento delictivo se genera, se nutre y se mantiene dentro de las relaciones sociales (Dishion, French y Patterson, 1995).(4) 

Lo que significa que el comportamiento de los jóvenes se encuentra muy influenciado por los vínculos que desarrollan con los grupos sociales más importantes en sus vidas (familia, amigos, escuela), siendo estos vínculos sumamente determinantes en su futuro comportamiento (Elliot, Huizinga y Agenton, 1985; Catalano y Hawkins, 1996; Eddy y Swanson, 1998; Bartollas, 2000). Al ser el eje central sobre el que giran estas teorías los vínculos creados durante la infancia, serán aquellas teorías que sitúan estos vínculos sociales como epicentro de las mismas (teorías del control social, o teorías del aprendizaje) las que hayan sustentado, en mayor o menor medida, estos programas de prevención de la delincuencia. Así, Tremblay y Craig (1995) mencionan dos propuestas teóricas que se adaptan a estos parámetros: la Teoría General del Crimen de Gottfredson y Hirschi (1990) y el modelo de acumulación de riesgos (cumulative risk model) de Yoshikawa (1994). La teoría general del crimen de Gottfredson y Hirschi propone el concepto de autocontrol (self-control),(5) que se adquiere durante la infancia, como el elemento más influyente sobre los comportamientos convencionales o antisociales. 

Por tanto, aumentando al autocontrol de los niños se evitarán futuros comportamientos delictivos (Gottfredson y Hirschi, 1990; Hirschi y Gottfredson, 1994). Por su parte, el modelo de acumulación de riesgos de Yoshikawa sugiere unas complejas interacciones entre tempranos factores de riesgo, entre posteriores des- órdenes y entre factores de riesgo y desórdenes (Tremblay y Craig, 1995, p. 161). En la actualidad, las teorías que más importancia han adquirido, al ser algunas de las que han alcanzado un mayor grado de desarrollo experimental (mediante estudios transversales y/o longitudinales), son las teorías elaboradas por Farrington, Loeber y Catalano y Hawkins. La teoría integradora propuesta por Farrington para explicar los resultados del Estudio de Cambridge viene motivada por encontrar una explicación comprensiva de la delincuencia –que distinga explícitamente entre el desarrollo de tendencias antisociales y el acontecimiento del acto antisocial (Farrington, 1997, p. 396)–, integrando los elementos de otras teorías: la teoría de la subcultura delincuente de Cohen (1955), la teoría de la oportunidad de Cloward y Ohlin (1960), la teoría del aprendizaje social de Trasler (1962), la teoría del control de Hirschi (1969) y la teoría de la asociación diferencial de Sutherland y Cressey (1974) (Farrington, Ohlin y Wilson, 1986, pp. 58-59; Farrington, 1992, p. 140).(6)

Para Farrington (1992), la delincuencia se produce mediante un proceso de interacción (dividido en cinco etapas) entre el individuo y el ambiente,(7) llegando a la conclusión, tras contrastar su teoría con los resultados obtenidos por el London Longitudinal Project, que los jóvenes pertenecientes a familias de clase baja tendrán una mayor propensión a la delincuencia, ante su imposibilidad de alcanzar legalmente sus metas y objetivos. 

Los niños maltratados tendrán más probabilidades de delinquir al no haber adquirido controles internos sobre comportamientos desaprobados socialmente, y los niños con amigos y/o familia delincuente tenderán a desarrollar y a justificar actitudes antisociales (Farrington, Ohlin y Wilson, 1986; Farrington, 1992). Según las edades en que tienen lugar los diferentes hechos, la falta de recursos económicos, un bajo coeficiente intelectual y una crianza de poca calidad serán los factores de mayor riesgo para el comienzo de la delincuencia. Padres y hermanos antisociales, y amigos delincuentes, tendrán una gran influencia en la continuidad de esas actividades delictivas (Farrington, 1992, 1997). Dos importantes conclusiones se pueden extraer del modelo teórico de Farrington. 

En primer lugar, ha demostrado fehacientemente la continuidad en la delincuencia y los comportamientos criminales, identificando y verificando, en segundo lugar, algunos de los factores predictores de la delincuencia a diferentes edades. El modelo de múltiples trayectorias (Multiple Pathways Model) de Loeber, pese a señalar específicamente un bajo control de los impulsos como el mayor determinante de un comportamiento criminal, identifica, a su vez, tres tipos diferentes de comportamientos criminales, a los que se llegará según hayan sido los problemas sufridos durante la niñez. Para este autor, The Pittsburgh Youth Study muestra en primer lugar que el desarrollo del comportamiento conflictivo y delincuencial de los niños generalmente sigue un mismo orden progresivo, en el que comportamientos poco problemá- ticos preceden a comportamientos problemáticos más serios o graves (Kelley, Loeber et al., 1997). 

La secuencia aproximada de las diferentes manifestaciones de disruptive and antisocial behaviors en la infancia y la adolescencia seguiría el siguiente orden (Loeber, 1990): después de cumplir el primer año, se empiezan a notar los primeros problemas, generalmente asociados a un temperamento infantil difícil. Problemas de conducta observables como agresiones no se reconocen normalmente hasta la edad de 2 años o más, cuando la movilidad y fuerza física aumentan. 

lunes, 12 de diciembre de 2016

GENES ANTISOCIALES Y EXENCIÓN O ATENUACIÓN DE LA RESPONSABILIDAD CRIMINAL ANTISOCIAL. Martínez T. Doctora en Biología Molecular y Bioquímica.Universidad de València. España. 2015

Resumen: en los últimos años son numerosos e intensos los debates que se han mantenido a nivel internacional, tanto desde un punto de vista moral como jurídico, en relación a la idea de que la incapacidad de controlar la agresividad impulsiva puede estar parcialmente influenciada por el perfil genético de un determinado individuo. Así, son numerosas las sentencias en el marco internacional, que han permitido mitigar la pena de los acusados, constituyéndose éstas como hechos altamente relevantes en el sistema penal y colocando a la genética comportamental en el centro de una fuerte polémica dadas las implicaciones y las consecuencias que puede tener tanto en los sistemas judiciales como en la sociedad desde un punto de vista ético. Con estas sentencias como punto de partida, esta revisión trata de recoger y exponer todos aquellos genes que podrían asimilarse a este tipo de sentencias y se debate qué enfoque podría recibir por parte del sistema judicial español. Palabras clave: genes, agresividad, responsabilidad criminal, COMT, 5-HTTLPR, MAOA, Genética comportamental, leyes, Código penal español.

Abstract: in recent years numerous and intense discussions have been held internationally, both from a moral and a legal point of view, regarding the idea that the inability to control impulsive behavior and aggressiveness may be partly influenced by the genetic pattern of a particular individual. Thus, numerous judgments of several international Courts of justice, have mitigated the punishment of the defendant, constituting them as highly significant events in the penal system and placing behavioral genetics at the center of a severe controversy, given the implications and consequences which can have both in judicial systems and in society from an ethical point of view. On the basis of these court rulings, this review aims to collect and expose all the genes that could be assimilated to such verdicts, as well as a discussion of the different approaches that could be tackled from the Spanish judicial system in relation to this issue. Key words:. Genes, Aggressiveness, criminal responsibility,COMT, 5-HTTLPR, MAOA, Behavioral genetics, Law, Spanish penal code 

1. INTRODUCCIÓN. 

Los actos criminales, y más concretamente los crímenes pasionales o reacciones instintivas a determinadas provocaciones, cometidas con crueldad y de forma deliberada son normalmente producidas como consecuencia de casos de violencia impulsiva más que como consecuencia de acciones meditadas (Lewis and Fremouw, 2001). En los últimos años, la idea de que la incapacidad de controlar la agresividad impulsiva puede estar parcialmente influenciada por el perfil genético de un determinado individuo ha ganado más fuerza y ha presentado no pocos debates desde el punto de vista de la ética y desde el punto de vista jurídico. 

Así, existen ya algunos casos en los que se ha planteado la exención de la responsabilidad criminal en base a estos estudios en los que la genética comportamental ha tenido su papel. En este trabajo trataré de exponer esta problemática, tanto desde un punto de vista científico como desde un punto de vista jurídico, analizado en impacto que puede tener la genética comportamental respecto a la ley criminal, así como se podría interpretar el código penal español (Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal) en casos de esta naturaleza. Basadas en actuales evidencias científicas, se ha aceptado firmemente que tanto el perfil biológico de un individuo como su perfil psicológico, juegan un papel determinante en la etología del comportamiento antisocial y en consecuencia en el comportamiento criminal ( Rhee and Waldman, 2002). 

Así son numerosos los investigadores los que han relacionado la agresión con la criminalidad (Meyer-Linderberg, 2006), y más aún, han determinado que su heredabilidad es elevada, estimando que aproximadamente en una comunidad determinada, el 10% de las familias pueden ser responsables de más del 50% de las ofensas criminales (Barnes, Beaver and Boutwell, 2011; Ferguson 2011; Rhee and Waldman, 2011). Más aún, diferencias individuales en comportamientos antisociales son explicados tanto por factores genéticos como ambientales, estimando que los factores genéticos contribuyen en un 50% a la variabilidad, de forma particular en comportamientos antisociales persistentes (Burt, 2009;Ferguson et al, 2011; Moffit 2005; Tvblad et al, 2011). 

Estos resultados llevan a determinar que los factores genéticos tienen una influencia notable en el comportamiento antisocial, lo que implica que existe una predisposición o propensión genética de ciertos individuos en este tipo de comportamiento. La hipótesis de que existe una relación directa entre el comportamiento y la genética ha sido determinada por diversos estudios en gemelos y hermanos adoptados (Rhee and Wandman, 2011) y ha sido apoyado por numerosos datos generados a partir de recientes estudios científicos. 

Son varios los genes que han sido investigados en asociación con el comportamiento antisocial, especialmente son genes implicados en los circuitos neuronales serotoninérgicos y dopaminérgicos implicados en los procesos neuronales de neurotransmisión (Ferguson and Beaver, 2009) (Caspi et al, 2002)(Conner et al, 2010) (Cicchetti et al, 2012) (Guo et al, 2007), por esta razón la mayor parte de los estudios científicos han sido dirigidos a examinar una serie de genes candidatos asociados con la degradación de determinados neurotransmisores, fundamentalmente relacionados con la dopamina (DAT1, DRD2, DRD4) (Barnes and Jacob, 2013) y la serotonina, como es su transportador de SLC6A4 (5-HTTLPR), que regula los niveles de serotonina en la brecha sináptica (Ficks and Waldman, 2014) o bien relacionado con enzimas responsables de su degradación como la COMT, enzima metabolizadora de catecolaminas, cuyo alelo Met del polimorfismo Val158Met, intensifica dependientemente de dosis la reactividad y la conectividad del hipocampo y el córtex prefrontal ventrolateral durante la visualización de caras me muestras emociones negativas (Drabant et al, 2006) y la MAOA, que participa en el metabolismo de las aminas biógenas, como la dopamina, la noradrenalina y la serotonina (Shih et al, 1999). 

Distintas variantes genéticas han sido relacionadas con el comportamiento antisocial y se ha observado que impactan directamente en los procesos de activación cerebral y conectividad, lo que probablemente predispone a un proceso emocional inflexible. A continuación haremos una descripción detallada de cada uno de estos genes así como de las variantes genéticas que están asociadas a comportamientos antisociales, violentos o amorales.

1. Genes relacionados con el comportamiento antisocial.

a. Variantes alélicas del receptor de dopamina DRD4 implicadas en el comportamiento antisocial. 
DRD4 codifica el subtipo D4 del receptor de dopamina que es un receptor acoplado a proteína G, que inhibe la adenilato ciclasa, y la producción de ATP desde su interacción con la dopamina cuya expresión es abundante en glándula pituitaria, tálamo, amígdala e hipotálamo (Matsumoto et al, 1995). Este gen es diana de múltiples fármacos para el tratamiento de enfermedades como la esquizofrenia (Pai et al, 2015) y le parkinson (Cormier et al, 2013). Mutaciones en este gen se han asociado con diversos fenotipos comportamentales entre los que se incluyen disfunciones del sistema nervioso autónomo, trastorno bipolar (Seifuddin et al, 2012), desordenes de déficit de atención e hiperactividad (Ercan et al, 2015), trastornos de personalidad así como personalidades buscadoras de novedad, sensaciones y riesgo (Thanos et al, 2015)(Matthews and Butler, 2011). El gen DRD4 se localiza en el cromosoma 11 y contiene un número polimórfico de entre 1-11 copias de 48 nucleótidos repetidos (VNTR) en tándem en el exón 3 (Lichter et al, 1993). Dentro de esta región polimórfica, las repeticiones 1-5r, son comúnmente conocidas como grupo de regiones cortas (DRD4-s), y son más comunes, mientras que las repeticiones 6-8r son conocidas como grupo de regiones largas o DRD4-l. 

Los alelos más frecuentes son el 4r y 7 r (Lichter et al, 1993). El alelo DRD4-7r ha sido asociado con altas puntuaciones en estudios de búsqueda de novedad en grupos de adultos sanos así como al consumo de alcohol y tabaco en adolescentes tomados de una muestra de población de riesgo (Skowronek et al, 2006), y especialmente en presencia de eventos vitales adversos y baja calidad parental ha sido asociados con graves problemas de conducta (Propper et al, 2007)(Bakermans-Kranenburg and Ijzendoorn, 2006). 

Más aún, se ha observado que procesos de estrés prenatal maternal predispone a un comportamiento antisocial a aquellos niños que presentan el alelos DRD4-7r (Zohsel et al, 2013) y que ese mismo alelo está asociado con una baja capacidad de control frente a respuestas dominantes en el contexto de un comportamiento antisocial y control parental negativo (Smith et al, 2012), en consecuencia hombres adolescentes portadores del alelo DRD4-7r mostraban niveles significativos de delincuencia, carácter explosivo, así como de búsqueda de emociones (Dmitrieva et al, 2011). Aunque menores, existen también evidencias que relacionan el alelo DRD4-2r con la predisposición a la ira (Kang et al, 2008) y el DRD4-3r con comportamientos impulsivos ilegales (Oades et al, 2008).

b. Variantes alélicas de SLC6A4 (5HTTLPR) implicadas en el comportamiento antisocial. 
La serotonina o 5-Hidroxitriptamina (5-HT) es una monoamina neurotransmisora que se ha visto presenta un papel fundamental en los procesos de agresión. Así bajos niveles del 5-hidroxiindolacetico (5-HIAA) en el líquido cerebroespinal, un metabolito terminal de la serotonina, correlaciona directamente con comportamientos agresivos y suicidios en hombres jóvenes con trastornos de personalidad y comportamientos desviados antisociales (Tuinier et al, 1995)(Birger et al, 2003). 

Los efectos biológicos de la serotonina están mediados por la familia de receptores de la serotonina entre los que encontramos los receptores 5-HTR1A y 5-HTR1B (Pavlov et al, 2012), pero también por el transportador de serotonina SLC6A4, que modula los niveles sus niveles en la brecha sináptica (Blakely et al, 1994)(Uhl et al, 1994). Así su disponibilidad se ve significativamente reducida en el córtex cingulado de individuos que muestran agresividad impulsiva (Frankle et al, 2005). El polimorfismo 5HTTLPR situado en el promotor de SLC6A4, presenta distintas longitudes de una secuencia repetida conteniendo elementos repetidos de 20-23 pares de bases (Nakamura et al, 2000). 

Dicho polimorfismo ha sido asociado con diversos desórdenes psiquiátricos, tratamientos farmacológicos, así como a ciertos comportamientos (Kraft et al, 2005)(Caspi et al, 2003)(Frankle et al, 2005). Los alelos más frecuentes son los largos (L) de 16 repeticiones y los cortos (S) de 16 repeticiones, por su lado los alelos menos frecuentes son los de 15-18 repeticiones y los de 20-22 repeticiones (Nakamura et al, 2000). Ha sido descrito cómo el consumo tanto basal como inducido de la serotonina en líneas celulares linfoblásticas y plaquetas de individuos homocigóticos para el alelo L, era dos veces superior a los de aquellos individuos portadores del alelo S (Lech et al, 1996). 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Desarrollo infantil y adolescente: trastornos mentales más frecuentes en función de la edad y el género. Esperanza Navarro-Pardo, Juan Carlos Meléndez Moral, Alicia Sales Galán y Mª Dolores Sancerni Beitia. Universidad de Valencia

A pesar del incremento en las tasas de incidencia y prevalencia de los trastornos en la infancia y adolescencia, son pocos los trabajos con muestras amplias y representativas de niños y adolescentes con síntomas psicopatológicos. El presente trabajo analiza 588 sujetos derivados por los pediatras de Atención Primaria a una unidad especializada de Salud Mental de Infancia y Adolescencia. Como resultados se observan relaciones signifi cativas entre edad y diagnóstico, de modo que de 0-5 años la mayor incidencia se da en trastornos de conducta, comunicación, eliminación, control de impulsos y trastornos generalizados del desarrollo; entre 6-11 aparecen también los trastornos de conducta seguidos del trastorno por défi cit de atención e hiperactividad (TDAH); entre 12-15 años, trastornos de conducta y de ansiedad; y de 16 hasta 18 años, trastornos de conducta. Respecto al género, existe relación signifi cativa con el diagnóstico, con mayor incidencia en los chicos de los trastornos de la conducta, y de ansiedad en las chicas. Como conclusiones, se indica la existencia de relación entre trastornos y adquisiciones evolutivas en el grupo de menor edad, y mayor incidencia de trastornos externalizantes en chicos e internalizantes en chicas en todos los grupos de edad.

Child and adolescent development: Common mental disorders according to age and gender. Despite the increase in the incidence and prevalence rates of children and adolescents’ mental disorders, there are few works performed with large and representative samples of children and adolescents with psychopathological symptoms. The present work analyses 588 participants referred by fi rst care pediatricians to a specialized unit for children and adolescents’ mental health. As a result of the study, a statistically signifi cant relation was found between age and diagnosis: a larger incidence of behavioral disorders, communication disorders, elimination disorders, pervasive developmental disorders, impulsecontrol disorders from 0 to 5 years; behavioral disorders and attention defi cit hyperactivity disorder (ADHD) were more common from 6 to 11 years, behavioral and anxiety disorders were more likely at 12 to 15 years; and, lastly, behavioral disorders were more prevalent from 16 to 18 years. With respect to gender, there was a signifi cant relationship with diagnosis: boys had more behavioral disorders, whereas girl had more anxiety disorders. To conclude, a relationship between mental disorders and developmental achievements could be indicated in the younger group. Additionally, externalizing disorders in boys and internalizing ones n girls were more prevalent across all ages.

El aumento progresivamente más marcado de los trastornos psicológicos en la infancia, así como su incidencia creciente, ha llevado a una mayor preocupación por parte de los profesionales de la salud y a profundizar en el estudio de este grupo de población (Aláez, Martí- nez-Arias y Rodríguez-Sutil, 2000; Ten y Pedreira, 1988). Además, al ser un período en el que existe mayor plasticidad y se dan más cambios evolutivos, resulta relevante su detección precoz, diagnóstico y tratamiento para mejorar el pronóstico (Caraveo-Anduaga, Colmenares-Bermúdez y Martínez-Vélez, 2002; Jiménez Pascual, 2002). 
El desarrollo psicológico infantil y adolescente sigue una pauta marcada principalmente por las infl uencias normativas relacionadas con la edad (Baltes, 1998); conociendo la edad se pueden hacer predicciones sobre sus procesos de desarrollo. Esta pauta evolutiva está infl uenciada principalmente por determinantes biológicos y ambientales que mantienen una alta correlación con la edad cronológica, y es la etapa en la que se producen más cambios en menos tiempo (Rodríguez-Hernández et al., 2007). Conocer estos patrones normativos es importante para detectar alteraciones, realizar el diagnóstico diferencial y determinar si se trata de alguna entidad patológica o son adaptaciones evolutivas a acontecimientos vitales estresantes. 
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2001), la prevalencia de trastornos psicológicos en la infancia oscila entre el 10 y el 20%, existiendo importante variabilidad en las cifras encontradas en diversos estudios (Alday et al., 2005; Pedreira y Sardinero, 1996), variando entre el 7 y el 30,2%. Valero y Ruiz (2003) señalan que, del total de la muestra, un 8,5% presentaba trastornos de inicio en la infancia y la adolescencia, y el diagnóstico más frecuente era el trastorno del comportamiento y de las emociones (F90-98 de la CIE-10), con una incidencia del 66,1%. Se observó una mayor proporción de chicos, siendo signifi cativas las diferencias, aspecto que corrobora Valencia-García y Andrade-Palos (2005), en el que la mayoría de las problemáticas presentadas en los niños se podrían circunscribir a los problemas de conducta. 

En otro estudio (Aláez et al., 2000), siguiendo la clasifi cación de la Décima Revisión de la Clasifi cación Internacional de Enfermedades (CIE-10) (OMS, 1993), se observa que son los trastornos de conducta los diagnosticados con más frecuencia (un 23%), seguidos de los depresivos (14,6%), los de ansiedad (13,3%), los específi cos del desarrollo (12,7%) y los de eliminación (9,7%). Respecto a los trastornos depresivos y de ansiedad, si tomamos en conjunto las dos categorías, dada su alta comorbilidad, existe en torno a un 28% de sujetos con ambos diagnósticos. 
Se encuentra una correlación alta entre el tipo de trastorno y la edad, a mayor edad, menos trastornos de conducta y eliminación (Baeyens, Roeyers, Walle y Hoebeke, 2005) y más trastornos del estado de ánimo y de alimentación (Aláez et al., 2000). Respecto al género, según López-Soler, Castro Sáez, Alcántara López, Fernández y López Pina (2009) existen, en varones de 6 a 12 años, porcentajes más elevados de indicadores psicopatológicos externalizantes que en niñas. Del mismo modo, el trabajo transcultural de Crijnen, Achenbach y Verhulst (1997) mostró que los niños obtienen puntuaciones más altas en alteraciones externalizantes y más bajas en internalizantes. 

La incidencia de trastornos en población infantil es poco conocida por la inexistencia de instrumentos estandarizados que posean signifi cación pronóstica (Pedreira, 2000), por la existencia de distintos enfoques teóricos que llevan a diferentes diagnósticos o tratamientos y por el manejo de varias clasifi caciones criteriales taxonómicas. Además, habría que sumar la complicada tarea de evaluar, diagnosticar y tratar a este grupo poblacional que, por su menor desarrollo y madurez general y, específi camente, del lenguaje, se ve en muchos casos difi cultada. Dada la importancia de los trastornos en la infancia y adolescencia por su gran impacto y repercusión en el rendimiento académico (Terán, Vázquez y Pérez, 1995), es importante conocer su incidencia.

Por tanto, como objetivo del presente trabajo, se plantea describir la incidencia de diferentes trastornos psicopatológicos en la infancia y adolescencia en una muestra de pacientes derivados desde pediatría de Atención Primaria y atendidos en una unidad especializada de Salud Mental de Infancia y Adolescencia (USMIA), y su relación con la edad y el género, partiendo de la hipótesis de que los trastornos de conducta se darán en mayor medida en los varones y en las primeras etapas, mientras que los trastornos internalizantes serán más frecuentes en las mujeres y en etapas más avanzadas. Además, se prevé que los trastornos de conducta sean los más frecuentes en la infancia y adolescencia, concretamente el trastorno por défi cit de atención e hiperactividad.
 Dado que la mayoría de los estudios en el ámbito sanitario utilizan la CIE-10 para la evaluación y diagnóstico de los pacientes pero resulta un instrumento menos específi co en cuanto a salud mental, en el presente trabajo se analizan los datos como plantea el DSM-IV-TR (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), puesto que encontramos una clasifi cación diagnóstica criterial con una sección específica para los trastornos de la infancia, niñez o adolescencia. 

Método 

Participantes 

Se trata de un diseño ex post facto retrospectivo en el que todos los sujetos eran pacientes de la Unidad de Salud Mental de Infancia y Adolescencia. La muestra cuenta con 588 sujetos atendidos entre 2005 y 2009. El criterio de inclusión fue el establecimiento por parte de la USMIA de presencia de algún trastorno psicopatológico; un 20,1% de los pacientes fueron clasifi cados como “sin diagnóstico psiquiátrico”. Por lo que se refi ere al 79,9% de los sujetos con diagnóstico, un 61,6% eran varones y un 38,4% mujeres. Respecto a la edad, los participantes oscilaban entre 1 y 18 años, siendo la media de 13,06 y la desviación típica de 3,9 (12,53±4,17 hombres y 13,79±3,9 mujeres). La edad se dividió en cuatro grupos ajustados a las etapas escolares, quedando distribuidos de 0-5 años, 18 sujetos (3,8%) con un 72,2% de varones, de 6-11 años, 138 sujetos (29,4%) con un 70,8% de varones, de 12-15 años, 178 sujetos (37,9%) con un 57,6% de varones y de 16-18 años, 136 sujetos (28,9%) con un 56% de varones. Todos los padres o tutores legales cumplimentaron el consentimiento. 

Procedimiento 

Los participantes fueron derivados por los pediatras de Atención Primaria de las localidades del Departamento 10 de la Consellería de Sanitat de la Comunitat Valenciana a la Unidad de Salud Mental de Infancia y Adolescencia de referencia, en Catarroja (Valencia), y evaluados por la psicóloga especialista en Psicología Clínica. 
Los casos de especial complejidad diagnóstica eran evaluados en sesiones clínicas conjuntas realizadas por el equipo multidisciplinar del área. Para el diagnóstico se consideró, además de la información proporcionada por cuestionarios e inventarios, la obtenida del paciente durante la entrevista y la proporcionada por familia y escuela. En caso de discrepancia en la información, se establecía un diagnóstico provisional. Posteriormente se recababa mayor información hasta establecer el diagnóstico defi nitivo, a partir del cual eran incluidos en este trabajo.  Se ha tenido en cuenta exclusivamente el diagnóstico principal del Eje I del DSM-IV. 

Instrumentos 

Se evaluó a los sujetos mediante entrevista clínica en la USMIA, tanto al paciente como a sus familiares o cuidadores, y a partir de los síntomas observados se aplicaron instrumentos de evaluación estandarizados, cumplimentándose de este modo la historia clínica. 
Con ello, y en función de los criterios diagnósticos del DSMIV, se establecía el diagnóstico clínico.
– Historia clínica elaborada por la propia USMIA, donde se recopilan datos biográfi cos, escolares, psicosociales y familiares, como el estilo y modo de vida, embarazo, parto y desarrollo (desarrollo psicomotor, desarrollo del lenguaje, control de esfínteres, alimentación, sueño, historia sexual, sociabilidad…), personalidad (rasgos, afi ciones, preferencias…), historia médica (antecedentes personales y familiares, historia neurológica, intervenciones previas…), motivo de consulta y descripción del cuadro clínico, evolución del paciente y tratamiento.
– Pruebas generales en primeras visitas. Los más utilizados fueron el Cuestionario de Análisis Clínico (CAQ), Cuestionario de Personalidad para Niños (CPQ) y Cuestionario de Personalidad para Adolescentes (HSPQ), así como el Cuestionario de Autoestima (AF-5). 
– Pruebas específicas en función de síntomas observados. Para los trastornos generalizados del desarrollo, el Cuestionario de Comunicación Social (SCQ); para el TDAH, la escala abreviada SNAP-IV y la Escala para la evaluación del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (EDAH); para trastornos de conducta el CBCL (Child Behavior Checklist); el Inventario de trastornos de la conducta alimentaria (EDI-2) para los de alimentación; para trastornos del estado de ánimo el Cuestionario de Depresión Infantil (CDI); si aparecían síntomas de ansiedad, el Cuestionario de Ansiedad Infantil (CAS), y diversos registros en función de la edad para los demás trastornos. Los datos relacionados con trastornos del aprendizaje, comunicación y retraso mental venían derivados de los centros escolares y servicios psicopedagógicos, no existiendo homogeneidad en el tipo de prueba empleada.