Mostrando entradas con la etiqueta Adolescencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adolescencia. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de abril de 2019

PSICOLOGÍA DEL DESARROLLO EN LA ADOLESCENCIA. JOHN W. SANTROCK . Universidad de Texas en Dallas.

John W. Santrock se doctoró por la Universidad de Minnesota en 1973. Impartió clases en la Universidad de Charleston y en la Universidad de Georgia antes de unirse al Departamento de Psicología de la Universidad de Texas en Dallas. Ha sido miembro del consejo de redacción de las revistas Developmental Psychology y Child Development. Sus investigaciones sobre la custodia se citan y utilizan profusamente en los testimonios de testigos expertos para favorecer la flexibilidad y formas alternativas de enfocar las disputas sobre la custodia de los hijos. John también es autor de los siguientes textos publicados por McGrawHill: Child Development, 9.- edición; Life-Span Development, 8.a edición; y en español, Psicología de la Educación (2001), Infancia. Psicología del Desarrollo (2003).

Introducción
Hace algunos años se me ocurrió la idea de que, cuando yo era un adolescente, en los primeros años de la depresión, ¡no había adolescentes! Los adolescentes han entrado a hurtadillas en nuestras vidas y parece como si siempre hubieran estado ahí. Pero la adolescencia aún no se había inventado y todavía no existía esa clase especial de seres humanos, que en cierto sentido están a medio camino — no son niños ni tampoco, desde luego, adultos. 
P. MUSGROVE Escritor norteamericano, siglo X X .

LA JUVENTUD DE JEFFREY DAHMER Y ALICE WALKER

Jeffrey Dahmer tuvo una infancia y una adolescencia muy agitadas. Sus padres reñían constantemente hasta que se divorciaron. Su madre tenía problemas emocionales y lo pagaba con el hermano menor de Jeffrey. Jefrey sentía que su padre lo desatendía, y un niño abusó sexualmente de él cuando tenia 8 años. 
Pero la inmensa mayoría de las personas que tienen una infancia y una adolescencia muy duras nunca llegan a cometer los crímenes espeluznantes que cometió Dahmer entre los años setenta y noventa. Dahmer asesinó a su primera víctima en 1978 con una barra de pesas y después mató a 16 personas más. 
Una década antes de que Dahmer cometiera su primer asesinato, Alice Walker, quien posteriormente ganaría el Premio Pulitzer por su libro «El color púrpura», pasaba sus días luchando contra el racismo en Mississippi. Walker, la octava hija de una familia de aparceros de Georgia, conocía los brutales efectos de la pobreza. A pesar de lo mucho que tenía en su contra, se acabó convirtiendo en una novelista galardonada. 
Walker escribe sobre la gente que, en sus palabras, «lo consigue, se labra un destino a partir de la nada. Las personas que triunfan». ¿Qué es lo que lleva a un adolescente, tan prometedor, a cometer actos de violencia brutales y a otro a transformar la pobreza y los traumas en creatividad literaria? ¿Cómo podemos explicar que un adolescente sea capaz de recoger los pedazos de una vida destrozada por la tragedia, como la muerte de un ser querido, mientras que otro parece trastornarse ante los menores contratiempos de la vida? ¿Por qué algunos adolescentes son verdaderos torbellinos —tienen éxito en el instituto, muchos amigos y rebosan energía— mientras que otros se quedan al margen, como meros espectadores de la vida? Si se ha preguntado alguna vez qué es lo que mueve a los adolescentes, se ha formulado la principal pregunta que analizaremos en este libro.

PERSPECTIVA HISTÓRICA 
¿Cómo han sido los adolescentes a lo largo de la historia? ¿Cuándo se inició el estudio científico de la adolescencia? 

Antigüedad 
En la Antigua Grecia, tanto Platón como Aristóteles hicieron comentarios sobre la naturaleza de la juventud. Según Platón (siglo IV a. C), el razonamiento no es una característica propia de los niños, sino que aparece durante la adolescencia. Platón pensaba que los niños deberían invertir su tiempo en el deporte y la música, mientras que los adolescentes deberían estudiar ciencias y matemá­ ticas. Aristóteles (siglo IV a. C.) argumentó que el aspecto más importante de la adolescencia es la capacidad de elección y que esta autodeterminación se convierte en un sello distintivo de la madurez. 
El énfasis de Aristóteles en el desarrollo de la autodeterminación no difiere demasiado de algunos enfoques contemporáneos que consideran la independencia, la identidad y la elección de una profesión como los temas clave de la adolescencia. Aristóteles también señaló el egocentrismo de los adolescentes, comentando que éstos se creen que lo saben todo y además están bastante convencidos de ello.

En la Edad Media los niños y los adolescentes se consideraban adultos en miniatura y eran tratados con una disciplina férrea. En el siglo XVIII, el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau ofreció una visión más esperanzadora de la adolescencia, restableciendo la creencia de que ser un niño o un adolescente no es lo mismo que ser un adulto. 
Al igual que Platón, Rousseau creía que el razonamiento se desarrolla durante la adolescencia. Afirmó que en la educación de los niños de 12 a 15 años se debe fomentar sobre todo la curiosidad. Rousseau creía que entre los 15 y los 20 años se madura emocionalmente y el egoísmo es substituido por el interés por los demás. 
Por lo tanto, Rousseau contribuyó a restablecer la creencia de que el desarrollo tiene fases claramente delimitadas. Pero las ideas de Rousseau eran especulativas. Hasta principios del siglo XX no se empezó a estudiar científicamente la adolescencia.

El siglo xx 
Las postrimerías del siglo XIX y los primeros años del siglo XX fueron un importante período para la construcción del concepto que ahora denominamos adolescencia. Los cambios subsiguientes que experimentaron los adolescentes a medida que avanzaba el siglo XX también repercutieron considerablemente sobre sus vidas.

El cambio de siglo 
Entre 1890 y 1920, diversos psicólogos, reformadores urbanos, educadores, trabajadores y orientadores juveniles empezaron a dar forma al concepto de adolescencia. En aquel entonces, los jóvenes, sobre todo los de sexo masculino, ya no se veían como causantes de problemas, sino como seres cada vez más pasivos y vulnerables —cualidades que previamente sólo se habían asociado a las adolescentes de sexo femenino. La publicación en 1904 del libro de G. Stanley Hall sobre la adolescencia, comentado en el próximo apartado, desempeñó un gran papel en la reestructuración de las ideas sobre los adolescentes. Hall dijo que aunque algunos adolescentes aparentan pasividad están experimentando una gran confusión en su interior. Los educadores, orientadores y psicólogos empezaron a desarrollar normas de conducta para los adolescentes. La idea de «la tempestad y el estrés» de Hall influyó considerablemente sobre estas normas. Consecuentemente, los adultos intentaron imponer la conformidad y la pasividad en los adolescentes entre los años 1900 y 1920. Entre los ejemplos de este énfasis en la conformidad, se incluyen la potenciación del espíritu escolar, la lealtad y el culto al héroe en los equipos deportivos. 

G. Stanley Hall 
Los historiadores consideran a G. Stanley Hall (1844­ 1924) como el padre del estudio científico de la adolescencia. Las ideas de Hall se publicaron por primera vez en dos volúmenes titulados Adolescence en 1904. Hall estaba muy influido por Charles Darwin, el famoso teórico de la evolución. Hall aplicó las dimensiones científicas y biológicas de la teoría de Darwin al estudio del desarrollo adolescente.
Hall creía que el desarrollo está controlado por factores fisiológicos genéticamente determinados y que el ambiente desempeña un papel mínimo en el desarrollo, sobre todo durante los primeros años de vida. Sin embargo, admitió que el ambiente permite explicar más cambios en el desarrollo durante la adolescencia que en períodos evolutivos previos. Así que, por lo menos en lo que se refiere a la adolescencia, Hall creía — como pensamos en la actualidad— que la herencia interactúa con las influencias ambientales para determinar el desarrollo del individuo. Según Hall, la adolescencia es el período comprendido entre los 13 y los 23 años de edad y se caracteriza por la tempestad y el estrés.

El enfoque de la tempestad y el estrés es la idea de Hall de que la adolescencia es una etapa turbulenta dominada por los conflictos y los cambios anímicos. Hall tomó prestada la expresión de tempestad y estrés de las descripciones de «strum und drang» de los autores alemanes, como Goethe y Schiller, que escribieron novelas que rebosaban idealismo, compromiso con las metas, pasión, sentimiento y revolución. Hall consideraba que había un gran paralelismo entre los temas tratados por los autores alemanes y el desarrollo psicoló­ gico de los adolescentes. 

Según Hall, las ideas, sentimientos y acciones de los adolescentes oscilan entre la vanidad y la humildad, el bien y la tentación, la alegría y la tristeza. Un adolescente puede ser desagradable con un compañero de clase en un momento dado y amable inmediatamente después. En un momento dado, un adolescente puede querer estar solo y, al cabo de pocos segundos, buscar compañía. Hall fue un genio en el campo de la adolescencia. Fue el primero en empezar a teorizar, sistematizar y cuestionar más allá de la mera especulación filosófica. De hecho, a Hall le debemos el inicio del estudio científico del desarrollo adolescente.

El enfoque socio cultural de Margaret Mead 
La antropóloga Margaret Mead (1928) estudió a los adolescentes de la isla de Samoa, situada en el Pacífico Sur. Esta autora concluyó que la naturaleza básica de la adolescencia no era biológica, como había apuntado Hall, sino más bien sociocultural. Además argumentó que cuando la cultura permite hacer una transición suave y gradual entre la infancia y la etapa adulta, que es el modo en que se enfoca la adolescencia en Samoa, este período se asocia a escasas turbulencias. 

Mead concluyó que las culturas que permiten que los adolescentes presencien las relaciones sexuales y cómo nacen los bebés, vean la muerte como algo natural, realicen tareas importantes, participen en juegos sexuales y sepan claramente en qué consistirán sus roles como adultos fomentan una adolescencia relativamente exenta de estrés. 
Sin embargo, en culturas como las occidentales, donde se establece una separación tajante entre niños y adultos y la adolescencia no se asocia a las experiencias que acabamos de mencionar, hay muchas más probabilidades de que esta etapa se viva de forma tormentosa. 

Más de medio siglo después de su publicación, los trabajos de Margaret Mead fueron criticados como sesgados y plagados de errores (Freeman, 1983). Las críticas actuales también afirman que en Samoa la adolescencia es más estresante de lo que señaló Mead y que la delincuencia aparece entre los adolescentes de Samoa igual que entre los adolescentes occidentales. 
En la actual controversia sobre los hallazgos de Mead, algunos investigadores han defendido el trabajo de esta autora (Holmes, 1987). 

La construcción social de la adolescencia 
A pesar de que la adolescencia tiene una base biológica, como creía G. Stanley Hall, también tiene una base sociohistórica, como afirmaba Margaret Mead. De hecho, las condiciones sociohistóricas contribuyeron a la emergencia del concepto de adolescencia. En la cita que abre este capítulo, P. Musgrove comenta que los adolescentes han entrado a hurtadillas en nuestras vidas. En un momento no demasiado alejado de la historia, la adolescencia todavía no se había inventado. 

La construcción social de la adolescencia postula que es una creación sociohistórica. En este enfoque desempeñaron un papel fundamental las circunstancias sociohistóricas que convergieron a principios del siglo XX, un momento en el que se promulgaron leyes que aseguraban la dependencia de los jóvenes, relegándolos a una esfera económica más manejable. 

Comentamos muchas de esas circunstancias sociohistóricas en nuestro repaso general de los antecedentes históricos de la adolescencia. Esas circunstancias incluyen la reducción del régimen de aprendices; el incremento de la mecanización durante la Revolución Industrial, que a su vez requirió mano de obra más cualificada y una división especializada del trabajo; la separación entre el trabajo y la vida familiar; los escritos de G. Stanley Hall; la aparición de grupos juveniles, como los YMCA y los Boy Scouts; y los centros de enseñanza segregados por grupos de edad. Los centros educativos, el trabajo y la economía son dimensiones importantes de la construcción social de la adolescencia (Eider, 1975; Fasick, 1994; Lapsley, Enright y Serlin, 1985).

Algunos expertos en adolescencia sostienen que la construcción del concepto de adolescencia fue un efecto colateral del intento de crear un sistema obligatorio de educación pública. Según este punto de vista, la función de la enseñanza secundaria es transmitir habilidades intelectuales a los jóvenes.
Sin embargo, otros expertos defienden que el principal objetivo de los centros de enseñanza secundaria es ubicar a la juventud dentro de la esfera económica y actuar a modo de trampolín para que se incorporen a la estructura de autoridad de la cultura (Lapsley, Enright y Serlin, 1985). Según este enfoque, las sociedades occidentales «concedieron» el estatus de adolescentes a los jóvenes promulgando leyes de protección al menor. Al dictar este tipo de leyes, la estructura de poder de los adultos colocó a los jóvenes en una posición de sumisión que restringía sus opiniones y fomentaba su dependencia, relegándolos a una esfera económica más manejable. 

jueves, 29 de diciembre de 2016

CONTEXTO FAMILIAR Y DESARROLLO PSICOLÓGICO DURANTE LA ADOLESCENCIA. Alfredo Oliva Delgado y Águeda Parra Jiménez. Universidad de Sevilla

1. Las relaciones familiares y sus cambios durante la adolescencia

Las primeras concepciones surgidas en torno al periodo de la adolescencia, tanto en el campo de la psicología como en la filosofía o la literatura, contribuyeron a dibujar una imagen dramática y negativa de esta etapa evolutiva, en la que los problemas emocionales y conductuales, y los conflictos familiares ocupaban un lugar preferente. Autores como Stanley Hall, Anna Freud o Eric Erikson apoyaron claramente la idea de que una adolescencia turbulenta y complicada era una característica normativa y deseable en el desarrollo humano, y se conviertieron en los principales defensores de la línea que suele denominarse Storm and Stress en recuerdo del movimiento literario del Romanticismo Alemán Sturm und Drung. La obra de Goethe “Las penas del joven Werther”, que puede considerarse la quintaesencia de esta corriente literaria, presenta la imagen de un adolescente atormentado y sufriente que termina poniendo fin a sus tristezas mediante el suicidio. Durante las últimas décadas, esta visión pesimista fue puesta en entredicho por diversos autores (Coleman, 1980; Eccles, Midgley, Wigfield, Buchanan, Reuman, Flanagan y Maciver,1993; Steinberg y Levine, 1997), que encontraron una menor incidencia de problemas emocionales y conductuales durante la adolescencia que lo apuntado por Hall o Freud. Sin embargo, a pesar del rechazo por parte de los investigadores, la concepción Storm and Stress ha seguido teniendo vigencia entre la población general, como lo muestran algunos trabajos centrados en el estudio de las ideas y esterotipos sobre la adolescencia (Buchanan y Holmbeck, 1998; Casco, 2003; Casco y Oliva, 2003).

En los últimos años ha venido acumulándose una cantidad importante de datos empíricos que también han cuestionado esa imagen tan optimista de la adolescencia. Como ha planteado Arnett (1999), la concepción del storm and stress precisa ser reformulada a partir de los conocimientos evolutivos actuales. Aunque no pueda mantenerse la imagen de dificultades generalizadas, sí hay suficiente evidencia acerca de una importante incidencia de problemas relacionados con tres áreas: los conflictos con los padres (Laursen, Coy y Collins, 1998; Steinberg y Morris, 2001), la inestabilidad emocional (Buchanan, Eccles y Becker, 1992; Larson y Richards, 1994), y las conductas de riesgo (Arnett, 1992). Por lo tanto, aunque no podemos afirmar que vuelva a tener vigencia la concepción del storm and stress, los resultados de la investigación distan mucho de ofrecer una imagen idílica de esta transición evolutiva. Como tendremos ocasión de exponer más adelante, las relaciones familiares van a experimentar algunos cambios importantes durante la adolescencia, con un aumento de los conflictos y discusiones entre padres e hijos que en muchos casos romperán la armonía que hasta ese momento había reinado en el hogar.

La familia, al igual que todos los sistemas abiertos, está sometida a procesos de cambio y estabilidad que pueden ser comprendidos mejor si se tienen en cuenta los principios de la Dinámica de Sistemas comentados en el capítulo 3. A lo largo de la infancia, los procesos bidireccionales que tienen lugar en el contexto familiar han ido determinando unas estructuras o estilos relacionales entre los miembros de la familia, que se habrán hecho cada vez más estables, sobre todo mediante los mecanismos de retroalimentación negativa. El sistema familiar, aunque contiene otros subsistemas, representa una unidad de análisis, y para comprender mejor la dinámica de las relaciones que se establecen en su interior habrá que analizar en primer lugar los cambios o procesos biológicos, emocionales y cognitivos que ocurren a nivel intrapersonal, tanto en el niño o la niña que llega a la adolescencia como en sus padres. A su vez, será necesario atender a aquellos procesos interpersonales (patrones de comunicación, distanciamiento emocional) que tienen lugar, ya que como ha señalado Lewis (1995; 1997), las estructuras afectivo-cognitivas del adolescente y de sus padres son subsistemas que interactúan y que se autoorganizan en interacciones diádicas. Por último, es inevitable considerar que tanto los procesos intrapersonales como los interpersonales tienen lugar en un determinado contexto socio-cultural que deber ser tenido en cuenta si queremos comprender los cambios o transformaciones en la relación entre los padres y el adolescente (Bronfrenbrenner, 1979; Granic, Dishion y Hollenstein, 2003).

Cambios en el adolescente: Sin duda el cambio más llamativo asociado a la pubertad tiene que ver con la maduración física y sexual, que afectará a la forma en que los adolescentes se ven a sí mismos y a cómo son vistos y tratados por los demás. El aumento en la producción de hormonas sexuales asociado a la pubertad va a tener una repercusión importante sobre las áreas emocional y conductual. Por una parte, vamos a encontrar una influencia de los cambios hormonales sobre el estado de ánimo y el humor del adolescente, aunque esta relación no es tan evidente como sugiere el estereotipo popular (Brooks-Gunn, Graber y Paikoff, 1994) y suele limitarse a la adolescencia temprana, que es cuando las fluctuaciones en los niveles hormonales parecen influir de forma más directa sobre la irritabilidad y agresión en los varones y sobre los estados depresivos en las chicas (Buchanan, Maccoby y  Dornbusch, 1992; Steinberg y Silk, 2002), lo que sin duda afectará a las relaciones que  establecen con sus padres. También está clara la relación entre el incremento en las hormonas sexuales y el surgimiento del deseo y la actividad sexual (McClintock y Herdt, 1996), lo que puede llevar a que los padres se empiecen a preocupar más por las salidas y las relaciones sociales de sus hijos, y modifiquen la forma de tratarlos. Es probable que aumenten las restricciones en un momento en que sus hijos buscan más libertad, lo que supondrá una mayor incidencia de disputas y conflictos familiares.  Merece la pena destacar que esta relación entre los cambios puberales y las relaciones familiares es bidireccional, ya que algunos estudios han revelado que la pubertad ocurre antes en chicas que tienen un contexto familiar menos cohesionado y más conflictivo, probablemente porque el estrés influye sobre las secreciones hormonales. También la presencia de un padre no biológico parece acelerar la menarquía como consecuencia de la exposición de la chica a las feromonas secretadas por un varón con quien no guarda relación biológica (Ellis y Garber, 2000; Ellis McFadyen-Ketchum, Dodge, Pettit y Bates, 1999; Graber, Brooks-Gunn y Warren, 1995).