ADOLESCENCIA Y CRISIS.
Revisando la bibliografía psicoanalítica sobre la adolescencia y, a pesar de todas las diferencias, cierta idea se repite: es una etapa crítica que supone riesgos.
Ya se plantee como un momento de cambios y duelos, como una crisis a acompañar, como una encrucijada con posibilidades creativas, como un momento de transición siempre hay algo de un peligro en juego. Psicosis, adicciones, suicidio, anorexia, aparecen generalmente en esta etapa. ¿Cuál es la exigencia que puede desencadenar la catástrofe? El adolescente se encuentra con un cuerpo indominable (desde sus propias sensaciones y desde la mirada que le devuelven los otros) y debe hacer un duelo por su cuerpo de niño, debe resignar identificaciones, separarse de los padres de la infancia y reconstruir su narcisismo puesto en jaque apelando a nuevos logros. Y al mismo tiempo, las urgencias pulsionales y las exigencias sociales presionan desde un internoexterno que vuelve a confundirse. Así, los requerimientos externos no son vividos como tales, se entremezclan con las pasiones, operando como disparadores de éstas. Y todo requerimiento es vivido como algo a rechazar. (“Quiero dormir. No los soporto –refiriéndose a los padres y profesores–. Que me dejen tranquilo”, afirmaba un adolescente de quince años).
A la vez, hay una reestructuración de los contenidos representacionales del Inc. y del Prcc. y se reorganizan los límites entre ambos sistemas. La reedición del Complejo de Edipo reactualiza los deseos incestuosos. Se instalan las categorías de tiempo y de historia, así como las de cero y nada (que remiten a la representación de la muerte). Hay una construcción de categorías abstractas que incluyen el establecimiento de una ética. Julia Kristeva habla de una “estructura abierta a lo reprimido”. Pero para que la estructura se abra sin romperse, debe haberse constituído sólidamente. Para que lo reprimido no inunde todo el universo representacional, deben haberse diferenciado claramente, con la entrada a la latencia, los dos sistemas, estabilizándose la represión primaria.
Podemos pensar la adolescencia desde la idea de caos, de indeterminación, de un juego de fuerzas que posibilitará nuevas construcciones, nuevas formas. Reorganización representacional que dará lugar a diferentes posibilidades. Historia y proyectos, pasado y futuro se entrecruzan en el adolescente. Pero el pasado se le viene encima cuando quiere desembarazarse de él y el futuro aparece lejano e inalcanzable. En el presente, hay sufrimiento, pero también nuevos placeres. Es por esto que todo adolescente vive necesariamente una crisis y que esta crisis, generalmente, implica una pelea con el mundo adulto. A partir de la reflexión sobre el trabajo clínico con adolescentes que presentan dificultades severas, propongo la siguiente hipótesis: hay adolescentes que no pueden enfrentar esta pelea y hacen una retirada en la que arrasan con ellos mismos. Esta resolución de la crisis tiene sus raíces en una estructuración psíquica incapaz de soportar el caos de pasiones e ideales.
Considero que son adolescentes que, frente a la crisis, desertan de entrada. Y cuando hablo de deserción, no me refiero sólo a los que desertan de la escuela (que es sólo una de las caras de la huida), sino al abandono de toda lucha, que deriva en una vuelta sobre sí de la agresión. Abandono que se manifiesta en abulia, abatimiento, negativa a estudiar y a trabajar y puede derivar en adicciones. Así, investigando historias de adolescentes drogadictos me he encontrado con un tiempo previo a la adicción, que no fue registrado como patológico, en el que huían de todo vínculo, dormían todo el día, o tenían momentos de desborde, fluctuando entre estallidos violentos y estados de abulia, o eran incapaces de resolver solos las mínimas exigencias escolares (aunque hubiesen sido antes alumnos brillantes). Si bien son situaciones muy disímiles, siempre me encontré con ese “antes” perturbado en el que se insinuaba una oposición, un conflicto, exigencias internas y externas y un borrar-borrándose.
“Estoy mal, pero no sé qué me pasa. No tengo ganas de nada. Voy al colegio porque me llevan. No escucho lo que dicen los profesores. No me interesa. Es problema de ellos. No tengo amigos”, comenta, desplomado sobre el escritorio, un chico de quince años que repite segundo año y ha comenzado a consumir alcohol. “Es lo único que me pone contento”, afirma.

