LAS RAÍCES DE LA DELINCUENCIA JUVENIL.
Pocos fenómenos traen consigo una alteración mas aguda de la convivencia que el fenómeno
delincuencial y, especialmente dentro de la delincuencia, la cometida por menores de edad. Ante estos
supuestos la sociedad se siente en ocasiones inerme, impotente e indefensa.
Se ha constatado a nivel internacional un aumento progresivo de la delincuencia juvenil (1).
Como datos globales, se han aportado los siguientes: “en los países de nuestra área de cultura
(países occidentales más industrializados) la delincuencia juvenil in genere se aproxima, en cuanto al
volumen, en los últimos años, al 15% de la delincuencia general total. Si bien, las estadísticas de
algunas de esas naciones, como es el caso, por ejemplo, de Francia, ofrecen cifras apreciablemente
mayores: 20 ó 22%. Por el contrario, otros países ofrecen estadísticas muy por debajo de la media”.(2)
En España, un informe del Defensor del Pueblo de este mismo año aporta datos esclarecedores
al respecto: el número de menores detenidos en el año 2001 ascendió a 22.906, lo que representa el
10,48% del total de personas detenidas durante ese período. En todo caso, la valoración de estos datos
de delincuencia juvenil en relación con otros países de nuestro entorno cultural no es especialmente
negativa.(3)
Las causas, para Goleman, hay que cifrarlas en “un claro descenso en el grado de competencia
emocional”, considerando como ámbitos en los que se han producido “un franco empeoramiento” los
siguientes: marginación o problemas sociales (tendencia al aislamiento, a la reserva y al mal humor,
falta de energía, insatisfacción y dependencia); problemas de atención o de razonamiento (incapacidad
para prestar atención y permanecer quieto, ensoñaciones diurnas, impulsividad, exceso de nerviosismo
que impide la concentración, bajo rendimiento académico, pensamientos obsesivos); ansiedad y
depresión (soledad, excesivos miedos y preocupaciones; perfeccionismo, falta de afecto, nerviosismo,
tristeza y depresión); delincuencia o agresividad (relaciones con personas problemáticas, uso de la
mentira y el engaño, exceso de justificación, desconfianza, exigir la atención de los demás, desprecio por la propiedad ajena, desobediencia en casa y en la escuela, mostrarse testarudo y caprichoso, hablar
demasiado, fastidiar a los demás y tener mal genio).(4) Una de las raíces de esta pérdida de competencia emocional por parte de los menores se
encuentra en que nos encontramos en una época en la que como consecuencia de las presiones sociales
y laborales “la atención cotidiana que reciben los mas jóvenes raya en la negligencia”(5) Existen también una serie de causas sociales que al final confluyen en un mismo mínimo
común denominador: familias desestructuradas incapaces de cumplir la función primordial de
transmitir normatividad al menor: padres drogadictos, alcohólicos, analfabetos, padres
“desaparecidos”, familias marginales o desarraigadas, pobreza, prostitución, enfermedad mental, etc.(6)
