sábado, 26 de junio de 2010

Programas de mano dura para adolescentes. Daniel Lobo. Washington D.C.. EEUU.


Rompiendo a la juventud por su propio bien
“Tres detenidos por pegar a menores y encerrarlos en jaulas en un centro ilegal en Girona”, así rezaba el titular que destapaba un centro correccional de menores donde jóvenes suizos con supuestos problemas de conducta eran maltratados cuando se negaban a trabajar o decían encontrarse mal. Desafortunadamente no es un hecho aislado.
 Resurgen en Occidente prácticas que socialmente se ignoran o se permiten veladamente y que aplican la técnica de violencia física y psíquica con adolescentes estigmatizados como “difíciles” o "riesgo". Así surge una industria que explota la desesperación de las familias, su miedo, su ignorancia y lo que es más grave generando severos daños en sus hijos.
El siguiente artículo apareció originalmente en la revista Canijín nº30 del Centro Alternativo de Información sobre niños y jóvenes "RIZOMAR". En esta ocasión también se incluye una segunda parte inédita que indaga sobre los mecanismos de culpabilización de adolescentes y un apunte sobre metodologías progresistas que incluyen a los jovenes como parte esencial de la configuración de su propia educación.

Existe una larga historia de centros correccionales. Su presencia disminuyó en particular en los países desarrollados junto al desarrollo de políticas de derechos humanos y protección del menor. Sin embargo, en la última década han resurgido con fuerza iniciativas de mano dura en particular desde la dominante privatización de la educación y la desinformación ciudadana. Los abusos y traumas consentidos en estos centros y puntuados regularmente por la muerte de alguno de sus participantes, muestran un punto sin retorno. Su popularidad, impacto e irresponsabilidad en Estados Unidos son ejemplares para entender cómo la educación y la asistencia personal se pueden transformar en prácticas destructivas para la juventud.

Entre los trabajos más relevantes que exponen una crítica lúcida de estas prácticas desde los Estados Unidos está el de Maia Szalavitz en su reciente “Help at any Cost” (“Ayuda a cualquier precio. Cómo la industria de los adolescentes problemáticos engaña a padres y hace daño a muchachos”). Desde una perspectiva estadounidense expone los mecanismos empleados por una industria carente de cualquier supervisión y que opera tomando como base una metodología que no sólo carece de ningún tipo de resultados contrastados sino que utiliza selectivamente aquellos que le resultan más convenientes. Y mientras el libro muestra convincentemente un análisis de la negligencia profesional de estas organizaciones, comparte la frustración frente a la habitual impunidad de la que gozan y la vigencia de un problema enraizado en la falta de educación popular sobre los problemas de la juventud y sus trasformaciones hacia la vida adulta. Muestra que desafortunadamente quien sufre más son aquellos sometidos a estas practicas, aquellos adolescentes que arrastran secuelas brutales tras sobrevivir un trato deshumanizador en aras de un orden social que reduce a la persona a su mínima expresión.

La historia de este resurgir pasa por la publicación en 1982 del popular trabajo de Phylis y York “Tough Love” (“Amor de mano dura”) que dio nombre al movimiento en EE.UU., el cual apoyado por políticos conservadores fue utilizado como doctrina para endurecer instituciones correccionales teniendo un gran calado en la creciente oferta de programas privados. De hecho, con el beneplácito o la asociación de los gobernadores de varios estados, a menudo ha generado una privatización y recorte de servicios públicos esenciales. El volumen es revelador en sus recomendaciones. Por ejemplo ante un menor que se niegue a abandonar el uso de las drogas recomienda que toda la familia deje de comunicarse con él y lo expulse de casa hasta que deje la adicción: amor duro, mano dura.

Son muchas las versiones de esta disciplina, desde los campamentos militares a los internados correccionales.

Una versión popular toma la idea de los campamentos en contacto con la naturaleza y los convierte en programas de supervivencia y resistencia donde la naturaleza es dura y despiadada. La pauta se repite en las demás modalidades correccionales, como en las inspiradas en el ejército y etiquetadas bajo la disciplina militar. Pero incluso se puede plantear que la disciplina militar corresponde a un modelo que forma a las personas para matar a otras y que su dureza para muchos está justificada. En buena parte es un entrenamiento que se enfoca en sobrevivir y ganar guerras, y a pesar de todos los defectos de los estamentos militares, el nivel de escrutinio al que están sometidos aquellos que abusan de los soldados es mayor que el que se ofrece en estos campos para adolescentes donde la supervisión es prácticamente inexistente. La supervisión y responsabilidad legal es desafiada a todos los niveles. Si una jurisdicción no permite ingresar a un menor en un programa correccional sin su consentimiento o sentencia formal estas organizaciones ofrecen un servicio donde un grupo aparece por sorpresa en su casa, lo inmoviliza y lo traslada a otro estado donde su secuestro no constituye delito. Del mismo modo es frecuente, como en el caso del campamento en Girona deslocalizar al menor a un país donde esté fuera de sus redes sociales y bajo una legislación que no examina necesariamente operaciones educativas de compañías extranjeras. Un destino frecuente de las compañías estadounidenses son campos en América Central y el Caribe, donde resulta tremendamente difícil mostrar los abusos, y los costos de operación son mínimos.
Todo se justifica bajo la idea de que situaciones desesperadas requieren acciones desesperadas y para llegar a aceptarla hay que lograr dos cosas: demostrar la desviación de estos jóvenes y hacer que los padres se sientan tan culpables como los hijos.
Para convencer a los padres de los beneficios de estos sistemas de mano dura se utiliza la presión social que les señala también a ellos como culpables por no haber sido capaces de mantener a unos hijos ejemplares. Y así se les hace ver que el único paso lógico, si realmente se preocupan por sus hijos, es meterlos en estos programas. Esta profecía infalible culpabiliza tanto a los menores que se ven sujetos a la evaluación de estos programas como a los padres que reciben la presión para interiorizar los beneficios del programa, independientemente de la educación o ignorancia de los padres ante las preocupaciones que el desarrollo de un hijo provoca, con los baches lógicos del crecimiento y los problemas que ello conlleva. De esta manera son más vulnerables a estos programas de mano dura que prometen ser el único modo de poner firme a la juventud descontrolada de hoy en día. Algo de crueldad se convierte en ser buen padre.
Un hipotético conocimiento de adultos y su principio de autoridad se levanta sobre una estructura ignorante de las necesidades de los adolescentes en desarrollo, porque aunque el programa ofrece finalmente la absolución paternal: el niño, influenciado inevitablemente por una cultura agresiva y decadente, es el que ha cometido el error, el que ha de ser tratado, la realidad es que no existe tal evidencia, quizás incluso al contrario, y los padres que introducen a sus hijos en estos programas sencillamente no lo saben.

A pesar de la idea de que todos los padres son vulnerables a estas presiones, estos programas buscan a aquellos sectores más débiles, con menor formación y recursos. Así, tras realizar inversiones que suponen un esfuerzo crucial por el bien de sus hijos, su necesidad de creer en los programas es mayor. La campaña de estas compañías se ve reforzada por programas sensacionalistas en televisión que refuerzan la idea que llevar a un joven rebelde a un campamento militar para enseñarle disciplina es el único modo que queda para desarrollar valores cívicos en una persona. Obediencia y disciplina se convierten en los elementos claves para el reciclado de estos jóvenes pero ¿a qué precio?
El énfasis en la efectividad de tratamientos de larga duración o la insistencia y chantaje para incorporar a hermanos de los afectados en el programa, destapa el carácter comercial de estos programas. Bien a través de contratos con los gobiernos locales que los apoyan o a través de explotar a padres desesperados, el objetivo es generar dinero a través de la corrección de jóvenes. El joven con problemas es un producto, su educación comercio y enriquecerse un derecho.
La vergüenza que supone a los padres pedir ayuda para sus hijos les presiona para no buscar los recursos sociales que de otro modo buscarían, como por ejemplo, si su hijo tuviera una enfermedad terminal. Con la complicidad de los medios de comunicación, la exageración de gobiernos oportunistas, ha florecido en Estados Unidos y otros muchos lugares una industria basada en la idea de la mano dura con los menores, explotando la desesperación de familias, su miedo, su ignorancia y lo que es más grave generando severos daños en esos menores que precisamente dice querer proteger y que son los adultos del mañana.
Los beneficios
Boot Camps for Teens (Campamentos militares para adolescentes) ofrece programas a partir de $2100 mensuales, y con el préstamo adecuado los pagos mensuales pueden ser de tan solo $200. Sin embargo, los padres son presionados para aceptar programas largos, comenzando con aquellos de al menos un año, pues de otro modo su esfuerzo y gasto carecen de valor, pero del mismo modo por entender que pagar por la opción más modesta supone no ser responsable y darse cuenta de la gravedad del problema.
La misma organización te dirigirá a la escuela para niñas Meadowlark donde el costo mensual es de $3495, con $2000 adicionales por iniciar el programa, $600 por costos extras y uniforme y $300 por servicios médicos. En total el primer mes costará $6395. La misma academia te ofrece los programas precalificados de préstamos, números de contacto y personas de confianza que llevarán tu caso.

Las víctimas
Aaron Bacon no murió victima de la naturaleza. Murió a los dieciséis años pesando cuarenta y ocho kilos en su cuerpo de casi dos metros. Los responsables del programa que le podían haber salvado pensaron que la úlcera que arrancó su enfermedad era una invención. Fue sometido a terapias de choque basadas en la falta de comida mientras era conducido en marchas con botas dos tallas menores y cargando mochilas de 25 kilos. Cada vez que se desmayaba o tropezaba era acusado de ser un vago. No se esforzaba lo suficiente. Se le confiscó su saco de dormir y pasó noches a la intemperie durmiendo alejado del fuego con temperaturas bajo cero, y con el único cobijo de una manta hasta que aprendiera a comportarse. Con el programa correccional North Star controlando toda la comunicación con sus padres, Aaron no pudo contar lo que le estaba pasando. De hecho, instruidos por North Star, Aaron recibía cartas de su madre donde decía que no se merecía el amor de sus padres hasta que no se lo ganara. Cuando Aaron no pudo tenerse más en pie, se decidió que era un farsante y tenía que empezar el programa de nuevo. Cuando perdió el conocimiento, no pudieron hacerle reaccionar, intentaron reanimarle pero no tenían formación en primeros auxilios. Su muerte fue extrema pero desafortunadamente no extraña.

Culpabilizando a una generación

La pregunta clave para muchos padres es cómo saber si su hijo necesita ayuda. ¿Qué es lo que ha de buscar un buen padre? Estos centros ofrecen multitud de herramientas para responder a esta pregunta que tras estigmatizar al menor contestan casi invariablemente que el menor requiere ayuda. Son muchos los espacios que ofrecen recursos para padres en búsqueda de ayuda para sus hijos y tras una apariencia profesional que encubre su falta acreditaciones promocionan el ingreso en centros de corrección de menores con los que están afiliados.
En el caso de “Programas para la juventud en estado de riesgo” (www.at-risk-youth-programs.com) se anima a buscar los siguientes signos en un adolescente como indicación de problemas a los que los padres se pueden anticipar mediante el ingreso en estos programas. Su retórica es esclarecedora:
Desafiantes: los adolescentes de repente empiezan a mostrar una actitud desafiante y probablemente hayan caído en un nuevo grupo de amistades. Esta actitud no sólo hará la vida miserable en casa pero normalmente hará que les expulsen de la escuela, y eventualmente tengan problemas legales si no se controla.
Malas notas: Si las notas bajan dramáticamente esto representa que algo va mal. Normalmente ocurre por el cambio de amistades y prioridades del niño. Tras nuestras charlas con padres durante muchos años estamos convencidos que el consumo de marihuana contribuye a esta despreocupación por los estudios.

Cambio de apariencia: los cambios dramáticos probablemente también están provocados por nuevas amistades. Cambios como vestirse de negro o llevar cadenas incluso cosas más provocativas. Hay que tener mucho cuidado vigilando este comportamiento aunque parezca inofensivo. Obviamente una chica que comienza a vestir más atrevidamente es más que probable que sea activa sexualmente o que le interese serlo. Un chico que viste del mismo color puede estar investigando el unirse a una banda. Normalmente lo negarán pero de nuevo es algo que hay que vigilar muy de cerca.
Nueva música: Se puede aprender mucho del estilo de vida de una persona joven investigando lo que escuchan y a quien escuchan para entretenerse. Sería sabio elaborar una lista de los artistas que el niño escucha y buscarles en Internet.
Nuevos amigos: Si se ha cambiado los amigos de la infancia y se pasa más tiempo con amigos que el padre no conoce, sería bueno saber con quien esta. Creemos que si el adolescente no trae a los nuevos amigos a casa para que los padres los conozcan estos han de preocuparse. Una buena manera de averiguar que ocurre con un hijo es preguntar a su anterior grupo de amigos. En muchos casos ellos también se lo estarán preguntando.
Abuso de drogas: Además de las obvias señales físicas, un buen sistema es buscar en su habitación y mirarle los bolsillos a tu hijo. La mayoría de los adolescentes no cree a los padres capaces de ver estos síntomas. Una inspección de su habitación puede ser reveladora. Antes de lavar su ropa dale la vuelta a los bolsillos y busca restos de marihuana. Otros síntomas son por supuesto dormir mucho, ojos vidriosos, habla entrecortada, y el oler a drogas o alcohol.
Obviamente estamos frente a una culpabilización fácil y manipuladora del periodo complejo y difícil que supone la adolescencia. Periodo que en buena medida define el tipo de adulto en que nos convertimos. Y mientras el papel activo de unos padres es fundamental en ese proceso, posicionar a los padres en un papel de sospecha y criminalización del comportamiento de sus hijos puede tener efectos devastadores en la relación. Se mezclan con la misma intensidad la adicción a las drogas con las nuevas amistades o adquirir nuevos gustos y amigos fuera del entorno familiar - algo fundamental por otra parte en el difícil camino a la madurez - como algo negativo que aleja al adolescente del camino de la virtud. En definitiva es un molde que anima a los padres no a desear individuos con las dificultades que ello conlleva si no seres sumisos que se ajusten plenamente a patrones impuestos por encima de ellos. Y para lograr eso, y salvar a tus hijos, estas organizaciones tiene lo que ese padre necesita.
Otra herramienta popular para diagnosticar la necesidad de tratamiento de los menores por parte de estos centros y sus promotores son los test de dudosa independencia y que tras una pretensión pseudos científica dirigen concluyen irremediablemente que el tratamiento es necesario.

El ofrecido por Teen Options (www.teenoptions.com) requiere asignar un “sí o no” sin matices a las siguientes preguntas:
Ha encontrado signos de abuso de la marihuana
Ha encontrado signos de un uso fuerte de drogas
Han bajado sus notas en la escuela
El adolescente tiene amigos que no conoces
El adolescente se ha escapado (una o dos veces)
El adolescente ha llegado a casa borracho
El adolescente duerme todo el tiempo en casa
El adolescente ha abandonado los deportes u otros intereses anteriores
Tu hijo está contestón
El adolescente es sexualmente activo
El adolescente fuma cigarrillos
El adolescente se aparta de las actividades familiares
El adolescente ha cometido un intento de suicidio requiriendo hospitalización en los últimos seis meses.
El adolescente está apático y no tiene ninguna esperanza
El adolescente no entabla conversación con ninguno de los padres
El adolescente ha hablado sobre suicidio
Los amigos del adolescente están preocupados por el o ella.

Recordando mi propia adolescencia e imaginándome todo lo que mis padres podrían haber pensado de mí en varios momentos realicé el test. Aún sin tener una mayoría de respuestas positivas saque una nota en la franja superior: Debes definitivamente buscar un tipo de ayuda urgente. Volví a realizar el test y a pesar de varios intentos donde eliminaba respuestas afirmativas, por ejemplo imaginar que nunca tuve nuevos amigos o que nunca contesté a mis padres, o que no fumé ni consumí alcohol antes de la mayoría de edad, resultaba muy difícil en estos casos bajar a la categoría intermedia que ofrecía un rotundo: Tu adolescente ha de ser examinado por un profesional. Después está la letra pequeña:

"Esto es sólo un indicador del comportamiento adolescente que normalmente precede su internamiento en algún tipo de programa. No es ni debe reemplazar una opinión profesional. Los problemas relacionados con el suicidio, y sólo con una persona formada en la asistencia médica. Hay casos en los que un adolescente con sólo 25 puntos (la gama más baja del test que yo sólo pude lograr imaginando la vida de una lechuga) No haré a Teen Options responsable de cualquier problema como resultado de usar este cuestionario."

Es decir Teen Options, como tantas otras organizaciones de este tipo, acaba de rechazar cualquier responsabilidad por el esperpento del test y recomienda acudir a un profesional. El problema es que el profesional pretenden ser ellos, tras estos diagnósticos y una promoción deshonesta del bien que estos tratamientos generan y los problemas de una juventud fuera de control. Se sustentan como un lugar dedicado a promocionar a compañías preseleccionadas que gestionan internados.

El ejercicio apunta a lugares que no sólo carecen de las herramientas para proveer unos mínimos mecanismos educativos si no mucho menos los recursos y el conocimiento para tratar a ningún menor que sufra ninguna adicción a las drogas o haya sido victima de malos tratos.

Así estamos ante programas de mano dura que se levantan en torno a premisas falsas, engañan y manipulan, exagerando tanto el riesgo para los adolescentes que no pasan por este tratamiento y los beneficios de largos internados. De hecho y teniendo en cuenta la tendencia de crecer hacia comportamientos mas equilibrados los programas que aúnan a personas que hipotéticamente sufren el mismo problema y los etiquetan como difíciles puede potencialmente aumentar y no reducir las posibilidades corregir cualquier comportamiento antisocial o, más importante, de autodestructivo. De este modo los programas de mano dura independientemente de las buenas intenciones que pudieran tener a menudo destruyen las mismas vidas que pretenden salvar. Si hubiera datos que apoyaran el efecto positivo de estos programas, podría haber un dilema moral sobre su uso pero sin esos datos y ante toda la presencia de evidencia que sugiere lo contrario hay que ajustarse nociones de ética fundamentales, por ejemplo la ética médica como apunta Szalavitz: Primero no hacer daño. Algo que es particularmente difícil de conseguir cuando estas prácticas se basan en hacer daño.

Los programas giran en torno a la premisa que estamos ante la juventud más conflictiva de al historia a pesar que las estadísticas gubernamentales muestran que la violencia juvenil, suicida , uso de drogas, embarazos y la mortalidad han disminuido importantemente en los últimos años , pero como Szalavitz comenta los medios de comunicación reiteran la idea que los desafíos de cada generación son perores que los de la anterior alienando a padres e hijos. El problema así radica en presentar a los adolescentes contemporáneos como a los peores de la historia, en enfatizar síntomas de comportamiento peligroso, que en muchos casos constituyen el comportamiento normal de un adolescente por ejemplo como el tener nuevos amigos, problemas de comunicación con los padres o beber alcohol antes de tener la edad legar para hacerlo –algo que aproximadamente el 82% de los estadounidense han hecho – los padres se aterrorizan y se vuelven muy vulnerables a la propaganda de estos programas.

El fenómeno es otra fisura de un sistema educativo y social que no sólo abandona al joven sino que también se desentiende del adulto. No le forma, no le capacita adecuadamente y oportunistas presentan productos de solución definitivas difíciles de juzgar y rechazar frente a su supuesto existo. Es reflejo de algunos de los problemas claves a los que se enfrenta a la educación en una de sus formas más extremas: la educación como producto. El alumno, el hijo, el joven, como otro elemento de la cadena de consumo. Es difícil hablar de procesos y de sistemas complejos para lograr una vida más plena. Es sencillo mostrar una perspectiva simplista de acción y reacción. Es un producto mucho más fácil de vender. El problema es que la educación no es un objeto. Mucho menos la educación de individuos en el proceso clave de desarrollo y formación de sus vidas, trasladándose por el difícil camino que va de la niñez a las interpretaciones del mundo adulto. Es causa de alarma pensar que adultos han vivido sus experiencias de trasformación en centros de este tipo y que visión del mundo aplican en su futuro comportamiento.
Estos programas sobreviven en Estados Unidos tras la popularidad e influencia del movimiento de recuperación con organizaciones como alcohólicos anónimos al frente. Y frente a una diversidad de teorías científicas no ha existido una demanda real por parte de los medios de comunicación populares o de los consumidores para examinar la eficacia real de estos programas hasta hace muy poco.
Szalavitz explica el atractivo de estos programas, programas que de haber sido sujetos a un escrutinio serio habrían dejado de ser amparados hace tiempo, un éxito cimentado en sus historias de éxito basadas en técnicas de coerción, persuasión , y reforma del pensamiento, métodos que popularmente se llamarían de lavado de cerebro. Debido al uso de estas técnicas los programas de mano dura producen seguidores mucho más comprometidos que la gente ha pasado por tratamientos mucho más efectivos y menos intrusitos. El primer componente es la terapia de ataque, procesos de transformación que a través de experiencias traumáticas busca convertir a los individuos que pasan por ellas en sus más ávidos defensores. Es un fenómeno donde el que ha pasado por una experiencia traumática asigna un valor extraordinaria a un proceso que les ha causado un gran dolor. Así Lulu Corter se vería forzada a relatar a uno de los parientes que abuso sexualmente de ella, la misma experiencia y admitir como parte de su cura que ella fue culpable de lo ocurrido, que ella era responsable. Lulu pasó desde los 13 en un programa correccional que la robo de adolescencia, la culpabilizó por los abusos sufridos y la privo de una educación y los recursos que un adulto medio debería tener.

Lulu tuvo que enfrentarse a la disonancia cognitiva que la obligaba a apoyar el maltrato padecido armonizando un pensamiento contradictorio como es el estar sujeto a un abuso físico y la idea que es por el bien de uno. En la búsqueda de consistencia personal y frente a una enorme presión una reacción es la de creerlo. Fred Collins tras meses de ser obligado a presentarse como un drogadicto en los programas de Straight – una de las organizaciones más abusivas de las que existe documentación de sus practicas – le hizo sentirse menos seguro y para lograr el permiso que le permitiría volver a su hogar tenía que comportarse como si genuinamente creyera que era un adicto sino sería atacado por su falta de sinceridad consigo mismo o por estar en un estado de negación.
Tras filosofías de mano dura muchas de estas practicas se han institucionalizado y continúan integradas por varios gobiernos estatales dentro del área de educación y corrección de menores. Ante cualquier tipo de infracción el adolescente recibe la oferta de elegir entre ser mandado a uno de estos centros o ir directamente a la cárcel y abrir su historial penal. Normalmente estos centros son los mismos que operan independientemente de las autoridades y lo van a seguir haciendo con la bendición de un gobernador para que un organismo privado se encargue de solucionar.

Martin Lee Anderson de 14 años fue uno de estos muchachos. Murió tras haber sido golpeado, tirado y abandonado durante horas por los guardas de uno de estos internados mostrando que habitualmente estos centros generan más violencia que la que pretenden evitar. Además como explica la activista Tonyaa Weathersbee ante la irresponsabilidad política de implementar estos programas “para llegar a los adolescentes la respuesta está en reconstruir sus comunidades no campos de disciplina militar” Y aunque en muchos casos carecen de los medios adecuados existen iniciativas que buscan precisamente eso, un espacio en el que la juventud pueda contribuir al desarrollo de su entorno.

Shaw Ecovillage era una de esas organizaciones que buscaba dar a adolescentes oportunidades para involucrase en el desarrollo de sus comunidades. Establecida y gestionada sin animo de lucro, ofrecía programas educativos en torno a la sostenibilidad urbana y apoyado un grupo de profesionales que estructuraban los programas con oportunidades de voluntariado. Desde mi participación en la junta de directores y en sus programas educativos participé de un programa que se basa en el desarrollo personal de los adolescentes, la comprensión del medio que les rodea y encontrar maneras efectivas para entablar un diálogo constructivo con él. Es decir, eran equipados para entender su entorno y participar en su transformación donde los padres eran involucrados, los procesos transparentes y abiertos a la comunidad. Por supuesto son muchos los programas que afortunadamente realizan actividades similares. Una variedad de opciones entre las que elegir es lo que le otorga a las iniciativas que buscan el desarrollo de la juventud una capacidad más relevante y sujeta a un escrutinio veraz. Algo en común desde su activismo e importante es su concepción de la educación como un bien social y así se constituyen sin animo de lucro frente a los programas de mano dura que son una industria millonaria. La reciente desaparición de Shaw EcoVillage también apunta a las dificultades que organizaciones de este tipo, que buscan operar transparentemente y desde una perspectiva progresista para involucrar a los jóvenes, tienen por delante.

Pero el hecho que otras alternativas a la educación de jóvenes con serios desafías sean no ya posibles si no necesarias no elimina el grave problema de aquellos lugares que continúan transitando por programas abusivos. ¿Cuántos jóvenes están siendo reprimidos, acosados y atacados física y mentalmente mientras nos hacemos esta misma pregunta? La respuesta es sencilla: uno es demasiado. El mensaje de estos programas es antisocial. En ellos la empatía hacia los demás es una debilidad y hacer daño al prójimo es una ayuda. En ellos dar confort supone retrasar que una persona no avance en sus problemas.

Cualquier solución frente a estás fuerzas es compleja pero pasa primero por darse cuenta de un problema desafortunadamente vigente. Informar y una comunicación efectiva son claves para desmontar estas prácticas. Es fundamental desarrollar legislación efectiva que proteja al menor a todas las escalas, nacionales e internacionales, y allí donde la legislación pareciera solvente garantizar los mecanismos judiciales, sociales y de rehabilitación para terminar con este fenómeno. La declaración universal de los derechos del niño por su carácter consensual suele ser un buen punto de partida pero siempre es fundamental recordar que su importancia radica en que esos niños que protege somos todos nosotros.





6 comentarios:

  1. Y entonces uds. Que acciones proponen para esos casos difíciles, donde ya se intentó todo, o donde los jóvenes siguen con conductas desadaptadas?

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  2. Necesito infomacion si en los angeles california hay un programa de estos

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  3. Díganme el número de ay creo que es un buen lugar para formar jóvenes con problemas de conductas por favor donde es y un número de teléfono gracias

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  4. Hola soy madre de una adolescente rebelde necesito su ayuda por favor por no sé qué hacer más con ella

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  5. Soy madre desesperada ya no se k aser con mi hijo siempre se ba de la casa y regresa todo flaco por usar drlgas hielo y no kiere trabajar por favoe sigame k aser kiero k bengan y lo busken

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