martes, 28 de septiembre de 2010

LOS PROFESIONALES DE CENTROS: CONTENTOS PERO…Ángel García Fernández. Educador del Centro de Menores “José Montero” de Valladolid. 2010. España

Se entiende que, cuando un niño, adolescente o joven ingresa en un centro de protección no ha existido un recurso alternativo más “normalizado”. Si la población infanto-juvenil es, por lo general, vulnerable a las experiencias que implican algún tipo de inestabilidad familiar, los menores que precisan asistencia de los servicios sociales lo son en mayor medida y, dentro de estos, el niño, adolescente o joven que no tiene más alternativa que la separación familiar y recurrir a un centro, vive y experimenta situaciones personales y sociales aún más traumáticas. Atendiendo a las necesidades y características que presentan, la calidad de la atención residencial debe ser exquisitamente cuidada y abordada, desde el ingreso hasta la salida y, en este proceso, el profesional educativo de los centros se erige en la figura de apoyo más relevante e importante, en el verdadero aglutinador y coordinador de la intervención en red: menor, familia, escuela, trabajo, sanitarios, CEAS, Unidad de Intervención Educativa, Secciones de Protección…
Por otro lado, los centros se enfrentan a nuevos retos y necesidades: situaciones familiares más deterioradas y urgentes, preparación de jóvenes para la vida independiente, menores extranjeros no acompañados, mayores trastornos cognitivo-conductuales y de socialización en los usuarios… y el objetivo de su integración social en un entorno por lo general, difícil y hostil.
Los profesionales educativos de los centros conformamos un colectivo de alta vulnerabilidad al queme profesional. Junto al lógico desgaste físico y emocional que a lo largo de los años provoca nuestro trabajo, se encuentran otras causas de insatisfacción de naturaleza laboral, profesional, de organización… que contribuyen a generar, mantener y potenciar el ambiente de malestar que parece existir.
Conviene tener presente algo que puede resultar obvio: los profesionales educativos nos encontramos permanentemente en contacto directo con los usuarios objeto de la intervención y, la calidad del trato que recibimos incide en la calidad de la atención que podemos prestar a los menores. Aportar soluciones en aras a desarrollar una intervención de calidad exige una revisión y evaluación continua, sistemática y conjunta entre todos los implicados en el sistema de protección (desde el que legisla en materia de menores hasta los propios usuarios) sobre su organización, su planificación y coordinación, sus recursos, los profesionales y sobre el proceso de intervención.


ACERCAMIENTO AL CONTEXTO
EL CENTRO

Cada Centro de Protección a la Infancia y Juventud es un mundo propio, con sus particularidades, con su propia historia y trayectoria institucional, su propia biografía, sus propios recursos, su propia problemática... pero valga el esfuerzo de considerar el Centro en el que trabajo como paradigma de lo que nos ocupa, que es debatir sobre si existe clima de malestar e insatisfacción, en su caso qué lo provoca y si existen posibilidades de mejora.
La Residencia “José Montero” es un Centro de Protección a la Infancia y Juventud dependiente de la Gerencia de Servicios Sociales de Valladolid. Como tal, se trata de un centro propio que se configura como un recurso especializado y alternativo a la intervención en un entorno familiar.). El trabajo realizado por el Equipo Educativo trata de responder al objetivo principal de la Residencia y que no es otro que proporcionar, en todo momento, una atención integral a todos y cada uno de los usuarios. Esta labor se encuentra inmersa en la creación de un ambiente de convivencia, afecto (tan discutido), comprensión y proporción de seguridad moral y material y, partiendo del respeto por la biografía de cada chico/a, tratamos de garantizar y potenciar el desarrollo pleno y armonioso de su personalidad y capacitarles para una adecuada integración familiar y/o social.
El Modelo Educativo recibe diferentes denominaciones (cognitivo-conductual, participativo, sistémico, ecológico…), pero en general responde a un modelo socio integrador de enseñanza, con unas líneas o estilo educativo que trata de potenciar principalmente los propios recursos de cada chico/a, en el intento de optimizar su competencia personal y social. Esta intervención se produce en cuatro contextos: personal o individual, residencial, familiar o dirigido a la independencia y social o comunitario. En el contexto personal o individual es necesario tener en cuenta y partir de la experiencia concreta de cada uno de nuestros usuarios (biografía) y la situación personal derivada de la crisis familiar previa al internamiento. Desde aquí conviene canalizar la intervención a través del Programa Educativo Individualizado (P.I.I.), con objetivos y actividades orientadas a compensar su situación de desventaja inicial. Se trata de dotarle de habilidades de autonomía y la competencia social suficiente que pueda facilitar una integración familiar y/o social lo más normalizada posible y de todos aquellos recursos personales comunitarios que puedan ayudar, en su caso, en la plena emancipación del menor.
Se hace necesaria en el contexto residencial la concepción de la Residencia como un sistema social (aunque reducido y limitado en el espacio y en la interacción personal de cada chico/a). Se trata, pues, de alcanzar los objetivos asistenciales y educativos propios del marco residencial, es decir, conseguir la adaptación de los chicos y chicas a las normas y actividades del Centro como base de aprendizaje de conductas y comportamientos útiles y necesarios para una adecuada vida familiar y social, conviniendo en que hemos de esforzarnos en presentarlo como un contexto natural de convivencia y siempre adaptado a las necesidades personales. En el contexto familiar o dirigido a la independencia de nuestro usuario, resulta prioritario conocer que la situación de crisis que origina el internamiento se produce, en la gran mayoría de los casos, en el entorno familiar. Conviene, por tanto, que la intervención que se realice con el chico/a, se produzca de forma coordinada entre la Sección de Protección a la Infancia, la Familia, la Residencia y todos aquellas entidades y profesionales involucrados, de forma coherente y complementaria en el intento de solucionar y/o modificar el problema o problemas que ponen en situación de riesgo al chico/a y en el plazo de tiempo más breve posible, pero sobre todo clarificar y ser realistas y eficaces en el proceso: plazos, recursos materiales y económicos, vivienda, trabajo…
Atendiendo al contexto social o comunitario, debemos ser conscientes de que la intención en cuanto al internamiento y su duración debe ser lo más breve posible. Desde aquí, se hace imprescindible que los chicos y chicas participen plenamente de recursos comunitarios normalizados, evitando, en la medida de lo posible, el autoabastecimiento de la Residencia. Esta participación normalizada e integradora, de acuerdo con los principios rectores que se platea promover y desarrollar, al igual que utiliza recursos extrarresidenciales como la escuela, la asistencia sanitaria, etc. debe realizar esfuerzos por la integración de los chicos/as en actividades y ocupaciones culturales, formación laboral, deportivas y de ocio y tiempo libre... de la comunidad. Estos recursos, generalizados a la sociedad, servirán siempre como puntos de referencia válida y real a los que el chico/a y su familia puedan dirigirse y utilizar una vez finalizado el acogimiento residencial.
Una vez definidos brevemente los contextos de intervención en aras a desarrollar un modelo sociointegrador desde la propia competencia personal y social del niño/a, conviene puntualizar lo siguiente:
– No se trata de contextos aislados, sino que cada contexto está intrínsecamente relacionado y es interdependiente con los demás contextos.
– En cada contexto no se trata exclusivamente de establecer tareas y objetivos a alcanzar por los chicos y chicas, sino que contarán con actividades y objetivos a conseguir por los educadores y demás personal que se relacione con el niño/a (Dirección, T.A.M.I., Responsable Nocturno, familia, profesores, personal de servicios generales, Sección de Protección a la Infancia, Servicios Sociales comunitarios, etc.)
– El Educador es el agente educativo más directo y estable en la relación con el chico/ a y debe canalizar la intervención asistencial, educativa, de integración familiar y/o de preparación para la vida independiente, sin obviar la importante e imprescindible intervención multidisciplinar (Técnico de la Sección de Protección a la Infancia, familia, profesores, sanitarios, Juzgado, CEAS, y cuantos recursos y profesionales se encuentres interviniendo en el caso).
– Es necesario perseguir una acomodación o consenso entre los objetivos de los referidos contextos a conseguir a medio o largo plazo, y la satisfacción inmediata de las necesidades de los chicos/as mediante la actividad y la relación personal, a través de una combinación de autoridad, afecto y cariño manifiestos, recomendaciones y sugerencias, convencimiento del propio chico/a y la propia influencia que como modelo conductual supone la figura del Educador.
La metodología no puede caracterizarse más que por ser INTEGRAL (dirigida a la persona en todas las áreas, facetas y necesidades: físico-biológicas, cognitivas y lingüísticas, emotivas, afectivas y de motivación…); PARTICIPATIVA (creando ocasiones y situaciones de implicación del chico/a en los programas a realizar y en la dinámica normal y diaria de funcionamiento de la Unidad, en la Residencia en general y en la comunidad; VIVENCIAL ( en tanto que permite que el chico/a sea elemento activo en su propia educación y desarrollo madurativo, vivenciándolo a través de las propias decisiones y actuaciones).

LOS CLIENTES O POBLACIÓN USUARIA

Los niños, niñas y jóvenes que conforman nuestra población usuaria suelen tener edades comprendidas entre los ocho y los dieciocho años. No obstante, en la Residencia se han acogido por circunstancias especiales a niños de menor edad y, asimismo, más allá de los dieciocho, destacando que como recurso debemos abordar programas de Preparación para la Vida Independiente y podemos implementar programas de atención
a jóvenes entre los 18 y los 21 años).
Algunas de las causas más comunes que originan el ingreso en el centro son:
– Abandono o negligencia por parte de los padres.
– Problemas de salud mental de los padres.
– Menores con problemas de salud mental.
– Algún tipo de adicción de los padres.
– Fugas del domicilio y contacto con grupos marginales o delictivos.
– Algún tipo de adicción del menor.
– Menores con trastornos de conducta.
– Deficiencias en el control y en las habilidades parentales.
– Algún tipo de minusvalía sin la atención adecuada.
– Maltrato físico y psíquico sobre el menor.
– Inducción a la delincuencia.
– Modelos parentales relacionados con conductas antisociales y/o de violencia.
– Agresión a los padres por parte del menor.
– Menores infractores.
– Menores con medidas judiciales (convivencia en grupo educativo).
– Menores sin alternativa familiar y de preparación para la vida independiente.
– Jóvenes extranjeros procedentes de una inmigración irregular y en situación de abandono y desamparo.
– Menores hijos de familias inmigrantes.
El panorama socioeducativo se enfrenta así a una enorme complejidad si tenemos en cuenta las consecuencias derivadas de estas causas (que afortunadamente no se cumplen todas de manera simultánea en todos los casos). Nuestra experiencia nos permite destacar también, sin pretender etiquetar o estigmatizar a nuestros chicos y chicas, algunas de las características que suelen observarse con frecuencia en nuestra población usuaria:
• Dificultades y deficiencias cognitivo-conductuales.
• Inestabilidad emocional.
• Desconfianza en la ayuda ajena.
• Desvalorización personal.
• Autoconcepto y autoestima distorsionadas.
• Falta de empatía.
• Dificultades de adaptación.
• Baja tolerancia a la frustración.
• Alto grado de dureza emocional.
• Sentimiento de no querer/poder cambiar.
• Escasa capacidad de planificación.
• Deficiencias importantes en las actitudes prosociales.
• Escaso autocontrol personal.
• Escaso respeto moral y físico por los otros.
• Alto grado de agresividad.
• Ansiedad y depresiones.
• Falta de atención y concentración.
• Deficiencias en la adquisición y desarrollo de habilidades instrumentales básicas.
• No aceptación de la realidad (respecto a la situación de crisis familiar y personal).
• Otras culturas, religiones e idiomas.

EL PROFESIONAL DE ATENCIÓN EDUCATIVA.

La intervención educativa en la Residencia, aparte del Director y el Subdirector, recae en tres figuras que comportan tres categorías profesionales diferentes y que en el Convenio Colectivo para el Personal Laboral de la Administración General de la Comunidad de Castilla y León y Organismos Autónomos Dependientes de esta, define de la siguiente manera:
– Técnico de Atención al Menor en Institución. Son los trabajadores que, estando en posesión del correspondiente título académico universitario de Maestro (todas las especialidades), Diplomado en Trabajo Social, o haber superado 3 años del título académico de Psicología, Pedagogía o de Sociología, o Diplomado en Educación Social, o equivalente, ejecutan actividades encaminadas a conseguir el máximo desarrollo individual y social de los internos.
Siguiendo la programación establecida en fines de semana y festivos y periodos de tiempo asimilados según se fije en el calendario laboral correspondiente, constituyen sus tareas fundamentales las siguientes:
Apoyo emocional a los menores y jóvenes a los que preste atención directa y de los que es responsable. Organización del tiempo del menor y del joven programando, ejecutando y evaluando actividades recreativas, deportivas, culturales y formativas. Dinamización de los grupos de menores y jóvenes a su cargo, tramitarán y coordinarán los recursos necesarios para el desarrollo de sus funciones, tanto dentro como fuera del Centro. Participarán en la organización del Centro y desempeñarán las funciones de representatividad en los órganos de gobierno del mismo, si fueran elegidos para ello, formando parte de las distintas comisiones a las que les corresponde asistir. Tomarán las decisiones en relación al Centro y a los menores y jóvenes durante su jornada, excepto las que corresponden a la Dirección o al Consejo de Centro. Decidirán sobre las entradas y salidas al Centro en ese periodo, de conformidad con las instrucciones recibidas por la Dirección. Participarán en las reuniones de coordinación y de seguimiento de los menores y jóvenes según se establezca al efecto. Elaborarán informes relativos a los menores y jóvenes a su cargo, en relación con su comportamiento y evolución. Ejecutarán la parte de los programas individuales que les sean asignados por el Consejo Técnico.
– Educadores.
Es el profesional educativo docente que estando en posesión del correspondiente título académico universitario de Maestro (todas las especialidades), Diplomado en Trabajo Social, o haber superado 3 años del título académico de Psicología, Pedagogía o de Sociología o Diplomado en Educación Social, o equivalente, realizan las siguientes funciones:
Son responsables de la formación integral y globalizadora del menor o grupo de menores y jóvenes a su cargo, de más de 3 años de edad. Realizarán las actuaciones oportunas encaminadas a satisfacer las necesidades de los menores y jóvenes, bien por sí mismo, o bien por el personal que corresponda según la programación establecida. Participarán en el proceso educativo del menor y del joven realizando funciones de orientación, programación, ejecución evaluación, así como transmisión de conocimientos y promoción de actitudes. Organizarán el tiempo del menor y del joven durante su estancia en el Centro, de modo que se favorezca el desarrollo integral de éste y su autonomía personal y social. Realizarán el seguimiento pertinente del proceso formativo del menor y del joven y de su situación escolar, social y familiar, desplazándose al Colegio o Centro periódicamente, o cuando lo requiera cualquier incidencia. Participarán en la organización del Centro y desempeñará las funciones de representatividad en los órganos de gobierno del mismo, si fuera elegido para ello, formando parte de las distintas comisiones a las que le corresponda asistir según el Reglamento de Régimen Interior. Colaborarán con otros profesionales de este ámbito de dentro y fuera del Centro, en relación a los recursos y medidas más adecuadas para abordar la problemática específica de los menores y jóvenes a su cargo, mediante las reuniones, entrevistas e intervenciones oportunas. Elaborarán los informes pertinentes sobre comportamiento y evolución de los menores y jóvenes a su cargo.
– Responsable Nocturno de Internado para Centros de Menores. Son los trabajadores que, estando en posesión del correspondiente título académico universitario de Maestro (todas las especialidades), Diplomado en Trabajo Social, o haber superado 3 años del título académico de Psicología, Pedagogía o de Sociología, o Diplomado en Educación Social, o equivalente, prestan sus servicios durante el periodo nocturno en los Centros de Menores, teniendo encomendadas las siguientes funciones: Velar por el cuidado y la seguridad de los menores y jóvenes durante la noche. Tomar las decisiones en relación al centro y los menores y jóvenes en él internados ante las actuaciones que en dicho periodo se produzcan, excepto cuando
aquellas correspondan al Director o al Consejo de Centro. Realizar aquella parte de la atención que deban tener los menores y jóvenes durante las noches. Decidir sobre las entradas y salidas del Centro en este período de conformidad con las instrucciones recibidas del Director. Resolver cualquier conflicto que se desarrolle entre los menores y jóvenes durante las noches, tomando las medidas adecuadas según el Reglamento de Régimen Interno del Centro, así como diariamente con el último turno de Educadores con el fin de informar y coordinar las actuaciones. Participar en la organización del Centro. Conocer y observar tanto el Reglamento de Régimen Interno como los planes individuales de formación. Coordinar y llevar un control de las actuaciones del personal auxiliar durante la noche. Elaborar un parte de incidencias con carácter diario.
He querido reflejar aquí a los trabajadores de atención educativa ya que, precisamente, la existencia de estas tres categorías diferenciadas pero, como puede verse a tenor de las definiciones contempladas en el Convenio Colectivo, con funciones, si bien no iguales, sí similares en cuanto a una intervención de tipo educativo, suponen una de las causas del ambiente de malestar en la Residencia.

EL MALESTAR DE LOS PROFESIONALES
¿EXISTE MALESTAR ENTRE LOS PROFESIONALES DE ATENCIÓN EDUCATIVA?

De la colaboración de algunos de mis compañeros, de las informaciones recogidas en diversos “foros”, de las reuniones de trabajo y de mi propio sentir y experiencia tengo que concluir en que sÍ existe un ambiente generalizado de malestar e insatisfacción, de queme en el trabajo, de sentir que no nos encontramos apoyados ni recompensados ni en nuestro compromiso ni en nuestras responsabilidades. Me voy a referir, respecto al malestar o insatisfacción que sentimos los profesionales de los centros de protección, como la preocupación por mejorar las condiciones de trabajo, la atención a los usuarios y los resultados de la intervención. Tenemos, con frecuencia, la sensación de no estar realizando nuestro trabajo como se debería y de la inutilidad de nuestros esfuerzos para conseguir los objetivos.
Paradójicamente, quisiera destacar aquí que, en general, en el profesional educativo existe siempre una actitud positiva y facilitadora hacia la creación de un clima de trabajo favorable. Cada curso se inicia con ilusión y entusiasmo, planificando incluso tareas y actividades que suponen un trabajo sobreañadido, pero que son consideradas importantes para los usuarios y los objetivos a conseguir, cada día pone más de sí mismo:
su propio tiempo, sus propios recursos personales... Existe una crítica continua y constante de las situaciones que nos provocan malestar o insatisfacción (y que quiero considerar como un intento de mejora, de continuar manteniendo viva la dedicación y la ilusión por el trabajo...), pero que desafortunadamente, por lo general, no trasciende más allá del propio centro. El colectivo de profesionales de los centros de protección a la Infancia, por la propia naturaleza de su trabajo, es un colectivo especialmente propenso al queme profesional, al desgaste emocional y físico. Sin acudir a literatura, ni estudio alguno (que probablemente existe), referiré aquí algunos de los indicadores sobre los que se puede concluir que existe queme profesional y, por tanto, sensación de malestar o insatisfacción y que son con frecuencia experimentados y comentados:
– Sensación de “estar viejo para este trabajo”
– Sentirse acabado profesionalmente.
– Impresión de no poder “dar más de sí”.
– Experimentar una frustración continua.
– Agobio por tener que trabajar con personas.
– Dudas y temores al entrar a trabajar (falta de seguridad en uno mismo).
– Sentirse abrumado por la cantidad de trabajo.
– Ser el receptor de continuas críticas desde otros ámbitos.
– Exceso de expectativas hacia el trabajo del educador.
– Sentimiento de culpabilidad al no hacer algo bien.
– Depresión.
– Estrés y ansiedad
– Agresividad.
– Mal humor.
– Distanciamiento emocional y afectivo del usuario y de su situación.
– Apatía hacia las necesidades de los demás.
– Trastornos digestivos.
– Enfermedad.
– Insomnio.

CAUSAS DEL MALESTAR PROFESIONAL

Considerando las Residencias como una parte del Sistema de Servicios Sociales y siendo éstas uno de los recursos del Sistema de Protección de Menores, hemos de avanzar en la mejora respecto a nuestra responsabilidad en la garantía de una atención residencial de calidad. Abordar con seriedad y verdadero interés, las causas que producen insatisfacción en el trabajo de los profesionales relacionados con menores en situación de riesgo, es mejorar una de las partes clave de la intervención en red. Aunque existen causas de malestar de otro tipo, las más importantes provienen de la impotencia e insatisfacción en el ejercicio de un trabajo profesional de calidad, de poder abordar con ilusión, dignidad y recursos las necesidades de cada uno de nuestros usuarios.
Me centraré a continuación en aquellas que, no por antiguas, continúan apareciendo en el trabajo cotidiano. Bien es cierto también que en el ánimo reivindicativo nos guía el intento de superar la postura más conformista del “hacemos lo que podemos”:

– ESTRUCTURA LEGISLATIVA.

El Sistema de Protección a la Infancia en Castilla y León posee, en mi opinión, una buena estructura legislativa. La dificultad estriba en la falta de concreción en la realidad. Como ejemplo, las residencias de protección, a día de hoy, nos encontramos en el proceso de elaboración de nuestro Reglamento de Régimen Interno (inexistente hasta la fecha). Esta falta de concreción de la diversa legislación origina lagunas, vacíos y ambigüedad en lo que respecta a las funciones y responsabilidades de las diversas instituciones, estamentos y profesionales involucrados en la intervención. Es cierto que, en contacto directo con la realidad, los profesionales de los centros tendemos a querer tener solución a todos y cada uno de los problemas que se nos presenta cotidianamente, pero no es menos cierto que nos sentimos poco escuchados, sin que se nos haya ofrecido colaboración y participación seria en el proceso de construcción de la legislación vigente en materia de menores.

– RECURSOS INSUFICIENTES.

Como se ha comentado, la atención residencial se está diversificando atendiendo a las nuevas demandas de los grandes principios y objetivos de la intervención y de los propios usuarios. Sin embargo, la dotación de recursos en beneficio de una atención de calidad no se produce en concordancia con esta evolución, necesitándose desde una mayor dotación de personal educativo hasta una adecuación arquitectónica más normalizada e integradora.

– IMPLICACIÓN DE LAS FAMILIAS.

Otra de las quejas frecuentes supone la nula o escasa implicación de la familia. La máxima “toda institución crea dependencia” continúa, desgraciadamente, cumpliéndose debido a una deficiente planificación con acuerdos que recojan claras y explícitas responsabilidades que la familia no puede delegar debido al ingreso del menor en la Residencia. Habrá familias con más o menos recursos, pero conviene, en todos los casos de Reunificación Familiar, sistematizar la asignación de Programas de Intervención Familiar (P.I.F.). Su ausencia supone que, el núcleo familiar (objeto de la intervención) y los problemas que origina el internamiento, se “enquisten”, se compliquen y empeoren.

– GRUPOS DEMASIADO AMPLIOS.

Creo que aprovechar las Residencias, como macroinstituciones que son, por sus grandes espacios para disponer del mayor número de menores posible, continúa siendo un error. Reconociendo la validez de este tipo de centros para un determinado perfil de casos y como transición breve a otros recursos resulta inviable, en una atención de calidad personal e individualizada, continuar manteniendo grupos de doce menores, cuando las últimas recomendaciones (hace unos diez años) aconsejan grupos de ocho (y esto dependiendo de los casos). Aparte esta consideración numérica, tampoco pueden tomarse las Unidades Educativas o grupos como “bolsas donde todo cabe” (desde menores con medidas judiciales, pasando por menores con algún tipo de adicción, hasta aquellos que presentan importantes problemas de salud mental).
La tendencia en aumento a contar con menores con clara intervención hacia la Preparación para la Vida Independiente y Atención a Mayores de 18 años, debe hacernos convenir en la obligación profesional de trabajar con mayor intensidad y tiempo con otros profesionales, en la comunidad en la que necesariamente han de integrarse estos chicos con la mayor posibilidad y dotación de recursos (personales, laborales, vivienda, red social…). En la actualidad, resulta imposible trabajar este tipo de programas sin la existencia de recursos materiales, arquitectónicos y humanos suficientes.

– DIFICULTADES PARA OBTENER TIEMPO NO LECTIVO.

La falta de tiempo sin contacto directo con los chavales es otra de las causas comunes que provocan insatisfacción. El personal educativo necesita de un tiempo para la coordinación de equipo, la planificación, programación, evaluación, elaboración de informes, registro… pero también para la “renovación” profesional, para el acceso a la diversa literatura profesional actualizada. Se debe priorizar la atención educativa, pero ésta también depende de lo anteriormente señalado: sin planificación y evaluación coordinada no existirá una acción educativa adecuada.

– CATEGORÍAS PROFESIONALES.

En los centros existen tres figuras o tres categorías profesionales diferentes: Educador, TAMI y Responsable Nocturno. El hecho de que dos de estas categorías no sean contempladas como personal educativo origina al menos una ambigüedad importante en la intervención con el consiguiente malestar que esto provoca (sentimiento de discriminación, de personal de apoyo, o de segundo orden). Las tres figuras atienden directamente al menor usuario de nuestros centros y deben aportar, por tanto, un claro carácter educativo a su intervención. En este sentido, estas tres categorías deberían estar unificadas en la figura o categoría de educador. Si bien, en beneficio de una estabilidad en el tiempo, en la referencia con el menor, en la implementación de los programas… parece que sí debe existir la responsabilidad o “especialización” por espacios educativos (semana, fin de semana y noches). Aquí, resulta obvia la importancia de la coordinación en la planificación, la ejecución y la evaluación de los diversos programas, algo que también está fallando por la falta de tiempo y espacios de coordinación.

– FORMACIÓN.

La calidad de la atención educativa requiere, sin duda, de la formación continuada de los profesionales, algo que se está ofreciendo. No obstante, si no en todas, en la mayoría de las ocasiones se nos ofrecen contenidos demasiados teóricos con tremendas dificultades de aplicación en el contexto en el que trabajamos y, en otras, existe una verdadera discrepancia entre lo que se enseña y recomienda y lo que se exige en la realidad. Así también, la formación que estamos recibiendo se deja, por lo general, a la voluntariedad del profesional que, individualmente, decide si asiste (o si le dejan por necesidades del servicio) con lo que no se genera ni potencia el trabajo en equipo. Tampoco la formación recibida sirve en manera alguna para la promoción profesional y tampoco, como es el caso del personal TAMI o Responsable Nocturno, se contempla la formación dentro del cómputo de horas trabajadas.

– Los HORARIOS.

De los profesionales de los centros son realmente duros e implican una difícil vida familiar y social. La mayor parte de “la plantilla” se continúa concentrando en los turnos de tarde, atendiendo a los horarios sin colegio de los menores (y esto no es así en todos los casos, dependiendo de las edades y de las ocupaciones de cada chico/a). Por otro lado, los horarios de las diferentes categorías educativas y el exceso de tareas dificulta la creación de espacios de coordinación en el propio centro.

– PROMOCIÓN Y MOVILIDAD.

En la actualidad, el profesional quemado no tiene escape. Si no opta por opositar por libre a otros ámbitos laborales, solo le queda la posibilidad de un traslado de menores a menores (Educador, TAMI, TAM, Responsable Nocturno de Internado), con lo que opta por resignarse y quedarse en lo que, dentro de lo malo, ya conoce. Un profesional quemado rinde menos y suele suponer una carga añadida y causa de mayor desgaste en un compañero con mayor motivación. Por el contrario, excesiva movilidad en el puesto de Dirección del Centro (ahora cargos de libre designación), abordándonos a un continuo esfuerzo de adaptación a la idiosincrasia de cada cual (y sabiendo que, en breve, acabará marchándose).

– REMUNERACIÓN SALARIAL.

Ante todo, nos sentimos profesionales de la educación, y acusamos la importante discriminación que ha existido a lo largo de estos últimos años comparándonos con los profesionales educativos de los cuerpos de maestros y profesores:
- Menor salario (hace años existía equiparación)
- Menores vacaciones
- No reconocimiento de la categoría profesional
- No reconocimiento, ni en el grado más mínimo, de nuestra experiencia educativa en las pruebas de acceso a estos cuerpos
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PROPUESTAS DE MEJORA.

– SISTEMATIZAR UNA REVISION Y EVALUACION MÁS FRECUENTE DEL MODELO DE INTERVENCIÓN Y LAS NECESIDADES REALES DE CADA CENTRO EN EL OBJETIVO DE MEJORAR LA CALIDAD DE LA ATENCIÓN RESIDENCIAL. 
En esta evaluación han de participar todos los implicados en el Sistema de Protección, desde la Gerencia Central hasta los propios usuarios del sistema, estableciéndose los procedimientos e instrumentos oportunos.
Se trata de formalizar una revisión continua, conjunta y coordinada del Modelo de Intervención con menores en situación de riesgo. La entrada en vigor de la Ley de Infancia en Castilla y León en el año 2002 abre vías para esta finalidad. Por otra parte, desde la elaboración del Plan Marco de Atención Residencial o el Manual de Buena Práctica para la Atención Residencial a la Infancia y la Adolescencia (1998) no conocemos propuesta alguna que intente aportar una perspectiva técnica, acorde con el conocimiento en materia de infancia, riesgo y protección, y las necesidades de estos menores. Cabe señalar, asimismo, que apenas se ha dado impulso a estos documentos.
Tampoco, hasta el momento, ha servido de mucho en el contexto de los centros en general, la ardua concreción del Decreto sobre Organización y Funcionamiento de los Centros y las directrices que de él emanaron para la elaboración de los Planes de Centro o de los Reglamentos de Funcionamiento Interno y que se encuentran aún por elaborar. Entre las consecuencias de todo ello está la de que cada profesional intenta hacer lo que bien puede en un debate constante, conflicto, y quebradero permanente con el resto de compañeros de equipo, dirección, o profesionales de otros ámbitos implicados directamente en el caso. La realidad es que posiblemente el potencial de profesionalidad sea muy grande, pues, a pesar de la falta de concierto y colaboración conjunta en estrategias y fines compartidos, muchas de las valoraciones sobre la eficacia de la intervención con menores en riesgo es que no es tan mala. Quizá sea esto, o que ponemos el listón muy bajo para satisfacer nuestra necesidad de salvaguardarnos.

– DISMINUCIÓN DEL NÚMERO DE MENORES POR UNIDAD EDUCATIVA.

Esta propuesta responde a la necesidad lógica de atender, de una forma lo más personal e individualizada posible, a las nuevas características y necesidades de la población que atendemos.

– MAYOR DOTACIÓN DE RECURSOS Y PROFESIONALES EN UNIDADES CON MENORES DE PREPARACIÓN PARA LA VIDA INDEPENDIENTE Y DE ATENCION A MAYORES DE 18 AÑOS. 
Las Residencias continúan presentando importantes deficiencias para abordar programas de preparación para la vida independiente. Recursos como el Programa Umbrella, diseñados a este fin, requieren de la infraestructura necesaria y de la dotación de personal humano para preparar a los adolescentes y jóvenes para una vida independiente y su participación en la vida comunitaria. En este sentido se requiere una adecuación arquitectónica y funcionamiento similares a la de un domicilio normalizado (habilidades de autocuidado, compras y comidas, limpieza y mantenimiento, normas de convivencia vecinal…) y potenciar la incursión del joven en la comunidad (2 profesionales por turno): conocer redes de apoyo comunitario y saber utilizarlas, manejarse en la ciudad y en el entorno social: servicios sociales, trabajo, búsqueda de vivienda, manejo del dinero, ocio y tiempo libre, formación, asociaciones, salud, ayudas…).

– CONTINUAR PROFUNDIZANDO EN UNA FORMACIÓN DE LOS PROFESIONALES MÁS ESPECIALIZADA Y ADAPTADA A LAS NUEVAS CARACTERÍSTICAS Y NECESIDADES DE LA POBLACIÓN USUARIA. 

Sería conveniente que con cierta frecuencia los cursos de formación se llevaran a cabo en los propios centros, pudiéndose centrar en la realidad concreta de cada uno. La participación de todo el equipo educativo en la formación lograría una mayor implicación.

– PARTICIPACIÓN DIRECTA Y VINCULANTE DE LOS PROFESIONALES EDUCATIVOS EN LAS EVALUACIONES Y TOMA DE DECISIONES SOBRE LOS CASOS.

Como he comentado con anterioridad, el profesional educativo que trabaja directamente con el menor es la persona, no más importante, pero sí más significativa en el proceso de intervención. En este sentido, ha de concederse a este profesional la importancia que requiere formando parte con voz y voto de aquellos cauces de coordinación y decisión sobre el menor que directamente tiene a su cargo.

– FACILITAR LA PROMOCIÓN DE LOS PROFESIONALES Y LA MOVILIDAD A OTROS ÁMBITOS LABORALES.

Las dificultades en la movilidad profesional a lo largo de los años han ocasionado que un importante número de profesionales lleven muchos años trabajando con menores. La propia edad del trabajador, el trabajo en un contexto de relación de ayuda, con escaso agradecimiento, con muchas frustraciones y con una población “continuamente adolescente” suponen, a lo largo de los años, un muy importante desgaste físico y emocional difícil de compensar, sino es facilitando y posibilitando la promoción profesional y la movilidad, que va a redundar, sin duda alguna en beneficio del mismo equipo educativo y de los propios usuarios.

– EQUIPARAR LOS SALARIOS A LOS DE OTROS PROFESIONALES EDUCATIVOS

(maestros, profesores, otras categorías en el mismo nivel, compañeros educadores de otras administraciones...)

CLAVES PARA AVANZAR

Creo que la idea de que el MENOR, cliente usuario de nuestro Sistema de Protección sea atendido en una RED COMUNITARIA de acuerdo con nuestros principios filosóficos de actuación (Normalización, Integración, etc.) es algo que se ha iniciado hace años habiéndose dinamitado el hecho de concebir la Residencia como un espacio cerrado y en el que la vida del menor transcurría prácticamente dentro de sus cuatro paredes. Pero a día de hoy resulta necesario darle a este avance un impulso importante y adecuarnos a la realidad existente (otra población, otras necesidades, otros valores, otros comportamientos, otros medios, más investigación...). Avanzar supone, no solo disponer de buenos programas (que los hay), sino que estos programas dispongan de recursos adecuados y de los medios y procedimientos, al menos suficientes, para que los profesionales lleven a cabo un trabajo satisfactorio en el objetivo de una ATENCIÓN DE CALIDAD. No se trata de alcanzar estándares máximos, pero si avanzar en la mejora. He querido presentar un acercamiento a nuestro contexto y a nuestros usuarios para que pueda formalizarse una ligera idea de la complejidad de nuestro trabajo y una mayor comprensión de los problemas que se presentan en el día a día en nuestra intervención, pero sobre todo, para ser aún más conscientes y sensibles a los problemas y NECESIDADES que padecen nuestros menores. Sus problemas son o deben ser nuestros problemas y, en esta línea de reflexión, hemos llegado a la conclusión de que TODOS (Menores, Familia, Centros, Sistema de Protección, Servicios Sociales, Sanidad, Escuela, Policía, Juzgado, la propia Universidad a través de la investigación…), tenemos el problema (salvando la idea de que algunos puedan pensar que otros tienen el problema) pero que otros tienen que darle solución. Tenemos que superar esto para concluir que TODOS tenemos el problema y que TODOS FORMAMOS PARTE DE LA SOLUCIÓN. Esta es la filosofía y verdadero TRABAJO EN RED. Debemos ser creativos, pero sobre todo reflexivos desde la realidad e implicarnos en sistematizar en el tiempo y en el procedimiento cauces de revisión, evaluación y toma de decisiones sobre la intervención. El recordar aquí algunas de las causas que a los profesionales de los centros nos produce INSATISFACCIÓN y MALESTAR tiene el objetivo de que nosotros mismos, como responsables de una educación directa, las Direcciones de nuestros centros y la Administración en general nos acerquemos, escuchemos y compartamos soluciones. El trabajo en red debe comenzar por nosotros mismos. No sé en qué grado incide nuestra vocación por nuestro trabajo o quizá el mecanismo de defensa de mantener una buena salud mental pero, sinceramente, la generalidad de los profesionales educativos de los centros de protección nos sentimos (pese a las limitaciones, frustraciones, escaso reconocimiento y otras causas de malestar) con ganas, dispuestos, auto motivados, ilusionado, contentos… pero...

3 comentarios:

  1. Yo estuve en este centro, durante una noche y un día.

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  2. Yo estube en el centro tambien una noche y un dia hasta la 1.. me gusto como me trataron y como eran.. y la verdad me estoy pensando si ir para quedarme

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  3. Yo estuve casi tres años e visto pasar muchos compañeros, y e conocido a todos los educadores en especial a Angel, Carlos Javier y Luis y ahora que tengo 35 años me dio cuenta de lo bueno que hicisteis por ana y por mi maría, os estamos muy agradecidas por lo que hicisteis por nosotras, por el cariño apoyo y esfuerzo que nos dedicaisteis,Angel ya no estas con nosotros pero nos acordamos mucho, a pasar por ayi fue ayudarnos a desarrollarnos como persona mil gracias, Maria s,s

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