miércoles, 8 de septiembre de 2010

Adolescencia. José de Jesús González Núñez. Universidad Guadalajara. Mexico

Adolescencia, tierra incógnita de la vida del hombre, llena de sorprendentes bellezas, de violentos contrastes y aleccionadas enseñanzas. La adolescencia es el periodo de transición entre la niñez y la edad adulta. Se considera un estadio trascendente en la vida de otro ser humano, ya que es una etapa en la cual hombres y mujeres definen su identidad afectiva, psicológica y social. La palabra adolescente esta tomada del latín adulescens, participio presente del verbo adoleceré, que significa crecer. Puede considerarse dentro del periodo de evolución que lleva al ser humano desde el nacimiento hasta la madurez y en el cual se presenta una serie de cambios a nivel físico, psicológico y social que se manifiesta en diferente intensidad en cada persona.
El conocimiento de la adolescencia surge como consecuencia a una seria preocupación por el estudio del ser humano y su evolución. A partir del inicio del siglo XX, el problema de la adolescencia resulta una de las preocupaciones sociales y políticas. En el ámbito social, la cultura está cada vez más dominada por la participación activa de las generaciones jóvenes en esferas que anteriormente sólo correspondían a los adultos, lo que representa una partición preponderante del adolescente en la vida social. Sin embargo, no puede afirmarse que exista una ciencia de la adolescencia. Al respecto Compayne (citado en Peinado, 1984) utiliza el término efebología para el estudio del adolescente varón, y el de hebelogía para el estudio de la adolescente mujer, inspirándose en figuras de la mitología griega que simbolizan esta etapa.
Algunos autores estadounidenses utilizan la denominación de “sexiología” para referirse al estudio de la adolescencia, por la gran cantidad de cambios a nivel sexual que ocurren en esta etapa, sin embargo, no existe una ciencia propia que estudie al adolescente. Las causas para la falta de una denominación específica son diversas, aunque todas se relacionan con la falta de precisión en la duración del periodo llamado adolescencia, frente a todas las demás etapas de la vida humana. Este concepto se encuentra en relación con la crisis biológica, psicológica, somática y funcional que prevalece.


Parece enfatizar algunas características del adolescente, es importante tomar en cuenta su falta de estabilidad en las manifestaciones de su conducta social. Cada adolescente es multifacético, posee una especie de polaridad dentro de su personalidad, y cada una de sus manifestaciones conductuales se esfuerza por dominar a las demás y constituir aspectos definitivos para la personalidad adolescente. El problema se incrementa cuando se trata de fijar normas y principios tipológicos que sirvan para caracterizar y generalizar los conocimientos de esta etapa. La diferenciación sexual constituye un factor decisivo que impide esta generalización así como diversas formas de conducta, caracteres orgánicos (de crecimiento), medio económico, estilo de vida, ambiente familiar, tipo de localidad en la que reside, clase social, variaciones propias de la herencia, características raciales, clima, aspectos socioculturales, entre otros. Todos los elementos se conjugan para dar lugar a un individuo adulto único y diferenciado, pero acorde a las características comunes de la especie, en un proceso en el cual la ontogenia y la filogenia coinciden. Es complicado fijar la duración de la adolescencia, así como las etapas que la constituyen; para su comprensión es necesario recalcar que forma parte de la primera fase del curso de la vida del ser humano, llamada también fase evolutiva, que inicia al momento de la fecundación y termina a los 25 o 30 años de edad, siendo la adolescencia el periodo caracterizado por crecimiento orgánico (expansión física), adquisición de la madurez sexual y capacidad reproductiva, fortalecimiento del dominio de la conducta y de la vida social, así como la maduración global de la inteligencia.
En las sociedades de mayor desarrollo económico se presenta una prolongación de la adolescencia producida, en gran parte, por la permanencia en la escuela. En grupos humanos de actividades económicas sencillas la adolescencia abarca un corto periodo (Moreno, 1981); sin embargo, en la actualidad con el avance de la educación los largos periodos de la adolescencia se han convertido en experiencias normales para los jóvenes de todas las clases sociales. Durante la adolescencia el individuo cursa por distintas fases (Gesell, 1990/1992) que reúnen las siguientes características:
A los 10 años les gusta escuchar y relatar historias de eventos o situaciones que han visto, oído o leído, y manifiestan predominancia por hablar; estas preferencias se presentan en sus relaciones con compañeros y maestros. Las actividades sociales ejercen atracción sobre ellos; muestran preferencia por grupos pequeños y espontáneos. Las niñas tienden a formar círculos más pequeños e íntimos. En ambos sexos se observa gusto por la escuela y se otorga valor a la familia, actitud que, transcurrida esta época, pasará bastante tiempo para presentarse de nuevo con adaptabilidad y alegría. Una mascota y los juegos de vídeo son sus intereses primordiales a los 11 años de edad. Comienzan a manifestar formas desusadas de afirmación de su personalidad, de curiosidad y de sociabilidad. Son inquietos, investigadores y cada vez formulan más preguntas sobre los adultos, tratando de explorar las relaciones interpersonales con sus padres y hermanos. Se adecuan a la escuela y gustan de reunirse y competir con sus compañeros.
En su labor escolar revelan procesos intelectuales fácticos mas que académicos. A los 12 años tienen un creciente sentido del humor y una alegre sociabilidad. Son más razonables y poseen una nueva visión de sí mismos y de sus compañeros; son menos ingenuos en las relaciones sociales y muestran una mayor adaptación dentro de éstas. Tienden a contemplar los problemas desapasionadamente pero siempre toman en cuenta el punto de vista del grupo, sin embargo, poseen una mayor aptitud para realizar tareas individuales.
Alrededor de los 13 años, el adolescente se muestra muy susceptible a que lo molesten hermanos menores aunque, por otra parte, es capaz de adaptarse y es digno de confianza. Responde con un interés intenso a los estudios escolares, en el hogar suele ser callado, reflexivo y dedicado a pensar y soñar; también se observa una tendencia a eludir las relaciones confidenciales íntimas con sus padres.
Las jóvenes de 14 años mantienen interminables comunicaciones telefónicas. En ambos sexos se observa mayor alegría y relajación. Se encuentran mejor orientados con respecto a sí mismos y en relación con su medio interpersonal; tienden a mostrarse amistosos y extrovertidos tanto en su hogar como fuera de él. Adoptan una actitud más madura hacia los adultos en general y hacia la familia en particular.
A los 15 años algunos adolescentes pueden llegar a la extravagancia en el vestir siguiendo la moda predominante en su grupo social; sin embargo, reflejan una madurez gradual que impacta a su madre y profesores. Adoptan actitudes indiferentes, que en el fondo reflejan una preocupación reflexiva por estados anímicos íntimos. Poseen un naciente espíritu de independencia que los impulsa a tratar de separarse del círculo familiar, a veces de manera abrupta debido a que experimentan un conflicto entre apego y desprendimiento. Sin embargo, las relaciones con sus hermanos han mejorado establecen vínculos interpersonales profundos y verdaderos. Les gusta la vida colectiva y escolar, que sirve como una válvula de escape para aflojar las ligaduras familiares.
El adolescente de 16 años tiene mayor confianza en sí mismo y autonomía, se ha vuelto más tolerante, muestra una felicidad permanente e interés por la gente, con respuestas positivas y sociales. Los varones cultivan relaciones con chicos de su mismo sexo, principalmente por intereses comunes de naturaleza deportiva o intelectual. Varones y mujeres prefieren estar en compañía de amigos de ambos sexos, sin embargo, la relación con sus familias ha mejorado considerablemente; en esta edad existe mayor orientación al futuro que en etapas anteriores. El interés del adolescente por formar parte de grupos en los que la presencia de líderes se hace evidente, así como de personajes altamente idealizados, como héroes cinematográficos, artísticos o deportivos, se observa alrededor de los 17 años de edad. Ambos sexos se encuentran en pleno establecimiento de vínculos afectivos que, aunque tienden a ser de corta duración, tienen un carácter más significativo que en la edad anterior. En el aspecto escolar muestran selectividad por los intereses vocacionales, así como mayor interés por la actividad que emprenderán en el futuro. Sus relaciones familiares se encuentran en armonía, sin embargo, asuntos como la elección de vocación y los planes a futuro tienden a ser temas de discusión entre la familia.
A los 18 años de edad, en la mayoría de los casos, el individuo se encuentra realizado una elección vocacional, situación que conlleva al surgimiento de la necesidad de actuar dentro de una realidad social, con la creciente necesidad de cuestionar y refutar valores tradicionales. Aunque ya se ha realizado la elección de carrera o actividad laboral, existe una preocupación por la adquisición de bienestar inmediato, que otorgue comodidad, sin una auténtica preocupación por su situación económica futura. Existe en ambos sexos un interés más genuino por entablar relaciones interpersonales duraderas; la vida amorosa y sexual ocupa gran parte del interés emocional del joven d esta edad, no obstante, existe una franca separación de ambos aspectos.
A partir de los 19 años los adolescentes se encuentran en tránsito hacia la madurez, en una plena ejecución de los roles y las actividades formales que les obligan a emprender un proceso adaptativo. Suelen estar cerca de la separación de los padres, y en algunos casos ya la han consumado. También se encuentran en la consolidación de una relación de pareja y a veces ya ejercen las tareas de procreación. Con frecuencia están inmersos en un proceso de preparación profesional o dentro de una actividad laboral. Deben realizar un esfuerzo constante dirigido a objetivos definidos que incluyen el desempeño de un rol en el aspecto escolar, familiar, social, económico, político y cultural; para ello es necesaria la adquisición de una identidad adulta y un adecuado grado de autonomía.
La adolescencia termina aproximadamente a los 25 años; cuando se espera una madurez plena, que implica la adquisición de intereses heterosexuales definitivos, independencia de la tutela paterna y de la familia, así como la adquisición de una independencia intelectual y económica, que incluya la terminación de una carrera profesional o el establecimiento de una actividad laboral, un manejo apropiado del tiempo libre, con un ajuste emocional y social a la realidad, y la formación de una filosofía de vida. La adolescencia, como periodo delimitado claramente a lo largo del desarrollo humano, posee importancia como objeto de estudio, por lo que es necesario incrementar la tarea heurística para alcanzar una mejor comprensión de cada una de sus etapas, sus tareas por resolver, así como los problemas inherentes a cada una de ellas, problemas que en la mayoría de los casos se ubican dentro de las zonas de madurez emocional, social, moral y económica, y cuyo abordaje resulta de gran importancia en el ámbito de la salud mental.

1. ADOLESCENCIA NORMAL

La niñez y la latencia han terminado, esto es, el niño encuentra seguridad en la relación continuada con sus padres, ha logrado una solución satisfactoria a sus conflictos emocionales de etapas anteriores y se encuentra en condiciones de incorporarse a un grupo (Esquivel et al. 1994); ahora está presente la adolescencia con todo lo que es inherente en ella (incluyendo sus nuevos objetivos). El vocablo adolescencia procede del verbo latino adolecere que significa “crecer”, “desarrollarse”. La adolescencia tiene una ubicación ontológica, es una etapa de la vida cuyo elemento sustancial y característico es la aparición de cambios notables tanto morfológicos como funcionales. Los primeros están relacionados directamente con el crecimiento glandular; las gónadas inician su funcionamiento dando al individuo una nueva fisonomía corporal, sexual y emocional. Las metas de niñez y latencia han cumplido su cometido y ahora, en la adolescencia, hay nuevas metas impulsivas; las primeras son más bien receptivas, es decir, la satisfacción consiste en recibir lo necesitado; mientras que las de la adolescencia son más bien activas, buscan satisfacer. La madre debe sentirse satisfecha de tener ese hijo y darle lo que necesita sin tener que recibir nada porque satisface sus necesidades, los maestros de la infancia deben obtener la satisfacción por dar sus enseñanzas sin recibir nada a cambio por el hecho de que su alumno aprenda. Pero la nueva meta impulsiva en la adolescencia, la capacidad de procrear, requiere para su satisfacción una serie de prerrequisitos que deben satisfacerse, paralelamente, en el mundo interno y el ambiente. Existen ahora imperativos de tipo biológico (acabar de crecer), sexual (reproducirse), emocional (evolucionar), social; (adaptarse), familiar (independizarse), económico (ser autosuficiente), vocacional (realizarse en una ocupación), existencial (adquirir una identidad), axiológico (poseer una escala de valor organizada y jerarquizada, misma que se vuelve sólida e irreversible).
En casi todos los aspectos de la personalidad es una época de crisis, de tormenta metafóricamente dicho es el momento de un nuevo nacimiento: corporal y funcional por efecto biológico-sexual; emocional, no porque haya nuevas emociones sino debido a que existen ahora nuevas intensidades (Malher et al., 1977); social, psicológico, pues se adquiere la identidad; y axiológico, ya que se consolidan y jerarquizan los valores. La relación de objeto preadolescente ha terminado, lo mismo que la sexualidad preadolescente; ahora la relación de objeto y la sexualidad deberán ser genitales, aunque su evolución implique una regresión a la preadolescencia. La genitalidad, el logro de adultez, requiere en forma inexorable de una actitud dispuesta a la relación de objeto; impulsos demandan un objeto para su satisfacción. La personalidad toda exige relaciones interpersonales que permitan llegar a la genitalidad y a la adultez que el adolescente desea lograr por sí mismo y que su aparato psíquico requiere. Las relaciones de objeto (como personas y cosas) por lo general son íntimas porque son relaciones profundas, esenciales, confidenciales, secretas, que ponen a prueba la esencia del ser y enriquecen al sí mismo del adolescente; son relaciones que en la infancia y la latencia se presentan con la madre de manera inconsciente. En la adolescencia las relaciones íntimas existen, se amplia fuera de la familia para incluir otros objetos, es decir, ya no se circunscriben a la madre y al padre, sino también incluyen a los amigos, la pareja (y no sólo en lo que tiene que ver con las relaciones sexuales), compañeros, jefes, etcétera.
La libido es la energía impulsiva que acerca y, como una cuerda invisible, amarrando los objetos. En un principio, la agresión todavía no sublimada aleja a los objetos mediante fantasías destructoras. La libido que ata a los objetos y los mantiene unidos en principio es pregenital e inmadura, funciona mediante el proceso primario, es infancia amorosa, tierna, sexual. A Sigmund Freud lo expulsaron de la academia de medicina por decir que existía una sexualidad infantil y lo que ocurrió fue que no aclaró, suficientemente, que la sexualidad infantil no debe verse como adulta, porque no es ni se siente como una sexualidad adulta. La sexualidad infantil es preadolescente, pasiva, todavía no tiene una meta reproductora, puede ser intensa pero es tierna, podría decirse que hace placentera la vida difícil del niño, lo motiva e impulsa a vivir. En cuanto a la agresión, la vida es para el niño como un Olimpo griego, lleno de pruebas y peligros, y no es sino por la fusión de la libido con la agresión que se llega a la adolescencia a continuar viviendo en medio de otros peligros; por eso en un principio el niño busca en la relación sexual con sus objetos protección, ayuda, cariño, amor. Esta motivación no la perderá durante toda la vida, no la cambiará, lo que sí será distinto es la meta y manera de conseguir sexualmente a sus objetos. Desde la infancia, los productos impulsivos y lo reprimido constituyen lo más íntimo de la persona; de los impulsos se originan pensamientos, sentimientos, acciones —sublimes y perversas, creativas y destructivas—, afectos —tiernos y agresivos—; por otra parte, de lo reprimido se derivan contenidos mentales, fantasías que pueden ser placenteras o dolorosas, pero inconfesables.
Así, los pensamientos, las emociones y acciones sexuales se vuelven parte de lo más íntimo del adolescente porque son profundos, inconscientes, vergonzosos a la conciencia del que los vive; esto sucede no sólo con lo erotizado, sino también con lo agresivizado.
En la adolescencia, dado el incremento general de la tensión impulsiva (y de la sexual en particular), lo sexual es aparentemente prioritario y fundamental. Es prioritario por esencial y porque es defensa. Esencial porque es el centro del cuerpo y de la mente; la morfología corporal está cambiando drásticamente y las gónadas inician su pleno funcionamiento; ni el cuerpo, la mente o el espíritu pueden apartarse de este proceso vital. Asimismo, se dice que es defensivo porque el Yo se ve debilitado, tanto como el Super yo del adolescente, dado el embate de los impulsos del Ello y aprovechando ese debilitamiento, lo reprimido tiende a aparecer con más facilidad. El aparato psíquico no puede sino invertir mucho esfuerzo, tiempo y energía para controlarse, pero en realidad lo verdaderamente prioritario es la búsqueda y el contacto con el objeto en sus aspectos tiernos, es fundamental que pueda sentir y expresar, y a su vez promover que se lo expresen a él.
Así queda decidida la función prioritaria del aparato psíquico, su meta es enfrentarse a todos los vaivenes sexuales que difícilmente tiene que sortear, ahora con un nuevo objetivo y una nueva modalidad, pero aunque ésta sea la prioridad, el psiquismo adolescente no olvida las metas infantiles; ahora ya tiene posibilidad de sublimarlas y obtener su gratificación de manera más realista tanto con objetos originales como con objetos sustitutos o nuevos, aunque estos últimos no sean más que un reflejo de los originales.Es así como se forman relaciones íntimas con la madre, de índole sexual preadolescente pregenital, que llegan a ser núcleos de fantasías posteriormente inconfesables y vergonzosas; que se transforman en permanentes fantasías de dependencia, ya sea orales, anales, fálicas, o narcisistas, simbióticas y de reengolfamiento que pueden producir una patología incestuosa durante la adolescencia.
Hacia el padre también se tienen fantasías íntimas, profundas e inconscientes que se forman fundamentalmente alrededor de la época fálica; no es difícil descubrir en el adolescente los deseos de identificación y, al mismo tiempo, de rivalizar con él. A la vez se presentan fantasías de castración con un contenido libidinal y culpígeno hacia el padre; estas fantasías, por lo regular profundas, posteriorente pueden condicionar la conducta sexual del adolescente; no obstante las fantasías de identificación, rivalidad y castración, no anulan el deseo íntimo de contacto emocional con él. El deseo de una relación íntima y cercana con el padre siempre está ahí, en el Yo y en el Super yo; dado que ésta es la base de una adecuada autoestima en la adolescencia, si se carece de ella habrá muchos sentimientos de inadecuación. En esos deseos de relación íntima con el padre hay placer, deseo, sexualidad: hay amor. En cuanto a los hermanos, con quienes siempre se está compitiendo por el amor de los padres, hacia los cuales se sienten celos y envidia, y se tiene la fantasía secreta de que desaparezcan, también hacia ellos y sobre todo en la adolescencia se experimentan fantasías incestuosas intensas.
Los hermanos son los precursores directos de los amigos íntimos deseados; la relación con ellos representa la mejor oportunidad de aprender y socializar. En muchos casos, si la relación íntima fracasó con los padres, se tiene en los hermanos la posibilidad de realizarla y rehacer lo que faltó con ellos; la relación con los hermanos está matizada de sexualidad, pero deserotizada. Con los amigos también se tienen relaciones íntimas; casi todos los adolescentes poseen uno o más amigos íntimos, con los que se desinhiben y comparten lo incomunicable a los demás. Con el amigo íntimo se experimentan lealtades a veces más fuertes que con la familia, ya que éste entiende, comprende y hace que el adolescente se sienta comprendido. Los amigos íntimos han sido objeto de novelas, películas, obras de teatro, etc., porque es una amistad sublimada y sublime para el adolescente. No hay nada más sublime que juntarse con los amigos íntimos y platicar de los padres, hermanos, frustraciones escolares, amorosas o de cualquier índole. Es a este amigo a quien se le pueden platicar los secretos más profundo, es quien sabe y conoce las peores conductas y fantasías que se hayan tenido y no da a cambio ningún juicio o reproche; el amigo íntimo (relación sexualizada pero deserotizada, al igual que los hermanos) es quien puede acompañar al adolescente durante toda la vida. Existen episodios homosexuales durante la adolescencia temprana y la adolescencia propiamente tal (Blos, 1962/ 1986), generalmente inconscientes, que si se volvieran conscientes acabarían con esas amistades.
Muchos adolescentes no tienen amigos íntimos debido al temor de que aparezcan dichas fantasías inconscientes reprimidas por el Yo y despreciadas por el Super yo. De manera que existen en el adolescente relaciones íntimas que se forman mucho antes de llegar a poseer una relación íntima heterosexual. La relación sexual con una pareja heterosexual culmina el proceso de desarrollo que se inicia con el nacimiento; tener relaciones sexuales con una pareja heterosexual da la oportunidad de procrear, consolidar e incrementar la personalidad y obtener placer. Aparentemente, obtener placer es lo más importante para el adolescente, pero basta con observar un poco y es evidente que aunque este aspecto sí es importante, obtener una relación emocional profunda, discreta, abierta, sincera, que llegue hasta el interior de la pareja, lo es más aun; de tal manera que al tocarse con el afecto se perciba la plenitud del placer. El placer por sí mismo permite la descarga del impulso, pero el Yo no queda plenamente satisfecho si no tiene un verdadero contacto íntimo, inconsciente con el otro.
El hecho de tener un cuerpo en proceso de cambio atrae inevitablemente la atención del Yo del adolescente. El cuerpo del adolescente cambia con rapidez en su morfología, “dando el estirón”, y también en sus cualidades esenciales. Ya desde el decenio de 1950-59 se señalaba que la fuerza muscular en los varones adolescentes se duplica entre los 12 y 16 años; y aunque el individuo se encuentra en plena efervescencia sexual, el aumento de fuerza tiene obvios efectos psicológicos de carácter íntimo. Las modificaciones corporales que se presentan son incontrolables y demandan nuevas conductas, sobre todo para adaptarse a la convivencia familiar y social. Estos cambios corporales incontrolables “son vividos al principio como una invasión” (Aberasturi, 1978, p. 31).
Y mientras se adapta a su nuevo cuerpo, en lo profundo el adolescente vive un duelo por su cuerpo infantil perdido y sufre muchos temores ante lo que fantasea que puede llegar a ser el que ahora posee. El nuevo cuerpo, ya con todas sus potencialidades, con los órganos genitales adultos en proceso necesario de incorporación a la nueva imagen corporal, perderá la relación de dependencia tenida con los padres y tendrá que decir adiós a esa forma de conducta establecida durante la niñez. Para hablar del adolescente es útil especificar que, si bien la adolescencia es ese periodo de la vida que oscila entre la niñez y la adultez, no existe sólo una adolescencia, más bien, la teoría contempla varias adolescencias. Según Blos (1962/ 1986) no existen etapas cronológicas en la adolescencia, sino de evolución, donde cada una de ellas constituye un prerrequisito para la madurez de la siguiente; sin embargo, forzando un poco esta clasificación, es posible dar una edad cronológica aproximada a cada etapa:
§ Latencia, 7 a 9 años.
§ Preadolescencia, 9 a 11 años.
§ Adolescencia temprana, 12 a 15 años.
§ Adolescencia propiamente como tal, 16 a 18 años.
§ Adolescencia tardía, 19 a 21 años.
§ Postadolescencia, 22 a 25 años.

Pearson (1970) divide la adolescencia en tres periodos:
§ Periodo prepuberal, 10 a 13 años.
§ Periodo puberal, 13 a 16 años.
§ Periodo pospuberal, 16 a 19 años.
Lo importante de registrar estas diferentes etapas o periodos, es concluir que cada uno de ellos está caracterizado por diferentes procesos, que deben ser abordados teórica y técnicamente de manera distinta.
Investigadores como Erikson (1977) no le han dado importancia a ninguna división de la adolescencia, considerando a esta época de la vida en forma global, señalando el problema de identidad como el principal proceso a resolver. El periodo global adolescente estudiado por Erikson comprende lo que sería adolescencia propiamente tal, en la clasificación del Blos.

En resumen, la problemática normal que caracteriza a los adolescentes es la siguiente:
1. Un incremento de la tensión impulsiva (Freud, S., 1905/1981; Freud, A., 1977) sobre todo en la época preadolescente.
2. Un desequilibrio en el funcionamiento intrapsíquico. Un Yo que se debilita junto con un Super yo igualmente debilitado (Blos, 1962/ 1986; Freud, A., 1977), que sólo tiene control momentáneo.
3. Un predominio de defensas como el ascetismo y la intelectualización (Freud, A., 1977), el conformismo y la racionalización (Blos, 1962/1986), que ante los embates de la presión impulsiva tienden a rigidizarse o a desmoronarse, dando la impresión de ser defensas, o muy fuertes o muy débiles.
4. Una relación de objeto en movimiento. Que intenta desprenderse, con todo el temor y la necesidad de la primera relación con la madre pasando por una fase autoerótica, luego un periodo homosexual, hasta llegar a una relación de objeto no incestuosa, pero con una predominancia narcisista en ese momento, sobre todo en la adolescencia propiamente tal.
5. Se manifiesta una distorsión normal del tiempo, como si predominara el proceso primario y el tiempo no existiera. Existe el presente, el aquí y el instante, perdiendo importancia el pasado. Si se alcanza a percibir el futuro, éste esta lleno de angustia e incertidumbre. Las urgencias y necesidades del adolescente son inmediatas, no soportan la demora.
6. Un proceso de identidad también en movimiento, partiendo de una posición bisexual, hasta adquirir una plena identidad heterosexual, que culminará con una posibilidad identidad total (Blos, 1962/1986; Erickson, 1977).
7. El choque de los anteriores procesos frente a factores sociales se refleja en un conflicto de autoridad. Los adolescentes son rebeldes y sumisos, les parece que las normas imperantes se oponen a sus intereses y valores; sin embargo, necesitan del apoyo y de la independencia necesarios para su evolución epigenética.
Erikson (1977) comenta que, si bien los adolescentes protestan y se rebelan contra las normas sociales impuestas por los adultos, también demandan límites realistas por parte de ellos; los cuales no le son proporcionados a causa de la propia falta de identificación de los adultos y por la revancha emocional que sienten al revistar su pasada adolescencia perdida y vuelta a desear. Es como si desearan que el hijo adolescente viviera los dolores que ellos tuvieron.
8. Muchos de estos conflictos, de estos procesos, se manifiestan a través del lenguaje no verbal. Así pues predomina un lenguaje corporal, confuso para el propio adolescente y para los adultos pues contiene aspectos reales y aspectos simbólicos.
9. No existen emociones específicas de la adolescencia, pero sí nuevas, sobre todo en determinados aspectos de las reacciones sexuales.
Es indudable que existe una hipersensibilidad que procede del organismo o del entorno, y por ello las emociones durante la adolescencia en general se tornan más vivas, más absorbentes,
más difíciles de dominar y dirigir (Leao, 1977).
Ahora bien, se han descrito y estudiado las características generales del adolescente, pero ya se aclaró que la adolescencia no puede ser clasificadas en su totalidad como una etapa de la vida, ya que si s piensa detenidamente, no reacciona igual un adolescente de 13 años que uno de 18, son diferentes los procesos internos de un joven de 14 años que uno de 19, igualmente responde distinto a los problemas que le plantea su entorno un individuo de 12 que alguien de 16. Por eso es posible considerar varias adolescencias; no existen etapas cronológicas sino etapas evolutivas en acomodación con el medio, cada una de las cuales posee tareas inherentes que implican una resolución indispensable para conseguir alcanzar la siguiente. Siguiendo en alguna forma a Blos (1962/ 1986), González Núñez et al. (1986) clasifican las diferentes fases de la adolescencia con modificaciones y tratan de especificar cuál es la tarea emocional a resolver del adolescente en un momento dado.

2. FASES DE LA ADOLESCENCIA (ADOLESCENCIAS)

A. Características de la preadolescencia
1. Un inicio de metas impulsivas que antes no existían, por lo que aparecerán nuevos intentos de conseguir esas metas con emociones nuevas. En esta etapa el adolescente no puede distinguir objetos amorosos ni metas impulsivas nuevas. Cualquier experiencia puede convertirse en un estímulo sexual, incluso aquellos pensamientos, fantasías y actividades que están desprovistos de connotaciones eróticas obvias; tal es el caso, por ejemplo, de un preadolescente que reacciona con una erección ante un estímulo que no es erótico (quizá provocada por miedo, coraje o una excitación general). Todo esto se halla favorecido por un aumento cuantitativo de la presión impulsiva; es decir, inició la aparición de nuevas metas instintivas y aumentó su presión intrapsíquica, lo que crea un conflicto en su medio ambiente.
2. Existe una socialización de la culpa a través del líder. Compartir la culpa con los demás es sólo un instrumento para evitar el conflicto con el Super yo. Es la época de los “nenes con los nenes” y las “nenas con las nenas”. Miedos, fobias y tics nerviosos llegan a presentarse como síntomas transitorios normales, a la vez  que aparece la angustia ante un episodio homosexual, también transitorio, propio de esta fase.
3. Reaparece la angustia de castración con profundo temor inconsciente a las emociones ambivalentes que se tuvieron hacia la madre en el periodo preedípico, lo que lleva a recurrir a ciertos ritos de iniciación para abandonar las gratificaciones pregenitales infantiles y superar la envidia por la mujer. El preadolescente tiene que sobreponerse a sus deseos de seguir siendo niño, dependiente del vínculo materno y debe completar su tarea del periodo preedípico. Ya puede encontrar satisfacción en el trabajo escolar o de otra índole de tipo creativo; tiene que enfrentar los sentimientos de coraje, envidia y rivalidad, pero principalmente la impotencia ante la agresión y la destrucción agresiva. Tendrá que superar las fantasías paranoides, tanto pasivas como activas, de ser succionado, devorado y muerto por la madre preedípica; a la vez que también ha de enfrentarse al temor de amar a su madre y quedarse dependiente de ella para toda la vida. Esta ambivalencia lo lleva también a intentar reparaciones afectivas en los demás, producto de sus fantasías destructivas. Son hostiles con las mujeres, las atacan, tratan de evitarlas y se vuelven presumidos y burlones con ellas; todo esto para intentar negar la angustia que les produce cualquier mujer, como desplazamiento de la figura materna; luego de estos ataques se sienten culpables y tratan de reparar.
4. Varones y mujeres utilizan la represión, la formación reactiva y el desplazamiento como mecanismos de defensa frente a todos los afectos intensificados por el temor de regresar, como en la infancia, a depender oral y analmente de la madre en aspectos como coraje, amor y ternura.
5. Desde el punto de vista externo, se presenta un preadolescente (varón o mujer) que va a intentar iniciar su independencia familiar, la cual se logra en el momento en que ya no es necesaria la tutela de los padres; esto no significa que el hijo sea indiferente a ellos, más bien implica que la verdadera edad adulta a la que desea llegar conlleva que ama a sus padres. Los padres, en especial la madre (puesto que con ella es el conflicto central), tienen que cooperar para el logro de esa independencia familiar; tal ayuda es especialmente importante en la comprensión afectiva que se tenga de los problemas del preadolescente (González Núñez, 1979).
B. Características de la adolescencia temprana
Los aspectos internos que caracterizan a la adolescencia temprana son los siguientes:
1. Una continuación progresiva de las nuevas metas instintivas que matizan e intensifican los afectos.
2. Una falta de catexia (energía afectiva) en los objetos de amor incestuoso. La elección de objeto en esta etapa es, en esencia, narcisista. El adolescente de esta edad necesita poseer objetos a los que pueda admirar y amar, además es preciso que estén fuera del ámbito familiar; esta falta de afecto en los objetos de amor incestuoso provoca una libido libremente flotante, la cual a su vez promueve que: a) el Super yo disminuya su eficacia, y b) que el Yo pierda control, particularmente en los afectos, la motilidad e incluso en el intelecto.
3. Existe un episodio bisexual transitorio de tipo inconsciente, situación que le angustia y que el adolescente niega, incluso se avergüenza de poseer fantasías al respecto.
4. se favorece el ideal del Yo, que en este periodo adolescente posee características narcisistas. Asimismo, se presenta una ruptura repentina de las relaciones de objeto primarias, desplazándose a una idealización de la amistad; posteriormente habrá una frustración, pero en esta etapa tener amigos es un asunto de suma importancia.
5. Se promueve la identificación con el progenitor del mismo sexo. Esto es, los afectos tiernos y agresivos, las sensaciones de dependencia e independencia dirigidos hacia el madre en la etapa anterior, ahora se resuelven en parte al poner el afecto en el progenitor del sexo opuesto, es decir, queriendo ser como él. Al identificase con el padre, el propio adolescente varón se ayuda a salir de ese periodo bisexual y queda preparado para el siguiente, y la mujer se identifica con la madre logrando así una adecuada identificación psicosexual. Lo mismo que sucedió en la infancia, cuando el niño cruzó el mundo simbiótico donde la madre era lo importante para luego entrar en una simbiosis con el padre, ahora, en la adolescencia temprana, la figura del padre vuelve a adquirir importancia emocional para el adolescente. ¿Cómo se sabe esto?, pues porque el propio adolescente lo demanda.
6. Junto con la identificación del adolescente varón con el padre (y de la adolescente mujer con la madre) las fantasías masturbatorias neutralizan la angustia de castración vivida por el episodio bisexual.
7. En la adolescencia temprana, el mundo externo y los padres, especialmente la figura paterna del sexo contrario, favorecen el inicio de la madurez emotiva; porque ahora el adolescente debe aprender a expresar sus afectos y emociones de maneras menos infantiles y más adultas, haciendo uso de su tolerancia a la frustración. Los adultos colaboran en esta fase si son congruentes con la expresión de los afectos propios y hacia el joven, sobre todo tolerando la ambivalencia con la que éste se expresa. Adultos ambivalentes y poco tolerantes  desconciertan y confunden al adolescente. Si en la etapa anterior la represión era fundamental y normal, ahora los adultos deben permitir la expresión y, ¿por qué no?, tolerar fallas en la represión para poder inculcar en ellos sus afectos.

C. Características de la adolescencia propiamente tal
La adolescencia propiamente tal se caracteriza porque el adolescente obtiene las siguientes metas internas:
1. La conciencia de que existe una nueva meta instintiva: la procreación; situación que matiza y afectiviza la fantasía de paternidad; tal fantasía es ambivalente, si desea, se niega, se aborrece, se busca, se aborta, etcétera.
2. En esta etapa culmina la formación de la identidad sexual. Se hace una completa renuncia a los objetos incestuosos y se abandona la posición bisexual, para hacer posible la orientación del sujeto hacia la heterosexualidad, que da la probabilidad de lograr la nueva meta impulsiva: la reproducción. La vida emocional del adolescente ahora es más intensa, más profunda y con mayores horizontes; los deseos edípicos y sus afectos correspondientes resurgen. Los celos, la envidia y la culpa reaparecen, y los conflictos internos sobre la identidad alcanzan su máximo desarrollo.
3. En el periodo de la adolescencia propiamente tal existe un empobrecimiento del Yo que se da ante el desprendimiento de los objetos primarios y la sustitución por nuevos objetos amorosos que representan a los anteriores.
4. La libido retirada del padre internalizado por identificación conduce al varón a una elección narcisista de objeto amoroso, elección basada en el Yo ideal. Igual fenómeno aparece en la mujer. Esta retirada de catexias del objeto hacia el sí mismo provoca en el adolescente un aumento en el narcisismo. Pueden aparecer afectivamente como muy egocéntricos y ensimismados. Si sobrevalora mucho su sí mismo, aumenta la autopercepción a expensas de la percepción de la realidad, desarrolla una sensibilidad extraordinaria; experimenta un gran alejamiento de los objetos familiares de la infancia: llega a la sensación de soledad. Ante la percepción de independencia biológica, psicológica y social se deprime. Durante la etapa narcisista de la adolescencia propiamente tal, se pasa de una sobrevaloración de los padres a una devaluación de éstos.
Hay adolescentes que llegan a sentir vergüenza de sus padres, lo cual los lleva a una postura narcisista que lleva implícito un afecto de arrogancia y rebeldía, si no es que éste ya apareció. Sin embargo, este periodo narcisista tiene aspectos positivos para el desarrollo emocional del adolescente: favorece su identidad, separación e independencia está al servicio progresivo del adolescente, también esta etapa narcisista transitoria conduce a un estado de omnipotencia y fallas en el juicio.
5. Mientras se desarrollan en el adolescente los principios inhibidores de control que orientan sus deseos, acciones, pensamientos y valores hacia la realidad, éste oscila entre la impulsividad y el control yoico. Para que esto suceda se hace necesario que tales principios se hayan desligado de los objetos de amor y odio que los provocaron originalmente. El establecimiento de la organización adulta de los impulsos supone una renuncia a los objetos de amor primarios y el encuentro de nuevos objetos. Ambos estados afectivos pueden describirse respectivamente como duelo y enamoramiento. Por lo general, el amor tierno precede a la experimentación heterosexual. Es posible pensar que si el muchacho no ha vivido con intensidad el amor platónico tierno, es probable que no haya pasado de la adolescencia. Ahora predominan mucho los sentimientos de ternura y devoción, así como la preocupación de conservar sus objetos de amor con un vehemente deseo de pertenecerse en forma mutua y exclusiva. A pesar de ello, al principio, este amor tierno resulta también amenazante para el adolescente, pues lo vive como una nueva dependencia, como una sumisión o como una rendición emocional; si tiene relaciones sexuales vive también el profundo temor de prostituir el amor de su vida.
6. El adolescente necesita ayuda desde el mundo externo para el logro de la heterosexualidad y la identidad. Precisa que los adultos que lo rodean muestren una escala de valores y una actitud firme y flexible que le permita reconocer límites en el exterior. Así también, solicita que los adultos se comporten con un claro desempeño de su rol personal, social y sexual.

D. Caracteríscticas de la adolescencia tardía
1. Existe ya una mayor unificación entre los procesos afectivos, volitivos y de acción. Es una fase en la que se jerarquizan y se consolidan los siguientes cambios:
a) Se hace un acomodo jerárquico de los valores e intereses del Yo.
b) Cristaliza una posición sexual irreversible (constancia de identidad) bajo u fórmula que puede ser genital heterosexual, bisexual, homosexual o celibatal.
c) La estabilización de los recursos mentales yoicos que de manera automática salvaguardan la identidad.
d) Un acomodo jerárquico de los afectos de acuerdo con la identidad lograda.
2. Para esta fase las diferencias individuales afectivas son notorias a simple vista, ya que la tolerancia al conflicto, la ansiedad y las descargas, matizan la fuerza y la cualidad individual.
3. Con esas características individuales reconocibles, la adolescencia tardía se caracteriza también por el esfuerzo del Yo para lograr una mayor integración de diversos fenómenos como el trabajo, el amor y la afirmación de una ideología.
4. Otra característica predominante de la adolescencia tardía es, no tanto la resolución de los conflictos instintivos sino lo incompleto de la solución; también resulta muy importante la función restauradora afectiva, ya con más consistencia y constancia que en épocas anteriores de la adolescencia.
5. Aparece como notoria la capacidad de sublimar en esta época. Si en la latencia se inició, en la adolescencia tardía se completa; sublimar implica destinar una serie de afectos para que el Yo no sólo conserve sus funciones, sino que se enriquezca, se supere.
6. Desde el punto de vista externo, el ambiente colabora con el adolescente en favorecer que la vocación decidida y ya establecida se integre a una ocupación que le permita satisfacer las necesidades de seguridad económica tanto en el presente como en el futuro.

E. Características de la postadolescencia
1. Representa el paso final de la adolescencia donde las identificaciones son plenamente aceptadas y se fortalecen.
2. Las ligaduras sexuales infantiles tienen que desvincularse definitivamente de los objetos incestuosos y ligarse a nuevos objetos que, aunque no sean verdaderamente nuevos en sentido genético y dinámico, sí lo son en la realidad (González Núñez, 1984).
3. Junto con este proceso, ocurre una aceptación o afirmación de las instituciones sociales y de la tradición cultural en la que los aspectos componentes de la influencia parental se vuelven, por así decirlo, inmortales. Quedan así establecidos los afectos y las actitudes ambivalentes o unívocas hacia las instituciones o tradiciones; en esta etapa se logra la integración superyoica de los afectos.
4. Así, la persona queda al fin integrada en esta etapa de la adolescencia a su rol social, a la estabilidad de un enamoramiento y la decisión de comprometerse con una pareja, que se completa con su disposición hacia la paternidad u otra alternativa, así como con una sublimación que se orienta sobre todo a través de su vocación y ocupación.
5. Se consolida una escala de valores irreversibles que matiza y da sentido a su vida en cuanto al Super yo y al ideal del Yo.
6. Desde lo externo, queda finalmente integrado el uso del tiempo libre como satisfactor productivo para la personalidad. El uso de pasatiempos y actividades recreativas también se estabiliza y favorece el crecimiento del Yo. De manera que la educación emocional debe seguir una línea transversal por etapas, debe educar al adolescente en aquellos afectos y actitudes emocionales propios de la etapa en la que está viviendo; pero también es preciso seguir una línea longitudinal en su aspecto epigenético, esto es, debe realizarse una educación emocional. El adolescente varón necesita más del padre, tal como la mujer de la madre, para completar su desarrollo de personalidad y llevar a cabo su proyecto de vida y así cumplir con su destino. Los afectos son los herederos de los impulsos y, a través del Yo, son las manifestaciones de las ligas ambivalentes tanto del Ello como del Super yo. ayudar a que el adolescente controle sus afectos es ayudarle a que su vida emocional futura sea más plena y cumpla con su rol sexual.

3. LOGRO DE LA IDENTIDAD

Para el logro de la identidad el adolescente debe enfrentarse a las siguientes situaciones
A. Logro de la heterosexualidad
En la primera parte de la adolescencia se observa que el adolescente posee una actitud autoerótica que se caracteriza por la masturbación. El adolescente no ha logrado salir de sí mismo, no posee todavía las herramientas psicológicas y sociales que le permitan relacionarse de manera satisfactoria con el exterior y gratificar sus urgencias sexuales con otro ser humano. Después pasa por una etapa homosexual, la cual puede ser consciente y observable o no. Esta etapa se debe a que en un primer intento por salir de sí mismo, al adolescente le resulta más fácil relacionarse, por lo menos en su fantasía inconsciente o en la realidad, con una persona del mismo sexo; para finalmente lograr relacionarse con una persona del sexo opuesto, que le ayude a diferenciarse y le transmita la sensación de plenitud masculina o femenina, según el caso. En este punto, la información errónea o una mala educación sexual puede causar daños (psicológicos, emocionales y sexuales en los adolescentes); este tipo de interferencia obstaculiza la búsqueda de un objeto amoroso único y estable, con el cual lograrán vincularse de manera permanente. Los ideales de una educación emocional en el logro de la heterosexualidad están matizados por el deseo monogámico de exclusividad. Exclusividad no quiere decir sometimiento, posesión, humillación, explotación del objeto heterosexual que sea elegido; más bien implica que el amor, la ternura, la hostilidad, la ilusión, la desilusión, el compañerismo y la voluptuosidad sexual son vividas con responsabilidad y libertad exclusivas puesto que la libertad de elección fue ejercida. De alguna manera debe moldearse este ideal de exclusividad, cuidado, respeto, atenciones hacia el objeto amado, con sinceridad, planeamiento y espontaneidad.

B. Independencia de la familia
Esta independencia se va logrando paulatinamente hasta que llega el momento en que no se hace necesaria la tutela de los padres; esto no significa que el hijo sea indiferente a ellos, sino que la verdadera adultez implica que se ama a los padres, que se consideran sus deseos al tiempo de tomar las propias decisiones y se logra vivir una vida por sí mismo. Para el logro de esta independencia los padres pueden ayudar a sus hijos, quizá mediante una aportación económica mayor (si les es posible), absteniéndose de escogerles a sus amigos, dejando que gradualmente resuelvan solos sus propias dificultades y no interfiriendo en la elección de la pareja o de la profesión, aunque dando su ayuda si les es solicitada.

C. Logro de una madurez emotiva
El adolescente tiene que aprender a expresar sus afectos y emociones en formas menos infantiles y más adultas, haciendo uso de su tolerancia a la frustración y no huyendo de la realidad. El adulto colabora en este aspecto siendo congruente con la expresión de sus afectos hacia el joven y tolerando la ambivalencia que el adolescente manifiesta, en particular con el camino hacia el logro de la unicidad de la expresión afectiva. Adultos ambivalentes y poco tolerantes desconciertan y confunden al adolescente, no permitiéndole crecer. El papel de la figura paterna es primordial sin, por ello, restar importancia a la figura materna.

D. Independencia económica
Ésta se encuentra muy relacionada con la elección profesional, ya que una buena selección de ocupación permitirá al adolescente satisfacer por sí mismo sus necesidades económicas, requisito indispensable en la edad adulta. La educación afectiva hacia el dinero es importante desde las primeras etapas ya que tiene su culminación al terminar la adolescencia. El dinero, además de ser el medio para adquirir diferentes artículos, posee significados simbólicos: con él se obtiene simbólica o realmente poder, se tiene autoridad; de la oportunidad de someter, humillar, comprar afecto, o se puede dar y ser generoso con las necesidades personales y de los demás. Es claro que para el neurótico obsesivo el dinero es la máxima expresión de su avaricia y resulta de vital importancia neurótica.

E. Logro de la adultez intelectual
Este aspecto se refiere al hecho de que el adolescente tiene que aprender a pensar mediante formas racionales que le permitan concebir las cosas en sus relaciones causa y efecto; lo cual implica una solidez en el razonamiento, la necesidad de pruebas que validen tanto lo que dice como lo que se le dice. Si esta forma de pensar adulta se aplica a los afectos y emociones, reditúa enormes sentimientos de satisfacción. Es importante recordar que los afectos, como herederos de los impulsos, suelen utilizar el proceso primario y la irracionalidad para su expresión. Aunque resulta lógico que si la inteligencia ayuda a la educada expresión de los afectos, el sujeto posee más madurez afectiva.

F. Poseer una filosofía de la vida 
Aunque la religión, cualquiera que ésta sea, y el ambiente imperante dan al adolescente, un sentido particular de su vida que lo asegura y orienta en sus actos, él necesita mantener un cuerpo de creencias y valores sólidos que impliquen una escala de valores, así como actitudes sobre las cuales guiarse con seguridad. El ambiente actual confunde con mucha facilidad al adolescente; los adultos tambaleantes en sus propias filosofías y en sus propios valores no se comprometen como modelos de identificación adulta; sin embargo, los adolescentes necesitan el apoyo de una figura de autoridad que imponga límites de acuerdo con la edad y circunstancias del joven. Poseer una filosofía de la vida y jerarquía de valores afectivos adecuadas, permite actuar de tal modo que quedan claras las prioridades en la vida cotidiana: amor, amistad, envidia, venganza, destrucción, dinero como vehículo para obtener afecto, sometimiento, someter, mentira, corrupción, engaño, control afectivo, etc. Un adulto reconoce en situaciones de conflicto esa jerarquía afectivo que le da sentido a su vida cotidiana, colaborando con una adecuada filosofía práctica de la vida.

G. Adecuado uso del ocio
El adolescente necesita poseer actividades que cristalicen sus intereses sin que por esto se agoten sus energías, sino más bien que las robustezca. Debe aprender a disfrutar actividades culturales, deportivas y de cualquier índole que favorezcan un adecuado uso de su tiempo libre. Si el adolescente logra resolver en el ámbito psicológico lo anteriormente listado, ha logrado “ser” y ha logrado su identidad. Es importante que el adolescente que ha obtenido su identidad tenga la capacidad de sublimar y ser creativo, ya que en el arte se crea un producto que sintetiza y condensa en símbolos claves el mensaje afectivo íntimo que recapitula la relación amorosa con el objeto; es la recuperación del mismo, transformado en producto estético (De Tavira y Noriega, 1988).

H. Necesidad de una realización vocacional 
El deseo de poseer una ocupación que permita una independencia económica implica el desempeño adecuado de su vocación. Dos decisiones se vuelven así importantes en la vida del adolescente, la elección de un objeto amoroso y la selección vocacional. Existen incluso diferencias entre las aspiraciones ocupacionales y muchas personas creen que el deseo de progresar socioeconómicamente es exclusivo de la clase media y alta, y que los niños de clase baja, con excepción de unos cuantos, no poseen el deseo de progresar. En un estudio en el Elmtown con niños de clase socioeconómica baja, se observa que este tipo de sujetos ha circunscrito sus propios horizontes al límite de su clase social y que esto determina en forma inconsciente la posibilidad de rebasar los niveles de sus padres; sin embargo, hay investigaciones que muestran lo contrario. En un estudio de niños de clase social baja en las escuelas públicas de la ciudad de Nueva Cork (Clark, 1965) se informa que 30% de los varones y 85% de las chicas expresaban aspiraciones profesionales más elevadas a las del nivel al cual pertenecían. En 1972 Vigod informó que cuanto más elevado es el estatus socioeconómico de un niño, más alto será el estatus de la ocupación esperada. Es importante continuar con este tipo de investigaciones que indiquen la relación vocación-ocupación con las aspiraciones de los adolescentes de diferente nivel sociocultural. Es probable que en México exista una estructura social donde pudiera transculturarse el adolescente a través de la vocación- ocupación.
Como se ha considerado, cada etapa de la adolescencia tiene sus propias tareas a resolver y, por tanto, sus propios afectos a expresar. Internamente está la disposición ya está la base, la potencialidad lista para que puedan hacerlo, sin embargo, las influencias del medio, familia, escuela, medios de comunicación (radio, televisión, cine), etc., no favorecen una adecuada expresión natural y sana de los afectos. La no expresión de los afectos da como resultado la neurosis, una de las soluciones (no la única) que se tiene a la mano; existen otras más adaptativas y saludables y menos costosas para el Yo del adolescente. Es posible afirmar que el individuo que ha dejado atrás el periodo de la adolescencia presentará las siguientes características: madurez emocional, madurez social, una visión clara de la vida, independencia familiar y económica, una ocupación que satisfaga su vocación, una pareja heterosexual y un adecuado uso del ocio junto con una jerarquía de valores emocionales a expresar de manera apropiada (cualquier otra opción, ya sea el celibato, la bisexualidad o la homosexualidad son alternativas adaptativas que sustituyen a la vida heterosexual). Tener una jerarquía emocional clara favorece la salud mental por sí misma.
Tanto en su mundo interno como en el medio, el adolescente tiene que resolver muchas tareas en el tránsito de esta época de su vida. También son muchos los afectos nuevos que se le pueden presentar, mientras que él sólo tiene un repertorio, dado lo peculiar de su vida, en una familia, una escuela y una cultura determinadas que le imponen formas de sentir que son consideradas como adecuadas aunque él no concuerde con ellas. De ahí la importancia de hacer investigaciones que traigan como consecuencia la realización de programas de prevención primaria de la salud emocional, tan importante en todas las áreas de la personalidad.

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