sábado, 12 de noviembre de 2016

ASOCIACIONISMO Y AJUSTE EN LA ADOLESCENCIA -Un análisis en la comarca de la Safor- . TESIS DOCTORAL .Andrea Ollero Muñoz. Valencia,(Extracto Cap. 3)


3- Adolescencia y juventud

3.1. Conceptos

Juventud

Los conceptos de adolescencia y juventud corresponden a una construcción social, histórica, cultural y relacional, que a través de las diferentes épocas y procesos históricos y sociales han ido adquiriendo denotaciones y delimitaciones diferentes (Dàvila, 2004). El incremento en la esperanza de vida y los nuevos referentes y metas sociales hacen cada vez más difícil distinguir entre adolescencia y juventud. Las etapas evolutivas tienden a dejar de tener límites claros, alargándose o acortándose en el tiempo, siendo la sociedad, sus componentes culturales y sus estilos de vida, quienes definen básicamente el período en el que se encuentran los sujetos (Ballesteros, Babín, Rodríguez y Megías, 2009).

Disciplinariamente, se le ha atribuido la responsabilidad analítica de la adolescencia a la psicología, en la perspectiva de un análisis y delimitación partiendo por el sujeto particular y sus procesos y transformaciones como sujeto; dejando a otras disciplinas de las ciencias sociales y humanidades la categoría de juventud, donde a partir de sujetos particulares, el interés se centra en las relaciones sociales posibles de establecerse en éstos y las formaciones sociales. Sin embargo, la misma utilización de los conceptos de adolescencia y juventud, en muchas ocasiones tienden a usarse de manera sinónima y homologadas entre sí, especialmente en el campo de análisis de la psicología general, y en sus ramas de psicología social, clínica y educacional; cuestión que no ocurre con mayor frecuencia en las ciencias sociales (Dàvila, 2004).

La juventud se puede definir como el periodo de la vida de una persona en el que la sociedad deja de verle como un niño pero no le da un estatus y funciones completos de adulto. Como etapa de transición de la dependencia infantil a la autonomía adulta (Souto, 2007).

Pero a lo largo de estos años se ha tratado de poner en duda el consenso social, político y académico, sobre la consideración de que la juventud sólo es una etapa transitoria en la vida de las personas y por tanto no puede considerarse, ni a efectos  analíticos ni a efectos prácticos, una categoría social. La actual crisis ha puesto en evidencia ya no sólo la falacia de la negación de la juventud, sino las graves consecuencias que están produciendo tres décadas de retóricas destinadas a limitar los derechos de ciudadanía y en particular la ciudadanía activa, de las personas jóvenes (Comas, 2011, p.12). El concepto de juventud ha perdido su significado de mera etapa de transición a la vida adulta para adquirir una nueva concepción que sitúa a las personas jóvenes como sujetos de pleno derecho y reconoce su papel, su aportación e intervención en la vida social, cultural, política, económica y laboral de la sociedad (Ley 18/2010 de Juventud de la Comunidad Valenciana). La juventud es una etapa de aprendizaje, pero también de construcción y de afirmación de la plena ciudadanía (Agudo y Albornà, 2011).

La tradicional interpretación de la juventud como un periodo de transición en el que tiene lugar un complejo proceso de cambios que permiten a los jóvenes alcanzar el estado adulto nos ha acostumbrado a entender la juventud desde una perspectiva lineal y evolutiva, con un principio definido en términos negativos, dependencia del adulto, y un final definido en términos positivos, la emancipación (tales como el tener un trabajo remunerado, una casa propia, una nueva relación familiar e incluso llegar a tener hijos).

En este sentido, la etapa de la juventud se puede interpretar, por tanto, como el proceso de adquisición por parte de los jóvenes de los recursos necesarios para integrarse en la organización social y asumir nuevas dependencias y responsabilidades (Benedicto, 2008).
Los jóvenes han empezado a configurarse como una categoría social y común a ambos sexos, definida por una condición específica que demarca intereses y necesidades propias, casi totalmente desvinculadas de la idea de transición. Esta nueva condición juvenil se caracteriza por una fuerte autonomía individual (especialmente en el uso del tiempo libre y el ocio), la avidez por multiplicar experiencias vitales, la ausencia de grandes responsabilidades hacia terceros, salvo los amigos y familiares cercanos, una rápida madurez mental y física, y una emancipación más temprana en los aspectos emocionales y afectivos, aunque retrasada en lo económico, con un ejercicio más precoz de la sexualidad (Abad, 2002).

En España, como en el resto de países de Europa occidental, se ha producido en las dos últimas décadas una ampliación de la etapa juvenil, que tiene como causas principales el incremento del tiempo dedicado a la educación y la formación, el retraso en el proceso de autonomía económica ante las condiciones de dificultad del mercado laboral y del empleo, así como el retraso en el acceso a la vivienda, lo que dificulta la formación de nuevas unidades de convivencia y parentesco. Anteriormente, se tenía como referencia sólo al colectivo entre 15 y 24 años, que era y- sigue siendo con frecuencia- la convención estadística adoptada en el ámbito internacional (INJUVE, 2014). La Ley de la Juventud de la Comunidad Valenciana en su título preliminar, establece como periodo de la vida que abarca la edad juvenil las personas jóvenes con edades comprendidas entre los 14 y los 30 años, inclusive (Ley 18/2010).

España se ha caracterizado por una elevada edad de emancipación juvenil y por una elevada dependencia familiar de los jóvenes. España es el país con más jóvenes viviendo con sus padres, seguido de Portugal e Italia. Por el contrario Finlandia, Noruega y Suecia son los países donde menor número de jóvenes viven con sus padres (INJUVE, 2012). En los próximos cinco años la tasa de emancipación juvenil en España no aumentará respecto a la actual. La precariedad laboral será la causa principal del retraso de la independencia de los menores de 30 años (Centro Reina Sofía, 2012).

Nuestro país fue pionero en esta extensión de la etapa juvenil, ya que se ha ido adoptando progresivamente en otros países e incluso en áreas geográficas más amplias Las consecuencias principales son obvias: ampliación de la etapa formativa, y retraso en la actividad laboral, en la emancipación, en la asunción de responsabilidades adultas, en la capacidad económica, en la constitución de nuevas familias y en la natalidad (INJUVE, 2014).

La generación joven actual es la llamada ―nativos digitales‖. Nos referimos a los Jóvenes nacidos en la Etapa de fin de siglo y de principio del Milenio. Es una Juventud con unos niveles de Información, Comunicación y Conocimiento desconocidos hasta ahora, con un pronóstico de inserción laboral y social bastante difícil, pero crecientemente centrada en la ―Elaboración de proyectos prácticos‖, y focalizada muy especialmente hacia la sustitución del mundo analógico por el mundo digital. Sus rasgos principales son ya suficientemente netos: tienen una inequívoca ―Tendencia al Pragmatismo‖. Previsiblemente exigirán cambios profundos en muchos ámbitos de la organización social, política y económica de nuestra sociedad. Asistimos en estos momentos a la singular configuración de esa Primera Generación Joven Globalizada 1.0 orbitando el planeta. (INJUVE, 2014 p. 39- 40).

La juventud en nuestros días, parece decantarse por el disfrute del individualismo y el tiempo libre. No participan en la política formal, pero sí en organizaciones deportivas o religiosas, al margen de las instituciones políticas (Fernández, 2009). Aunque la mayoría de las políticas nacionales sobre la juventud han tratado de tener en cuenta las necesidades y preocupaciones de los jóvenes hasta los 24 años y a veces más allá, también es importante centrarse en los adolescentes, que necesitan apoyo, protección y preparación especiales para su transición hacia la edad adulta (UNICEF, 2011).

Adolescencia


La adolescencia se considera una etapa de crisis (evolutiva) en la cual suelen incrementarse los comportamientos de riesgo. Pero también, simultáneamente, es un momento en el que se desarrollan nuevas capacidades cognitivas, nuevas habilidades sociales y en que acontecen nuevas experiencias emocionales y afectivas. Distintos factores psicológicos, psicosociales, sociales y culturales determinarán que el tránsito por esta etapa del ciclo vital se realice con mayor o menor éxito (Castellá, et al., 2012).

La adolescencia es una etapa importante en la vida de cualquier persona. En ella se forma la identidad y adquiere la independencia que tiene que tener como un adulto maduro (Becoña, 2002). Es uno de los periodos más decisivos para la adquisición de estilos de vida, en el que tiene lugar la consolidación de algunos comportamientos provenientes de la infancia así como la incorporación de otros nuevos adquiridos en sus contextos de socialización (Hernando, Oliva y Pertergal, 2013).


La adolescencia implica el planteamiento y el inicio de la búsqueda de quién se es realmente, o de quién se espera llegar a ser. Es un viaje sin retorno hacia la individuación y la autonomía, completa o deficiente, en la que el adolescente ensaya conductas, actitudes, valores, relaciones, etc., que irá haciendo suyas o descartando, en un proceso de conformación de la identidad adulta (Ballesteros, Babín, Rodríguez y Megías, 2010). Es un periodo de transición entre la infancia y la adultez, en el cual el adolescente se siente miembro y partícipe de una ―cultura de edad‖ caracterizada por sus propios comportamientos, valores, normas, argot, espacios y modas (Pons y Buelga, 2011). Aunque el conflicto no es inherente a la adolescencia, la vulnerabilidad lo es.

Los adolescentes son especialmente vulnerables, en particular a los riesgos sociales.
Combinan una gran curiosidad (de esta manera siguen siendo niños) con creciente independencia (que les permite descubrir cada vez nuevos rasgos el mundo) y que todavía no tienen experiencia personal. Al no ser física y psicológicamente protegidos por los adultos como lo fueron en la infancia, la combinación de estos tres factores les hace extremadamente vulnerables (Batista-Foguet, Mendoza, Pérez- Perdigón y Rius 2000).

Conceptualmente, la adolescencia se constituye como campo de estudio, dentro de la psicología evolutiva, de manera reciente, pudiendo asignarse incipientemente sólo a finales del siglo XIX y con mayor fuerza a principios del siglo XX, bajo la influencia del psicólogo norteamericano Stanley Hall, quien con la publicación (1904) de un tratado sobre la adolescencia, se constituyó como hito fundacional del estudio de la adolescencia y pasara a formar parte de un capítulo dentro de la psicología evolutiva (Dàvila, 2004).

Definir la adolescencia con precisión es problemático por varias razones. Primero, se sabe que de la madurez física, emocional y cognitiva, entre otros factores, depende la manera en que cada individuo experimenta este período de la vida. El segundo factor que complica la definición de la adolescencia son las grandes variaciones en las leyes de los países sobre la edad mínima para realizar actividades consideradas propias de los adultos, como votar, casarse, vincularse al ejército, ejercer el derecho a la propiedad y consumir bebidas alcohólicas. En muchos países, los 18 años marcan el inicio de la mayoría de edad, con la ventaja de que coincide con el nivel superior de la escala de edad para los niños y niñas que se describe en el artículo 1 de la Convención sobre los Derechos del Niño. La tercera dificultad que plantea la definición de la adolescencia es que, independientemente de lo que digan las leyes acerca del punto que separa la infancia y la adolescencia de la edad adulta, innumerables adolescentes y niños pequeños de todo el mundo trabajan, están casados, atienden a familiares enfermos o participan en conflictos armados, todas ellas actividades que corresponden a los adultos y que les roban su infancia y adolescencia. (UNICEF, 2011).

La Organización Mundial de la Salud (OMS), considera que los adolescentes (jóvenes de 10 a 19 años) son un grupo sano. Sin embargo, muchos mueren de forma prematura debido a accidentes, suicidios, violencia, complicaciones relacionadas con el embarazo y enfermedades prevenibles o tratables. Más numerosos aún son los que tienen problemas de salud o discapacidades. Además, muchas enfermedades graves de la edad adulta comienzan en la adolescencia. Por ejemplo, el consumo de tabaco, las infecciones de transmisión sexual, entre ellas el VIH, y los malos hábitos alimentarios y de ejercicio, son causas de enfermedad o muerte prematura en fases posteriores de la vida.

Con el descubrimiento del siglo XX de la infancia y la adolescencia como periodos especiales en que los niños deben recibir apoyo para aprender y desarrollar, la sociedad americana asumió un creciente sentido de responsabilidad para el cuidado de sus jóvenes. Aumento de la delincuencia juvenil y las preocupaciones por los jóvenes con problemas (Catalano et al., 2004, p.98). A pesar de que no existe una definición de adolescencia aceptada internacionalmente, las Naciones Unidas establecen que los adolescentes son personas con edades comprendidas entre los 10 y los 19 años; es decir, la segunda década de la vida. Definir la adolescencia como la segunda década de la vida permite reunir datos basados en la edad, con el propósito de analizar este período de transición. Actualmente se reconoce que la adolescencia es una etapa independiente de la primera infancia y de la edad adulta, y que requiere atención y protección especial (UNICEF, 2011). La infancia es un modo de condición humana, no es un humano en condicional (Vidal y Mota, 2008, p.23).

La adolescencia es un periodo de transición entre la niñez y la edad adulta, en la que el individuo debe afrontar un gran número de cambios y desafíos evolutivos. El incremento en el número de conflictos con los padres, las mayores alteraciones en el estado de ánimo y la mayor implicación en conductas de riesgo son aspectos distintivos de la adolescencia, que la convierten en una etapa especialmente difícil no sólo para el/la adolescente sino también para las personas que forman parte de su entorno (Musitu y Cava, 2003).

Estos cambios se articulan en tres áreas, fundamentalmente: cambios en el desarrollo físico/biológico, cambios en el desarrollo psicológico y cambios en el desarrollo social (Alonso, 2005; Dávila, 2004). Cambios físicos propios de la pubertad,  cambios cognitivos relacionados con el pensamiento abstracto, el desarrollo de sistema de valores propio, los cambios relativos a la consolidación de su identidad y una significativa variación en el ámbito de las relaciones sociales (Cava y Musitu, 2002 p.67).

Todos los seres humanos pasan por la pubertad. Es un momento de cambio biológico rápido y el progreso cada más rápido hacia la edad adulta. Sus connotaciones psicológicas son esencialmente positivas porque la conciencia que uno está creciendo y alcanzando la madurez biológica; la autonomía física, la fertilidad, el potencial de trabajar y cooperar con los demás, la capacidad neuronal para manejar más información etc. Aunque, la sociedad y los contextos microsociales pueden causar una experiencia que se considere como satisfactoria o insatisfactoria (Bastista-Foguet, Mendoza, PérezPerdigón y Rius (2000).

El aumento en la producción de hormonas sexuales asociado a la pubertad va a tener una repercusión importante sobre las áreas emocional y conductual. A nivel cognitivo durante la adolescencia los individuos se vuelven más capaces que los niños a pensar sobre lo abstracto y lo hipotético. Va a suponer un cambio cualitativo fundamental, ya que en el periodo comprendido entre los 12 y los 15 años comienza a aparecer el pensamiento operatorio formal, como consecuencia de la maduración biológica y de las experiencias. 

El establecimiento de la autonomía y la identidad son tareas propias del desarrollo de la adolescencia, buscar un firme sentido de quiénes son y cómo encajan en el mundo social en el que viven. El proceso de exploración y búsqueda que va a culminar con el compromiso de chicos y chicas con una serie de valores ideológicos y sociales, y con un proyecto de futuro, que definirán su identidad personal y profesional. Aumento de oportunidades para las actividades recreativas, académicas y sociales fuera de la familia, a partir de la pubertad chicos y chicas empiezan a pasar cada vez más tiempo con el grupo de iguales, que pasará a ser un contexto de socialización fundamental (Steimberg y Silk, 2002; Oliva y Parra, 2004).

El periodo de la adolescencia suele situarse cronológicamente entre los 12 y los 20 años que habitualmente se divide en tres etapas: primera adolescencia o preadolescencia (12-14 años), adolescencia media (15-17 años); y adolescencia tardía (18-20 años) (Cava y Musitu 2002; Alonso, 2005; Smetana et al., 2006).

La adolescencia denominada media y tardía está caracterizada por cambios de  estado de ánimo bruscos y frecuentes y el incremento de la implicación en conductas de riesgo (Alonso, 2005). Estos cambios, que se producen relativamente en poco tiempo, pueden implicar también cambios en la influencia de determinados factores de riesgo y protección en distintos momentos de la adolescencia (Cava, Murgui y Musitu, 2008).

Los cambios fisiológicos, psicológicos y socioculturales que se producen en la adolescencia y la forma personal en que cada sujeto asimile dichos cambios determinará el logro de un mayor o menor nivel de independencia y autonomía, actuando así como factores de riesgo (facilitando la probabilidad de inicio y desarrollo de consumo de drogas) o como factores de protección (manteniendo al sujeto alejado de esta conducta)( Peñafiel, 2009).

La presencia de los factores de riesgo se hace presente en la adolescencia temprana. En la mayoría de los estudios, el comienzo en la utilización de las drogas suele situarse entre los 13 y los 15 años. Existe un considerable aumento del consumo en este periodo, pudiendo ser ésta una etapa vulnerable para la iniciación. La relación entre los patrones de consumo y la edad se describe en términos de una función curvilínea, es decir, aumenta con la edad, alcanzando su punto máximo entre los 18-24 años y posteriormente desciende. En la última etapa de la adolescencia -17 a 20 años las preocupaciones y las capacidades de autocuidado parecen incrementarse. Hay una mayor conciencia de riesgos tanto en el plano sexual como en el campo de las drogas y los aspectos psicosociales de su desarrollo son más claramente percibidos. Estos jóvenes pueden ser capacitados para promover la salud en sus diferentes aspectos y actuar como agentes multiplicadores dada su fuerte interacción con los grupos de pares (Krauskopf, 1995; Peñafiel, 2009).

El conocimiento sobre el desarrollo psicológico y el funcionamiento durante la adolescencia ha seguido creciendo durante la última década a un ritmo rápido. Aunque muchos de los focos de las investigaciones recientes han sido los, familiares, problemas de comportamiento, la pubertad, relaciones padres-adolescentes, el desarrollo del yo, y de pares de relaciones, nuevos temas y marcos rectores transformaron el panorama de la investigación. Comparado con estudios realizados antes de mediados de 1980, la investigación reciente ha sido más contextual, inclusive, y conscientes de la interacción entre la genética y el medio ambiente, factores que influyen en el desarrollo (Steinberg y Morris, 2001).

El convencimiento de que la experiencia personal es algo especial y único (―fábula personal‖); una distorsión cognitiva que puede estar en la base de las graves conductas de riesgo en que eventualmente se implican algunos adolescentes, creyendo que las consecuencias más probables de dichas conductas no pueden sucederles a ellos porque son especiales. Otra característica es la escasa orientación hacia el futuro y la dificultad para apropiarse de lo que se va a ser y para construir un proyecto propio, un fenómeno al que suele denominarse presentismo; otro elemento más de esos rasgos adolescentes que incrementan la orientación a las conductas de riesgo (Ballesteros, Babín, Rodríguez y Megías, 2010).

La importancia de la adolescencia para el establecimiento del estilo de vida tiene que ver con los importantes cambios psicológicos y contextuales que tienen lugar durante estos años en los que chicos y chicas realizan sus primeras salidas y reuniones con sus iguales sin la presencia de sus padres y en los que van ganando autonomía para tomar algunas decisiones relacionadas con el ocio y el estilo de vida (actividades extraescolares, consumo de sustancias, prácticas sexuales, etc.) (Hernando, Oliva y Pertergal, 2013).

Los estilos de vida y oportunidades de salud, bienestar y desarrollo tienen profunda relación con el contexto socio-cultural, y al mismo tiempo facilitan o dificultan el tránsito de niños y adolescentes hacia la edad adulta (Castellà, et al. 2012).

Los datos confirman el peso y/o valor —―poder‖— trascendental que tienen los iguales en los jóvenes españoles de modo que representan el capital básico para la socialización e identificación personal (Añaños y Bedmar, 2008).

3.2. La Perspectiva del Desarrollo Juvenil Positivo

El ámbito que nos ocupa nuestra investigación sobre los posibles beneficios de la participación en asociaciones juveniles en el ajuste adolescente, se relaciona con la percepción de la juventud de los modelos de desarrollo juvenil positivo.

Las primeras concepciones surgidas en torno al periodo de la adolescencia, tanto en el campo de la psicología como en la filosofía o la literatura, contribuyeron a dibujar una imagen dramática y negativa de esta etapa evolutiva, en la que los problemas emocionales y conductuales, y los conflictos familiares ocupaban un lugar preferente.

Autores como Stanley Hall, Anna Freud o Eric Erikson apoyaron claramente la idea de que una adolescencia turbulenta y complicada era una característica normativa y deseable en el desarrollo humano, y se convirtieron en los principales defensores de la línea que suele denominarse Storm and Stress (Oliva y Parra, 2004). Las concepciones clásicas sobre adolescencia la conceptualizaba dentro del modelo de la vulnerabilidad, edad especialmente tormentosa y dramática (Dàvila, 2004). Históricamente, una función primaria de programas para la juventud fue rehabilitación o contención (ej., mantenimiento de la juventud de las calles) (Jennings, Parra-Medina, Hilfinger-Messias y McLoughlin, 2006).

La perspectiva de desarrollo juvenil positivo enfatiza las potencialidades manifiestas, más bien que las incapacidades supuestas de jóvenes que incluyen a los jóvenes de los orígenes más desfavorecidos y aquellos con las historias más turbulentas (Damon. 2004).
En el informe de UNICEF (2011) explicitaba que aunque la adolescencia se ha asociado a modelos de vulnerabilidad por concepciones sociológicas por tratarlos como adultos pequeños para uso de armas o trabajo en algunos países, resalta la tendencia internacional de ver la adolescencia como una edad de oportunidades y preparada para la participación y decisiones en programas políticos (p.2).

Desde el modelo del desarrollo positivo de los jóvenes (PYD) postula que una trayectoria vital psicológicamente saludable es el producto del beneficio mutuo del aprendizaje de habilidades y competencias útiles para la vida, y de un entorno adecuado que apoye y proporcione cuidados y seguridad. Por ello, desde esta perspectiva, la adolescencia no se concibe como un período disruptivo y tormentoso, sino como una etapa de aprendizaje y de oportunidades (Lerner et al., 2005). Desde la perspectiva de la psicología del desarrollo positivo, conocer las variables que favorecen el desarrollo de la responsabilidad personal y social supone un avance a destacar en este ámbito porque nos permite comprender los recursos psicológicos que deben ser utilizados para potenciarla (Gutiérrez, Escartí y Pascual, 2011).

A pesar de las dificultades de las sociedades modernas, los riesgos asociados a la adolescencia y los cambios intrínsecos de esta etapa de la vida, los resultados encontrados dibujan una situación bastante esperanzadora en relación a esta población y apuntan importantes implicaciones en el desarrollo de actuaciones y programas  específicos para el pleno aprovechamiento de las fortalezas así como su potencial desarrollo (Gimenez et al., 2010).

En los últimos años, los investigadores han comenzado a pasar de ver a los jóvenes (es decir, niños y adolescentes) como problemas a verlos como recursos para la acción participativa y la investigación. Del mismo modo, los niños y promoción de la salud de los adolescentes está ganando reconocimiento como un enfoque viable no sólo para la prevención de problemas de la juventud, sino también mejorar el desarrollo positivo (Wong, Zimerman y Parker, 2010). Larson apuntaba que eran necesario las investigaciones de los procesos del desarrollo juvenil positivo. El desarrollo de la iniciativa como un ejemplo de una de muchas experiencias de aprendizaje que deberían ser estudiadas como la parte del desarrollo juvenil positivo (Larson, 2000). El Empoderamiento como fomento positivo de la juventud desarrollo y ciudadanía, entendido como la potenciación de la capacidad de promover desarrollo positivo de la Juventud y la ciudadanía (Cargo, Grams, Ottoson, Ward y Green, 2003). Propiciar la responsabilidad de los adolescentes de expresar, la toma de decisiones y la acción. Esto puede conducir a cambios positivos en el desarrollo de la juventud y su integración social en la comunidad. El Empoderamiento surgió como un proceso transaccional de alianzas entre jóvenes y adultos. (Cargo et al., 2003; Holden et al., 2004).

La participación juvenil donde las voces juveniles son valoradas están relacionadas con los enfoques de empoderamiento y el desarrollo positivo de la juventud (Wong, Zimerman y Parker, 2010). El empoderamiento (la potenciación), es un proceso de acción social que puede ocurrir en múltiples niveles, por ejemplo, individuo, familia, organización y comunidad.

Un constructo multinivel consistente en enfoques prácticos y aplicaciones, procesos de acción social y los resultados individuales y colectivos. El desarrollo de una teoría social crítica de la obtención de poder juvenil que enfatiza fortalezas colectivas para crear el cambio sociopolítico (CYE). (Jennings, Parra-Medina, Hilfinger-Messias y McLoughlin, 2006). Con relación a la comunidad, una actitud de apoyo y empoderamiento puede contribuir de forma decisiva a que los jóvenes maduren, se sientan útiles e importantes para la comunidad y quieran contribuir de forma activa a su mejora, lo que llevaría a un mejor ajuste psicológico (Oliva et al., 2012).

 Las conductas o acciones, como la participación, hacen que las características de "empoderamiento" emergen. Las personas que se involucran en iniciativas locales ya suelen exhibir características de empoderamiento. El aumento de la calidad e intensidad de la participación produce una sensación de ambos aspectos intrapersonales e interactivos de Empoderamiento Psicológico. Además, son particularmente importante si se reportan actitudes, creencias, conocimientos o habilidades relacionadas con el Empoderamiento Psicológico (Holden et al. 2004). Fathings (2012), realiza una revisión de las justificaciones de deseabilidad de la participación juvenil y de las críticas de la participación juvenil. Basada en los derechos, responsabilidad, eficiencia, desarrollo personal y empoderamiento: poder jóvenes liderando proyectos para mejorar la comunidad. El modelo del desarrollo positivo adolescente también ha destacado la importancia de los factores relativos al barrio o vecindario, como serían la seguridad del barrio. El apoyo y empoderamiento percibidos o la vinculación al vecindario. Así ha propuesto el concepto de activos para el desarrollo para hacer referencia a aquellos recursos personales, familiares, escolares o comunitarios que promueven la competencia y el desarrollo adolescente y, a su vez, previenen la aparición de problemas (Oliva et al., 2012).

La mayor parte de las investigaciones sobre las actividades organizadas han mostrado las consecuencias positivas de la participación de los estudiantes (Mahoney, Harris y Eccels, 2006). Los jóvenes se benefician de la participación en actividades organizadas; sin embargo, asistir a una actividad no puede ser suficiente para cosechar los beneficios de la participación. No hay nada sobre el deporte en sí que es mágico o trae una ganancia espontáneo de habilidades para la vida. Estar en el campo o el tribunal no contribuir al desarrollo positivo de la juventud. Es la experiencia de deporte que puede facilitar este resultado. Hay que profundizar en el impacto de las combinaciones de actividades fuera de la escuela en PYD. Para avanzar hacia un modelo causal de las actividades y el funcionamiento de los adolescentes, las investigaciones futuras deben considerar los mecanismos mediante los cuales las actividades ejercen su influencia en el desarrollo (Carreres-Ponsada, Escartí, Cortell, Fuster y Andreu, 2012).

Uno de los factores a tener en cuenta es el compromiso. El compromiso es necesario para que los jóvenes se den cuenta plenamente de los resultados positivos relacionados con la participación. El compromiso del comportamiento se define como la participación activa e incluye factores como el esfuerzo, la concentración, la atención, seguimiento de las reglas y evitación de problemas. El compromiso emocional se refiere a la medida en que uno experimenta reacciones positivas y negativas a los profesores, compañeros y actividades. El concepto incluye emociones como el interés, el disfrute y el entusiasmo, así como los sentimientos de pertenencia y una valoración de los aprendizajes.

El compromiso cognitivo se define como la inversión en el aprendizaje e incluye la autorregulación, consideración, y la voluntad de ir más allá de los requisitos básicos para dominar las habilidades difíciles. La alta participación se caracteriza por relativamente alta atención, interés, disfrute, y el esfuerzo de dominar nuevas habilidades, mientras que el bajo compromiso se identifica por la apatía, el aburrimiento, la falta de atención, y la pasividad (Bohert, Frederics y Randal, 2010).

La mayor parte de las investigaciones sobre las actividades organizadas han mostrado las consecuencias positivas de la participación de los estudiantes (Mahoney, Harris y Eccels, 2006). Los jóvenes se benefician de la participación en actividades organizadas; sin embargo, asistir a una actividad no puede ser suficiente para cosechar los beneficios de la participación. El compromiso es necesario para que los jóvenes se den cuenta plenamente de los resultados positivos relacionados con la participación (Bohert, Frederics y Randal, 2010).

El compromiso del comportamiento se define como la participación activa e incluye factores como el esfuerzo, la concentración, la atención, seguimiento de las reglas y evitación de problemas. El compromiso emocional se refiere a la medida en que uno experimenta reacciones positivas y negativas a los profesores, compañeros y actividades. El concepto incluye emociones como el interés, el disfrute y el entusiasmo, así como los sentimientos de pertenencia y una valoración de los aprendizajes. El compromiso cognitivo se define como la inversión en el aprendizaje e incluye la autorregulación, consideración, y la voluntad de ir más allá de los requisitos básicos para dominar las habilidades difíciles. La alta participación se caracteriza por relativamente alta atención, interés, disfrute, y el esfuerzo de dominar nuevas habilidades, mientras que el bajo compromiso se identifica por la apatía, el aburrimiento, la falta de atención, y la pasividad (Bohert, Frederics y Randal, 2010).

Las investigaciones futuras deberían incluir un análisis más exhaustivo entre opciones de actividades y de las principales tareas de desarrollo de la adolescencia, incluyendo el desarrollo de identidad, afiliaciones positivas con personas del mismo sexo y del sexo contrario, y el desarrollo de competencias basado en habilidades. (Bartko y Eccles, 2003).
La participación en relaciones saludables, experiencias y oportunidades que promueve el desarrollo positivo. Empoderar a los niños mediante experiencias vitales de promoción de la participación debería estar contemplado en los Derechos del Niño (Bruyere, 2010). En el nivel de las investigación en materia de juventud la participación de los propios jóvenes en el procesos en los diseños de la investigación acción participativa son beneficiosos para establecer los programas de intervención (Foster-Fisman, Law, Litchy y Aoun, 2010).

4- EL AJUSTE ADOLESCENTE

4.1. Concepto

Una forma de acercarnos al concepto sería tener en cuenta las variables estudiadas en las diferentes investigaciones para valorar el ajuste en los adolescentes. Las variables más utilizadas de manera frecuente para valorar el ajuste adolescente asociado a problemas de violencia o problemas de conductas han sido en el ámbito individual: autoestima, soledad, satisfacción con la vida, estrés y empatía; en el familiar: clima familiar y comunicación con la madre y el padre; en el escolar: clima social en el aula, actitudes hacia la autoridad y estatus sociométrico; y en el comunitario: integración comunitaria, participación comunitaria, apoyo de los sistemas informales y de los formales (Varela, Ávila y Martínez, 2013).

La soledad, la autoestima y la satisfacción con la vida han sido variables asociadas al ajuste psicosocial del adolescente. La reputación social en el grupo de iguales, el sentimiento de soledad experimentado y otros problemas de ajuste emocional como la baja autoestima. Todos estos factores repercuten de manera significativa en la satisfacción vital del adolescente que a su vez ha mostrado tener una estrecha asociación con el desarrollo de comportamientos desajustados y violentos en la adolescencia (Moreno, Estévez, Murgui y Musitu, 2009).

Las variables mediadoras explican cómo un acontecimiento o estímulo externo toma un significado psicológico interno influyendo de este modo en las respuestas del organismo. Desde este punto de vista, las percepciones, actitudes o valores de una persona son potenciales variables mediadoras (Jimenez, Musitu y Murgui, 2008).

Por otra parte, el Ajuste adolescente puede también conceptualizarse teniendo en cuenta los factores de riesgo y protección relacionados con el desarrollo de la edad adolescente. Cuando se habla de factores de riesgo se hace referencia a la presencia de situaciones contextuales o personales que, al estar presentes, incrementan la probabilidad de desarrollar problemas emocionales, conductuales o de salud (Hein, Blanco y Mertz, 2004). Así, relacionado con las adicciones, se entienden por factores de  riesgo aquellas circunstancias o características personales o ambientales que, combinadas entre sí, podrían resultar predisponentes o facilitadoras para el inicio o mantenimiento del uso y abuso de drogas. Los factores de protección se definen como aquellas variables que contribuyen a modular, prevenir o reducir el uso de drogas (Hermida y Secades, 2000; Becoña, 2002).

Aunque, no toda variable que disminuya la predisposición al consumo podrá ser considerada como factor de protección. Los factores de riesgo y de protección no pueden ser entendidos en términos de causalidad necesaria, sino de probabilidad: cuantos más factores de riesgo estén presentes, mayor será la probabilidad de consumo abusivo, y cuanto más dure la exposición a éstos, más se incrementará esa probabilidad (Pons y Buelga, 2011).

Los factores de riesgo pueden ser clasificados en 6 ámbitos de procedencia: Factores individuales (bajo coeficiente intelectual, pobre capacidad de resolución de conflictos, actitudes y valores favorables hacia conductas de riesgo, hiperactividad, temperamento difícil en la infancia); Factores familiares (baja cohesión familiar, tener padres con enfermedad mental, estilos parentales coercitivos, ambivalentes o permisivos); Factores ligados al grupo de pares (pertenencia a grupos de pares involucrados en actividades de riesgo como comportamientos delictivos o consumo de drogas); Factores escolares (bajo apoyo del profesor, alienación escolar, violencia escolar): Factores sociales o comunitarios (bajo apoyo comunitario, estigmatización y exclusión de actividades comunitarias); y Factores socioeconómicos y culturales (vivir en condición de pobreza) (Hein, Blanco y Mertz, 2004).

Respecto a los factores sociales o comunitarios, Oliva et al., (2012) manifiestan que existía una abundante evidencia empírica sobre la relación entre factores relativos al barrio y distintos indicadores de desajuste conductual y emocional, tales como el comportamiento antisocial y violento, el consumo de sustancias, las conductas sexuales de riesgo, el rendimiento escolar o los síntomas depresivos (Oliva et al., 2012 p.18).

Las conductas de riesgo en adolescentes se consideran: faltar a la escuela, entrar en peleas y daños contra la propiedad privada, así como el consumo de alcohol (Fredricks y Eccles, 2006). En los últimos años ha venido acumulándose una cantidad importante de datos empíricos que también han cuestionado la imagen tan optimista de la adolescencia.
Aunque no pueda mantenerse la imagen de dificultades generalizadas, sí hay suficiente evidencia acerca de una importante incidencia de problemas relacionados con tres áreas: los conflictos con los padres, la inestabilidad emocional y las conductas de riesgo. Aunque no podemos afirmar que vuelva a tener vigencia la concepción del storm and stress, los resultados de la investigación distan mucho de ofrecer una imagen idílica de esta transición evolutiva (Oliva y Parra, 2004).

En la actualidad, la investigación centrada en la adolescencia pone cada vez más el énfasis en el desarrollo de conductas de riesgo en una población de chicos y chicas que, en principio, no muestran problemas de conducta clínicos que pudieran justificar o explicar la implicación en dichas conductas. Así, encontramos de actualidad temas como el uso, o más bien el abuso, generalizado y ―normalizado‖ de sustancias tanto legales, alcohol generalmente, como ilegales, hachís y drogas denominadas de diseño. Además, por otro lado se detecta una preocupación mayor por la implicación de esta población en conductas de tipo disruptivo que, en esta edad, se localizan mayormente en el ámbito escolar (Alonso, 2005).

Si bien en nuestras sociedades resulta aceptable cierto grado de experimentación del alcohol y del tabaco, a partir de la adolescencia, con variaciones de un contexto sociocultural u otro, la mayoría de los jóvenes al llegar a la vida adulta adoptan pautas de consumo aceptables, y no llegan a presentar problemáticas de consumo. Sin embargo es alarmante que por distintas razones, hay un número mayor de adolescentes y jóvenes que se adhieren a patrones de consumo y de situaciones de riesgo: violencia, fracaso escolar, depresión, sexualidad irresponsable (Berra y Dueñas, 2008). Los conceptos de riesgo van unidos a las etapas evolutivas del ser humano. Nuestra sociedad y en otras se asume que es lógico que los adolescentes comentan excesos y se arriesguen. El riesgo es un elemento necesario en el proceso vital. Si el riesgo es controlado, o está en unos niveles normales, la persona puede aprender nuevas conductas, perfeccionar las que tiene o adquirir nuevas habilidades (Calafat, Fernández, Juan, Becoña, y Gil, 2004).

Los factores de protección y de riesgo pueden ser una misma moneda de dos caras. Los conceptos «factor de riesgo», «factor de protección» y «prevención» están, por tanto, estrechamente relacionados (Peñafiel, 2009). Los cambios que se producen relativamente en poco tiempo, pueden implicar también cambios en la influencia de determinados factores de riesgo y protección en distintos momentos de la adolescencia (Cava, Murgui y Musitu, 2008).

Determinados hábitos de uso del tiempo libre que están muy relacionados con el empleo de drogas pueden constituir un factor de riesgo que explique una parte de la varianza implicada en el comienzo del consumo. Las redes sociales de amigos de los jóvenes cuando salen a divertirse son importantes para la socialización, pero también influyen en conductas de riesgo (Calafat, Kronegger, Juan, Duch y Kosir, 2011).

Por otra parte, se supone que el desarrollo de actividades de ocio alternativas a esos hábitos de riesgo, que fomenten comportamientos saludables alejados del consumo de drogas, puede suponer un factor de protección importante (Hermida y Secades, 2000, p.10). El ocio podría ser un factor de riesgo cuando el tiempo de ocio se ha estructurado sin la presencia adulta, es decir, sin que exista cohesión, vínculos, espacios de convivencia que a su vez sean educativos, cada vez más los mundos adolescentes y adultos se separan. El ocio constituye en estos adolescentes un factor de riesgo, pues incrementa de factor de la conducta desviada, asimismo un ocio estructurado sería un factor de prevención (Navarro, Uceda y Pérez, 2013).

De la misma forma pasa con el autoconcepto y autoestima, estos podrían variar, según el área o dominio del que se hable. Es decir, una persona puede tener una valoración positiva de sí misma en el área relacional, con sus iguales, pero negativa en el área escolar o familiar. Mientras las dimensiones familiar y académica parecen ejercer claramente un rol protector, el papel desempeñado por la autoestima social comienza a cuestionarse al constatarse una relación positiva entre esta dimensión y el consumo de sustancias en adolescente (Jiménez, Musitu y Murgui, 2008). 

El desarrollo de identidades sociales adolescentes fundamentadas en la motivación de presentarse ante los demás como individuos poderosos, rebeldes y no conformistas en búsqueda de popularidad y liderazgo, para lo que no dudan en utilizar la violencia relacional. Este tipo de comportamiento, además, tiene la peculiaridad de que es difícilmente observable puesto que normalmente se da de manera encubierta (Moreno, Estévez, Murgui y Musitu, 2009).

En la actualidad se considera que los factores de riesgo y de protección son multicausales, pudiendo ser intrapersonales, interpersonales y del contexto familiar, escolar y comunitario (Cava, Murgui y Musitu, 2008).

Son factores de protección las oportunidades para la implicación positiva y las  recompensas por dicha implicación en la comunidad, la familia y la escuela. Son factores de riesgo respecto a la comunidad la movilidad, la ausencia de alternativas y recursos y desorganización comunitaria y escaso apego al vecindario. En relación a la familia, la historia familiar de comportamiento antisocial, conflicto familiar, actitudes de los padres favorables la conducta antisocial y al consumo de drogas, escasa disciplina y supervisión, y escaso apego familiar. En cuanto a la escuela, el fracaso escolar y escaso compromiso con la escuela (Hermida y Secades, 2000; Larrosa y Rodriguez, 2010)

La familia ha sido uno de los contextos en el que los investigadores han localizado un mayor número de factores de riesgo y protección en relación con el consumo de sustancias de los adolescentes (Jiménez, Musitu y Murgui, 2008).Y en conductas depresivas y agresivas (Rodríguez, Del barrio y Carrasco, 2009). 

La perspectiva del riesgo psicosocial posibilita analizar tanto las características del entorno inmediato o distante como las características personales que aumentan la probabilidad de que los jóvenes manifiesten dificultades en su desarrollo. También permite estudiar el modo en que diversas variables, (entre ellas la influencia de los pares, las características de la familia, la comunidad y la cultura) interactúan con vulnerabilidades individuales (por ejemplo las características cognitivas, temperamentales), sensibilizando a las personas ante ciertos riesgos (Hein, Blanco y Mertz, 2004). Los factores de riesgo estudiados en las estrategias de la prevención de las drogodependencias se pueden agrupar en dos blocs: los relacionados con el ambiente o entorno donde se produce el consumo y las características individuales de las personas que determinan como responden a esos entornos (Tomás, Cano, Verdú y Álvarez, 2013).

Atendiendo a los objetivos de este trabajo vamos a incidir como factores de protección y por tanto de Ajuste adolescente, a nivel individual: Autoestima, ocio y tiempo libre y ajuste emocional y a nivel Comunitario: La participación social y el apoyo social. Los factores de riesgo adolescente que vamos a centrarnos serán el consumo de alcohol y sustancias adictivas y conducta delincuente o violenta.

La Estrategia de la Juventud 2020, a nivel nacional y europeo, contempla dentro de los seis ejes de acción dos de ellos se refieren a los factores de protección de Ocio y tiempo libre saludables y de la Participación (INJUVE, 2014). El eje cuatro es el de Salud, ocio y deporte, con los objetivos de promover actuaciones encaminadas a  fomentar hábitos de vida saludables, disminuir el consumo de drogas y estupefacientes y luchar contra cualquier tipo de violencia o discriminación. Y el eje cinco la Participación, voluntariado, inclusión e igualdad, con los objetivos de potenciar los canales y herramientas para aumentar la participación y el voluntariado de los jóvenes asociados y no asociados, especialmente vinculados a las TIC, luchar contra la exclusión social de los sectores más desfavorecidos de la población juvenil y promoción de la igualdad.

4.2. Factores de protección

Entre los factores que protegen contra el consumo de drogas se cuentan los controles personales tales como creencias religiosas o buen autoconcepto, y controles sociales como el apoyo social y estilos parentales adecuados (Hein, Blanco y Mertz, 2004).

4.2.1. El autoconcepto/autoestima y ajuste

El autoconcepto y la autoestima son dos conceptos que están íntimamente relacionados. El primero hace referencia a la imagen que cada persona tiene de sí misma y es el resultado de la suma, tanto de la percepción del sujeto sobre sí mismo como de la de los demás sobre él; el segundo hace referencia a la valoración que damos a esta imagen de nosotros mismos (Peñafiel, 2009).

El autoconcepto ha sido considerado por numerosos autores como un importante correlato del bienestar psicológico y del ajuste social. La relación entre el autoconcepto en sus dimensiones académica, social, emocional, familiar y física y diferentes indicadores del ajuste psicosocial psicológico, competencia y problemas de conducta de los adolescentes (Fuentes, García, Gracia y Lila, 2011).

La satisfacción con la vida es un indicador de ajuste personal que refleja el grado en que la gente valora su vida de manera positiva y se siente satisfecho con lo que han logrado en el mismo. Las relaciones entre el autoconcepto personal y la satisfacción con la vida son claras, asumida como el indicador central del ajuste personal, en sus cuatro dimensiones del autoconcepto: la autorrealización, la autonomía, la honradez y las emociones (Palacios, Esnaola, Rodríguez y Camino, 2015).

Las actitudes disfuncionales y la baja autoestima (factores cognitivos) se probaron como mediadores de la asociación entre el apego inseguro y los síntomas de depresión y ansiedad en adolescentes (Lee y Hankin, 2009). Los factores individuales y de los iguales como factores de riesgo son las actitudes favorables al comportamiento antisocial y al consumo de drogas, disponibilidad, comienzo temprano de los comportamientos problemáticos, consumo de drogas de los amigos, interacción con iguales antisociales, escasa percepción del riesgo de consumir, recompensas por el comportamiento antisocial, rebeldía y búsqueda de sensaciones (Larrosa y Rodríguez, 2010).

La posibilidad de establecer una autoestima positiva, basada en logros, cumplimiento y reconocimiento de responsabilidades, oportunidades de desarrollar destrezas sociales, cognitivas y emocionales para enfrentar problemas, tomar decisiones y prever consecuencias, incrementar el locus de control interno (esto es reconocer en sí mismo la posibilidad de transformar circunstancias de modo que respondan a sus necesidades, preservación y aspiraciones) son factores personales protectores que pueden ser fomentados y que se vinculan con el desarrollo de la resiliencia (Krauskopf, 1995).

En el estudio de Jiménez, Musitu y Murgui (2008), se analizó el papel mediador de la autoestima en la relación entre el funcionamiento familiar y el consumo de sustancias en adolescentes. La autoestima constituye un recurso psicológico del adolescente (la autoestima, capacidad e hacer amigos, satisfacción del propio aspecto físico) que media la relación entre variables familiares y un problema de carácter externalizante como la conducta delictiva, consumo de drogas. Las características positivas o negativas del funcionamiento familiar potencian o inhiben las autoevaluaciones positivas del adolescente en los distintos dominios relevantes de su vida (familiar, escuela, sociabilidad y apariencia física), unas autoevaluaciones que son a su vez importantes predictores directos o proximales del consumo de sustancias de los adolescentes.

La relación entre la participación en el deporte y la autoestima general está medida por la autoestima positiva. Aunque las competencias físicas difieren entre niños y niñas, sus percepciones sobre su apariencia física fueron igualmente positiva (Bowker, 2006).

Se ha podido observar que la autoestima académica tiende a inhibir las conductas que implican consumo de sustancias (alcohol y otras drogas) y actúa como elemento protector. Esta autoestima está más relacionada con la capacidad del adolescente para asumir y respetar las reglas de convivencia establecidas desde una figura de autoridad, de tal manera que aquellos adolescentes que se valoran de forma negativa respecto de su autoestima académica perciben la escuela como un sistema injusto y tienen la tendencia a abandonar sus estudios. Además, la autoestima académica parece ser un factor protector relevante en la implicación en el consumo de drogas (Villarreal-González, Sánchez-Sosa, Musitu, y Varela, 2010).

Los programas de prevención del consumo de sustancias que se realizan habitualmente en el contexto escolar, parece positivo tener en cuenta el contexto familiar con el objeto de facilitar un clima cohesivo, donde las ideas se puedan expresar libremente y se reduzcan los conflictos y tensiones, de modo que se favorezca una autoevaluación positiva del adolescente. Sin embargo, parece necesario al mismo tiempo mostrar cautela en aquellos programas de potenciación de la autoestima como un recurso de protección frente al consumo de sustancias en adolescentes, ya que no es evidente que las relaciones entre las diferentes dimensiones de la autoestima y el consumo de ciertas sustancias sea de carácter homogéneo y protector en la edad adolescente. En este sentido, un posible comienzo podría apuntar a contestar los modelos e imágenes sociales y culturales que asocian el consumo de determinadas sustancias a una imagen positiva, atractiva y sociable de la persona. (Jiménez, Musitu, G. y Murgui, S. 2008).

En relación a la comunicación mediante redes sociales en internet también quedó probado que la autoestima colectiva correlaciona fuertemente con la comunicación de los iguales mediante las redes sociales (Barker, 2009).

4.2.2. El Ocio y tiempo libre

El ocio juvenil se puede analizar como una construcción social que refleja discursos, normas y valores colectivos, en un marco histórico-cultural determinado (Pons y Buelga, 2011).

La disponibilidad de tiempo libre y los modos en que este tiempo se organiza ha sido una de las áreas prioritarias de interés en el análisis de la población joven, y en la que, al menos en las últimas décadas, se ha centrado una buena parte de la investigación sobre jóvenes y adolescentes. Y lo ha sido desde muchos puntos de vista, tanto por lo que supone el tiempo libre como espacio-tiempo de socialización, como por sus repercusiones desde el punto de vista social e identitario, económico y de consumo así como por constituirse como un escenario particular en la exposición y toma de decisiones respecto a ciertas prácticas de riesgo (INJUVE, 2012).

La juventud actual se ha socializado dentro de los parámetros de la sociedad de bienestar, donde la experiencia del ocio se concibe como una necesidad psico-bio-social más allá del derecho a la diversión (Añaños y Bedmar, 2008). Utilizamos el término de ocio para transmitir las maneras positivas que los adolescentes pueden llenar su tiempo libre. Los términos juego, la recreación y el ocio pueden evocar pensamientos de la frivolidad, la diversión, la sociabilidad, la competencia, la pereza o la ociosidad. Sin embargo, hay pruebas sustanciales de que lo que las personas hacen en su tiempo discrecional o libre tiene importantes implicaciones para la salud y de desarrollo. Los contextos de ocio y recreación tienen el potencial de ser contextos importantes para el desarrollo de los adolescentes (Caldwell y Witt, 2011). El ocio en sí mismo, es capaz de prevenir y de promocionar simultáneamente.

Hablamos de ocio constructivo cuando el escenario lúdico converge con espacios para el aprendizaje, favoreciendo la configuración de competencias que incitan a la reflexión en los adolescentes (Navarro, Uceda y Pérez, 2013).

Para las generaciones más recientes el ocio se ha constituido como un entorno (tanto en lo espacial como en lo temporal) diferenciado, que establece sinergias relevantes entre lo lúdico y los procesos de integración social, que están basado en aspectos relacionales pero también funcionales para objetivos más allá de lo recreativo.

Es por tanto un tiempo de integración social, y no sólo de recreo, en el que operan, al menos, dos dinámica íntimamente relacionadas: el consumo y la normalización (INJUVE, 2012, pp. 240- 241). Durante la última década, la investigación sobre cómo las personas jóvenes pasan su tiempo fuera de la escuela se ha ampliado notablemente. La mayoría de estudios recientes indican que la participación formal, fuera de la escuela actividades y programas es positiva asociado con la competencia interpersonal, a corto y largo éxito  educativo plazo y el bienestar físico (Mahoney y Sattin, 2004). Aunque, también existe una preocupación de que la participación en las actividades se ha vuelto excesiva para la juventud. 

El exceso de programación que podría ser fruto de la presión de los adultos (padres, entrenadores y maestros) para alcanzar metas educativas y profesionales y la del compromiso a cumplir estas actividades, podría contribuir a un pobre ajuste psicosocial. Pero, es más preocupante el hecho que muchos jóvenes no participan en absoluto que la preocupación por la sobreprogramación. El bienestar de la juventud que no participa en actividades organizadas es menor positivo en comparación de los jóvenes que participan (Mahoney, Harris y Eccels, 2006).

Se puede clasificar dos grandes tipología de ocio. Por una parte, el ocio relacionado con actividades caracterizadas por una estructura clara de reglas y compromiso que a largo plazo contribuyen a la adquisición de habilidades, conocimiento y experiencia. Por otra parte el ocio, el ocio que comprende tareas no estructuradas que proporcionan diversión sin grandes exigencias, de corta duración e inmediatamente agradables y gratificantes (Bassi y Delle, 2013).

En general, la participación en actividades estructuradas y prosociales se asoció con función positiva para estos jóvenes, mientras que el funcionamiento más pobre se observó para los adolescentes que participan en pocas actividades constructivas. Actividades como deportes, clubs de la escuela y la comunidad, voluntariado y trabajo remunerado, en contrate de ver la TV. Se confirma la relación entre la participación en actividades constructivas con indicadores de desarrollo positivos. Actividades organizadas ofrecen oportunidades para el desarrollo de habilidades y mejoras relacionadas en específicas de autocompetencias, para las interacciones positivas entre compañeros y el desarrollo de la amistad y de la exposición a modelos adultos positivos (Bartko y Eccles, 2003). Para poblaciones con un mayor riesgo de inicio de consumo, como son los jóvenes de entre 14 y 20 años, que utilizan como principales recursos para  ocupar su tiempo libre la asistencia a bares, salas de juego o la simple estancia en la calle acompañados por sus amigos y sin apenas supervisión adulta (Hermida y Secades, 2000). Los lugares cerrados como ―los bares y discotecas‖ se erigen fundamentalescomo factores que acompañan al consumo de drogas (Añaños, y Bedmar, 2008).

Los jóvenes con altos niveles iniciales de participación en actividades organizadas, tanto en intensidad como en amplitud, adquieren más compromisos y desarrollan valores positivos hacia la sociedad (Denault y Poulin, 2009). La participación en clubes escolares organizados se asocia con un desarrollo más favorable en la juventud. Por otra parte, una mayor participación extracurricular es predictivo de ajuste académico y mayores competencias psicosociales (Fredricks y Eccels, 2006).

Una importante evidencia empírica indica que la existencia de actividades extraescolares o de ocio estructuradas a las que los adolescentes puedan dedicar su tiempo libre también está relacionada con la competencia académica y con el desarrollo personal y social (Oliva, et al. 2012). Mahoney y Sttatin (2004) hicieron un estudio con jóvenes en centros recreativos de Suiza y así como la participación en otras actividades organizadas de la comunidad (por ejemplo, equipos deportivos, grupos musicales, actividades religiosas, etc.). Los resultados mostraron que el comportamiento antisocial fue particularmente alto para los niños que asistieron a los centros recreativos con actividades no estructuradas y no participó en ninguna otra actividad comunitaria organizada. Bohert, Fredericks y Randall (2010) analizaron el modelo de participación en Actividades Organizadas (OA) en todas sus dimensiones: amplitud (nº de diferentes tipos de actividades), Intensidad (horas semanales), Duración (a lo largo del tiempo) y Compromiso (a nivel conductual, emocional y cognitivo). Se puede argumentar que hay un beneficio único y experiencias relacionadas con la participación en una actividad para un número de años y no para unos pocos meses. Además, aunque la intensidad de la participación podría diferenciar un joven que está gastando una cantidad significativa de tiempo que se especializa en una actividad particular de alguien que apenas está explorando sus intereses, duración representa un nivel constante y persistente de compromiso con la actividad o participación (Bohert, Fredericks y Randall (2010).

Existe cada vez mayor conciencia de que las actividades extraescolares son un importante recurso a través del cual estimular el desarrollo adolescente (Hernando, et al. 2013). Los investigadores están comenzando a reconocer que, junto con la familia, los compañeros y la escuela, las actividades organizadas en el que algunos jóvenes participan durante estas horas son contextos importantes del desarrollo emocional, social y cívico (Mahoney, Larson, Eccles y Lord, 2005).

El contexto que mejor conviene al desarrollo de la iniciativa parece ser la de actividades voluntarias estructuradas, como deportes, artes y participación en organizaciones, en cual jóvenes experiencia la combinación rara de la motivación intrínseca en combinación con la atención profunda (Larson, 2000). Un factor de prevención primaria y de protección secundaria es la participación de los adolescentes en actividades de ocio estructuradas, ya sean deportivas, de tiempo libre, etc.

Añadiremos, en sentido negativo, que la inconsistencia en las actividades de ocio, genera también el acceso a vías alternativas per sé, desviadas del ocio integrado (Navarro, Uceda y Pérez, 2013).

Fredicks y Eccels (2005), realizan un análisis de les actividades de diferentes contextos: deportes de equipo (atletismo), actividades de participación de la escuela, artes escénicas, y clubes académicos. Encontraron que la participación en actividades extraescolares como deporte, arte, beneficia a tener una red social de apoyo. La participación en actividades extracurriculares en las escuelas predijo características de red de amistad los adolescentes en cada uno de los contextos extraescolares reportaron tener amigos más académicos y prosociales que los no participantes.

El Instituto de Juventud de España en la comparativa de las encuestas del 2004, 2008 y 2012 encuentra un incremento paulatino de la media de horas libres semanales disponibles para uso personal, pasando de 28,2 horas en 2004 a 32,6 horas en 2012. Una preponderancia del grupo de actividades relacionales (ordenador, amigos y música) y las de carácter audiovisual más casero (junto con el descanso). Quedan en puestos inferiores las actividades clásicas relacionadas con las salidas de copas y baile, y muy claramente las culturales, e incluso algunas deportivas. También en este período ha crecido la práctica deportiva (posiblemente mucho más asociada a la proliferación de gimnasios y actividades relacionadas con el fitness que con el deporte colectivo amateur), pero es mucho más acusado el incremento en el uso de ordenadores, tabletas, smartphones y videojuegos (INJUVE, 2014).

La intervención desde el ocio con adolescentes adquiere significado como acción protectora del sistema. Los espacios de ocio se han de diseñar en base a tres elementos clave: participación, intercambio y creatividad. Asistimos a un momento histórico en que creamos poco; prácticamente todo lo que se instrumentaliza a los ojos de los adolescentes ya viene dado (juegos de ordenador, entornos virtuales, dispositivos musicales, etc.). El ocio mayoritario que actualmente se consume, deja poco espacio a la creatividad, a la ilusión, a la eventualidad, a la peripecia y al ingenio. Es un ocio pseudo clasificado, que deja poco espacio a la inventiva y a la relación con lo abstracto. El espacio cotidiano llega pues teledirigido por los propios mecanismos que genera el ocio (Navarro, Uceda y Pérez, 2013). Las actividades de tiempo libre, en concreto los deportes, los juegos, las artes y las aficiones prevén la adquisición de roles adultos serios, en contraste con el ocio más relajado como ver la televisión etc. (Kleiber, Larson y Ciskszentmihalyi, 2014).

El alcohol siempre ha jugado un papel importante como alternativa de ocio en España. Desde los años sesenta, los jóvenes han venido reinventando periódicamente nuevas formas de relacionar alcohol y diversión. Si en los años sesenta la moda fueron los guateques, en los años setenta surgió el fenómeno de las zonas de vinos y en los ochenta el de la movida y las litronas. A partir de mediados de los noventa parece que le toca el turno al botellón. Este fenómeno puede definirse como una reunión de jóvenes en espacios públicos (calles, plazas, parques) en los que charlan, escuchan música y, fundamentalmente, consumen bebidas alcohólicas que, previamente, han comprado en supermercados, tiendas o grandes almacenes (Gómez-Fraguela, J.A. y colbs., 2008). Según Adela Cortina (2007), uno de los valores del empoderamiento como factor de prevención de conductas de riesgo es la búsqueda de alternativas ―Frente a esa idea de experimentar nuevas sensaciones sin tener en cuenta las consecuencias es importante diseñar alternativas que sean lúdicas pero que no tengan que ver con el consumo de drogas‖ (p.37).

Es precisamente en este contexto, donde los programas de ocio alternativo han cobrado interés en España, entendidos ante todo como una de las formas de responder ante los patrones de consumo recreativo de drogas. Desde hace años viene gestándose entre los profesionales del sector una conciencia generalizada de la necesidad de adaptar los programas preventivos a las nuevas características de los usos de drogas y el contexto recreativo se ha empezado a considerar como una oportunidad y un escenario privilegiado para aplicar acciones preventivas (Martín y Moncada, 2003).

Las «buenas prácticas» (ocio activo, constructivo, creativo, lúdico, participativo, experiencial, etc.), todavía van de la mano de los «contratiempos» que también el ocio evoca en nuestras sociedades, confundiéndole con ociosidad, banalidad, consumismo, vagancia, pereza, indolencia, etc. es importante que el ocio se oriente y se encauce desde instancias que abiertamente manifiesten una opción lúdico-constructiva positiva (Navarro, Uceda y Pérez, 2013).

Aunque no se quiere desmerecer la importancia de la educación reglada en la educación en Valores, se reconoce que el espacio natural es cuando acaba el de los centros educativos: el tiempo libre es nuestro medio básico y, precisamente ahí, es donde debemos poner toda la energía para hacer esa otra educación en valores y formación en habilidades personales, ha propuesta instaurar un sociales, relacionales, que son elementales para afrontar el gran objetivo de la construcción de ciudadanía (Càdiz y Cardona, 2011).

4.2.3. Ajuste psicológico y personal

El bienestar psicológico es un factor de protección clave ante situaciones de vulnerabilidad. Abogamos por una mayor participación de la infancia y la adolescencia en la vida social, y para que se reconozcan a sus integrantes más jóvenes como sujetos de legítimo derecho en este sentido (Castellà et al., 2012). Los estilos de vida de los adolescentes pueden influir en las habilidades físicas eintelectuales específicas que desarrollan, su integración en la escuela, sus posibilidades de trabajo inmediatas y a largo plazo, su bienestar físico y psicológico (Batista-Foguet, Mendoza, Pérez- Perdogón i Rius, 2000).

El desajuste en el adolescente se ha relacionado con problemas emocionales y conductuales. Presentan desajustes a nivel social como impulsividad, conducta delictiva o consumo abusivo de sustancias. También son frecuentes en estos jóvenes la baja autoestima y los problemas emocionales, llegando en muchos casos a manifestar problemas depresivos (Oliva, Parra y Arranz, 2008). Así como la ansiedad y la tristeza (Huitron, y colbs., 2011).

La depresión y la ansiedad son algunos de los trastornos psiquiátricos más comunes durante la adolescencia (Lee y Hankin, 2009). La sintomatología depresiva nos alerta de la posibilidad de que el adolescente esté implicado en la violencia escolar bien como víctima, bien como agresor (Varela, Àvila y Mártinez, 2013, p.30).

Los factores interpersonales e intrapersonal o características personales, también influirían en el contacto con distintas sustancias, como la relación entre depresión y abuso de sustancias la interpersonal y la intrapersonal o características personales (por ejemplo, la relación entre depresión y abuso de sustancias (Becoña, 2007). Los componentes afectivos tienen mayor capacidad predictiva que los componentes cognitivos (optimismo y pesimismo), tanto sobre satisfacción en la vida como sobre síntomas de depresión (Chico y Ferrando, 2008).

La importancia de las relaciones sociales de apoyo en ayudar a las personas para hacer frente a situaciones de tensión y adversos es bien reconocida, pero las trayectorias mediante el cual las personas desarrollan la capacidad de atraer a esos soportes se analizó en un estudio longitudinal. Se estudiaron factores de personalidad como neuroticismo y extraversión, y experiencias de los adolescentes de relaciones interpersonales de alta calidad con los padres y los compañeros. Tanto las variables de personalidad como un clima familiar predijeron en adolescentes un futuro apoyo social para adultos, la cohesión familiar y el neuroticismo tuvieron un peso más elevado. Se deben e discutir las posibles implicaciones para la promoción de la salud mental (Winefield, Delfabbro, Winefield, Plueckhahn y Malvaso, 2015).

Factores familiares como la inconsistencia interparental se relacionó significativamente con las manifestaciones emocionales de los hijos, particularmente, con la agresión y la depresión. Los hijos criados en hogares consistentes interparentalmente fueron los que presentaron menores niveles de sintomatología depresiva y agresión, dando muestras de un mejor ajuste emocional (Rodríguez, Del barrio, y Carrasco, 2009).

El interés por estudiar las influencias que los contextos de desarrollo de niños y adolescentes tienen sobre su ajuste y bienestar psicológico llevó a muchos investigadores a poner el foco en la familia y la escuela. Sin embargo, con la llegada de la adolescencia cada vez es mayor el tiempo que chicos y chicas pasan fuera de la casa y la escuela, lo que supone una mayor exposición a la influencia de factores relacionados con el barrio en que residen. Por otra parte, cuando los niños son pequeños las influencias vecinales pueden estar mediadas por variables familiares, pero cuando crecen están más inmersos en redes sociales del vecindario, con lo que aumentan los efectos directos del barrio sobre su conducta (Oliva, et al., 2012).

Entre los factores individuales las actitudes, creencias y valores se han estudiado como factores de prevención. En el caso al consumo de drogas, por ejemplo, las actitudes, las creencias y los valores, se han mostrado como predictores fiables de la conducta de consumo (De la Villa, Rodríguez y Sirvent, 2006). En este sentido, lo que el joven piensa sobre las drogas, las creencias acerca de sus efectos y sobre el propio acto de consumir y lo que experimenta con ellas, arrojan un balance subjetivo positivo o negativo que determinará la ocurrencia o no del consumo (Peñafiel, 2009).

De igual forma las capacidades de interacción como son las habilidades sociales. Se encuentran relaciones entre los déficits en habilidades sociales y el consumo de tabaco, explicando que, esta carencia de habilidades podría ser causante de estrés y por tanto la utilización de tabaco podría servir para eliminar los sentimientos de ansiedad y/o hacer frente a estas situaciones sociales (Llorens, Perelló y Palmer, 2004).

La satisfacción vital es la apreciación que cada sujeto tiene de su vida en general, considerando todos los ámbitos que componen la vida de una persona en un determinado momento. Esta significa el grado en que una persona evalúa la calidad global de su vida de forma positiva, es decir, cuánto le gusta a una persona la vida que lleva (Castellà et al., 2012).

4.3. Factores de riesgo

El término ―conducta de riesgo se refiere al resultado sobre el comportamiento que tienen los factores de riesgo anteriormente descritos. 
4 grandes grupos de conducta de riesgo: 
Abuso de alcohol y drogas. 
Relaciones sexuales no protegidas, 
Bajo rendimiento, fracaso o deserción escolar. 
Delincuencia, crimen o violencia (Hein, Blanco y Mertz, 2004). 
El consumo de sustancias y la conducta delincuente tienen efectos recíprocos (D'Amico, Edelen, Miles y Morral, 2008). En nuestro estudio nos hemos centrado en el consumo de alcohol y sustancias, y en la conducta delincuente.

4.3.1. Consumo de alcohol y sustancias

El consumo de drogas en España está siendo uno de los problemas para la salud, tanto física como psíquica de los jóvenes, teniendo una repercusión más allá de la esfera personal de cada individuo para convertirse en un problema social agravado por otras circunstancias concomitantes como la violencia y los problemas de convivencia entre
iguales (Martínez, 2007).

El consumo de drogas y las consecuencias que lleva aparejado, constituye un problema social y sanitario que afecta a España y a la comunidad internacional en su conjunto (Vázquez, Muñoz, Fierro, Alfaro y Rodríguez (2014).

Son numerosas las investigaciones dirigidas a reducir los factores de riesgo asociado al consumo y al abuso de substancias y en fortalecer los factores de protección frente a estas conductas. Vinculados directamente con la salud de los jóvenes y a los riesgos que se derivan es el de los consumos de tabaco, alcohol y otras drogas. Llamamos "drogas" a todas aquellas sustancias químicas con capacidad para alterar el psiquismo humano (emociones, sensaciones, comportamientos, agilidad mental, etc.) una vez consumidas. En función de la naturaleza de las propias sustancias, de la personalidad de quien consume o del contexto social y cultural en que el consumo se produce, la relación con las drogas puede conducir a pautas de abuso. Este abuso puede dar lugar a diversos
trastornos físicos, psíquicos y/o sociales, entre los que la dependencia representa una realidad especialmente grave (Consejo Juvenil de España, 2001, p.9).

En la última década, se ha producido en nuestro país un cambio importante en el uso social del alcohol y otras drogas denominadas ―recreativas‖(cannabis, cocaína, drogas de síntesis…); el consumo se ha intensificado entre los adolescentes y los jóvenes, dando lugar a un patrón característico: se realiza fuera del hogar, en espacios o locales públicos, se concentra mayoritariamente durante el fin de semana, se asocia principalmente a la diversión y se busca con frecuencia e intencionadamente la embriaguez ( Martin y Moncada, 2003, p. 328).

El consumidor adolescente no es simplemente un gamberro, ni ocupa todo su tiempo en beber. Tal vez lo que busca, como todo ser humano, es adaptación al medio, para lo cual, como si de un puzle se tratara, configurará la forma de su conducta a la forma que tiene la sociedad en la que vive. Esta motivación adaptativa está presente en todo su comportamiento, del cual la ingesta de bebidas alcohólicas es sólo una parte. Es decir, hará lo que hace todo el mundo: intentar adaptarse y hacerlo con los recursos disponibles (Pons y Buelga, 2011, p.89).

La asunción de roles adultos se ha valorado como una de las causas en la disminución del consumo del alcohol, indicándose entre las más importantes el matrimonio, tener hijos y comenzar a trabajar. Es decir, la menor disponibilidad de tiempo para beber y el mayor control por parte del otro miembro de su pareja, de su familia más extensa y del mismo sistema social y laboral, facilitaría el no beber. Por tanto, es claro que una parte del consumo de sustancias que hacen los adolescentes remite con el tiempo (Becoña, 2007).

Desde el punto de vista de la distribución cuantitativa de los consumos, los últimos datos nos muestran un uso mayoritario del alcohol entre la población joven entre 15 y 34 años y, aunque minoritario, porcentualmente relevante, de cannabis. En el caso del alcohol la proporción de consumidores y consumidoras en los últimos 30 días llega al 63%. 

El consumo de tabaco alcanza al 41% de los y las jóvenes, y el de cannabis es sensiblemente inferior (14%). El consumo de cocaína también ha descendido en los últimos años (INJUVE, 2014 p. 25). El consumo es especialmente perjudicial a edades tempranas en las que el organismo (especialmente el cerebro) se está desarrollando y madurando, con riesgo importante para la salud física y psíquica (Vàzquez et al., 2014).

La adolescencia representa un periodo crítico en el inicio y experimentación en el consumo de sustancias, un tema que siempre ha atraído el interés de los científicos y profesionales de la prevención del consumo de drogas (Jiménez, 2011). El consumo del tabaco, alcohol y la marihuana han sido utilizados como indicadores de ajuste problemático en la adolescencia (Darlin, Caldwell, y Smith, 2005). Villarreal-González et al. (2010), hacen una interesante distinción dentro del marco de los factores de riesgo en el consumo del alcohol de los adolescentes, hacen referencia a dos posibles rutas en el tránsito de la adolescencia: la transitoria y la persistente. Estas dos trayectorias se consideran dos importantes marcos interpretativos de las conductas no deseables en la adolescencia (delincuencia, consumo de alcohol y drogas). En el marco de la trayectoria transitoria, se describe la adolescencia como un período de experimentación y, como tal, es un momento en que los adolescentes exploran distintas alternativas (de ocio, de relaciones sociales y amorosas, etc.). En el marco de la trayectoria persistente, sin embargo, otros adolescentes, de nuevo más los chicos que las chicas, presentan ya conductas graves en un momento más temprano de la vida, normalmente en la primera infancia, agravándose estas conductas en la adolescencia y en la edad adulta a las que acompaña normalmente el consumo de alcohol y substancias (p. 260).

La percepción del riesgo es una variable de gran relevancia para explicar el consumo o no de una sustancia psicoactiva en adolescentes. Las personas toman decisiones en función de las consecuencias positivas que van a obtener y evitan las consecuencias negativas. Si perciben que algo les va a acarrear dichas consecuencias negativas no lo harán. Por ello, la concepción que se tiene sobre las distintas drogas, que depende tanto del uso, como de las creencias y de la propia construcción social sobre la sustancia, influye en su consumo (Becoña, 2007).

La influencia de los modelos cercanos al adolescente se ha valorado como un factor esencial en las conductas de consumo. Se ha constatado la influencia de los hábitos de consumo de los padres y amigos sobre la conducta de consumo de los adolescentes. El comportamiento respecto al consumo de alcohol de las personas cercanas a los adolescentes condiciona determinadas actitudes, intenciones, percepciones y conductas de consumo (Espada, Pereira y García-Fernández, 2008).

Se ha observado en esta investigación una relación directa del consumo familiar y de los amigos con el consumo de los adolescentes, es decir, tener familiares y amigos que beben es un factor de riesgo importante para el consumo. Los hábitos de consumo de los familiares y personas cercanas como los amigos influyen como modelos en el consumo de alcohol en los adolescentes. Aunque, sería el consumo excesivo y frecuente el que se relacionaría con un pobre funcionamiento familiar y escolar, con una pobre integración comunitaria y autoestima (Villarreal-González, Sánchez-Sosa, Musitu, y Varela, 2010).

Se ha demostrado el papel y poder que ejercen los amigos y amigas en el consumo de drogas y otras conductas de riesgo, situando al grupo en primera fila como factor principal que influye, alienta, justifica, condiciona… y donde se concretan los encuentros con las sustancias.... los semejantes (los iguales-los amigos/as) aportan el soporte de identidad y referencia, en la condición de adjuntar metodologías, contenidos, objetivos y estrategias, próximas a la cultura de los jóvenes, esto es, al imaginario colectivo (Añaños y Bedmar, 2008, p.382).

Los resultados confirman las hipótesis de partida dando relevancia a las variables sociales y familiares como factores de riesgo para la transición del uso experimental de sustancias a un uso de las mismas más habitual y frecuente en la adolescencia y las implicaciones para el desarrollo de programas preventivos (Alfonso, et al. 2009).

Los resultados del estudio ponen de relieve la importancia de la familia en el uso de los adolescentes o no uso de drogas (alcohol, tabaco y cannabis), así como la influencia del alcohol en el inicio de la el tabaco y el consumo de cannabis. La permisividad hacia el consumo de drogas y control y afecto del padre y madre estaban relacionadas con el consumo de alcohol, tabaco y cannabis (Becoña, et.al., 2013). Los datos reflejan que los adolescentes chilenos y mexicanos que perciben como disfuncionales a sus familias tienen mayor riesgo de consumir tabaco, marihuana y tranquilizantes. La familia y los estilos de vida saludables son factores que se relacionan con una disminución de las conductas de riesgo en este grupo de edad (Huitrón-Bravo, et al., 2011).

Las conductas transgresoras en la adolescencia son, o bien parte integrante de la búsqueda de consolidación de la identidad y autonomía del adolescente, o bien, el resultado de un proceso previo, centrado, fundamentalmente, en las relaciones negativas con los otros significativos como padres y educadores (Villarreal-González, SánchezSosa, Musitu, y Varela, 2010).

Los estudiantes consumen menos alcohol cuanto mejores son las relaciones familiares, no obstante este factor pierde relevancia al controlar por otros, siendo entonces la relación con el grupo de iguales uno de los más relevantes para determinar la cantidad de consumo del adolescente (Alfonso, et al., 2009). Así, mientras las dimensiones familiar y académica parecen ejercer claramente un rol protector, el papel desempeñado por la autoestima social comienza a cuestionarse al constatarse una relación positiva entre esta dimensión y el consumo de sustancias en adolescentes (Cava, Murgui y Musitu, 2008).

Las variables relacionadas con el consumo juvenil de alcohol y otras sustancias psicoactivas, y con las actitudes hacia la experimentación. Se confirma que la actitud favorable hacia el consumo de drogas está relacionada con las siguientes variables: tendencia a permanecer en ambientes y con compañías incitadoras al consumo, influencia del modelado del grupo de iguales consumidores de drogas, las propias pautas de experimentación, baja valoración en los indicadores de habilidad física, conducta desviada (ataques físicos, absentismo y desobediencia escolar, relación con iguales conflictivos, etc.) y conductas de búsqueda de atención (conductas de fanfarroneo, llamadas de atención, prepotencia, trato interpersonal insidioso, etc.). (Jiménez, et al. 2006).

Los factores de riesgo más relacionados con el consumo de sustancias son la disponibilidad de drogas, las actitudes familiares favorables al consumo, la historia familiar de conducta antisocial, el inicio temprano y el consumo de los amigos, el riesgo percibido con respecto al consumo y las actitudes favorables al consumo. En los factores de protección destaca el papel de las habilidades sociales frente al consumo de alcohol (Larrosa y Rodríguez-Arias, 2010). Los factores de mayor influencia percibidos por los sujetos estudiados en el consumo de drogas son ―los amigos/as‖ (alcohol 83,4%, tabaco 80,9% y cannabis 91,2%) en espacios abiertos (Añaños y Bedmar, 2008 p. 380).

En materia de experimentación con sustancias psicoactivas abundan las referencias a diferentes tipos de factores de riesgo y de protección, entre los cuales se incluyen las actitudes. Aunque no se ha constatado una correspondencia biunívoca entre actitud y conducta, se ha hallado un estrecho vínculo entre las actitudes favorables de rechazo hacia las drogas y la conducta de consumo.
El botellón representa un contexto de ocio desestructurado donde jóvenes, con actitudes positivas hacia el consumo de alcohol, autogestionan su diversión sin la existencia de una adecuada supervisión externa que limite la aparición de conductas no deseadas. Estas características convierten a este fenómeno en un importante factor de riesgo (Gómez-Fraguela, J.A. et al., 2008, p.216). Si bien el consumo global de alcohol está descendiendo en España, estamos asistiendo desde hace años a un incremento del consumo de alcohol por parte de los jóvenes en forma de borracheras o de consumos de alcohol concentrados en pocas horas para alcanzar un cierto nivel de embriaguez, lo que los anglosajones llaman binge drinking‘. La expresión más típica – aunque no única- de este fenómeno es el botellón, que en realidad no es más que una de las expresiones del consumo de alcohol a lo largo de los espacios recreativos nocturnos del fin de semana Además, esta nueva forma de beber se asocia a más problemas como son: afectación de la maduración cerebral en los adolescentes, mayor capacidad de generar problemas con el alcohol, problemas con la conducción, violencia, prácticas de riesgo sexuales, etc. Dichos hábitos no son precisamente una forma de resistencia o de construcción de la identidad juvenil autónoma, sino más bien el fruto de la presión de una poderosa presión económica y cultural que conduce a muchos jóvenes a estilos de vida evasivos o fragmentados por la compulsión (Calafat, 2007).

El consumo grupal de alcohol llega a ser parte de la cultura juvenil e implica, para los jóvenes, una concepción específica del espacio y del tiempo, un espacio simbólico, común y compartido, construido por ellos a través de la interacción. El adolescente ha aprendido que los amigos estimulan y potencian la afiliación y la identidad a través de la adhesión a ciertas conductas rituales afianzadas en el grupo. (Pons y Buelga, 2011).
La influencia significativa que las actitudes negativas hacia la autoridad tienen en el consumo de sustancias de los adolescentes está demostrada (Cava, Murgui y Musitu, 2008).
Por otra parte, La inclusión de los consumos de drogas en el espacio del tiempo libre posiblemente ya no admite discusión. Independientemente de las características y volumen de estas prácticas, para la inmensa mayoría de los y las jóvenes, como para la inmensa mayoría de la población de cualquier edad, los consumos están vinculados a las expectativas y objetivos del ocio y el tiempo libre. 

Esta realidad que se ha consolidado en la literatura especializada como usos recreativos de drogas es la que preside el discurso básico actual sobre las drogas y los problemas asociados a ellas y la que define la realidad de la mayoría de los consumos que realizan, específicamente, las personas jóvenes. Desde el punto de vista de la percepción social e independientemente de la valoración de los posibles daños, el conjunto de la población y el conjunto del colectivo juvenil asocia las posibles ventajas de los consumos de sustancias a las expectativas y necesidades referidas al disfrute de ciertos modos relevantes de ocupación del tiempo libre (fundamentalmente las salidas nocturnas y los encuentros interpersonales)
(INJUVE, 2012). 

En la cultura juvenil recreativa contemporánea se van extendiendo diversas modalidades lúdicas de experimentación con sustancias psicoactivas en fin de semana. Se van extendiendo usos recreativos de drogas vinculados a cambios en la funcionalidad de la diversión nocturna y a la búsqueda de la sobrestimulación (De la Villa, Rodríguez y Sirvent, 2006). Hoy la diversión cada vez está más asociada al consumo de drogas, sea éste puntual, esporádico o frecuente, aunque un gran número de personas se divierten sin consumirlas y es posible desarrollar un adecuado control y autocontrol en la situación de diversión, en la vida recreativa y en otros contextos de la vida (Becoña, 2007).

Una conducta, como es la del consumo de drogas, va a exigir una explicación bio-psico-social, o más bien socio-psico-biológica, porque el aspecto más importante, a nivel cuantitativo y cualitativo para explicar el consumo o no en una sociedad concreta, como la nuestra, es en primer lugar las debidas a factores sociales, en segundo lugar a factores psicológico y, finalmente, en tercer y último lugar, a factores biológicos (Becoña, 2007).

Se requiere el diseño y puesta en práctica de estrategias de prevención que tengan como objetivo reducir el consumo de drogas así como los factores de riesgo asociados a dicho consumo y reforzar los factores de protección entre los escolares de la muestra. Teniendo en cuenta los resultados sobre la prevalencia de los consumos, las drogas sobre las que se debería incidir fundamentalmente son el tabaco y el alcohol, sin descuidar el cannabis y el resto de sustancias.

Los estudios futuros deberían centrarse en la investigación sobre las influencias de género entre padres e hijos en cuanto afecta y control, y también, en el estudio de la permisividad percibida. Esta variable se ha demostrado que tienen una gran influencia en el consumo de drogas de los adolescentes. Las estrategias deberían centrarse en el fortalecimiento de las habilidades de los padres con el fin de prevenir o reducir el consumo de drogas de sus hijos (Becoña, et al., 2013).

El papel activo de los jóvenes el planteamiento de actividades de ocio es otro aspecto importante a tener en cuenta. Pues el hecho de limitar el posible ocio juvenil a actividades deportivas o a conciertos considerando dichas actividades como preventivas en sí mismas o que pueden eliminar el consumo de alcohol o el botellón sería un error (Giménez, Cortés y Espejo, 2010).

4.3.2. Conducta violenta y delictiva

Una de las variantes más preocupantes del comportamiento delictivo es aquel protagonizado por jóvenes y menores de edad, ya que puede acarrear consecuencias futuras negativas, tanto para ellos como para su entorno (Hein, Blanco y Mertz, 2004). En las últimas décadas se ha constatado una creciente preocupación por la violencia escolar, un tipo de conducta transgresora que tiene lugar en escuelas e institutos (Cava, Musitu y Murgui, 2006).

Se ha observado que los adolescentes más violentos presentan puntuaciones diferentes en todas las puntuaciones analizadas: menor autoestima, satisfacción en la vida y empatía y mayor soledad, ánimo depresivo y estrés. Las relaciones familiares de estos adolescentes violentos son más conflictivas y tienden a percibir una menor cohesión familiar a la vez que mayores niveles de conflicto familiar. Parece, por tanto, que existe cierta continuidad entre los conflictos que acontecen en el ámbito familiar y, sobre todo, las dificultades en la comunicación, un aspecto clave para la resolución positiva de los conflictos familiares y los que sufren los adolescentes en las relaciones con los iguales (Varela, Ávila y Martínez, 2013).

Los factores que influyen en la generación del comportamiento delictivo serían: Factores de riesgo individuales (baja inteligencia, comportamiento difícil en la infancia, pobres relaciones con los pares), Factores familiares (estrés familiar, estructura familiar, abuso y negligencia familiar, estilo familiar crítico, hostil y punitivo, Factores de riesgo asociado al grupo de iguales, Factores de riesgo social-comunitario (Hein, Blanco y Mertz, 2004).

Hay que resaltar la influencia de las variables familiares consideradas (comunicación familiar y valoración parental de la escuela) en la violencia escolar de los adolescentes, aunque su influencia no es directa, sino indirecta. Señalan la importancia que en el estudio de la influencia de la familia en la violencia escolar desempeñan variables mediadoras tales como la autoestima o la actitud del adolescente hacia la autoridad escolar. Estas variables, directa-mente relacionadas con la violencia escolar, están influidas tanto por la calidad de la comunicación familiar como por la percepción que los adolescentes tienen sobre el grado en que sus padres valoran la escuela, los estudios y el profesorado (Cava, Musitu y Murgui, 2006).

La experiencia de ser rechazado supone una situación estresante para el adolescente con consecuencias negativas en su ajuste psicosocial. Por esta razón, desde la década de los 80 se han realizado numerosos estudios que intentan explicar los correlatos asociados al rechazo tanto en la infancia como en la adolescencia. Los adolescentes rechazados-agresivos constituyen un grupo de especial riesgo, puesto que es el grupo que presenta peores relaciones familiares y mayores problemas en sus relaciones sociales en la escuela. El apoyo parental contribuye al aprendizaje de habilidades sociales y al desarrollo de la competencia social, aspectos que a su vez se asocian con la aceptación por el grupo de iguales. Los adolescentes rechazados, en especial los agresivos, presentan una menor competencia social que los no-rechazados, de modo que es posible que estas dificultades para interaccionar con sus iguales puedan estar relacionadas con el bajo apoyo que estos adolescentes perciben de sus padres. Se puede constatar la asociación entre el nivel de comunicación, rechazo y comportamiento violento (Estévez, Martínez, Moreno, y Musitu, 2006).

El estudio de Cava (2011) valida que las intervenciones en acoso escolar deben ir dirigidas a mejorar las relaciones interpersonales de todo el alumnado, y en especial de aquellos que son víctimas de acoso, incluyendo en las estrategias de intervención a toda la comunidad educativa: padres, madres, profesores y alumnos. Existe una fuerte relación negativa con el sentimiento de soledad, que redundará en una menor autoestima. La autoestima es un aspecto clave en este sentido, puesto que, por un lado, presenta una relación directa negativa con la violencia relacional, y por otro, una influencia indirecta a través de su estrecha asociación con la satisfacción vital que al mismo tiempo parece ser un importante inhibidor para la participación en comportamientos que implican violencia relacional entre pares en la escuela (Moreno, Estévez, Murgui y Musitu, 2009).

La Conducta prosocial, la Empatía y la Autoeficacia predicen positivamente la Responsabilidad, mientras que la Agresividad es un predictor negativo de la Responsabilidad personal y social (Gutiérrez, Escartí y Pascual, 2011). Un aspecto crucial relacionado con el ámbito comunitario es que los adolescentes más violentos tienden a mostrar también una percepción peor del entorno comunitario. Recientemente se viene constatando que la implicación y participación en la comunidad es una variable que presenta un rol importante en el ajuste psicológico y social de los individuos (Martínez, Moreno, Amador y Orford, 2011). Se ha constatado que los adolescentes violentos tienen menor implicación en la comunidad. Creemos que este hallazgo es importante en la medida que todavía es un ámbito de estudio poco explorado (Valera, Àvila y Martínez, 2013).

La variable ocio ocupa un espacio significativo, pues conforme el adolescente en conflicto con la ley se encuentra en una trayectoria delictiva más desarrollada disminuye de forma importante el «no consta» en los informes de los trabajado- res sociales, asimismo en la medida que se profundiza en la trayectoria delictiva aumenta de forma importante el ocio desestructurado o «callejeo» y disminuye el ocio programado (Navarro, Uceda y Pérez, 2013).

Es aquí importante diferenciar dos formas de desarrollo del comportamiento delictivo juvenil: la forma esporádica y la forma persistente. El tipo esporádico se asocia más a la experimentación de roles relacionadas al período adolescente, y puede prevenirse con intervenciones sencillas que disminuyan las oportunidades de cometer delitos, como el buen uso del tiempo libre y otras estrategias específicas o generales de prevención. En la mayoría de los casos esta tendencia desaparece con la edad. No obstante, existen otras manifestaciones de la delincuencia juvenil, que son aquellas más persistentes y que se asocian a la presencia de múltiples factores de riesgo. Es a este segundo tipo al cual debieran preferentemente dirigirse las acciones de prevención.

Algunos indicadores que permiten distinguir conductas de riesgo potencialmente persistentes de otras pasajeras son: comienzo temprano de los comportamientos de riesgo, curso persistente de los comportamientos de riesgo (en vez de esporádico) y ocurrencia simultánea de otros factores y comportamiento de riesgo (Hein, Blanco y Mertz, 2004).

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