jueves, 3 de mayo de 2012

VIOLENCIA Y SUBJETIVIDAD. Lic. Beatriz Janin. Argentina.

“Y, desgraciadamente,  el dolor crece en el mundo a cada rato,   crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces  y la condición del martirio, carnívora, voraz,   es el dolor, dos veces  y la función de la yerba purísima, el dolor dos veces  y el bien de ser, dolernos doblemente.”  
Cesar Vallejo. Los nueve monstruos

Hablar de la violencia en relación  a los niños nos lleva a pensar en un  amplio espectro de violencias : violencia social, violencia familiar, violencia  desatada a lo largo de la historia. 
Violación, sometimiento, tortura, abandono, hambre, son formas del  desconocimiento del otro, del avasallamiento de su subjetividad. 
Generalmente, cuando en una familia o en una sociedad reina la violencia,  los mayores damnificados son los niños y  los adolescentes, ya sea por la vía del  hambre (los niños pequeños son los que más sufren sus consecuencias), ya sea por la  vía del clima afectivo del contexto donde viven. La tolerancia de los adultos hacia el  funcionamiento infantil, frente a sus  movimientos y preguntas, disminuye cuando  están en estado de estrés o de desborde,  así como las posibilidades de conectarse  empáticamente con ellos, de jugar y contar cuentos también presenta mayores  dificultades.  Cuando hablo de violencia me refiero a provocar en el otro sensaciones  inelaborables, ruptura de límites.  
Quizás el paradigma de la violencia sean los campos de concentración, en  los que se intenta quebrar los soportes identificatorios de las personas.   Muchas veces, en las familias se hace ésto con un niño. Se lo fuerza a ser  otro, se desconocen sus posibilidades y su historia, se arrasa con sus pensamientos,  se usa su cuerpo como si fuera un objeto.
¿Qué puede llevar a algunos adultos a ejercer tanta violencia sobre un niño? 
Sabemos que hay una transmisión de violencia a través de las generaciones.  Pero ésto no es una cuestión lineal, de causa-efecto, sino que se da en un entramado  muy especial. 
Las familias violentas son generalmente familias muy cerradas, en las que  no hay un intercambio fluido con el resto del mundo. Transmisión de violencia en un  encierro asfixiante. Como dice R. Kaës, “Habrá huellas, al menos en síntomas que  continuarán ligando a las generaciones entre  sí, en un sufrimiento del cual les  seguirá siendo desconocida la apuesta que sostiene.”(1)
Lo que ocurre en ellas es que los vínculos se estancan, dejan de circular, para transformarse en algo quieto. Cada uno está aislado, absolutamente solo y a la vez no se puede separar de los otros. No hay espacios individuales y tampoco se comparte. Todo es indiferenciado y el contacto es a través del golpe o a través de funcionamientos muy primarios, como la respiración, la alimentación o el sueño. 
Cuando alguien ha sido maltratado, por la dificultad para distinguir  el psiquismo parental del propio, vive como rechazables aspectos de sí mismo, incluida la propia hostilidad hacia los que lo maltratan. Cuando los padres no se ubican como diferentes al niño, pueden querer matarlo como si fuera un pedazo de ellos que no les gusta. “O lo mato o me mato”, frase que escuchamos frecuentemente los analistas de niños y que remite a esa lógica  del “él o yo”, anulación del otro en tanto no-yo, externo amenazante. Otras veces, se supone que el hijo  viene a salvarlos. Y cuando esto, inevitablemente, fracasa, en algunas familias la ruptura de esa imagen resulta intolerable. 
Que el niño no cumpla con los ideales parentales puede ser vivido como terrorífico. También es frecuente que, cuando se tiene un hijo, el deseo sea el de tener un muñeco, no un bebé que llora, usa pañales, se despierta de noche y quiere comer a cada rato. Y entonces, cuando requiere atención y cuidados, se torna insoportable. Creo que todos hemos leído en los diarios situaciones en las que un bebé era arrojado por la ventana porque lloraba.  
El llanto de un bebé es muy angustiante porque hace revivir la propia inermidad, el desamparo inicial. Pienso  que un adulto tiene que poder tolerar su propio desvalimiento para poder contener a un bebé que llora y no entrar él en estado de desesperación, identificado con el bebé. Y si el adulto no fue contenido de niño, será mayor su dificultad para contener a otro; es decir, el desvalimiento queda como una herida abierta. 
Cuando los adultos están desbordados, ya sea por cuestiones internas como externas, ese llanto les resulta insoportable. Y pueden hacer cualquier cosa con tal de silenciarlo. Del mismo modo, después, intentarán eliminar toda exigencia del niño, todo lo que los perturbe. Y los niños son siempre perturbadores. 
Otras veces, cuando los adultos están  deprimidos, los niños tratan de sacudirlos, pero es frecuente que aquéllos sientan eso como golpes, como ataque y que respondan con violencia. 
Si los niños son molestos, irrumpen rompiendo la tranquilidad, la paz de los sepulcros, si  exigen conexión, es posible  que lo que se haga sea matar la vida, dormirla, acallarla, transformarla en una secuencia monótona, a través de maltratar a un niño. ¿Cuáles son los efectos de la violencia en la constitución de la subjetividad? 
Sabemos que hay golpes que dejan marcas y que horadan terrenos y que quiebran la trama que sostiene la vida. Me parece fundamental diferenciar entre las violencias estructurantes y aquellas que dejan un rastro innombrable,  las que no tienen ni tendrán palabras. Marcas que no aluden a lo reprimido sino a un desgarro del tejido representacional. Desgarro a suturar, a cicatrizar, armando redes.
    
Violencias estructurantes y desestructurantes:
Hay violencias de las que podemos decir que son estructurantes : 1) la  violencia primaria, de la que habla Piera Aulagnier, que se refiere al otorgamiento de sentido, inevitable intrusión humanizante (estructuración del mundo representacional); 2) la violencia identificatoria, en la identificación del otro como alguien, que posibilita verse a sí mismo (estructuración del yo); 3) la violencia de la amenaza de castración (o de la pérdida del amor), violencia estructurante por excelencia (estructuración del superyó e ideal del yo). Quizás no sea el más acertado el nombre de violencia para ésto, sino el de corte, límite o investidura particular. Lo que presupone es la vigencia de una legalidad y la apertura a la complejización. 
Pero hay otras violencias, que trabajan al servicio de la pulsión de muerte, que son desestructurantes, en tanto tienden a romper conexiones, no a delimitarlas o a posibilitarlas. Siguiendo el diccionario, violencia tiene que ver con una irrupción sin permiso, con un forzamiento. Agrego:  irrupción violenta sobre un otro que implica avasallamiento de las posibilidades del otro, que provoca dolor, o que deja a un niño a merced de sus propias necesidades, carente de toda satisfacción. 


La diferencia es cualitativa. 
Si alguien pega desaforadamente, no es sólo que pega más que aquel que da una cachetada, sino que el que pega brutalmente pega desde y hacia otro lugar. Pega desde el dominio o desde el desborde y a alguien a quien no considera un humano igual. Es la diferencia entre pegar una palmada suponiéndola una medida educativa y descargar la agresividad o la desesperación sobre el otro. Es una cuestión de cualidad, o de cantidad que se vuelve cualidad lo que determina el tipo de violencia. 
Podemos hablar de una violencia deshumanizante, de un arrasar con la subjetividad del otro. 
Violación, sometimiento, tortura, abandono, hambre, son formas del desconocimiento del otro, del avasallamiento de la singularidad del otro. El objetivo en los campos de concentración es que  el prisionero pierda sus puntales identificatorios, que deje de considerarse humano.
Violencia por ruptura de barreras, violencia por ausencia :
Y hay diferentes violencias desestructurantes: 
1) Hay una violencia que se da cuando se rompen las barreras de protección antiestímulo, y el dolor arrasa con todo. La tendencia no va a ser entonces a inscribir huellas sino a expulsar todo lo inscripto.  Como desarrolla Freud en el Proyecto de una Psicología para neurólogos, la vivencia de dolor deja la impronta de un rayo, la tendencia a huir de la situación dolorosa y de su recuerdo. Si el dolor “consiste en la irrupción de grandes Q hacia psi”(2), lo insoportable es el bombardeo de estímulos que superan las posibilidades de ser tramitados. Freud dice que el dolor es el más “imperioso” de todos los procesos. Es decir, implica una exigencia brutal, pero la exigencia, a diferencia del deseo, es una exigencia de huida. El dolor sin vivencia calmante arrasa con el entramado psíquico y lleva a destruir, como en una estampida, todos los caminos, impidiendo el armado de conexiones. 
Lo que queda, entonces, si no hay nadie que frene el devenir expulsor, la primacía de la pulsión de muerte,  es una tendencia desinscriptora. También puede quedar un estado de obnubilación de conciencia o de abolición de la conciencia y de la subjetividad. 
El semejante que contiene y calma lo que aporta son sus propias posibilidades de que prime Eros, de que no reine el movimiento desinscriptor, de que predomine el registro de cualidades y la ligazón entre las representaciones. Así, plantea en el apartado de la vivencia de dolor:  “Puesto que el desprendimiento de displacer puede ser extraordinario con una investidura ínfima del recuerdo hostil, es lícito concluir que el dolor deja como secuela unas facilitaciones de particularísima amplitud”(3). 
Freud habla en el  Proyecto... de que la defensa primaria implica una urgencia para abandonar la imagen-recuerdo hostil y que esto esfuerza una actividad de descarga acrecentada y un “desagüe de los recuerdos”. “En el presente caso, bien puede ser el acrecentamiento de Qn, que en todos los casos emerge a raíz de la  investidura de recuerdos hostiles, el que esfuerce una actividad de descarga acrecentada y, así, el desagüe también de los recuerdos”(4). Considero que ya en este texto, Freud está planteando el vaciamiento representacional. El drenaje de los recuerdos lleva a un vaciamiento de pensamientos, de sentimientos. “Vacío” del que dan prueba las patologías que predominan actualmente. Exceso de dolor sin procesamiento, sin nadie que contenga y calme. Entonces, hay una tendencia desinscriptora; un estado de obnubilación de conciencia y abolición de la conciencia y de la subjetividad . Mientras que hay estímulos de los que la evasión es posible, los estímulos de los que estamos hablando son aquellos de los que no se puede huir, ya sea porque son sorpresivos y atacan de golpe, o porque se está encerrado, apresado en la situación dolorosa.  
Cuando hay una intrusión violenta lo que hace ésta es aliarse con la pulsión de muerte que opera en el sujeto y arrasar con el funcionamiento pulsional propio de Eros. Cuando la coraza antiestímulo queda dañada, el mundo de las impresiones sensoriales, en el mejor de los casos, trabaja defectuosamente, las inscripciones psíquicas están empobrecidas y las preexistentes no reciben investidura porque toda la economía pulsional está trastocada. 
Así, hay gente que fue golpeada de pequeña y quedó en estado de sopor, sin conciencia.  Hablar de violencia, entonces, implica pensar en golpes que vienen desde un afuera que destruye posibilidades elaborativas, situaciones en que la exigencia no es sólo interna sino también externa. Un afuera que aparece como insoslayable, del que no se puede escapar. 
Muchas veces se llega a inscribir pero entonces aquello de lo que no se puede huir es de la propia necesidad de repetir ese vínculo, de sostener la relación con un otro que golpea.
2) Violencia por ausencia de estímulos: Esto alude a las situaciones de abandono, en sus diferentes formas. El quedar a merced de las propias sensaciones y exigencias internas lleva a la indiferenciación de sensaciones. La libido no puede ligarse a nada, no hay un mundo representacional a construir. El niño queda expuesto a sus propias sensaciones, en un mundo indiferenciado en el que las urgencias pulsionales derivan en catástrofes anímicas. 
En esas condiciones, no se crea la investidura de atención que se produce como consecuencia de un vínculo, en  tanto hay otro que muestra un mundo libidinizado. Y el esfuerzo por reinvestir la realidad es siempre tardío. Son coleccionistas de traumas a posteriori, que reaccionan demasiado tarde, a destiempo, lo que deriva de la insuficiente investidura de atención. Al no estar atentos a lo que pasa en el mundo, las situaciones les “suceden” sin aviso previo, por lo que quedan abrumados por lo ocurrido. 
Es decir, tanto si desde el mundo se arrasa con las propias posibilidades, tiempos, ritmos, de incorporar los estímulos externos, quebrando posibilidades metabolizadoras de alguien, como cuando se lo deja en un mundo sin investiduras libidinales, se ejerce una violencia desestructurante. 
Hay entonces dos formas de perforar la coraza antiestímulo : 1) por ruptura de la coraza, 2) por ausencia de estimulación. 
Pero hay también otras violencias : Desde la madre que dice :“me lo llevo a la cama porque estoy angustiada” sin tener  en cuenta el estado anímico del niño, hasta las amenazas y castigos permanentes y la  denigración: “sos un desastre”, “sos tonto”, “sos malo”, que tienen un efecto devastador del sentimiento de sí. Violencias sobre otros, violencias sobre sí mismo... En un universo de golpes y silencios, ¿cómo se constituye la subjetividad?


Un caso clínico :
Voy a relatar una breve viñeta clínica : 

Consulta la madre por Ana. Viene sola porque el padre “no tiene tiempo”. “Desde beba que es muy difícil de manejar. Es hiperkinética. En la escuela (va a preescolar) la ven dispersa, no dibuja la figura humana. No se concentra. Suponen que no va a poder ingresar a primer grado el próximo año. Se porta mal todo el tiempo. No sé qué hacer con ella. Nunca obedece. Hace como si no escuchara. Le pego y me mira sin llorar. No puedo pasarme todo el día pegándole. Cuando la encierro hace un desastre. Si la encierro en el baño saca todo y abre las canillas. Si la encierro en la pieza saca la ropa del placard. Ya probé todo. Yo me vuelvo loca. A veces la mataría. Me agota. No tengo ayuda. Es tan terrible que no se la puedo dejar a nadie. Mi mamá se cansa con ella. Somos las dos solas. Estamos todo el día juntas. No doy más. Grito y le pego. No sé qué hacer”. Ana me saluda, de entrada, efusivamente, como si me conociera. ¿Confunde lo familiar y lo extraño?. Abre su caja de juego, saca todo, abre mis cajones y toca todo lo que encuentra. Pregunta qué es, de quién es, para qué sirve. Por momentos habla como una beba. Es atropellada, torpe en sus movimientos. La madre le grita 
permanentemente.  Ella fluctúa entre gritarnos a ambas que le obedezcamos rápidamente, dándonos ordenes absurdas, y decir: "soy loca, soy tonta", mientras tira al suelo todo lo que encuentra. 
Toda madre ejerce un poder absoluto  al abrir recorridos de placer y displacer, al otorgar sentido a su llanto,  movimientos, gestos, al determinar qué satisfacciones están permitidas. Ella dice lo que el niño necesita, desea, siente. Esto, que permite que el otro se humanice, también implica la posibilidad de un exceso de violencia, de una imposición a ultranza de la voluntad materna, de una imposibilidad de reconocer que ese otro es alguien diferente a ella, alguien que va plasmando sus propios deseos. Ana queda atrapada en el caos, en la indiscriminación entre placer y sufrimiento. Y hace estallar al otro a la vez que estalla ella. 
El psiquismo de Ana se está estructurando. Y ella corta y pega, intentando discriminarse. Pero su madre vive como peligrosos los intentos de separación y a la vez no tolera juntarse. Avatares del narcisismo. Ella erogeiniza, excita, pero no puede hacerse cargo del desborde pulsional desencadenado, no puede ayudar a ligar, con la ternura, el erotismo. Y deja a  Ana expuesta a sus deseos, que se tornan terroríficos e incontrolables.
El análisis de Ana transcurre en medio de estallidos pasionales, situaciones de extrema violencia. Se tira encima mío, intenta morderme, pegarme, me escupe, me patea y cuando la sujeto para contenerla, grita desesperada: "Socorro, me matan"; llora e intenta escaparse, y vuelve a tirarse encima mío. Yo le hablo de que está muy asustada, de que quiere tocarme, estar cerca pero que el contacto se le torna terrorífico, que supone que me maltrata o la maltrato, me lastima o la lastimo, que puedo entender que sufre ... Así, vamos evocando situaciones de mucho sufrimiento, escenas de pánico. Y Ana empieza a jugar con muñecas, tomando como "hija" una a la que había desarmado tiempo atrás. 
Un día, la madre me pregunta: “Si yo fui muy golpeada y ahora golpeo...¿Cómo será ella cuando tenga hijos?, ¿podrá ser distinta? Los campos de concentración y las consecuencias de la crueldad ¿Cuántas veces se hace con un niño lo que se hacía en los campos de concentración, es decir, quebrar sus parámetros identificatorios? 
Sin pretender establecer una identidad, pienso que las personas sometidas a situaciones de extrema crueldad, cuya vida dependía permanentemente del poder de un otro, y cuyos testimonios son conocidos, nos pueden ayudar a pensar en lo que ocurre con aquellos niños sometidos a maltrato, muchas veces desde los primeros momentos de la vida.  
Lo fundamental en esas situaciones es deshumanizar al otro (desnudarlo, brutalizarlo), reducirlo a la pura necesidad a través del hambre extrema, es decir transformarlo en animal, para erradicar cualquier posibilidad identificatoria por parte de los ejecutores de la violencia. 
En segundo lugar, quitarle todo aquello que lo identifique como alguien en particular (el nombre, que pasa a ser un número; su ropa, sus pertenencias, etc. ) Esto se da también en los hospicios y en las cárceles. 
En tercer lugar, imponer el dominio absoluto. El torturador tiene la vida del otro en sus manos, es amo y señor, decide acerca de la vida y la muerte y sobre todos los avatares del otro. Situación insoportable para cualquiera, muy bien descripta por Tvetzan Todorov en Frente al límite, por Jorge Semprún en La escritura o la vida y por Miguel Bonasso en Recuerdo de la Muerte. 

Pero si alguien ha construido a lo largo de su vida ciertos parámetros internos, que son aquello de lo que no se lo puede desposeer, (los pensamientos y los sentimientos son aquello sobre lo que los otros no pueden ejercer poder) es posible que pueda sostenerse internamente a pesar del ataque externo.   Mucho más difícil es lograrlo cuando el que sufre el estallido de violencia es un niño, que no ha construido aún normas internas y valores éticos o es muy pequeño para sostenerlos, sobre todo cuando los que lo violentan son aquellos a los que él considera portadores de normas y modelos. 
Es también curioso que los sobrevivientes de los campos de concentración sientan un abatimiento general. “Después de la intensidad de la primera experiencia en libertad, todo parecía apagado, fútil, falso. Los señuelos, las consolaciones habituales no actúan ya para quien regresa de un viaje a los infiernos. Y la sensación misma de vivir se adelgaza hasta desaparecer.”(5)...Los sobrevivientes sienten que hay algo en ellos que está muerto. Esto me parece fundamental : una parte muerta. 
Hay muchos testimonios de esto. Así, Madeleine Doiret dice :“No estoy viva. Me veo desde fuera de ese yo ahí que imita la vida” y “Vivo sin vivir. Hago lo que hay que hacer.”(Auschwitz, III)(6).  A la vez Primo Levi siente que se recobra a sí mismo como ser humano cuando ama y se siente amado, cuando tiene actitudes solidarias, y en Jorge Semprun es fundamental el compartir y resguardar un universo cultural. Si volvemos a los ejemplos cotidianos: una niña de un año y medio es dejada en una institución por la madre, que decide abandonarla. Cuando la tía la va a buscar, seis meses después, la encuentra con quemaduras de cigarrillo y golpes. ¿Qué efecto pudo tener en esta niña tanto abandono y tanta violencia en momentos de su vida en que no podía escribir ninguna historia ni referirse a otros sostenes internos, en que no podía apelar a la poesía ni establecer lazos solidarios con otros? 

Efectos de la violencia en la constitución del psiquismo  
Voy a sintetizar cuáles son, a mi entender, los efectos de la violencia en la infancia. Efectos que no son excluyentes, sino que pueden superponerse: 
1) Aniquilación de las diferencias:  anulación de la conciencia en tanto registro de cualidades y sensaciones que deriva en un no sentir como ocurre generalmente en los drogadictos. 
Cuando el psiquismo se constituye en un universo de golpes y silencios esperan que el mundo les provea las mismas “sensaciones fuertes”. Perdieron la posibilidad de diferenciar matices y todo  es igual; no hay diferencias. Están en estado de shock continuo, electrificados. O son sombies, fantasmas que no desean ni aman ni odian y salen a veces de ese estado a través de una visión paranoica del mundo (edificando un mundo malo).  Si todo les parece igual, si se ubican como muertos-vivos, sienten que la vida, que no puedensostener desde lo  interno, porque tienen un pedazo muerto, debería ser sostenida desde el afuera, desde los golpes del contexto. 
Habitualmente, un niño con padres “suficientemente buenos”, como plantea Winnicott, puede cualificar el mundo, ir registrando diferencias y sentirse vivo, sin ser sacudido por emociones fuertes. Puede sentir placer en el contacto tierno, en escuchar música, en leer un cuento. Estos niños golpeados, maltratados, sólo sienten cuando son inundados por estímulos o cuando se provocan, artificialmente, un plus en su capacidad perceptiva (por ejemplo, con la marihuana). Son niños, como sucede con frecuencia en los “chicos de la calle”, que quedan anestesiados, con una parte muerta (como los que estuvieron en un campo de concentración) y que necesitan ser sacudidos por un estímulo “fuerte”. Así, buscan el peligro, juegan con la posibilidad de un accidente, se drogan, se golpean contra el mundo. Hay otros, en cambio, que permanecen como animales heridos, recluidos en su cueva. 
2) Tendencia a la desinscripción, a la desinvestidura, a la desconexión, que lleva a “excorporar” (A. Green) o a expulsar violentamente toda investidura, dejando un vacío representacional : “desagüe de recuerdos”. Toda representación puede ser dolorosa y hasta el proceso mismo de investir e inscribir puede ser intolerable. Así, pueden predominar en ellos trastornos graves de pensamiento. No pueden ligar ni conectar lo inscripto. Es un funcionamiento preconciente muy particular, que se caracteriza por los quiebres. 
3) Confusión identificatoria: que queden arrasados sus ejes identificatorios (como en los campos de concentración y en los hospicios). El niño se pierde en la nebulosa de no saber quién es. A veces,  puede salir de la confusión ubicando un enemigo externo, o un mundo externo como peligroso. Otras veces, adquiere una identidad por identificación con aquello que los otros suponen que lo define : malo, tonto, etc.  
4) Otra consecuencia del maltrato puede ser el repliegue narcisista: o sea, la construcción de una coraza antiestímulo onmiabarcativa. 
5) Quizás el efecto más frecuente sea la repetición en sus dos modos: a) haciendo activo lo pasivo (identificación con el agresor) b) buscando alguien que se haga cargo de que la repetición textual se efectivice (buscando un agresor). Lo que se torna ineludible en estos casos es la reiteración de la vivencia. 
6) Otra posibilidad es quedar en estado permanente de apronte angustioso (pendiente de olores, ruidos, etc.). Así, la mamá de una nena de ocho años permanecía toda la noche en estado de alerta, escuchando la respiración de su hija. Ella había sido muy golpeada durante su infancia, por lo que la respiración, como signo vital de su hija, cobraba para ella, inmersa en un mundo de sensaciones, un sentido peculiar. 
7) La deprivación puede llevar a la delincuencia cuando predomina una actitud vengativa frente al mundo: “algo le han hecho y merece un pago”. Esto suele ser tomado especularmente por la sociedad, que se ubica como víctima. Así, en este momento, se le da muchísima importancia, socialmente, a la violencia de los niños y de los adolescentes entre ellos y hacia los adultos. Y sobre la base de situaciones en las que algunos niños roban, matan, atacan a los padres y a los maestros, se instala entre los adultos un discurso que desmiente una historia de violencias y una sociedad violenta repitiendo que son los niños los culpables, lo que puede llevar a pensar que lo que se necesita es mayor represión, mayor violencia, cuando lo que es imprescindible es que haya mayor contención y que disminuya la violencia social. 

Armar tramas...
Podemos pensar que en un mundo en el que los dolores son muchos, en que hay una historia de violencias no procesadas, los niños quedan expuestos a una repetición permanente. 
Pienso que la salida es ir armando tramas representacionales que operen como sostén interno y tramas sociales que contengan.  Trabajar en la línea de la defensa de la vida. Y, para ello, es fundamental hablar, poner sobre el tapete, la cuestión de la muerte. Geneviéve Jacques afirmó, en su visita a la Argentina, que es fundamental que haya verdad, justicia y reparación para que la historia no se repita, insistiendo en que la impunidad genera violencia, a corto o a largo plazo. 
Con los pacientes y con sus padres, el psicoanalista ayuda a armar una trama interna, una red representacional que pueda ir tejiendo una historia, que pueda ir dando cuenta, en el marco de la transferencia, de aquello vivenciado al estilo de un rayo. El modo en que, incluyendo los aspectos muertos de cada uno, se posibilite el predominio de Eros.
Resumen 
Este trabajo plantea algunas hipótesis acerca de las consecuencias de la violencia en sus múltiples formas (familiar, social, institucional) en la constitución psíquica de los niños. La autora diferencia las violencias estructurantes, humanizantes, de aquellas que operan al servicio de la pulsión de  muerte, que son desestructurantes, que desgarran el tejido representacional.  
A partir de un recorrido sobre los efectos psíquicos de los campos de concentración en los sobrevivientes, se  desarrollan los efectos posibles de la violencia en la infancia 1) aniquilación de las diferencias, 2) tendencia a la expulsión de lo representable, a la desinscripción, 3) confusión identificatoria, 4) repetición de lo vivenciado, en sus modos activo y pasivo, 5) retaliación, delincuencia, 6) repliegue narcisista, 7) estado permanente de apronte angustioso . 
Se postula que en un mundo en el que los dolores son muchos, en que hay una historia de violencias no procesadas, los niños quedan expuestos a una repetición que los excede. Se hace imprescindible armar tramas representacionales, construir historias, para posibilitar que lo vivenciado al estilo de un rayo sea metabolizado.
Summary 
This  paper outlines some  hypothesis concerning  the consequences of  violence  in  its  various forms (familiar, social and institutional)  on  the  psychic  constitution  of  children. The  author distinguishes  between  violences  that  are  organizing  and  humanizing, and  violences  that are  disorganizing  and  tear  apart  the  representational  fabric. 
Based  upon  an appraisal  of  the psychic effects that internment in various  concentration  camps  has had  on  those  who  survived, some  possible effects  of  violence  in  childhood are  outlined: 1) annihilation  of  differences, 2) a  tendency  to  eject  the  representable, to un-inscript, 3) identificatory confusion, 4) repetition  of  what  has  been  experienced  either  actively or passively, 5) retaliation, delinquency, 6) narcissistic retreat, and 7) a state of anguished  anticipation . We  can  conclude  that  in  a  world  that  is full of  pain and  has a history  of  unprocessed  violences, children  are  exposed to an overwhelming repetition. It  is  mandatory  that representational webs be woven and  histories constructed, in order  to  make possible that what has been experienced in a lightning style  be  metabolized. 
  
Résumé: 
Ce travail propose quelques hypothèses relatives aux conséquences de la violence (sous ses multiples formes: familiale, sociales, institutionelle) sur la constitution psychique des enfants. 
L’auteur distingue les violences structurantes, humanizantes, de celles qui opèrent au service de la pulsion de mort. Ces dernières sont déstructurantes: elles déchirent le tissu représentationnel. En partant du rappel des effets psychiques des camps de concentration sur le survivants, une étude est faite des effets possibles de la violence subie dans l’enfance: 1) anéantissement des différences, 2) tendance à l’expulsion du représentable, à la désinscription, 3) confusion identificatoire, 4) répétition du vécu, sous ses modes actifs et passifs, 5) représailles, délinquance, 6) repli narcissique, 7) état permanent d’un angoissant “se-tenir-prêt”. Il est permis de penser que, dans un monde où les souffrances sont nombreuses et considérables, où une histoire persiste de violences non traitées, les enfants restent exposés à une répétition qui  les déborde. Il est alors indispensable d’établir des trames représentationnelles, de construire des histoires, afin de rendre possible la métabolization de ce qui a été vécu sous le mode de la foudre. 

Notas : (1) : Kaës, R.  y otros  (1996) Transmisión de la vida psíquica a través de las generaciones. AE, Bs. As., pág. 21.  
(2) : Freud, S. : (1950 [1914]). Proyecto de una psicología para neurólogos.
        O.C. AE, Bs. As. pág.351. 
(3) :    -           : Id., pág. 366.  
(4) :    -           : Id., pág. 367. 
(5) y (6) : Todorov, T.: (1993) Frente al límite. Siglo XXI Edit., México, 
pág. 272. 

Bibliografía: 
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                 (1912) Tótem y tabú. O.C., AE, vol. 13. Bs. As. 
                 (1914) Introducción al narcisismo. O.C., A.E. Vol 14. Bs. As. 
                 (1914), “Recordar, repetir y elaborar”. OC, AE, Vol. 12, Bs. As. 
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Green, A. :(1990) De locuras privadas. AE, Bs. As. 
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                Cuestiones de infancia Nº1.
Kaës, R. :(1995) El grupo y el sujeto del grupo. Elementos para una teoría    
               psicoanalítica del grupo. Amorrortu Ed., Bs. As. 
Maldavsky, D. : (1995) Pesadillas en vigilia, A.E., Bs. As. 
                          (1996) Linajes abúlicos. Paidós. Bs. As. 
Missenard, A. y otros: (1991) Lo negativo. Figuras y modalidades. AE., Bs. 
As. 
Todorov, T.: (1991) Frente al límite, Siglo veintiuno editores. 
Winnicott, D. W.:(1996) Deprivación y delincuencia. Paidós.

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