jueves, 12 de abril de 2012

VIOLENCIA EN LA INFANCIA: DEL TEMOR A LA IMPULSIÓN. LIC. SILVIA MORICI

El título del panel, que alude a la violencia en el seno de la familia  puede ser abarcado  desde diferentes perspectivas de análisis. Podríamos hablar de familias violentas, de medio social violento y su influencia en el ámbito familiar; de medios de comunicación que exaltan la   violencia y su influencia en la familia, etc. 
Decidí, entonces encarar uno de los aspectos  posibles de la violencia en la infancia, tomando en particular al niño violento, y cómo entender su violencia si no es en el seno de una familia. Un niño nace, crece, se desarrolla, produce síntomas, se violentiza o no, siempre en el seno de una familia.  Pensando estas cuestiones recordé la novela El Señor de las moscas, que utilizaré para  hablar sobre los posibles orígenes de la violencia infantil. 
Si bien la novela se centra en la historia de niños que deben vivir por un período de tiempo solos sin adultos, obviamente no son niños sin familia, sino que deberán poner en juego en esa particular situación traumática (como  ocurre en todo trauma, por otro lado) la internalización de la función paterna-materna que hayan podido realizar hasta el momento. 
La novela fue escrita por el británico William Golding, premio Nobel de literatura en 1983. Relata de forma magistral la lenta transformación que va sufriendo el psiquismo de una treintena de niños, entre 6 y 12 años de edad, que a causa de un accidente aéreo del que son los únicos sobrevivientes, se ven forzados a organizar su existencia en una pequeña isla sin la 
presencia de adultos.  
Recordaré brevemente el argumento: este  grupo de niños, provenientes de una escuela inglesa con férrea educación victoriana, al descubrir la inexistencia de sobrevivientes adultos en la isla, decide organizarse. Los niños púberes  (los mayores), entienden que dicha responsabilidad debe recaer sobre ellos y ésto es aceptado tácitamente por los más pequeños, quienes reconocen la primacía que otorga la asimetría . Desde el comienzo de este intento de organización, se esboza la trama por donde luego estallará el conflicto: surgen claramente dos tipos de liderazgos, sustentados por dos niños, Ralph y Jack, cuya rivalidad y disputa por el poder  los llevará a  quedar divididos en dos grupos diametralmente opuestos: los que respetan un orden simbólico, representado por Ralph,  líder carismático, quien conserva la evocación de su padre, preguntándose , por ejemplo, cómo resolvería aquel los problemas con los que se ve enfrentado. 
No nos llama la atención, entonces que sea él  quien instala un objeto de clara alusión fálica, como objeto que representa un poder que lo trasciende. Este objeto es una caracola, que tiene como virtudes el ser muy extraño, extremadamente bello y que al ser soplado puede emitir  un sonido muy potente . Para llamar a una asamblea hay que hacer sonar la caracola, para hablar y ser escuchado, hay que tenerla en las manos, el que la posee no puede ser interrumpido, y el líder es el poseedor de la caracola. El otro grupo, es el que va a seguir a otro niño erigido como líder , Jack, por haber sido el director del coro de su escuela al poseer el atributo de lograr el registro de un “do sostenido”. Este niño, del cual no hay referencias a un padre, pero si a su pertenencia a una organización coercitivamente disciplinada, va a cuestionar el poder otorgado por el objeto simbólico, privilegiando nuevamente una aptitud física: su capacidad, adquirida en la isla, para cazar jabalíes. Desconoce, entonces, todo elemento simbólico de poder, reemplazándolo por la supremacía física. La descripción de sus sentimientos, durante la primer experiencia como cazador, es  sumamente ilustrativa, ya que las  primeras sensaciones de sorpresa , horror y repugnancia por haber matado a un ser viviente, van dejando lugar al placer, orgullo y sensación de ese “extraño” poder que otorga el haber ultrajado el cuerpo de un ser vivo. Agregando un dato curioso, confiesa haber sentido en sí mismo el terror reflejado por el animal atacado. A partir de esta primera experiencia, queda embriagado por la intensa sensación de supremacía y dominio experimentada, contagiándola a los demás niños, e imponiéndosela a los que la rechazaban.

Propone pintarse las caras y los cuerpos hasta quedar irreconocibles, y así totalmente  despersonalizados, este grupo de niños, implanta un verdadero sistema de terror sobre los otros,  que culmina en el asesinato de uno de ellos, en el medio de una danza ritual.  El argumento, como vemos, gira en torno de  la metamorfosis que opera en el psiquismo 
de estos niños, llevándolos a una renuncia de todo sistema legislativo, represivo, cultural en pos  de un predominio de la acción pulsional agresiva. Permutan las reglas basadas en lo simbólico,  por reglas pulsionales regresivas donde la violencia es una regla en sí misma. El agredir,  usufructuar, torturar, matar al otro se vuelven  parte de la regla. Vemos el claro predominio y  explosión de la actividad pulsional ante la destrucción de los diques represivos. Y esto se  desarrolla ante la vista de nadie, ya que no hay ningún adulto en la isla. El autor metaforiza así,  según mi parecer la posible relación existente  entre la violencia infantil y la ausencia de función  materno-paterna. Podemos consensuar que la  ausencia de función deja librado al niño al  predominio de sus pulsiones. 
Sin embargo no es sólo de ausencia de lo que se trata, sino de una cualidad particular de  la función en cuestión. Y es en la descripción de la personalidad de Jack  donde encontramos la 
clave. Recordemos que en él aparecen combinados no sólo la ausencia simbólica de representante  de función paterna, (repudio de la “caracola” como representante fálico), sino su reemplazo por  una férrea educación coercitiva. Es entonces, esta particular combinación metapsicológica de una  predominancia de la instancia superyoica punitiva, con ausencia  de efectivos diques represivos,  la que opera como verdadera mecha de la irrupción de violencia en el niño. Recordemos que  Freud, en Malestar en la cultura, llamaba nuestra atención al respecto. El repara en la paradoja  de la ética, que implica que cuanto más severo es el accionar del Superyó, instancia que limita la  actividad pulsional, paradojalmente, mayor es el empuje de las pulsiones. 
Es decir que una educación excesivamente represiva no haría otra cosa que preparar al  hombre para las brutales explosiones de barbarie  que monótonamente se producen en todo el  mundo. 
Pienso, por ejemplo en esos padres ausentes, en tanto distantes afectivamente del niño, sin  operar como agentes de ley, pero simultáneamente censuradores, exigentes, que hacen vivir al  niño su condición infantil como una posición  de humillación, de minusvalía con respecto al 
adulto.  Recuerdo un padre que llamaba “estúpido” a su hijo de dos años y medio, por su torpeza  al empujar el cochecito de su hermanito pequeño. Semantizaba como un accionar fallido, lo que  en realidad era la torpeza normal de un niño de esa edad. 
En mi opinión, entonces, la novela toma como eje central a la irrupción de violencia  infantil como uno de los posibles efectos de la ausencia de función paterna, en esta particular  articulación  con una presión excesiva de la instancia superyoica.  
Es interesante observar como si bien el viraje en el psiquismo de estos niños, se produce  hacia lo que podríamos llamar una salvajización, en detrimento de las normas de socialización,  esto no ocurre en todos los niños de la novela, ni ocurre de manera similar. Entran en juego,  obviamente, las diferencias de edad y la singularidad de cada uno de ellos, quedando en  evidencia para quienes la ausencia real del adulto conlleva una pérdida simbólica de función y  quienes la conservan a través de las posibilidades identificatorias con un padre en función  protectora y legisladora. Esta problemática,  en el argumento de la novela, la juegan  principalmente los púberes, entre quienes se disputan el liderazgo del grupo. Los más pequeños  representan el quiebre psíquico que la experiencia de ausencia de función adulta le imprime en  tanto quedan en estado de total desvalimiento. Sin dar demasiados datos de la historia particular  de cada niño, no es ingenua la alusión del autor al hecho que el niño púber (Jack), quien va  a  liderar al grupo hacia la liberación de lo pulsional en forma de accionar agresivo, era antes del  accidente el jefe del coro de la escuela”.  Es decir que había formado parte de un grupo  disciplinado, con reglas estrictas, y en donde su liderazgo le había sido otorgado por ser el único  que daba “un do sostenido”. Era un grupo basado en el sostén y privilegio de las diferencias y  éstas daban poder y dominio sobre el otro. Cuando Jack reorganiza su grupo de coro en la isla,  los hace usar uniforme y marchar en un claro estilo militarizado.  
Es interesante resaltar cómo Jack responde a la caracterización de la personalidad violenta  que describe Janine Puget en su trabajo “Violencia y espacios psíquicos”. El violento, en opinión  de la autora, ejerce abuso de fuerza y poder,  como un comportamiento vincular coercitivo,  arbitrario, de poca complejidad, como opuesto a  un vínculo reflexivo, pensante, reelaborativo  donde la distancia entre uno y otro pudiera ser  cubiertas por palabras y afectos de mayor  complejidad. Recordemos que es Ralph, líder reflexivo, quien implanta el sistema de asambleas,  para hablar de lo que sienten y piensan, ante  el descubrimiento que el poner en palabras los  sentimientos, alivia y trae claridad al pensamiento. Jack, en cambio, juzga inútil este  procedimiento, llamando cobardes a quienes lo comparten con Ralph. 
Entonces, como dije previamente, creo que  la novela  aporta, a modo de un material  clínico, un análisis de la irrupción de violencia en la infancia, en relación a la internalización de  la función parental que estos niños hayan podido realizar, de acuerdo a la singularidad de sus  vínculos. 
Si tomamos  a Jack como paradigmático de  la irrupción de violencia en la pubertad,  vemos el predominio de una disfunción paterna. Por disfunción considero a un exceso de  dominación, pero no necesariamente de represión, que deja al niño con predominio de un superyó  severo, sin que esto implique un eficaz dique represivo del movimiento pulsional. El niño queda  expuesto, a sus pulsiones, que no pueden sino ser llevadas al acto. Sabemos que, por definición,  la pulsión lleva a la acción. 
Hasta aquí, entonces, el recorrido del accionar pulsional.  Nos detendremos, ahora a analizar el otro elemento interviniente en el cuadro de irrupción  de violencia. Me refiero al acento que pone el autor en el predominio del sentimiento de temor en  el psiquismo de estos niños. Temor que comienza en forma de pesadillas nocturnas, para  convertirse en verdadero “terror sin nombre” (Bion). 
Somos espectadores, del estrago que va produciendo en el psiquismo infantil, este terror,  que, ante la ausencia de función materna que lo metabolice, se va a convertir en el motor de la 
acción de los niños. Algunos, denotando el efecto de ausencia de función de réverie (Bion), que podría a  través del alojamiento de los afectos en la mente de la madre, devolverlos al niño como afectos  contenibles, se psicotizan. Y los que no, se violentizan. 
Vemos cómo el novelista, gran observador de la mente humana, relaciona el sentimiento  de terror, con la irrupción de violencia. Niños aterrorizados, pueden devenir violentos. Ya que la  única forma de expulsión del sentimiento de terror, vedada la vía de re-introyección benéfica del  afecto, es la puesta en acto. 
Rastreemos a su vez la génesis de este terror. Uno de los niños de la novela, introvertido,  inteligente, que observa con horror las transformaciones que van sufriendo sus compañeros,  afectados por el terror, realiza súbitamente un descubrimiento: de lo que hay que temer es de lo que se encuentra en el interior de ellos mismos. Hace alusión, acá, a la particular fantasmática imperante en el psiquismo infantil. 
Sabemos, ya sea siguiendo a M. Klein, quien  habla de las fantasías de destrucción del interior del cuerpo materno, o a Lacan, quien  acentúa la predominancia de una imagen de cuerpo despedazado, que la fantasmática imperante en el armado del aparato, es a predominio sádico. 
No es muy difícil imaginar, por ejemplo, en el caso que leímos en los diarios, sobre esos niños ingleses, que torturaron y mataron a un niño de dos años de edad, la primacía en el momento del pasaje al acto de una escena primitiva sádica, puesta en juego en el momento de la acción. 
Podemos concluir, entonces, que así como la ausencia o disfunción paterna deja librado al  psiquismo infantil a la crudeza de sus pulsiones, la ausencia o disfunción materna lo deja librado al predominio de su fantasmática sádica. Y  la combinación de ambas, con sus diferentes variantes, pareciera no dejar otras opciones libidinales, que la eclosión violenta en el niño.
Resumen 
El artículo analiza la irrupción de la violencia en la infancia, relacionándola con la internalización de la función parental (paterna-materna) que los niños en cuestión, hayan podido realizar de acuerdo a la singularidad de sus vínculos. Se utiliza, a modo de ejemplo clínico, la novela “El señor de las moscas”, de William Golding, donde se relatan las transformaciones experimentadas en el psiquismo de una treintena de niños (entre seis y doce años de edad), al tener que organizar su existencia solos, en una isla deshabitada, sin adultos, por ser los únicos sobrevivientes de un accidente aéreo. 
A través de los protagonistas de la novela, se ilustra cómo una actitud en principio reflexiva y con aceptación de las normas culturales, es reemplazada paulatinamente por un accionar violento e impulsivo. Esta situación permite relacionar la irrupción de violencia en algunos niños con la impulsividad de la pulsión  y con el estrago psíquico que implica el  sentimiento de terror en el psiquismo infantil.  Podemos concluir que en la impulsión estaría en juego la función paterna y en la incontinencia del sentimiento de terror, la función materna. 

Summary 
The article analyses the irruption of violence in childhood relating it to internalisation of  parental function (paternal and maternal) that children might have had according to the 
singularity of their emotional links.  To carry out this study, the novel "The master of the flights" by William Golding, has  been used as clinical example since it deals with the psychic transformations experimented by a  group of thirty children (between six and twelve years old) who, trapped on an uninhabited island, after a plane crash in which they are the only survivors, have to organize their lives without the assistance of adults. 
Analyzing the main characters we can observe how respect for cultural rules and reflexive attitude, gradually gives way to violent and impulsive behaviour.   This particular situation leads to the possibility of relating the irruption of violence in  some children to the impulsiveness of drive and to the psychic damage brought about by the  feeling of terror in children's psyche.  We can conclude that impulsion is connected to parental function, while incontinence of 
the feeling of terror is related to the maternal one. 

Résumé 
Dans le texte, on analyse l'irruption de la violence dans l'enfance par rapport á  l'internalisation de la fonction parentale (paternelle-maternelle) que les enfants en question ont pu  réaliser d'aprés la singularité de leurs liens. On utilise, á titre d'exemple clinique, le roman "Le monsieur des mouches", de William Golding, óu l'on raconte les transformationes experimentées dans le psychisme d'une trentaine d'enfants (entre six et douze ans environ) qui devant organiser leur existence seuls, dans une ile deserte, sans adultes, pour avoir été les seuls survivants d'un accident aérien.  Á travers les protagonistes du roman, on ilustre de quelle facon, une attitude en principe  réfléxive et qui se fonde sur l'acceptation des normes culturelles, est remplacée lentment par une  action violente et impulsive.  Cette situation permet de rattacher l'irruption de la violence dans quelques enfants avec  'impulsivité de la pulsion et avec le ravage psychique impliquée dans le sentiment de terreur  dans le psychisme enfantin.  On peut donc conclure que dans l'impulsion, ce qui serait en jeu, ce serait la fonction  paternelle et dans l'incontinence du sentiment de terreur, la fonction maternelle. 

BIBLIOGRAFIA 
Becher de Goldberg, D.: Maltrato Infantil.  Editor Urbano. Bs. As., 1996
Bion, W.: Volviendo a pensar. Ed. Hormé. Bs. As., 1990
Freud, S.: Malestar en la cultura (1927-1931). Tomo XXI. Amorrortu 1979 
               Totem y tabú (1913-1914). Tomo XIII. Amorrortu 1979 
Green, A: La metapsicología revisitada. Eudeba. Bs. As., 1996 
Golding, W: El señor de las moscas. Alianza Editorial. Madrid, 1995 
Lacan, J: La familia. Ed. Homo Sapiens. Bs. As.,1990 

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