jueves, 15 de marzo de 2012

PATOLOGÍAS GRAVES EN LA ADOLESCENCIA. LOS QUE DESERTAN. Beatriz Janin*

ADOLESCENCIA Y CRISIS.
Revisando la bibliografía psicoanalítica sobre la adolescencia y, a pesar de todas las diferencias, cierta idea se repite: es una etapa crítica que supone riesgos.
Ya se plantee como un momento de cambios y duelos, como una crisis a acompañar, como una encrucijada con posibilidades creativas, como un momento de transición siempre hay algo de un peligro en juego. Psicosis, adicciones, suicidio, anorexia, aparecen generalmente en esta etapa. ¿Cuál es la exigencia que puede desencadenar la catástrofe? El adolescente se encuentra con un cuerpo indominable (desde sus propias sensaciones y desde la mirada que le devuelven los otros) y debe hacer un duelo por su cuerpo de niño, debe resignar identificaciones, separarse de los padres de la infancia y reconstruir su narcisismo puesto en jaque apelando a nuevos logros. Y al mismo tiempo, las urgencias pulsionales y las exigencias sociales presionan desde un internoexterno que vuelve a confundirse. Así, los requerimientos externos no son vividos como tales, se entremezclan con las  pasiones, operando como disparadores de éstas. Y todo requerimiento es vivido como algo a rechazar. (“Quiero dormir. No los soporto –refiriéndose a los padres y profesores–. Que me dejen tranquilo”, afirmaba un adolescente de quince años).
A la vez, hay una reestructuración de los contenidos representacionales del Inc. y del Prcc. y se reorganizan los límites entre ambos sistemas. La reedición del Complejo de Edipo reactualiza los deseos incestuosos. Se instalan las categorías de tiempo y de historia, así como las de cero y nada (que remiten a la representación de la muerte). Hay una construcción de categorías abstractas que incluyen el establecimiento de una ética. Julia Kristeva habla de una “estructura abierta a lo reprimido”. Pero para que la estructura se abra sin romperse, debe haberse constituído sólidamente. Para que lo reprimido no inunde todo el universo representacional, deben haberse diferenciado claramente, con la entrada a la latencia, los dos sistemas, estabilizándose la represión primaria.

Podemos pensar la adolescencia desde la idea de caos, de indeterminación, de un juego de fuerzas que posibilitará nuevas construcciones, nuevas formas. Reorganización representacional que dará lugar a diferentes posibilidades. Historia y proyectos, pasado y futuro se entrecruzan en el adolescente. Pero el pasado se le viene encima cuando quiere desembarazarse de él y el futuro aparece lejano e inalcanzable. En el presente, hay sufrimiento, pero también nuevos placeres. Es por esto que todo adolescente vive necesariamente una crisis y que esta crisis, generalmente, implica una pelea con el mundo adulto. A partir de la reflexión sobre el trabajo clínico con adolescentes que presentan dificultades severas, propongo la siguiente hipótesis: hay adolescentes que no pueden enfrentar esta pelea y hacen una retirada en la que arrasan con ellos mismos. Esta resolución de la crisis tiene sus raíces en una estructuración psíquica incapaz de soportar el caos de pasiones e ideales.

Considero que son adolescentes que, frente a la crisis, desertan de entrada. Y cuando hablo de deserción, no me refiero sólo a los que desertan de la escuela (que es sólo una de las caras de la huida), sino al abandono de toda lucha, que deriva en una vuelta sobre sí de la agresión. Abandono que se manifiesta en abulia, abatimiento, negativa a estudiar y a trabajar y puede derivar en adicciones. Así, investigando historias de adolescentes drogadictos me he encontrado con un tiempo previo a la adicción, que no fue registrado como patológico, en el que huían de todo vínculo, dormían todo el día, o tenían momentos de desborde, fluctuando entre estallidos violentos y estados de abulia, o eran incapaces de resolver solos las mínimas exigencias escolares (aunque hubiesen sido antes alumnos brillantes). Si bien son situaciones muy disímiles, siempre me encontré con ese “antes” perturbado en el que se insinuaba una oposición, un conflicto, exigencias internas y externas y un borrar-borrándose.
“Estoy mal, pero no sé qué me pasa. No tengo ganas de nada. Voy al colegio porque me llevan. No escucho lo que dicen los profesores. No me interesa. Es problema de ellos. No tengo amigos”, comenta, desplomado sobre el escritorio, un chico de quince años que repite segundo año y ha comenzado a consumir alcohol. “Es lo único que me pone contento”, afirma.


Los adolescentes tienden habitualmente a pelearse con los padres y con todo aquello a lo que éstos están ligados, pero se arman su propio contexto. El grupo de pertenencia les resulta fundamental, así como los ideales compartidos. Y madre y padre permanecen como un puerto al que pueden volver hasta que se animan a quemar las naves. Oposición, pelea, creación. El fragor de Eros está presente.
Pero estos adolescentes adolecen de un dolor diferente.
Si los adolescentes son habitualmente cuestionadores, innovadores, ¿qué pasa con estos chicos que rondan el circuito de la muerte?
“No siento. Nada me importa. Todo es un gran vacío. Los demás no entienden”, dice en una de sus primeras sesiones un adolescente de dieciséis años, drogadicto.

Pienso que en ellos la pérdida de cierta estabilidad funciona como un terremoto que no deja nada en pie, por lo endeble de las construcciones previas. Esto implica que la separación que deben realizar queda estancada, como una especie de empresa imposible, de exigencia ciega. Exigencia que, en lugar de ser posibilitadora, les resulta abrumadora.
Iré tomando los elementos antes mencionados: empuje pulsional, deseos incestuosos, duelos, narcisismo, identificaciones, ideales, reorganización representacional y construcción de representaciones abstractas para plantear las diferencias y las determinaciones.

SUFRIMIENTO Y DESIERTO ANÍMICO

“No quiero, no pienso, no siento”.
Arminda Aberastury habla de los duelos “por la pérdida de la fantasía de la bisexualidad, del cuerpo, el rol, los padres y la identidad de la infancia...”
El adolescente se mira en un espejo que, como un caleidoscopio, le ofrece una imagen siempre discordante y siempre variable de sí. Y hay adolescentes que parecen no soportar estos duelos y, más que una pérdida a elaborar, enfrentan un dolor terrorífico.
Lo que registran es una fragilidad a nivel de las representaciones corporales, de la ligazón de sensaciones.
Y el empuje pulsional es desestructurante cuando hay fallas en la articulación de las zonas erógenas, en la constitución de yo, en la represión primaria, en la constitución del Prcc. y en la estructuración del Superyó e Ideal del yo.
Perder los soportes infantiles se torna insoportable cuando esos soportes no fueron firmemente internalizados. Más que la pérdida de algo, mientras lo demás permanece, parece ser el derrumbe de todo el edificio lo que está en juego.
Y frente a tanto dolor, es frecuente que se produzca un efecto de tierra arrasada. Hacen como los rusos frente a las tropas de Napoleón: queman todo en la retirada. Cuando los adultos avanzan suponiendo que conquistan territorio, lo que hacen es marchar sobre un territorio devastado, en el que el repliegue ha sido absoluto. Y entonces, se encuentran con que del otro lado no hay nadie, ni para escuchar ni para conectarse afectivamente.

Está desierto.
¿Será una suerte de repetición invertida de situaciones anteriores? ¿Estos chicos habrán vivenciado la ausencia del otro, la desconexión afectiva? Un adolescente de dieciséis años, adicto a la cocaína, hablando de sus “ataques de nervios”, decía que, de chico, tenía momentos en los que se descontrolaba y pegaba a quien estuviera cerca y rompía todo lo que tenía a mano. De pronto, con una profunda tristeza, me pregunta: “Beatriz, mis hermanos no podían frenarme porque eran más chicos que yo y me tenían miedo, mi mamá no podía porque no tenía fuerza, por ser mujer, pero mi papá, ¿por qué no me agarraba?”. Reclamo de contención y sostén que no pudo ser escuchado.
Una adolescente de quince años, que sale permanentemente con diferentes muchachos en una búsqueda desesperada, sometiéndose a maltratos, le contesta a la madre que le reprocha su actitud: “¿No te das cuenta de que necesito todo el tiempo tener alguien que me abrace y que me diga que me quiere?”.
También es frecuente que los padres desmientan el abatimiento generalizado de estos chicos y el consumo de drogas o alcohol, enterándose generalmente porque alguien denuncia la situación, después de varios años.
¿Por qué la pérdida se transforma en desgarro, la separación no puede realizarse y la tensión dolorosa se vive como algo intolerable que debe ser anulado como sea?
Se separan aparentemente de los padres, sin separarse, adhiriéndose a un objeto (como la droga) que no pueda abandonarlos.
Los vínculos que establecen tienen un carácter de adhesividad, pero son superficiales. No pueden amar ni se sienten amados. Tienen anestesiado el sentir, porque el dolor es excesivo.
Intentan entonces expulsar todo dolor La capacidad para registrar los propios sentimientos se da en una relación con otros que a su vez tienen procesos pulsionales y estados afectivos. Adultos que a veces buscan sentirse vivos a través del consumo vertiginoso, desconectados de sí mismos y de los otros.
En el Proyecto, Freud afirma que la vivencia de dolor deja la impronta de un rayo, la tendencia a huir de la situación dolorosa y de su recuerdo. Así, el dolor es el más “imperioso “de todos los procesos. Es decir, implica una exigencia brutal, pero la exigencia, a diferencia del deseo, es una exigencia de huída.
El dolor sin calmante arrasa con el entramado psíquico y lleva a destruir, como en una estampida, todos los caminos, impidiendo el armado de conexiones.
Lo que queda, entonces, si no hay nadie que frene el devenir expulsor, la primacía de la pulsión de muerte, es una tendencia desinscriptora. También puede quedar un estado de obnubilación de conciencia o de abolición de la conciencia y de la subjetividad. El semejante que contiene y calma lo que aporta son sus propias posibilidades de que prime Eros.
Entonces, tendencia desinscriptora; estado de obnubilación de conciencia, abolición de la conciencia y la subjetividad son estados anímicos que encontramos en estos adolescentes y que nos llevan a pensar en la cuestión del procesamiento del dolor.
La tendencia a la desinscripción, a la desinvestidura, a la desconexión, que lleva a “excorporar” o a expulsar violentamente toda investidura lleva al vacío. Toda representación puede ser dolorosa y hasta el proceso mismo de investir e inscribir puede ser intolerable. Trastornos graves de pensamiento suelen predominar en estos chicos. No pueden ligar ni conectar lo inscripto.

Freud habla en el Proyecto de que la defensa primaria implica una urgencia para abandonar la imagen recuerdo hostil y que esto esfuerza una actividad de descarga acrecentada y un “desagüe de los recuerdos.”. Entiendo que está planteando el vaciamiento representacional. Vaciamiento de pensamientos, de sentimientos, “vacío” del que dan prueba las patologías que predominan actualmente. Exceso de dolor sin procesamiento, sin nadie que contenga y calme.
“Desagüe de recuerdos”: en la tentativa de separarse, el adolescente intenta “sacar de sí” todo aquello que vive como presencia materna-paterna dentro de él. Sin embargo, él “es” ya rasgos maternos-paternos, identificaciones estructurantes que lo sostienen. Pero si las identificaciones se han ido edificando en un “como si”, como una cáscara vacía, la sensación de “romperse en mil pedazos” en el cambio lo abrumará permanentemente. Esto facilita que se aferre a algo-alguien para sostenerse, algo-alguien que le garantice ese entorno de cuidados, disponibilidad, sostén, que anhela y, fundamentalmente, algo-alguien que lo haga sentirse existiendo.
Hay numerosas observaciones de que, en los hombres, la adicción se da generalmente en relación a las drogas o al alcohol o al juego, mientras que en las mujeres, es más frecuente la adicción a los hombres o a los golpes.

LOS CAMINOS DEL DOLOR

Considero que hay un primer momento en el que lo que resulta intolerable es el dolor, o la vergüenza, o el pánico. Sufren pasivamente y se desarman por la carencia de sostenes internos. Renuncian a buscar salidas, “desertan” porque la lucha se presenta desde el vamos como imposible.
Pero, al expulsar las representaciones dolorosas, expulsan todo sentir. Son chicos infinitamente tristes, apagados, abúlicos.
Generalmente, la crisis adolescente lleva a separarse de los padres y a buscar nuevos objetos, sosteniendo las identificaciones constitutivas del yo y la prohibición del incesto frente a la reedición de la conflictiva edípica.
Pero en estos adolescentes la actualización de los deseos incestuosos se hace intolerable porque fallan tanto los modelos como las prohibiciones internas y un yo armado en un “como si” se resquebraja. Así, entran en pánico frente a los objetos nuevos, no pueden abandonar a la madre (se odian por no poder hacerlo) y realizan un movimiento expulsor de sus deseos. Como si para enfrentar los deseos incestuosos debieran arrasar con todo deseo, sentimiento, pensamiento. Lo que predomina es la expulsión de la representación del objeto pero también del deseo mismo, lo que los lleva a sensaciones de vacío, de inexistencia.

Eero Rechardt y Pentti Ikonen afi rman que la destrucción del objeto estimulante y/o la fuente de la libido puede servir para apaciguar el exceso de libido no ligada, resultando de este modo posible pensar los desbordes agresivos de estos chicos como intentos de aniquilar la pulsión, proyectada afuera.
Destrucción en la búsqueda de una supuesta paz interna, porque el fragor de Eros resulta intolerable e incontenible. A veces, cuando se impone la idea de que es el objeto el causante del “exceso”, se sienten atacados y reaccionan con estallidos de violencia.
Así, M., de trece años, relata la siguiente escena: estaba mirando la televisión y la madre se pone delante del aparato y comienza a bailar; él le pide que se corra pero ella sigue, riéndose; él se le tira encima y le pega. “¿No era eso lo que buscaba? ¿Para qué me vino a provocar?”, concluye. Las fantasías incestuosas, sin freno interno ni externo, insisten.
Y cuando se abroquelan en el autoerotismo e intentan armar una coraza protectora antiestímulo, no pueden resolver la contradicción entre aquél y la exigencia de cumplir normas, por lo que tienden, restitutivamente, a idealizar salidas transgresoras. Son chicos que afirman: “Yo hago lo que quiero” después de declarar: “No quiero nada”. Y se estrellan contra el mundo.
El propio funcionamiento pulsional arrasa, abrumando al sujeto con una tensión desgarradora. Y quedan sobrepasados por cantidades. Allí donde otros arman la novela familiar, pueden escribir una historia, armar fantasías, ellos quedan a merced de urgencias no tramitables, no simbolizables.
Y si en un primer momento, lo que quieren es aplacar el dolor, en un segundo momento el no sentir les genera desazón, los deja con vivencias de vacío, de no-vida. Frente a esto, buscan “emociones fuertes”: alcohol, droga, velocidad, golpes, como elementos que sacuden, que lo sacan del estado de apatía.

FUGAS Y DROGAS

R. llega al consultorio después de un año de entrevistas con los padres. Se negaba a tratarse. En segundo año abandonó el colegio secundario, después de meses en los que dormía todo el tiempo, vivía recluido en su pieza y rehuia a los amigos de la escuela primaria. Comenzó a drogarse en esa época (los padres registraron esto dos años más tarde), probando “de todo, menos inyectables”. Se había fugado muchas veces de la casa, solía romper objetos y había sacado dinero y cosas de valor a sus padres. A la vez, R. no conversaba con ellos (su lenguaje era muy pobre) pero la madre solía lavarle la cabeza o hacerle masajes, manteniendo un contacto corporal estrecho.
Es interesante reflexionar acerca del modo en que R. acepta el tratamiento. Durante las entrevistas con los padres, vamos trabajando la difi cultad de éstos de contenerlo. En uno de los intentos de fuga, después de una situación de desborde en la que pateó los muebles y rompió objetos, los padres, por primera vez, le prohíben que se vaya. R. amenaza con tirarse por la ventana y el padre lo frena. El chico se encierra en su pieza, escribe una carta a un amigo y, por primera vez, acepta verme.
¿Qué efecto tuvo la contención paterna? En principio, abrió un espacio a la escritura y al análisis.
Es habitual que los padres sostengan la omnipotencia mortífera de estos adolescentes. Se ubican como impotentes frente a ellos, dejándolos a merced de un movimiento autodestructivo. “Pega un portazo y se va, ¿qué podemos hacer?” es una pregunta que se repite.
Esto nos lleva a pensar en los adolescentes que pegan a los padres. ¿Qué violencia se juega allí? En muchos casos, he visto que esos chicos que hoy parecen tan temibles, fueron dejados solos con su crisis y su desesperación, sin que los adultos pudieran hacerse cargo de ellos en los momentos de desborde. Adolescentes que fueron niños que pegaban y rompían sin que nadie los contuviera.

Cuando los padres pueden decidir que R. se quede en su casa en las situaciones de desenfreno, y pueden llevar a cabo esa decisión, un camino queda despejado. Pienso que tanto el chico como sus padres comienzan a salir de la confusión, de la fusión con los otros, se diferencian y cada uno comienza a tener un lugar más claro.
En el vínculo con la madre, R. no puede desprenderse del objeto incestuoso; el duelo por el vínculo infantil se ha transformado en una herida que no cicatriza.
Si nos remitimos a Frances Tustin, ella habla de una madre “dadora de sensaciones” y de que la desconexión con ella (cuando la madre es experimentada como una parte del propio cuerpo) desencadena reacciones autosensuales que producen la ilusión de fundirse con un objeto-sensación. Esto lleva a un estado de desposesión, de terrores fantásticos.
En las entrevistas, R. habla de que no puede amar a nadie. “Lo malo es que no siento, no siento nada, ni amor, ni bronca.
Cuando fumo un porro, ahí sí siento algo.” La droga aparece en el intento de poblar el territorio devastado. “Ellos no entienden. A mí que me dejen tranquilo, que no me molesten”. Que nadie irrumpa, que no haya tensiones, porque frente a la más mínima tensión, el pánico es insostenible. En la expulsión de sí de sus procesos anímicos ¿habrá también un intento de constituir un objeto diferente del yo, o de delimitar territorios ?.

Los padres no pueden poner un freno a los estallidos, quedan atemorizados y paralizados y no saben cómo acercarse a él. ¿Siempre fue un extraño para ellos?
Su relación con las mujeres es adhesiva. Se aferra durante un tiempo a una mujer a la que supone incondicional, que funciona como una sombra inseparable, sin palabra propia. Durante ese tiempo, no puede hacer otra cosa más que estar con ella, al mismo tiempo no puede registrar qué sentimientos lo unen a ella. (“Ella siente. Yo no siento nada”) El acceso a las representaciones abstractas no se realiza ¿o se pierde en los albores de la batalla?
Es llamativa la limitación del lenguaje. Chicos cuyos padres tienen un vocabulario amplio, se manejan con un vocabulario absolutamente restringido, sin palabras que aludan a cuestiones abstractas. ¿Forman parte de la misma familia? ¿Cómo se comunican?
Son chicos en los que el lenguaje padres-hijo (sobre todo, madre-hijo) predominante sigue siendo a través de lo corporal.

Hay una estructuración particular del preconciente. No me refiero al lenguaje adolescente compartido, a las “palabras clave”, al “dialecto adolescente” sino a la pobreza de vocabulario, a la imposibilidad de comprender términos. Es como si borraran de un plumazo lo aprendido, como si no quedara nada al arrasar con el mundo representacional. Sólo aquellas representaciones concretas, referidas a cosas, persisten. Y los adultos, entre ellos los padres y también el analista (si no tiene esto en cuenta) se transforman en extranjeros que hablan otro idioma.
Es interesante en este sentido reflexionar acerca de los cómics, muy leídos por los adolescentes, que presuponen un tipo de organización a predominio visual, fragmentario y críptico. Es un lenguaje para entendidos, en el que cada elemento remite a historias que se dan por conocidas. Es un contar en imágenes, con un mínimo de palabras, las que a su vez responden a ciertas claves.
En oposición a esto, la escritura, ¿qué significa en la adolescencia? Julia Kristeva habla de la relación entre el adolescente y el novelista, pero... ¿es siempre posible escribir? Algo hay que ordenar para poder escribir. Y hay que apropiarse de las palabras y de los recuerdos. Si alguien está devastado internamente, no tiene recursos para escribir. Si alguien ha expulsado de sí las representaciones, no tiene qué escribir.
Es cierto que es un tiempo de armar historias, de reorganizar lo vivido. Quizás por eso la escritura es una salida elaborativa para muchos adolescentes. Cuentos, novelas, poesías... un escribir para vivir.
Sin embargo, cuando Jorge Semprun explica su no-escribir para vivir, es un no-escribir sobre los horrores para poder conectarse con otras vivencias. Es entonces esa historia previa de amores y violencias, esa historia en la que se pusieron en juego ideales y normas, la que posibilita o no una escritura reorganizante.
En relación a las identificaciones, R. se identifica con exterioridades: el pelo largo, cierta música, pero la imagen de sí mismo tambalea.

Él no supone un futuro ni tiene proyectos. Vive en un presente sin historia. No recuerda. Como todo adolescente tiene terror a repetir la vida cotidiana de los padres, que siente monótona y desabrida, pero a diferencia de aquellos que fantasean con salidas heroicas y originales, R. borra la posibilidad del planteo mismo: “Yo no quiero ser como ellos. No quiero andar corriendo y con corbata”. E inmediatamente: “No me interesa pensar. Nada me importa”.
La falla en la identificación se hace evidente en la noción de tiempo. Todo es un eterno presente. Piera Aulagnier dice:
“Con el Yo irrumpe en la psiquis la categoría de la temporalidad, y por la misma razón, el concepto de diferencia en su aspecto más difícil de asumir: la diferencia de sí mismo a sí mismo”. Seguir siendo el mismo siendo otro... es un trabajo arduo.
Y estos adolescentes no se pueden pensar a sí mismos en un otro tiempo.
“¿Por qué tengo que pensar en hacer algo? Yo no pienso trabajar. Que trabajen ellos. Todo puede seguir así. Yo sólo quiero que me den plata. Ellos tienen. Si no me dan es porque no quieren. Pero me dan o se las saco.”
La idea del tiempo se liga a la representación de la nada, del cero. R., al desestimar la idea de futuro y de cambio, supone que sus padres son eternos y que él podrá depender eternamente de ellos. Es decir, desmiente la posibilidad de muerte de los padres. También desmiente la idea de hacerse cargo de sí mismo, que lo aterra, y juega a ser todopoderoso en la idea:  “o me la dan o se las saco”.
Otro adolescente, frente al fracaso escolar sostiene:“ Es a mi mamá a la que le importa, así que se ocupe ella. Yo no voy a averiguar cuándo son los exámenes. Que ella busque los libros, haga los resúmenes y me los lea. A mí no me interesa”.
Dependencia absoluta, que intenta encubrir con una fachada de oposición y pelea.
La tensión entre el yo y el Ideal del yo se resuelve en una derrota que aparece como sentimiento de inferioridad. (“No soy bueno en nada, soy un fracasado”, afirmaba M., de 13 años. No hay pasos intermedios, no hay aprendizaje ni entrenamiento posible. Él es “un fracasado”). Sentimiento que puede ser rápidamente encubierto con la euforia que da el alcohol o la cocaína, entre otras drogas. Omnipotencia prestada que tapa por momentos el dolor intolerable por la sensación de derrumbe narcisista.

CONSECUENCIAS DE LA DESERCIÓN FRENTE A LA CRISIS.

Podemos detectar:
1) En lugar de duelos a elaborar, un dolor insoslayable que arrasa con todo.
2) En lugar de identifi caciones nuevas, tambaleo de las antiguas, armadas en un “como si”.
3) En lugar de la salida exogámica, persistencia en el vínculo incestuoso (a veces bajo la forma del odio).
4) En lugar de la reorganización representacional, un vaciamiento representacional.
5) En lugar de la representación de la nada posibilitando las representaciones abstractas, borramiento de estas últimas y desmentida de la idea de muerte.
6) En lugar de proyectos, un presente considerado eterno.
7) En lugar del reaseguro narcisista a partir de logros, sensación de fracaso o salida megalomaníaca. Es decir, allí donde debería aparecer la lucha, la rebeldía, el fragor complejizador de Eros hay abatimiento y apatía.

EL IDEAL DEL YO CULTURAL

Generalmente, los ideales cobran una importancia fundamental en la adolescencia. Frente al quiebre de la imagen de sí mismo, los ideales son sostén narcisista. Pienso que los ideales culturales favorecen o entorpecen la resolución de la crisis adolescente.
En un contexto familiar transgresor, en el que las normas y valores no están claros, el pasaje del vínculo corporal a la palabra se hace más difícil, y esto lleva a que se fluctúe entre momentos de confusión y de violencia.
Freud, en Esquema del Psicoanálisis, hablando de la constitución del Superyó, afirma: “No sólo adquieren vigencia las cualidades personales de esos progenitores, sino también todo cuanto haya ejercido efectos de comando sobre ellos mismos, las inclinaciones y requerimientos del estado social en que viven, las disposiciones y tradiciones de la raza de la cual descienden.”Freud habla acá de “efectos de comando”, representaciones-metas impuestas por la cultura, imperativos categóricos propios de un grupo social, o de una época, o de una tradición. Padres comandados a su vez por exigencias y valores sociales, así como por exigencias y valores de las generaciones precedentes.
Sabemos que la ética incide en la constitución psíquica de un niño en todos los momentos de su estructuración, dado que la pulsión de muerte operando como motor autodestructivo queda potenciada por la ausencia de mediatizaciones, de metas que exigen mayor complejización.

Pienso que la incorporación de normas e ideales que se fue dando a lo largo de toda la infancia es clave para que un sujeto pueda afrontar la entrada a la adolescencia sintiéndose sostenido internamente. A la vez, el Ideal del yo cultural ofrece caminos alternativos a la exigencia pulsional, caminos alternativos que lo ayudan a desprenderse de los objetos incestuosos. Pero si la sociedad no sostiene esos caminos, el adolescente queda apresado en los deseos incestuosos o en el rechazo a todo deseo. Y estos adolescentes fluctúan entre ambas posiciones.
Freud insiste en que la ética supone una limitación de lo pulsional. Pienso que si consideramos el movimiento de la pulsión sexual y el entramado de Eros y Tánatos en la misma podríamos decir que la transmisión de una ética de vida implicaría una limitación en el movimiento de retorno de la pulsión, es decir, en el efecto de la pulsión de muerte, en el cerramiento que implica la desaparición de la pulsión misma como motor y a la vez el sostenimiento del movimiento como búsqueda permanente, como derivación a otras metas.

Cuanto más abstracta sea la representación del ideal, cuanto más lejano esté “el gran hombre” del mundo de los sentidos, más independiente será de una persona concreta, y habrá más posibilidades de cumplir la norma internalizándola, despojándola del carácter de renuncia a sí mismo. Esto es fundamental en la adolescencia, en que los imperativos categóricos ya no deben provenir de los padres sino de figuras más lejanas y abstractas.
Considero por esto que, paradójicamente, hay una transgresión que implica un triunfo de la desligadura. A la vez, podemos hablar de una transgresión creativa, al servicio de Eros, que implica complejizar, reorganizar. Es más, pienso que es la salida por excelencia a la crisis adolescente. Camino diferente en las distintas generaciones. pero siempre productivo, generador de cambios con respecto a la anterior.
La creación supone normas, reglas y posibilidades de ir más allá de ellas, de romper con los caminos ya establecidos, retomando la historia para abrir recorridos nuevos. La transgresión como triunfo de Tánatos, en cambio, implica la desmentida o la desestimación de la norma en una suerte de burla omnipotente que lleva a la autodestrucción. ¿Por qué son tantos los adolescentes que, en esta época, renuncian a la batalla?

Considero que en una historia de violencias, en un contexto transgresor, en una época de crisis de los valores éticos, es más difícil encontrar un camino. Repeticiones, desconciertos...
Y los adultos tienden a repetir una actitud culpabilizadora con los jóvenes mucho más que pensarlos en una cadena generacional y social. Se tiende a ubicarlos como culpables, sin preguntarse por el lugar que ocupan ni por las transformaciones de las que son voceros.
Los valores que predominan en nuestra cultura, como el éxito fácil, la apariencia, el consumo, no tienen peso. Podríamos decir que son valores triviales, que no ayudan a la complejización sino que favorecen las fantasías omnipotentes y megalomaníacas. La idealización del poder y de la magia refuerzan los ideales del yo-ideal. En lugar de proyectos, hay un “ya” demoledor.

La disyunción es: o se es “un ganador” o no se es, situación que deja a alguien en crisis absolutamente solo y desamparado. Esto, en un momento en que el sí mismo está siendo cuestionado, puede ser devastador. Puede hacer sentir que la lucha está perdida de antemano y que eso implica no ser. “Quedás afuera del mundo” es una frase muy usada últimamente, que alude a una marginalidad radical. Y entonces, tierra arrasada frente al empuje pulsional, tierra arrasada frente a los embates al narcisismo, tierra arrasada frente a las exigencias de un mundo que no da vías de salida.
En una época en la que, como afi rma C. Castoriadis: “No puede no haber crisis del proceso identificatorio, ya que no hay una autorrepresentación de la sociedad como morada de sentido y de valor, y como inserta en una historia pasada y futura”, ¿a qué y con quién identificarse?
Es por esto que, actualmente, los referentes internos, la ética transmitida, la capacidad mediatizadora y complejizadora, son fundamentales como elementos con los que alguien llega a enfrentar un pasaje que no sólo no está pautado sino que está dificultado socialmente.

BIBLIOGRAFÍA
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Tustin, F.: (1981) Estados autísticos en los niños. Paidós. Barcelona.


* Psicóloga psicoanalista, Directora de la Carrera de Especialización de Psicoanálisis con Niños y Adolescentes de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (en convenio con la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires), Directora de la revista “Cuadernos de Infancia” y Profesora titular de la carrera de Psicología en diferentes universidades. Dirección: Avda. Córdoba, 3431, 10.º “A” (1188) Argentina Telef. 4963-4729 Correspondencia: beatrizjanin@yahoo.com

CUADERNOS DE PSIQUIATRÍA Y PSICOTERAPIA DEL NIÑO Y DEL ADOLESCENTE, 2010; 50, 241-257



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