martes, 24 de enero de 2012

EXPRESIONES DE LA VIOLENCIA EN LA FAMILIA ACTUAL* Fernando González Serrano**, Mirian Aizpiri***, Ana Berta Jara Segura****, Paz San Miguel*****, Xabier Tapia Lizeaga******

Esta comunicación es fruto de la reflexión y el debate que en el curso de años hemos mantenido un grupo de profesionales de Salud Mental de niños y adolescentes. Inevitablemente nos venimos preguntando acerca de determinadas situaciones actuales por su carácter de fenómenos novedosos (a tratar de comprender desde diversos ámbitos) y en ocasiones por la alarma social que provocan. Quizás en las sociedades europeas occidentales uno de los más claros es el de la intensificación de las conductas abiertamente violentas entendidas como expresión destructiva de la agresividad (destructivas, auto y heteroagresivas) de los adolescentes. Somos emplazados raramente por los propios adolescentes, a menudo por sus familias y los profesionales de la enseñanza, y últimamente por la sociedad a través de los medios de opinión.
Parece que la edad de presentación va disminuyendo (niños desafiantes) y que es posible que tenga bastante que ver con los acelerados cambios de los últimos decenios (sociales, familiares)en el modo de vivir en familia y de educar. Serían cambios profundos en los marcos en los cuales el niño organiza su personalidad. Parece asimismo haber un creciente consenso al observar modificaciones en la expresión de las patologías psiquiátricas (no sólo explicables por los nuevos métodos diagnósticos): menos trastornos de apariencia neurótica (patología mentalizada) y más trastornos de conducta, hiperactividad o inestabilidad psicomotriz (patología actuada) y trastornos alimentarios.
Basados en nuestra comprensión psicodinámica tendemos a pensar que estas expresiones violentas, tan claras en la adolescencia (violencia verbal, amenazas, negativismo desafiante, pasividad provocadora, hasta la destructividad material o la agresividad contra otros o contra sí), deben tener un preludio en la infancia, si se nos apura hasta en los primeros años de vida.
Creemos asimismo, a pesar de la complejidad y multideterminación del fenómeno (evidente influencia de aspectos biológicos, pedagógicos, laborales, hábitos de ocio, nuevos ideales sociales), que las experiencias en el manejo de situaciones que generan violencia desde el nacimiento y el modo de vincularse niño y entorno familiar tienen mucho que ver en ello.


Por otro lado se constata que los niños-adolescentes “violentos” no pertenecen automáticamente a entornos considerados de riesgo donde la violencia es “seña de identidad” (situaciones de maltrato, falta de cuidados mínimos, abusos sexuales, malas condiciones económico-culturales, graves psicopatologías o toxicomanías en la familia) ni tampoco puede explicarse como reacción a situaciones potencialmente traumáticas como algunas crisis familiares (rupturas conyugales, problemas de salud, fallecimientos).
Todos hemos encontrado en nuestra experiencia una serie de niños y adolescentes que habían crecido y vivían en familias con aparente buena estructuración, sin graves problemas económicos; cuidados en buenas condiciones, y suficientemente queridos. Pero en un momento de su evolución comienzan a presentar, casi exclusivamente fuera de su familia (suele ser el medio escolar) algún tipo de conducta violenta de manera reiterada. A medida que se profundiza suele tratarse más frecuentemente de un proceso progresivo más allá de la urgencia con que suele llegarnos la consulta.
Aunque los padres no realizan la consulta por iniciativa propia sino en general a sugerencia o presión de un tercero (Centro escolar) mantienen un aceptable nivel de colaboración, y se diría que de preocupación por los comportamientos del hijo. No suele observarse tampoco psicopatología reseñable en los padres y la relación con su hijo ha sido y es, según manifiestan, básicamente buena, hablaríamos de un investimiento libidinal (el hijo es querido, y visto con cualidades y valores).No encontramos antecedentes ni alteraciones importantes en su desarrollo. No son niños con organizaciones psicóticas ni presentan trastornos severos de personalidad. En general muestran una inteligencia dentro de los límites de la normalidad y han adquirido un buen nivel de habilidades adaptativas.

¿Que ocurre a la hora de transitar los distintos momentos evolutivos críticos en la vida del niño y de estas familias?. ¿Cómo se manejan los conflictos inevitables del desarrollo?.
La hipótesis, avalada en general por los hechos clínicos, que se nos plantea en primer lugar es que, en estas familias, los padres tienden a la evitación de los conflictos con sus hijos a cambio de buscar una interacción idealizada o de carácter prioritariamente narcisista (en terminología de J. Manzano y F. Palacio: La relación se basa en proyecciones narcisistas “tratan con el niño que hubieran querido ser; y ellos tienen el rol complementario de los padres ideales que hubieran querido tener”).

Estos padres parecen no poder, tras un período de buenos cuidados y relación (el primer y segundo año de vida), empezar a ver y tratar con su hijo como un ser “real”, “separado psíquicamente de ellos, con los que entra en conflicto ya que se rompe (debe romperse) un cierto ideal simbiótico. Empiezan los conflictos, emerge la violencia que amenaza la relación y el narcisismo de unos padres posiblemente muy vulnerables. “No puedo ser el malo, si el no quiere no se le puede obligar…ya decidirá él cuando”, oímos con frecuencia en estas consultas. Comienzan a ser tiranizados, a someterse al hijo para seguir manteniendo ese Ideal en él (proyección narcisista), prolongación excesivamente próxima a ellos mismos. El hijo sigue viéndose como portador de toda clase de capacidades y virtudes, y este se adapta al rol; siendo el que manda en casa.
En un momento dado esa parte no reconocida (negada) del hijo aparece “actuada” en sus conductas fuera de casa, muy especialmente en conflictos con los sustitutos parentales como profesores u otras figuras de autoridad. Sabemos lo complejo de comprender y explicar la aparición de las conductas patológicas o de las disfunciones en las relaciones entre los seres humanos.

Hemos tratado de comprender la conducta violenta de algunos niños en función de sus vínculos primarios y las capacidades de evolución de éstos (proceso de separación-individuación) con las dificultades que acarrea.
Como hipótesis complementaria, pensamos que lo anterior está sometido inevitablemente a las modificaciones en los modos de vida de las sociedades occidentales desarrolladas, vertiginosos en los últimos decenios, y con gran impacto en instituciones como la familia o la escuela. Entre estos cambios merece la pena ser subrayado el lugar central y la extrema sensibilidad hacia el niño en nuestra sociedad como bien absoluto a proteger (derechos del niño). Este logro contemporáneo trae consigo algunas paradojas, como p.e. la cesión o exigencia al niño de responsabilidades cada vez mayores en aras de su temprana autonomía. Esta idealización del niño tiene su contrapartida en el cuestionamiento casi permanente de las funciones parentales.

Sirva como muestra la mala prensa acerca del ejercicio de la autoridad que ha calado también profundamente en medios políticos o educativos donde antes era aceptada como una necesidad natural, dada la dependencia e indefensión del niño.
Bastantes autores coinciden en que estos cambios a nivel social y familiar tienen un efecto importante sobre los vínculos padres-hijos. Hay una desvalorización clara del rol parental
en su doble vertiente:
• persona que ejerce la autoridad, amplio concepto que incluye protección, imposición y prohibición
• transmisor de saberes y valores (símbolos sociales)

Parece priorizarse casi exclusivamente la transmisión de lo afectivo. El resto de funciones, potencialmente generadoras de conflicto, que antes realizaba la familia se encomiendan a otras instituciones: profesionales de la salud, jueces e instituciones de menores, y fundamentalmente la escolar.
Por otro lado los hijos se ven sometidos a una mayor repetición de experiencias de separación o cambios de cuidadores desde bebés. No podemos dejar de preguntarnos en que medida todos estos cambios externos se reflejan y modifican los modos de organizarse el psiquismo humano.
Parece comprobado que los  problemas en torno a la identidad y la fragilidad narcisista, con su correlato defensivo a través de las expresiones violentas como intento de reaseguramiento (Jeammet), están en claro aumento.
Esto nos plantea el reto de modificar en parte nuestras herramientas de comprensión y manejo de los conflictos psíquicos y sus manifestaciones externas. Al mismo tiempo tenemos que buscar modos de entendimiento y complementariedad con el resto de profesionales que tratan con niños y adolescentes, también cuestionados permanentemente por estos.


BIBLIOGRAFÍA
CAREL, A.: Le processus d´autorité. Rev Franç Psychanal 2002; 1:21- 40.
JEAMMET P, BIROT E.: Etude psychopathologique des tentatives de suicide chez l´adolescent et le jeune adulte. Paris: PUF 1994.
LAZARTIGUES, A.: Ä nouvelles familles, nouveaux enfants? Neuropsychiatr Enfance Adolesc 2000; 48:32-43.
MANZANO J, PALACIO-ESPASA F, ZILKHA N.: Los escenarios narcisistas de la parentalidad. Bilbao: Ediciones Asociación Altxa 2002. Marcelli D, Braconnier A.: Manual de psicopatología del adolescente. Barcelona: Masson 1986.


* Comunicación presentada en XV Congreso nacionalL de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente, que bajo el título “Psicopatología de la violencia en el niño y en el adolescente”, se celebró en Granada los días 8 y 9 de noviembre de 2002.
** Psiquiatra Centro Salud Mental Infanto Juvenil de la Comarca Uribe. Osakidetza/Servicio Vasco de Salud Correspondencia: c/Alangobarri 7 bis 48990 Getxo. Vizcaya.
*** Psicólogo Centro Salud Mental Infanto Juvenil de la Comarca Interior.
Osakidetza/Servicio Vasco de Salud.
**** Psiquiatra Centro de Mental Infanto Juvenil de Bilbao. Osakidetza/ Servicio Vasco de Salud.
***** Psicólogo Centro de Mental Infanto Juvenil de Bilbao. Osakidetza/ Servicio Vasco de Salud.
****** Psicólogo Centro Haurrentzat. Bilbao.

CUADERNOS DE PSIQUIATRÍA Y PSICOTERAPIA DEL NIÑO Y DEL ADOLESCENTE, 2002; 33/34, 173-178





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