viernes, 25 de noviembre de 2011

METAPSICOLOGIA DE LA VIOLENCIA*. R. Henny**


I. AGRESIVIDAD
Lamento no poder dirigirme a Uds. en su lengua. Es necesario que les pida tener la paciencia de escuchar algo que será desplazado en la traducción que les será dada con posterioridad.
Querría continuar con lo que acaba de decir el Presidente agradeciéndole en primer lugar su amable acogida. Quiero también, situándolo en cabeza de esta exposición, recordar que el sufrimiento es un hecho propio del hombre. Hecho propio del hombre en su encuentro con el otro, con el objeto como nosotros acostumbramos a decir; objeto que no puede corresponder a su deseo, deseo situándose siempre inalcanzable más allá de cualquier posibilidad de satisfacción. Pero si esta pasivización respecto al otro es manifiesta, también esta pasivización sucede en el sujeto, el sujeto mismo es pasivo dentro del orden de su economía pulsional: El sujeto sufre su pulsión y de ahí es conducido inevitablemente a padecer, incluso en las mejores condiciones.

El concepto mismo de agresividad está marcado por la ambigüedad. Debemos referirnos aquí al ensayo publicado en 1920, “Más allá del Principio del Placer”, en donde en una revisión fundamental de la metapsicología Freud introduce la dualidad pulsional pulsión de vida – pulsión de muerte y en el mismo movimiento, elabora la segunda tópica estructural del aparato psíquico. Sabemos que esta revisión del pensamiento de Freud no carece de interacciones con su evolución personal, con su sufrimiento, que le obliga a situar cada vez más lejos un movimiento que le posee pero también, y con esto volvemos al problema del sujeto y del objeto, en las interacciones con el espectáculo del mundo en el que participa, la guerra, la muerte de sus familiares y amigos, el derrumbamiento del imperio, los horrores de la guerra del 14-18.

Si situamos este ensayo al comienzo de nuestra reflexión de hoy es para recordar también que si bien representa un movimiento epistemológico que se podría calificar de organizador del pensamiento de Freud, “el cambio” de los años 20, es a la vez la conclusión de toda su reflexión anterior, es la reafirmación del principio económico fundamental ya formulado en “Introducción a una Psicología Científica”: el de la tendencia del aparato psíquico a descargarse de las tensiones hasta su forma más absoluta, la tendencia al cero, es decir; a la muerte, con una abertura a una metateoría que quedará siempre ambigua sobre los fundamentos del narcisismo –¿estructura o estado?– y en la serie conceptual que va desde la satisfacción al principio del placer y de ahí al principio de Nirvana y a la muerte.

Retornando sobre sí mismo, Freud se extraña de haber empleado tantos años en descubrir la idea misma de pulsión de muerte. De hecho, historiador de su propia evolución, minimiza todas las adquisiciones que concluyen en esta elaboración.


Es evidente a lo largo la lectura de su obra, que la agresividad es una dimensión dinámica que nunca a desdeñado. De hecho en su relectura es probablemente más fácil comprender y utilizar la noción de hostilidad tal como ha sido definida por Freud en la primera parte de su obra, es decir antes de 1920, que en la segunda parte en la que la pulsión de muerte no corresponde a la definición misma del concepto metapsicológico que intentamos precisar en el curso de este Congreso. Podemos intentar recordar aquí las principales articulaciones del pensamiento de Freud que conciernen a la moción agresiva en el curso de su elaboración metapsicológica. Durante un largo periodo pensó que la agresividad caracterizaba toda pulsión en su lucha por lograr la descarga. Es la noción de un empuje, una actividad que es además, próxima del concepto etimológico: Adgressi: dirigirse hacia. En esta primera parte de su obra es útil recordar que Freud desarrolla una perspectiva económica que describe bien esto que intentamos definir en este Congreso. Se trata de un quantum de energía, una función excitativa, que tiende a descargarse del sujeto hacia el objeto.

Estamos lejos de una perspectiva de odio destructor. Es en esta idea que en los estudios sobre la histeria, concibe el traumatismo generador de la neurosis: la seducción. Se trataba para él de una primera forma de agresión sexual, sufrida por el sujeto contra su voluntad, pero desencadenando un placer que a la vez el sujeto se prohibía violentamente. Nos encontramos de repente confrontados con la mezcla (1) pulsional agresividad libido, entramado que marca toda la clínica psicoanalítica. A nivel del seductor hay trabazón del movimiento libidinal con el de la tendencia a la realización, la agresividad, el sujeto no tomando en absoluto en cuenta la emoción del objeto. Directamente connotado por esta asociación de movimientos de amor y de dominio desemboca con la Traumdeutung, en 1900, en la dualidad del amor y del odio a nivel del complejo de Edipo en el que, para el niño por ejemplo, los deseos de muerte contra el padre (frecuentemente desplazados sobre los hermanos y hermanas), son sistemáticamente reencontrados tanto en los sueños de Freud mismo como en los de sus pacientes.

En 1905, en “Tres Ensayos”, las posiciones han evolucionado poco. Nota que las pulsiones crueles tienen fuentes que son completamente independientes de la sexualidad pero que pueden estar en conexión con ella. En el segundo ensayo en particular, Freud precisa y yo lo cito: “La crueldad, factor del instinto sexual, es en su desarrollo aún más independiente de la actividad sexual ligada a las zonas erógenas. El niño está en general inclinado a la crueldad, porque la necesidad de posesión no está frenada por la percepción del sufrimiento del otro”.

Este breve texto muestra que Freud pensaba ya en el carácter de la pulsión puesto que cita su origen: las zonas erógenas. ¿Cuál es la fuente de la pulsión agresiva?, esta es una pregunta que nos es planteada aún hoy mismo.

Se ve claramente que la elaboración freudiana contiene ya desde el comienzo de su obra una idea y una reflexión sobre la agresividad como fundadora de la patología. Es preciso señalar aquí, desde el punto de vista de la historia del movimiento psicoanalítico, en 1908, la oposición de S. Freud a la elaboración de Adler, de un instinto de agresión del Yo. Esta polémica probablemente ha perturbado y enlentecido su propia elaboración.

Desde “Tres ensayos”, Freud habla de la pulsión de apoderamiento, concepto que será retomado más tarde en 1915. Debemos extrañarnos de esta concepción, conceptualización de una forma pulsional nueva, cuando toda su antropología tendía a una dualidad que debía fundar el conflicto, de una parte los instintos del Yo y de otra parte la libido. La pulsión de apoderamiento está fundada sobre la concepción misma de los instintos del Yo y apuntaría a la conquista y a la posesión del objeto. Su fuente, su conexión corporal se haría a nivel de la musculatura: En el niño esta pulsión se expresaría en los juegos de lucha del cuerpo a cuerpo y de la competición. Podría también expresarse en una necesidad de dominar, incluso exteriorizarse en una crueldad que aún no lo es tal, porque el sujeto (el niño pequeño), es aún incapaz en una total ausencia de identificación de percibir el sufrimiento del otro.

Estas concepciones han sido retomadas con Hendrich, citado por la Laplanche en la descripción de un “Instinct to master”. Esta perspectiva ha sido retomada mucho más tarde por Evelyne y Jean Kestemberg en lo que ellos han designado como el placer de funcionamiento. Se trata no tanto de un dominio más o menos salvaje del objeto, sino por reflexión de este movimiento, de un dominio de si mismo, y quizás más por un interés que por un investimiento (2) de ciertas formas de funcionamiento muscular de lenguaje o de operatividad, de un intento de superar ciertos obstáculos ligados a la inmadurez y a la fragilidad del Self del niño, lo que probablemente, Piaget definiría como una “acomodación”. Pero la pulsión de apoderamiento en la idea de Freud está esencialmente dirigida hacia el exterior y trata de alcanzar el triunfo a pesar del medio adverso. Es claramente la agresividad en forma de combatividad. Volveremos sobre esta concepción aquí expuesta es decir la de un movimiento neutralizado, si Uds. quieren, no el aspecto destructor, si no creador y positivo de la agresividad. Así es descrito como tal por los psicoanalistas estructuralistas que hablan de “desagresivización”.

Hemos hecho este desvío, exterior a la historia del pensamiento de Freud porque pensamos que es a partir de estos trabajos precoces que se desemboca entre sus epígonos, en concepciones de una forma de agresividad próximas a la etimología misma del significante, mientras que en la continuación de su elaboración metapsicológica el concepto se enriquece al mismo tiempo que se complica con nuevas perspectivas dinámicas. No hay de hecho textos de Freud que no hagan alusión de una forma más o menos masiva al problema de la hostilidad. Es la hostilidad del pequeño Hans hacia su padre y de sus deseos sádicos hacia su madre, de toda la elaboración perversa del hombre de las ratas confrontado a sus deseos de muerte cruel hacia su padre o incluso hacia la mujer que ama. En 1913 en “Predisposición a la neurosis obsesiva”, Freud reconsidera toda la parte agresiva y sádica de las relaciones objetales pregenitales.

Este recuerdo histórico podrá aparecer quizás ocioso particularmente a los que conocen bien la obra Freudiana. Pienso no obstante que es imposible de captar el contenido mismo del concepto de agresividad en la metapsicología psicoanalítica sin retornar sobre este movimiento de reflexión diacrónica. Poco antes de la revisión de 1920 publica en 1915 un artículo muy importante para nuestra tema que es “Pulsiones y Destino de Pulsión”. Retomará en 1924, nueve años más tarde los mismos temas en “El problema económico del masoquismo”. Estos dos trabajos centrados sobre el tema de la agresividad son separados por el “cabo” (3) de 1920, con la creación del concepto mismo de la pulsión de muerte y de la segunda tópica. No obstante ambos están muy próximos uno del otro y es aconsejable releerlos juntos. La perspectiva dinámica es no obstante diferente. En 1915 el movimiento hostil es dirigido al exterior y a costa del objeto, mientras que en 1924 Freud habla de un movimiento primariamente reflejado sobre el Yo, es decir que a través la elaboración del concepto de pulsión de muerte surge la concepción pesimista del hombre habitado por un movimiento masoquista primario auto-destructor y mortífero.

Podemos retomar aquí la argumentación de Jean Laplanche en “Vida y muerte en psicoanálisis”, que intenta analizar las vacilaciones de la investigación de S. Freud separando conceptualmente los términos de agresividad y de sadismo.
J.L. nos expone que para ceñirse a los términos conceptuales, en la agresividad se trataría de un movimiento no sexual, mientras que en el sadismo se trataría claramente de una erotización de la moción agresiva.

La pregunta que se plantea de entrada es de saber si se puede imaginar un tiempo en el desarrollo del hombre en el que no hubiera de una manera o de otra intrincación entre agresión y libido, ligazón pulsional con la cuál nos encontramos regularmente confrontados en el cuadro de la clínica psicoanalítica. Al fin de su obra S. Freud nos recuerda que no hay situaciones en las que no se lleve a cabo una mezcla entre las dos mociones pulsionales.

Los hechos muestran incluso en los casos en los que la tendencia a la destrucción del otro o de si mismo es absolutamente manifiesta, en los que el furor destructivo es el más ciego, que una satisfacción libidinal siempre puede estar presente. Satisfacción sexual vuelta hacia el objeto o “goce narcisista”. (“Malestar en la Cultura”).

Laplanche no deja de plantearse este mismo problema cuando postula que en estos casos se trata de una cierta forma de la pulsión de dominio en los que la tendencia a imponerse al objeto se inscribiría en el campo de los instintos del Yo, de la autoconservación, lo que implicaría una relación de fuerzas por las cuales en niño tiende a imponerse, a dominar, a utilizar el objeto pero al comienzo al menos sin tratar ni desear hacerle sufrir. Infligir o soportar el dolor sería el índice de la libidinización y nos encontraríamos entonces reenviados a la idea del sadismo. En verdad poco importa que este tiempo exista, que sea fugaz o incluso idealizado. Este niño, fuerza natural, se sirve del objeto sin tratar de hacerle sufrir, ya que no es esto lo que persigue. El sujeto trata de realizar sus fines sin que la destrucción sea buscada por si misma como igualmente tampoco es tenida en cuenta la subjetividad del otro, es decir su dolor, y aún menos el goce encontrado ante su sufrimiento. Es importante aquí recordar esta posición, probablemente paradigmática, que sería la única a delimitar una agresividad que se podría calificar de pura.

Al mismo tiempo sabemos que toda movilización energética, toda activación, que toda puesta en marcha del aparato psíquico implica una excitación, tomemos por ejemplo los preliminares de un goce sexual. Este fenómeno puede verificarse tanto en la observación directa como en el campo psicoanalítico. El trabajo muscular, la tensión, el trabajo intelectual, la angustia, la cólera, son a la vez otros tantos movilizadores de sensaciones erógenas. Este fenómeno económico es aún fácilmente verificable en el campo de psicoanálisis particularmente en el niño, en el que nos encontramos continuamente confrontados con la dificultad del control de los fenómenos de excitación ligados tanto a la confrontación con el adulto que le escucha (al niño) que al abandono de un cierto número de parámetros defensivos.

Tenemos pues, que confirmar que es difícil imaginar que la separación pudiera ser total entre la moción agresiva y su corolario la excitación sexual, es decir la erotización. No habría nunca, en la observación clínica, agresión sin sadismo, moción agresiva escindida de una moción libidinal. La idea de Laplanche refiriéndose a la primera tópica Freudiana de describir una pulsión destructiva pura y escindida de todo movimiento libidinal a nivel de los mecanismos del Yo y de la autoconservación sería pues un paradigma teórico.

No obstante y con algunas reducciones simplificadoras, tenemos que referirnos aquí a las ideas de la Melanie Klein. Sabemos que para Melanie Klein el Yo precozmente constituido se defiende en un primer movimiento mediante la escisión, proyectando al exterior la pulsión sádica y constituyendo así, en el afuera, la fantasía primaria del pecho malo, exterior, perseguidor, mortífero. La posición esquizoparanoide con el splitting de lo malo de un lado y de lo bueno del otro, bueno que el sujeto puede reintroyectar para su supervivencia, sería el producto de una agresividad deslibidinizada, respondiendo a los instintos de autoconservación del Yo. Ahora bien: sabemos perfectamente que esta elaboración metapsicológica de Melanie Klein procede de las elaboraciones que K. Abraham había hecho tomando éste a su vez las consideraciones freudianas sobre el instinto de muerte. Es esta hipótesis un tanto aventurada, la misma que retorna Melanie Klein en su idea: la de la existencia de una fundamental excisión pulsional en el primer semestre de la vida del bebé.

Los post-freudianos Laplanche y A. Green particularmente señalan justamente en su interpretación de Freud que el tiempo de libidinización está ligado al retorno de la agresividad que se convierte en autoagresión, de donde emerge la sexualidad. La moción destructiva, entremezclada a la libido, se desplegará a partir de este momento tanto en sus formas activas como en sus formas pasivas, concluyendo en la pareja sadomasoquista, expresión pulsional que marca el destino del hombre de una forma pregnante. Retomando lo que ha sido dicho anteriormente, el movimiento de retorno o de reflexión sobre el Self sería el tiempo de arranque del aparato mental, de la activación, es decir de la inevitable erotización. Sería este un paso obligado, particularmente a través del apuntalamiento muscular, pero también globalmente en lo corporal, del plano de la autoconservación al plano de la sexualidad. Este tema del doble retorno es decir de la reflexión de la moción pulsional sobre el Self y de la transformación de la actividad en pasividad es retomado por todos los psicoanalistas de hoy (y pienso particularmente a Green y a Laplanche), para demostrar que en el plano de la clínica este es un movimiento que se repite continuamente y por ello el peligro de estancamiento en el masoquismo en el curso del psicoanálisis, sigue siendo un sector crítico en cualquier tratamiento psicoanalítico.

Esta reflexión tan rica en contenido y en resonancia con la clínica psicoanalítica tanto de la neurosis como de la psicosis parecerá a S. Freud insuficiente, ya que desemboca en una nueva elaboración, revisión metapsicológica esencial que es la de 1920, y a la cuál ya hemos hecho alusión.

Freud debe postular una pulsión de muerte por razones económicas (la tendencia a la reducción de la tensión), por la toma en consideración en diversos registros de los fenómenos de repetición, por la imposibilidad en la cuál él se encontraba para poder seguir concibiendo y afirmando tal como lo había dicho anteriormente que el odio no era otra cosa que la inversión del amor es decir que se trataba de una expresión transformada de la libido y finalmente con la preocupación de recrear un dualismo metapsicológico al que nunca renunció. A partir de este momento el conflicto se situará no en el enfrentamiento de los intereses del Yo y de la Sexualidad en una perspectiva Weissmaniana entre el individuo y la especie, si no en la elaboración casi mítica, (es el término de Freud), entre pulsión de muerte y pulsión de vida. El pesimismo Freudiano es desde este momento constituido y nunca más abandonará la interrogación del por qué el ser humano se dedica mucho más en su compulsión de repetición a dañarse o destruirse así mismo que ha desarrollar su agresividad hacia el objeto.

A pesar de todo sigue siendo difícil definir la agresividad en términos simples. La agresividad no es la pulsión de muerte. Se podría decir que se trata de una parte de la moción hostil vuelta hacia el exterior a costa, en perjuicio del objeto. Pero esta afirmación continúa siendo una aproximación, la elaboración misma de la pulsión de muerte va más allá, transciende la experiencia que podemos hacer en la clínica de la hostilidad de nuestros pacientes incluso Freud él mismo a lo largo de su obra y a pesar que no renuncia a lo que ha dicho y escrito anteriormente (y el creador del psicoanálisis no ha renunciado nunca a sus posiciones anteriores que no ha hecho que retomar y enriquecer a lo largo de toda su obra), Freud no parece saber muy bien que hacer con su nueva elaboración. No sabe como aprovechar este nuevo dualismo pulsional en la teoría de las neurosis, y en un texto como el de “Inhibición Síntoma y Angustia”(1926) donde reconsidera el conjunto del problema del conflicto neurótico bajos sus diferentes modalidades, el lector no puede dejar de sorprenderse al comprobar el escaso lugar que Freud reserva a la oposición de estos dos grandes tipos de pulsiones, oposición a la que no hace actuar ningún papel dinámico. El conflicto se explicita en términos tópicos, en términos de instancia Yo, Superyo y Ello, pero mucho menos sobre el plan dinámico y pulsional. Finalmente para citar Laplanche, nos sorprende el escaso cambio que nos aporta la nueva teoría de las pulsiones tanto en la descripción del conflicto defensivo como en la de la evolución de los estados pulsionales.

Sabemos bien que los epígonos de Freud se han dividido alrededor de esta nueva antropología pulsional y que mientras un cierto número de sus sucesores adoptaban completamente sus nuevas perspectivas (Abraham, Melanie Klein), existían otros que se mantuvieron en la elaboración de l.915, es decir en la comprensión de una agresividad conectada a la vez con la autoconservación y con la sexualidad. Es preciso decir que sus sucesores no han añadido gran cosa a la compresión de lo que estamos intentando recordar. Queda entero el problema de una moción pulsional mortífera que podría habitar al hombre a la búsqueda de una homeostasis que tendería al nivel cero. Hay que recordar aquí que es bien éste el resultado experimental en la investigación que se desarrolla en el campo de la experimentación psicoanalítica, campo totalmente diferente en relación con otros estudios, por ejemplo etológicos (pensamos en Lorenz evidentemente), o sociológicos o aún neurofisiológicos.

En estos campo, fuera del campo de psicoanálisis, es probable que una de las más interesantes contribuciones al problema de la agresividad en el sentido de desencadenamiento de la violencia es la de René Girard, que en un análisis exhaustivo de los grandes textos bíblicos, míticos o novelescos, describe aquello que él ha llamado “Mimetismo de apropiación”: Si se sitúan experimentalmente a niños en una situación tal que dispongan de un mismo juguete bastará que un niño del grupo se apodere del juguete para qué los otros intenten robárselo. Este movimiento mimético va en el sentido de la imitación y de la acción, de un deseo del objeto elegido y de ahí por ese hecho sobre valorado. De hecho supone una nueva lectura de ciertos textos Freudianos en particular “Tótem y Tabú”, al cual René Girard se refiere, así como una nueva lectura de Sófocles tanto del Edipo Rey que de Edipo en Colona.

Es evidentemente peligroso y probablemente metodológicamente erróneo querer superar las dificultades encontradas en el campo del psicoanálisis aplicándolo a otras áreas de investigación, y es preciso reconocer al mismo tiempo que la elaboración Freudiana nos aporta escasas soluciones en la situación terapéutica. Si por una parte está excluida la articulación del concepto de instinto de muerte en la relación terapéutica con nuestros pacientes, por otra parte nos encontramos totalmente confrontados mucho más a su autoagresividad y a su masoquismo que a su sadismo.

A nivel de la clínica la expresión y la interpretación que se puede hacer de la agresividad se sitúan claramente a nivel de la función reactiva: angustia, miedo, frustración, herida simbólica o real. La clínica moderna ha desarrollado mucho la compresión de los fenómenos estructurales dinámicos y tópicos a los cuales el psicoanalista se encuentra confrontado en el cuadro de pacientes que sufren distorsiones del Yo: estados limites, prepsicosis, personalidades narcisistas.

En estos pacientes con una sensibilidad particularmente grande, como alérgica, a mínimas modificaciones, de una parte de la distancia y de otra a cualquier frustración por mínima que sea, la agresividad es nuevamente y constantemente movilizada, pero expresándose de una forma particular: son esos pacientes que no protestan pero que se quejan continuamente: la decepción, la descalificación del objeto se traduce sistemáticamente por la desvalorización del Self y por movimientos depresivos. Es bien a ese nivel en el que nos encontramos confrontados con las manifestaciones más crudas del masoquismo primario, y yo pienso particularmente a esta paciente que desde hace de tres años me amenaza con suicidarse una sesión después de otra y últimamente me propone que yo acepte una carta para enviársela a su amiga para explicarle las razones de su autodestrucción.

Es a este nivel que quizás sea necesario recordar que el movimiento agresivo o sádico es percibido en el contexto de una relación intersubjetiva. Diatkine señalaba justamente que nadie se quejaría de un niño que muerde a su chupete o su cuchara, mientras que la madre ciertamente sabrá dar un significado al mismo movimiento si es a expensas de su pezón. Esta paciente visiblemente no percibía y sigue aún sin percibir el aspecto perfectamente sádico de la manipulación de la angustia del analista, es decir, de mi ansiedad. Un día que yo había introducido en mi interpretación a favor del sentido de su discurso y retomando su discurso que ella me hacia temblar, se sintió agredida, ridiculizada, humillada, por la comunicación de una vivencia en la que ella no creía y a la cuál no podía identificarse.

Para terminar intentaremos en pocas palabras exponer cuál es el destino de la pulsión agresiva vivida por nuestros pacientes como mal objeto que les persigue y amenaza e incluso en su integridad. Como esta hostilidad en el curso del análisis va a poderse superar o, en términos tópicos, como el objeto incluido, por hablar el lenguaje de Pierre Luquet va a poder metabolizarse al servicio del Yo. Se sabe que es por la ligazón de la hostilidad por el amor que el primer término del conflicto dualista va a poder encontrar una reorganización al servicio de las instancias creadoras del aparato mental. Recordemos aquí que esta trabazón pulsional aparece de entrada y en la perspectiva kleiniana en el final de la posición esquizoparanoide, a nivel de la culpabilidad depresiva y la preocupación por la reparación del objeto. Me parece buena esta formulación metafórica para conceptualizar la ligazón del odio por la libido. Pero más allá de la capacidad del niño para poder investir un objeto total, es bien entendido al nivel de su capacidad de investir un objeto sexuado, es decir a nivel de la constitución del Edipo que la ligazón de la agresividad será definitiva y que debido a esto, el sujeto podrá utilizar su combatividad sin necesidad de movilizar continuamente formaciones reactivas consumidoras de energía.

Los psicoanalistas estructuralistas describen una actividad del Yo a favor de la cuál la pulsión hostil se encuentra desinvestida de su movimiento destructor para conservar una actividad neutralizada. De la misma forma que ellos hablan de neutralización de la libido y de deslibinización, Hartmann habla de una neutralización de la agresividad, de una desagresivización en un neologismo complicado. Nosotros tenemos una cierta dificultad para identificamos a una posición metapsicológica que nos parece terriblemente abstracta. En cambio es evidente que desarrollándose los progresos del tratamiento analítico, el paciente que se encontraba compulsivamente confrontado a sus repeticiones sintomáticas o caracteriales, puede desplazar a nivel de la mentalización una vida fantasmática que retoma a su cuenta lo que hasta aquí era esencialmente actuado, entendiendo el acting no solamente fuera del setting psicoanalítico (Acting out), sino también dentro, incluso a nivel de un discurso que en las personalidades-límites, está ampliamente desimbolizado. Enriqueciéndose la actividad del lenguaje, convirtiéndose la pesadilla en sueños, la acción en pensamiento, la moción pulsional agresiva se convierte en construcción y relación con el mundo de los otros, hermanos en su humanidad, percibidos en la realidad de su riqueza y de su fragilidad.

II. VIOLENCIA

Agresividad no es violencia. Me he planteado la pregunta de saber cual sería la distinción que se podría hacer y me ha parecido que globalmente y en todo caso en francés al hablar de violencia tratamos más de algo que se sitúa en el orden del comportamiento. Hay que recordar que es preciso y esencial distinguir fantasía agresiva o sádica y comportamiento agresivo. No obstante seguimos encontrándonos delante de la ambigüedad de la significación de la violencia.

Violencia: Significado marcado por el sadismo: Violación. Difícil en su uso, ambigua en su significación. Ciertamente a diferenciar de la agresividad. Hay ciertas violencias manifiestas perfectamente agresivas cuyo contenido se superpone en ambas. Pero hay también violencias frías, incluso secretas que son más difíciles para identificar. Existen sobre todo formas de violencias altamente erotizadas ligadas a la desunión pulsional, y a las cuales el trabajador social se encuentra confrontado.

Reencontramos aquí nuevamente toda la problemática abierta por la introducción de la pulsión de muerte. Freud ve la fuerza, la pesantez, que conduce al aparato psíquico a la tensión interna mínima es decir a la quietud, al retorno a lo inanimado, a la petrificación de la materia viviente. Es preciso decirlo: a una antiviolencia pues. Es decir: Por una derivación paradójica a un movimiento que enjuiciamos como destructor. El creador de psicoanálisis intenta elaborar una tensión binaria que tome el relevo del conflicto hasta ahora definido por la dialéctica líbido-pulsión del Yo. Después del eclipse del narcisismo era preciso reencontrar la designación del desgarro de la lucha del hombre contra él mismo. Frente a la libido-instinto de vida, es necesario designar una antilíbido-pulsión de muerte. Abstracción ambigua entre la quiescencia y la destrucción. Movimiento silencioso actuando en la sombra –la sombra de la muerte– y no expresándose que en su conjugación con la pulsión libidinal.

Jean Bergeret ha intentado definir este recorrido en su elaboración de “La violencia fundamental! Intenta situar de una manera más clínica lo que Laplanche había concebido como una teórica fase destructora, la del niño depredador sin intención de hacer sufrir, también podría ser lo que Winnicott designa como el Ruthless love, el amor sin piedad del niño pequeño. Pero de nuevo aquí nos encontramos en una complementaridad pulsional que es difícil de superar, porque también se trata de “Love”.

La intención de Jean Bergeret es de describir el movimiento hostil puro sin complementaridad libidinal. Comienza su demostración estudiando el mito. El primer oráculo de la Pitonisa anuncia el conflicto existencial entre Edipo y Laios, más precisamente entre Edipo y sus padres. En este momento se trata de un asesinato, en absoluto del incesto. Este aparecerá más tarde en el segundo oráculo. El autor intenta plantear la amenaza en los términos de “o él o yo”, conflicto mortífero sin otro matiz. Esta sería la posición del niño totalmente dependiente, apoyado en los adultos sin los cuales no hay posibilidad de sobrevivencia. “El o yo” ningún escape a esta prescripción existencial. Bergeret piensa tener con esta formulación la quintaesencia de la violencia fundamental, fuera de todo componente libidinal precoz componente que Racamier designaría como incestuoso. La demostración de Bergeret es relativamente coherente con la definición que podría hacerse de esta fuerza ciega y predeterminada, fundadora de la epigénesis de lo que se designa generalmente por el concepto de instinto más que por el de pulsión.

En este crisol arcaico de los primeros movimientos de vida la energía no ligada solo podría descargarse como una violencia ciega y sin orientación (depolarisée). No sería sino en un segundo tiempo, el del nacimiento del objeto, que éste deviene imperativamente investido como fuente de gratificaciones indispensables para la supervivencia. Habría en este paso ruptura del movimiento destructor.

Así Bergeret establece una filogénesis del desarrollo temporal de una energía interna que sería en un principio solipsista, (4) totalmente destructora hacia todo aquello que se presente como obstáculo a la extensión del sujeto y que evolucionaría hacia la consideración del otro en sus dimensiones ambivalentes. Mientras que la metapsicología clásica sitúa en una confrontación sincrónica la oposición entre fuerza destructora y fuerza de vida Bergeret la sitúa en sucesión diacrónica, siendo la violencia arcaica el quantum energético que va a generar el desarrollo mismo del movimiento de vida libidinal. Por hablar simplemente la violencia originaria sería como el turbo de la libido. Bergeret lleva a cabo así una deriva metapsicológica del pensamiento psicoanalítico clásico en su tentativa de calificar un desarrollo de la violencia en el sentido más esencial del concepto.

Para nosotros esta tentativa sigue siendo problemática. La violencia nos parece siempre connotada por un movimiento libidinal. Toma ciertamente todo su sentido en la expresión social y colectiva: como es actuada, a nivel del comportamiento, es bien en el socius que la violencia origina un problema y es a este nivel en el que la violencia se expresa de la forma más difícilmente tolerable. Pero si queremos mantenernos en el campo del funcionamiento mental del sujeto, la violencia se expresa mucho más frecuentemente como una forma pervertida de expresión libidinal que, como dice Freud en su trabajo sobre la melancolía, como “una pura cultura de instinto de muerte”. Yo creo que éste ha sido el mérito de A. Green, el de resituaría en la expresión de la pasión, expresión que Uds. españoles han comprendido desde hace mucho tiempo.

El nos recuerda justamente que los pacientes expresan su pasión de una manera que hoy conocemos menos, pero que al principio del siglo los histéricos particularmente transponían en su teatro privado la violencia de sus afectos con un desbordamiento totalmente particular, que aterrorizaba al espectador: fuera de sí mismos, aullando y gesticulando, poseídos por una violencia que nadie suponía su existencia. Hoy esos mismos pacientes están hoy mejor controlados, pero no dejan por ello de realizar escenas tanto en su existencia cotidiana que en el cuadro de su tratamiento. Propongo una viñeta clínica: Una mujer muy “border-line” sentada cara a mí durante dos años me exigía que la mirara a los ojos y yo no tenía el derecho ni siquiera de cerrar los ojos o volver la cabeza. Si lo hacia le provocaba una crisis de rabia tan espectacular que yo me sentía muy molesto porque los vecinos podrían oír esa escena histérica: yo estaba atado por estos deseos de la paciente de comerme con los ojos. Más tarde en su tratamiento, evidentemente, expresó otros deseos según los cuales no se contentaba solamente de comerme con los ojos, sino que también quería precisamente devorarme a nivel de mi virilidad.

Al mismo tiempo que Freud rehabilitaba los histéricos, sospechosos de duplicidad, intentaba a la vez neutralizar su locura por la comprensión de la representación y del fantasma, contenido idéico que intentaba evitar el afecto. Freud al comienzo de su obra buscaba de alguna forma intelectualizar la locura de sus pacientes, y solo tardíamente defendió el afecto y reconoció toda su dimensión dinámica. La locura es la pasión que vive en el neurótico más banal, es decir todos nosotros, en el surgimiento de un afecto excesivamente durante largo tiempo domeñado. Es sobre todo la explosión normal del movimiento erótico que desencadena el acercamiento de los amantes, y Uds. saben que Freud consideraba a la relación amorosa como el máximo de la locura. Es también la pasión ciega que desborda el control del perverso por otra parte normalmente adaptado a la vida cotidiana y aparentemente bien controlado. Es ciertamente la locura del adolescente en su autodestrucción, por ejemplo yo vivo en una ciudad que está situada entre colinas con cuestas muy pendientes. Pienso en este adolescente que se planteaba interiormente apuestas mortíferas atravesando cruces de carreteras sin importarle el signo del semáforo, pero haciéndolo suficientemente rápido como para evitar cualquier obstáculo que pudiera venir lateralmente. Ciertamente acabó en un Servicio de Neurocirugía.

Pasión que se adorna de un aura dice Green, que hará de ella un misterio oscilando entre lo demoniaco y lo divino. Este reconocimiento de las potencias oscuras del hombre permite anudar con el hilo de la antigua tragedia que inspira fascinación respeto u horror. Pasión en la cuál nos reconocemos todos seres divididos en nosotros mismos. Es este un buen lugar para recordar al Quijote paradigma de la erotomanía, y también más allá de la literatura española, a Sófocles o a Shakespeare pintores del desgarro mortífero y asesino del hombre.

En el alba de su vida, el sujeto se encuentra confrontado a esta locura, petición sin límites, cabinalística del lado del niño pero también locura de la madre capaz de encerrarse en la unidad dual que la liga a él. Todos los observadores se sienten perplejos por esta disposición a la devoción de la madre hacia su hijo que supera el entender lógico del padre. Melanie Klein a bien descrito esta fase, exponente de funcionamientos mentales, de defensas y de fantasías arcaicas tales que ella los ha designado como una psicosis precoz y que Green en su vocabulario desearía llamar locura originaria. Y es bien probablemente a este nivel genético que se anuda, en una actividad y en un intercambio pulsional intenso entre la madre y su hijo, en la adecuación de los cuidados maternos, el origen de los estallidos de violencia en el futuro.

Los cuidados, y Freud nos lo recuerda en su último libro “Manual elemental de Psicoanálisis”, son inevitablemente consustanciales con una actividad erótica y de ahí con una seducción. A partir de entonces todo deberá reglarse en su justa medida, entre gratificación y frustración, ambos fuentes de angustia y de movilización de furor. La temible tarea de la madre no tendría otra finalidad que la de dar el justo “tempo”, la justa medida. Después de haber favorecido la irrupción de la vida pulsional, deberá convertirla en soportable, en tensiones que puedan ser dominadas por el aparato mental del niño. Excitante y paraexcitante, deseo y defensa, motor a dos tiempos, aceleración y frenado, excitación y quietud, la madre se sitúa siempre en el estrecho límite de la intrusión y de la separación. Si unida a su propio desorden la madre, insuficientemente mediatizada por el padre desborda la capacidad de restauración (Maintenance) (5) del propio niño, es entonces el caos, y este caos es el que va a desencadenar la violencia, violencia que desgarrará la vida del hombre y de la sociedad, y esto desde el comienzo del mundo hasta hoy mismo.

1 N. del T.: ”Intrication”: intrincación, enredo, entramado: el término utilizado por Freud, “mezcla” sugiere también el modo y las posibles interacciones de ambos componentes.
2 N. del T. Investir: Posee una connotación energética: Acto que tiende a la toma de posesión bien sea de naturaleza militar, financiera o de una dignidad.
Interés: Lo que importa o es útil para uno mismo (Petit Larousse).
3 N. del T. En el sentido del navegante que bordea y supera una gran dificultad encontrada en su itinerario.
4 N. del T. Solipsismo: Teoría filosófica idealista afirmando que nada existe fuera del pensamiento individual, que todo lo que se percibe es solo una especie de sueño que tenemos (Petit Larousse).
5 N. del T. Maintenance: Conjunto de medios y/o acción de completar en material y personal las unidades diezmadas en el combate.

*Ponencia presentada en el IX Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente celebrado en Sevilla del 10 al 12 de noviembre de 1995 bajo el título: “Sufrimiento corporal y desarrollo psíquico: enfermedad y violencia en la infancia”.
**Catedrático emérito de Psiquiatría Infantil de la Universidad de Lausana (Suiza)
Traducción de la ponencia realizada por José Antonio Vicente. Psiquiatra.

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