martes, 22 de noviembre de 2011

LA VIOLENCIA EN LA ADOLESCENCIA: UNA RESPUESTA ANTE LA AMENAZA DE LA IDENTIDAD* Philippe Jeammet**

Violencia: “cualidad de lo actúa con fuerza” nos dice el diccionario Littré. Por esta razón, la vida es violencia que procede de transformaciones permanentes de la materia. La violencia sería entonces consustancial a lo existente y el universo procedería de ella si creemos la teoría del “big bang inicial”. Ella toma sin embargo una forma particular en los seres vivos que los conduce a una lucha permanente por la defensa del territorio, la supervivencia del individuo y de la especie, que se expresa de manera espectacular por la destrucción o la sumisión de unos ante los otros.
Pero es en el hombre en quien la violencia adquiere su dimensión más trágica por el hecho mismo de la conciencia que tiene de ella y por que la hace objeto a la vez de una represión sin igual, por las prohibiciones que pesan sobre ella, y de una extensión sin límite, también sin equivalente.
El clínico está evidentemente confrontado a las expresiones de la violencia. Éstas no son nuevas, pero tienen una intensidad particular hoy en día debido probablemente a la complejidad de la vida social, a la explosión de los medios de  comunicación, y a la mayor libertad de expresión que autoriza una sociedad liberal.
La violencia de los jóvenes, en efecto, ha llegado a ser desde algunas décadas un problema de salud pública, aún cuando estos jóvenes son más a menudo víctimas que autores de ella. Pero el carácter a menudo espectacular de esta violencia juvenil, su ausencia de motivaciones claras, la gratuidad aparente de muchos de estos gestos, sin beneficio para el interesado, no pueden más que aumentar la preocupación y el desasosiego de los adultos.
Nuestra práctica clínica con adolescentes y adultos jóvenes, particularmente en el marco del hospital de día, donde pueden ser seguidos a largo plazo, nos ha llevado a considerar la violencia como un mecanismo primario de autodefensa de un sujeto que se siente amenazado en sus límites y en lo que constituye a sus ojos el fundamento de su identidad, y hasta de su existencia. El núcleo de la violencia nos parece que reside en este proceso de desubjetivización, de negación del sujeto, de sus pertenencias, de sus deseos y aspiraciones propias, sentido como una amenaza para el sujeto violento y sufrido por el sujeto violentado que se ve, en réplica, tratado como un objeto bajo dominio.
Siempre que su narcisismo está en cuestión, el sujeto de defiende por un movimiento de inversión en espejo que le hace actuar como lo que él teme sufrir. El comportamiento violento busca compensar la amenaza sobre el Yo y su desfallecimiento posible imponiendo su dominio sobre el objeto desestabilizador. Éste puede situarse en la realidad externa pero también a nivel interno por la emergencia de deseos sentidos como una amenaza para el Yo. Es toda una clínica de la violencia la que se declina así según las modalidades del ejercicio de esta tentativa de dominio sobre el objeto desestabilizador.
La reactividad al sentimiento de amenaza, procedente tanto de los objetos externos como de los objetos internos y de los deseos, será tanto más grande cuanto más frágil sea el Yo y más grande su inseguridad.
Desarrollaremos la tesis de que existe así una relación dialéctica entre la violencia y la inseguridad interna generando un sentimiento de vulnerabilidad del Yo, de amenaza sobre sus límites y su identidad, una dependencia acrecentada de la realidad perceptiva externa para reasegurarse en ausencia de recursos internos accesibles y, en compensación una necesidad de reaseguramiento y de defensa del Yo mediante conductas de dominio sobre el otro y sobre sí mismo.


LA VIOLENCIA COMO DEFENSA DE UNA IDENTIDAD AMENAZADA.

Aún si algunas violencias son fácilmente objetivables, es el sujeto, ya sea actor, víctima o simple espectador, quien tiene, a fin de cuentas, que reconocer lo que es violento frente a lo que no lo es y las apreciaciones pueden ser sensiblemente diferentes. Es sentido como violento lo que violenta al sujeto, bien sea porque ejerce esa violencia, o porque la sufra o se identifique con aquel que sufre o ejerce esa misma violencia.
La dimensión subjetiva es determinante. Esta referencia a la vivencia del sujeto, ya sea la vivencia sentida de lo experimentado o la que dicta su comportamiento, nos servirá de hilo conductor en la investigación del sentido de la violencia y de su lugar en la economía psíquica. Esto nos conduce a formular la hipótesis de que lo vivido refleja como un espejo lo que experimenta, sin que sea necesariamente consciente de ello, aquel que actúa con violencia y que la violencia representa una defensa contra la amenaza sobre la identidad.
La violencia está en efecto, caracterizada por un sentimiento de “desubjetivización” por aquel que la sufre. El sujeto que la sufre debe borrarse o incluso desaparecer como sujeto completo y por lo menos someterse a la voluntad del sujeto violento. Éste puede ser un objetivo a alcanzar mediante la puesta en escena del comportamiento violento o puede ser considerado como presente de antemano. Es el campo infinito de las violencias escondidas o al menos sin violencias manifiestas, el del desprecio, donde no se trata de destruir al otro físicamente, donde la ausencia de toda consideración por lo que el otro piensa, siente, desea, equivale a su negación global como sujeto.

Este efecto de desubjetivización puede manifestarse aún mas sutilmente sin agresividad manifiesta. Así algunas proposiciones amorosas pueden ser sentidas como una violencia en la medida en que no es tenido en cuenta el deseo propio del sujeto, que además es considerado como un objeto en el sentido material del término, que no tiene ningún interés aparte de estar al servicio del deseo del otro. Este efecto de desubjetivización es también aquel descrito como efecto del discurso paradójico. Sin embargo, lo que se siente como violencia comporta siempre esta dimensión de negación del yo que se traduce en aquel que es objeto de ella por ese sentimiento de que él ya no es considerado como sujeto.
¿Pero que pasa con el sujeto violento en sí mismo? ¿ Porqué en efecto tal necesidad de afirmación, o hasta del triunfo del Yo y además mediante la rendición y humillación del otro si no es por que, como si fuera la imagen de un espejo, el sujeto violento se siente amenazado por un destino semejante al de su víctima? La situación se complica debido al carácter eminentemente polimorfo de esta amenaza que puede anclarse sobre elementos objetivos, ser puramente fantasmática, localizarse en el presente o estar masivamente dominada por el pasado. Éste ocupa de todas maneras un lugar esencial habiendo preparado las condiciones de una violencia posible en la instauración de los factores de vulnerabilidad. Volveremos sobre ello después, pero digamos ya que estos factores conciernen preferentemente a un estado de inseguridad interna, es decir, justamente a una situación de amenaza del Yo. Es el factor de riesgo principal que transforma un Yo que se siente amenazado en un Yo susceptible de transformarse en amenazante.

Pero esta vulnerabilidad del Yo no es, ni mucho menos, siempre perceptible desde el exterior. Sin embargo, la violencia no es el acto de un sujeto que se siente realizado y de acuerdo consigo mismo, y en una relación con el mundo en la que la satisfacción y la confianza vencen sobre la necesidad de dominar y de controlar, y sobre la desconfianza y la amenaza que ella supone. La violencia, en todo caso en nuestro contexto social, no es la manifestación de un exceso de fuerza sino la confesión de debilidad de un Yo bajo el dominio de impresiones que lo asaltan, tanto desde su interior como desde el exterior sin que casi nunca pueda diferenciarlas. No puede encontrar en él los recursos aseguradores suficientes para permitirse esperar y evaluar la situación. Finalmente es el esclavo de sus temores y de su hiperactividad. La violencia no es para él una elección sino una coacción que se le impone a sí mismo.
En este sentido, la violencia es lo opuesto a un acto gratuito. Visto desde fuera puede parecerlo, y sobre todo para el que la padece, pero en realidad es una tentativa de expulsión y de focalización en el exterior de una situación interna intolerable, de la que hace a su víctima representante involuntario. A menudo, durante el desencadenamiento del acto violento hay un momento de trastorno intenso de la conciencia, a veces incluso de despersonalización, y en todo caso de confusión temporal entre sí mismo y el otro. Como si el sujeto, en un estado secundario, a veces hipnoide o crepuscular, intentara deshacerse de una figura persecutoria, de un fantasma que le habita y cree reconocer en el otro, o de la imagen misma de lo que le gustaría ser y no será jamás. El ansia que le desborda hace estragos en su interior y al mismo tiempo son estas ansias persecutorias, que el otro percibe como inalcanzables y triunfantes, las que él intenta suprimir. Casos recientes de jóvenes aislados atacados por otros jóvenes de la misma edad sin razón aparente, a veces de forma mortal, parece que se corresponden con esta situación.
El acto violento es un acto que se impone al sujeto (“de contrainte”) y que en su expresión más brutal se encuentra muy cerca de la alucinación. Como ésta, irrumpe en la conciencia del sujeto como un cuerpo extraño que se presenta sin aviso previo en el corazón del Yo y le conduce a realizar actos de los que a veces no se reconoce autor. Es una fuerza que le desborda y que se sitúa entre la expulsión automática y la tentativa de autocontrol. Pero que la violencia sobrepase las capacidades de contención o se ofrezca como único autodominio eficaz no sirve como excusa. Sabemos lo importante que es responsabilizar a este Yo desbordado y fijarle límites y constricciones, que a veces constituyen la única manera de contrarrestar las fuerzas internas que una libertad demasiado excesiva convierte en irresistibles, sin fuerzas de oposición exterior suficiente.
Claro está que el margen de maniobra del sujeto varía considerablemente de un sujeto a otro, pero también varía según el momento de la vida en que se encuentre. Lo propio del sujeto vulnerable es justamente, ser particularmente sensible a las vicisitudes de sus vínculos con el entorno para asegurar su equilibrio interno. Esta falta de referencias internas suficientemente aseguradoras puede conducir igualmente a la violencia colectiva descrita por Freud cuyos términos –desplazamiento de las referencias morales individuales y sumisión al líder como garantía de narcisismo y como portador de los valores de grupo– siguen resultando de actualidad. Pero aquí otra vez, sabemos como estos movimientos de masas son sobre todo el resultado de grupos que perciben estar muy amenazados en su identidad cultural y como a nivel individual ofrecen una ocasión de descarga y de revancha de sus humillaciones cotidianas.

Esta amenaza sobre el Yo y sus límites y por lo tanto sobre su identidad, puede provenir del interior o del exterior del sujeto. De hecho, ella concierne siempre a ambos y son estos efectos de resonancia los que son particularmente deletéreos para las posibilidades de control del Yo atacado por dos frentes simultáneos: por las agresiones exteriores, o al menos percibidas como tales, en función justamente de las agresiones internas, las ligadas a las agresiones del pasado y a los traumatismos acumulativos (M. Khan) de la infancia, y las ligadas a algunos deseos del sujeto, desconocidos por él y percibidos como particularmente peligrosos por provenir de su interior mismo y correspondiendo a aspiraciones profundas pero en gran parte ignoradas por un Yo que se siente minado desde el interior.
Inversamente los factores de protección o de resiliencia, reposan sobre estas capacidades de aseguramiento interno y de confianza del sujeto en sus objetos de apego y en él mismo. Pero, por el contrario, se puede considerar, sea cual sea el peso de los peligros externos, que adquieren una dimensión traumática tanto mayor cuanto más hacen eco a una inseguridad interna, y que llegan a alterar gravemente el capital de confianza y los recursos del sujeto.
Pero el peor enemigo es siempre el de interior, mucho mas difícil de detectar, que destruye desde el interior hasta las ganas de resistir. Este deseo, en espera de un objeto salvador, para protegerse de esta inseguridad y colmar las lagunas, está preparado, para satisfacer esta espera, para ofrecerse entero haciendo vivir al Yo un fantasma de rendición y de fusión que consagraría su derrumbamiento y su quiebra. Para protegerse de ello es al objeto o más aún a este deseo por el objeto al que va a ser necesario dominar.

El sujeto potencialmente violento siente su necesidad de los otros como una dependencia intolerable. Se siente disminuido y amenazado frente a esta necesidad que lo confronta a una pasividad enloquecedora. La necesidad del otro se convierte en una invasión por parte de éste transformada en una fuerza aspirante. Su necesidad ya no es sentida como tal por el paciente sino como un poder del otro sobre él. No estamos lejos del síndrome de influencia y es esto lo que el paso al acto violento trata de conjurar. El sujeto se siente amenazado en su identidad personal. Está desbordado por sus emociones y la intensidad de la excitación le invade con su inevitable connotación sexual. Este desbordamiento entraña una situación de desdiferenciación: pérdida de las diferencias entre adentro y afuera, entre el sujeto y sus objetos de investimiento, y en el interior del sujeto mismo entre las diferentes instancias de su aparato psíquico. Está poseído, habitado por sus emociones y por aquel que es la fuente de ellas: la única salida es la expulsión de la excitación desorganizante sobre un elemento del marco exterior (que no es necesariamente el objeto de investimiento inicial) sobre el cual el sujeto va a buscar ejercer un control omnipotente y un dominio que no puede aplicar a sus emociones internas.
Potencialmente todo lo que conmueve a estos sujetos (en grados francamente diversos en función de su organización psíquica) todo lo que les emociona, les afecta, es percibido como un efecto del otro sobre ellos. El otro ya no es el objeto de un deseo sentido como perteneciente o proviniente de ellos, sino como el origen de sus emociones, cuya fuente, y por lo tanto la propiedad, es desplazada desde el interior hacia el exterior. A través del afecto, es el otro el que hace intrusión en ellos, los manipula, los posee, los influencia, y finalmente, los despoja de su libre albedrío.

Y así, es susceptible de ser sentida como violencia, toda fuerza que el sujeto actúa. Y este se encuentra por ello, en situación de ser pasivizado, arrastrado y desposeído de sí mismo por esta fuerza que sobrepasa sus capacidades de dominio. Esta fuerza que lo lleva es, como lo dijimos antes, desubjetivizante, se aplique esta desubjetivización al sujeto mismo y / o al objeto al cual se dirige. Hay algo de violación en la violencia y, más allá de la etimología común, ella comporta una dimensión de efracción que hace vivir al Yo un sentimiento de desposesión de él mismo. Ya no es dueño de sí mismo sino que se vive como el juguete de una fuerza que lo sobrepasa, ya sea ésta obra del destino, de otro o de los deseos que el Yo tiene dificultad para reconocer como suyos. En todos los casos es el Yo la principal víctima. No es sorprendente que los afectos del registro narcisista, la vergüenza y la rabia, sean frecuentemente generados por la violencia sufrida.

LA VIOLENCIA SIN LÍMITES: UNA ESPECIFICIDAD HUMANA

Así como la violencia animal está fuertemente ritualizada y por ello mismo controlada, la violencia humana no. La historia de las sociedades, y también la de los sucesos cotidianos, nos muestran que la realidad a menudo sobrepasa en horror todo lo que ha podido ser imaginado. ¿Por qué esta violencia sin límites en el hombre? ¿Es necesario un instinto de muerte autónomo para pensar la violencia, o es la consecuencia lógica de las particularidades del desarrollo humano?. Violencia inscrita como potencialidad al mismo nivel que la relativa libertad humana en las modalidades específicas de investimiento del lazo del niño con sus objetos de apego. Hay dos datos que nos parecen características de la especie humana: la intensidad y la duración de su dependencia con respecto a sus objetos de apego y el acceso a una conciencia reflexiva.
El hombre está mucho menos obligado por sus instintos que el animal para el que la combinación entre genotipo y fenotipo es rápidamente reducida por el hecho de la precocidad y de la fuerza de fenómenos de impronta y de ritualización de las relaciones intra e interespecíficas. El hombre, al contrario, por su prematuridad, su larga dependencia con su entorno, la mayor movilidad de sus apegos, el desarrollo de una capacidad reflexiva y el acceso al lenguaje y al simbolismo, adquiere cierta libertad con respecto a las imposiciones biológicas y del entorno que pesan sobre él. Libertad relativa ciertamente, pero real, con respecto a la regulación de sus placeres, a la posibilidad de situarse en una temporalidad y así distanciarse de lo inmediato para lanzarse al porvenir. Pero el correlato es la conciencia del Yo, de su finitud y de sus faltas, es decir el acceso al narcisismo y a una identidad individualizada, pero también la percepción de su vulnerabilidad y de lo que amenaza esta frágil identidad.

Este margen de maniobra y esta nueva libertad le reservan al hombre la posibilidad de variar sus placeres, pero también de destruirlos. Existe una relación muy estrecha entre esta libertad parcial, la conciencia de identidad con las amenazas que pesan sobre ella, y la violencia. Con la aparición del hombre, asistimos a una progresiva desregulación con respecto al resto de los animales, cuyo resultado es que le abre muchas perspectivas, pero puede también conducirle a la destrucción, aplicable a los otros o a uno mismo.
Lo que caracteriza a lo vivo, es la capacidad de atracción, y ésta supone un movimiento, una fuerza, una orientación. En lo que concierne al ser humano, es en todo caso fundamental que esta apetencia por la reunión, esta apetencia hacia cualquier cosa que complete, supone siempre el reencuentro con el otro. De la calidad de este reencuentro con el otro va a nacer la posibilidad de organizar lo que hay de potencialmente violento en este movimiento de apetencia hacia el otro.
El desarrollo de la personalidad está atrapado en este dilema: para ser él, debe alimentarse de los otros y al mismo tiempo necesita diferenciarse de estos otros. Hay aquí una contradicción potencial: ¿cómo ser él mismo si para serlo necesita a la vez ser como el otro y diferenciarse del otro?
Sabemos, a posteriori, que esto es justamente una paradoja y que no hay contradicción real. Pero cuando el individuo vive esta coacción del desarrollo no puede vivirla más que como una contradicción insoluble que lo violenta y que no puede ser pensada más que a posteriori, cuando, resuelta la paradoja, nos damos cuenta de que se trata de una falsa contradicción. Es al poder aceptar el alimentarse de los otros, cuando uno puede distanciarse y sentirse más uno mismo.
La observación del lactante ilustra la importancia en la formación de la personalidad de este juego dialéctico entre investimientos y contrainvestimientos, entre interiorización y sobreinvestimiento defensivo de la realidad perceptivo-motriz, entre el recurso a la satisfacción alucinatoria del deseo y el apoyarse en el mundo de la percepciones y de las sensaciones.
Es la calidad de la adaptación del entorno a las apetencias del niño lo que va a permitir que éste no tenga que sentir demasiado pronto o demasiado masivamente una separación entre él y su entorno. Es importante que la persona que estimule al niño esté presente en la calidad del tono del niño, es decir en su placer de exploración. El niño se nutre del otro sin que tenga que pensar en la separación entre él y ese otro. El otro, o sea el objeto investido, es progresivamente incluido en la calidad de su placer de funcionamiento, interiorizado y susceptible de ser reencontrado en ausencia incluso del objeto, en lo que Freud designó como satisfacción alucinatoria del deseo.

Así es como se desarrolla la cualidad segura del apego, para retomar los términos de Bowlby, y la capacidad de esperar, fundamento de la libertad. Esta calidad del placer de funcionamiento es el reflejo de la calidad del vínculo del niño con sus objetos de apego. Ella liga y combina la apetencia natural del niño hacia el objeto, expresión de su temperamento, y la respuesta del entorno y más específicamente del objeto de apego principal.
Es esta respuesta la que atempera la violencia natural de esta apetencia y le confiere su dimensión libidinal, es decir de ternura y placer, y la capacidad de ligar los deseos agresivos y destructivos. Placer de satisfacción de la necesidad o del deseo, recompensa por la espera, que a la vez nutren al bebé con el objeto y contribuyen a hacerlo independiente de este mismo objeto. Lo importante es que el bebé no tiene que plantearse la cuestión de que es, en este intercambio, lo que proviene de él y qué lo que proviene del objeto. La ambigüedad de la situación no tiene que ser desvelada. Lo que percibe el bebé es una adecuación suficiente entre sus necesidades y su satisfacción sin que la cuestión de la parte respectiva que proviene de él y la que proviene del objeto, tenga que plantearse en el placer de este intercambio. La relación con el objeto impregna el funcionamiento del bebé sin que el objeto tenga que aparecer como tal. Es consubstancial a esta actividad, como lo será en la rememoración en ausencia física del objeto en el marco de la satisfacción alucinatoria del deseo, constituyendo los fundamentos de las actividades autoeróticas del niño.

Es la paradoja enunciada por Winnicott (1971) cuando escribe que el niño es creador del objeto a condición de que éste esté ya ahí y sea suficientemente adecuado. El niño adquiere confianza en la llegada de la satisfacción, confianza en el objeto y en sí mismo, fundamento como dice Widlöcher (1971) de la omnipotencia infantil que nos hace creer que el mañana aportará suficientes satisfacciones a nuestros anhelos para merecer ser vivido. Fundamento de lo que algunos autores llaman el Self y de lo que nosotros hemos llamado las bases, os apoyos narcisistas para subrayar que el narcisismo que se puede calificar de normal nace con la relación de objeto en los momentos felices en los que ésta está suficientemente adaptada a las necesidades del niño para permitir que sea eludida la cuestión de la diferencia y de las pertenencias (Jeammet 2001). Es la trama narcisista sobre la que progresivamente va despegándose el Yo, igual que un órgano emerge del tejido conectivo menos específico pero sin embargo indispensable para el desarrollo y el funcionamiento del primero.
La calidad de estos cimientos narcisistas va a atemperar posteriormente la apetencia objetal del sujeto. Es como si la presencia en lo más profundo del individuo, de esta relación consustancial con el objeto hiciese menos urgente, menos imperativa y menos apremiante la presencia física del objeto y su poder de atracción. La seguridad de la presencia dominante de un buen objeto interno, tanto más eficaz cuanto que no se distinga como tal y sea ampliamente confundido con el placer de ser y de funcionar del sujeto, hace más libre y más flexible la relación con el objeto externo, el de la realidad perceptiva.
Como tal, facilita el rechazo de los deseos sexuales, sobre todo en el marco edípico, y contribuye enormemente a facilitar la elaboración del Edipo. Es el conjunto de las interiorizaciones y sobretodo las identificaciones secundarias las que se ven facilitadas y favorecen a su vez el reforzamiento del Yo. En efecto sirven de soporte para la constitución de las estructuras intrapsíquicas diferenciadas. Cuanto más disponga el sujeto de imagos diferenciadas en el interior de él, más se individualizan un Superyo, y un Ideal del Yo y el investimiento de personas será menos masivo y totalitario, y por lo tanto será menos amenazante para el narcisismo. A la inversa, cuanto más esté en una espera apremiante, las respuestas del entorno son sentidas como amenazantes, potencialmente violentas y susceptibles de generar a su vez violencia.

Es así como por ejemplo, los edipos “ardientes” que mantienen un clima “incestual”, según el calificativo de P.C. Racannier (1995), reflejan más esta inseguridad narcisista basal que un deseo libidinal particularmente potente. Nos parece que es una ley general del desarrollo el hecho de que un desequilibrio cualitativo se traduzca en una expresión comportamental sobre el modo de lo cuantitativo. Los apoyos narcisistas poco aseguradores son una fuente permanente de desequilibrio potencial del Yo por el poder de atracción de los objetos externos, en los cuales está obligado a buscar una seguridad que no puede encontrar en el interior de sí mismo. Es esta amenaza de desequilibrio y de desbordamiento del Yo la que genera lo cuantitativo en lugar de una respuesta suave y matizada. Es la violencia como tentativa del Yo de reencontrar un dominio sobre el mundo perceptivo, o sobre sus deseos, en lugar de una seguridad interna imposible o perdida más o menos temporalmente.
Estos apoyos narcisistas una vez constituidos tienen probablemente una buena estabilidad. La referencia a las cualidades del apego descritas por Bowlby (1984) y retomadas por autores como M. Main y P. Fonagy, puede ser una manera indirecta de evaluarlos. Actualmente se conoce la buena estabilidad de estos modos de apego que ha permitido a P. Fonagy (1996) proponer su concepción de “modelos internos operantes”. Sin embargo ellos pueden ser perturbados por hechos o relaciones con los adultos que provoquen una decepción traumática y una ruptura de este vínculo de confianza en el objeto, en el mundo y consigo mismo, en los que hemos visto que constituía el fundamento de esta alianza narcisista constitutiva de los apoyos narcisistas.

Son justamente las situaciones de violencia sufridas, e incluso las actuadas, las que pueden provocar esta ruptura de las bases narcisistas de la confianza. No insistiremos respecto a las violencias sufridas. Pero sí con lo que ocurre en las violencias actuadas también, sobre todo en un efecto de enajenación colectiva, tales como ciertos estados traumáticos severos, sobre todo con un estado depresivo narcisista crónico, más o menos acompañados de comportamientos adictivos que afectan a los sujetos que después de haber participado en violencias colectivas pierden todo apetito de vivir, toda motivación, y para los cuales todo lo que daba calidad a la vida cotidiana, sus vínculos amorosos y de otro tipo se vuelven insípidos y sin interés, dejándoles abúlicos y quebrados. Ya no se sienten en conexión con los otros, como si ya no tuvieran nada en común y se hubieran vuelto extraños para los otros y para ellos mismos. Es todo este telón de fondo que tenemos o pensamos tener en común con los otros, hecho con todo lo implícito de la vida cotidiana que no es necesario explicitar y que nos hace creer que los otros piensan y esperan lo mismo que nosotros de los intercambios del momento, pero también del desarrollo de la vida en general, de los placeres y de las penas
habituales, lo que parece no tener ya sentido.

Son este espacio y esta reserva de placeres potenciales comunes, de expectativas, de creencias y de convicciones implícitamente compartidas, de capital de confianza mínima común, los que constituyen la trama que sostiene y vectoriza nuestros intercambios habituales sin que sea necesario explicitarlos y que refleja esta calidad de nuestros apoyos narcisistas en la vida cotidiana. Es esto lo que va a ser necesario restaurar, reactivar, animar cuando llega a faltar. Se sabe ahora, que este capital de confianza es el primer factor de resultados positivos de una psicoterapia, cualquiera que sea su referencia teórica y técnica. Ésta será el primer objetivo del acercamiento terapéutico.
Por el contrario si el entorno se adapta mal al ritmo y esperas del niño, ya sea, esquemáticamente, previniendo todo deseo o esperando demasiado tiempo antes responderle, se crea una separación que hace sentir al niño demasiado pronto, demasiado masivamente y demasiado brutalmente su impotencia ante un mundo que él no comprende. En el caso de carencia relacional precoz, el niño desarrolla una actividad de búsqueda de sensaciones. En el lugar de la madre él busca sensaciones físicas dolorosas que tienen siempre una dimensión autodestructiva. La ausencia del objeto investido no es reemplazada por el placer del recurso a una actividad mental o corporal, sino por la auto-estimulación mecánica del cuerpo.

La violencia de esta auto-estimulación es proporcional al grado de carencia en recursos de placer ligado a intercambios relacionales. Sin el objeto, la apetencia del niño, su pulsionalidad no es más que violencia en busca de un continente y un límite. Es el golpe que e l bebé da o se da para en este encuentro diferenciador, sentirse en sentido propio. No existen más que dos vías para sentirse existir, para tener el sentimiento de una continuidad y de un contacto posible con un self diferente de un noself. Y son la vía de las sensaciones y la de las emociones.
Secundariamente, el acceso a lo cognitivo abrirá la vía al trabajo de representación haciendo posible la nominación y el acceso a la conciencia reflexiva, pero la psicopatología especialmente las disarmonías evolutivas y las psicosis, muestra hasta que punto permanece tributaria de las dos vías primarias. La vía de las emociones es la de la interiorización de los afectos e incluso de las sensaciones pero matizadas y moduladas por la calidad del intercambio relacional, conducente a los autoerotismos. La otra vía es la de las sensaciones como sustituto de los fracasos relacionales. La sensación hace contacto pero no vínculo, permanece en el exterior, en la periferia del Yo, que debe siempre buscarla, al faltarle su interiorización.
Más ausente es la relación, más violenta se hace. Violencia y repetición reemplazan la ausencia del placer de la satisfacción del intercambio. Así la clínica ilustra la relación estrecha entre la insuficiencia de vínculos precoces y la búsqueda de una autoestimulación del propio cuerpo como sustituto pero de un modo cuyo carácter auto-destructor es proporcional a la severidad de la carencia relacional. La violencia destructiva es para los niños carenciados, uno de los únicos medios de llegar a sentirse existir, es decir de tener un contacto con ellos mismos en lugar del contacto con una persona. Pero este contacto, a partir del momento en que no está ligado a una calidad de ternura dada por la presencia de alguien, es siempre destructor. Entre esta búsqueda autodestructiva de sensaciones para sentirse existir y el placer de ser del niño satisfecho y calmado por el intercambio con el objeto, existen todos los intermediarios. Es el campo de la dependencia. Dependencia del niño del campo de lo perceptivo y del de la realidad externa, para contrainvestir una realidad interna demasiado ansiógena para que el niño pueda encontrar en sus recursos internos, sus autoerotismos, una fuente suficiente de apaciguamiento y de seguridad. Es el niño que, separado de su madre, entra en pánico y se desorganiza. Tiene la necesidad de aferrarse a ella, de dejar la luz encendida para dormirse, resumiendo de engancharse a la percepción como medio para controlar sus temores, así como el soñador que tiene una pesadilla, recurre a la percepción al despertarse para permitir a su Yo tranquilizarse sobre la inanidad de sus miedos. Se constata igualmente que cuanto más dependiente sea este niño, más necesidad tendrá de hacer depender de él a la persona de la cual él, a su vez depende. Ahora bien, no la convierte en dependiente por el placer de la satisfacción compartida sino por la insatisfacción.

Quejas corporales o caprichos devienen entonces los medios privilegiados de manejar la distancia relacional con el objeto de dependencia. Debido a su insatisfacción el niño obliga al entorno a ocuparse de él y, al mismo tiempo escapa de él y salvaguarda su autonomía porque no recibe nada que pueda nutrirle y calmarle.
Ésta nos parece que es la paradoja central del desarrollo: cuanto mayor es la inseguridad interna, y más se depende del otro para asegurarse, menos se puede recibir. Es también la paradoja del narcisismo que debe nutrirse del objeto para expandirse, pero inmediatamente vive al objeto como antagonista desde que aparece, como existente fuera de él y aún más por ser fuente de envidia.
Este repaso tiene como fin subrayar la importancia primordial, para nosotros, de este equilibrio entre los recursos internos y el recurso al mundo externo perceptivo-motor. El correlato de esta insuficiencia de los apoyos narcisistas internos es que el equilibrio narcisista permanece ampliamente soportado por la relación a los objetos externos a los cuales, de alguna manera, se ha confiado la misión de contrainvestir una realidad interna que hace pesar sobre el sujeto una amenaza de desorganización. Vemos ahí la fuente de una relación de dependencia a los otros para asegurar el equilibrio interno del sujeto.
Desde el punto de vista del funcionamiento psíquico la dependencia puede ser descrita como la utilización de la realidad perceptivo-motora con fines defensivos, como contrainvestimiento de una realidad psíquica interna desfalleciente o amenazante. En esta perspectiva, la dependencia no es solo una virtualidad sino una constante del funcionamiento mental porque existe siempre un juego dialéctico de investimiento y de contrainvestimiento entre la realidad psíquica interna y la realidad externa del mundo perceptivo-motor. Plantea el problema de la medida en que este funcionamiento se convierte en una forma prevalente y duradera en detrimento de otras modalidades. Se trata entonces de una modalidad de funcionamiento susceptible de concernir diferentes estructuras y organizaciones psíquicas diferentes, y de aparecer o desaparecer en función de las variaciones de la coyuntura interna y ambiental, a la cual es, por definición, extremadamente sensible. Se volverán dependientes aquellos que van a utilizar de manera dominante, coaccionante, la realidad externa, es decir el mundo perceptivo-motor para contrainvestir una realidad interna sobre la cual no pueden apoyarse porque no les da la seguridad interna necesaria, base de esta relativa libertad. Una realidad interna suficientemente segura ofrece en caso de conflicto o de dificultades, una posibilidad de regresión que no es sinónimo de desorganización. Los sujetos dependientes, por múltiples razones, no disponen de esta base suficientemente aseguradora a nivel de su realidad interna.

La solución como hemos visto, son los apoyos narcisistas sólidos, es decir un fondo común de placer y de confianza que el niño percibe como suyo sin tener que tomar conciencia de lo que él debe al objeto en esta adquisición.
Es también lo que constituye la base de una relación segura tal como está descrita en la teoría del apego. Cuanto más sólidos son los apoyos narcisistas, más fácil le resulta al sujeto entrar en contacto con un objeto que no amenaza su autonomía y del cual él puede nutrirse de una forma tanto más fácil que no se percibe hambriento y que le permitirá elegir lo que le conviene en las dosis deseadas. Totalmente distinta es la situación del sujeto en inseguridad, que se siente vacío o insuficiente, para el cual el objeto es de inmediato más amenazante cuanto más esperado y deseado. El placer del intercambio es demasiado peligroso para la integridad del Yo, la relación de dominio, tal como la retoma P. Denis, como medio de control de un Yo amenazado de desbordamiento se antepone al placer de la satisfacción (1997).
Ya sea que el dominio se ejerza sobre el objeto, busque remplazarlo por sustitutos, o concierna al deseo vivido como caballo de Troya del objeto en el seno del Yo, o, en fin busque elevar las murallas narcisistas, es violencia en el sentido de que su finalidad es negar la alteridad del otro, reducirlo a un rol puramente funcional al servicio del Yo, o incluso hacerlo desaparecer. El conjunto de la psicopatología que puede ser visto desde la perspectiva de la respuesta de un Yo que se siente amenazado por el emplazamiento de defensas a través de comportamientos de dominio cuyas modalidades varían en cuanto a intensidad y objeto. Este emplazamiento de conductas de dominio es uno de los grandes retos de la adolescencia.

LA ADOLESCENCIA COMO PROCESO DE CAMBIO POTENCIALMENTE VIOLENTO

Aunque vemos en el adolescente la emergencia de cierta violencia no debemos asimilar violencia y adolescencia. Está claro que no sólo los adolescentes son violentos y hay que tener cuidado con esta tendencia de los adultos a evacuar el problema hacia los jóvenes, de forma totalmente abusiva. Pero aún así la adolescencia es un momento privilegiado para desarrollar estos comportamientos, ya sean hetero o auto-agresivos.

La adolescencia siempre ha estado asociada a la violencia.
Así tenemos los ritos de iniciación que caracterizan el paso de la niñez a la edad adulta en las sociedades llamadas primitivas, sin escritura, que nos lo recuerdan. Toda sociedad ha tenido miedo a la pubertad: miedo a los cambios, ya que implican un riesgo de desorganización. Los ritos de iniciación implican siempre violencia. No existen ritos suaves. Estos ritos conllevan pruebas que pueden poner en peligro la vida del sujeto y que como mínimo concluirán con cicatrices corporales dolorosas que vienen probablemente a testimoniar de la ruptura con el mundo de la infancia y la agregación al mundo de los adultos, marcado por una diferencia entre sexos muy afirmada.
La adolescencia cuestiona el conjunto de los puntos de apoyo que aseguran los fundamentos de la autonomía del sujeto: sus apoyos narcisistas, fundamento de su sentimiento de seguridad, y sus estructuras internas que extraen su eficacia de su carácter diferenciado. Al mismo tiempo, ella solicita particularmente la autonomización. Ésta, en la medida en que las condiciones de autonomía están mal aseguradas, debido principalmente a la importancia de la inseguridad interna, lleva al sujeto a buscar en el acabamiento de sus identificaciones, el complemento de fuerza que le falta. Están así reunidas las condiciones para un refuerzo de los procesos de interiorización y de un despertar de la “apetencia objetal”. Estas condiciones
ponen al adolescente en contradicción con la necesidad que siente de tomar distancia con sus objetos de apego anteriores, con los que los vínculos han sido sexualizados por la pubertad.

Semejante antagonismo no es percibido como tal por el sujeto. Es vivido y sufrido como un apremio que no dice ni su nombre, ni su origen, y que no puede ser percibido más que por sus efectos. Y aún más en tanto que no se trata de conflictos entre deseos contradictorios, entre deseo y prohibición, sino de exigencias internas que no pueden ser percibidas por estos adolescentes más que aniquilándose entre ellas. Estamos de hecho en el registro de la paradoja que podría formularse de la siguiente manera: “aquello de lo que tengo necesidad, porque tengo necesidad de ello, y en la medida misma de esta necesidad, es lo que amenaza mi autonomía”. Los dos términos del antagonismo no pertenecen, en efecto, al mismo nivel de lógica. No se oponen, pero deberían por el contrario, completarse, como es el caso en un desarrollo más satisfactorio en el que el narcisismo se nutre de la interiorización de las relaciones objetales. Sólo las circunstancias particulares tales como las carencias narcisistas precoces y la situación propia de la adolescencia las hacen antagonistas.
Las consecuencias de esto se hacen sentir en dos niveles: sobre el desarrollo de la personalidad, impidiendo la continuidad de los procesos de intercambios y de interiorización y bloqueando los mecanismos de identificación, necesarios para la maduración del sujeto; y sobre el funcionamiento mental mismo, obstaculizando las posibilidades de representación, teniendo las situaciones paradojicas, efectos específicos de paralización (estupor) del pensamiento.

Se puede ver en esta amenaza sobre la autonomía y el pensamiento del sujeto, una situación de violencia que ataca su integridad narcisista y genera, como réplica, una violencia defensiva que se traduce en una respuesta mediante el actuar comportamental. Éste trata de restaurar los límites, y una identidad amenazada, a través de la negación de los deseos y de los lazos objetales internos y por el dominio sobre los objetos
externos.
Los factores de desequilibrio pueden provenir de diferentes fuentes: tanto de la excitación inducida por el deseo hacia el objeto como del debilitamiento del narcisismo; tanto de las exigencias de un Superyó arcaico como de las coacciones de un Ideal desmesurado; de conmociones internas como de cambios del entorno que ponen en peligro su función de contrainvestimiento del mundo interno. El resultado es siempre una modificación de los espacios internos, una pérdida de las diferencias internas que induce un proceso de desdiferenciación de las instancias, de las imagos y de las estructuras internas que conduce a lo que A. Green ha podido designar “lo arcaico”, donde el deseo, su objeto y el Yo se confunden (1982). Así, a fin de cuentas, este exceso refleja no tanto la expresión de lo cuantitativo sino bajo esta apariencia de la cantidad, el desequilibrio cualitativo entre el campo del narcisismo y el de lo relacional.
Es difícil para un adolescente no sentir las transformaciones de la pubertad como una forma de violencia hecha por la naturaleza a su Yo, debido a que él no elige estas transformaciones, aún cuando tras la latencia y su apertura al dominio de los aprendizajes, podría pensar que de ahora en adelante tendría el control. La pubertad está, en efecto, en las antípodas de la fase de latencia; ahí donde ésta permitía el desarrollo del dominio, en particular de los procesos cognitivos pero también de la motricidad, la pubertad viene a introducir el trastorno, la duda, lo indefinido, en particular por esos cambios del cuerpo que el adolescente no ha elegido, como no ha elegido su cuerpo, su sexo, todo aquello que él hereda y que lo confronta a esta ley de la naturaleza frente a la cual él se percibe impotente. Ella lo reenvía a su sumisión infantil a los deseos de los padres y de la misma a la escena primitiva: hereda un cuerpo que es el fruto de la unión de sus padres y que él no ha elegido tener. Es lo que expresan los adolescentes cuando nos dicen “yo no he elegido nacer” y cuyo contrapunto es el “yo puedo elegir morir” de la tentativa del suicidio. Vemos una vez más como se pone en marcha la violencia, aquí la de la autodestrucción, como último medio de dominio de un Yo desbordado. La elección de la vida, del éxito, del placer es siempre aleatoria y depende mucho de factores que no se dominan, sobre todo la opinión y los sentimientos de los otros. Además el placer tiene un fin y confronta a los ansiosos a las angustias de pérdida y de separación. Se puede por el contrario ser siempre amo de su fracaso, del rechazo de utilizar sus potencialidades, de comportamientos de auto sabotaje y de autodestrucción.

Esta verdadera fascinación por lo negativo es el peligro que amenaza a muchos adolescentes poco seguros de sí mismos y en inseguridad interna. Paradójicamente lo negativo les confiere un poder, que la búsqueda de la satisfacción de sus deseos y del éxito no les daría. Pero aquí es aún un placer de dominio y no de satisfacción del deseo. Es el precio a pagar por tranquilizar al Yo y probarle que tiene los medios de controlar sus deseos y los objetos de éstos, y que no está bajo su dependencia. Esto permite comprender el efecto de alivio de estos comportamientos auto-destructivos, así como el apaciguamiento que acompaña a la decisión de suicidarse o el cese de la angustia después de haberse infringido quemaduras o
escarificaciones del cuerpo. Pero es importante situar lo que estos comportamientos revelan de deseo de afirmación, de decepción y de cólera. Lo más frecuente es que no expresen tanto un deseo de morir como una necesidad de autodestrucción como último medio a su disposición para afirmar su existencia y su diferencia a la vez, y un rechazo categórico de lo que se espera de ellos, sobretodo por los padres, y una necesidad de ser vistos y de existir para éstos, a menudo totalmente desconocido por ellos, que no puede expresarse más que en forma de la inquietud mencionada. Lo que es imposible es el placer compartido, vivido como una rendición del Yo a esos objetos en los cuales la intensidad misma de la espera decepcionada prohíbe toda satisfacción. Reencontramos aquí las características de la relación de dependencia con los apoyos narcisistas frágiles y un equilibrio narcisista masivamente dependiente de las respuestas de los objetos externos. Dependencia que convierte a esos sujetos en particularmente sensibles a la decepción y al recurso a las defensas narcisistas primarias, como la doble inversión en su contrario y contra sí. La espera deja lugar al rechazo, y la búsqueda de un placer compartido al ataque contra sí, en los dos casos con una intensidad proporcional a la de la espera. Pero como todo proceso dominado por la problemática narcisista esconde a su contrario, las proposiciones precedentes son igualmente reversibles. Es una de las claves de la respuesta terapéutica. Detrás de esta aparente búsqueda de la destrucción se disimula la decepción y detrás de ésta el rechazo del compromiso y de renunciar a la realización de los deseos decepcionados en una modalidad de todo o nada.

Como lo evocábamos antes, al grito de impotencia de “yo no he pedido nacer” que testimonia el rechazo a aceptar lo que se es y lo que son los padres, aquellos de los cuales se esperan las respuestas que no llegan, responde entonces en eco el “yo puedo elegir morir”, que es mucho más a menudo la expresión del deseo demiúrgico o prometeico de raptar el poder de los padres de dar la vida para tomar en sus manos su destino y autogenerarse en la destrucción de aquello que sólo los padres han tenido el poder de crear, pero en el fondo teniendo el fantasma, como el fénix, de resucitar de sus cenizas guardando intacta la voluntad de realizar su vida tal como deseaba sin renunciar a ninguno de sus deseos.

HACIA UNA CLÍNICA DEL DOMINIO COMO RESPUESTA A LA VIOLENCIA DE LA DEPENDENCIA

Existe pues una relación dialéctica entre la violencia, la inseguridad interna que genera un sentimiento de vulnerabilidad del Yo, de amenaza de sus límites y de su identidad, una dependencia acrecentada a la realidad perceptiva externa en ausencia de recursos internos accesibles y, una necesidad de reafirmación y defensa del Yo mediante conductas de dominio sobre el otro y sobre sí mismo, conductas de dominio caracterizadas, como nos enseñó P. Denis, por el predominio del placer de dominar sobre el de la satisfacción. Tienen aquí estas conductas en común una dimensión de violencia en este dominio de su objeto, en detrimento del placer del intercambio. El objeto de dominio sólo es utilizado con fines narcisistas que niegan su subjetividad y su diferencia. Está al servicio del Yo del que ejerce el dominio en respuesta a la amenaza de la que este último se siente, él mismo, objeto. No hay reconocimiento de la alteridad del objeto sino que es utilizado como prolongación del Yo.
Para dar a la violencia todo su alcance y su significación, es necesario diferenciar lo que es del orden del manejo de la violencia, y las circunstancias de desencadenamiento de la violencia. Éstas nos llevan de nuevo a lo que podría constituir la esencia misma del fenómeno de la violencia, es decir la amenaza narcisista. A partir del momento en que el territorio personal, la imagen de sí mismo, la identidad, son vividos como amenazados y el narcisismo sufre una efracción, la respuesta violenta aparece en espejo de la amenaza sentida por el sujeto. Instaura brutalmente un proceso de separación, de corte, de diferenciación abrupta con el otro. En cuanto que a las reorganizaciones secundarias reflejan mucho más el nivel de organización del Yo y sus capacidades de ligazón con la líbido y de manejo de la distancia objetal.

Las modalidades de manejo de la violencia estarán hechas de estas alianzas infinitas entre lo que permanece de disponibilidad libidinal y de la necesidad de descarga directa, entre el dominio y la destructividad bruta. Es ante todo de la calidad del investimiento relacional directo o incluido en los apoyos narcisistas de lo que dependerá la potencia destructora de la violencia. Se pasará así de la expresión más o menos brutal de la violencia a través de pasos al acto, a diversos arreglos mezclando en proporciones variables placer de la satisfacción y relación de dominio.
Las vías de expresión de la violencia en la búsqueda de un dominio perdido, siguen las constantes habituales de los modos de expresión del individuo: la vía perceptivo-motriz del comportamiento, la vía neurovegetativa, neuroendocrina o neuroinmunológica de los trastornos psicosomáticos; la vía del sobreinvestimiento del objeto, la de la pasión; la vía de representación mental para aplastarla en la inhibición o el negativismo o, exacerbarla, en la elección maníaca o el delirio. Se puede así considerar el conjunto del sistema defensivo del sujeto y las modalidades relacionales que derivan de él bajo el mángulo de la reorganización de la dependencia del Yo debilitado por un sentimiento de inseguridad interna. En lugar de relaciones simples y diversificadas se instalan modos relacionales defensivos marcados por la necesidad de dominio, que traducen dos calidades de investimiento que firman la necesidad del Yo de compensar una debilidad interna por un sobreinvestimiento del objeto investido o de sus sustitutos que son: el exceso y la rigidez. El exceso es el efecto de un sobreinvestimiento a su vez generado por la necesidad de contrainvestir una realidad interna insegurizante. En cuanto a la rigidez, su intensidad es proporcional a la de la amenaza narcisista experimentada por el Yo.

Este tipo de relación en espejo, donde loa arreglos de los vínculos con la realidad externa son el reflejo invertido de los vínculos internos es característico de las situaciones donde el equilibrio narcisista del sujeto es mayoritariamente dependiente de la calidad de su vínculo con los objetos externos en detrimento de sus posibilidades de recurso a sus recursos internos. El objeto aquí es inmediatamente tratado como el Yo siente serlo o amenazado de serlo sin mediación, ni posibilidad de desplazamiento y por lo tanto ni de matización ni de compromiso.
El recurso a mecanismos de defensa primarios como el retorno contra sí y la transformación en su contrario, testimonia una mala diferenciación sujeto/objeto, y en todo caso la importancia del compromiso narcisista del investimiento objetal. Relación de todo o nada que muestra como el sujeto se trata especularmente de su relación al objeto y no dispone de reservas narcisistas suficientes para tener un margen de juego mínimo respecto a una relación con el objeto. Inmediatamente, es el conjunto de su investimiento de sí mismo el que está comprometido en la relación. Las relaciones de inseguridad, y en réplica, de aferramiento a los objetos externos tales como ellas se establecen en los dos primeros años de vida, favorecen este tipo de vínculo. El aferramiento a lo perceptivo sirve de sostén a los equilibrios internos autorizando un contrainvestimiento del mundo interno ansiógeno mediante el sobreinvestimiento de la realidad externa por la percepción. Las diferencias entre las imagos y las instancias que se difuminan en el interior, entregando al sujeto al dominio de objetos primarios indiferenciados y amenazantes para el Yo, pueden ser relevadas por el aferramiento a las diferencias externas. Éstas se imponen entonces como una fuente mínima de diferenciación dentro/fuera necesaria para el mantenimiento de la identidad y hasta pudiendo adquirir un valor de “tercero” diferenciador relanzando la eficiencia de la función tercero interno más menos temporalmente desbordada y perdiendo su alcance organizador sobre la economía psíquica.

La psicopatología de la adolescencia muestra que los trastornos que hacen eclosión en este período de la vida pueden ser vividos como la expresión de una división del sujeto consigo mismo: va a rechazar una parte de él, vivida como alienación posible de sus objetos de investimiento, mientras que esta conducta de rechazo contribuye a permitirle afirmarse en una identidad negativa que no debería nada al objeto. Este proceso de rechazo y de reapropiación en lo negativo puede concernir al cuerpo en su conjunto, al pensamiento, a cualquier elemento del cuerpo, o a cualquier función o capacidad. Puede ser extensivo, extenderse como una mancha de aceite o focalizarse en cada uno de sus elementos. Pero un punto en común de estas diferentes manifestaciones, que autoriza a considerarlas como participantes en un mismo proceso, es que la parte del sujeto que es así atacada y rechazada es siempre un elemento anteriormente investido y que lo es en función de un vínculo con uno de los objetos de apego privilegiado del sujeto. Lo que es rechazado entonces, es esencialmente este vínculo, en tanto que es vivido como la manifestación de una dependencia peligrosa de este objeto y la expresión de un poder alienante posible de este objeto sobre el sujeto. Estos datos permiten comprender como el deseo por el objeto puede ser percibido como una amenaza narcisista poniendo en peligro la subjetividad y hasta la identidad; y porqué los sujetos con un fracaso relativo de interiorización con una inseguridad interna, con apoyos narcisistas frágiles y estructuras intrapsíquicas mal diferenciadas, se aferran defensivamente a los datos perceptivos y a los objetos externos sobreinvestidos y van a ser particularmente sensibles a las variaciones de la distancia relacional. El actuar es para ellos un medio de revertir lo que ellos temen sufrir y de retomar un dominio que ellos estaban perdiendo.

El acto es entonces el medio para figurar sobre la escena externa y así controlar lo que no puede representar al nivel de un Yo estupefacto por la masividad de los afectos y de un espacio psíquico borrado donde el juego sutil de los desplazamientos de la representación es reemplazado por los mecanismos más arcaicos de proyección, reversión en lo contrario y de retorno contra sí.
En estos sujetos, el drama, es que la presencia del otro hace resurgir el dolor de la ausencia. Es una de las paradojas de sus psicoterapias. El peso de la transferencia nos lleva de vuelta a las carencias infantiles y al dolor de la ausencia del otro que era desconocido, tanto que podían negar la importancia de la relación.
Es esta amenaza la que puede generar un movimiento de rechazo de toda traza de vínculo en función sobre todo de la importancia del antagonismo narcisista-pulsional. Éste último puede ser tal que conduzca al adolescente a rechazar, es decir a desinvestir, todo lo que lleva la traza del otro a nivel del comportamiento, o más generalmente, de la conducta que focaliza su conflicto.

Vemos así como aparece claramente la función anti-relacional de este comportamiento, que puede conducir al adolescente no solamente a acentuar el recurso a este actuar, sino igualmente a evacuar de él las huellas de los vínculos. El comportamiento se vuelve más y más desafectivizado, puramente mecánico, mientras que desaparece toda actividad fantasmática que esté ligada a él, y el autoerotismo pierde su dimensión erótica y de placer en provecho de la necesidad de sensaciones violentas para sentirse existir y no ya para experimentar el placer. Así a nivel de las conductas de autodestrucción, el masoquismo erógeno, testimonio todavía de la conservación de un lazo, deja su lugar a un negativismo en el que domina el rechazo hostil del otro o comportamientos cada vez más violentos, mecánicos y estereotipados.
El masoquismo representa de manera privilegiada una de estas modalidades de ligazón de la violencia, a través de una agresividad vuelta contra sí mismo cuyo componente libidinal (y objetal) puede degradarse en un control y una repetición mortífera. La solución masoquista se impone al Yo como un compromiso siempre posible, “al alcance de la mano” podríamos decir, cuando el Yo está amenazado de desbordamiento.
Hay una dimensión de respuesta traumática en el montaje de una conducta masoquista, ya sea en los dos extremos posibles; los traumatismos acumulativos de las experiencias dolorosas de la infancia o el traumatismo puberal de la confrontación brutal de un Yo vulnerable a una decepción insoportable, o a la emergencia de deseos sentidos como incontrolables (Jeammet, 2000).

Gracias al hecho de recurrir a mecanismos tan arcaicos como el retorno contra sí y la inversión en su contrario, la conducta masoquista ofrece siempre al sujeto la posibilidad o la ilusión de liberarse del dominio del objeto y de retomar una posición activa de control en las situaciones en las que se sentía desbordado y de rendición pasiva al objeto. La amenaza sobre el Yo y a fin de cuentas sobre la identidad parece ser el motor del masoquismo aún si su intensidad y sobretodo sus modalidades cualitativas de expresión van a utilizar las pulsiones. Pero el principal fin es invertir la situación y colocar al objeto y las pulsiones bajo el dominio del Yo. ¿ Qué sería más eficaz que tomar al Yo por objeto incluso si el precio a pagar es el sufrimiento?. Más allá de su retorno contra el sujeto mismo la violencia actuada representa la última defensa del Yo para restaurar su identidad amenazada. Si el éxito es aleatorio y depende de los otros, el fracaso y el sufrimiento auto-inflingido están asegurados y pueden siempre escapar al poder del otro. Además permite manejar a este último volviéndolo totalmente impotente y hasta dependiente de la buena voluntad de aquél que se hace daño. Volvemos a encontrarnos como siempre con este movimiento de inversión en su contrario de la decepción sufrida en poder de decepcionar, y de vuelta contra sí de la violencia dirigida al prójimo. El amor edípico cuando saca parte de su violencia de los desfallecimientos de los apoyos narcisistas comporta un compromiso narcisista tal que es susceptible de retornar masoquistamente contra el Yo en un movimiento melancólico. (Chabert,1999).
La relación masoquista y el sufrimiento mantienen las fronteras y controlan el objeto. No hay más que ver el efecto apaciguante que les procuran a los adolescentes las quemaduras de cigarro que se provocan en casos de crisis de angustia despersonalizante, para convencerse; “ Allí donde hay dolor, soy yo… no soy sólo como mis padres, soy también diferente de mis padres”, dice Fritz Zorn (citado por Pontalis, 1981) y añade: “Mi individualidad consiste en el sufrimiento que experimento.”

LA VIOLENCIA Y LA ORGANIZACIÓN DEL ESPACIO TERAPÉUTICO

La respuesta terapéutica propuesta debe tener en cuenta su capacidad para ofrecer al paciente lo que podríamos llamar una “alianza narcisista”, suficiente para contrarrestar una inseguridad interna demasiado importante, y para que el establecimiento de una relación y la emergencia de una conflictualidad se vuelvan tolerables. Crear pues las condiciones de un marco continente que autorice un trabajo sobre los contenidos. Hay que asegurar dos cosas, tanto la continuidad como la posibilidad de poner un “tercero” como protección de la relación de dominio que acecha permanentemente. Efectivamente toda relación dominada por expectativas narcisistas es especialmente susceptible de pervertirse, es decir sustituir al tercero diferenciador por una relación de dominio en la que la potencialidad sadomasoquista es consustancial.
Es la situación que vamos a tener que establecer en una relación terapéutica con pacientes potencialmente violentos, que están bajo el apremio de tener que establecer y contener una realidad interna angustiante, con las defensas psíquicas desbordadas, mediante un sobreinvestimiento defensivo del mundo perceptivo-motor. Vamos a intentar organizar el espacio de estos pacientes de forma que se les permita acceder a una temporalidad progresiva, es decir a la capacidad de diferir y de esperar, pero utilizando como siempre las defensas a las que recurren preferentemente, sobre todo las defensas por paso al acto y por la utilización del espacio. Efectivamente, el hecho de que se defiendan recurriendo al espacio de una conflictividad intolerable y de una temporalidad imposible porque tanto una como la otra suponen un acceso a la ambivalencia y una confrontación con la posición depresiva que no pudieron llevar a cabo, hace que convenga utilizar el espacio para trabar una relación terapéutica con ellos. Para esto, hay que pasar por establecer un marco formado por una red relacional (de líneas de fuerza, de corrientes relacionales, y podríamos multiplicar las metáforas) suficientemente densa para crear una movilización, una dinámica y evitar el abandono o la confrontación brutal del paciente a la violencia de sus necesidades, pero suficientemente flexible y abierta para que elecciones y rechazos sean posibles y pueda nacer una creatividad.

Una de las primeras condiciones, es la diversidad del marco terapéutico: diversidad de cuidadores dentro del equipo, diversidad en los lugares institucionales, diversidad en las diferentes modalidades de acercamiento social. Esta diversidad no es la anarquía y todavía menos la concurrencia posesiva que empuja al paciente hacia su propia imagen estallada o hacia su propia posesividad devorante. Su coherencia se basa en la pregnancia de una figura mediadora, responsable de la cohesión y de la continuidad del tratamiento, soporte de la propia continuidad narcisista del paciente. Figura más o menos fetichizada, idealizada o incluso ya más diferenciada según los casos, pero que –sea cual sea el caso– debe estar
confrontada a otras figuras cuidadoras que faciliten una difusión de los investimientos, una relativa escisión de los objetos, una conflictualidad más tolerable mediante el juego de pequeñas diferencias progresivamente crecientes y acordes con el aumento de la tolerancia del paciente.

Se confirma que las metáforas espaciales, de continente, de límites, de espacio interno y externo, son útiles para favorecer la articulación entre una teorización de los fenómenos psíquicos y una práctica terapéutica.
La realidad externa aparece como una mediación posible, susceptible de reforzar o de desorganizar las estructuras del aparato psíquico: mediación encargada de sostener las funciones psíquicas amenazadas. Su papel esencial es convertir los investimientos relacionales en narcisistamente tolerables, evitando así una confrontación brutal a la paradoja enunciada anteriormente. Puede hacerlo de múltiples formas. Las personas externas, los padres concretamente, pueden ser mediadores de objetos internos, corrigiendo por sus actitudes concretas lo que estos últimos puedan tener de aterrorizante y de apremiante, contribuyendo así a matizar y a humanizar el Superyo y el Ideal del Yo. Pueden igualmente crear las condiciones para el placer de funcionar y de intercambiar, que autorice al adolescente reinvestir vinculaciones, sin tener que tomar conciencia de la importancia de estas personas.

Se trata de ofrecer al paciente una representación en el espacio de su psiquismo. Debe favorecer, en un primer tiempo, un trabajo de apoyo, sobre todo en el “hacer con” el paciente, y el compartir el placer en las actividades, sin que este placer deba ser medido y sin que la cuestión de su a quién pertenence deba plantearse, es decir, sin que el paciente deba preguntarse a quién se lo debe o de donde proviene. Este placer de funcionar será de hecho más enriquecedor si es protegido con cierto desconocimiento, que permita al paciente vivir este placer como suyo, sin estar confrontado con el otro en su diferencia, lo que sólo puede suponer una fuente de envidia peligrosa. La actitud voluntaria de los cuidadores, hace la función de la represión que no pudo constituirse (en el paciente).
Posteriormente, la diversidad de personas y de estructuras facilita los desplazamientos sucesivos de investimientos y la instauración de conductas de evitación que, en el plano de la economía psíquica, reemplazan una fobia que aún no puede elaborarse debido al fracaso de la represión rechazo y de los desplazamientos en procesos secundarios. El ritmo presencia/ausencia, proximidad/alejamiento, mediante su repetición en el interior de un marco fiable y tranquilizador puede progresivamente conllevar un movimiento de interiorización y dar acceso a una posible separación.

Es posible, entonces, alcanzarla, ya sea mediante la relación dual, si el sujeto puede a la vez contener y movilizar suficientemente sus conflictos a nivel de su espacio psíquico interno, o mediante la agregación de un marco externo de cuidados, mas o menos extenso y sofisticado según el caso. Variando, desde diversas modalidades de disposición del marco psicoterapéutico, hasta internamientos y medidas institucionales a tiempo completo, pasando por los acercamientos familiares y los diferentes soportes terapéuticos institucionales a tiempo parcial.
Las indicaciones terapéuticas ya no se plantean en función sólo de criterios sintomáticos, o de enfermedad, sino siguiendo el grado de eficiencia del aparato psíquico del paciente y el carácter mas o menos continente o de apoyo del entorno.
La violencia, para nosotros, es un comportamiento narcisista de defensa de la identidad con una finalidad fundamental anti-objetal. Siempre trata de invertir una situación percibida como amenazante en lo contrario, en particular trata de transformar la pasividad en actividad y hacer sufrir al otro lo que se ha sufrido o lo que se teme sufrir por uno mismo. Es lo que nos dice Freud (1915) en “Las pulsiones y sus destinos”: “Se puede sostener que los verdaderos prototipos de la relación de odio no provienen de la vida sexual sino de la lucha del Yo por su conservación y su afirmación”. El odio es tratado como una respuesta del Yo en su lucha por su conservación y su afirmación.


* Basado en la Ponencia presentada en el XV Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente, que bajo el título “Psicopatología de la violencia en el niño y en el adolescente”, se celebró en Granada los días 8 y 9 de noviembre de 2002.
**Psiquiatra Psicoanalista.

CUADERNOS DE PSIQUIATRÍA Y PSICOTERAPIA DEL NIÑO Y DEL ADOLESCENTE, 2002; 33/34, 5-34













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