jueves, 25 de agosto de 2011

VIOLENCIA Y FAMILIA .Alicia Monserrat Femenia Mª Teresa Muñoz Guillén Psicólogas

En este artículo queremos explicitar que hay una violencia natural y universal que es necesaria para la supervivencia. La división celular no podría hacerse sin violencia, es necesario que se dé una ruptura para que la vida siga adelante, es necesario el acto violento del parto para nacer a la vida. Pero violencia no es lo mismo que odio y agresividad. El odio (también el amor) se refieren y se dirigen a un objeto identificado, la violencia es una reacción mucho más primaria y elemental y no está vinculada a una relación objetal. La facultad de crear un vínculo personal se organiza al mismo tiempo que los cuidados parentales y esto se reproduce, hasta cierto punto, en el período adolescente. La familia puede ejercer sobre sus miembros y descargar en ellos una violencia que configurará sus personalidades y sus modos de situarse ante la vida.
Hay un tipo de violencia activa, cruel, brutal. Un importante número de niños -uno sólo, ya sería demasiadomuere a manos de sus progenitores (no podemos ni queremos llamarles padres), otros muchos sufren agresiones directas, castigos corporales…es la violencia agresiva en estado puro. En esta comunicación queremos traer a debate, otra clase de violencia, no es la violencia por acción sino por omisión, no por exceso sino por defecto. Es lo que consideramos actitud violenta hacia los hijos, aunque socialmente pueda incluso aparecer como entrega. Es la violencia de dar demasiado para no tener que dar. Es la violencia de permitir sin límite, disfrazando esa permisividad de actitud tolerante para encubrir el miedo que a algunos padres les produce vivirse a sí mismos como seres adultos. Queremos señalar también lo importante que nos parece considerar la violencia que se ejerce desde el grupo familiar cuando éste, no es capaz de actuar como tal, es decir, conteniendo y tramitando la pulsionalidad infantil que, es esa otra violencia que está puesta al servicio de la vida. En su lugar, las funciones protectoras que deben ejercer los padres, se trasladan, quedándose el niño/a con “huecos afectivos” que no sabe cómo llenar. Algunos jóvenes intentarán cubrirlos más adelante con indumentarias protésicas (clavos, botas, objetos duros…), corazas con las que intentar cubrir la fragilidad interna y de paso, aprisionar los sentimientos de culpa para no tener que entrar en contacto con ellos. Presentaremos a dos pacientes cuyas coincidencias y divergencias pueden ilustrar las descripciones teóricas hechas hasta aquí, para poder delimitar este campo del tipo particular de violencia.
Palabras clave: Violencia. Familia. Vínculo. Objeto. Adolescencia. Duelo.



Violencia y Familia…, términos muy cargados de contenido que queremos entrelazar y preguntarnos cómo interactúan y cómo influye esa inter-actuación en el desarrollo evolutivo de niños y adolescentes.
En palabras de Bergeret “la violencia es instintiva, innata, destinada a ser progresivamente integrada en otras finalidades humanas durante la infancia y la adolescencia para, de adulto, acceder a un eficiente y libre ejercicio de las capacidades amorosas y creativas”.
Etimológicamente violencia es: deseo de vivir. El diccionario Littré define violencia como “cualidad de lo que actúa con fuerza”, por esto, la vida es violencia. No necesariamente implica el deseo de dañar. Hay una violencia natural y universal que es necesaria para la supervivencia. La división celular no podría hacerse sin violencia, es necesario que se dé una ruptura para que la vida siga adelante, es necesario el acto violento del parto para nacer a la vida. Pero violencia no es lo mismo que odio y agresividad. El odio (también el amor) se refieren y se dirigen a un objeto identificado, la violencia es una reacción mucho más primaria y elemental y no está vinculada a una relación objetal. 

Los etólogos dicen que el ser humano es asesino por naturaleza, pero que el entendimiento y la razón le hacen reprimir esos impulsos y que el género humano tiene la facultad de amar a los demás mediante el amor a la madre por lo que, la identificación con un grupo, antes de pasar por esa fase sería difícil, si no imposible para el niño. La facultad de crear un vínculo personal se organiza al mismo tiempo que los cuidados parentales y esto se reproduce, hasta cierto punto, en el período adolescente.
En las fases tempranas de la vida, el niño necesita de un objeto humano para actualizar funciones mentales y psíquicas sin las cuales no se puede lograr el proceso de humanización, un objeto humano que transmita junto con la imprescindible envoltura afectiva, mediante la cual adquirir seguridad y confianza, la necesaria transmisión de una norma que organice la confusión y el desorden interno de pulsiones que puedan llegar a atentar severamente el proceso de construcción de la propia identidad. Ese objeto humano, básicamente la madre, está incluido en el primer grupo de pertenencia, esto es: la familia. Las figuras parentales “externas” van a ir constituyéndose en los años de infancia como “objetos internos”, buenos o malos, pero con los que el adolescente va a tener que mantener relaciones internas que, a su vez, podrán ser también buenas o malas.

Sabemos que en el proceso de organización de la identidad son de vital importancia las identificaciones que el adolescente ha ido haciendo a lo largo de su vida, y también sabemos que los procesos de identificación que se han ido llevando a cabo en la infancia mediante la incorporación de esas imágenes parentales, posibilitarán al adolescente, la forma de elaborar las difíciles situaciones cambiantes por las que ha de transitar.

El adolescente, como nos señala A. Aberastury, se encuentra, y se enfrenta, con los tres grandes duelos que marcan esta etapa:
a) el duelo por el cuerpo infantil, asistiendo como espectador impotente a los bruscos cambios corporales que se dan en su propio organismo. Es difícil para un adolescente, no sentir los cambios puberales como transformaciones violentas en el propio cuerpo, b) el duelo por la identidad infantil, que da paso a una inestable identidad convulsionada por los procesos adolescentes, c) el duelo por los padres de la infancia, éstos, a su vez, en duelo por la pérdida del niño/bebé que se aleja cada vez más de ellos en el inicio de su camino al mundo adulto.

Una sociedad como la actual que difícilmente soporta y tolera frustraciones –y un duelo es el exponente máximo de éstas- no facilita sentar las bases para que los adolescentes puedan elaborar los duelos “normales” mencionados. La pérdida es negada sistemáticamente, impidiendo poder llevar a cabo el aprendizaje que permitirá poder tolerar la angustia de castración, que dé paso a la renuncia a la omnipotencia infantil. En la clínica nos encontramos cada vez con mayor frecuencia con una patología relacionada con conductas violentas y/o agresivas. Los padres están desbordados y no se “hacen” con sus hijos. 

La sintomatología está en relación con conductas o actividades que bordean el terreno de lo asocial cuando no, directamente de lo delictivo. Es una sintomatología que se centra en dificultades en las relaciones interpersonales, a veces, poco clara, confusa, indefinida, caracterial…en cualquier caso, de corte regresivo y narcisista. Se habla de “personalidades psicopáticas” y de modo mucho más amplio de “trastornos del comportamiento”.

No sólo en la clínica, también es lo que vemos a nivel social. Chicos/as con una absoluta intolerancia a la frustración, con la irritabilidad que ello conlleva, y sin apenas capacidad para la espera. Con un funcionamiento mental más propio de proceso primario que ya de un pensamiento más secundarizado y elaborado, por lo que predominan mecanismos mentales en los que se utilizan recursos tales como: omnipotencia del pensamiento, negación, autopercepción de un yo grandioso, etc. Las relaciones interpersonales que establecen son de una gran intensidad pero también de una gran superficialidad, reclamando constantemente aportes narcisistas.

Niños/as que adolecen de una importante deficiencia afectiva, en ausencia de figuras paternas suficientemente sólidas y estables que permitan poder hacer buenas identificaciones que den paso a convertirse, posteriormente, en adultos con capacidad de entender al otro, como otro Yo, capaz de sentir y de padecer lo mismo que él mismo, y vivir esta diferenciación Yo-Los Otros, como un enriquecimiento en lugar de vivir a los demás como elementos peligrosos y amenazadores para su frágil identidad.
Creemos que Philippe Jeammet, ha hecho importantes aportaciones a la comprensión de los procesos internos que se desarrollan, sobre todo en el adolescente, que actúa y ejecuta acciones violentas. La violencia se presenta como un mecanismo primario de autodefensa de un sujeto que se siente amenazado, dice Jeammet.

En la negociación y tramitación que todo sujeto debe hacer entre su mundo psíquico interno y la realidad externa, la articulación entre ambos fracasa cuando la respuesta es lo que viene en llamarse, comportamiento violento. En el “Compendio de Psicoanálisis” dice Freud que “el Yo debe su origen y sus más importantes características adquiridas a la relación con el mundo exterior real…” de manera que, en ese intercambio del niño con su entorno -y en el que, las relaciones afectivas con los objetos amorosos primarios son de una importancia crucial- se va organizando y consolidando la estructura de ese Yo. Si el niño ha recibido los suficientes aportes de contención y de receptividad afectiva, podrá organizar un Yo suficientemente estable y seguro como para no sentirlo amenazado.

Unos apoyos narcisistas sólidos, sin dudas ni fracturas por parte de los padres en lo que están transmitiendo a sus hijos, con un fondo de placer y de confianza que el niño percibe como suyo, y no, como algo que “debe”, es lo que constituye la base de una relación segura. Cuanto más sólidos son estos apoyos, que recargan el narcisismo estructurante del niño -no el narcisismo maníaco/omnipotente- más fácil le es entrar en contacto con un objeto que no amenaza su Yo.

Diferente es la situación del niño que se siente vacío de una aportación y transmisión afectiva que le haga sentirse “apegado” (teoría del apego) a un objeto suficientemente bueno que pueda tolerar esa “violencia de vida” que el bebé dirigirá hacia la madre, para que ésta recoja esa violencia, la metabolice y la desactive, devolviéndosela transformada en ternura generadora de seguridad.
Es muy frecuente encontrarnos en la actualidad con padres “asustados”, padres frágiles narcisísticamente, que no son capaces de incluir a sus hijos en una normativa que organice límites (externos e internos) con los que el niño pueda sentirse protegido y seguro. Actualmente prevalece un planteamiento de sociedad sin límites y también de familia sin límites (anecdóticamente señalamos que en el lenguaje publicitario cada vez es más frecuente incluir la expresión “sin límites” para definir la bondad del objeto de consumo a vender: “placer sin límite” “satisfacción sin límite”, etc), y cuando no hay límites lo que hay es vacío interno y sobre todo, confusión. Vacío interno que hay que llenar compulsivamente de “cosas”, encontrándose así el adolescente parasitado en su deseo por un deseo anónimo que, engañosamente identifica como propio.

La represión, necesaria y saludable, para organizar el mundo interno se confunde con el autoritarismo, mezclado con la idea –equivocadade que la frustración es contraproducente, e incluso peligrosa, para el buen desarrollo evolutivo del niño. En su lugar, se instaura una corriente de permisividad condescendiente, que lejos de proteger al niño/adolescente, le va colocando en situaciones de las que no se puede hacer responsable. Tiene permiso para hacer actividades que pueden llegar a ser lesivas, incuso para su propia integridad física (niños profesionales de las carreras de motos).

El consumo desaforado de objetos se va instalando como criterio de vida Así, nos encontramos con esos niños/as que están en un permanente reclamo hacia los padres, reclamo no sólo de objetos materiales, sino también de costumbres y modos de vida para las que aún no se dispone de la suficiente capacidad de comprensión en lo que a significado y consecuencias puedan dar lugar. Los padres, inseguros ellos mismos, se transforman en proporcionadores continuos de cosas y gratificadores de supuestas necesidades, lo que va contribuyendo a fraguar la idea de que el Otro no es sino un medio para conseguir fines. Las funciones paterna y materna no se transmiten y el aprendizaje no circula en el campo de conseguir una verdadera humanización y socialización.

La pareja parental, que muchas veces no es posible sostener unida, pero también muchas veces, -aun permaneciendo unida- es difusa y abdica de sus responsabilidades, no transmite con suficiente claridad el reparto de roles familiares y éstos quedan confundidos, con lo que la estructuración edípica, cuando se instaura, lo hace débilmente. Los padres no quieren ser padres, sino “amigos” de sus hijos, colocándose así, en un lugar que no es el que les corresponde, abdicando y renunciando a ejercer su función de padres, que, por otra parte, es reclamada por sus hijos.
La sociedad de consumo se presenta como “La Gran Madre” dispensadora y gratificadora de necesidades y deseos, y la omnipotencia infantil se ve así, alimentada en lugar de frustrada. La capacidad de espera, mediante la que poder tolerar la demora en la consecución de los objetivos, no se presenta como una función a desarrollar y potenciar, sino que queda elidida y se coloca en su lugar, la urgencia de la satisfacción inmediata, “aquí y ahora”.

Por otro lado, la invasión excesiva de estímulos, imposibles de procesar psíquicamente, da origen a una saturación interna para las que el niño y el adolescente no tiene aún recursos organizados con los que poder dar respuesta. La avalancha de juguetes con los que, a veces, se sepulta literalmente al niño, dotados de una tecnología muy por encima de las capacidades de poderlos comprender, dado que dicha tecnología es abrumadora y posibilita acciones para las que no es necesario comprender la base de su funcionamiento, facilita la creencia de que los conocimientos y los procesos cognitivos son secundarios a la ejecución del “acto”, presentándose éste casi como algo “mágico”. Cuando un objeto se estropea o rompe, queda sustituido, casi de inmediato por otro igual o mejor. 
Curiosa y paradójicamente, este avance científico y tecnológico, a veces, en lugar de dar paso a una apertura de pensamiento en la línea del proceso de desarrollo maduro y adulto, decimos que –a veces- en su uso indiscriminado y carente de reflexión, viene a entroncarse con el más primitivo e infantil de los funcionamientos mentales: el que no tolera la renuncia y recurre a la “magia”, como hacía el hombre primitivo para explicar aquellos fenómenos que estaban fuera de su alcance cognitivo.
El conocimiento, la valoración del trabajo y la teoría que subyace a cualquier desarrollo científico, quedan relegado al terreno de lo “desechable” en identificación con los propios objetos, las más de las veces, también desechables.

El adolescente violento es un adolescente profundamente inseguro, que trata de compensar en una especie de huida hacia delante, un Yo frágil, dependiente y amenazado en sus límites y, por lo tanto, en su identidad. Las conductas violentas se presentan, así, como un intento de adquirir una identidad grandiosa y fuerte que resulta ser una pseudo identidad con la que intentar protegerse de los duelos de fondo, que no han podido ser elaborados por no haber podido ser, ni tan siquiera planteados. ¿A qué duelos nos referimos? Algunos han sido ya mencionados y son, digámoslo así, duelos evolutivos normales.
Otros tienen que ver con el sentimiento de soledad y abandono en que se encuentra el niño que no recibe la cobertura materna/paterna, tanto en su versión deficitaria (niño que no recibe nada) como en la de sobreabundancia (exceso de “otras” cosas, pero no, ejercicio de la parentalidad).
En ambos casos, la relación entre conducta violenta e inseguridad interna creemos que es fuertemente estrecha, propiciando un sentimiento de vulnerabilidad del Yo. El Yo se siente amenazado en su identidad, lo que, paradójicamente, da lugar a una extrema dependencia del objeto, dependencia que es sentida como intolerable porque aquello de lo que se tiene necesidad, es lo que impide la autonomía.

La necesidad del Otro no es sentida como tal, sino como una invasión, como un poder que el Otro ejerce sobre el adolescente, sintiéndose éste amenazado en su integridad personal, desbordado por la intensidad de sus emociones internas para las que no encuentra cauce por las que hacerlas circular. La única salida que encuentran es la expulsión violenta y desorganizada al exterior, actuando así, la fantasía de ejercer un control omnipotente y un dominio sobre la víctima, control que es el que no puede aplicarse a sí mismo, a su propio mundo interno. 
El adolescente violento, lejos de estar seguro de sí mismo, utiliza el comportamiento violento como una prótesis psíquica que viene a intentar cubrir una gran fisura de estructuración interna. Siguiendo el pensamiento de Melanie Klein, diremos que son niños que no pudieron avanzar de la posición esquizo paranoide a la posición depresiva lo que constituye una importante falla estructural. Según la conceptualización teórica de Balint, serían niños/as aquejados de lo que él llamó la “falta básica”.
En cualquier caso, se trata de restaurar, mediante la posesión y el dominio sobre los objetos externos, una identidad que se percibe amenazada. La violencia, pues, se presenta como una defensa frente a la amenaza que planea sobre la identidad del sujeto violento.

Para el sujeto violento, el objeto de su violencia, es decir, el que sufre y padece el acto violento, es un sujeto “des-subjetivado” es alguien sin importancia como sujeto, porque se trata, o es tratado, como un “objeto”. El adolescente violento, de alguna manera, se vive “en espejo” con su víctima y se siente amenazado en un destino similar. Esta amenaza proviene de las experiencias vividas en donde fue él, el que se vivió a sí mismo sujeto “des-subjetivado”, o lo que es lo mismo, como un objeto.
Todos sabemos de la importancia que para el incipiente ser humano (el bebé) tienen los vínculos de apego a sus objetos amorosos, es característico de la especie humana: la importancia de la duración y la intensidad de estos vínculos. El bebé es un emisor de pulsionalidad y reclama todo aquello que venga a aliviar su estado de displacer. Si no hay un objeto receptor de esa pulsionalidad que ejerza como continente de la misma y propicie el placer de la actividad mental, en sustitución de la autoestimulación física, el niño precozmente carenciado, desarrollará una actividad de búsqueda de sensaciones que conllevan una dimensión autodestructiva. Sin ese objeto receptor y transformador, la pulsionalidad no es más que violencia en busca de contención y de límites. Nos parece muy interesante el pensamiento de Ph. Jeammet cuando dice que no existen más que dos vías para sentirse existir. La vía de las sensaciones y la vía de las emociones.

La de las emociones es la que da lugar a la interiorización de los afectos modulados por la calidad del intercambio relacional que haya habido y da lugar al establecimiento de vínculos. La vía de las sensaciones se origina como sustituto de los fracasos relacionales, y la sensación hace contactos pero no vínculos. ¿No diremos, acaso, que los comportamientos violentos no vienen marcados por una búsqueda de sensaciones que no permiten hacer un lugar a lo emocional?

La violencia más eficaz es aquella que constituye una violación a las mentes en formación, es decir, a las de los niños y adolescentes. Así, el niño que padeció la violencia de no encontrar donde depositar su insatisfacción y displacer, y recibe en lugar de la función transformadora una avalancha de objetos materiales que taponan el acceso a una capacidad moderada de tolerancia a la frustración, está insertado -todos lo estamos- en una cultura de la violencia. Las imágenes de agresión son demasiados frecuentes en el entorno y, en ocasiones, dado el realismo con el que se presentan, es difícil separar ficción de realidad. De nuevo el límite es muy impreciso.
La familia puede ejercer sobre sus miembros y descargar en ellos una violencia que configurará sus personalidades y sus modos de situarse ante la vida. Hay un tipo de violencia activa, cruel, brutal. Un importante número de niños –uno sólo, ya sería demasiado– muere a manos de sus progenitores (no podemos ni queremos llamarles padres), otros muchos sufren agresiones directas, castigos corporales… es la violencia agresiva en estado puro.

En esta comunicación hemos querido traer a debate, otra clase de violencia, no es la violencia por acción sino por omisión, no por exceso sino por defecto. Es lo que consideramos actitud violenta hacia los hijos, aunque socialmente pueda incluso aparecer como entrega. Es la violencia de dar demasiado para no tener que dar. Es la violencia de permitir sin límite, disfrazando esa permisividad de actitud tolerante para encubrir el miedo que a algunos padres les produce vivirse a sí mismos como seres adultos.

Padres/niños con personalidades infantiles y que no facilitan el acceso de sus propios hijos a la madurez, o -al contrario- padres que instalados en esos posicionamientos infantiles, convierten a sus hijos en “padres de ellos mismos”. En cualquier caso, confusión de roles, seducción perversa y relaciones familiares, unas veces demasiado adhesivas y pegajosas y otras, ausentes, carentes de la envoltura que permite poner en marcha la autoestima narcisista necesaria para actuar como organizadora y preservadora de la vida.

Recapitulando y recogiendo lo dicho hasta ahora, queremos señalar lo importante que nos parece
considerar la violencia que se ejerce desde el grupo familiar cuando éste no es capaz de actuar como tal, es decir, conteniendo y tramitando la pulsionalidad infantil que, como ya hemos dicho, es esa otra violencia que está puesta al servicio de la vida. En su lugar, las funciones protectoras que deben ejercer los padres, se trasladan, quedándose el niño/a con “huecos afectivos” que no sabe cómo llenar. Algunos jóvenes intentarán cubrirlos más adelante con indumentarias protésicas (clavos, botas, objetos duros…), corazas con las que intentar cubrir la fragilidad interna y de paso, aprisionar los sentimientos de culpa para no tener que entrar en contacto con ellos.

Viñetas clínicas

Presentaremos a dos pacientes cuyas coincidencias y divergencias pueden ilustrar las descripciones teóricas hechas hasta aquí y poder así delimitar este campo del tipo particular de violencia.
Irene es una adolescente que acude a consulta traída por su padre a la edad de catorce años.
Margarita viene con su madre y tiene quince años.
Así pues, ambas están atravesando la adolescencia media y ambas son hijas de padres separados. El hecho de venir con uno solo de los padres, sin el otro progenitor, es denunciado como signo -por parte de ambos- de un resentimiento hacia el otro cónyuge, que nunca se hizo cargo de su respectiva hija. Obedecía esto a la mala relación que había existido entre ellos, y que persistía después de haberse separado.

El padre de Irene se cansó de ver a su mujer “tirada en el sofá viendo la TV” mientras él se ocupaba de todo. La separación se produjo hacía cuatro años. Durante los tres primeros, Irene le telefoneaba con frecuencia llorando y pidiéndole que volviese. Hace un año Irene cambió y se convirtió en “otra”. Tiene un novio de veintiún años que no es del agrado de sus padres y con el que mantiene relaciones sexuales. Está “tirada en la cama”, dice el padre -igual que su madre- y sus resultados escolares son deficientes. Coincidiendo con el cambio que estaba mostrando Irene, su madre es operada de un cáncer de útero y su padre se ocupaba y cuidaba de ella, dándose entonces una mayor aproximación entre ambos.

Contaba cuatro años Margarita cuando sus padres se separaron. Alrededor de diez cuando su padre se casó y tuvo otra hija, mientras que su madre se emparejaba con otro hombre, relación que mantiene en la actualidad. Desde entonces el contacto con su padre ha ido deteriorándose hasta el punto de que ahora apenas lo ve, si bien acude con frecuencia a casa de los abuelos paternos. El padre ha dicho que está esperando que cumpla los dieciocho años para no tener que hacerse cargo de sus gastos. De todas formas, con frecuencia no se responsabiliza de los pagos estipulados. La madre dice que Margarita es como su padre, un trasto que no colabora para nada con ella, y que desde pequeña ha tenido que hacerse cargo de darle todo como al padre. El actual trabajo del padre de Margarita, fue gestionado por la madre, ella siempre ha tenido que “subvencionar a este hombre, que es como un niño”, manifiesta, “igual que mi hija”. Mientras que Irene aparenta tener más edad, Margarita se presenta regordeta y aniñada, pero denota sus buenos resultados escolares en una conversación más intelectualizada.

El motivo de consulta en ambos casos es “el cambio de carácter violento”, que han experimentado: de ser niñas dulces y agradables han pasado a mantener con sus padres relaciones de peleas, protestas y enfrentamientos continuos, con episodios de haber -incluso- arrojado objetos violentamente a los padres y haber tenido que intervenir para separarlas en peleas con compañeras.
Irene dice: “hasta los dieciocho años no merece la pena vivir”.
Margarita fantasea: “cuando sea mayor seré rica, no necesitaré nada de nadie. A mi padre sólo lo necesito para que me pase la mensualidad”.
Estas frases evidencian las fantasías negativas que ambas tienen acerca del significado del crecimiento, tal y como lo han enunciado diversos autores.
En el caso de Irene, refleja su fragilidad, y en compensación, aparecen defensas enmascaradas en una pseudo adultez y en sus actitudes violentas. Su salida del mundo infantil a través del enamoramiento de un chico significativamente mayor para ella, no es, sino una seudomadurez.

Cree lograr de esta forma una adaptación social, intentando borrar la sensación de haber sido engañada y traicionada por la intolerancia de sus padres respecto a sus necesidades infantiles (Meltzer, 1990). Esto supone también una dificultad en las identificaciones, lo que implica un obstáculo en el desasimiento de los objetos primordiales. Desde el punto de vista de las defensas, utiliza la negación: “Hasta los 18 años no vale la pena vivir”.
En Margarita, la cuestión es la contraria. En ella, vemos una imagen de niña que no aparenta los 15 años que tiene. No quiere atravesar el tiempo, llegará a los 18 para que su padre no siga haciéndose cargo de ella, económicamente.
También huye de distintas maneras hacia los 18 años, quedando congelada en el tiempo de la infancia con la fantasía omnipotente de que crecerá como las flores, y que a esa edad mítica de los 18 años no necesitará a nadie. “no me gusta el chalet de mi madre y de Manolo, y para colmo está mi abuel…, aunque pensándolo bien, prefiero a mi abuela que a mi madre. Salir de compras con mi abuela es más divertido, ella dice que si fuera joven se vestiría en las tiendas en las que yo voy a comprar mi ropa, mi madre en cambio, es horrible…sólo piensa en que la ropa no sea cara…y luego…la vergüenza de ir con ella, es fea y se viste mal…no”.
Nos interrogamos ¿cómo es el funcionamiento de estas familias en las que emergen estas chicas que vienen a consulta, una con catorce años y la otra con quince, con conductas manifiestas de actitudes violentas, y con una imagen corporal que se presenta como de dieciocho -o al contrario en el caso de Margarita- con una imagen corporal de niña que empuja en el sentido regresivo?

En ambos casos nos encontramos con una excesiva permisividad en los vínculos con los padres y abuelos, que más que padres que contienen, sostienen y limitan el crecimiento, constituyen padres con una imagen de seudo colegas: una madre enferma “tirada” en el caso de Irene, y un padre ausente y una madre que suministra manutención, pero no otras cualidades afectivas primordiales para desarrollarse, en el caso de Margarita. Tampoco, la abuela de Margarita se puede sostener con un vínculo capaz de dar regazo al crecimiento de su nieta, y aparece como un vínculo que niega las diferencias de generaciones en esa manera de asemejarse a una adolescente en sus vestimentas.

Con estos ejemplos queremos ilustrar, aunque sea someramente, una modalidad relativa al tipo de violencia del que venimos hablando. Es importante aclarar que si bien, estos fragmentos clínicos traen situaciones en las cuales está en juego la separación de los padres, este tipo de violencia se da también en situaciones con padres conviviendo juntos.
En cualquier caso, destacaremos ciertos elementos característicos:
* Un movimiento de odio que se dirige de uno de los progenitores al otro quedando el hijo/a incluido en algún punto de ese recorrido.
* El hijo/a queda adherido al progenitor hacia el que se dirige el movimiento agresivo, produciéndose un acople con él, y no es infrecuente que el odio destinado a el (padre o madre), haga eclosión en momentos especialmente importantes para el hijo/a.
Para poder aislar este elemento de violencia que interviene en estos casos, nos interesa profundizar en dos cuestiones: cuál es la naturaleza del conflicto entre los padres y cuál es el lugar o función del hijo/ a en la economía psíquica de éstos.

Y a manera de epílogo, dos palabras sobre nuestro lugar como psicólogos clínicos:

¿Cuál es entonces, la distancia óptima a construir en el espacio psicológico de nuestras consultas?
Podríamos decir que será intentar ligar esta violencia, que ha sido conformada en los espacios privilegiados de las configuraciones familiares, sin caer en abordajes que violenten a ambos polos a tratar, perpetuando así la violencia destructiva o des-subjetivante que no se ha podido simbolizar y se suelda en pactos patológicos que obstaculizan la estructuración de un psiquismo en constitución (el del niño y/o adolescente) fracasando, entonces, la elaboración de la violencia fundamental de la que hemos hablado y que es la que está puesta al servicio de la vida. En lugar de ello, se actúa en el cuerpo del hijo el odio, máximo exponente del triunfo del yo sobre el otro.

Es central considerar que el sufrimiento del niño y del adolescente tiene que ver con el impacto global que representa su grupo familiar como el grupo social primario, y desde ahí, lo que emergen son situaciones en las que niño o adolescente aparecen cumpliendo el rol de portavoz de las complejas tramas de esos vínculos, tejidos en configuraciones de violencia y de no simbolización de la violencia primaria tal como fue explicitada por J. Bergeret.

BIBLIOGRAFÍA
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