martes, 14 de junio de 2011

Tendencia antisocial: El acto del adolescente y su posible alojamiento en las políticas públicas. Laura García Domench Parte I

"El niño antisocial tiene dos alternativas; aniquilar su verdadero self o convulsionar a la sociedad hasta que ésta le proporcione protección."
D.W .Winnicott.
Este trabajo surge de la reflexión sobre algunos aspectos vinculados con mi tarea como psicóloga en un Servicio Zonal de Promoción y Protección de los Derechos del Niño, dependiente del Ministerio de Desarrollo Humano de  la Provincia de Buenos Aires. Dicho Servicio tiene, entre otras funciones, las de adoptar medidas que impliquen la separación temporaria de su hogar de niños, niñas y adolescentes menores de dieciocho años que se encuentren atravesando distintas situaciones de violencia, tales como maltrato físico, abuso sexual, abandono, negligencia, etc., en el interior del grupo humano en el que conviven. Son asimismo motivo de intervención, niñ@s y adolescentes que se encuentren en situación de calle, o aquellos otros que ya se hallan institucionalizados en algún hogar convivencial.

En el presente escrito me propongo reflexionar respecto de ciertos  pre adolescentes y adolescentes con historias familiares en donde prima la marginación, violencia y abandono, (lo que imposibilita que puedan convivir con su familia), y que tienen la característica de no poder sostener una continuidad en ningún tipo de institución. Es decir, me propongo entender cómo pudo  constituirse su psiquismo de modo tal que, llegados a la adolescencia, no deseen regresar a sus hogares pero tampoco acepten permanecer en instituciones alternativas a ellos, de modo tal que constantemente demandan a los profesionales del Servicio Zonal a que les den una respuesta a su situación.
Será a partir de la teoría desarrollada por Donald Winnicott, a partir de coordenadas tales como sostén, uso del objeto, madre suficientemente buena, jugar, sentirse real, ilusión, desilusión, verdadero y falso self, fenómenos transicionales, entre otros, el modo en que abordaré lo que puede estar sucediéndoles a estos adolescentes como así también algunas líneas conductoras respecto al modo en que se podría intervenir con ellos.
Winnicott plantea que al nacer un niño, comienza la línea de la vida, será la madre suficientemente buena la encargada de asegurar que esa línea no se vea interrumpida. Será ella quien se adapte a las distintas necesidades del bebé (quien en un principio existe solo a los ojos de un observador externo) a fin de que éste pueda realizar un recorrido desde la dependencia absoluta hasta la independencia, pasando por la dependencia relativa, y, paralelamente desde el principio de placer hasta el principio de realidad, como así también desde el autoerotismo hasta las relaciones objetales.
La madre, a partir de un adecuado ejercicio de las funciones de sostén, manipulación y presentación del objeto, fomenta el despliegue de las tendencias a la integración, personalización y comprensión propias del bebé. Si todo marcha bien en la díada madre-bebé, éste podrá experimentar la experiencia de omnipotencia y el momento de ilusión en el cual siente que crea al objeto, paulatinamente vendrá el momento de desilusión, en el cual el bebé ya se ha diferenciado de su madre, y en donde, saludablemente, apelará al objeto transicional a fin de neutralizar el efecto depresivo que le generan las separaciones con ésta. Hay un objeto subjetivo y hay un objeto percibido objetivamente, y hay una zona intermedia entre esa subjetividad que es incomunicable y esa objetividad que puede pensarse  plana y chata (y que es una realidad común a todos), en esta zona intermedia Winnicott ubica todos los fenómenos transicionales.
Otro de los conceptos fundamentales de la obra del autor es el concepto del self, con el que se refiere a lo más esencial de una persona. Este concepto está ligado a la vitalidad de la misma, al hecho de sentirse real, a esa sensación de estar vivo que Winnicott tanto privilegia. Uno de los peligros, es que el niño deba adaptarse al ambiente, constituyendo un falso self. La enfermedad, en tanto, significaría la inhibición de la espontaneidad potencial de ese sujeto.
La pregunta que me surge es: si es esta continuidad en el desarrollo y en el ambiente la que crea las bases de la salud mental, ¿qué tipo de inhibiciones, trastornos y conflictos tendrán los niños que fueron criados en ambientes caóticos? Winnicott seguramente respondería que eso va a depender de las características de ese ambiente caótico, de la existencia o no de una madre-ambiente suficientemente buena y el tiempo que duró la misma, y de las características ya innatas de ese niño. Ha teorizado fallas severas en los primeros tiempos en donde todavía no hay una diferenciación yo-no yo, que generarían los cuadros de psicosis, por lo que si el objetivo es pensar en la estructuración psíquica de los adolescentes a los que me refiero, habrá que buscar las fallas cuando esa diferenciación ya se concretó y el niño puede relacionarse con otros a quienes identifica como distintos de él.


Ana no pierde las esperanzas

Para comenzar a responder a los interrogantes planteados en este trabajo, voy a centrarme en el caso de una adolescente a quien llamaré Ana, quien en la actualidad tiene 16 años y a la que entrevisté en muchas oportunidades como psicóloga del Servicio Zonal.
Ana convivió con su mamá y su familia extensa materna hasta los ocho meses, momento en el que su progenitora la dejó a ella y a una hermana dos años mayor al cuidado de sus abuelos maternos, quienes vivían en una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires. Desde ese momento, y hasta la actualidad, Ana vio a su madre en escasas oportunidades. Durante muchos años no supo el paradero de ésta, hasta que en 2004, su madre volvió a convivir con su progenitor residiendo ambos en el conurbano bonaerense. Ana conoció a su padre hace dos años, y desde el momento no lo ha visto más que en dos o tres ocasiones.
La joven convivió con sus abuelos maternos, hasta sus 12 años, momento en que su abuela fallece y Ana ingresa por primera vez a un hogar convivencial junto a su hermana, dadas las dificultades económicas de su abuelo, como así también sus dificultades al momento de impartir límites a sus nietas.
Conocí a Ana cuando hacía un año de aquel momento en el que había ingresado por primera vez en un hogar convivencial. En un año, ya había estado alojada en siete hogares. En la actualidad, continúa en lo que se suele denominar “circuito internativo” habiendo ya pasado por diecisiete instituciones.
A los fines del presente trabajo sólo voy a referirme a algunos aspectos de su subjetividad e historia.
Por las características del Servicio Zonal donde me desempeño, cada vez que era necesario trasladar a la joven de un hogar a otro, Ana quedaba alojada temporariamente algunos días en el Servicio Zonal hasta tanto se diseñara e implementara la estrategia a seguir con ella. Es necesario destacar que dado que ella tiene una causa asistencial en un Juzgado de Menores, no se halla privada de su libertad, por lo que si Ana decidía retirarse voluntariamente del Hogar al que era derivada, podía hacerlo. Lo significativo es que de las diecisiete instituciones en las que estuvo solo de dos o tres se retiró por su voluntad, en el resto, fueron las instituciones las que pidieron la reubicación de la adolescente. Los motivos por los que éstas pedían al Servicio Zonal que retire a Ana se centraban básicamente en dificultades de la joven en la aceptación de límites y pautas, agresiones a pares y adultos, destrucción de objetos del Hogar (mesas, sillas, vidrios, etc.), intento de incendio en un dormitorio, ocasiones en las que Ana se retiraba del hogar por algunas horas sin autorización para luego regresar, negativa a asistir a la escuela, entre otros motivos que se alegaban para justificar que la institución no se hallaba preparada para contener a la joven.
Cuando se conversaba con ella respecto a los motivos que generaban su expulsión de las instituciones, Ana se mostraba conciente de sus actos, aunque los justificaba alegando alguna arbitrariedad institucional, o algún maltrato de otra joven, no evidenciando sentimientos de culpa ni responsabilidad alguna. Ana constantemente manifestaba su rechazo a estar institucionalizada y su deseo de regresar a convivir con su abuelo materno con quien tiene un fuerte vínculo afectivo. Cuando su abuelo, quien tiene más de 70 años,  era consultado respecto a esta posibilidad, evidenciaba su profundo cariño por la joven y su impotencia respecto a la alternativa de volver a hacerse responsable por su cuidado, dadas las características de Ana. Igualmente, y por así haberlo aceptado su abuelo, en ocasión de unas vacaciones de verano, se intentó fomentar dicha convivencia, pero dados los conflictos de la joven con el resto de su familia extensa, ésta solicitó que Ana sea nuevamente internada.
Es de destacar que desde hace algunos años su progenitora ha querido acercarse en algunas ocasiones a las instituciones en las que su hija se hallaba alojada, negándose ésta a recibirla. Ana refiere haber perdonado a su padre por el abandono de todos estos años, aunque no así a su madre.
Por último, es necesario mencionar que Ana nunca ha tenido episodios de ideación delirante ni ha estado medicada con psicofármacos.
En el corriente año, Ana comenzó a estar en situación de calle, lo cual implicó que sea partícipe de arrebatos y pequeños robos, siendo detenida por la policía y derivada a un instituto cerrado dependiente del Gobierno de la Ciudad. Allí permaneció por algunos meses, siendo derivada, días atrás, a un hogar convivencial.
En estos tres años, desde el Servicio Zonal he mantenido con ella alrededor de treinta entrevistas en las cuales pudo relatar muy poco de su historia, y cuando lo hacía no eran más que hechos aislados, no pudiendo armar cierta continuidad entre los distintos acontecimientos que fue viviendo. A partir de dichas entrevistas  y de la observación en su interacción con pares y adultos durante los períodos en que estuvo alojada en el Servicio Zonal, puede decirse que si hay una característica predominante en Ana es su abulia, no suele tener ganas de hacer nada, sobre todo si la propuesta implica un trabajo constructivo, un proceso y un esfuerzo de su parte, le cuesta mucho concentrarse y perseverar para alcanzar el objetivo buscado. Habitualmente también suele estar de mal humor y pasar a la euforia en un instante, siendo muy inconstantes sus estados de ánimo.
Ana es una adolescente muy cariñosa que busca y propicia el contacto físico con pares y referentes institucionales, es habitual verla abrazada o de la mano de alguna otra joven alojada en la institución o de algún referente que trabaje en la misma.
No presenta dificultades en integrarse con sus pares, tiende a ocupar el lugar de  líder grupal. Estas relaciones las vive de modo intenso, pero suelen ser efímeras y no sostenidas en el tiempo. Motivo de ello es la dinámica misma del Servicio Zonal en donde los niños y jóvenes solo están allí de modo temporario hasta tanto se incluyan en algún ámbito familiar o bien sean derivados a un hogar convivencial; pero también, debido a que Ana suele, en ocasiones,  tratar de modo agresivo a pares y adultos sin motivo aparente, sus reacciones suelen ser bastante imprevistas y esto genera más de una ruptura en los vínculos que construye. Suele armar vínculos en tanto le sean útiles a la circunstancia que se halla atravesando, presentando muchas dificultades en cuanto a la empatía y la consideración por ellos.
Ana es una adolescente impulsiva, y se muestra poco tolerante a la espera y a la frustración. Su discurso toma una tonalidad desafectivizada, aunque el mismo deja entrever como una rabia profunda y primitiva que canaliza en respuestas agresivas inmotivadas (al menos, así lo vería un observador externo). Prefiere no referirse a todo lo que la remita a su historia, sentimientos, miedos, etc., mostrando reticencia y evasión en dichas cuestiones. No logra conectarse con su angustia, quizás, porque ésta es tan difusa y global, que ella siente que de conectarse, no tendría herramientas para salir del estado en el que quedaría sumergida. En lugar de angustia, pareciera hacer su presencia la bronca y la rabia, solo formas camufladas de aquella.
Ana ha tenido algunas experiencias de consumo de tóxicos, pero solo de modo ocasional. Como así también períodos en los que presentó trastornos de alimentación, negándose a comer la comida que le preparaban en las diversas instituciones manifestando que no le gustaba.
No se evidencian en ella la realización de actividades sublimatorias, no muestra interés por las actividades escolares, ni por los deportes ni actividades culturales. Si bien su coeficiente intelectual es alto, no siente interés por la realización de tales actividades.
Pareciera que todo en ella es presente absoluto, no puede formular ni siquiera un deseo para su futuro. Si bien en un momento dicho deseo se centraba en volver a convivir con su abuelo, luego de la última experiencia fallida de convivencia, ni siquiera ese deseo prima en ella.
En otra oportunidad su deseo fue convivir con sus progenitores como lo hace su hermana mayor, pero ni Ana ni sus padres pudieron  realizar un proceso paulatino de revinculación, por lo que abruptamente se fue a vivir al domicilio de éstos, yéndose a los pocos días por conflictos con ellos y su hermana.
Por último, es de destacar que toda su apariencia de adolescente desafiante y rebelde contrasta profundamente con su imagen aniñada y su afectuosa forma de ser.

Hasta acá, las características más manifiestas de Ana. Me propongo ahora intentar aproximarme a cierta comprensión respecto de la estructuración de su subjetividad, para lo cual tomaré fundamentalmente los aportes a la teoría psicoanalítica que hiciera Winnicott.
Las dificultades permanentes en poder encontrar un hogar convivencial en el cual Ana pueda permanecer y tener cierta continuidad en su vida, recuerda las presentes en determinados niños a los que Winnicott se refería como niños de difícil ubicación en momentos de la evacuación por la guerra. Al respecto, el autor señala que se trataba de niños que carecían de un hogar satisfactorio o bien, éste se había desintegrado antes de la evacuación, por lo que aquello que estos niños necesitaban no era un sustituto de su propio hogar, sino más bien, tener  experiencias hogareñas primarias satisfactorias.
Las características de Ana concuerdan con lo que el autor denominó conducta antisocial, entendiendo a ésta como una manifestación de la tendencia antisocial, tendencia que en sí misma no implica psicopatología y que puede estar detrás de reclamos cotidianos que los niños hacen sus padres. La conducta antisocial patológica, (puede encontrarse en distintos cuadros clínicos, sin ser en sí misma un diagnóstico tal como neurosis o psicosis), deriva de fallas tempranas ambientales, siendo una formación defensiva del self como reacción a dichos fallos. La conducta antisocial tendrá como finalidad remediar el efecto de la deprivación, al modo de la negación.  EnDeprivación y Delincuencia, Winnicott plantea:“El niño deprivado ha tenido un suministro ambiental suficientemente bueno que posibilitó la continuidad de su existencia como persona diferenciada. Luego se vio deprivado de él, en un estadio de su desarrollo emocional en el que ya podía sentir y percibir el proceso. Este niño queda atrapado entre las garras de su propia deprivación y a partir de entonces debe hacerse que el mundo reconozca y repare el daño, pero como gran parte del proceso se desarrolla en el inconsciente, el mundo fracasa en su intento”[1]. Podría pensarse que Ana tuvo un adecuado suministro ambiental hasta sus ocho meses, pero se vio abruptamente interrumpido ante el abandono materno, siendo sus abuelos quienes intentaron sustituir la ausencia materna mediante sus cuidados y afecto, abuelos con los que Ana tuvo muy buen vínculo, pero que, indudablemente, nunca llegaron a reemplazar a su madre y padre ausentes.
En Acerca de los niños, refiriéndose a la etiología del trastorno antisocial, Winnicott refiere: “Debo decir que el material clínico observado a lo largo de veinte años me ha conducido a pensar que la enfermedad antisocial es más bien una enfermedad de niños normales perturbados por su medio” y luego, en el mismo texto se pregunta “¿Y qué espera de nosotros? Espera que estemos contentos de que nos robe, de que nos fatigue, espera que adore el hecho de que arme un revoltijo en cualquier parte y que estemos siempre presentes para controlar su exhibición de fuerza, de modo tal que él no necesite protegerse o proteger a los demás. En suma, aún está esperando a la madre ideal de su infancia, que nunca tuvo. Pero el problema es que cree en ella”[2].
Se podría pensar que en Ana existe una fuerte disociación entre un self profundo que no interviene en los vínculos con el ambiente y un self adaptativo, disociado, que se desarrolla a expensas de un empobrecimiento afectivo y da lugar a sentimientos de vacío y futilidad, sentimientos que uno, empáticamente, percibe cuando se vincula con Ana. Dichos sentimientos Ana pareciera querer taponarlos mediante sensaciones tales como escaparse de las instituciones, subirse a los techos, estar un tiempo en situación de calle, consumo de sustancias, entre otras, en un intento quizás por sentirse libre y real. Sin embargo, no pareciera ser esto de lo que habla Winnicott cuando se refiere a un vivir pleno, al contrario, para el autor la vida solo es digna de ser vivida cuando la creatividad forma parte de la experiencia vital del individuo, el vivir creativamente significaría no ser muerto o aniquilado todo el tiempo por la sumisión o la reacción a lo que nos llega del mundo, significaría ver las cosas de un modo nuevo todo el tiempo. Es decir, para que la vida tenga sentido la actividad motivada debe predominar sobre la reactiva, y en Ana, vemos un predominio de ésta sobre aquella, de allí, sus sentimientos de futilidad.
Winnicott plantea  una continuidad entre la creatividad primaria, la ilusión y la actividad creadora del adulto. A su vez, el espacio transicional entre la madre y el bebé se continúa en el juego compartido y se amplía hacia las actividades culturales. La creatividad implicará entonces retener, a través de la vida, algo que pertenece propiamente a la experiencia del infante: la posibilidad de crear el mundo, la persona, en el transcurrir de su vida hará, y es a partir de ese  hacer creativo que reforzará y recreará el sentimiento de continuidad de su existencia. Al ser la tendencia antisocial en sí misma una defensa, esto acarreará un empobrecimiento de la persona total, alterándose además su capacidad para la espontaneidad y la creatividad, dado que las mismas solo pueden desplegarse cuando se tiene asegurada la existencia  de un marco simbólico que garantice y de sentido a la experiencia de vivir.
Un eje fundamental que atraviesa toda la obra del autor es la idea de procesos, de tiempos, que se van desarrollando en un continuo, plasmado en el propio experimentar del “ir siendo”. Lo traumático en tanto, implicará la ruptura de esta continuidad existencial, obstruyendo de este modo las tendencias a la unidad e integración de ese sujeto. Podemos pensar que el abandono materno significó para Ana una importante irrupción en su continuidad, su mundo cambió abruptamente y fue quizás ahí donde tuvo que comenzar a tomar precauciones y defenderse de ese mundo que estaba dejando de ser suficientemente bueno. Un ambiente caótico, para un niño es sinónimo de imprevisibilidad, en el sentido de que siempre deberá estar preparado para el trauma y esconder el sagrado núcleo de su personalidad. Crecerá en un ambiente de constante confusión presentando serias dificultades en cuanto a la orientación de su propia vida. Detrás de la aguda confusión mental estará el recuerdo de una angustia impensable cuando por una vez al menos, encontraron el núcleo de su self y lo lastimaron. Esta angustia puede ser descrita como una caída perpetua, como falta de orientación y de sentido que estos niños llevan como amenaza permanente. Quizás sea algo de esta angustia de lo que Ana tiende a escapar, pareciera que la adolescente debe preocuparse más por evitar el displacer que por buscar el placer, generando rígidas defensas que tienden a proteger al verdadero y vulnerable self de nuevos e impensables sufrimientos.
En Ana, son sus actos y no sus palabras los que suelen expresar sus padecimientos. La palabra, como aquella mediadora entre el pensamiento y la acción, no es un instrumento al que Ana pueda acceder fácilmente. Por lo tanto, las carencias tempranas a las que se vio sometida tienen escasas posibilidades de aparecer en forma de alusión simbólica y repite compulsivamente sin poder poner un coto a dichas actuaciones, pareciera que está constantemente sobreviviendo, circulando, pero sin saber hacia dónde se está dirigiendo.
Es decir, toda la vida de Ana pareciera ser una reacción a ese primitivo abandono, del cual no puede hablar pero que genera constantes efectos en su cotidianeidad, Ana pareciera gritarle al mundo que hay algo en ella que le duele y mucho, algo que no puede tramitar sola y que necesita que los demás se responsabilicen por ello. Se comprenden de este modo el porqué de sus sentimientos de vacío, de enojo, de bronca, de que nada de un  proyecto para su vida tenga sentido; esto claro, su discurso manifiesto, pero podemos intuir que en la intimidad de su ser, aún tiene esperanzas de que esta situación sea reparada de algún modo.
Siguiendo a Winnicott, sabemos que la tendencia antisocial presenta siempre dos tendencias, una orientada hacia el robo y la otra hacia la destructividad, recayendo según el niño el acento en una u otra. Mediante el robo el niño busca algo en alguna parte y al no encontrarlo lo busca por otro lado si aún tiene esperanzas de hallarlo, “no busca el objeto robado, si no a la madre sobre la que tiene ciertos derechos” señala Winnicott.[3]
Mediante la destructividad busca un grado de estabilidad ambiental capaz de resistir la tensión provocada por su conducta impulsiva, busca un suministro ambiental perdido, pero al mismo tiempo suele ser incapaz de aprovecharlo. Basta recordar las diecisiete instituciones en las que Ana estuvo alojada y fue expulsada por sus trasgresiones y la causa penal que se le inició por un robo para poder ver en ella la manifestación de estas dos tendencias que surgen como reacción a la deprivación.
“ (La tendencia antisocial) como característica esencial y por su propio carácter de acción representa una pérdida y para ser exactos, no la representa sino que está en lugar de ella, a modo de un pedido de límites y de encontrar un sostén, que indica una forma de esperanza”[4].
Ana es una adolescente más, de entre muchos otros, que no puede sostener en el tiempo su inclusión en un hogar convivencial, trasgrede las normas institucionales, genera conflictos con pares y adultos, fomenta discusiones entre el personal de la institución respecto a cuál es la mejor manera de intervenir frente a su sufrimiento…y sí, Ana causa fastidio. Winnicott señala al respecto: “La capacidad de causar fastidio observada en el niño antisocial es una característica esencial, y, en el mejor de los casos, favorable, por cuanto indica una vez más la posibilidad de recobrar la perdida fusión de las mociones libidinales y motilidad ( …). Dicha capacidad de causar fastidio tiene una motivación inconsciente en gran parte, pero no necesariamente en su totalidad.”[5]. Es  difícil que todos aquellos que interactúen con ella desde un plano profesional comprendan que sus transgresiones implica una esperanza subyacente, como así también que son la manifestación de un profundo sufrimiento. Y cuando esto no se comprende la reacción es la expulsión, la institución plantea no estar en condiciones de poder sostenerla, incrementando de este modo la necesidad de Ana de continuar, cada vez más imperiosamente, buscando un ambiente que sí la tolere, que sí resista y que dicha fortaleza pueda ser puesta a prueba una y otra vez.




Referencias

[1] Winnicott, D Deprivación y Delincuencia. Pág. 246.
[2] Winnicott, D.D. Acerca de los niños. Pág. 88.
[3] Winnicott, D.D. Deprivación y Delincuencia pág. 150.
[4] Pelorosso, A. “La Tendencia Antisocial Raíz de la Delincuencia” disponible en www.edupsi.com/ winnicott
[5] Winnicott D.D. ibidem.

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