lunes, 20 de junio de 2011

Psicopatía en niños y adolescentes: modelos, teorías y últimas investigaciones. Halthy, L., Martinez, A., Requena, C., Santos, JM, Ortiz. T.

Resumen
La mayoría de las investigaciones realizadas en torno a la psicopatía se han realizado sobre población adulta. Estudiar la población adulta ha sido importante para conocer aspectos relevantes de este trastorno como por ejemplo, la gran vinculación que existe entre la psicopatía y la criminalidad, el mal ajuste al tratamiento que tienen estas personas, la incapacidad que tienen de sentir determinas emociones, y otros muchos aspectos que hacen que estas personas sean un peligro potencial para aquellos que están a su lado.

 
Existen varias razones por las cuales no hay muchas investigaciones en muestras infantiles; entre ellas nos encontramos con que para muchas personas resulta incómodo hablar de psicopatía en niños, parece que resulta poco ético “colgar” tan pronto una etiqueta tan peyorativa como esa, pero lo cierto es que las investigaciones demuestran que este trastorno se empieza a gestar en la infancia. 
No obstante lo dicho se sabe por investigaciones longitudinales que la psicopatía tiene su origen en la infancia y adolescencia y que es una variable predictora de un comportamiento adulto criminal, específicamente puntuaciones elevadas en el rasgo de insensibilidad emocional que está muy relacionado con la presencia de un comportamiento antisocial y trastornos de conducta, por lo tanto, es un factor importante en desarrollo de la psicopatía. A pesar de eso, hay que tener muy presentes las características evolutivas propias de un adolescente ya que a menudo algunos de los síntomas asociados a la psicopatía pueden presentarse en la adolescencia como una etapa evolutiva más y por lo tanto correr el riesgo de diagnosticar falsos positivos.
Uno de los esfuerzos importantes por entender el concepto de psicopatía en niños vino de la mano de Lynam y col.[2009] donde revisando investigaciones se dio cuenta de que aquellos niños con problemas de conducta como el trastorno oposicionista desafiante y/o trastorno de conducta con TDH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad) mostraban una particular forma severa de comportamiento antisocial y correlatos neuropsicológicos (bajo arousal cortical y déficits en la función ejecutiva) que hacían que este grupo de niños tuviera características similares a los adultos con psicopatía. Una segunda línea de investigación que intentaba extender el concepto de psicopatía a los niños fue la desarrollada por Barry y col. [2000], esta línea de investigación pretende poner énfasis en el rasgo de insensibilidad emocional que englobaría la falta de empatía, falta de culpa, encanto superficial, constricción de las emociones, que tanto énfasis ha tenido en el estudio de la psicopatía adulta. 


En línea con esta argumentación, los niños que tienen problemas de conducta y que tienen elevados niveles del  rasgo de insensibilidad emocional tienen una gran variedad y severidad de comportamiento antisocial y han tenido más contactos con la policía, que aquellos niños sin el rasgo de insensibilidad emocional.
Desde la neurociencia existen investigaciones en las que se sugieren que las dificultades emocionales asociadas a este tipo de jóvenes interfieren con el proceso de socialización moral del sujeto y lo colocan en un riesgo muy alto de desarrollar comportamientos antisociales. A la hora de intentar explicar por qué estos niños muestran una disfunción emocional y una pobre socialización, nos encontramos con dos teorías interesantes: la hipótesis del bajo miedo, y el modelo de mecanismos de inhibición de la violencia. La hipótesis del bajo miedo sugiere que el fallo en la socialización es el resultado de una atenuada capacidad para experimentar el miedo, y como resultado de ello, una reducida capacidad de ajustar su comportamiento ante las consecuencias negativas de sus acciones. 


El soporte empírico de esta hipótesis la encontramos en todos aquellos trabajos relacionados con la incapacidad en la potenciación del reflejo de sobresalto ante la estimulación negativa. El modelo de inhibición de la violencia sugiere que hay un sistema que responde preferentemente a emociones de miedo y tristeza. El funcionamiento integral de este sistema es crucial para la socialización ya que los individuos sanos aprenden a evitar iniciar aquellos comportamientos que provocan tristeza o miedo en los otros porque resulta aversivo para el observador.
Desde la perspectiva biológica se sugiere que una disfunción en la amígdala puede estar crucialmente implicada en la dificultad de estos sujetos de experimentar determinadas emociones ya que la amígdala está implicada en el reconocimiento de expresiones emocionales, entre ellas, el miedo. No obstante lo dicho, la amígdala no sería el único sistema alterado; también hay otras regiones como la corteza prefrontal ventromedial, encargada de la modulación emocional de la actividad cognitiva, desempeña un papel de intermediaria entre las estructuras cerebrales responsables de la cognición y las que controlan las emociones.
Si relacionamos los resultados encontrados a nivel neural con las características psicológicas en este tipo de sujetos, un elemento importante a tener en cuenta es que estas disfunciones neurobiológicas afectan al proceso de socialización. Resulta muy complicado socializar a un niño que no es capaz de aprender del castigo y que las expresiones emocionales de los demás asociadas a la tristeza y al miedo no las procesan de la misma manera; por lo tanto no tiene los frenos naturales para su comportamiento. Es importante tener en cuenta estos resultados ya que las disfunciones que presentan los niños con características psicopáticas hacen muy complicada su socialización.

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