martes, 14 de junio de 2011

PROPUESTA DE UN MODELO INTEGRADOR DE LA AGRESIVIDAD IMPULSIVA Y PREMEDITADA EN FUNCIÓN DE SUS BASES MOTIVACIONALES Y SOCIO-COGNITIVAS

Resumen
El análisis de la motivación de la agresión nos abre un camino especialmente prometedor hacia la comprensión de los mecanismos etiológicos implicados en la agresividad. La agresión no sólo tiene como función producir daño a la víctima sino que se ve acompañada de múltiples y variados motivos, funciones e intenciones. Así, hay distintos y complejos caminos que nos conducen a la violencia como, por ejemplo, la consecución de beneficios, logros y recompensas. Todavía falta mucho por conocer cómo se genera la agresividad en el ser humano pero no cabe duda alguna de que comprender nuestra agresividad requiere preguntarse por los motivos que impulsan nuestro comportamiento. A partir de estas consideraciones teóricas, este artículo plantea un modelo integrador de la agresividad impulsiva y premeditada en función de sus bases motivacionales y socio-cognitivas. PALABRAS CLAVE: Agresión impulsiva y premeditada, Agresión reactiva-proactiva, Modelo integrador de la agresividad.


Abstract
The analysis of the motivation of aggression shows an especially promising pathway toward the understanding of aggressiveness. Aggression does not only have the purpose of producing immediate damage to the victim but, rather, there are many reasons and intentions for it. There are multiple and varied pathways that lead to violence as, for example, benefits, achievements, or rewards. We still lack knowledge about the origins of aggression in the human being, but in order to understand aggressiveness, we must ask about the reasons that drive our behavior. According to these theoretical considerations, this paper proposes an integrative model of impulsive and premeditated aggression according to its functional and socio-cognitive bases.
KEY WORDS: Impulsive and premeditated aggression, Reactive-proactive aggression, Integrative model of aggressiveness.

Los fines proximales y distales de la agresividad.

Considerar las funciones de la agresión es reflexionar sobre la propiedad fundamental de la conducta “motivada” que es la de estar orientada a la consecución de metas y objetivos. El comportamiento agresivo no está carente de objetivos, sino que por el contrario está dirigido al logro de una meta o finalidad específica. Claro está que la conducta orientada al daño se ve guiada por el propósito deliberado y la intencionalidad. No obstante, la planificación y la ejecución deliberada de comportamientos agresivos está mediada por diferentes procesos y mecanismos psicobiológicos y socioculturales (Berkowitz, 1996; Ramirez y Andreu, 2006; Siever, 2008).
Durante las últimas décadas, la agresividad se ha clasificado de varias maneras en función de su expresión (p. ej., física o verbal; directa o indirecta) o según el objetivo de la agresión (p. ej., dirigida a uno mismo o a otras personas).
Sin embargo, el estudio de las funciones motivacionales de la agresión ha dado lugar a una conceptualización dicotómica que es la que más valor heurístico presenta y es la que establece una clara distinción entre agresión impulsiva –reactiva- y premeditada –proactiva- (Andreu, Ramirez y Raine, 2006). En pocas palabras, esta dicotomía viene a reflejar la acción de los procesos biológicos, psicológicos y sociales en la ejecución de una conducta agresiva. Estos procesos corresponderían a distintos momentos en la secuencia que se origina en la codificación de indicios en una interacción social, el deseo de una meta, su búsqueda y, finalmente, la ejecución de la conducta. Psicológicamente, la motivación tendría que ver con aspectos direccionales y prospectivos; mientras que la emoción haría referencia a reacciones afectivas referidas a la progresión eficaz hacia una meta determinada (Barratt et al., 1999). Bien es cierto que toda agresión conlleva la intención de causar daño, pero el perjuicio no siempre es siempre su principal objetivo o motivación.

Existirían objetivos tanto a corto como a largo plazo. Es decir, los agresores pueden tener otras metas en mente, además de la de producir daño, cuando atacan a sus víctimas. Para aclarar estos aspectos, Bushman y Anderson (2001) incorporan la distinción entre metas o fines últimos e inmediatos que permite comprender mejor las motivaciones de la agresión. La intención de causar daño estaría presente en toda agresión, aunque pueda expresarse de manera necesaria sólo como un fin inmediato. Claramente, es el caso de la agresión impulsiva u hostil. Por el contrario, el fin último puede conducir a diferentes formas de agresión, de acuerdo a si se obtiene beneficio o no. La distinción entre fines últimos o inmediatos permite analizar cuáles son los procesos comunes y específicos entre ambos tipos de agresión, con la ventaja de poder incluir motivos tanto emocionales como instrumentales en un mismo acto de agresión (Andreu et al., 2006; Raine et al., 2006).

Al evaluar la naturaleza y génesis de la agresión, la investigación actual ha conceptualizado la agresión impulsiva como una agresión afectiva, hostil y reactiva; con altos niveles de activación neurovegetativa (Siever, 2008). Normalmente este tipo de agresión se produce en respuesta a una amenaza percibida o a una provocación, ya sea ésta real o imaginada. Por lo general, se caracteriza por presentar niveles de activación emocional de enfado y/o miedo (Dodge, 1991; Vitaro, Brengden y Tremblay, 2002); y habitualmente representa una respuesta a un estrés percibido y se vuelve patológica cuando las respuestas agresivas son exageradas frente a una provocación emocional (Siever, 2008).
Por el contrario, la agresión premeditada suele definirse como una agresión instrumental, controlada o proactiva. Este tipo de agresión es calificado como instrumental porque tiene un objetivo más allá del daño que se le produce a la víctima, ya que es utilizada como un instrumento o medio para alcanzar un objetivo. Los actos de agresión proactiva no se producen en respuesta a una provocación percibida ni se caracterizan por elevados niveles de enfado o frustración (Dodge, 1991). Veamos a continuación cada uno de estos tipos más detenidamente.

La agresividad impulsiva y su objetivo inmediato: el daño

La agresividad cuya motivación es reactiva hace referencia a una conducta impulsiva, impensada, derivada de la ira y basada en la motivación inmediata de dañar al objetivo como resultado de una provocación percibida.
Dado que su objetivo principal es provocar daño, se le ha denominado frecuentemente “agresión reactiva”, “agresión afectiva” o “agresión hostil”; dado que se acompaña de una activación emocional desagradable con notable excitación neurovegetativa. Sencillamente, esta agresión “estalla” como resultado de una cadena formada por nuestras actitudes y emociones, unidas al deseo irrefrenable de dañar a la víctima. La agresión impulsiva estaría relacionada con mecanismos de condicionamiento del miedo y el control afectivo, de ahí que ante la percepción de daño o dolor se halla automatizado la respuesta agresiva para evitar a través de esta conducta su cese. Y esto es así porque la amenaza que fundamenta la agresión impulsiva está ligada a la percepción de una amenaza que no es en la mayoría de los casos una amenaza real contra nuestra supervivencia o bienestar físico sino que, por el contrario, es psicológica por lo que a través del desprecio, la dominación y el engaño se dirige contra nuestra propia autoestima. Claro está que aunque la amenaza se dirija a nuestra frágil autoestima, la reacción agresiva puede desencadenarse con tanta intensidad y fiereza como si nos viéramos en peligro de muerte.

Los profesionales de la psicología y psiquiatría deben de ser especialmente precavidos a la hora de valorar psicopatológicamente la agresividad hostil e impulsiva, no premeditada, cuando trabajen con individuos que tengan un largo historial de agresiones hostiles. Precisamente, en un informe reciente, la Organización Mundial de la Salud, estimando que 1.430.000 individuos al año mueren a causa de violencia autoinfligida o interpersonal en todo el mundo, señaló que la mayoría de estos actos no eran planeados sino que se trataban de agresiones marcadamente impulsivas (Siever, 2008).
En el proceso psicológico “reactivo”, el agresor considera que el atacante es el responsable de su dolor, que éste ha sido deliberado e injustificado y que, inmediatamente, hay que reducir, castigar o eliminar tal ofensa. Odio, ira, frustración e irritación son términos que reflejan los complejos procesos cognitivos y emocionales que nos conducen a la agresión reactiva que acaba en forma de venganza ante la ofensa recibida. Como una tormenta que ensombrece nuestro funcionamiento normal, ante la amenaza, la reacción emocional candente nos conduce al odio, a la reacción violenta sin contemplar el daño que podemos provocar y sus consecuencias, anulando, en otras palabras, nuestra capacidad de empatía. La Tabla 1 presenta algunas de las características diferenciales entre este tipo de agresividad y la premeditada.

Tabla 1. Algunas características diferenciales entre agresividad impulsiva y premeditada

Agresión impulsiva

- Afectación emocional negativa (enfado, ira u hostilidad).
- En respuesta a una provocación percibida.
- Tendencia a atribución de hostilidad.
- Impulsiva.
- Historia de victimización y maltratos.

Agresión premeditada

- Agresión con un objetivo y que no es provocada.
- No hay activación emocional negativa.
- Creencia en la eficacia positiva y en los resultados de la violencia.
- No impulsiva.
- Exposición a modelos agresivos.

La agresividad premeditada y su principal objetivo: el beneficio

Tradicionalmente, la agresión premeditada es descrita como un comportamiento motivado por objetivos diferentes al mero hecho de dañar a la víctima (Siever, 2008). Por lo tanto, esta agresión instrumental, además de causar daño, tiene otros objetivos por lo que constituye un esfuerzo para la coacción o la defensa del propio poder, dominio o estatus social (Berkowitz, 1996). Es proactiva más que reactiva ya que su meta principal no sería dañar a la víctima sino lograr alguna otra consecuencia, como el acceso y control de recursos o beneficios.
Precisamente, la teoría de la interacción social, formulada por Tedeschi y Felson (1994), interpretó acertadamente la conducta agresiva y las acciones coercitivas como conductas influidas socialmente. Es decir, el agresor usaría la agresión para obtener algo de la persona a la que se dirige la agresión (p. ej., información, dinero, sexo, seguridad), para hacer justicia o reparar algo que se hizo mal por el otro, o, finalmente, parar proporcionar una mejor imagen social o incluso identidad (dureza, competencia). De acuerdo con esta teoría, el agresor selecciona una opción decidiendo entre distintas alternativas en función de las recompensas que se esperan obtener y de su coste. El que agrede ha tomado una decisión orientada hacia la búsqueda de una meta, incluso también en la agresión hostil, a través de la cual la agresión advierte al provocador para que “mida” su conducta.

La agresión premeditada es cuidadosamente planificada y puede llegar a ser tolerada por la sociedad, como sucede en tiempos de guerra. Es perpetrada en un momento determinado, de forma consciente, deliberada y sopesada. Dado que la reactividad emocional es escasa o nula, el agresor tiene mucho tiempo por delante para planificar y premeditar antes de que la agresión tenga lugar. Así, esta agresión instrumental es fría y premeditada como un trabajo que hay que hacer por motivos claros. Más que una tormenta que surge ensombreciendo y apagando el funcionamiento normal de nuestra conducta, la agresión proactiva parece estar gobernada por una máxima doctrinal fría, calculadora e implacable en la mente del agresor: “el fin justifica los medios” (Beck, 2003). La Tabla 2 presenta los principales correlatos y mecanismos etiológicos implicados en ambos tipos de agresión según las investigaciones actuales.
Es importante señalar en este punto que el análisis de los diferentes correlatos y mecanismos es particularmente útil para comprender la función, intencionalidad y propósito de la agresión. Además, al tener diferentes antecedentes y consecuentes socio-cognitivos, emocionales y comportamentales, ambos tipos de agresión presentan importantes implicaciones para el diagnóstico, prevención e intervención terapéutica de la conducta agresiva (Kempes et al., 2005; Merk et al., 2005). Incluso, como han señalado varios autores, esta distinción es especialmente útil en los casos en los que se valora la responsabilidad criminal y el riesgo de reincidencia en delincuentes juveniles violentos (Barratt y Feltohous, 2003; Kudryavstev y Ratinova, 1999; Vallés y Hilterman, 2006).

Tabla 2. Correlatos de la agresividad impulsiva (Tipo I) y premeditada (Tipo II)

TIPO II
(premeditado-proactivo)
Desencadenantes
Dolor, amenaza, miedo, ira
Beneficio, diversión, placer
Correlatos cognitivos
Sesgos atribucionales hostiles
Autoeficacia
Distorsiones cognitivas
Justificación y evaluación positiva de las
consecuencias
Correlatos motivacionales
Producción de daño
Obtención de beneficio
Correlatos emocionales
Remordimiento, culpabilidad
Bienestar, satisfacción
Mecanismos básicos de aprendizaje
Reforzamiento negativo
Reforzamiento positivo
Correlatos neurobiológicos
Amígdala
Cortex prefrontal
Hemisferio derecho
Hemisferio izquierdo
Correlatos psicopatológicos
Trastorno explosivo intermitente
Trastorno disocial
Trastorno negativista desafiante
Trastorno antisocial de la personalidad
Trastorno límite de la personalidad
Psicopatía
Correlatos socio-culturales
Mayor aceptación
Menor aceptación

TIPO I
(impulsivo-reactivo)

Hacia un modelo comprensivo de la agresividad impulsiva y premeditada

“La ciencia está formada por hechos, como la casa está construida de piedras, pero una colección de hechos no es una ciencia, así como un montón de piedras no es una casa”. Esta analogía del prestigioso matemático Jules Henri Poincaré es citada por Anderson y Bushman (2002) para reflejar el status quo de la investigación científica de la agresión y la necesidad imperiosa de integrar las miniteorías existentes en este campo de investigación para poder construir de un montón de piedras una casa. Esta analogía refleja también el sentimiento de muchos otros investigadores, como también señaló Bandura en 1973, al pedir una teoría global que integrase tanto la agresión hostil e impulsiva como la instrumental o premeditada.

A pesar del valor heurístico de algunos modelos integradores, como el propuesto por Anderson y Bushman (2002), éstos sin embargo no explican en concreto qué variables o qué procesos psicológicos actúan específicamente en el organismo para que en una determinada situación se seleccione una respuesta agresiva. En otras palabras, no responden a cuestiones tales como las siguientes:

¿Cómo se evalúa una situación amenazante?
¿Qué emociones intervienen en concreto?
¿Cómo actúan nuestros pensamientos y creencias?
¿Qué otras variables cognitivas y conductuales modulan la agresión?
¿Qué consecuencias tienen para el agresor?

Dados todos estos interrogantes, es necesario postular un modelo integrador de la agresividad que contextualice tanto los factores socio-cognitivos, afectivos y conductuales como contextuales o situacionales. En la propuesta teórica integradora que se presenta en este trabajo, la agresión es conceptualizada, en primer lugar, como una respuesta (conducta) mediada por diferentes procesos emocionales, cognitivos, de auto-regulación e inhibición/desinhibición; mientras que la agresividad sería comprendida como un constructo que denota un complejo proceso psicobiológico que, de forma directa o indirecta, tiene por objetivo producir un daño, físico o verbal, que pone en peligro, activa o pasivamente, la vida y supervivencia de otro individuo (lesiones, muerte, daños psicológico y privaciones); así como su bienestar e integridad (reputación, dignidad, indefensión, autoestima y seguridad).

En segundo lugar, este modelo parte de que la agresividad se origina a través de la valoración constante entre la significación del contexto o situación y de las posibles repercusiones o consecuencias de lo que le está ocurriendo a la persona en un episodio agresivo. La agresividad surgiría así ante una serie de procesos cognitivos y conductuales que se desarrollan originariamente para manejar situaciones amenazantes en un proceso de interacción constante entre el individuo y el contexto en el que median cuatro procesos fundamentales:

a) procesos de valoración primaria y secundaria;
b) procesos cognitivos (evaluación y decisión);
c) procesos de auto-regulación, y
d) procesos de inhibición/desinhibición.

Figura 1. Modelo integrador de la agresividad impulsiva y premeditada

Suceso amenazante
Valoración primaria 
(activación/emoción)
Valoración secundaria 
(evaluación del contexto)
(Procesos de valoración) 
Estructuras cognitivas
(Procesos cognitivos)
Variables moduladoras de la persona y del contexto
(Procesos de inhibición/desinhibición)
Selección de la respuesta (Agresión)
Consecuencias
(Procesos de auto-regulación)

a) Procesos de valoración primaria y secundaria

Las situaciones amenazantes producirían un aumento general de la activación fisiológica, fundamentalmente a través de la rama simpática del sistema nervioso autónomo que es la encargada de activar al organismo en
situaciones en las que un peligro o amenaza aparece de forma repentina e intensa (por ejemplo, la sangre recibe adrenalina, aumenta la respiración, el ritmo cardíaco y la presión arterial, entre otros parámetros fisiológicos). Los sistemas de activación nos avisan de que ocurre algo importante. Así, la activación nos encierra en el estado emocional en que nos encontramos cuando ocurre, a no ser que suceda algo más amenazante para que la activación cambie (Ledoux, 1999).



Departamento de Personalidad, Evaluación y Psicología Clínica
Universidad Complutense de Madrid
Psicopatología Clínica Legal y Forense, Vol. 9, 2009, pp. 85-98.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada