jueves, 16 de junio de 2011

PROBLEMATIZACIÓN DE LA POSMODERNIDAD. ROBERTO VARGAS ARREOLA. PSICOTERAPIA PSICOANALÍTICA. Mexico

Álvarez (2003) propone un ejercicio analógico entre la etapa adolescente y la posmodernidad. Fundamenta sus planteamientos en el culto a la juventud que promueve la condición posmoderna, reproduciendo la idealización del cuerpo joven, la primacía de la imagen por sobre cualquier otro tipo de representación, la promoción del individualismo, las sensaciones de vacío y sinsentido, la indiferencia, la confusión y la desubicación espacial y temporal.
La posmodernidad, de acuerdo con Beuchot (1996), se caracteriza por poner en crisis la razón ilustrada, la cual falló porque produjo guerras y genocidios, hambre e injusticia, y no se cumplieron las promesas de bienestar que traía. Además, se encerró en callejones sin salida, incurrió en muchos absurdos y el lenguaje –su vehículo de expresión- se vació de significado. Esta crisis, consecuentemente, deviene de eventos fatales como las guerras mundiales, los ataques nucleares, la carrera armamentista, los intentos fallidos de llevar a la práctica sistemas como el socialismo, el debilitamiento del Estado y las instituciones sociales, y la represión contra grupos manifestantes.


Vives (2004, pag, 2), por su parte, propone que para definir la posmodernidad, es necesario analizar la emergencia de un conjunto de manifestaciones sociales que culminaron, como consecuencia de las contiendas devastadoras de la Segunda Guerra Mundial, en una modalidad de pensamiento de corte pesimista. Esta modalidad surgía ante la reacción desilusionada de los ideales de la Revolución Industrial, “ya sin fe en las promesas que se hicieron en el Siglo de las Luces -la Ilustración- y su diosa central, la Razón”.
Esta reacción de pesimismo y desilusión, en consecuencia, se manifestaba en aquello que aludiera al progreso, el dominio de la naturaleza, la revolución de las máquinas y la promesa de tiempos futuros que permitieran la cultivación de las artes y la reflexión. El ser humano comprobó que el progreso técnico había desembocado en guerras, masacres, campos de exterminio y bombas cuyo poder destructor puso en entredicho la supervivencia del género humano. Freud (1932), en medio de enfrentamientos bélicos, sugirió que el ser humano preserva su vida destruyendo la ajena. La orientación de la pulsión de muerte hacia actos destructivos en el mundo exterior, alivia al ser viviente asegurando su supervivencia.

Desde una perspectiva distinta, Minsky (2000) señala que los cambios sociales, políticos, tecnológicos y económicos, --las relaciones entre hombres y mujeres, las rupturas familiares, el aumento de familias monoparentales, el fin de la guerra fría, la decadencia del dominio europeo, el surgimiento del poder económico asiático, la globalización, la revolución electrónica, la creciente división entre ricos y pobres, la acentuación del sentimiento de fragmentación social y los daños medioambientales como el calentamiento global y el agujero en la capa de ozono--, resultan confusos y contradictorios, perturbadores y atemorizantes para la cultura contemporánea.

Propone, en un sentido analógico con la identidad, que la cultura posmoderna se sustenta por poderosos procesos inconscientes, además de conscientes. Sus planteamientos se fundamentan en que no puede pensarse la inmensa complejidad y diversidad de la cultura y sus cambios si sólo se utiliza el lenguaje de la conciencia y la racionalidad. Por tal motivo, los postulados psicoanalíticos sugieren que la historia dirige y produce válvulas de escape para estos procesos inconscientes, encarnando en el chivo expiatorio los contenidos negados y escindidos de la cultura (el ser mujer, protestante, católico, judío, musulmán u homosexual).
Por otra parte, refiere que aunque en años recientes la identidad y la cultura se han examinado en términos de modernidad y posmodernidad, como las categorías binarias de “masculinidad y feminidad”, “naturaleza y cultura”, “derecha e izquierda”, esta manera de pensar en oposiciones sobre el ser humano y el mundo, excluye todo lo que de alguna manera alude al “otro” (aproximación), y consecuentemente a las desagradables realidades de la ambigüedad, la contradicción, la impredecibilidad y la incertidumbre.

Elliot (1997), por su parte, puntualiza que en las condiciones sociales contemporáneas, las esperanzas y anhelos entrañables están en continuo diálogo con las preocupaciones más angustiosas y los terrores más grandes. Sin embargo, las ambivalencias de la vida moderna no están cerradas sobre sí mismas, aisladas del mundo sociohistórico. Por el contrario, la sociedad participa de forma activa en la construcción de las esperanzas y temores más íntimos.
Señala que los fenómenos y tendencias sociales no resultan fortuitos si se trata de forjar la identidad personal ya que constituyen en cierta medida la textura interior de la experiencia propia, con la concomitante penetración entre los mundos internos y externos que hacen una trama, permitiendo el entrecruzamiento de la fantasía y la cultura.

El autor propone que en la teoría social reciente hay dos maneras diferentes para pensar las relaciones entre la experiencia personal y cultural, y las transformaciones institucionales contemporáneas. Estas discusiones atañen a las ideas de modernidad y posmodernidad como diagnóstico de la época actual:
1.- El argumento modernista sostiene que la experiencia personal y cultural en el mundo contemporáneo implica tensiones y ambigüedades diversas, cuya característica distintiva implica contradicción, fluidez y fragmentación. Estas inestabilidades se hallan directamente conectadas con el proceso de modernización. La modernidad es un orden social postradicional, que trae consigo el continuo derrumbe de los supuestos colectivos, las tradiciones y las costumbres que antes prevalecían.
El mundo globalizado de la interconectividad institucional, marcado por un veloz cambio tecnológico e industrial, es experimentado de modo ambivalente por la gente –como oportunidad que entusiasma y como riesgo que amenaza-. Una apertura al mundo social puede significar la oportunidad para la experimentación y la renovación, la transformación y la autonomía. Pero igualmente puede significar el riesgo de la confusión personal y cultural, la desintegración de las cosas que parecían sólidas y seguras. De aquí el dilema modernista central: Intentar alcanzar un equilibrio personal entre la seguridad y el riesgo, entre la oportunidad y el peligro.
2.- El posmodernismo, por otro lado, reconoce algo diferente en la experiencia cultural contemporánea. Reacciona contra la fatiga de la tramitación modernista del riesgo y la incertidumbre, y es así como intenta, sin más, disolver el problema. El posmodernismo sostiene que la ambivalencia cultural no puede ser superada, que la ambigüedad y la discontinuidad no pueden ser resueltas, que la organización social y cultural no puede ser controlada y ordenada racionalmente.

La posmodernidad niega que haya alguna verdad reprimida en la senda de la modernidad, y en esa medida refunde la sociedad y la historia como descentradas; sólo hay imágenes del pasado montadas desde diferentes puntos de vista. Desde esta perspectiva, el mundo caótico y multidimensional de la comunidad global desemboca en una pluralidad de relaciones e identidades culturales (étnicas, religiosas, sexuales, culturales y estéticas), abriendo camino hacia otras posibilidades y vías de experimentar el mundo. Sin embargo, también abre camino a interrogantes sobre cómo explicar las fragmentaciones y dislocaciones recientes de la subjetividad cuando se admite que la gente experimenta su identidad como algo central de su vida cotidiana.
Vives (2004), por su parte, señala que los síntomas más importantes de la época posmoderna han devenido de la crisis de la institución familiar, el incremento del estrés social y la intensificación de la violencia en todos los ámbitos sociales: en la familia, en las ciudades, en las diversas tradiciones culturales o religiosas, y entre las naciones. Estos síntomas constituyen la expresión del descrédito en el que han caído los postulados de la posmodernidad, así como del vacío dejado por las ideologías políticas fracasadas y por las religiones caducas y deterioradas.

Sobre la crisis de la institución familiar, señala que la familia rural, extensa, de gran habilidad cohesiva y de corte fuertemente patriarcal, dejó el paso a las familias urbanas, nucleares y con una tendencia creciente a la horizontalidad jerárquica de las relaciones. Propone que la migración masiva de las poblaciones desde los espacios rurales hacia las áreas urbanas provocó un cambio radical en la fisonomía y la dinámica de las ciudades, cuyo gigantismo parecería no tener límite. La familia urbana de tipo nuclear, ha quedado circunscrita a su expresión más elemental: los padres y uno o dos hijos como máximo.
Por otra parte, plantea que a partir de la Segunda Guerra Mundial y del ingreso de la mujer a la planta productiva, la familia ha cambiado de manera radical su estructura y la dinámica de sus interacciones (Vives, 2004). Al derrumbarse el tabú ancestral relacionado con el trabajo como prerrogativa masculina, la mujer salió del estrecho ámbito del hogar y se abocó a trabajar en fábricas y oficinas.
Se produjo, de la misma forma, la posibilidad de entrar con mayor apertura y profundidad en los esquemas educativos, de matricularse en carreras universitarias nunca imaginadas por los estándares morales sociales y por las conservadoras costumbres de la sociedad victoriana, así como de ganar espacios sociales en el voto y en derechos humanos respecto al trabajo, la remuneración y la posibilidad de pensamiento.
Estos cambios sociales –muchos de los cuales han tomado impulso en virtud de los movimientos de liberación femenina- han contribuido en abatir la ancestral dependencia económica de la mujer en su relación con el varón como único proveedor del hogar, y consecuentemente, a disminuir el sometimiento que había sido característico –y obligado- en las mujeres.

Desde otra perspectiva, Vives (2004) expone que una consecuencia de la tasa actual de divorcios está relacionada con la alta incidencia de los segundos, terceros y cuartos matrimonios, así como de las familias reconstruidas, que imponen a sus componentes problemáticas especiales que requieren de soluciones particulares a los conflictos que éstas conllevan. Así, señala la importancia de establecer acuerdos que incluyan nuevas modalidades de relación con papeles parentales, que no necesariamente corresponden a los padres biológicos. Esta situación, según plantea, ha cambiado de forma radical el panorama de la familia contemporánea, su dinámica, el tipo de vínculos que se forman en su seno, incluso el modo en que el Edipo se constituye, así como las nuevas normas y estructuraciones en torno al incesto.
En suma, Ungar (2006) esboza que las familias actuales, las cuales quedan excluidas del modelo de familia nuclear burguesa en la que la sexualidad de la pareja conyugal monogámica y heterosexual resultaba el paradigma de la sexualidad normal, han abierto un espacio de reflexión. Esto, confronta al psicoanalista con la necesidad de evitar una posición normativa que condene los modelos de la época. Presenta, en ese sentido, como nuevas configuraciones familiares a las familias ensambladas o reconstruidas, monoparentales, la crianza de niños por madres adolescentes, hijos nacidos de tratamientos por fertilización asistida, crianza de niños por parte de parejas homosexuales, entre otros.
Vives (2004), en consecución, sugiere que el hombre posmoderno asiste a un enorme incremento del estrés social, cuyos factores precipitantes aluden a los determinantes demográficos, la distribución desigual de la riqueza, la migración masiva y la violencia generalizada. Señala que el hacinamiento (ocurrido en las megalópolis contemporáneas o en los conjuntos habitacionales conocidos como multifamiliares), promueve un grave deterioro en el comportamiento social del ser humano.

Plantea cuatro áreas afectadas por este fenómeno social: 1) Notable aumento de conductas agresivas dentro y fuera del hogar. 2) Deterioro de ciertas actividades cotidianas de índole social: Desgaste o desaparición de pautas de interacción. 3) Aparición de pansexualismo indiscriminado, surgiendo problemáticas como indefinición en la identidad sexual y en la elección psicosexual de objeto. 4) Grave deterioro en las pautas de crianza de los hijos: Aumento del maltrato infantil, tanto en su modalidad pasiva (descuido, negligencia), como en su modalidad activa (violencia física, verbal, sexual o por explotación).
Además, Vives (2004, pag. 136) expone que la polarización entre países ricos y pobres se ha hecho cada vez más radical, cruel e inhumana: “…entre un norte pletórico de abundancia y un sur hambriento y sobreexplotado; entre poblaciones con un alto nivel de educación y grandes masas de analfabetas; entre familias que tienen un promedio de dos hijos a los que forman y educan bajo estándares de alto nivel y familias paupérrimas con diez o doce hijos, sujetos a grados de desnutrición grave –que se suceden por generaciones-y destinados a altas tasas de mortalidad infantil durante los primeros cinco años de vida”.

De hecho, Vives (2004) sugiere que el problema de la desnutrición y, de manera central, el síndrome multicarencial constituyen la causa de la tragedia cotidiana de cientos de millones de personas enfermas en el aspecto físico y mental, por ausencia de alimentos proteínicos durante la etapa formativa infantil (que los condena a un sistema nervioso central deficitario), por carencias afectivas dentro de la familia (lo que los hace inválidos emocionales), por falta de estímulos educativos y culturales (destinados a una vida de servidumbre a causa de la ausencia de oportunidades de trabajo), conllevando a que sean formados bajo las normas de una ética de la desesperación, ya que están excluidos de la prerrogativas derivadas de la Revolución Industrial, y de la ciencia y tecnología modernas.

Vives (2004, pag. 137), desde un ángulo distinto, propone que la humanidad nunca ha podido dejar de pensar en el horror del holocausto ocurrido hace apenas sesenta años. Por tal motivo, no puede sustraerse por completo del temor ante la posibilidad de una guerra nuclear; sin embargo, este temor lo ha sustituido por los problemas que la globalización ha traído, así como su secuela –plenamente vigente en nuestros días- “de esa forma de capitalismo salvaje, llamado neoliberalismo, promotor de miseria y de esa nueva modalidad de guerra despiadada llamada terrorismo”.
La inseguridad derivada de estos factores sociales, de acuerdo con su perspectiva, se incrementa por la aparición de nuevos modos de crimen organizado, por la inundación de la sociedad a causa de la violencia y los dictados del narcotráfico, por el aumento de la agresión en todos los niveles sociales y, finalmente, por la plaga de corrupción gubernamental y el imperio de la impunidad, que ha agudizado la crisis de las ideologías –tanto de izquierda (con el fracaso del comunismo real), como de derecha (con la aparición del neofascismo y neonazismo), así como el retorno a los más absurdos y retrógrados fundamentalismos religiosos. El resultado es un estado generalizado de desesperanza.

Finalmente, el último factor que incide sobre la situación posmoderna, de acuerdo con Vives (2004, pag. 138), tiene que ver con el descrédito creciente en el que han caído las religiones, con la llamada muerte de Dios. “La posmodernidad enfrenta a los seres humanos con la necesidad de construir nuevos modelos normativos con los cuales regir su conducta en la sociedad en la que conviven con sus semejantes. Los viejos valores trascendentales han sido derruidos por una sociedad de mercado, donde el dinero ha llegado a construir la prioridad ética –incluso por encima del propio ser humano”. En este contexto, cabría concluir con una irónica cita de Woody Allen, quien sugiere: “¡Si tan sólo Dios me diera una clara señal de su existencia!..., como hacer un generoso depósito a mi nombre en un banco suizo".

Bibliografía
Álvarez, D. (2003). Posmodernidad y adolescencia: Un ejercicio analógico. UIC: México
Beuchot, M. (1996). Posmodernidad, hermenéutica y analogía. UIC y Porrúa: México
Elliot, A. (1996). Sujetos a nuestro propio y múltiple ser. Amorrortu: Argentina
Freud, S. (1932). El por qué de la guerra. Obras completas, tomo XXII, Amorrortu: Argentina
Minsky, R. (2000). Psicoanálisis y cultura. Cátedra: España
Ungar, V. (2006). La tarea clínica con adolescentes hoy. Adolescencia: trayectorias turbulentas. Paidós: Argentina
Vives, J. (2004). Postmodernidad y psicoanálisis. APM Editores de Textos Mexicanos: México
Publicado por ROBERTO VARGAS ARREOLA

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada