miércoles, 6 de octubre de 2010

Los TP desde la investigación en el desarrollo de la personalidad normal en infancia y adolescencia. 2005. Rebecca L. Shiner. Oxford.Ph.D

La investigación en el desarrollo de la personalidad normal en niños y adolescentes sugiere varias conclusiones relevantes para entender la patología de la personalidad. 
Primero, el temperamento infantil y los rasgos de personalidad tienen muchos componentes en común. 
Segundo, las diferencias individuales en los jóvenes pueden describirse en términos del los rasgos para adultos del MCF. 
Tercero, si bien la personalidad ya es moderadamente estable en edad preescolar, en la vida adulta ocurren cambios considerables. 
Estos dos hechos sugieren que la personalidad infantil debe ser integrada en la investigación del desarrollo y en el trabajo aplicado en TP. ¿Existen los TP en la infancia y en la adolescencia? ¿Se originan los TP del adulto en la infancia temprana? Estas dos preguntas son esenciales para comprender la naturaleza de los TP, y su respuesta tiene profundas implicaciones en clínica y en investigación. Si los TP existen en niños, deberían dirigirse recursos al tratamiento temprano de la patología de la personalidad, tanto para aliviar el sufrimiento de los niños como para prevenir el desarrollo de TP en el adulto. Si los TP del adulto se originan en la infancia, deberían dirigirse recursos a estudiar la patogenia de la personalidad en niños y adolescentes.
Las respuestas de investigadores y clínicos a estas preguntas no son homogéneas. El DSM-IV afirma que “los TP son estables y de larga duración” y que su comienzo “puede rastrearse por lo menos al menos a la adoloscencia”, pero al mismo tiempo es demasiado cauto para diagnosticarlos en infancia y adolescencia. Hay muchos estudios que demuestran la existencia de patología de la personalidad en jóvenes, y que los TP tienen raíces patogénicas en la infancia (Cohen y Crawford, en imprenta; Geiger y Crack, 2001; Kernberg, Weiner y Bardenstein, 2000). La investigación actual en el desarrollo de la personalidad normal tiene mucho que aportar a la investigación en patología de la personalidad, fundamentalmente por las siguientes evidencias: (1) las semejanzas entre temperamento y personalidad; (2) la estructura de las diferencias individuales en niños y adolescentes; (3) la estabilidad de la personalidad a lo largo de la vida. En este artículo se revisan estos temas y se sugiere integrar el estudio del desarrollo de la personalidad a la investigación.


I. Asociaciones entre temperamento y rasgos de personalidad
Hay acuerdo en que el temperamento incluye diferencias individuales de temprana aparición, de base biológica, entre las cuales se encuentran diferencias en los procesos emocionales. Tradicionalmente se supone que la personalidad es de aparición más tardía y que incluye un rango más amplio de diferencias individuales.
Sin embargo, los estudios empíricos más recientes demuestran que los rasgos de temperamento de la infancia tienen mucho en común con los rasgos de personalidad del adulto, especialmente cuando se utiliza el MCF. (1) Tanto el temperamento infantil como la personalidad del adulto están influidos por genes y entorno (Rothbart y Bates, 1998): el temperamento infantil está influenciado por experiencias del entorno, no solo por la herencia (Ende y Hewitt, 2001), y casi todos los rasgos de personalidad tienen moderada influencia genética (Bouchard, 2004). (2) Muchos rasgos de temperamento infantil y personalidad del adulto pueden caracterizarse por emociones habituales positivas y negativas (Caspi y Shiner, en imprenta; Rothbart y Bates, 1998). (3) Ambos dominios tienen rasgos y estructura semejantes (véase la siguiente sección). (4) Las diferencias individuales se organizan jerárquicamente a lo largo de la vida: la covariancia entre descriptores específicos (por ejemplo, tensión, miedo) se explica por rasgos de segundo orden, y la covariancia entre éstos (por ejemplo tristeza, ansiedad) se explica por rasgos de primer orden (Por ejemplo Neuroticismo). (5) Se observa la misma estructura jerárquica en niños (Putnam, Ellis y Rothbart, 2001), adolescentes (Caspi y Shiner, en imprenta), y adultos (Markon, Krueger y Watson, 2005). Teniendo tanto en común, quizás sea posible incorporar el desarrollo temprano en el estudio del desarrollo de los TP. La abundante literatura disponible sobre temperamento infantil puede ayudar a aclarar el origen de los TP.

II. Estructura común de personalidad en infancia, adolescencia y madurez Hay evidencias sobre la relación de los rasgos dimensionales de personalidad con las categorías de TP del adulto. Pese a que el DSM-IV define los TP como categorías claramente diferenciables, la personalidad del adulto estaría mejor descripta como una compleja combinación de rasgos adaptativos y no adaptativos (Widiger y Simonsen, en este volumen). El meta-análisis de Markon et al (2005) refuerza esta hipótesis, al demostrar que los rasgos normales y patológicos de la personalidad comparten la misma estructura, por lo que seria posible describir los rasgos normales de personalidad y la patología de la personalidad en términos de alguna variante de los cinco dominios del MCF y sus rasgos de segundo orden.
Trabajos recientes subrayan la importancia de preguntas sobre los antecedentes infantiles de los rasgos de personalidad en el adulto. ¿Los niños tienen el mismo rango de diferencias individuales que los adultos? ¿Sus rasgos tienen estructura semejante a la de los adultos? Si los niños tienen rasgos semejantes a los adultos, es posible relacionar directamente el funcionamiento temprano de la personalidad y el desarrollo de TP. Más aun, tanto las dificultades tempranas de la personalidad de los niños como los TP del adulto, podrían conceptualizarse en términos de variaciones extremas de rasgos. Aun se sabe poco sobre la estructura de los rasgos de personalidad patológicos en jóvenes (Mervielde, et al, en este volumen). Sin embargo hay evidencias convincentes que sugieren que las diferencias individuales en la infancia y la adolescencia comparten una estructura semejante a la de los rasgos de personalidad del adulto en términos del MCF. (1) Estudios analíticos de cuestionarios de personalidad. (2) La investigación en temperamento señala que los rasgos son semejantes a un subgrupo de los 5 factores del MCF (Rothbart y Bates, 1998): Pujanza (Surgency, semejante a Extraversión), Afectividad negativa (semejante a Neuroticismo); Control (semejante a Responsabilidad); y Afiliación (semejante a Amabilidad, sólo en adolescentes). (3) Una amplia variedad de medidas observables proveen soporte a la existencia de rasgos similares a los del MCF y a muchos de sus componentes en niños (Caspi y Shiner, en imprenta; Shiner 1998).
A continuación se resume una taxonomía de rasgos de personalidad en niños y adolescentes (para más información, consultar Caspi y Shiner, en imprenta). Se incluyen los 5 dominios del MCF y los componentes de segundo orden presentes en niños (estos últimos muy útiles para describir el desarrollo de la personalidad patológica), subrayando que algunos de estos rasgos cargan en más de un dominio.

Extraversión
Los niños y adolescentes extravertidos se caracterizan por ser sociables, expresivos, motivados, vitalistas, potentes, enérgicos y activos; mientras que los introvertidos son calmos, inhibidos y letárgicos. Este dominio está compuesto por dos rasgos: sociabilidad y energía-actividad. La inhibición social correlaciona con Extraversión (incomodidad y rechazo a actuar en situaciones nuevas y baja aproximación) y con Neuroticismo (miedo y ansiedad). Sociabilidad incluye la preferencia de estar con otros y tendencias a implicarse activamente en interacciones sociales. Energía-actividad se refiere al compromiso intenso con la actividad física placentera. Actividad poco controlada e impulsiva está más asociada con baja Responsabilidad y baja Amabilidad (Goldberg, 2001).

Neuroticismo
Los niños que puntúan alto en este dominio son ansiosos, vulnerables, tensos, fáciles de asustar, frágiles ante el estrés, proclives a sentir culpa, inseguros y con baja tolerancia a la frustración. Las puntuaciones bajas están definidas por menos descriptores: estabilidad emocional, adaptación a situaciones nuevas, y recuperación tras malas experiencias. La investigación en emociones negativas sugieren que este dominio, en niños, incluye al menos tres rasgos: miedo, ansiedad y tristeza (Muris et al, 2001). Miedo representa el afecto negativo y los síntomas físicos ante la exposición a objetos, presentes o imaginados, o situaciones, por lo que se solapa con inhibición social. Ansiedad se refiere a la aprensión, incomodidad, preocupación y tensión física sin una amenaza real. Tristeza implica humor bajo, desesperanza y abatimiento, tras experiencias de decepción y pérdida. Dos rasgos correlacionan con Neuroticismo y Amabilidad (baja): Irritabilidad (emociones hostiles, como enfado, celos, frustración e irritación, en general ante los límites puestos por los adultos; y Alienación (tendencia a desconfiar de los otros y a sentirse maltratado).

Responsabilidad
Los niños que puntúan alto en este dominio se caracterizan por ser atentos, responsables, persistentes, ordenados, limpios, capaces de planificar, se exigen metas altas, y piensan antes de actuar. Los que puntúan bajo son irresponsables, poco fiables, descuidados, de fácil distracción e inconstantes. La mayoría de los estudios basados en descripciones parentales indican que estos rasgos se describen claramente a partir de los 6 años (Slotboom et al, 1998), aunque Halverson et al (2003) sostienen que es posible medirlos con moderada fiabilidad a partir de los 3-4 años. El dominio está compuesto por: Atención (enfocar, regular y persistir); Control (planificar, cautela, deliberar, control de impulsos); Motivación dirigida a metas (trabajar duro para acceder a un objetivo alto y a largo plazo); Orden (limpieza, orden, organización); y Responsabilidad (dependencia y fiabilidad).

Amabilidad
Pese a haber sido abandonado por los últimos modelos de temperamento, este dominio incluye una variedad de rasgos importantes para la psicología del desarrollo. Puntuaciones altas indican consideración, empatía, generosidad, gentileza, protección a los otros y bondad. Puntuaciones bajas indican agresividad, rudeza, rencor, maldad, resentimiento, obstinación, autoritarismo, cinismo y manipulación. En niños este dominio también incluye el deseo de acomodarse a los deseos del otro más que a imponer los propios. El dominio está compuesto por los siguientes rasgos:
Tendencia prosocial (empatia, bondad, tendencia a socorrer y proteger); Oposicionismo (desde pacífico y amable hasta rencoroso, querellante, y rudo); Disposición (desde flexible y tolerante hasta obstinado, rígido y desafíante); Modestia (desde humilde hasta presuntuoso-engreído); e Integridad (sincero, honesto, con principios).

Apertura
Puntuaciones altas implican facilidad de aprendizaje, inteligencia, sabiduría, buena percepción, imaginación, curiosidad y originalidad. Se puede medir con fiabilidad a partir de los 6-7 años. No tiene tanto peso como en adultos (Caspi y Shiner, en imprenta). Si bien sus componentes aun no están definidos, Mervielde et al (en este volumen) sugieren tres rasgos fiables: Intelecto, Curiosidad y Creatividad.  Pese a que aun faltan estudios para comprender la estructura de la personalidad en infancia y adolescencia, los rasgos propuestos en esta taxonomía pueden ser un punto de partida útil para conceptualizar el desarrollo de la personalidad desde la infancia y la adolescencia. Geiger y Crack (2001) proponen siete temas que atraviesan los síntomas de todos los TP del DSM-IV: (1) hostilidad y visión de mundo paranoide; (2) emociones intensas, inestables e inapropiadas vs emociones controladas y afectividad plana; (3) impulsividad vs rigidez; (4) relaciones interpersonales íntimas vs distantes; (5) Sí mismo (Self) deficitario vs exagerado; (6) pensamiento y conducta peculiares; (7) indiferencia a las normas y a las necesidades de los otros. Si bien los rasgos del MCF no cubren completamente estos temas, y probablemente sea necesario agregar otras diferencias individuales (por ejemplo, identidad, estilo de apego, mecanismos de defensa), esta taxonomía incluye muchos patrones de personalidad que pueden estar relacionados con la emergencia de TP en el adulto.

III. Estabilidad de la personalidad a lo largo de la vida
Un meta-análisis (Roberts y Del Vecchio, 2000) provee una exhaustiva evaluación de la estabilidad del temperamento y la personalidad a lo largo de la vida. Los estudios cubren un amplio rango de edad (desde neonatos hasta ancianos), encontrando correlaciones entre medidas disposicionales tomadas al menos con un año de diferencia, con una media entre evaluaciones de 6,8 años. Se obtuvieron las siguientes correlaciones a lo largo del tiempo para medidas disposicionales: 0-29 años, 35%; 3- 5 años, 52%; 6-11,9 años, 45%; 12-17,9 años, 47%; 18-21,9 años, 51%; 22-29 años, 57%: 30-39 años, 62%; 40-49 años, 59%; 50-59 años, 75%; y 60-73 años, 72%. Estos resultados rescatan varios patrones relevantes para el desarrollo de TP. Se observa que las diferencias individuales tienen una baja continuidad en la infancia, aumentan su estabilidad en edad preescolar, y luego se mantienen estables hasta la adolescencia. Se observa un aumento linear gradual de la estabilidad desde la adolescencia tardía hasta la edad adulta, con mayor estabilidad a partir de los cincuenta años. Aun no se sabe como aplicar estos datos, puesto que hay estabilidad desde los 3 años, pero también suficientes cambios incluso en la edad adulta. Johnson et al (2000) sugieren estabilidad moderada de los síntomas de los TP en adolescencia y edad adulta temprana.

IV. Futuras direcciones del trabajo en el desarrollo de TP
Estos datos sugieren que el funcionamiento de la personalidad en la infancia debería (y puede) ser integrado en la investigación sobre el desarrollo y el trabajo aplicado a TP. Aun faltan datos sobre las formas en que los rasgos tempranos interactúan con las experiencias para desarrollar un funcionamiento patológico de la personalidad. Los rasgos tempranos permiten enfrentarse a las experiencias de diferentes formas (con diferentes desenlaces para la personalidad): mejorando la capacidad de adaptación al entorno, evocando respuestas de patrones parentales y de otros niños, o seleccionando (y buscando) experiencias particulares (Caspi y Shiner, en imprenta). La personalidad infantil también permite predecir la futura capacidad para relaciones de amistad y amorosas, y éxito escolar y laboral. Al mismo tiempo, las experiencias de éxito o fracaso adaptativo modelan el funcionamiento de la personalidad (Shiner y Masten, 20042. Sin embargo, cabe enfatizar que, tal como Thomas y Chess (1963) señalaron, el temperamento infantil puede llegar a desenlaces positivos o patológicos, dependiendo del grado de encaje entre el temperamento y el contexto.
Estudios recientes sustentan esta hipótesis. Por ejemplo, la inhibición social en la infancia puede desarrollar formas de timidez mas patológica cuando los padres son muy protectores o muy despectivos (Gallagher, 2002). Resumiendo, una mayor comprensión del desarrollo de la personalidad normal permitiría una perspectiva más completa de los TP.

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