martes, 12 de octubre de 2010

Antecedentes infantiles de los Trastornos de Personalidad: temperamento, personalidad y psicopatología evolutiva.2006.Ivan Mervielde, Barbara De Clercq, Filip De Fruyt, y Karla Van Leeuwen

Para contribuir a una conceptualización dimensional de la psicopatología en general, y particularmente de los TP, en este artículo se revisan las evidencias a favor de una representación dimensional del temperamento y la personalidad en la infancia. La revisión del temperamento (tanto desde el punto de vista centrado en variables como el centrado en la persona), permite proponer 5 dimensiones principales que capturan las diferencias individuales en niños y adolescentes: Extraversión, Estabilidad emocional, Amabilidad, Responsabilidad y Apertura/intelecto. El análisis de dos modelos dimensionales de la psicopatología infantil (CBCL, Achenbach, 1991; y DIPSI, Universidad de Ghent), sugiere dos dominios de primer orden principales: Externalización e Internalización. Luego, a partir de datos obtenidos de población general y clínica de niños y adolescentes, se explica la relación entre la representación dimensional del temperamento/ personalidad de la infancia y la psicopatología del adulto. Se concluye proponiendo que los dominios principales que surgen de los estudios de las diferencias individuales en la infancia pueden ser integrados en un modelo dimensional común.
Pese a la amplia aceptación de la influencia de factores genéticos, temperamentales y evolutivos en los TP, no hay muchos estudios sobre los antecedentes infantiles y adolescentes de los TP. Este déficit tiene varias causas. La principal es la conceptualización categorial de los TP del DSM. Encontrar antecedentes precisos de TP tan específicos es difícil, puesto que los efectos de los antecedentes son inespecíficos e influyen en varios TP a la vez: genéticos (Coolidge, Thede y Jang, 2001); temperamentales (Joyce et al., 2003; Warner et al, 2004); y ambientales, como negligencia y abuso sexual y emocional (Battle et al, 2004; Jonson, Bromley y McGeoch, en imprenta; Jonson et al, 2001; Jonson et al, 2000). Otra causa es que el DSM-IV restringe los trastornos de la infancia y la adolescencia al eje I, por lo cual los problemas de conducta disruptiva (T. de conducta y oposicionismo desafiante, Dowson et al, 2001), T. afectivos (Kasen et al, 2001; Yan et al, 2003), T. por ansiedad (Bienvenu y Stein, 2003), y Déficit de atención (Young et al, 2003), han sido siempre estudiados como antecedentes de la psicopatología del adulto en el eje I. Sin embargo hay evidencias sobre la importancia del temperamento y la personalidad infantil y adolescente como principales antecedentes evolutivos de los TP del adulto (Krueger y Tackett, 2003; Shiner y Caspi, 2003; Warner et al, 2004). Tanto la extensa literatura sobre temperamento como la más reciente sobre personalidad, tienden a enfocarse en rasgos estrechos y no integrados. Hacen falta modelos más amplios, que capturen la totalidad del cuadro, incluyendo la personalidad, el temperamento y la psicopatología infanto-juveniles. El objetivo de este artículo es buscar las principales dimensiones que representan las diferencias individuales en niños y presentar datos que avalan la conexión entre la personalidad del adolescente y las categorías de TP del adulto del DSM.


I. Modelos de temperamento
Las diferencias individuales entre niños y entre adolescentes se han investigado principalmente en términos de características temperamentales, estables desde el nacimiento y con fuerte base genética o neurobiológica. Aun no se ha llegado a un consenso sobre cuál es el aspecto nuclear del temperamento (emocional, atencional, o componentes del estilo). Rothbart y Bates (1998), proponen las “3 A” (Afectos, Activación y Atención), como referencia útil para valorar las diferencias individuales del temperamento entre niños.
El estudio Longitudinal de Nueva York (NYLS) ha sido el punto de partida para introducir el concepto de diferencias individuales en pediatría y psicología evolutiva (Chess y Thomas, 1996; Thomas y Chess, 1977). A partir del análisis de entrevistas con padres y niños, los autores desarrollaron un sistema de 9 categorías para clasificar las conductas relevantes para el desarrollo del niño: actividad, ritmo, aproximación-evitación, flexibilidad adaptativa, umbral de respuesta, intensidad de reacción, humor, distracción, espectro de atención y persistencia. El sistema se instrumentó en diferentes cuestionarios para niños, padres y maestros. Presley y Martin (1994), tras estudiar el análisis factorial de los ítems, concluyen que la estructura tiene muy pocas evidencias de viabilidad.
Buss y Plomin (1975) distinguieron 4 dimensiones de temperamento: emoción, actividad, sociabilidad e impulsividad. La emoción implica una intensa activación del SN simpático y una elevada excitación emocional. La actividad se evalúa según la amplitud y rango del lenguaje y de los movimientos corporales, el desplazamiento del cuerpo y la duración de la conducta activa y enérgica. La sociabilidad incluye la preferencia de estar con otros, la necesidad de compartir actividades y recibir atención-recompensa tras la interacción social. La impulsividad fue descartada al descubrir que su herencia era compuesta. Se desarrollaron varios cuestionarios para medir estas dimensiones principales, bautizadas por los autores como “rasgos heredados”. Se han hecho varios estudios de genética de la conducta con gemelos mono y dicigotos, de 1 a 9 años de edad. Un meta-análisis de 8 de estos estudios (Goldsmith, Buss y Lemery, 1997), mostró mayor correlación interna (0,57 a 0,66) para monocigotos que para dicigotos (0,15).
El modelo de Derryberry y Rothbart (1997) se fundamenta en dos conceptos: reactividad y autorregulación. Para estos autores, las diferencias individuales en la personalidad se deben en gran parte a las diferencias en la reactividad de sistemas neuronales subyacentes. Sostienen que el temperamento puede describirse, a cualquier edad, como patrones observables de emoción, atención y actividad, y que los sistemas de atención y motivación permiten relacionar los sistemas neuronales con las dimensiones mayores de la personalidad. Proponen 3 sistemas motivacionales (apetitivo, defensivo, agresivo y de afiliación), y 3 sistemas de atención (vigilancia espacial, atención anterógrada y atención retrógrada). Rothbart y Ahadi (1994), diseñaron el Cuestionario de Conducta Infantil (Child Behavior Questionarie: CBQ), cuyo análisis factorial detecta 3 factores emergentes con muy pocas variaciones transculturales. (1) Fuerza-empuje (semejante a Extraversión), compuesto por aproximación, placer intenso, sonrisa y risa, actividad, impulsividad y timidez. (2) Afectividad negativa (semejante a Neuroticismo y a Emocionalidad negativa), compuesto por malestar, miedo, enojo, tristeza, y reactividad pasiva. (3) Control tenaz (semejante a Responsabilidad), combina control inhibitorio, atención enfocada, placer de baja intensidad y sensibilidad perceptiva. Goldsmith y Campos (1982) definen las diferencias individuales del temperamento como la probabilidad de experimentar y expresar la excitación y las emociones primarias (enojo, tristeza, miedo, dicha, placer, disgusto, interés y sorpresa). Desarrollaron un cuestionario (TBAQ) que ha demostrado convergencia aceptable y discriminación válida (Goldsmith et al, 1997; Lemery et al, 1999). Proponen 5 escalas independientes: nivel de actividad, placer, miedo social, propensión al enojo, e interés-persistencia. 13 de las 15 escalas del CBQ correlacionan desde 0,34 a 0,68 con una de las 5 escalas del TBAQ (Goldsmith et al, 1997). La investigación en genética de la conducta demuestra correlación sustancial dentro de cada una de las 5 escalas, tanto en monocigotos como dicigotos (Goldsmith et al, 1997).
Al comparar estos modelos de temperamento se observa una correlación incompleta entre las escalas, agravada por las diferencias en la elaboración. Thomas-Chess y Rothbart-Derryberry han hecho modelos con varias escalas con moderada correlación; Buss-Plomin utilizaron pocas escalas independientes; y Goldsmith-Campos prefieren integrar escalas de diferentes cuestionarios en compuestos independientes. Otra dificultad es que, para poder capturar el repertorio de conductas del niño, en constante expansión, suele ser necesario construir medidas específicas para cada edad.

Basado en Mervielde y Asendorpf, 2000, se comparan las dimensiones relativamente independientes que emergen de los 4 modelos citados. (1) Emocionalidad, presente en los 4 modelos, podría denominarse Emocionalidad negativa, dado el peso que tiene el malestar entre sus descriptores. (2) Sociabilidad–inhibición social, se asemeja a la dimensión Extraversión del MCF. (3) Actividad, presente sólo en 3 modelos. (4) Persistencia, presente sólo en 2 modelos, probablemente porque tiene menos peso, al menos en niños de preescolar y escuela primaria. Dado que el uso de dimensiones mayores mejora la comparación entre modelos, es conveniente que la investigación del futuro sobre estructura, estabilidad, y capacidad de predicción del temperamento, incluya dominios mayores o escalas compuestas por más de un modelo.

II. Modelos de personalidad
Enfoques centrados en la persona
Este enfoque subraya la importancia de la persona como unidad mayor de análisis y el estudio de los perfiles a través de variables: la estructura resultante es una propiedad de las personas y no de las variables (Mervielde y Asendorpf, 2000). Jack y Jeanne Block (1980) diseñaron el modelo más popular sobre personalidad infantil centrado en la persona. Utilizando 2 dimensiones (control y flexibilidad), los autores distinguen 3 tipos de personas: hipocontroladores, hipercontroladores y elásticos. La elasticidad (Resiliency: fuerza, elasticidad, y capacidad de recuperación) se refiere a la capacidad de responder con flexibilidad a los cambios situacionales y factores estresantes. Los hipercontroladores tienden a contener los impulsos emocionales y motivacionales, mientras que los hipocontroladores tienden a expresarlos sin inhibición. Tres dimensiones extremas (baja elasticidad, hiper e hipocontrol) implican mala adaptación.
Los 3 tipos de temperamento han sido replicados por análisis factoriales (Robins et al, 1996) en poblaciones de niños de 13 años (EEUU) y de 7 años (Islandia). Asendorpf et al (2001), a partir del análisis de clusters de los cinco factores del MCF en niños de 12 años, obtuvieron los 3 tipos, demostrando la consistencia del MCF entre tipos infantiles y adultos. Cada tipo tendría un perfil del MCF diferente. Los individuos con alta resiliencia tienen un perfil adaptativo: puntúan alto en Amabilidad, Extraversión, Responsabilidad y Apertura, y puntúan bajo en Neuroticismo. Los hipercontroladores puntúan más de media desviación standard en Neuroticismo y muy bajo en Extraversión. Los hipocontroladores puntúan bajo en Amabilidad y Responsabilidad.
Ambos grupos tienen perfiles no adaptativos (tabla 2). Recientemente se ha puesto en tela de juicio la replicabilidad de los 3 tipos, al menos en muestras de adultos y adolescentes (Costa et al, 2002; De Fruti et al, 2002). Asendorpf (2003) demuestra que estos modelos no tienen mejor capacidad de predicción que los centrados en las variables, mientras que Van Leeuwen et al (2004) sostienen que los 3 tipos, ejemplo de una aproximación categorial, pueden ser perfectamente descriptos en términos de modelos dimensionales. Pese a estas dificultades, hay un interés renovado en volver a la estrategia centrada en la persona, no por los fallos del método centrado en las variables sino por el creciente consenso sobre la necesidad de encontrar las variables válidas para obtener perfiles replicables en un modelo centrado en la persona.

Enfoques centrados en las variables
La estrategia más preferida para representar la estructura de rasgos de personalidad (adaptativa y no adaptativa) del adulto es el MCF (Costa y McCrae, 1992; Digman, 1990). Tres líneas de investigación contribuyeron al consenso emergente sobre la capacidad exhaustiva del MCF para representar las diferencias individuales: (1) análisis léxico de los factores en varios lenguajes (Saucier et al, 2000); (2) análisis factorial de la estructura psicométrica de varios cuestionarios de personalidad (Costa McCrae, 1997); y (3) análisis de los descriptores naturales de la personalidad (Kohnstamm et al, 1998). Los cinco factores emergentes en todos estos estudios son: Neuroticismo, Extraversión, Amabilidad, Responsabilidad y Apertura-intelecto.
En las últimas décadas, la investigación ha demostrado que los factores del MCF también pueden utilizarse como un modelo para representar las diferencias individuales en la personalidad de niños entre 3 y 12 años de edad. Tres líneas de investigación proveen las evidencias: (1) valoraciones de padres y maestros; (2) descriptores utilizados por coetáneos; y (3) descriptores naturales de la personalidad.
-Valoraciones de padres y maestros. Entre 1957 y 1967, en dos islas de Hawai, Digman recogió una amplia muestra de valoraciones de maestros en niños de escuela primaria. Al comienzo (probablemente influenciado por Cattell), encontró al menos 10 factores de Cattell emergentes de la muestra. Análisis posteriores (Digman e Inouye, 1986; Digman et al, 1981) recuperaron la estructura del MCF entre 43 escalas de Cattell en niños de sexto grado. Recientemente, Goldberg (2001), a partir de los datos de Digman, encontró nuevas evidencias significativas de la estructura del MCF en las valoraciones de los atributos de los niños hechas por los maestros. Mervielde, Buyst y De Fruyt (1995), confirmaron la validez del MCF en niños de edad escolar con diferentes tipos de escalas. Aplicaron 25 escalas bipolares, derivadas de los marcadores de Goldberg (1990) para el MCF, a 2240 niños de 4 a 12 años de edad. El análisis factorial en niños de 4 a 6 años encontró 4 de los cinco factores (el cuarto una combinación de elementos de Responsabilidad y Apertura). En el resto de las edades se encontraron los cinco factores. Otros estudios, utilizando escalas diferentes al MCF, también han obtenido los mismos 5 factores, demostrando que la estructuración previa de las escalas no es un requisito para la emergencia de los cinco factores. Digman y Shmelyov (1996), obtuvieron los 5 factores a partir de valoraciones de maestros en niños de 8 a 10 años en Rusia, a partir de 60 escalas de temperamento y personalidad. Van Lieshout y Haselager (1994), demostraron que la estructura de la versión holandesa del CCQ (California Child Q-set) es semejante a la del MCF. John et al (1994), confirmaron que el contenido del CCQ, aplicado a niños de 12 a 13 años, de 350 etnias diferentes, es semejante al del MCF, mostrando además alta correlación entre ambos modelos para describir psicopatología, delincuencia, rendimiento escolar e inteligencia.
-Descriptores utilizados por coetáneos. Como la mayoría de los estudios de temperamento y personalidad en niños se han hecho utilizando descriptores de adultos (padres y maestros), podría suponerse que la consistencia de la estructura emergente se debe a la estructura cognitiva de los adultos. Sin embargo, utilizando descripciones de coetáneos se ha demostrado que el MCF es generalizable a todas las etapas de la vida. Mervielde y De Fruyt (2000), adaptaron y extendieron cuestionarios para descripciones entre coetáneos (entre 9 y 12 años), demostrando que las dimensiones del MCF son importantes para definir la estructura de la percepción que los niños tienen de otros niños. Pese a que el análisis factorial de datos no obtuvo la estructura completa del MCF, fue posible identificar y replicar una estructura menos elaborada, con tres dominios: Amabilidad, Extraversión/inestabilidad emocional, y Responsabilidad/intelecto.
-Descriptores naturales de la personalidad. Kohnstamm et al (1998), recogieron descripciones orales de personalidad hechas por padres de 2416 niños de 2 a 12 años de edad, en un proyecto internacional realizado en 7 países (Bélgica, China, Alemania, Grecia, Holanda, Polonia y EEUU). Cada entrevista oral fue fragmentada en pequeñas unidades que describen diferencias individuales, y asignadas a 14 categorías mayores, entre las cuales figuran los 5 factores del MCF. Cruzando los datos de todos los países, entre el 76 y el 85% de los descriptores utilizados libremente por los padres, se corresponden con dimensiones del MCF. Extraversión fue la categoría más utilizada en cada uno de los 7 países. Amabilidad fue la segunda, pero sólo en 5 países.
Responsabilidad y Estabilidad emocional (inversa de Neuroticismo) ocuparon menos del 10 % de las descripciones, excepto en China (mas del 20%). Apertura/intelecto varió desde un 11 % (Grecia) a un 21% (EEUU). Estos resultados deberían cotejarse con la ausencia de marcadores de Apertura/intelecto en la literatura tradicional sobre personalidad. Un tercio del total de descriptores pertenecen a polos poco deseables del MCF (descriptores negativos): los europeos un 33%, los chinos un 42%, y los americanos un 21%. Estas cifras pueden indicar no sólo diferencias transculturales en la emergencia de polos negativos del MCF, sino también diferentes niveles de deseo en los padres por describir los aspectos menos deseables de la conducta de sus hijos. El MCF resultó ser válido también individualmente. El análisis de la frecuencia de uso de cada uno de los 5 factores por cada progenitor arroja los siguientes datos: el 31 % de los padres utilizó descriptores referidos a los 5 factores, el 37 % utilizó 4, el 24 % utilizó 3, y sólo el 1 % utilizó descriptores referidos a un solo factor. Si el 68 % de los progenitores, en descripciones libres sobre sus hijos, utilizó al menos 4 de los cinco factores, es que las dimensiones del MCF representan categorías de descripción de personas, no sólo en grupos de población, sino a nivel de cada progenitor individualmente. Teniendo en cuenta que los padres son relevantes en la información que el psiquiatra obtiene sobre los niños, el MCF parece ser suficientemente exhaustivo para estructurar los rasgos de personalidad de los niños.
-El inventario jerárquico de personalidad para niños (HiPIC). Ha sido construido a partir de 9000 descripciones de progenitores flamencos sobre la personalidad de sus hijos (Kohnstamm et al, 1998). Las descripciones se agruparon en 100 clusters, cubriendo tres grupos de edad: 5 a 7, 8 a 10, y 11 a 13 años. El análisis de datos a nivel de ítems indica que, para cada grupo de edad, los primeros 5 componentes se agrupan de acuerdo con el MCF. Debido al solapamiento de contenido, se integraron los tres grupos de ítems para cada edad, en un único instrumento de 144 ítems, agrupados en 5 dominios: Responsabilidad, Benevolencia, Extraversión, Imaginación, y Estabilidad emocional. Los dominios fueron subdivididos en 18 facetas, de 8 ítems cada una. Cruzando la estructura de las 18 facetas con una muestra de gemelos y no gemelos, descriptos por ambos padres (Mervielde y Asendorpf, 2000), se obtuvieron resultados significativos. (1) Las 4 facetas de Responsabilidad (motivación hacia metas, concentración, perseverancia y orden) son marcadores bastante puros de la primera dimensión. (2) Egocentrismo e irritabilidad son los marcadores más puros de Benevolencia, mientras que conformismo puntúa tanto en Benevolencia como en Responsabilidad. (3) Dominancia y altruismo cargan principalmente en Benevolencia, pero también en Extraversión. (4) Timidez es el principal factor de Extraversión, y carga moderadamente en Estabilidad emocional. (5) Optimismo y expresividad amplían la noción de Extraversión, y pueden considerarse indicadores de Emocionalidad positiva. (6) Actividad, si bien en muchos modelos de temperamento es un factor diferenciado, en este estudio no pudo aislarse como factor independiente. (7) Creatividad, curiosidad, e intelecto, definen el dominio Imaginación. (8) Estabilidad emocional resultó ser el componente más pequeño del HiPIC, subdividido en una faceta de ansiedad y otra de autoconfianza. Cabe aclarar que algunos modelos de personalidad del adulto han sido adaptados para grupos de menor edad (Por ejemplo, el TCI de Cloninger), pero discutir este tema supera el límite de este artículo. Si bien los dominios emergentes del HiPIC se asemejan a los del MCF, no son idénticos. Por ejemplo, Benevolencia incluye componentes de egocentrismo y conformismo que se corresponden con Amabilidad del MCF, pero también agrega componentes de dominancia relacionados con la faceta asertividad del dominio Extraversión del MCF. Irritabilidad, faceta de Benevolencia, correlaciona con hostilidad, componente de Neuroticismo en el MCF.

Una taxonomía común de temperamento y rasgos de personalidad Basándose en una amplia revisión de literatura, Shiner (1998), Shiner y Caspi (2003), y Caspi et al (2005), propusieron una taxonomía preliminar de diferencias de personalidad en infancia y adolescencia. Teniendo en cuenta la diversidad de marcos de referencia teóricos que inspiraron los diferentes modelos de temperamento y personalidad, esta taxonomía ha servido a varios propósitos. (1) Mejora la comunicación entre investigadores que utilizan diferentes conceptos para referirse a fenómenos relacionados y ayuda a integrar los descubrimientos que surgen en distintas disciplinas y tradiciones de psicología evolutiva y personalidad. (2) Facilita la evaluación del estado de los diferentes instrumentos (y sus costes) para ordenarlos en una taxonomía jerárquica que permita relacionarlos con las variables propuestas por diferentes modelos. (3) Provee fuentes para nuevas hipótesis de investigación sobre las diferencias individuales. La última versión de esta taxonomía (Caspi et al, 2005), propone dominios que surgen de la combinación de las dimensiones del MCF en adultos y los estudios de temperamento en niños, y tiene dos niveles. En el primer orden se postulan los 5 dominios: Extraversión/Emocionalidad positiva, Neuroticismo/emocionalidad negativa, Responsabilidad/constricción, Amabilidad, y Apertura a la experiencia/intelecto. Cada dominio está compuesto por rasgos de segundo orden.
-Extraversión/Emocionalidad positiva. Los estudios aportan evidencias de consistencia para diferencias individuales en este dominio, que incluye varios rasgos de segundo orden. (1) Inhibición social o timidez se refiere a los sentimientos de incomodidad en la presencia de extraños, y a lo largo del desarrollo se va diferenciando de la timidez con conocidos. (2) Sociabilidad se refiere a la preferencia de estar con otros, y no debería ser considerado como opuesto a timidez sino como un rasgo diferente que correlaciona con la expresión de emociones positivas. (3) Dominancia se corresponde con asertividad, faceta de Extraversión en el MCF y ratificada por estudios léxicos. En el HiPIC es una faceta de Amabilidad, cargando en ítems del estilo “actuar como el jefe”, probablemente por la connotación negativa que tiene a los ojos de los padres. (4) Energía/nivel de actividad, si bien es una dimensión mayor en la mayoría de los modelos de temperamento, debe permanecer como rasgo de segundo orden porque la actividad motora infantil se irá transformando gradualmente en actividad social, indicador de Extraversión en el MCF.
-Neuroticismo/Emocionalidad negativa. Este dominio se refiere a las reacciones emocionales, particularmente las negativas, resultando prominente en todos los modelos revisados. En el MCF es un factor que indica presencia de TP (Widiger et al, 2002). Se divide en varios rasgos de segundo orden. (1) Malestar ansioso es la tendencia a experimentar emociones negativas del Self (ansiedad, culpa y miedo), y se corresponde con la faceta ansiedad del dominio Estabilidad emocional del HiPIC. (2) Irritabilidad se refiere al malestar dirigido a los otros (enojo, frustración, hostilidad e irritabilidad). En el HiPIC, derivado de descripciones de progenitores, esta faceta carga en Benevolencia. En el desarrollo temprano, las dos formas de malestar son difíciles de distinguir, pero en la madurez, el ansioso tiende a padecer trastornos internalizadores mientras que el irritable tiende a padecer trastornos externalizadores (Krueger).
-Responsabilidad/Restricción. Rescata las diferencias individuales en el control de sí mismo en diferentes áreas (impulsividad, atención, motivación, orden, responsabilidad y convencional). En el modelo de Chess y Thomas, este factor indica persistencia, mientras que en el de Rothbart-Derryberry indica más un control voluntario. No aparece como un dominio mayor ni en el EAS ni en el modelo de Golsdmith-Campos, y está claramente presente en todos los análisis basados en el HiPIC. Se ve, una vez más, que Responsabilidad es el dominio menos diferenciado a una edad temprana, pero crece dramáticamente en las descripciones parentales cuando los niños entran a la escuela primaria (Kohnstamm et al, 1998). Este dominio se divide en seis rasgos. (1) Atención es un rasgo prominente en muchos modelos de temperamento, una baja puntuación indicaría un posible camino hacia el ADHD. (2) Control-impulsividad es un rasgo que marca el desarrollo de problemas de conducta externalizadores. (3) Motivación, especialmente la ausencia de ella, puede contribuir a problemas educacionales y de abandono escolar. (4) Orden refleja la tendencia a ser limpio, ordenado, y es un factor importante en la mayoría de los modelos analíticos para este dominio. (5) Responsabilidad refleja un a mezcla de responsabilidad y amabilidad, destacando la tendencia a ser flexible y la capacidad de depender (Roberts et al, 2004). (6) Convencional destaca la tendencia a mantener tradiciones y normas sociales y sirve como uno de los predictores más potentes de conductas de baja evitación del riesgo, como consumir alcohol y drogas (Bogg y Roberts, 2004).
-Amabilidad. Pese a no estar presente en ninguno de los modelos de temperamento revisados, destaca como dominio prominente en la investigación inspirada en el MCF, tanto en adultos como en niños. Los niños que puntúan alto en Amabilidad son cooperativos, amables, complacientes, y considerados, mientras que los que puntúan bajo, suelen ser egocéntricos agresivos, bruscos y oposicionistas. Es el dominio más potente en los análisis de las descripciones de progenitores, probablemente porque refleja el conflicto parental y las preocupaciones para manejar los problemas de conducta de sus hijos. Según Buró et al (2003), el conflicto padres-hijos parece actuar como un factor común de vulnerabilidad que aumenta el riesgo de padecer muchos trastornos, como T. por Déficit de Atención e Hiperactividad (ADHD), T. oposicionista (ODD) y T. de Conducta (CD). Apoyándose en información genética, Buró et al (2003) sostienen que la comorbilidad entre estos trastornos refleja parcialmente los procesos psicopatológicos subyacentes en el entorno familiar. Shiner y Caspi (2003) distinguen Oposicionismo y Altruismo como rasgos menores, pero aclarando que no constituyen polos opuestos. Según Krueger et al (2001) el altruismo esta conectado primariamente a entornos compartidos y emocionalmente positivos, mientras que la conducta antisocial está ligada primariamente a genes, emocionalidad negativa y falta de restricción.
-Apertura a la experiencia/Intelecto. Este dominio completa el paralelismo entre la taxonomía emergente de la investigación léxica y del MCF con el HiPIC. Apertura se refiere a una conducta imaginativa, creativa, y estéticamente sensible, mientras que Intelecto captura rasgos como rapidez para aprender, inteligencia, e insight. Ambos aspectos están claramente representados en las tres facetas del dominio Imaginación del HiPIC (creatividad, curiosidad e intelecto). Como ya se ha señalado, la faceta Intelecto, a temprana edad, es poco distinguible de Apertura y Responsabilidad (Mervielde et al, 1995 y 1998).
Esta revisión de modelos de diferencias individuales de temperamento y personalidad en la infancia demuestra que la aparente fractura entre los modelos infantiles y el MCF es más aparente que real: (1) tres dominios del temperamento (Estabilidad emocional, Extroversión y Persistencia) tienen clara correlación con dimensiones del MCF de adultos, niños y adolescentes; (2) Amabilidad, pese a ser una dimensión poco prominente en los modelos de temperamento, es un dominio importante en la literatura sobre personalidad de niños y adolescentes; (3) Apertura es el dominio más controvertido porque está totalmente ignorada en los modelos de temperamento, sin embargo emerge como una dimensión significativa, aunque estrecha, al describir diferencias entre niños y adolescentes en estudios trasnculturales. Según el análisis de valoraciones de maestros de niños de 3 a 12 años (Mervielde et al, 1995), creatividad y curiosidad recién comienzan a diferenciarse de la ausencia de fracaso escolar a partir de finales de la escuela primaria, emergiendo como dimensiones separadas en la adolescencia (McCrae et al, 2002).

III. Modelos dimensionales de psicopatología infantil
El estudio de la psicopatología en infancia y adolescencia se ha inspirado en el éxito del DSM como sistema de clasificación de la psicopatología del adulto. Pero, si bien hay muy pocas dudas sobre la presencia de trastornos psiquiátricos en niños de edad escolar y adolescentes, aun no hay consenso sobre el diagnóstico de estos trastornos en edad preescolar. Scheeringa et al (2005) han propuesto un Grupo de Investigación sobre criterios diagnósticos para infantes y preescolares en varios trastornos: ADHD, ODD, CD, T. depresivo mayor (MDD), T. por estrés postraumático (PTSD), T. reactivo de apego (RAD), T. del sueño y T. de alimentación. Se podría argumentar que la conceptualización categorial de la psicopatología en niños padece los mismos problemas que los diagnósticos del adulto en el eje II: comorbilidad, heterogeneidad entre las categorías, umbrales diagnósticos arbitrarios, limites poco claros respecto a los T. del eje I y a la personalidad normal (Clark y Reynolds, 1995: Regier et al, 1998; Sher y Trull, 1996; Widiger y Clark, 2000). Kupfer, First y Regier (2002), señalan que la alta comorbilidad debilita la hipótesis de etiologías diferentes, pero que aún no se ha logrado validar estos síndromes ni descubrir etiologías comunes. Cuando se utiliza una estrategia categorial para estudiar psicopatología infantil, estos problemas se agravan, por varias razones: (a) la tendencia a tomar los síndromes del adulto como referentes y estrechar los criterios para edades menores; (b) el lenguaje limitado y las habilidades cognitivas de los niños en desarrollo impiden el uso de entrevistas estructuradas extensas y precisan la colaboración de padres y maestros como informantes; (c) el repertorio de conducta infantil limitado hace más posible y frecuente el solapamiento de categorías a esta edad; (d) los cambios constantes a lo largo del desarrollo modifican el significado de los indicadores de conductas y síntomas relevantes en cada edad; e) en niños es más difícil diferenciar síntomas estables y respuestas transitorias a la adversidad del entorno; y f) la mayoría de los modelos de diferencias individuales en temperamento y personalidad son dimensionales.
Como ya se ha señalado, si bien el tipo de aproximación a las diferencias individuales sigue siendo controvertido, parece más apropiado concentrarse en modelos dimensionales de psicopatología infanto- juvenil. Se discutirán dos modelos dimensionales: el Sistema de Asesoramiento Empírico de Achenbach (1991) (ASEBA); y el Pool de Ítems Sintomáticos Dimensional de la Personalidad (DIPSI) para rasgos desadaptativos en niños y adolescentes jóvenes, desarrollado en Universidad de Ghent.

El sistema de Achenbach
Achenbach (1995) desarrolló su modelo cruzando los datos de tres tipos de inventarios: a) Lista de Conducta Infantil (CBCL); b) el Informe de Maestros (TRF); y el Informe Autoaplicado Juvenil (YSR). A partir del análisis de los descriptores de problemas conductuales y emocionales, presentes tanto en la literatura como en historias clínicas de pacientes, propuso ocho constructos sindrómicos, prestando más atención a aquellos que eran comunes en los informes de pacientes, maestros y progenitores: Ansiedaddepresion; Abandono; Quejas somáticas; Problemas sociales; Problemas con el pensamiento; Problemas de atención; Conducta delincuente (romper reglas); y Conducta agresiva. Cuantificó la gravedad de cada síndrome mediante comparaciones con muestras de individuos sanos. A partir de estos síndromes desarrolló dos escalas de segundo orden: 1) Internalización (Ansiedad-depresión, Abandono y Quejas somáticas); y 2) Externalización (Problemas sociales, problemas de pensamiento, problemas de atención, Conducta delincuente y Conducta agresiva). Estas dos escalas se usan frecuentemente en investigación de síntomas emocionales y de conducta antisocial respectivamente.
El CBCL, ejemplo de metodología inductiva (de abajo-arriba) que infiere los constructos taxonómicos a partir de análisis multivariados de muestras amplias, es totalmente opuesto al DSM, que utiliza metodología deductiva (de arriba-abajo). Pese a la diferencia metodológica, las taxonomías resultantes correlacionan (Ferdinand et al, 2004; Sadowsky et al, 2001). La última versión, que agrega escalas de síndromes orientadas al DSM para edad preescolar (1 a 5 años) y escolar (6 a 18 años) (Achenbach et al, 2003), contrastadas por especialistas en psiquiatría y psicología infanto-juvenil de diferentes culturas, diferencia cuatro grupos de síndromes: 1) problemas afectivos, basada en puntuaciones en distimia y depresión mayor; 2) problemas de ansiedad y fobias especificas; 3) problemas de atención basadas en componentes impulsivos y de atención del ADHD; 4) problemas de oposicionismo desafiante, basado en rasgos del ODD. También hay datos que insinúan la garantía de la existencia de problemas de desarrollo más invasores (basados en rasgos de Asperger y Autismo) para edad preescolar, problemas de conducta (basados en rasgos de T de Conducta), y somatizaciones (basados en rasgos de T por somatización y T somatomorfos) (Achenbach y
Dumenci, 2001). Tanto las escalas empíricas iniciales como las orientadas al DSM, muestran asociación significativa con los diagnósticos clínicos del DSM-IV y con otras escalas estandarizadas (Achenbach et al, 2003). Esta correlación es un puente entre los metodologías inductivas (CBCL) y deductivas (DSM), y abre nuevas perspectivas para buscar el grupo de dimensiones comunes que representen ambos sistemas en un modelo integrador de psicopatología infanto-juvenil (Achenbach et al, 2003).

La taxonomía del DIPSI: síntomas de la personalidad en la infancia
Si bien es ampliamente reconocido que los TP, tal como se conceptualizan en el DSMIV, tienen antecedentes en el temperamento infantil y en la personalidad, la mayor parte de la investigación sobre antecedentes de psicopatología del adulto se centran en la relación entre los problemas emocionales y conductuales de los niños y la psicopatología del eje I (Roza et al, 2003). El modelo de Achencach es un ejemplo claro del foco de atención puesto en al patología del eje I. Sin embargo, hay un creciente interés en investigar los antecedentes de desarrollo del los TP del eje II (Berstein et al, 1996; Kasen et al, 1999, 2001; Ramklint et al, 2003). Si bien los defensores de la hipótesis de espectro, como Widiger y Clark (2000), sugieren que los TP son variantes extremas de rasgos normales adaptativos de personalidad, la versión actual del DSM solo provee categorías específicas y criterios para diagnosticar estos trastornos en el adulto, pese a que la estabilidad de la personalidad a lo largo de la vida está suficientemente documentada (Caspi et al, 2003 y 2005; Roberts et al, 2001; Roberts y Del Vecchio, 2000). Parece razonable proponer que las manifestaciones extremas de los rasgos en el adulto tengan claras componentes en etapas tempranas del desarrollo.
-Ensamblando los ítems del DIPSI. Teniendo en cuenta la hipótesis del espectro y las progresivas evidencias sobre la estabilidad de la personalidad a lo largo de la vida, nuestro grupo de investigación (De Clercq De Fruyt, Mervielde, 2003) ha desarrollado un pool de ítems de síntomas de personalidad en niños de edad escolar (6 a 14 años). A partir de los 144 ítems del HiPIC se describieron 333 variantes extremas (ítems desadaptativos). Fue muy difícil encontrar variantes bipolares de rasgos desadaptativos para los factores del dominio “Imaginación” (curiosidad, creatividad e intelecto).
Dado que la estabilidad del quinto factor del MCF es controvertida (ausencia de correlación léxica transcultural y ausencia de descriptores en la literatura) y tiene poco valor predictivo de la psicopatología del adulto, hemos decidido no incluir variantes desadaptativas de los ítems que cargan en este dominio. Se suele criticar al MCF por ser poco relevante para la clínica y por reducir la personalidad a conceptos derivados del análisis factorial de descripciones (propias, de coetáneos, y de maestros) hechas por personas con poca experiencia en patología de la personalidad (Shedler y Western, 2004). Al haber sido confeccionado a partir de descripciones parentales, el HiPIC es susceptible de la misma crítica. Para evitarla, se agregaron dos instrumentos que evalúan los criterios de TP del DSM-IV relevantes en niños: la entrevista clínica estructurada para los TP del DSM-IV (SCID: First et al, 1997); y la Evaluación de los TP del DSM-IV (ADP-IV: Schotte et al, 1998). Se incluyeron 90 ítems del SCID y 89 del ADP-IV como potenciales descriptores de síntomas de personalidad infantil, llevando el numero total de descriptores del DIPSI a 503, reordenados en 256 ítems, divididos en 44 categorías, con 4 a 6 ítems cada una, con verbos en tercera persona, sin negaciones.
La fiabilidad del DIPSI se determinó con una muestra de 205 niños con problemas psicosociales, obteniéndose 40 categorías de rasgos patológicos, con coeficientes alfa entre 0,57 (evitación social) y 0,89 (rasgos depresivos), con una media de 0,82. El análisis factorial de las 40 categorías sugiere dos soluciones alternativas. La primera, que explicaría el 44 % de la variancia, está compuesta por dos factores: Intrternalización (23,5%) y Externalizacion (20,9%). La segunda, que explicaría el 57,6% de la variancia, está compuesta por cuatro factores: Antipatía (Disagreebleness) (22,7%); Inestabilidad emocional (18,3%); Introversion (9%); y Compulsivdad (7,6%). Para evaluar la exhaustividad de las 40 categorias del DIPSI, se las ha comparado con el DAPP-BQ (Livesley, 1990), instrumento reconocido para evaluar la patología de la personalidad del adulto, obteniéndose una fuerte correlación en todas las escalas del DAPP, exceptuando Problemas de intimidad (absorbidos en el DIPSI por Evitación social) y Autoagresión (excluida intencionadamente, por la baja edad del primer grupo evaluado). Además, el DIPSI presenta categorías ausentes en el DAPP: rasgos de hiperactividad, impaciencia, distracción, hiperexpresividad, rasgos depresivos, obsesivos y de rencor.
También se ha encontrado correlación entre el DIPSI y el CBCL holandés (Verhulst, 1996), el instrumento más utilizado para valorar psicopatología en niños. Antipatía correlaciona fuerte con Agresividad (0,83), Conducta delincuente (0,61) y Problemas de atención (0,55), y moderadamente con Problemas sociales (0,24). Inestabilidad emocional correlaciona con todos los síndromes del CBCL excepto con Conducta delictiva y agresiva. Introversión correlaciona positivamente con Abandono (0, 52), Conducta delictiva (0,28), y Ansiedad-depresión (0,27); y negativamente con Problemas de atención (-0,20). El dominio Internalización correlaciona con Conducta de abandono, Quejas somáticas, Ansiedad-depresión, Problemas sociales y de Problemas con el pensamiento. El dominio Externalización predice Problemas de atención y Conducta delictiva y agresiva. La solución de dos factores muestra un 0,84 de correlación en Externalización y un 0,73 en Internalización. Estos resultados sostienen la validez de las dimensiones mayores del DIPSI y sugieren que las dimensiones desadaptativas de la personalidad infantil están relacionadas a los síntomas conductuales capturados por el CBCL. Aunque ¾ partes de los ítems y categorías del DIPSI se basan en variantes extremas del HiPIC (medida exhaustiva de las diferencias individuales adaptativas en niños), el análisis factorial muestra un alto grado de solapamiento entre los dos dominios (Externalización-Internalización) del DIPSI y del CBCL. Esto refuerza la hipótesis de espectro que permite capturar la psicopatología infantil como manifestación de variantes extremas de las diferencias individuales en temperamento y personalidad.

IV. La relación entre personalidad y psicopatología
La revisión de la literatura sobre personalidad y temperamento permite rescatar como candidatos para un modelo exhaustivo de diferencias individuales en infancia y adolescencia sólo cinco rasgos de primer orden. Nuestra limitada revisión de los modelos dimensionales mostró dos dimensiones de primer orden emergentes tanto del CBCL como del DIPSI: Externalización e Internalización. En un nivel más bajo ambos sistemas divergen: el CBCL postula 8 síndromes y el DIPSI propone cuatro dominios de segundo orden. Para prestar suficiente atención al cuadro global, se concluirá esta revisión presentando datos obtenidos por nuestro grupo de investigación, utilizando instrumentos que capturan tanto la personalidad normal (HiPIC y NEO-PI-R) como anormal (CBCL y DIPSI, basados en los TP del DSM-IV).

Relaciones entre el HiPIC, el CBCL y el DIPSI
Desde la hipótesis del espectro cabe esperar correlaciones significativas entre los instrumentos que capturan las diferencias individuales en rasgos de personalidad adaptativos (HiPIC) con los que capturan problemas de conducta y rasgos desadaptativos (CBCL y DIPSI). Más aun, cabe esperar que las correlaciones en poblaciones generales y clínicas sean semejantes, aunque más intensas en las muestras de población clínica.
Se investigaron dos muestras. (1) Población general: estudio longitudinal en 276 niños y 320 niñas, entre 7 y 15 años de edad, con una media de 10,9 años, con rasgos descriptos por sus madres (Van Leeuwen, Mervielde et al, 2004). (2) Población clínica: 118 niños y 87 niñas, entre 5 y 14 años de edad, con una media de 9,9 años, reclutados en centros ambulatorios de atención en salud mental.
Se observan las correlaciones entre los valores en los dominios del HiPIC y los valores del CBCL en problemas de Internalización y Externalización de ambas muestras. Los datos sugieren que Externalización correlaciona negativamente con Benevolencia y Responsabilidad, y que Internalización correlaciona negativamente con Estabilidad emocional y Extraversión. Si bien ambas muestras tienen el mismo patrón de correlación, ésta es más significativa en la muestra de población clínica. En la población clínica Internalización correlaciona casi exclusivamente con Estabilidad emocional y Extroversión, mientras que Externalización correlaciona mucho con Benevolencia y Responsabilidad, un poco menos con Extraversión, y negativamente con Imaginación. La mayor correlación en la muestra de población clínica es sólo cuantitativa, no cualitativa, por lo que la hipótesis del espectro seguiría siendo válida, al menos hasta que estudios con muestras más amplias no demuestren lo contrario.

Extraversión del HiPIC correlaciona negativamente con Introversión e Inestabilidad emocional del DIPSI, y positivamente con Antipatía. Benevolencia correlaciona alto y negativamente con Antipatía. Estabilidad emocional correlaciona alto y negativamente con Inestabilidad emocional, y un poco menos con Antipatía. Responsabilidad correlaciona positivamente con Compulsividad y negativamente con Antipatía. Imaginación correlaciona negativamente con todos los factores del DIPSI, excepto con Compulsividad. Los resultados no sorprenden puesto que el 75% de los ítems del DIPSI son variables extremas de los ítems del HiPIC.
En las dos últimas filas se observan las correlaciones del HiPIC con los dos factores de 1º orden del DPISI. Externalización correlaciona alto y negativamente con Benevolencia y Responsabilidad, y moderadamente con Extraversión. Internalización correlaciona alto y negativamente con Estabilidad emocional y Extraversion, y moderadamente con Responsabilidad (esta última correlación no era esperada). Estos resultados ratifican la validez de los dos factores de 1º orden del DIPSI, sugiriendo dos conclusiones: (1) las dimensiones desadaptativas de personalidad en niños correlacionan con las dimensiones de personalidad del HiPIC; 2) los factores de 1º orden del DIPSI tienen un patrón de correlación con el HiPIC semejante al observado con el CBCL. Relaciones entre los rasgos del MCF y los TP en la adolescencia Saulsman y Page (2004), tras un meta-análisis de 15 estudios que comparan TP en adultos con valores en el MCF, llegaron a las siguientes conclusiones. (1) Neuroticismo (positivamente) y Amabilidad (negativamente) correlacionan, tanto en signo como en magnitud, con la presencia de TP. (2) Extraversión y Responsabilidad correlacionan con la presencia de un TP, pero el signo cambia según el TP. (3) Apertura no correlaciona sustancialmente con la variación en TP. (4) Las correlaciones entre TP y dominios son semejantes a lo largo de todas las muestras (poblaciones clínicas y generales) e independientes de los instrumentos utilizados para rasgos y TP. (5) Los rasgos del MCF, pese a no utilizar ítems clínicos, demuestran utilidad clínica y significación estadística para describir las variaciones de TP. De Clercq et al (2003 y 2004) examinaron las relaciones entre valores en el MCF y TP en dos muestras independientes de adolescentes, obteniendo los siguientes resultados.
(1) Todas las correlaciones significativas entre rasgos del MCF y TP tienen un signo idéntico en todos los estudios, excepto para las correlaciones entre TP Antisocial con Apertura y TP Dependiente con Amabilidad. (2) Hay algunas discrepancias entre los datos del meta-análisis y la muestra de adolescentes en tres TP: a) TP Histriónico y TP Obsesivo en adolescentes correlacionan más con Neuroticismo; b) TP Histriónico y Narcisista en adultos correlacionan más con Extraversión; c) Amabilidad (Benevolencia) correlaciona más con TP Histriónico en adolescentes.

Resumiendo, las conclusiones de Saulsman y Page (2004) en adultos se pueden aplicar casi totalmente a adolescentes: (1) Amabilidad y Neuroticismo muestran correlación, negativa y positiva respectivamente, con la presencia de TP; (2) Responsabilidad muestra correlación negativa con algunos TP, pero positiva con TP Obsesivo; (3) Apertura no contribuye sustancialmente en explicar la variación de TP. La mayor discrepancia en adolescentes fue en Extraversión, que correlaciona positivamente con TP Histriónico y Narcisista en adultos, pero no en adolescentes.

V. Una perspectiva más amplia
Pese a que los datos de esta revisión cubren muestras de niños y adolescentes de poblaciones generales y clínicas, aun no se pueden sacar conclusiones definitivas porque el número de estudios es limitado. Sin embargo, hasta el momento los datos sugieren la existencia de un patrón general de asociación entre personalidad y psicopatología. (1) Internalización y Externalización emergen como las dimensiones principales que mejor representan la relación entre personalidad y psicopatología. (2) Los dominios del MCF cubren adecuadamente las diferencias individuales en temperamento y personalidad.
Las cuatro dimensiones principales del MCF correlacionan con las dimensiones emergentes de los estudios psicopatológicos en infancia y adolescencia: Amabilidad y Responsabilidad correlacionan negativamente con Externalización (tanto con el CBCL como con el DIPSI) mientras que Neuroticismo alto y Extraversión baja correlacionan con Internalización. Mas aun, las cuatro dimensiones del DIPSI son semejantes a las del DAPP-BQ, modelo dimensional de
patología de personalidad de adultos (Livesley, 1990, 1992). Esta correspondencia entre dimensiones en la infancia con la psicopatología del adulto es un gran paso haciauna perspectiva mas amplia y longitudinal de las relaciones entre ambas disciplinas.  Hay evidencias sobre la posibilidad de conceptualizar la personalidad-temperamento y la psicopatología en la infancia. Internalización y Externalización, por su rol promimente en el CBCL, resultan familiares para especialistas en psicopatología infantojuvenil. Por otra parte, se ha encontrado la validez de las mismas dimensiones en adultos, no sólo para el eje II de TP, sino también para organizar la patología del eje I (Krueger, 1999; Krueger et al, 1998, 2001; Tackett et al, 2003). Estos estudios amplían la perspectiva de las dimensiones Internalización-externalización, no sólo para organizar una relación estable entre personalidad y psicopatología a lo largo de la vida, sino también por su potencial para organizar la oscilante psicopatología del eje I.

Referencias bibliográficas
• Achenbach, T.M., 1991. Integrative guide for the 1991 CBCL, YSR and TRF profiles. Burlington, Univesity of Vermont, Department of Psychiatry.
• Achenbach, T.M., 1995. Empirically based assesment and taxonomy: Applications to clinical research. Psychological Assesment, 76, 261-274.
• Achenbach, T. M. & Dumenci, L. 2001. Advances in empirically based assesment: Revised cross-informant syndromes and new DSM-oriented scales for the CBCL, YSR and TRF: Comment on Lengua, Sadowski, Friedrich, and Fisher. 2001 Journal of Consulting and Clinical Psycology, 69, 699-702.
• Achenbach, T. M., Dumenci, L. & Rescorla, L. A. .2003. DSM-oriented and empirically based approaches to constructing sacles from the same item pools. Journal of Clinical Child and Adolescent Psycology, 32, 328-340.
• Asendorpf, J. B. 2003. Head-to.head comparison of the predictive validity of personality types and dimensions. European Journal of Personality, 17, 327-346.
• Asendorpf, J. B., Borkenau, P. et al. 2001. Carving personality description and its joints: Confirmation of three replicable personality prototypes for both children and aults. European Journal of Personality, 15, 169-198.
• Battle, C. L., Shea, M. T. et al. 20004, Childhood maltreatment associated with adult personality disorders: Findings from the collaborative longitudinal personality disroders study. Journal of Personality Disorders, 18, 193-211.
• Bernstein, D. P., Cohen, P. et al. 1996. Childhood antecedents of adolescent personality disorders. American Jounral of Psychiatry, 153, 907-913.
• Bienvenu, O. J. & Stein, M. B.. 2003. Personality and anxiety disorders: A review. Journal of Personality Disorders, 17, 139-151.
• Block, J. H. & Block, J. 1980. The role of ego-control and ego resiliency in the organization of behavior. In W. A. Collins (Ed.). Minessota Symposium on Child Psycology. Vo. 13, pp 39-101. Hillsdale, NJ: Erlbaum.
• Bogg, T., & Roberts, B, W, 2004. Conscientiouness and health related behaviors: A meta-analysis of the leading behavioral contributors to mortality. Psycological Bulletin, 130, 887-919.
• Burt, S. A., Krueger, R. F. et al.. 2003. Parent-child conflict and the comorbidity among the childhood externalizing disorders. Archives of General Psychiatry, 60, 505-513.
• Buss, A. H. & Plomin, R. 1984. Temperament theory of personality development. New York: Wiley.
• Buss, A. H. & Plomin, R. 1984. Temperament: Early developing personality traits. Hillsdale, NJ: Earlbaum.
• Caspi, A., Harrington, H. et al. 2003. Children’s behavioral styles at age 3 are linked to their adult personality traits at age 26. Journal of Personality, 71, 495-513.
• Caspi, A., Roberts, B. W., et al. 2005. Personality development: Stabilty and change. Annual review of Psychology, 56, 453-485.
• Caspi, A. & Silva, P. A. 1995. Temperaments qualities at age-3 predict personalitytraits in young adulthood: Longitudinal evidence from a birth cohort. Child Development, 66, 486-498.
• Chess, S & Thomas, A. . 1996. Temperament: Theory and practice. New York: Brunner/Mazzel.
• Clark, L. A., Watson, D. et al. 1995. Diagnosis and clasification of psychopathology: Challenges to the current system and future directions. Annual Review of Psychology, 46, 121-153.
• Constantino, J. N., Cloninger, C. R. Et al. 2002. Application of the seven-factor model of personality to early childhood. Psychiatry Research, 19, 229-243.
• Coolidge, F. L., Thede, L. L. et al. 2001. Heredability of personality disroders in childhood: A preliminary investigation. Journal of Personality Disorders, 15, 33-40.
• Costa, P. T., Herbst et al. 2002. The replicability and utility of three personlity types. European Journal of Personality types, 16, S73-S87.
• Costa, P. T. & Mc Crae, R. R.. 1992. Five-Factor Model of Personalitty and its relevance to personality disorders, 3, 343-359.
• Costa, P. T. & Mc Crae, R. R.. 1997. Stability and change in personality assesment: The Revised NEO Personality Inventory in the year 2000. Journal of Personality Assesment, 68, 86-94.
• Costa & Widiger (Eds), 2002. Personality Disorders and the Five Factor Model of Personality (2ª Ed.). Washington DC, American Psychological Association.
• De Clercq, B. & De Fruyt, F.. 2003. Personality disorder symptoms in adolescense: A Five-Factor Model perspective. Journal of Personality Disorders, 17, 269-292.
• De Clercq, B., De Fruyt, F. et al. 2004. A little five lexically-based perspective on personality disorder symptoms in adolescense. Journal of Personality Disordes, 18, 477- 496.
• De Clercq, B., De Fruyt, F. et al. 2003. Construction of the Dimensional Personality Symptom Itempool. Unpublished manuscript.
• De Clercq, B., De Fruyt, F. et al. 2004. A hierarchical representation of personality pathology in childhood and adolescense. Unpublished manuscript.
• De fruyt, F., Mervielde, I. et al. 2002. The consistency of personality type clasification across samples and Five-Factor measures. European Journal of Personality, 16, S57- S72.
• Derryberry, D. & Rothbart, M. K.. 1997. Reactive and affortful processes ini hte organization of temperament. Development and Psychopathology, 9, 633-652.
• Digman, J. M. 1990. Personality structure: Emergence of the Five-Factor Model. Annual Review of Psychology, 41, 417-440.
• Dugman, J. M. & Inouye, J.. 1986. Further specification of the 5 Robust Factors of Personality. Journal of Personality and Social Psychology, 50, 116-123.
• Digman, J. M. & Shmelyov, A. G.. 1996. The structure of temperament and personality in Russian children. Journal of Personality and Social Psychology, 71, 341-351.
• Digman, J. M. & Takemoto_Chock, N. K.. 1981. Factors in the natural-language of personality:Re Analysis, comparison, and interpretation of 6 amjor studies. Multivariate Behavioral Research, 16, 149-170.
• Dowson, J. H., Sussams, P. et al . 2001. Associations of past conduct disorder wirh personality disorderss in “non-psychotic” psychiatrist inpatients. European Psychiatry, 16, 49-56.
• Ferdinand, R. F., Visser, J. H. et al. 2004. Improving estimation of the prognosis of childhood psychopathology: Combination of DSM-III-R/DISC Diagnosas and CBCL scores. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 45, 599-608.
• First, M. B., Gibbon, M. et al. 1997. User’s guide for the Structured Clinical Interview fot the DSM-IV Axis II personality disorders. Washington, DC: American Psychiatric Press, Inc.
• Goldberg, L. R.. 1990. An alternative description of personality: The Big-5 factor structure. Journal of Personality and Social Psychology, 59, 1216-1229.
• Goldberg, L. R.. 2001. Analyses of Digman’s child-personality data: Derivation of Big- Five factor scores from each of six samples. Journal of Personality, 69, 709-743.
• Goldsmith, H. H., Buss, K. A. et al. 1997. Toddler and childhood temperament: Expanded content, stronger genetic evidence, new evidence for the importance of enviroment. Developmental Psychology, 33, 891-905.
• Goldsmith, H. H. & Campos, J. J.. 1982. Toward a theory of infant temperament. In R. N. Emde & R. J. Harmon (Eds.), The development of attachement and affiliative systems (pp 161-193). New York: Plenum.
• Halverson, C. F., Havill, V. L. et al. 2003.Personality structure as derived from parental ratings of free descriptions of children: The Inventory of Child Individual Differences. Journal of Personality, 71, 995-1026.
• Hart, D., Hofman, V., et al. 2003. 1997. The relation of childhood personality types to adolescent behavior and development: A longitudinal study of Icelandic children. Developmental Psychology, 33, 195-205.
• John, O. P., caspi, A., et al. 1994. The Little 5: Exploring the nomological network of the 5-Factor Model of Personality in adolescent boys. Child Development, 65, 160- 178.
• Johnson, J. G., Bromley, E., et al. (in press). Role of childhood experiences in the development of maladaptive and adaptive personality traits. In J. Oldham, A. Skodol & D. Bender (Eds.). Textbook of personality disorders (pp. 237-252). Washington, DC: American Psychiatric Press.
• Johnson, J. G., Cohen, P. Et al. 2001. Childhood verbal abuse and risk for personality disorders during adolescense and early adulthood. Comprehensive Psychiatry, 42, 16-23.
• Johnson, J. G., Smailes, E. M., et al. 2000. Associations between four types of childhood neglect and personality disorder symptoms during adolescense. Journal of Personality Disorders, 14, 171-187.
• Joyce, P. R., McKenzie, J. M., et al. 2003. Temperament, childhood enviroment and psychopathology as risk factors for avoidant and borderline personality disoreders. Australian and New Zealand Journal of Psychiatry, 37, 756-764.
• Kasen, S., Cohen, P. et al. 1999. Influence of child and adolescense psychiatric disorders on young adult personality disorder. American Journal of Psychiatry, 1529- 1535.
• Kasen, S., Cohen, P., et al. 2001. Childhood depresion and adult personality disorder. Alternitive pathway of continuity. Archives of General Psychiatry, 58, 231-236.
• Kohnstamn, G. A., Halverson, C. F. Jr., et al. (Eds.). 1998. Parental description of child personality: Development antecedents of the Big-5? Mahwah, NG: Erlbaum.
• Krueger, R.F., 1999 The structure of common mental disorders. Archives of General Psychiatry, 56, 921-926.
• Krueger, R. F., Caspi, A., et al. 1998. The structure and stabilty of common mental disorders (DSM-IIIR): A longitudinal epidemiological study. Journal of Abnormal Psycology, 107,216-227.
• Krueger, R. F., Hicks, B. M. & McGue, M.. 2001. Altruism and antisocial behavior: Independent tendences, unique personality correlates, distinct etiologies. Psycological science, 12, 397-402.
• Krueger, R. F., McGue & M., Iacono, W. G.. 2001. The higher order structure of common DSM mental disorders: Internationalization, externalization and their connections to personality. Personality and Individual Differencies, 30, 1245-1259.
• Krueger, R. F. & Tackett, J. L.. 2003. Personality and psycolopathology: Working toward the bigger pictures. Journal of Personality Disorders, 17, 109-128.
• Kupfer, D. J., First, M. B. & Regier, D. A.. 2002. A research agenda for DSM-V. Washington, D.C.: American Psychiatry Association.
• Lemery, K. S., Goldsmith, H. H., et al. 1999. Developmental models of infant and childhood temperament. Development Psycology, 35, 189-204.
• Lengua, L. J., Sadowski, C. A., et al. 2001. Rationally and empirically derived dimentions of children’s symptomotalogy: Expert ratings and confirmatory factor analyses of the CVCL. Journal of Consulting and Clinical Psycology, 69, 683-698.
• Livesley, W. J.. 1990. Domentionally assesment to personality pathology: Basic questionnair. Unpublished manuscript, University of British Columcia, Vancouver, VC, Canada.
• Livesley, W. J., Schroeder, M. L. & jackson, D. L.. 1992. Factorial structure of traits delienating personality disoreders in clinical and general-population samples. Journal of Abnormal Psycology, 101, 432-440.
• McCray, R. R., Costa, P. T., et al. 2002. Personality trait development from age-12 to age-18: longitudinal, cross-sectional and cross-cultural analyses. Journal of Personaliy and Social Psycology, 83, 1456-1468.
• Mervielde, I. & Asendorpf, J. B.. 2000. Variable-centered and person-centered approaches to childhood personality. In S. E. Hampson (Eds.), Advances in personlity psycology (vol. 1, pp. 37-76), Philadelphia: Tylor & Francis.
• Mervielde, I., Buyst, V., & DeFruyt, F. 1995. The validity of the Big-5 as a model for teacher ratings of individual differencies among children age 4-12 years. Personality and Individual Differencies, 18, 525-534.
• Mervielde, I. & Defruyt, F.. 1999. Construction of the hierarchical personality inventory for children (HiPIC). In Mervielde, I., Deary, F., Defruyt, F. & Austendorf, F. (Eds.). Personlity Psycology in Europe (vol 7, pp 107-127). Tilburg, The Nederlands: Tilburg University Press.
• Mervielde, I. & DeFruyt, F.. 2000. The Big-Five personality factors as a model for the structure of children’s peer nomination. European Journal of Personality, 14, 91-106.
• Mervielde, I. & DeFruyt, F.. 2002. Assessing children’s traits with the hierarchical personality inventory for children. In B. Deraad & M. Perugini (Eds.). Big File Assesment (pp. 129-146). Seattle: Hogrefe & Huber Publishors.
• Mervielde, I., DeFruyt, F. & Jarmus, S.. 1998. Linking opennes and intelect in childhood and adluthood. In G. A. Kohnstamm, C. F. Halverson, I. Mervielde & V. Havill (Eds.). Parental description of child personality: Developmental antecedents of the Big-Five? (pp. 105-126). Mahwah, N. J.: Erlbaum.
• Presley, R. & Martin, R. P.. 1994. Toward structure of preschool temperament: factors structure of the temperament assesment battery for children. Journal of Personality, 62, 415-448.
• Ramklint, M. et al. 2003. Child and adolescent psychiatric disorders predicting adult personalities disorder: a follow-up study. Nordic Journal of Psychiatric, 57, 23-28.
• Regier, D. A. et al. 1998. Limitations of diagnostic criteria and assesment instruments for mental disorders: implications for research and policy. Archives of General Psychiatry, 55-109.
• Roberts, B. W. et al. 2004. A lexical investigation of the lower-order structure of conscientiousness. General Research in Personality, 38, 164-178.
• Roberts, B. W., Caspi, A. & Moffitt, T. E.. 2001. The kids are alright: Growth and stability in personality development from adolescense to adult. Journal of Personality and Social Psycology, 81, 670-683.
• Roberts, B. W. & Delvechio, W. F.. 2000. The rank order consistency of personality traits from chilhood to old age: a quantitative review of longitudinal studies. Psycological Bulletin, 126, 3-25.
• Robins, R. W., John, O. P., et al. 1996. Resilient, overcontrolled and undercontrolled boys: Three replicable personality times. Journal of Personality and Social Psycology, 70, 157-171.
• Rothbart, M. K. & Ahadi, S. A.. 1994. Temperament and the development of personality. Journal of Abnormal Psycology, 103, 55-66.
• Rothbart, M. K. & Bates, J. E.. 1998. Temperament. In W. Damon & N. Eisenberg (Eds.). Handbook of child psycology: Social, emotional and personality development (5th ed. Vol. 3, pp 105-176). New York: Wiley.
• Roza, S. J. et al. 2003. Stable predictional of mood and anxiety disorders based on behavioral and emotional problems in childhood: A 14-year follow up during childhood, adolescense and young adulthood. Ameprican Journal of Psychiatry, 160, 2116-2121.
• Sausier, G. et al. 2000. Cross language studies of lexical personality factors. In S. E. Hampson (Eds.)Advances in personality psycology, vol. 1 pp 1-36. Philadelphia: Tylor & Francis.
• Saulsman, L. M. & Page, A. C.. 2004a. The Five-Factor model and personality disorder empirical literature: A meta-analitic review. Clinical Psycology Review. 23, 1055- 1085.
• Saulsman, L. M. & Page, A. C.. 2004b. The Five-Factor model and personality disorder empirical literature: A meta-analitic review, erratum. Personal comunication. August 2004.
• Sheeringa, M. et al. 2003. Research diagnostic criteria for infants and preschool children: the process and empirical support. Journal of the American Academy of Child and Adolescense Psychiatry, 42, 1504-1512.
• Schotte, C. K. W. et al. 1998. Self report assesment of the DSM-IV personality disorders. Measurement of trait and distress characteristics: The ADP-IV psycological medicine, 28, 1179-1188.
• Shedler, J. & Westen, D.. 2004. Dimentions of personality pathology in alternative to the 5-factor model. American Journal of Psychiatry, 161, 1743-1745.
• Sher, K. J. & Trul, T. J.. 1996. Methodological issues in psycopathology research. Annual Review of Psycology, 47, 371-400.
• Shiner, R. L.. 1998. How shall we speak of children’s personalities in middle childhood? A preliminary taxonomy. Psycological Bulletin, 124, 308-332.
• Shiner, R. L. & Caspi, A.. 2003. Personality differencis in hcildhood and adolescense: measurement development and consecuences. Journal of Child Psycology and Psychiatry and allied Disciplines, 44, 2-32.
• Tackett, J. L. et al. 2003. Subfactors of DSM-IV conduct disorder: Evidence and connection
with syndromes from the child behavior checklist. Journal of Abrnomal Psycology, 31, 647-654.
• Thomas, A. & Chess, S.. 1977. Temperament and development. New York: Bruner/Mazel.
• Van Leeuwn, K. et al. 2004. A longitudinal study of the utility of the resilient overcontrolled and under-controlled personality types as a predictors of children’s and adolescenses’ problem behavior. International Journal of Behavioral Development, 28, 210-220.
• Van Leeuwn, K. et al. 2004. Child personality and parental behavior as modulators of problem behavior: Variable- and person-centered approaches. Development Psycology, 40, 1028-1046.
• Van Lieshout, C. F. M. & Haselager, G. J. T.. 1994. The Big Five factors in Q-sort descriptions of children and adolescents. In S. F. Halverson Jr., G. A. Kohnstamm & A. P.
Martin (Eds.). The developing structure of temperament and personality from infancy to adulthood, pp293 318. Hillsdale, N. J.: Laurence Erlbaum Associates.
• Verhulst, F. C. et al. 1996. Handleiding boord de CBCL/4-18 (Manual of the CBCL/4- 18). Rotterdam, The Nederlands: Erasmus Universiteit.
• Warner, M. B. et al. 2004. The longitudinal relationship of personality traits and disorders. Journal of Abnormal Psycology, 130, 217-227.
• Widiger, T. A. & Clark, L. A.. 2000. Toward DSM-V and the classification of the psycopathology. Psycological Bulletin, 126, 946-963.
• Widiger, T. A. et al. 2002. A description of the DSM-IV personality disorders with the Five-factor model of personality. In P. T. Costa Jr. & T. A. Widiger (Eds.), Personality disorders and the Five-factor model of personality, pp 89-99. Washington D.C. American Psycological Association.
• Yen, S. et al. 2003. Axis I and axis II disorders as predictors of prospective suicide attempts: Findings from the colaborative longitudinal personality disorders study. Journal of Abnormal Psycology, 112, 375-381.
• Young, S. et al. 2003. Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD) in personality disordered offenders and the association with disruptive behavioural problems. Journal of Forensic Psychiatry and Psycology, 14, 491-515.

Revista Persona. IAEPD. 2006.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada