miércoles, 7 de julio de 2010

Prevención. Nila Velázquez. Guayaquil. Ecuador.

Cada día son más las noticias de asaltos, robos y asesinatos en que los protagonistas son adolescentes, chicos menores de 18 años, que deberían estar estudiando, haciendo deporte, divirtiéndose, preparándose, y ya han sido detenidos más de una vez. Incluso hay casos de sicarios juveniles.
Esta es una verdad que no se puede soslayar en la lucha contra la delincuencia y en pro de la seguridad de los ciudadanos.
Pero a las acciones punitivas deben acompañarse acciones preventivas, esto requiere un trabajo profesional interdisciplinario y de conjunto de algunas instituciones.
En un Plan de “Buen Vivir” para los jóvenes, hay trabajo para todos. Se requiere de psicólogos, sociólogos, pedagogos, promotores deportivos y culturales, expertos en microempresas juveniles, pero se necesita también trabajar con los padres y con los maestros para que en una acción coordinada puedan acompañar mejor a los jóvenes en esta etapa decisiva para su crecimiento.

Hay que trabajar mucho en la motivación y formas de solución pacífica de conflictos, porque cada vez son más alarmantes las noticias de que en los colegios, tanto masculinos como femeninos los problemas juveniles se resuelven de manera violenta, a veces entre los propios protagonistas y ahora último, porque uno de ellos paga a otro para que golpee al adversario.
Cuando leemos u oímos que alguien de diecisiete años ya ha sido detenido tres veces y la última por homicidio, no podemos quedarnos indiferentes ante la realidad de una vida truncada porque sin un sistema adecuado de rehabilitación es posible que si sobrevive a la violencia, le espere una carrera delictiva que lo llevará una y otra vez al presidio o a crímenes cada vez peores.

Pero no debemos olvidar que los jóvenes viven en una sociedad, que sus valores los toman del entorno, que han aprendido que son juzgados por su apariencia y que para mucha gente es verdad aquello de “tanto tienes, tanto vales”. Por eso no es extraño que algunos de los crímenes sean por un par de zapatos de determinada marca o que jóvenes colegialas se prostituyan porque necesitan dinero para vestirse a la última moda.
También es del entorno de donde aprenden a irrespetar a los demás, a ser intolerantes con las diferencias, a que la violencia verbal es la manera de disentir y la violencia verbal crea ambientes tensos y violentos.

Por todo lo anterior, la lucha por la seguridad y contra la delincuencia es una tarea compleja, que requiere trabajo conjunto y un clima social adecuado también para la prevención.
Parte de ese plan debe ser una política de juventud que propicie el desarrollo positivo de las aptitudes de los adolescentes, para que ellos y ellas encaucen sus talentos y energía por caminos del teatro, de la música, de las artes plásticas, del deporte, del trabajo comunitario, del emprendimiento laboral.
Por supuesto, quizás también se requieren cambios en las leyes de menores, en los sistemas de rehabilitación y, fundamentalmente, en un planteamiento adecuado de la necesidad de la disciplina bien entendida y razonadamente aceptada.
En este tema hay trabajo para todos si queremos ofrecer a los jóvenes el mundo al que tienen derecho para insertarse como elementos positivos a la sociedad

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