miércoles, 28 de julio de 2010

La convivencia entre los alumnos. Ps. Alejandro Castro Santander. Mendoza. Argentina.


Repasando titulares de diarios y revistas de los últimos años, vemos que los medios de comunicación reflejan con mucha frecuencia situaciones de violencia en las escuelas. Estos hechos suelen adquirir, en muchas ocasiones, características estremecedoras: docentes que son agredidos por sus alumnos o por los padres de estos; crueldad muy acentuada en las relaciones entre los propios alumnos; heridos o muertes por armas de distinto tipo, etcétera.
En una primera apreciación reconocemos que es cierto que suceden estas cosas. Lo que ocurre es que muchos quieren ver en estos acontecimientos la “punta del iceberg” de una situación general dramática o, cuanto menos, alarmante.
La aproximación a los estudios existentes sobre estos temas nos hace dar cuenta de que la situación de nuestro país, en cuanto a problemas de auténtica violencia escolar, permite considerar los hechos mencionados en la prensa, la televisión, como reales, pero no frecuentes, sino esporádicos y, por supuesto, no cotidianos en nuestras aulas. En todo caso, nos preocupan más otras violencias que, como veremos más adelante, son muy habituales, pero que por sus características pasan desapercibidas para los adultos, pero son bien conocidas por los alumnos.

No compartimos, por tanto, las visiones apocalípticas que desde determinadas posiciones pretenden crear un estado de opinión que sólo favorece, a corto y medio plazo, tomar medidas duras y estrictamente disciplinarias o bien creando procesos en las escuelas que resuelven todo segregando a los “malos” alumnos de los “buenos”, para que estos últimos puedan estudiar. Es en estos momentos, cuando los problemas derivados de la convivencia aún no alcanzan dimensiones alarmantes, cuando se hace preciso reflexionar y actuar con responsabilidad. Retardar aún más la toma de medidas favorece la creación de un ambiente que acabará por impedir las posibilidades de una respuesta educativa, posibilitando la adopción de posturas únicamente sancionadoras o expulsoras, que no creemos sean la verdadera solución de estos problemas. Los niños y adolescentes desarrollan principalmente sus formas de socialización en la familia y en la escuela. La influencia de estos referentes y la de los medios de comunicación potencian o impiden el aprendizaje de conceptos, habilidades y actitudes. Ya hemos hablado del decisivo lugar de la familia en la conformación de lo personal y lo social, y la escuela es el ámbito en donde los niños y los jóvenes adquieren conocimientos, pero también es el escenario en donde ensayan las relaciones sociales y en donde se exponen a las distintas normas y costumbres de su comunidad. 
El ambiente escolar es uno de los contextos más importantes de convivencia de los niños y adolescentes con sus compañeros y es también el escenario en el que reciben más influencia de ellos. Un ambiente escolar negativo puede conducir a los alumnos a comportarse antisocialmente. De la misma manera, distintas evidencias señalan que hay más confrontación entre los alumnos en las escuelas en las que no existen reglas claras o estas son arbitrarias e injustas. Lo mismo ocurre cuando las conductas desviadas son ignoradas y cuando las escuelas carecen de recursos suficientes para la enseñanza. El grupo de alumnos se convierte así en un factor de gran importancia para la educación, ya que conforma aspectos socialmente relevantes y porque crea dentro de sí una microcultura que produce y consagra ciertos valores y normas de convivencia que son asumidas por cada uno de los niños y adolescentes. Cuando un adolescente sufre porque no puede llevar unas zapatillas de cierta marca comercial o se corta el pelo de una forma llamativa, no es sólo porque está tratando de afirmar su identidad personal, es que ha asumido convenciones y valores de su grupo de referencia, lo que trasciende su propia decisión personal y se convierte en una reafirmación grupal. 



LOS ALUMNOS APRENDEN JUNTOS. La creencia de que el aprendizaje tiene una sola dirección, de la boca del docente a la mente del alumnado, hoy debe completarse con la evidencia de que gran cantidad de información y de conocimiento se produce en la relación que se establece entre los propios alumnos. Es lógico pensar que los conocimientos y los procedimientos nuevos son contenidos que los alumnos suelen aprender de sus docentes, pero hay otros contenidos, especialmente los que se refieren a las actitudes y los valores, que no siempre son objeto de atención de parte de los educadores. Los alumnos adquieren, por imitación o adaptación, muchos de sus hábitos y actitudes. La ausencia de control y responsabilidad respecto de estos contenidos hace que sepamos poco sobre cómo se elaboran y construyen las actitudes y los valores que van penetrando en la personalidad de los niños. Muchas de las experiencias en las que participan los alumnos tienden a edificar normas de convivencia, costumbres y reglas no escritas. Con frecuencia, son normas y pactos que se relacionan con actitudes positivas de los unos hacia los otros, hacia los adultos o la sociedad en general. Pero no siempre los acontecimientos que tienen lugar dentro del grupo proporcionan los modelos de comportamiento social adecuado y las creencias en normas y reglas que favorecen la convivencia. A veces, el grupo de alumnos incluye claves de dominio y sometimiento que van más allá de lo moralmente tolerable, y entonces el grupo puede convertirse en un modelo de referencia negativo para el desarrollo social. Aparece la prepotencia o el desequilibrio en el rol que un chico establece con otro o que un grupo establece con un estudiante en particular: son esquemas de malas relaciones que pueden adquirir diferentes grados de peligrosidad para el desarrollo personal y social y la convivencia en la escuela. Todos recordarnos la existencia de pactos y formas de maltrato entre los chicos en todos los tiempos; en la experiencia personal de muchos de nosotros están aquellos sucesos en los que un compañero abusaba, mediante burlas, insultos, ridiculizaciones o rumores, de otro niño que, por distintas razones, padecía estos abusos sin saber cómo salir de la situación. El problema del maltrato entre compañeros en las instituciones educativas ha existido siempre, pero, actualmente, la falta de contención de la familia y de la sociedad en general, junto al desarrollo de una personalidad frágil, hacen que el rechazo del grupo de compañeros origine reacciones impredecibles en los niños y jóvenes de este nuevo siglo. 



EL VALOR DE SER ACEPTADO. A cualquier edad es necesario sentirse lo suficientemente bueno como para que los demás quieran estar cerca, conversar y hacer cosas con nosotros. Pero especialmente en los años de la primera adolescencia, es muy importante tener amigos y ser aceptado por los otros. En la adolescencia y la juventud, la sociabilidad con los iguales adquiere un papel fundamental. Pasados ya los años en que la familia era el centro de la vida del niño, los amigos ocuparán la atención de la vida de relación. El éxito y el fracaso social parecen centrarse en el éxito o el fracaso con los compañeros. Pero llegar a tener amigos, en contra de lo que los adultos creemos, no es una tarea fácil para los chicos. Hace falta saber ofrecer y saber recibir, saber conversar sobre cosas relevantes y atractivas y saber escuchar, respetar los turnos de un diálogo espontáneo que puede tratar de múltiples temas, pero que exige hablar de uno mismo y escuchar asuntos personales de otro. En general, es necesario saber compartir, lo que, en muchas ocasiones, supone desprenderse de cosas propias o tener puntos de vista distintos. Los amigos deben aceptarse. Así, tener amigos exige acercar, en alguna medida, el comportamiento, los hábitos y las rutinas personales a una línea invisible compuesta por las alianzas que el grupo considera aceptables. Estas, como hemos dicho, no son claramente manifestadas ni democráticamente decididas. Las convenciones sobre lo que es atractivo para los otros y, por tanto, fuente de afinidad afectiva son siempre variables y no dependen del niño que quiere tener amigos. Él debe descubrir cuáles son esos valores y tratar de adaptarse a ellos, lo que no siempre consigue. Hasta hace poco, la psicología de las relaciones interpersonales había señalado dos tipos de chicos: el socialmente aceptado o popular y el socialmente rechazado o impopular; pero esta es una clasificación algo elemental que dista mucho de la realidad. Entre los dos polos –popularidad e impopularidad– existe una amplia gama de matices; gente diversa y corriente que ni es del todo popular ni vive marginada. Entre el chico al que todos los demás escuchan, con el que quieren estar y compartir actividades y el que nunca es escuchado ni provoca el más mínimo deseo de compañía existe una amplia gama de matices de sociabilidad que dan una riqueza extraordinaria al campo de la vida social. En esta zona amplia se encuentra la mayoría de los alumnos, a los que la “asignatura” tener amigos y sentirse aceptados les ocupa tanto o más tiempo que las Matemáticas o la Lengua. El adolescente da mucha importancia a percibirse y ser visto como un individuo socialmente integrado, y quiere evitar, a toda costa, ser señalado como alguien aislado, así que acepta y busca voluntariamente su pertenencia a un grupo. Ser ignorado, percibirse como un individuo sin amigos o aislado puede llegar a ser más doloroso que cualquier otro problema escolar. Pero el grupo puede imponerle actividades y normas que no siempre le permiten discutir o que son claramente contrarias a sus propios criterios de conducta. Así, el conflicto entre la necesidad de integración social y la discrepancia normativa se convierten en un conflicto personal que, cuando se inclina a favor del individuo, vuelve a provocar el aislamiento y la soledad, con la consiguiente creencia en la incapacidad para hacer amigos; pero cuando se inclina hacia el grupo, provoca dependencia, sumisión y a veces indefensión. Afortunadamente, los chicos aprenden desde muy pequeños esta ley de la reciprocidad social. A partir de los primeros fracasos, cuando, en el preescolar, comprobaron que el hecho de que ellos prefirieran el juguete de su amigo no les daba ninguna garantía de que lo llegarían a obtener, se abría en sus vidas sociales un camino duro pero clarificador sobre lo que se podía y no se podía esperar de los otros compañeros. A veces, la vida intelectual avanza más rápidamente que la vida social, y muchos chicos que se saben con derecho a la reciprocidad son incapaces de dominar las destrezas sociales que les permitirían ejercitar dicho derecho. Otros, aun sabiendo que están forzando la ley que da a los otros sus mismos derechos, prefieren gozar del beneficio del abuso de poder. Dominar este principio de la reciprocidad no es sólo una cuestión de capacidad cognitiva, es, sobre todo, una cuestión de habilidad social. 



LA VIOLENCIA VA A LA ESCUELA. En muchas instituciones sociales habita la violencia, porque se producen formas de convivencia que la permiten, la ignoran o la potencian. Además, toda institución formada por personas, parece generar, como producto inevitable, un cierto abuso de poder. Son ejemplos paradigmáticos los malos tratos en las prisiones, en los manicomios y en el ejército. Pero también ha existido siempre, de forma más o menos oculta, el maltrato y el abuso en instituciones como la educativa, donde, por su finalidad, deberían estar excluidos. La escuela, como toda institución, genera procesos al margen de los discursos formales en los que se basa su organización. Es lo que se conoce como “currículum oculto”, o sea, el conjunto de procesos que circulan por debajo del control educativo que los docentes realizan de forma consciente y planificada. Gran parte de ese currículum silencioso está formado por los sistemas de comunicación, las formas que adquieren el poder y los estilos de convivencia que tienen lugar en la escuela. No es fácil, aunque se pretenda, ser consciente de lo que sucede en todos los espacios de la convivencia escolar, pero uno de los sistemas que más se escapa al control de los docentes es el que componen los alumnos entre sí. Algunas dinámicas interpersonales que los alumnos desarrollan en su vida cotidiana de relación son conocidas por los docentes, pero otras permanecen ocultas. Es lo que sucede con las distintas formas de violencias indirectas. Los alumnos se relacionan entre ellos bajo afectos, actitudes y emociones a los que nuestra cultura educativa nunca ha estado muy atenta. Desgraciadamente, los sentimientos, las emociones y, en gran medida, los valores no siempre son materia de trabajo escolar. 



LAS CONDUCTAS ANTISOCIALES EN LA ESCUELA: INDISCIPLINA Y VIOLENCIAS.Es necesario distinguir entre situaciones de violencia escolar y problemas del ámbito de la disciplina. Los asuntos relativos a la indisciplina escolar tienen que ver con dificultades –de parte de los alumnos y alumnas– para incorporarse al código de convivencia establecido por la institución escolar o por normas inapropiadas que dificultan su incorporación. No debemos confundir la violencia con la indisciplina. Esta última es un comportamiento que va contra las normas establecidas, y la agresión contra las personas, más allá de las pautas de convivencia, daña física y psicológicamente al otro. En un ambiente de normas claras, democráticamente elegidas y asumidas por todos, en el que los docentes tienen claro su papel socializador y los alumnos tienen la oportunidad de participar en la elaboración de normas, es de esperar que aparezcan menos problemas de violencia interpersonal. Sin embargo, lo que con toda seguridad podemos afirmar es que la violencia tiene todas las posibilidades de aparecer en un clima donde las normas sean arbitrarias, elaboradas al margen de la participación de los alumnos y las familias, inconsistentes y poco claras. Es evidente que siempre ha habido ciertos adultos que han abusado de algunos alumnos, pero, históricamente, parte de este abuso se ha enmascarado bajo la apariencia de formas eficaces y necesarias de autoridad. También se han dado siempre situaciones en las que algunos alumnos abusaban de otros, por su fuerza o por su habilidad para hacer las cosas, actuar en los juegos, conseguir el favor de los adultos y demás, pero se ha considerado como cosa de chicos. Esta naturalización favorece la invisibilidad de estos fenómenos de violencia y de muchos otros que vivimos frecuentemente en la sociedad. No saber a qué ajustarse provoca inseguridad y miedo, lo que es un campo propicio para el comportamiento dependiente y sumiso y para la aparición de la prepotencia y el abuso. La disciplina incoherente o autoritaria contribuye a crear confusión sobre lo que está bien y lo que está mal, y esto, a su vez, es un factor determinante para que aparezca la violencia. La sociedad ha sido muy tolerante hacia comportamientos y actitudes que los más fuertes han desplegado hacia los que ocupan un lugar de sometimiento a ese poder. Estos fenómenos siempre están relacionados con una disciplina autoritaria, basada también en la ley del más poderoso. El paso de una disciplina autoritaria a un estilo democrático y participativo puede crear conflictos puntuales como consecuencia de la aparente falta de autoridad, pero, al final del proceso, si se ha sido consistente, lo normal es que aparezca un nuevo modelo de convivencia que excluya la violencia. Las experiencias entre los alumnos, sean compañeros de clase o amigos del barrio, constituyen un importante contexto de desarrollo para los niños y adolescentes. A través de estas vivencias se adquiere, durante el largo período anterior a la edad adulta, un amplio repertorio de habilidades y actitudes que influyen en la adaptación social de la persona a lo largo de la vida. Los grupos de niños y adolescentes son un factor de socialización que contribuye, junto con otros ámbitos, tales como la familia, la escuela, su bienestar y ajuste social, emocional y cognitivo. Sin embargo, no siempre los iguales son un factor de influencia positiva en el desarrollo de la persona ni las relaciones entre ellos están libres de conflictos. Por este motivo es tan importante que docentes y padres reconozcan estos procesos de convivencia que se producen entre los chicos. Hoy estamos absolutamente convencidos de que las relaciones que se establecen entre ellos influyen no sólo en el desarrollo personal y social, como ya vimos, sino también en el rendimiento escolar y en la permanencia de muchos chicos en la escuela. Preocuparnos y ocuparnos de estos nuevos fenómenos contribuirá no sólo a que la escuela alcance sus objetivos educativos, sino también a una infancia y adolescencia más feliz. 



CIBERVIOLENTOS. ¿El padecimiento de algunos niños empieza al entrar en la escuela y finaliza a la hora de salida? La realidad nos está indicando que no. El amplio uso de la telefonía móvil y de internet ha dado lugar a nuevas modalidades de violencia y acoso. Las víctimas hoy son atacadas cara a cara dentro de la escuela y también fuera de ella a través de las nuevas tecnologías que están a disposición de niños y adolescentes. En todos los tiempos, el ser humano ha sabido sacar provecho de los adelantos científicos y técnicos, y también ha hecho mal uso. Por cada gran desarrollo que beneficia al hombre encontraremos un uso para la guerra, el crimen y el sufrimiento de la misma humanidad. Los hombres violentos siempre se las han arreglado para potenciar los efectos destructivos contra el otro, haciendo uso de las tecnologías a su alcance. Sabemos que los adolescentes no sólo se sienten tremendamente atraídos por todo lo relacionado con las nuevas tecnologías, sino que, además, las operan muy bien. Así es que los jóvenes con una personalidad agresora también se valen de esos medios –además de los “tradicionales”– para abusar de sus compañeros y también de sus docentes. El maltrato y las formas de violencia indirecta mediante SMS, redes sociales, correos electrónicos anónimos o páginas web difamatorias o que alojan videos (YouTube, por ejemplo) son cada vez más habituales y se han convertido en una de las armas preferidas a la hora de buscar la forma de dañar a sus compañeros. Básicamente, este tipo de violencia consiste en enviar burlas, insultos, mensajes intimidatorios o generar situaciones dentro del ámbito escolar, para luego registrarlas mediante fotos en la cámara del celular o en video y poder exhibirlas como trofeo en internet (happy slapping). El efecto que causa en las víctimas este tipo de agresiones varía. En algunas es mínimo, ya que el ataque les resulta indiferente. En otras es traumático, bajan su rendimiento, inventan excusas para faltar, buscan cambiar de escuela o abandonan los estudios. Lamentablemente, también conocemos casos en los cuales los niños han caído en una depresión que los ha llevado al suicidio o a tomar revancha contra aquellos compañeros que realizan el hostigamiento. La capacidad de los colegios de controlar o detener estos hechos que tienen lugar fuera de su perímetro es muy limitada. Los casos aumentan, los autores no imaginan el daño psicológico que infligen a la víctima y los padres se desesperan porque no saben cómo hacer para que no se difundan las fotos o frenar el video. Los niños expresan que preferirían tener un ojo morado o un brazo roto a sufrir los rumores o las burlas en masa que circulan en internet. En varios estados europeos se comienza a prohibir a los alumnos tomar fotos o grabar videos dentro de la escuela. Algunos han llegado a permitir a la dirección expulsar al alumno que utilice estas fotos y videos para abusar de un compañero. Esta es la sanción más severa, mientras que hay otros países que proponen tareas educativas o suspensión de varios días, entre otras. Lo cierto, es que la mayoría de los directivos encuentra muchas veces en los propios padres el principal obstáculo para limitar el uso de los celulares u otros dispositivos en la escuela. Los códigos de disciplina y convivencia deben incluir estas nuevas formas de maltrato y violencia. Pero para que las normas sean educativas, no basta publicarlas, deben ser trabajadas mostrando el valor que protegen, ya que, por lo general, los niños y adolescentes no miden el daño que pueden provocar con estos actos, y es por eso que sólo limitar sin explicar el motivo estimula en alumnos trasgresores el deseo de superar aquellas reglas que parecen importar sólo “al adulto”.

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