viernes, 23 de julio de 2010

Adolescencia y psicoterapia de grupo. (Infractores). Peter Zelaskowski.

Preámbulo
Cuando decidí por primera vez escribir un artículo sobre el tema de trabajo grupal con adolescentes, estaba motivado, primeramente, por el deseo de desarrollar una base teórica y concomitantemente práctica para mi trabajo como profesor en el servicio Southwark Intermediate Treatement (IT), y también para dar algo de devolución al tiempo extra que había concedido durante dos años los miércoles por la tarde, a fin de que pudiera ser supervisado por Barts, y en segundo lugar, por el deseo de explorar de que manera los métodos y principios analíticos pueden aplicarse a esta área de trabajo. Ahora creo que lo que buscaba era un puente que uniese la brecha entre mis experiencias como profesor y como entrenador de grupo analítico, lo cual sentía, a veces, como si fueran polos separados.
 El área especializada de profesor dentro de la cual trabajaba se situaba de una manera un tanto incómoda entre el Education Department’s Pupil Support y el Social Services’ Childcare Provision, y en ella no había tradición de pensamiento analítico y psicodinámico, y esto era particularmente precario en el área de teoría y práctica de trabajo grupal. Sin embargo, estas motivaciones originales para escribir este artículo, ahora me resultan un tanto floridas y grandilocuentes. Así que, desde el espíritu de cumplimiento, tocando de pies en el suelo y siendo menos duro conmigo mismo, mi objetivo aquí es escribir un artículo teórico que explore un poco más allá dentro del territorio de la psicoterapia de grupo con adolescentes, focalizando en algunas de las áreas clave de debate, teóricas y prácticas, las cuales aparecieron durante el tiempo que trabajé con adolescentes.

Introducción

Hay pequeñas objeciones en cuanto a que la psicoterapia de grupo sea considerada por muchos clínicos como un tratamiento a escoger para adolescentes. (Cramer Azima, ch. I, Adolescent Group Psychoterapy)

Mi intención aquí es observar los enfoques grupales en el tratamiento de adolescentes en crisis. Muchos autores se refieren a la adolescencia en sí misma, como a un tiempo de crisis en el proceso normal de individuación, y mi punto de partida aquí será ver la naturaleza de esta crisis como el desarrollo de una etapa conectada con la realización de tareas específicas. Quiero entonces observar las posibles ventajas del enfoque grupal en el tratamiento de adolescentes, haciendo así mismo un intento de establecer el porqué puede ser considerado un “tratamiento a escoger”. Mi próximo paso quiero que sea esbozar claramente un diagrama del campo de enfoque de la psicoterapia de grupo, trabajando, en particular, con trastornos o con adolescentes delincuentes, perfilando los posibles medios de conceptualización de la línea de enfoques terapéuticos en el trabajo grupal con adolescentes. Quiero entonces dilucidar las claves, que para mi son comunes, concernientes al trabajo grupal con la población de esta edad, a saber: problemas respecto a los límites tal como resumió Harold Behr; fuentes de dificultades sociales, intelectuales y emocionales para el terapeuta, como conceptualizó Terry Bruce; y finalmente quiero perfilar brevemente alguno de los riesgos inherentes al rol de conductor de un grupo de adolescentes.

Adolescencia

Ellos decían que él estaba yendo hacia atrás, verdaderamente, lo hacía, porque intentaba realizar un gran salto. Nietzsche – Tomado de Peter Blos, En la Adolescencia, p92
La adolescencia es un período de cambios dramáticos y revolucionarios. En las culturas occidentales es también un tiempo de vida, también demasiado ultrajado, planteado como la mayor amenaza al orden establecido de las cosas, o celebrado y romantizado al máximo, en particular dentro de la esfera de la cultura popular, por sus energías creativas y desafiantes. Así, a primer golpe de vista, la adolescencia puede entenderse como el principio del fin de la infancia, y como tal, es por ello un tiempo de duelo por la pérdida de la relativa dependencia y seguridad de la infancia, caracterizado por intentos de recobrar lo que se ha perdido. El final de ello puede verse el principio de la edad adulta, el tiempo en el que el individuo, literal o metafóricamente, deja su hogar y se separa de su familia original, dentro de un estado de relativa independencia. Por todo ello, es un tiempo lleno de anticipaciones y presagios en el rostro de la libertad y la separación, caracterizado en lo más extremo por manifestaciones prematuras de independencia, autodestructividad y de intentos violentos de preservar el relativo estado de independencia. Peter Blos, un psicoanalista, describe la adolescencia como:
El estadio terminal del principio de la fase de desarrollo psicosexual, la fase genital, en el cual es interrumpido el estado de latencia.

Prosigue, además, proporcionando una definición: La adolescencia puede considerarse como la suma total de los intentos de adaptación al estado de pubertad, en un nuevo mundo interno y externo –endógeno y exógeno- condiciones con las cuales ha de confrontarse el individuo.
Esto puede llamarse como una segunda edición de la infancia, en la que de un modo parecido a la infancia “un poder propio relativamente fuerte confrontado a un ego relativamente débil”. Los recursos del adolescente ante los medios y defensas de la infancia y del antiguo niño, rivalizan con el factor biológico de la pubertad, un período de rápida maduración física sexual durante la cual el cuerpo cambia de forma, ganando efectivamente nuevas partes, y empezando a comportarse de nuevas y extrañas maneras, excitantes y perturbadoras. El relativo estado de equilibrio físico establecido durante el período de latencia es sacudido inesperadamente y lanzado dentro de un relativo estado de crisis ante el asalto de la pubertad. Erikson se había interesado en no ver la adolescencia como una aflicción, sino como una “crisis normal”, por ejemplo, una fase normal de incremento de los conflictos caracterizada por una aparente fluctuación en la fuerza del ego y también así mismo por un alto potencial de desarrollo... También hacía hincapié en la contribución de esta crisis en el proceso de formación del carácter, en determinar el mí y no-mí de la individuación. El trabajo de desarrollo mental de adquirir un ego más o menos íntegro y una identidad separada de los propios padres, siendo capaz de sobrevivir lejos de la familia, se realiza a través de la frontera entre el mí y el no-mí, un espacio donde gustos, preferencias, deseos, intereses, impulsos, anhelos, leyes, normas, realidad, etc., son constantemente probados, experimentados, rechazados y aceptados. La tarea de separación puede ocasionar un total y a menudo violento rechazo hacia los propios padres, y alguna manifestación social de autoridad parental, mano a mano con un viraje hacia los compañeros; “juventud” o “cultura de colegas” son expresiones idiomáticas de las necesidades de la adolescencia. El adolescente se ve forzado, así como a dejar claro, a hacer elecciones por sí mismo y a auto-realizar el camino de su vida. Todos estos esfuerzos de la adolescencia son intentos de transformar una situación biológica dentro de una experiencia psicosocial y, como Erikson sugiere, los sistemas sociales ofrecen tiempo y espacio, “moratoria psicosocial institucionalizada”, durante y dentro de la cual pueda aparecer una conciencia de “identidad interior”. El adolescente necesita de este tiempo y de este espacio para realizar el desarrollo mental de sus objetivos sociales y psicológicos. Sin embargo, dentro de un creciente mundo complejo y secular, donde hay poca concordancia, y se hacen menos ritos de pasaje, con respecto al final o principio de la infancia y la edad adulta, el adolescente es forzado a volverse dentro de sí mismo y hacia sus compañeros para encontrar soluciones y respuestas a preguntas como, “¿Quién soy yo?”.

¿Qué tratamiento escoger?

Probablemente no hay ningún momento en el desarrollo humano en el que la utilización de los grupos sea tan poderosa como en la adolescencia. J. Scott Rutan. Foreword to Adolescent Group Psychotherapy, Edited by Azima and Richmond.
Mucha de la literatura sobre la adolescencia que he examinado en este artículo forma un consenso aparente en cuanto a que la psicoterapia de grupo, más bien que la individual, es preferida y apropiada para el tratamiento de los trastornos de la adolescencia. Este consenso entra dramáticamente en conflicto con la aflicción y la humillación que he sentido y experimentado frecuentemente como adulto que trabaja en un grupo de adolescentes. Por consiguiente no es sorprendente que, de un modo íntegro, que sea la forma de psicoterapia eludida por muchos psicoterapeutas. Testimonio de ello es la exigüidad de los cursos de formación en esta área, lo cual en un sentido refleja y colude con el hecho de que los adolescentes luchen por conseguir algo a través de su frecuentemente raro y destructivo comportamiento. Dadas las extremas dificultades del trabajo con grupos, (a las cuales quiero volver más tarde) entonces, ¿Porqué grupos?.
Freud observó en “Psicología grupal y Análisis del ego” (1921) que el grupo precede al individuo, tanto históricamente como en el desarrollo del niño. El individuo emerge del grupo, del cual está inicialmente indiferenciado, con una identidad separada. La función del grupo es proveer de un medio para el desarrollo de la individualidad. Aquí puede surgir una paradoja, es decir, que nuestra individualidad es una función de nuestra cualidad como miembros del grupo. Esto tiene relación con el punto de vista ‘foulkesian’, acerca de que el hombre es esencialmente social y que el grupo es la unidad psicológica básica. El individuo es sólo un punto nodal en el grupo cuyos fenómenos intrapsíquicos pueden solo comprenderse interpsíquicamente, en el contexto dentro del cual tienen lugar. De este modo, la búsqueda de identidad del adolescente, como fenómeno social que ocurre en grupos, se analiza mejor en el contexto de grupos, y se fomenta mejor el progreso, a pesar de que vacilemos, a través del tratamiento en grupos.
El adolescente, en el alejamiento con respecto a los padres a través de la defensa, por contra, de su confusión de identidad, se vuelve, en cambio, hacia sus compañeros. El grupo de compañeros, el cual tiene muchas formas y manifestaciones, proporciona al adolescente una identidad grupal la cual le conduce hacia la edad adulta. Con todo, el adolescente necesita confrontar una figura de autoridad significativa, en el contraste con la cual puede movilizarse y ganar un sentido de independencia. De cualquier modo, esto no puede hacerse en solitario. Una terapia de grupo con compañeros proporciona el soporte emocional necesario, capaz de hacer surgir estos procesos, a diferencia del tratamiento individual, en el que los riesgos de reclamar atención del terapeuta son mucho mayores. Por consiguiente, el grupo de compañeros, como espacio en el que tienen lugar de un modo natural los fenómenos sociales, es donde el adolescente se separa y adquiere una conciencia de identidad, y es también el medio terapéutico en el cual clínicamente, puede lograrse cada tarea de desarrollo mental. Como Azima y Richmond reconocen, en su prefacio a “Adolescent Group Psychotherapy”, (1989):
El grupo de compañeros es el lugar de desarrollo mental natural en el cual el adolescente manifiesta su esfuerzo por su independencia, la separación de identidad, y un modelo transicional para la edad adulta.

Psicoterapia de grupos con adolescentes y delincuencia

Quiero destacar que el tratamiento de la delincuencia ha sido el más importante enfoque en el desarrollo de la teoría y práctica de la psicoterapia de grupo. Posiblemente sea porque el delincuente presenta, con tales extremos, a menudo violentas, destructivas y amenazantes formas de resistencia. La extensión de tipos de distintos tratamientos, desde el más analítico, utilizando el inconsciente y las interacciones emocionales del grupo, a través de formas que utilizan un activo y / o medio expresivo, como la música, la danza, el movimiento, el arte y el drama, confiando más en la catarsis y su autoexpresión como herramientas terapéuticas, pasando por otras aproximaciones más conductistas, que utilizan recursos tales como contratos, premios, castigos y medios estructurales para efectuar cambios psicológicos. Puede ser imposible e inapropiado en un contexto como éste, evaluar la efectividad de cada uno, y así mismo quiero, primeramente, poner mis propios límites en un breve grupo de definiciones de formas de delincuencia, en segundo lugar, hacer un resumen de posibles metas de tratamientos para algunas intervenciones terapéuticas con adolescentes, y finalmente, unos medios de conceptualizar el campo total de tratamiento en términos de un continuum permisivo / directivo.

Shulman (1957) esboza cuatro categorías de “conducta antisocial” en delincuencia:
1) delincuencia asociada con retraso intelectual o patologías cerebrales orgánicas;
2) delincuencia asociada con psicosis incipientes o precoces;
3) delincuencia expresada primariamente como conflictos neuróticos (conflictos internalizados) Cramer Azima y Richmond, p145.
Los dos últimos han recibido más atención, en especial el último, referido a lo que Winnicott llama “tendencia antisocial” para quienes el momento es importantísimo. Desde que el adolescente impulsivo fracasa en planificar más allá y es llevado por la supremacía de los sentimientos, la conducta de él o de ella es a menudo temeraria, inconsistente y frecuentemente dramática. La acción es considerada mágica y por lo tanto una solución a su incomodidad. Hay, de hecho, una patología del pensamiento. Esto origina el problema central de cómo puede contenerse este comportamiento en los muchos y limitados objetivos terapéuticos que conseguir.
Didato (1974) nos proporciona una medición del problema a través de su relativamente modesto grupo de cuatro objetivos terapéuticos para grupos de adolescentes:
1) Incrementar la capacidad de experimentar afectos poderosos (positivos y negativos, a través de exteriorizarlos);
2) Incrementar la capacidad de empatía;
3) Fortalecer la identificación con el terapeuta;
4) Alentar nuevos patrones de comportamiento para ayudar al grupo a resolver conflictos intergrupales a través de medios verbales no – físicos. Cramer Azima and Richmond, p155.

Que clase de disposición puede realizar mejor estos objetivos y encontrar las necesidades del adolescente “antisocial”, las cuales serían, según Winnicott, movilizar el ambiente inmediato en un esfuerzo para alertar del peligro y organizar el daño tolerado. Citado por Tina Lucas, Grupo Análisis, 1998 Vol. 21
El delincuente neurótico, sin embargo, puede aparecer como más conveniente para la terapia de grupo. Capaz de internalizar conflictos, su comportamiento antisocial es un intento de resolver sus conflictos en el mundo exterior, de las experiencias neuróticas de ansiedad y culpa, relativamente significantes, y de las cálidas relaciones interpersonales. Slavson considera estas últimas características como una necesidad para el tratamiento de grupo, en particular la capacidad de tener afecto a través de experiencias interpersonales y, claro está, el “hambre social” o deseo que para ellos se encuentra en primer lugar.
Las formas neuróticas y antisociales de delincuencia, en un sentido, dan forma a la psicoterapia de grupo con adolescentes, como puede verse en la línea de modelos de tratamiento. Quiero sugerir tres posibles medios útiles de conceptualizar este grupo:
1) Utilizar una aproximación directiva / permisiva;
2) utilizar una aproximación de actividad / hablar;
3) utilizar una aproximación educativa / terapéutica

Me centraré en el primero de ellos, aunque no obstante, en el caso del último es importante destacar que la mayoría de nosotros gastamos nuestra adolescencia en grupos, generalmente grandes, en escuelas. Además, me asombraba que el buen maestro es esencialmente terapéutico, en el sentido de que se ocupa más del individuo que de lo intelectual y, al mismo tiempo, reconoce las trascendentes transformaciones que experimentan todos y cada uno mientras están en la escuela, y ayuda realmente facilitando y encauzando el cambio. Este no es siempre el caso dentro del detrimento del sistema educativo, y creo que las escuelas pueden facilitar el aprendizaje a partir del mundo de la terapia, en particular observando más estrechamente como responden ellos al comportamiento y al cuidado de los problemas entre alumnos y la supervisión, conteniendo a los faltos de afecto, desilusionados, necesitados y a menudo emocionalmente dañados maestros.
John Evans (1965), un psicoterapeuta grupo-analítico escribió: A veces los adolescentes, especialmente delincuentes, se comportan de tal modo que el terapeuta tiene que escoger entre limitar su comportamiento, abandonar un trabajo grupal o considerarlos como inapropiados para el tratamiento.
Cramer Azima and Richmond, p152.

Esto, personalmente, me llevó directamente al corazón de los problemas que plantea el trabajo con adolescentes con trastornos. Cómo de permisivo puedo y debo ser y hasta que punto está limitado el comportamiento, reprimido y siempre castigado, porque, presumiblemente, en algún momento, dentro del grupo, un miembro del grupo, el terapeuta o la terapia, pueden correr un riesgo innecesario. Se puede argumentar que éste es esencialmente un problema relativo al criterio de inclusión / exclusión y que tiene que ver con la conveniencia del tratamiento. Por ejemplo, Slavson argumenta que los delincuentes con “estructura de personalidad psicopática” son inapropiados para la “actividad de terapia grupal”, a causa de que, ..
La mejora se consigue por medio de la relación con el terapeuta y los miembros del grupo y a través de experimentar realmente en un clima grupal permisivo y aceptador. Cramer Azima and Richmond, p147.

Slavson prefiere al neurótico con “hambre social”, capaz de confrontar él o ella misma y otros, a través del acompañamiento, viendo de que modo el paciente puede conceder la libertad de actuar, dentro de los límites de las demandas de su propio superego y de los recursos del ego. Este ejemplo es típico de las aproximaciones esencialmente permisivas, en las cuales el énfasis se sitúa en la libertad de expresión y el desarrollo de un ambiente de aceptación y de soporte. Los límites del setting son considerados una tarea del grupo, en la cual se potencia la capacidad de funcionar como una unidad de auto-mantenimiento. El rol del terapeuta en tales grupos es esencialmente el de un soporte.

Tina Lucas, psicoterapeuta grupoanalítica, esboza una psicoterapia de grupo, la cual describe como un seguro y “contenedor ambiente” (“holding environment”) donde, casi paradójicamente, los límites y la seguridad del grupo son mantenidos a través del terapeuta, que nutre una atmósfera permisiva, para conservar una actitud analítica y una aceptación y tolerancia sin enjuiciamientos de todo lo que venga, sin recurrir a represalias o castigos. Sin embargo, después, para capacitar todo ello, prosigue planteando que hay momentos en los que el terapeuta debe ser muy capaz de tomar el control y de poner límites:
El excesivo acting–out puede ser prevenido muchas veces y ser necesario tomar el control tanto verbalmente como sacando a un niño de la habitación si la disrupción es demasiado grande para el grupo y cuando el niño no puede auto controlarse.
En cuanto al hecho de ser permisivo, no queremos que se interprete como un “no hacer nada”, sino ver que se trata más bien de una actitud benevolente, la cual no busca el castigo o el rechazo, prescindiendo de la presión a la que los miembros del grupo hayan puesto al terapeuta. Esto plantea entonces la importante cuestión de cómo el terapeuta es capaz de saber cuando él o ella actúan benévola o malévolamente. Esto, de vuelta, me conduce a la conclusión de que el grado en el que puede ser permisivo un terapeuta grupal de adolescentes delincuentes, está en función de la capacidad del terapeuta de resistir a lo que ocurra, sin recurrir a medidas vengativas y punitivas. Esto también hace emerger la salida de la necesidad del terapeuta de “contener”, una salida a la cual quiero volver cuando trate de los riesgos de trabajar con esta particular edad-grupo. La aproximación permisiva, por consiguiente, puede aparecer como la que mejor se ajusta al adulto neurótico con unos controles relativamente buenos, más que con la impulsiva y relativamente infantil “tendencia antisocial”, para la cual se está a favor de una aproximación de límite-setting más directiva. Así mismo, una aproximación demasiado controladora puede tender a infantilizar, alimentando la dependencia, y en cambio una aproximación demasiado permisiva puede tender a perpetuar y coludir con el acting-out de fantasías omnipotentes.

En términos de aproximaciones más directivas, hay diversos factores que se nos presentan como de vital importancia:
· Lo apropiado de los límites / fronteras / normas;
· su claridad en todo lo operante dentro del setting terapéutico;
· el grado en el cual tenemos que consentir;
· las consecuencias de transgredir el límite; y
· el grado de consistencia e imparcialidad en hacerlos cumplir.

El proceso de encuadrar los límites para poder dominar el impulso adolescente, puede tomar diversas formas. Los contratos, tanto de naturaleza general como ajustados individualmente, firmados y conformados por tantas partes interesadas como sea posible, pueden servir como un buen punto de partida. El contrato puede vincular una cantidad realista de objetivos del setting, y a él podemos remitirnos y revisarlo más adelante durante el tratamiento, cuando sea necesario. La confrontación es la forma de límite-setting utilizada comúnmente durante el curso del tratamiento. Rachman y Rauboult (1983) identifican diversas formas de confrontación apropiadas en los grupos de psicoterapia con adolescentes:
1. Confrontación gradual. El desafío en curso del individuo por el grupo o el líder. No es una situación de emergencia o que necesite cambios inmediatos.
2. Confrontación intensiva – persistente “presión terapéutica” que es aplicada a un individuo o grupo que muestra el comportamiento delincuente impulsivo.
3. “ Sesión de enfrentamiento” – situación de emergencia en la que es necesaria una acción inmediata y dramática. Se persigue una abrir una brecha.
Las aproximaciones directivas pueden, sin embargo, envolver al terapeuta en un rol mucho más activo y confrontacional, en un intento de entrar y provocar cambios dentro del tipo de adolescente relativamente menos permeable. La necesidad del terapeuta de ser empático y de ser aceptado no es por ello menos urgente y, en algún sentido, posiblemente lo es más, dadas las negativas y amargas atmósferas que pueden generarse por un intenso acting-out.

Quiero finalizar esta sección con un clarificador comentario de Arthur Hyatt Williams, un Psicoanalista Tavistock,
La necesidad real de la parte infantil del adolescente puede ser la de los límites y fronteras, y ésta es tal vez más urgente incluso que la necesidad de libertad e independencia, la cual es fruto de la parte más adulta del adolescente.

Problemas de fronteras
La sociedad y los individuos generalmente intentan evitar las posiciones extremas, mientras que los adolescentes parecen perseguirlas. Marlyn J. Miller, Adolescence and Authority (1975)

La adolescencia cabalga entre la frontera que separa la infancia de la edad adulta y es, de acuerdo con Harold Berh, un “estado fronterizo” en el cual se adoptan las posiciones extremas con el fin de experimentar y probar límites. Esto es, naturalmente, de particular interés en el grupo psicoterapéutico.
Cuando los adolescentes se reúnen en grupos, los límites del grupo se encuentran bajo un inmediato escrutinio y ataque. Este ataque a los límites puede ser más o menos gradual, imprevisto o dramático, pero casi siempre, es algo que ocurre y que se repite. (Harold Behr)
Behr distingue cinco tipos de “temas concernientes a los límites del grupo”.

1. “Droping-In” y “Droping-Out” (Entradas y salidas). Manifestaciones como: constantes entradas y salidas de la habitación; “necesito ir al baño”; llegar tarde; irse antes de tiempo – había sentido a veces una inmensa presión como profesor al acabar una sesión antes de tiempo; muchas llegadas antes de la hora – este es un problema muy común cuando trabajo, el cual plantea inmensos problemas de manejo, mucho más que el llegar tarde; ser reacios a marcharse; y asistencias esporádicas.
2. Traer partes del mundo exterior dentro del grupo. El “objeto transicional” , puede ser animado –una mascota, una sobrina, un amigo- o inanimado –un “equipo de sonido”, una navaja- los cuales aparecen como algo con lo que los jóvenes establecen un inseparable vínculo. Un chico de 16 años con el que trabajé, llegó a estar particularmente apegado a una vieja silla de ruedas que encontró en una tienda del centro, y mostraba con especial satisfacción como se había vuelto un experto en usarla, haciendo acrobacias.
3. La frontera entre hablar y actuar. Este es un problema particular, dada la tendencia del adolescente a actuar algo, mucho más que a hablar de ello. Muchos profesionales abogan por una mayor acción o drama basados en la clase de grupo de que se trate, por ejemplo, psicodrama, sociodrama y drama grupo-analítico, siendo un modo de trabajar con esta tendencia que siempre trabaja en contra. Violaciones del espacio corporal, tales como dar patadas, puñetazos, golpear, tentar, dar abrazos sin que se hayan pedido, son acciones a las cuales necesitan dirigirse en algún momento.
4. Probar los límites del terapeuta. Esto puede suponer “ruidosas, bruscas y desconcertantes” interrogaciones con respecto a la situación marital y familiar, sexualidad, vida sexual, opiniones, políticas, motivaciones, por ejemplo, “¿Te importa realmente?”. Behr defiende una aproximación más auto reveladora pero nunca más allá de “los límites de la comodidad personal” intensificando el factor de modelaje tan vital en la búsqueda de identidad del adolescente.
5. Importunar (fastidiar) como un fenómeno de límites. Importunar a los demás, de acuerdo con Behr, es “una comunicación exquisitamente ambivalente”, llevando el juego hacia una mayor intimidad o empujando a alguien al alejamiento, y es de tal manera, que los límites entre distintas emociones, sentimientos y transferencias, son mucho más cercanos. Esto puede ser benigno, lúdico, afectuoso y afable, o puede resultar vil, agresivo y sádico.

El trabajo con los límites es en un sentido, por tanto, la esencia del trabajo con adolescentes y por mi experiencia, esto a menudo puede ocasionar una gran cantidad de incertidumbre, en la cual uno tiene frecuentemente la sensación de estar en el extremo de algo, cerca de una completa ruptura, aunque nunca se logre.

Fuentes de dificultad
Creo que cuando uno se embarca en el trabajo con grupos de adolescentes, resulta bastante parecido a encontrarse una mismo como habiendo sido arrojado dentro de la jungla. Terry Bruce (1978)

Habíamos visto que estar en un grupo puede ser más fácil para el adolescente, y que en general es considerado el modo de tratamiento más apropiado. Sin embargo, para el terapeuta puede resultar mucho más absorbente y dificultoso el trabajo en grupo que en otros. Terry Bruce identifica tres fuentes de dificultad, social, cognitiva y emocional, particulares del trabajo en grupo con adolescentes.
La fuente social de dificultad se refiere al fenómeno cultural de las bandas de adolescentes, las cuales proporcionan un sentido de “identidad colectiva” a la gente joven, que por otra parte empobrece la vida emocional e intelectual. Lo esencial acerca de las bandas es que se convierten en un medio de excluir y dejar fuera a los adultos, y como Bruce observa: es algo muy común para un terapeuta sentir que realmente no tiene nada en absoluto que ofrecer a los jóvenes.

Y como culturalmente la banda connota violencia, a veces uno siente que cuando los jóvenes forman parte de una banda uno se siente más amenazado, bajo ataque y en medio de la violencia.

La fuente de dificultad intelectual o cognitiva se refiere a la postura del niño egocéntrico para el cual las representaciones simbólicas de objetos son realmente los objetos y para el cual éstos dejan de existir cuando no están a su alrededor. La capacidad de abstracción y conceptualización sólo se desarrolla más tarde durante la adolescencia. El adolescente “antisocial”, en particular el delincuente regresivo y narcisista, combinando todo ello, puede llevarlo al presente en batallas fraternales, es esencialmente egocéntrico y experimenta la dificultad de reconocer la existencia o validez de los pensamientos y sentimientos de otros, y como consecuencia tiene un problema, obteniendo una visión relativamente objetiva de sus propios procesos mentales. Las interpretaciones del grupo como un todo íntegro remarcan así el llegar a tener algún sentido o efecto.

Finalmente, la fuente emocional de dificultades se refiere a la tarea del desarrollo mental en cuanto a dejar el hogar y la necesidad, según Winnicott, de tomar el lugar de los padres. Winnicott da a entender que en términos del inconsciente, no hablamos tanto de la retirada de la libido de los objetos parentales como de su actual destrucción. Winnicott quería decir que en el inconsciente esto es un equivalente al asesinato. La conciencia de amenaza latente, violencia y temor a la que me había referido a lo largo de este ensayo, de algún modo ahora tiene sentido, como los pensamientos y sentimientos homicidas que había tenido como conductor de grupos de adolescentes. Uno tiene que estar preparado para que le proyecten emociones muy extremas. Paradójicamente, sin embargo, el adolescente necesita tener adultos alrededor, para reemplazar, inconscientemente, ataque y asesinato, los cuales serán importantísimos en el hecho de sobrevivir. Bruce, no obstante, hace resonar una útil advertencia al observar que, “cualquier capacidad de la persona alcanza al grupo” y que hay momentos en los que, impulsivamente, el joven agresivo quiere tener éxito en arruinar o destruir lo que se les ofrece.

Los riesgos para el terapeuta

Todo lo que el adolescente haga al conductor y todo lo que el conductor haga al adolescente, juntos, separados fuera y siempre tan unidos que normalmente esto mismo se presenta como un problema o a veces surge una crisis como una situación muy confusa. Arthur Hyatt Williams.

Entro en esta parte del tema como profesor, demasiado dolorosamente consciente de los escollos del trabajo con jóvenes con dificultades, abusos, daños, etc., habiendo entrado en interacciones que provocan una cierta espiral descendente sintiendo que inevitablemente hay un solo resultado. Los profesores están particularmente expuestos a los peligros en el trabajo con adolescentes. Ellos trabajan en grandes grupos con un enorme número de jóvenes, con poco espacio en su trabajo para reflexionar abierta y honestamente. La naturaleza de las comunicaciones inconscientes entre maestro y alumno pueden ser extraordinariamente nocivas, con maestros derrumbándose o dejando su profesión y alumnos que son expulsados por maestros vengadores y punitivos. La gente con mayor riesgo, según Arthur Hyatt Williams, son los “héroes y heroínas”, los que se preocupan excesivamente y tiene problemas personales, teniendo ellos mismos poca o ninguna terapia, y que al mismo tiempo llevan muy lejos su entusiasmo sin recurrir a ayuda. Él registra diversos posibles resultados en el contexto de la terapia:
1. una negación simple, conduciendo a una contra-negación y rompiendo el tratamiento, o una crisis;
2. ansiedad, depresión, persecución en el terapeuta, el cual puede acabar actuando externamente sus propios problemas internos;
3. una aproximación más punitiva y autoritaria;
4. el terapeuta se descarga en el paciente.

Invariablemente, el trabajar con adolescentes delincuentes conlleva una gran presión, descubriendo en ti la adopción de roles absolutamente específicos. El adolescente más delincuente pone la mayor de las presiones en el terapeuta al repetir los patrones de abuso, absolutamente familiares, de los jóvenes. El peligro del terapeuta es quedar atrapado en la seducción dentro de una situación comprometida, un protagonismo violento, o una relación cargada de sexualidad, la cual no tan sólo destruye el proceso terapéutico, sino que pone en riesgo su carrera profesional. En el trabajo en educación, trabajo social, cuidados residenciales y terapia, abundan historias de este tipo.
Quisiera concluir, finalmente, diciendo que la tarea de desenredar el propio material de uno mismo del material del cliente, es un trabajo fundamental para cualquier terapeuta, el cual evita riesgos para ambos.

Comentarios para concluir

El grupo se considera generalmente el medio terapéutico más apropiado para el adolescente. El balance entre libertad y restricción es una cuestión crítica cuando en los grupos se trata con traumas y crisis de los adolescentes. Los adolescentes necesitan suficiente libertad para explorar y encontrar ellos mismos y suficiente limitación de sus impulsos. Este balance está en gran parte en función del grado de regresión y delincuencia y de capacidad de resistencia del terapeuta ante lo que ocurra. Demasiada libertad o demasiada restricción pueden aparecer como síntomas de una insana alianza terapéutica, la cual puede que no tenga en cuenta las necesidades de los jóvenes y expone al terapeuta a diversos riesgos insospechados.

Algunas reflexiones

Escribiendo este artículo he tenido una experiencia particularmente afirmativa, en la que, gran parte de la literatura que he encontrado y utilizado, se centra en aspectos del trabajo con adolescentes, aspectos que yo había tratado de comprender siendo maestro y aspectos del trabajo como terapeuta que había tratado de comprender en el trabajo con adultos. De este modo el artículo me ha ayudado mucho a clarificar y, aún cuando no haya hecho referencia a ello, me ha vuelto a traer muchos de los ricos, turbulentos y traumáticos momentos tan entrelazados con mi reciente vida profesional.

BIBLIOGRAPHY

Behr, Harold (1988). ‘Group Analysis with Early Adolescents: Some Clinical Issues.’ Group Analysis, Vol. 21 No. 2.
Blos, Peter (1962). On Adolescence, A Psychoanalytic Interpretation. The Free Press.
Bruce, Terry (1978). ‘Group Work with Adolescents.’ The Journal of Adolescence, 1. 47-54.
Cramer Azima, Fern J. & Richmond Lewis, H. Eds. (1988). Adolescent Group Psychotherapy. International Universities Press Inc.
Deutsch, Helene (1989)Selected Problems of Adolescence. . International Universities Press Inc..
Hyatt Williams, Arthur (1996). ‘The risk to those who work with disturbed adolescents.’ In Stress in Psychotherapists. Commercial, UK.
Lucas, Tina (1988). ‘Holding and Holding-On: Winnicott’s Ideas in Group Psychotherapy with Twelve to Thirteen Year Olds.’ Group Analysis, Vol. 21 No. 2.
Meyerson, Simon, Ed. (1975). Adolescence and Breakdown. George, Allen & Unwin.
Meyerson, Simon, Ed. (1975). Adolescence, the Crises of Adjustment. George, Allen & Unwin.
Willis, Sally (1988). ‘Group-Analytic Drama: A Therapy for Disturbed Adolescents.’ Group Analysis, Vol. 21 No. 2.
Peter Zelaskowski



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