sábado, 26 de junio de 2010

Conducta antisocial y cerebro. Psicosystem.

En el 2007 un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Ulm y publicado en Science, en Alemania, consiguieron localizar dos áreas del cerebro que parecen desempeñar un papel fundamental, en la forma en la que los individuos cumplen con las normas sociales. Ambas zonas maduran lentamente, lo que podría servir para explicar mejor por qué los adolescentes tienden a despreciar el castigo impuesto por quebrantar las normas.

Utilizando la resonancia magnética funcional (fMRI, en sus siglas en inglés) sobre 23 voluntarios, a los que se les introducía en un juego, el estudio ha señalado a dos zonas concretas del cerebro humano como las más activas en las decisiones sociales: el córtex orbitofrontal lateral y el córtex prefrontal dorsolateral derecho. Las dos ya habían sido relacionadas anteriormente con con los juicios morales y sociales.

En el juego, los voluntarios recibían una cantidad de dinero y se les pedía que decidiesen cuánto querían compartir con otros participantes del estudio. Y mientras lo hacían, eran conscientes de que el resto compartiría menos cantidad con ellos, si su ofrecimiento inicial era reducido. En otras palabras, sabían que una conducta tacaña podría ser castigada por el resto del grupo, y actuaban en consecuencia.

Cuando el juego se ejecutaba contra una máquina, y era ésta la que ejecutaba el castigo, las citadas regiones cerebrales mostraban menos actividad, pese a que las consecuencias de una conducta egoísta eran las mismas. Según los investigadores, eso demuestra que para los participantes en el estudio es más importante no desagradar o enfadar a los demás individuos, que el miedo al castigo que conlleva esa conducta.

Según Manfred Spitzer, director del estudio, estos resultados podrían servir para entender mejor cómo debe tratar el sistema judicial a los delincuentes más jóvenes, ya que las dos zonas implicadas en el hallazgo no se desarrollan completamente hasta que el individuo es adulto. "Esto implica que la amenaza de un castigo no funcione en los jóvenes de igual manera a como se supone que lo hace en las personas con cerebros plenamente maduros".

De hecho, el investigador planea ahora extender el estudio a presos con varios tipos de desórdenes de personalidad, para tratar de identificar si, en ellos, se activan menos las zonas que Spitzer relaciona con la respuesta al castigo.

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